Título original: The Warrior's Apprentice
Traducción: Paola Tizzano
1.ª edición: diciembre, 2015
© 2015 by Lois McMaster Bujold
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Ilustración de cubierta: © Leo Flores
Diseño de colección: Ignacio Ballesteros
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-260-8
Maquetación ebook: Caurina.com
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Contenido
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Epílogo
La autora
Presentación
La space opera es uno de los subgéneros más populares de la ciencia ficción de todos los tiempos. Fue Wilson Tucker, en 1941, quien propuso el término space opera (ópera espacial) para calificar las narraciones de ciencia ficción de cariz aventurero que transcurren durante el viaje interestelar. Se trataba, en aquel momento, de una denominación con cierta voluntad crítica y peyorativa que aludía a las soap opera, los seriales radiofónicos patrocinados por marcas de detergentes. Pero la realidad es que, incluso a pesar de los excesos cometidos en muchas narraciones de los primeros años, que pecan de repetitivas y esquemáticas, las aventuras espaciales han contribuido a fomentar la afición por el género a lo largo de su historia.
Aunque para algunos elitistas el término conserva muchas de las características peyorativas que tuvo en los años cuarenta y cincuenta, suele incorporar también un cierto grado de nostalgia para la mayoría de los aficionados. En estos años en que parte de la ciencia ficción se está haciendo un tanto hermética y complicada, algunos lectores vuelven la vista con añoranza hacia esos relatos maravillosos de aventuras espaciales que componen la space opera. Y precisamente en esa temática y en el tono desenfadado de las hazañas que describen se basa el gran éxito popular de realizaciones cinematográficas, como la famosa serie de La Guerra de las Galaxias, de George Lucas.
Pero los años no pasan en balde. En la década de los ochenta sería imposible recuperar los viejos esquemas de la space opera tradicional. La ciencia ficción como género cuenta ya con una abundante historia y con alguna que otra «revolución», y la buena space opera de los años ochenta está obligada a aportar más, mucho más, de lo que aportaba su remota pre-decesora en los años treinta y cuarenta.
Y así es. Las mejores narraciones de aventuras espaciales de los ochenta incluyen registros novedosos. Uno de ellos es, curiosamente, que son ahora las mujeres quienes escriben la mejor space opera de estos últimos años. En algunos casos, con gran efectividad estilística y temática. Pienso ahora, como un ejemplo casi inevitable, en El orgullo de Chanur (1982), de C. J. Cherryh, que dio origen a una saga de cuatro novelas. En esta obra Cherryh incorpora a la space opera grandes tramas de política y aventura interestelar, y elimina incluso el androcentrismo tradicional a menudo tan excesivo. El fornido héroe rubio de las viejas space opera se convierte en La saga de Chanur en una protagonista central, una hembra ni siquiera terrestre: una hani, miembro de una especie de leones antropomorfos e inteligentes.
El otro ejemplo característico de la mejor space opera de los años ochenta es la serie de aventuras de Miles Vorkosigan, escritas también por una mujer, Lois McMaster Bujold, y que presentamos aquí con esta primera entrega.
El nombre de Lois McMaster Bujold ya resulta familiar a nuestros lectores. Su novela En caída libre (1988 - NOVA ciencia ficción, 24) obtuvo el premio Nebula y fue también finalista del premio Hugo. Más recientemente, su relato The Mountains of Mourning, perteneciente al ciclo de aventuras de Miles Vorkosigan, ganó el Nebula 1989 de novela corta y ha quedado finalista del Hugo 1990. (Escribo en junio de 1990 y el Hugo se concederá en septiembre. Tal vez cuando usted lea esto, Bujold haya obtenido también el Hugo...)
No es éste el momento de hablar de En caída libre, una novela sobresaliente que retorna a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, basada en la aventura y en la especulación inteligente. Verdadero hito en la moderna literatura de ciencia ficción, tras una engañosa apariencia de facilidad y sencillez, En caída libre es el trabajo depurado de una de las mejores narradoras de ciencia ficción de los últimos años.
