Prólogo
De homo sapiens a homo sentiens
En 1758, el naturalista sueco Carlos Linnaeus —en su obra de clasificación de las especies— nos denominó como homo sapiens. En latín, sapiens significa “capaz de conocer”, y con esto Linnaeus apelaba al ser humano como ese animal que, gracias a su racionalidad, se diferencia del resto del reino.
No hay lugar a dudas de que nuestras habilidades para conceptualizar, tratar información y razonar de manera compleja son extraordinarias. Pero, ¿es ese realmente el único rasgo que nos lleva a ser como somos, a comportarnos como lo hacemos y a lograr lo que hemos alcanzado en la historia humana?
Como si fuera una broma del destino para la investigación sobre nuestra naturaleza, cuando llegó la hora de describir nuestra especie, el sueco Linnaeus solamente escribió “Conócete a ti mismo”. ¿Una broma o un acto sumamente profundo y sagaz de su parte?
En la revolución de las ciencias que estamos atravesando actualmente, prácticamente tres siglos después, conocernos a nosotros mismos ha arrojado una nueva luz sobre nuestra configuración. Las psicologías “cognitiva” y “evolutiva”, las neurociencias “social” y “afectiva”, e incluso la economía de la conducta están revelando que somos tan racionales como emocionales.
Ninguno de nuestros razonamientos y decisiones está exento de los procesos emocionales que llevamos dentro, que integran tanto a la mente como al cuerpo. Las emociones han evolucionado a la par de nuestro cerebro y, de hecho, somos los animales más emocionales que existen en la faz de la Tierra.
Homo sentiens es un juego de palabras que acuñé para convencerte de que no solo debemos definirnos como humanos que piensan. Recurriendo también al latín, sentiens significa “capaz de sentir”. Debemos ineludiblemente reintegrar en todas nuestras disciplinas y visiones del mundo que somos humanos que sienten.
Es por ello que, con este libro, Somos lo que sentimos, me propuse terminar una trilogía que comencé años atrás. Esa trilogía está compuesta de:
- Ciencia de las emociones, obra en donde expliqué la evolución de la actividad científica aplicada a comprender nuestras experiencias emocionales, incluyendo divertidas anécdotas y un estilo divulgativo ameno.
- Mapas emocionales, libro que fue declarado de Interés Científico de la Ciudad de Buenos Aires, ya que en él presenté un inédito y original modelo de cómo funcionan las emociones (como resultado de muchos años propios dedicados a la investigación). Las emociones funcionan debido a “programas” en nuestro cerebro muy concretos, como si fuesen apps —aplicaciones— que vienen de fábrica en un celular smartphone, herencia genética de millones de años.
Confieso que escribí otro libro más, El cerebro del consumo, en el cual detallo cómo responden nuestros circuitos cerebrales (de emociones y razón) ante determinados estímulos del marketing y la publicidad, en un afán por aportar a una sociedad mejor que no solo esté obsesionada con consumir y comprar. Pero dicho libro no forma parte de la trilogía que está llegando a su fin aquí.
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Somos lo que sentimos está construido de manera diferente a cómo he venido escribiendo hasta ahora. Este episodio es una colección de ensayos breves acerca de nuestra naturaleza humana. De esta manera, comiences por donde comiences, vas a encontrar que los temas desarrollados en cada ensayo cierran por sí mismos. Así vas a ser capaz de saltar por aquí y por allí sobre los contenidos que más te apasionan, si es que no querés leer el libro de manera lineal. Al fin y al cabo, vivimos momentos en los que tenemos poca paciencia y nos satisfacen bocaditos antes que el orden habitual de entrada, plato principal, postre y café. Sé que si estos bocaditos te tientan, no solo tenés en este libro una cantidad tal para darte una panzada con ellos sino que podés elegir comer más profundamente con mis obras anteriores.
