Neuroestimulación para la vida cotidiana

María Fernanda López

Fragmento

Corporativa

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A mis padres, siempre.

A Gastón, por estar a mi lado y acompañarme.

A mis hermanos y mis sobrinos, que los adoro.

A mis queridos pacientes y alumnos, que me motivan cada día a esforzarme en aprender, y de los que aprendo y me nutro constantemente. Me ayudan a ser cada día un poco mejor profesional y, principalmente, persona.

A Romina Tion y Claudia Dogliotti, amigas incondicionales que siempre creen en mí y me apoyan y alientan en cada proyecto.

A Mariano y Deborah, que saben que una de las razones por la que escribo es para tener la excusa de ir a visitarlos seguido y cumplir mi promesa.

A Silvia Itkin, por seguir apostando en mí.

A Susana Estévez, por su apoyo constante, aliento y acompañamiento en todo este proceso.

A Oscar Finkelstein, que fue mi guía en este camino de “las letras”.

A cada uno de los integrantes del equipo de trabajo, por el esfuerzo que hacen para hacer este libro posible.

Gracias.

AGRADECIMIENTOS

A los que están siempre a mi lado brindándome su amistad y compartiendo la vida. Los que están cerca, los que están a cientos de kilómetros. Los que en cada encuentro es como si el tiempo no pasara.

A mis profesores, a mis alumnos, a todos los que me ayudan a nutrirme cada día.

A mis compañeros de trabajo en la Unidad de Neurocirugía Funcional del Hospital Nacional Dr. Alejandro Posadas. Orgullosa de pertenecer a este maravilloso equipo.

A los que siguen en mi vida, a los que decidieron alejarse, a los que decidí alejar. A los que estuvieron, a los que siguen estando.

A todos los que me han formado en esta maravillosa carrera que amo.

A mis amigos, Yanina, Daniela, Nicolás, Fernanda, compañeros de la vida y de las neurociencias.

A Mariano en Bariloche, Victoria en Venezuela, Gabriel y Rosario en Uruguay y Marita en EE.UU. Siempre cerca mío y apoyándome, no importa qué tan lejos estemos físicamente.

A la vida.

INTRODUCCIÓN

¿Qué venía a buscar? ¿Para qué abrí la heladera? ¿Qué te iba a decir? Estas son las clásicas preguntas que nos hacemos todos los que tenemos más de treinta años y a las que, tanto nuestros amigos como nosotros mismos, respondemos con las siguientes frases: “A mí me pasa lo mismo”, “Es la edad”, “Ya estamos grandes, es normal que nos empecemos a olvidar algunas cosas”. De más está decir que la única respuesta que tiene sentido, y es real, es la primera: a todos nos puede pasar que nos olvidemos de algo. Porque estamos apurados, ansiosos, tristes o estresados; porque nos hacen una pregunta fuera de contexto y nuestra mente se queda en blanco; porque estamos realizando muchas cosas a la vez o porque no descansamos adecuadamente. Envejecer no es sinónimo de deterioro, sino parte del crecimiento, de la evolución, y la edad no tiene por qué limitarnos en nuestra vida cotidiana.

La vida moderna hace que corramos de un lugar a otro. El reloj se convierte en nuestro peor enemigo cuando nos damos cuenta de que no nos alcanzan las horas para tooooooodo lo que tenemos que hacer y no encontramos tiempo para nosotros, mucho menos para cuidar y neuroestimular el cerebro. Con suerte, nos acordamos de que lo tenemos en la cartera o mochila. Buscamos opciones: talleres de memoria, revistas de sudokus, sopa de letras, crucigramas y demás juegos de mente, para acallar la conciencia, que con su voz persistente nos dice que “tendríamos que hacerlos para ejercitar el cerebro” y nos prometemos que apenas tengamos un minuto nos pondremos manos a la obra. ¿Es verdad que ir a talleres de memoria o realizar ese tipo de ejercicios es bueno para mantener el cerebro activo? Sí, son una opción y muy valiosa, pero no la única.

Buenas noticias: podemos neuroestimular el cerebro, rejuvenecerlo o, mejor dicho, mantenerlo joven y ágil estando activos. La actividad es la mejor vitamina para este órgano tan fascinante. Hay cientos de cosas que podemos incorporar a la vida cotidiana que nos van a beneficiar, sin necesidad de hacer malabares con nuestra agenda, ya de por sí sobrecargada, para sumar una nueva actividad.