Pero al margen de En caída libre, Bujold es conocida principalmente por la saga de Vorkosigan: una entretenida narración de aventuras espaciales con gran ritmo narrativo y con un grado de ironía y humor que no es frecuente encontrar hoy en día en este género. Posee además un elemento fundamental: Miles Vorkosigan, un personaje entrañable e inolvidable, que ya protagoniza la serie de mayor éxito de la moderna space opera.
Tal vez en una muestra de la inteligencia de que hace gala en sus libros, Bujold empezó publicando simultáneamente tres novelas ambientadas en el universo de Vorkosigan. Fue como un tanteo. Las tres aparecieron el mismo año: Shards of Honor (junio 1986), El aprendiz de guerrero (septiembre 1986) y Ethan of Athos (diciembre 1986). Todas ellas transcurren en un mismo entorno y situación general, pero presentan tres puntos de vista distintos y, lo más importante, incorporan protagonistas centrales complementarios. La primera, Shards of Honor, es una aventura con trasfondo romántico cuyos protagonistas son los padres de Miles Vorkosigan, quien se ha convertido en el héroe central de la saga y un factor de éxito garantizado. Ethan of Athos plantea una inteligente teoría sobre una sociedad con un comportamiento sexual claramente distinto al nuestro, y gira en torno a la comandante Elli Quinn, personaje secundario que ya aparece en El aprendiz de guerrero.
Pero es precisamente Miles Vorkosigan, el protagonista de El aprendiz de guerrero, el elemento determinante en la fascinación que ejerce la serie. Junto a la evidente sagacidad e ironía que se desprende de las novelas, el personaje de Miles representa un hallazgo maravilloso. En lugar del héroe fornido, rubio y gran guerrero, habitual en la vieja space opera, el Miles de Bujold es un ser físicamente disminuido (como consecuencia del envenenamiento que sufrió su madre y que se narra en Shards of Honor), pero está dotado de una inteligencia superior y es, además, un genial estratega.
El aprendiz de guerrero es la novela en que Miles hace su primera aparición pública y, tras la lectura del primer capítulo, el lector queda irremediablemente «enganchado» por su personalidad, por su manera de enfrentarse a un destino que su inteligencia le ha permitido prever pero que, pese a todo, debe afrontar. Es difícil resistirse al encanto del personaje central o, en el caso de El aprendiz de guerrero, a la sólida ironía del planteamiento, en cierta forma un trasunto del tema clásico del aprendiz de brujo. (Obviamente, Miles, el nombre del protagonista, es la palabra latina para «guerrero» o «soldado».)
De las tres primeras novelas fue precisamente El aprendiz de guerrero la que obtuvo, de forma casi inesperada en una autora por entonces desconocida, un gran éxito de ventas y especial consideración. Con el personaje de Miles y la ironía de su trama, era inevitable. Luego llegaría el premio Nebula y la nominación para el Hugo, que Bujold obtuvo con En caí-da libre (1988) y, también, un creciente reconocimiento en el mundillo de la ciencia ficción.
Tras esa primera prueba, las aventuras de Miles han continuado en Brothers in Arms (1989), Borders of Infinity (1989) y The Vor Game (1990), mientras que otras narraciones con sus lances se publican casi de forma regular en la revista Analog. Como ya se ha dicho, una hazaña de Miles Vorkosigan, The Mountains of Mourning (Analog, mayo 1989, incluida en Borders of Infinity), ha obtenido ya el premio Nebula de 1989 y está nominada para el Hugo. Por otra parte, los lectores de Analog han elegido Labyrinth (Analog, agosto 1989, y también incluida en Borders of Infinity) como la mejor novela corta de 1989. La más reciente de esas novelas cortas es Weatherman (Analog, febrero 1990).