Quiero llevarte de la mano por un interesante paseo, breve en el terreno de la ciencia y mucho más largo en el campo de la reflexión profunda acerca de cómo los seres humanos sentimos, decidimos, creamos y vivimos en sociedad. Además, voy a intentar aportar algunas ideas para que puedas cambiar tu forma de hacer las cosas. Esto es especialmente atractivo en el ámbito de repensar regulaciones, leyes y normativas, ya que conociendo determinados procesos emocionales que llevamos dentro, podemos contribuir incluso institucionalmente a promover el bienestar común y a evitar pésimas experiencias internas y sociales que muchas veces atravesamos innecesariamente.
Te ofrezco a continuación un breve resumen de las temáticas que encontrarás como bocaditos en las bandejas de cada parte:
- La Parte I, Cerebro sentiens, tratará de uno de los temas que más se ha convocado en los medios, en la literatura y en la investigación en los últimos cuatro años: la neurociencia. Más específicamente, la neurociencia de las emociones. ¿Cómo siente nuestro cerebro? Incorporaremos un nuevo lenguaje para comprender nuestros sentimientos: los sistemas y funciones emocionales que tenemos en los circuitos de neuronas.
- La Parte II, Emociones y la evolución, pondrá foco en qué pasó a lo largo de los millones de años de vida en la Tierra por lo cual llegamos a tener emociones. ¿Para qué sirven? ¿Aparecieron por cómo nos relacionamos entre nosotros y con los animales? ¿Cuáles son los efectos colaterales de los mecanismos emocionales en el mundo sofisticado en que vivimos hoy día?
- La Parte III, Emociones y sociedad, desarrollará cuestiones que nos inquietan a todos: cómo nuestras reacciones contribuyen o destruyen nuestra sociedad. Se desmenuzarán temas tan candentes como el bullying, la obsesión con el aspecto físico o la compulsión por el juego (y cómo impacta en la familia del apostador). No quedarán afuera las problemáticas de vivir en grandes ciudades, el chusmerío, el conformismo e incluso nuestro comportamiento como votantes.
- Cuando lleguemos a la Cuarta Parte, Relaciones Recíprocas, vamos a indagar acerca del ida y vuelta emocional que va y viene entre nosotros por todos los ámbitos: parejas, amigos, familia y trabajo. ¿Queremos liberarnos de ciertas restricciones de nuestras relaciones? ¿Somos suficientemente agradecidos? ¿Cooperamos con quienes lo necesitan? ¿Cómo en un tris puede irse al demonio la armonía en una oficina o en plena calle?
- La Parte V, Las emociones van al mercado, explorará nuestra obsesión por las compras y por las modas. Buscará evidencias en todo lo que nos rodea de que somos indefectiblemente una sociedad de consumo. Desde el entretenimiento a la economía, todo está regulado por las emociones.
- La Parte VI, Cuestiones emocionales en el trabajo, ofrece un entendimiento más completo de por qué hacemos lo que hacemos en la oficina, con nuestros colegas, jefes y empleados. ¿Cuántas vacaciones necesita nuestro cerebro para descansar? ¿Puede esta respuesta inducir a nuevas leyes que favorezcan a los trabajadores? ¿Qué nos desconecta en la empresa y cómo reconocer el esfuerzo y los resultados de los demás?
- La Séptima Parte, Desarrollo y ciclo de vida, nos pondrá como protagonistas a nosotros mismos desde bebés: ¿cómo construimos nuestras emociones y aprendemos? Consecuentemente, ¿podemos relacionarnos mejor con los niños entendiendo sus emociones? ¿En qué momento corresponde contarles ciertas cosas y romper sus ilusiones? ¿Qué pasa con la ebullición hormonal?
- La Parte VIII, Emociones y salud, colocará bajo la luz del escenario la relación entre nuestro cuerpo y nuestra mente. ¿Pueden las emociones curarnos o enfermarnos, o eso es puro mito? ¿Funcionan las prácticas medicinales alternativas? ¿Es necesario adoptar una postura tajante a favor o en contra de la espiritualidad? ¿Determinados meses del año pueden afectar nuestro bienestar psicofísico?
- Finalmente, la novena y última Parte, Inteligencia emocional y felicidad, será un breve espacio para reflexionar acerca de qué entendemos con ambos términos y para proponer creativamente otros enfoques de vida.