A lo largo de este libro vamos a ir descubriendo de qué manera podemos beneficiarnos en nuestras actividades diarias, cómo darle una vuelta de tuerca a nuestro modo de vida para que lo cotidiano deje de ser rutinario y comience a neuroestimular el cerebro.

Primero vamos a descubrir de qué hablamos cuando hablamos de neuroestimular el cerebro, cuáles son las funciones cognitivas y cómo se va transformando este órgano con el pasar de los años. Es importante que conozcamos los conceptos básicos que nos ayudarán a comprender el porqué de las distintas propuestas. Después veremos cómo aprovecharnos de todo lo que nos rodea en cualquier momento del día. Usar las redes sociales, ser creativos, hacer pequeños cambios en nuestra rutina, organizarnos, ser curiosos, sociables, mantener nuestro cuerpo en actividad, aprender a relajarnos, tener buen sentido del humor, realizar actividades manuales, viajar, bailar, cantar, escuchar música, comer, cocinar son algunas de las muchas actividades cotidianas que hacen que el cerebro se mantenga en su mejor forma.

Nuestra vida cotidiana puede ser muy neuroestimulante si sabemos aprovecharla.

Comencemos…

1
DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS
DE NEUROESTIMULACIÓN

Las neurociencias cognitivas ocupan un lugar central en nuestra vida cotidiana. Se habla de ellas tanto en las revistas como en los noticieros, los periódicos y en cada una de nuestras charlas habituales con amigos y familiares, aunque no seamos realmente conscientes de que lo hagamos. Todos, en mayor o menor medida, hablamos de cómo está nuestra memoria, de cómo nos cuesta concentrarnos, de que no recordamos cómo se llama aquel actor, músico, escritor o conocido que no vemos desde hace mucho tiempo y comenzamos con el famoso “Juego de las Cien Pistas”: el que trabajaba con…, hizo la película tal, se había casado con…, vivía en tal lugar, escribió X libro, era amigo de…, y así seguimos hasta que logramos encontrar el nombre. O, si estamos solos, usamos la “Técnica del Abecedario” que consiste en ir diciendo las letras por orden y pensar nombres con cada una, tratando de encontrar el que buscamos, para poder, por fin, relajarnos. Nos quejamos de que tenemos la palabra “en la punta de la lengua” pero se resiste a salir, y entonces comenzamos a dar mil quinientas definiciones hasta dar con ella, o un amigo generoso la encuentra por nosotros. Hacemos el famoso y siempre presente comentario: “¿Te acordás de cuando hablábamos de corrido?”.

Nos quejamos de cómo el estrés y el cansancio físico afectan nuestro rendimiento cotidiano, así como dormir poco, mal o entrecortado. También acerca de lo que nos motiva, sobre lo que hacemos para estar más activos o más relajados. Hablamos sobre qué cosas hacemos para poder “desenchufarnos” de las demandas de nuestra vida diaria. Porque no olvidemos que hablar de nuestro estado de ánimo también es un tema central. Que si estamos contentos o tristes, sobrecargados, angustiados o ansiosos, de si tenemos que buscar nuestro ánimo en el quinto subsuelo o en el quinto piso.

Empezamos a intercambiar nuestras recetas para estar bien: desde talleres de memoria, clases de gimnasia, zumba, mindfulness, tejido, bordado mexicano, carrera de autos, jugar al tenis, al paddle, al fútbol, básquet. O pintar, tejer mandalas, hacer aeromodelismo, organizar campeonatos de burako, juntarnos a comer un asado, caminar, ir al cine, al teatro o a exposiciones. También salir con amigos, ir a tomar un café solamente con la compañía de un buen libro o un cuaderno, ir a una cata de vinos o whiskies, dormir la siesta, cocinar una nueva receta, hacer sopas de letras, crucigramas o sudoku, escuchar música, tomarnos un rato para disfrutar del maravilloso placer de hacer nada, y miles de etcéteras.

Compartimos nuestros temores con compañeros de trabajo, amigos y familiares. Hablamos sobre nuestras fallas de atención, de memoria, sobre cómo nos cuesta tomar decisiones y cómo dejamos pasar el tiempo hasta que este nos apremia y nos obliga a decidirnos. Hablamos de lo difícil que nos resulta comenzar a hacer algo nuevo, de cómo nos cuesta “arrancar” más allá de tener muchas ganas, de que tenemos todo listo para empezar pero que, a último momento, algo nos detiene y volvemos al punto de partida.