¿Qué hay en la saga de Vorkosigan para justificar este éxito? Mi respuesta es sencilla: grandes dosis de inteligencia, mucha ironía y, sobre todo, una gran habilidad narrativa al servicio de un personaje llamado a devenir un clásico en la historia de la ciencia ficción.
El aprendiz de guerrero nos presenta a un Miles que se va convirtiendo, incluso a su pesar, en un gran estratega político; hay en la novela una evidente socarronería respecto a lo militar, pero también una muestra de la capacidad de adaptación de la inteligencia. Ello es claramente visible en la forma en que Miles logra convertir en éxitos lo que, a primera vista, podrían parecer fracasos. Ya comentaba en mi introducción a En caída libre cómo la lectura de El aprendiz de guerrero provoca en el lector una sonrisa casi continua. En realidad, uno no sabe si valorar más el ritmo narrativo o la inteligente ironía que rezuma la novela.
Y pese a todo, El aprendiz de guerrero sigue siendo una «novela de aventuras», aunque disponga de la posibilidad de «varias lecturas» como dicen algunos expertos. Quien lo desee podrá quedarse con unas aventuras entretenidas y placenteras, mientras que otros se divertirán buscando segundas y terceras intenciones en los hechos narrados y en la forma en que Miles es capaz de transformarlos siempre para que le resulten favorables. En definitiva, un libro altamente recomendable para todos.
Afortunadamente no estoy solo en mi valoración del interés y la amenidad de la obra de Bujold y me atreveré a citar algunos comentarios generales al respecto:
«¿Cómo estudiar un talento como el de Bujold y descomponerlo en elementos analizables? Es mejor no intentarlo. Es mejor decir: “Léala, o se perderá algo extraordinario.”»
Chicago Sun-Times
«Creciendo a grandes saltos en cada nuevo libro, la señora Bujold tiene una habilidad especial para atraer nuestro interés con personajes nada convencionales y con historias fascinantes.»
Raye Reviews
«Bujold es una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.»
Locus
Y si uno desea limitar las citas a los comentarios sumamente laudatorios que ha recibido en concreto El aprendiz de guerrero, basta con recordar algunos de ellos:
«El aprendiz de guerrero tiene de todo: personajes memorables, aventura, acción, intriga política, guerra, romance, tragedia y triunfo... su lectura es un placer.»
Patricia C. Wrede
«El aprendiz de guerrero va más allá del simple entretenimiento. Es una space opera para recordar y a la que volver con placer.»
Faren Miller en Locus
«El Chicago Sun-Times decía de Shards of Honor que era “posiblemente la mejor primera novela de ciencia ficción del año”. El aprendiz de guerrero es mejor.»
Fantasy Review
En definitiva, se trata de una novela agradable y divertida que también se puede leer buscando entre líneas el significado que sugiere la inteligencia y la ironía de que hace gala su autora. Y eso no es poco en los tiempos que corren...
Hágame caso. Acomódese en su sillón favorito, ponga esa música de fondo que tanto le gusta, abra el libro y sumérjase en la satisfacción de una de las más amenas y divertidas novelas de la ciencia ficción de los últimos años. Con libros como éste, empezamos a apreciar la ciencia ficción algunos de los viejos aficionados. Dése el gustazo de recordar aquellos viejos tiempos o, si su edad no le permitió hacerlo entonces, descubra por qué algunos quedamos irremediablemente «enganchados» en esa lecto-adicción que llamamos ciencia ficción. Me lo agradecerá.
Miquel Barceló
A Lillian Stewart Carl
1
El alto y hosco suboficial vestía uniforme Imperial y llevaba su lista de comunicaciones como la vara de un mariscal de campo. La golpeaba distraídamente contra el muslo y rastreaba al grupo de jóvenes de pie frente a él, clavándoles una mirada de seco desdén. Desafiante.
Todo es parte del juego, se dijo a sí mismo Miles. Estaba de pie en la fresca brisa otoñal con pantaloncillos cortos y zapatillas, tratando de no tiritar. Nada mejor para desequilibrarle a uno que estar casi desnudo cuando todo alrededor parece listo para una de las inspecciones del emperador Gregor; aunque, para ser justos, casi todos allí vestían como él. El suboficial que supervisaba las pruebas parecía sencillamente una multitud de un solo hombre.