PARTE I
Cerebro sentiens
Se siente con el cerebro
¡Cuántos clichés que se han creído sobre nuestra naturaleza humana a lo largo de la historia! Que la emoción se opone a la razón es uno, bastante clásico, que empezó por culpa del filósofo Descartes hace muchos siglos. Que a los niños hay que tratarlos con distancia y frialdad, evitando sentimentalismos, fue otro cliché que imperó en las prácticas pediátricas hasta casi mitad del siglo XX (bastante horroroso, por cierto). El asumir al corazón como único responsable de las emociones es un cliché que tal vez se haya construido desde tiempos inmemoriales, apalancado por frases como “El corazón tiene razones que la razón no entiende” (de otro filósofo que se llamaba Pascal).
Afortunadamente, las investigaciones de la ciencia nos permiten ajustar nuestros modelos de cómo funciona el mundo y nosotros en él. Hoy sabemos que para que experimentemos una emoción es necesario que intervenga nuestro cuerpo: el ritmo cardíaco, la tensión de los músculos, etc. Pero ¿quién comanda esos cambios corporales? Nuestro querido cerebro, el dueño de los procesos emocionales.
Ninguna emoción que llevamos los seres humanos apareció en nuestro cuerpo-y-cerebro de manera casual, sino que fue el resultado de una ganancia evolutiva de millones de años, tan útil como un hígado para afrontar toxinas o un par de ojos para resolver la visión en tres dimensiones.
Toda emoción tiene un componente innato y otro componente adquirido. Es decir, toda emoción tiene su aspecto común a todas las personas (por ejemplo, los circuitos cerebrales propios del miedo) y también tiene su aspecto flexible a la trayectoria de vida de cada uno de nosotros. Es que contamos con la capacidad de reconectar las neuronas para aprender a sentir emociones en determinadas circunstancias. Esto se llama condicionamiento.
En esencia, los condicionamientos son útiles porque nos permiten desde bebés adaptarnos a lo que se espera de nosotros en la sociedad en que nacemos. Pero a veces, desafortunadamente, quedamos condicionados de manera no oportuna. En esta sociedad contemporánea es normal que aprendamos a ser fácilmente irascibles, por ejemplo. Entonces vemos como algo “aceptable” que todos se anden peleando en la calle contra todos, y vivamos a la defensiva.
El asunto es que, expuestos como estamos al escenario moderno, muchas veces nuestras emociones se tornan disfuncionales. O sea, se desvirtúa el propósito inicial de las mismas y se activan sin beneficiarnos. Es fenomenal que recules en estampida al ver una serpiente, pero no es bueno que entres en pánico al caminar al aire libre en un parque.
¡Cuánta influencia tiene el ritmo de vida vertiginoso y ansioso de las grandes ciudades en la disfuncionalidad de nuestras emociones! Como parte de los condicionamientos desafortunados que tienen lugar dentro de nosotros, aparecen las fobias en algunas personas, que son patologías. Hace ya mucho tiempo nacieron técnicas terapéuticas que intentan llevar al paciente a desaprender esa reacción de miedo inexplicable y desbordante frente un estímulo que en realidad no representa ninguna amenaza.
¡La buena noticia, entonces, es que se puede reaprender! La “plasticidad” de nuestro cerebro hace posible que podamos superar experiencias emocionales que no son beneficiosas.
Como animales, somos de los más exóticos del reino. Y no solo por nuestra increíble capacidad de pensar y razonar, sino también por nuestra increíble capacidad de sentir emociones, que tampoco tiene comparación con la de ningún otro primo de cuatro patas. La evolución no solo nos hizo la especie más racional, sino que también nos hizo la especie más emocional de todas. Y en este sentido, la complejidad de nuestras emociones es tan exquisita y tan refinada, que podemos poner otros recursos a disposición de ellas. Los recursos mentales de atención y voluntad son extraordinariamente útiles a la hora de sacar del automático nuestras respuestas emocionales más primitivas, y poder manejarnos mejor con nosotros mismos y llevarnos mejor con los demás. ¡Tenemos todas las chances de hacerlo!