Todo este tiempo estuvimos hablando de neurociencias cognitivas sin saberlo o sin ser realmente conscientes de ello. Nos referimos a nuestras funciones cognitivas (atención, memoria, funciones ejecutivas y lenguaje, entre otras), a cómo el estado de ánimo, los trastornos del sueño, el estrés y la falta de motivación influyen sobre nuestro rendimiento cotidiano, así como lo que podemos hacer para estar bien y rendir mejor.

Vamos a ir desarrollando todo esto y mucho más a lo largo de este libro: qué son las neurociencias cognitivas y, más específicamente, la neuroestimulación aplicada a nuestra vida cotidiana. Vamos a tratar de despejar la mayor cantidad de dudas posibles, descubrir realmente de qué se trata, diferenciar neuroestimulación de neurorrehabilitación, ver qué cosas tenemos a mano en nuestro día a día para mejorar el rendimiento, la funcionalidad y nuestra calidad de vida.

LOS PRIMEROS PASOS EN NEUROCIENCIAS

Para familiarizarnos con disciplinas complejas, lo mejor es recurrir a la sencillez. Así que podríamos decir que las neurociencias cognitivas constituyen una disciplina que estudia el funcionamiento del cerebro desde lo micro a lo macro, desde los aspectos celulares y moleculares a la comprensión de las funciones cognitivas, psicológicas y emocionales.

En un comienzo, las neurociencias cognitivas pusieron el foco en las enfermedades y en cómo reparar el funcionamiento de la persona que había sufrido un déficit, así como mejorar su calidad de vida.

Los primeros pasos en la neurorrehabilitación se dieron a raíz de las dos grandes guerras mundiales, de la mano de neurólogos que se ocupaban de los soldados que habían sido víctimas de daño cerebral. Estos especialistas trabajaban en Alemania, Inglaterra y Rusia, y plantearon que no solo había que rehabilitar los déficits físicos, sino también los cognitivos, incluyendo a la familia y la comunidad en el tratamiento, a fin de lograr la reinserción de la persona en la sociedad. Acá surge la neurorrehabilitación cognitiva, definida como “la aplicación de procedimientos y técnicas, y la utilización de apoyos con el fin de que la persona con déficits cognitivos pueda retornar de manera segura, productiva e independiente a sus actividades cotidianas”. Hoy se utiliza este tipo de tratamientos en cualquier persona de cualquier edad que presente algún déficit cognitivo, ya sea transitorio o permanente. Es parte de un tratamiento médico integral.

Tal como las conocemos hoy, las neurociencias cognitivas surgen de la fusión entre la neurociencia y la psicología cognitiva allá por 1976, en Estados Unidos, de la mano de los doctores Michael Gazzaniga y Michael Miller. Una de sus ramas es la Neuropsicología, que se centra en el estudio de la relación entre las funciones mentales superiores (cognitivas y emocionales) y las estructuras y las funciones cerebrales que las sustentan, en conocer cómo funcionan los circuitos neuroanatómicos que están en la base del comportamiento del ser humano, en la relación entre el cerebro y la conducta y, para no ser menos, se divide en dos: evaluación neuropsicológica y neuroestimulación cognitiva.

UN CHEQUEO COGNITIVO: LA EVALUACIÓN NEUROPSICOLÓGICA

No está de más explicar qué es una evaluación neuropsicológica, ya que actualmente constituye un estudio de rutina que puede solicitar el neurólogo, clínico, psiquiatra, especialista en medicina del sueño u otro médico al que consultemos y le comentemos que estamos preocupados por algún déficit en nuestro rendimiento cotidiano (fallas de memoria, dificultad para concentrarnos, etcétera).

Se la denomina de varias maneras —evaluación neuropsicológica, evaluación cognitiva, evaluación neurocognoscitiva o evaluación de funciones cerebrales superiores— y consta de tres partes;