Miles le midió, preguntándose qué ardides, conscientes o inconscientes, empleaba con su lenguaje corporal para lograr ese aire de fría competencia. Había algo que aprender ahí...
—Correrán de dos en dos —ordenó el suboficial.
No parecía alzar la voz, pero, de algún modo, ésta estaba graduada para llegar hasta el extremo de las filas. Otra treta eficaz, pensó Miles; le recordaba esa costumbre de su padre de declinar la voz hasta un susurro cuando estaba enfurecido. Fijaba la atención.
—El cronometraje de los cinco kilómetros empieza inmediatamente al terminar la última fase de la carrera de obstáculos, recuérdenlo. —El suboficial comenzó a designar las parejas.
Las eliminatorias, para los aspirantes a oficiales del Servicio Militar Imperial de Barrayar, duraban una agotadora semana. Miles ya había dejado atrás cinco días de exámenes escritos y orales. La peor parte había pasado, decían todos. Había casi un aire de distensión entre los jóvenes que le rodeaban. Había más charlas y bromas en el grupo, quejas exageradas sobre la dificultad de los exámenes, el ingenio marchito de los oficiales examinadores, la mala comida, el sueño interrumpido y las sorpresivas distracciones durante las pruebas. Éstas eran quejas de autofelicitación entre los supervivientes. Esperaban con placer los exámenes físicos, como un juego. Un recreo, tal vez. La peor parte había pasado; para todos, excepto para Miles.
Estaba erguido tan alto como era y se estiraba, como si pudiera enderezar su encorvada columna con la fuerza de la voluntad. Dio un ligero tirón a su barbilla, como equilibrando su cabeza —una cabeza adecuada para un hombre de más de un metro ochenta de estatura— sobre el esqueleto de menos de metro y medio, y limitó su mirada a la carrera de obstáculos. Empezaba con una pared de hormigón de cinco metros de alto, rematada con clavos de hierro. Trepar no sería problema, no había ningún inconveniente con sus músculos; era el descenso lo que le preocupaba. Los huesos, siempre los malditos huesos...
—Kosigan, Kostolitz —gritó el suboficial, pasando frente a él.
El ceño de Miles se tensó y dirigió al suboficial una punzante mirada; enseguida se controló y fijó la vista al frente, en un punto vacío. La omisión del tratamiento honorífico antes de su nombre era una política, no un insulto: todas las clases significaban ahora lo mismo en el servicio del emperador. Una buena política; su propio padre la respaldaba.
El abuelo se quejaría, seguro, pero ese viejo irreconciliable había iniciado su servicio Imperial cuando el arma principal era la caballería y cada oficial entrenaba a sus propios aprendices militares. Haberse dirigido a él en esos días como Kosigan, sin el Vor, podría haber terminado en un duelo. Ahora su nieto solicitaba ingresar en una academia militar, del tipo «fuera del planeta», y entrenar con tácticas de armas energéticas, refugios subterráneos y defensa planetaria; y estaba hombro con hombro junto a jóvenes a quienes, en los viejos tiempos, no hubiera permitido que lustraran su espada.
No muy hombro con hombro, pensó fríamente Miles, echando un vistazo furtivo a los aspirantes que estaban a su lado. El que haría pareja con él en la carrera de obstáculos, ¿cuál era su nombre?, Kostolitz, notó la mirada y se la devolvió con mal disimulada curiosidad. El nivel de la vista de Miles le dio una buena oportunidad para examinar los excelentes bíceps del camarada. El suboficial ordenó romper filas a los que no iban a correr todavía la carrera de obstáculos. Miles y su compañero se sentaron en el suelo.
—Te he estado observando toda la semana —dijo Kostolitz—. ¿Qué demonios es esa cosa en tu pierna?
Miles controló su irritación con la facilidad que le daba la larga práctica. Dios sabía que resaltaba en la multitud, particularmente en esta multitud. Al menos, Kostolitz no hacía signos de brujería al verle, como una cierta campesina decrépita allá en Vorkosigan Surleau. En algunas de las regiones más remotas y atrasadas de Barrayar, como en lo más profundo de las montañas Dendarii, en el propio distrito de los Vorkosigan, el infanticidio aún se practicaba por defectos tan poco graves como el labio leporino, a pesar de los esporádicos esfuerzos de los centros de autoridad más ilustres por extirparlo. Miró al par de varillas metálicas que sujetaban su pierna izquierda desde la rodilla hasta el tobillo, y que habían permanecido ocultas bajo el pantalón hasta ese día.
—Es un refuerzo —respondió, cortés pero esquivo.
Kostolitz seguía mirando curiosamente.
—¿Para qué?
—Es provisional. Tengo un par de huesos frágiles ahí. Así evita que se rompan hasta que el cirujano esté completamente seguro de que he dejado de crecer. Luego, los reemplazarán por unos sintéticos.
—Qué extraño —comentó Kostolitz—. ¿Es una enfermedad, o qué? —Pretendiendo reacomodarse un poco, se movió alejándose ligeramente de Miles.
Cerdo, cerdo, pensó Miles con furia; quizá debiera alarmarle. Tengo que decirle que es contagioso, que yo medía más de uno ochenta el año pasado por estas fechas... Desechó la tentación.
—Mi madre estuvo expuesta a un gas venenoso cuando se encontraba embarazada de mí. Se recuperó; todo salió bien, pero aquello arruinó mi crecimiento óseo.
—¡Ah! ¿No te dieron ningún tratamiento médico?
—Oh, sí, digno de la Inquisición; por eso ahora puedo caminar, en vez de que me lleven en un cubo.
Kostolitz parecía ligeramente repugnado, pero dejó de dar rodeos sutiles.
—¿Cómo pudiste pasar los exámenes médicos? Creí que había una altura mínima exigida.
—Eso ha quedado en suspenso, pendiente del resultado que obtenga en las pruebas.
—Ah.
Kostolitz digirió aquello. Miles volvió otra vez su atención a la prueba que tenía por delante. Tenía que ganar algo de tiempo en la marcha cuerpo a tierra bajo el fuego de láser; vaya, lo necesitaría en la carrera de los cinco kilómetros. La falta de altura y la permanente cojera de su pierna izquierda, unos buenos cuatro centímetros más corta que la derecha, le retardarían. No había remedio para eso. Mañana sería mejor; mañana era la fase de resistencia. El grupo de jóvenes zancudos y largos que le rodeaba le vencería incuestionablemente en la carrera de velocidad. Esperaba ser sin dudas el último hombre en el primer trecho de 25 kilómetros mañana y, probablemente, también en el segundo, pero, después de 75 kilómetros, la mayoría estaría flaqueando, a medida que el verdadero dolor aumentara. Soy un profesional del dolor, Kostolitz, pensó dirigiéndose a su rival. Mañana, después del kilómetro 100, te pediré que me repitas esas preguntas tuyas, si es que te queda aliento...
Maldita sea, prestemos atención al asunto, no a esta minucia. Una caída de cinco metros; tal vez fuera mejor dejarlo pasar, sacar un cero en esa parte. Pero su puntuación general sería relativamente mala. Odiaba perder un solo punto innecesariamente y, encima, en el mismísimo comienzo. Iba a necesitar cada uno de ellos. Saltar la pared recortaría su estrecho margen de seguridad.
—¿Esperas realmente pasar el examen físico? —preguntó Kostolitz, mirando hacia otra parte—. Quiero decir, por encima del cincuenta por ciento...
—No.
Kostolitz pareció desconcertado.
—¡Demonios! ¿Cuál es el motivo entonces?