  1. La entrevista neuropsicológica. Antes de comenzar la evaluación neuropsicológica propiamente dicha, el neuropsicólogo debe realizar una entrevista —o anamnesis— en la que va a indagar nuestros datos demográficos básicos (nombre, edad, escolaridad, etcétera), nuestro rendimiento escolar y laboral a lo largo de la vida, si tenemos antecedentes de enfermedades propias o familiares, tratamientos médicos pasados y actuales, nuestra historia médica (hipertensión o hipotensión arterial, diabetes, hipotiroidismo o hipertiroidismo, colesterol, triglicéridos, antecedentes de accidente cerebrovascular, etcétera), si estamos tomando medicación y, si es así, cuál, si tenemos hobbies y, por último, cuál es el motivo de nuestra consulta y qué quejas cognitivas presentamos.
  2. Evaluación neuropsicológica. El neuropsicólogo tomará toda una batería de pruebas con el fin de evaluar el funcionamiento de nuestras funciones cognitivas y administrará escalas para “medir” nuestro estado de ánimo (ansiedad y depresión) y el desempeño en las actividades básicas e instrumentales de la vida diaria (vestido, higiene, manejo del dinero, etcétera). Estas pruebas deben estar estandarizadas y baremadas para la población a la que pertenecemos y sus valores promedio se establecen de acuerdo con nuestra edad, sexo y nivel educativo. Esta evaluación va a brindar nuestro perfil cognitivo; es decir, el rendimiento de nuestras funciones cognitivas el día que nos evaluaron. Es un estudio complementario con otros (resonancia magnética, tomografía computada, etcétera) y no, no da diagnóstico de enfermedad, solo brinda información sobre cómo están nuestras capacidades cognitivas y si presentamos alguna alteración en el ánimo que podría estar afectándolas.
  3. Informe neuropsicológico. Es la entrega formal de los resultados de la evaluación sobre el desempeño cognitivo. Tiene dos partes: la cuantitativa, que muestra los puntajes obtenidos en cada uno de los tests o baterías que nos administraron y que generalmente se presentan en forma de grilla o de gráfico, y la parte cualitativa, que es la interpretación por parte del especialista de esos resultados, la conclusión del estudio que informa si las funciones evaluadas están conservadas o presentan algún tipo de déficit y, si ese es el caso, cuál sería. Es el médico tratante quien dará un diagnóstico a partir de la entrevista clínica, los resultados de laboratorio, la imagen que haya solicitado (resonancia magnética, tomografía computada u otra) y la evaluación neuropsicológica.

Es importante saber que existe este tipo de estudio, y que generalmente está cubierto por las obras sociales, porque va a decirnos el estado real de nuestras funciones cognitivas. Sobre la base de los resultados, se verá si necesitamos un tratamiento de neurorrehabilitación o realizar neuroestimulación formal o informal a modo de prevención. Muchas personas confunden estos dos términos y tienen la creencia de que son sinónimos, pero no es así. Son dos cosas distintas que tienen la misma base científica pero indicaciones diferentes: una es un tratamiento que se realiza cuando hay un déficit instalado y la otra es de tipo preventivo.

NEUROESTIMULACIÓN: EL ANTÍDOTO CONTRA EL DETERIORO

Desde hace ya algunos años, en la atención primaria de la salud se comenzó a trabajar con mucho más empeño en la prevención del déficit, con el objetivo de optimizar la calidad de vida y el rendimiento de las personas. Prevenir enfermedades y mantener una mente activa son algunos de los objetivos centrales de la medicina en estos últimos tiempos. Y acá viene el tema central de este libro: la neuroestimulación.

Las incógnitas que surgen son, entre otras muchas, las siguientes: ¿de qué estamos hablando? ¿Qué es la neuroestimulación? ¿En qué se basa? ¿Cómo se lleva a cabo? ¿Es un tipo de tratamiento? ¿Se realiza en forma grupal o individual? ¿La puedo realizar por mi cuenta?

Bien, comencemos a develar las respuestas.

A diferencia de la neurorrehabilitación, la neuroestimulación es la rama de las neurociencias cognitivas que se centra en la prevención de la salud, en la mejora de la calidad de vida y de nuestro rendimiento cotidiano a través de la implementación de estrategias cognitivas. No requiere de un “tratamiento formal”, sino que nosotros mismos debemos descubrir qué cosas del día a día nos estimulan y, entonces, llevarlas a cabo. Es fundamental que nos hayamos realizado una evaluación neuropsicológica previa para saber cuál es el funcionamiento real de nuestro cerebro y no quedarnos solo con nuestra queja subjetiva. Saber que no hay ningún déficit en nuestras funciones cognitivas nos brindará tranquilidad y alejará los temores.

Muchas veces sucede que no sabemos qué ejercicios o actividades podemos realizar para entrenar nuestro cerebro y es entonces cuando podemos consultar a un especialista en neuroestimulación cognitiva que puede orientarnos al respecto a través de 2 a 4 sesiones individuales. Durante esos encuentros el profesional nos interrogará sobre nuestra vida laboral, gustos, intereses y hobbies, así como qué quejas subjetivas tenemos en cuanto a nuestro rendimiento cognitivo. Nos asesorará sobre el tipo de actividades que nos beneficiarían y cómo incorporarlas a nuestra vida cotidiana sin que estas interfieran con la rutina ni supongan una sobrecarga que termine generando estrés y se convierta en alg

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