—No tengo que pasarlos, sólo lograr algo parecido a una calificación decente.
Las cejas de Kostolitz se alzaron.
—¿El culo de quién tienes que besar para llegar a un trato como ése?, ¿el de Gregor Vorbarra?
Había un fondo de incipiente envidia en su tono, una consciente sospecha de clase. La mandíbula de Miles se apretó. No saquemos a relucir el tema de los padres...
—¿Cómo piensas ingresar sin aprobarlos? —persistió Kostolitz, entrecerrando los ojos. Su nariz olfateaba el aroma del privilegio, como un animal se alerta por la sangre.
Sé diplomático, se dijo a sí mismo Miles, también eso debería estar en tu sangre, como la guerra.
—Hice una petición para que promediaran mis calificaciones, en lugar de tomarlas por separado. Espero que mis exámenes escritos compensen los exámenes físicos —explicó pacientemente Miles.
—¿Hasta ese punto? ¡Necesitarías unas calificaciones casi perfectas!
—Exacto —gruñó Miles.
—Kosigan, Kostolitz —gritó otro supervisor uniformado.
Entraron en la zona de salida.
—Es un poco duro para mí, ya sabes —se quejó Kostolitz.
—¿Por qué? No tiene nada que ver contigo, no es asunto tuyo en absoluto —señaló Miles intencionadamente.
—Nos ponen en parejas para compararnos. ¿Cómo sabré si lo estoy haciendo bien?
—Oh, no te preocupes en ir a mi ritmo —murmuró Miles.
Fueron llamados a su puesto. Miles miró, a través del campo de maniobras, a un grupo de hombres esperando y observando: unos pocos parientes militares y los sirvientes de librea del puñado de hijos del conde presentes hoy. Había un par de hombres de recia apariencia, que vestían el dorado y azul de los Vorpatril; el primo Ivan debía estar por ahí en alguna parte.
Y allí estaba Bothari, alto como una montaña y flaco como un cuchillo, con el marrón y el plateado de los Vorkosigan. Miles levantó su mentón en un saludo apenas perceptible. Bothari, a cien metros de distancia, recogió el gesto y cambió su postura suelta por una inmóvil posición de descanso, como reconocimiento.
Un par de oficiales examinadores, el suboficial y dos supervisores de la carrera estaban agrupados a cierta distancia. Algunas gesticulaciones, una mirada en dirección a Miles: una discusión, al parecer. Finalizó. Los supervisores volvieron a sus puestos, uno de los oficiales se dirigió al siguiente par de aspirantes que correrían y el suboficial se acercó a Miles y a su compañero. Parecía incómodo. Miles estudió sus rasgos de fría cortesía.
—Kosigan —comenzó a decir el suboficial con una voz cuidadamente neutral—, va a tener que quitarse el refuerzo de la pierna. No se permiten auxilios artificiales para la prueba.
Una docena de contraargumentos surgieron en la mente de Miles. Apretó los labios contra ellos. Este suboficial era, en cierto sentido, su jefe; Miles sabía con toda seguridad que hoy se evaluaba algo más que el rendimiento físico.
—Sí, señor.
El suboficial pareció imperceptiblemente aliviado.
—¿Puedo entregárselo a mi sirviente? —preguntó Miles. Amenazó al suboficial con la mirada; si no, voy a encajártelo a ti y tendrás que acarrearlo durante el resto del día, ya verás qué ilustre te sientes.
—Desde luego, señor —dijo el suboficial.
El «señor» fue un desliz; el suboficial sabía quién era él, por supuesto. Una leve sonrisa cruzó la boca de Miles y desapareció. Miles le hizo a Bothari una seña orgullosa y el guardaespaldas de librea trotó obedientemente hasta allí.
—No debe conversar con él —advirtió el suboficial.
—Sí, señor —aceptó Miles. Se sentó en el suelo y desabrochó el pesado aparato. Bien, un kilo menos que cargar. Se lo arrojó a Bothari, quien lo atrapó con un