Hay muchas formas de terapia que son realmente útiles según el caso a resolver. Lo que hicieron originalmente los terapistas cognitivos es entender que una respuesta emocional recurrente no solo puede ser el resultado de la habituación a un estímulo de afuera, sino también el resultado de la habituación a un estímulo interno de nuestra propia mente; es decir, de nuestros patrones de pensamiento. En ese sentido, para cambiar la forma en que nos sentimos debemos ejercitar cambios en nuestra manera de pensar. Si cuando te exponés a tu próximo conflicto en el trabajo, en vez de interpretar que tu jefe está en tu contra, reinterpretás que es en realidad otra la causa por la que te habla de cierta manera, vas a poder actuar de forma novedosa y romper el círculo vicioso de lo que te pasa todos los días.
Cuando una emoción es muy intensa, sin embargo, todos tus procesos de razonamiento quedan a merced de ella. Y en algunos casos incluso actúan como abogados defensores, justificando la emoción. Por eso vas a encontrar personas que cuando están enojadas con su pareja, te cuentan que ella es el peor monstruo del mundo con toda autoridad. Pero en cuanto se reconcilian nuevamente… ¡chan!... la defienden a capa y espada y ¡cuidadito de hablar mal de su media naranja!
La velocidad de los procesos de tu mente es mucho mayor a la velocidad en la que cambia tu cuerpo cuando intenta salir de una emoción. Por eso, después de una discusión acalorada con tu pareja podés entender claramente que el tema ya quedó resuelto, pero la química en tu torrente sanguíneo sigue manteniendo tus músculos crispados y tu corazón al trote. Así que tu cerebro (que se la pasa monitoreando el estado de tu cuerpo) llega a una conclusión del tipo: “¡Epa! Si seguimos así de agitaditos es que siguen las cosas mal”. Y te lleva a tener ganas de reanudar la discusión.
¡Contá hasta diez, como decía la abuela! No conviene ventilar olímpicamente un enojo… Es preferible moderarlo desde el comienzo. Porque si no, tu cuerpo se transforma en un tren que después es imposible de frenar y con su inercia se lleva todo lo que encuentra a su paso.
Durante años, en los ámbitos laborales se menospreció todo este asunto de las dinámicas emocionales. Hoy, sin embargo, veo muchas empresas que sí se preocupan por educar a sus colaboradores en conceptos de inteligencia emocional y competencias emocionales aplicadas al trabajo en equipo y a la gestión. Pero les cuesta dar el salto inicial e invertir para que esta comprensión se haga parte de la cultura organizacional. ¿Por qué? Creo que por un lado está el temor a indagar en un tema relativamente novedoso para el mundo organizacional. Pero, fundamentalmente, por otro lado, está el entorno hostil del escenario económico de hoy día, que empuja a todas las compañías a esquemas de austeridad y ahorro. Las primeras cosas que se recortan son aquellas relativas al bienestar de los empleados en sus puestos de trabajo. No sabés cuánto daño le hace esto a todo el ecosistema de empresas. ¡Fijate que a nuestro alrededor está lleno de colegas hartos de trabajar donde están, no importa dónde sea!
Parte de mi afán en divulgar la ciencia de las emociones es mostrar que el tema de los sentimientos tiene fundamentos lo suficientemente serios como para que nadie le tema a entrar en el asunto. Por más ahorro que tenga en sus planes, debe enfrentarlo.
En general, sea cual fuere el ámbito, ejercitar la esperanza es un entrenamiento esencial que permite desalentar la aparición de emociones negativas y promover la repetición de experiencias positivas. Básicamente, la esperanza es un proceso emocional en el cual anticipás un porvenir fructífero para tus deseos y metas. ¡Cortá con eso de hacerte la masita cerebral! Es necesario que practiques el recrear en tu mente escenarios beneficiosos cuando imaginás tu futuro.
Hay pruebas científicas de que los optimistas viven más tiempo y con mejor salud, y no se trata de cosa-de-mandinga sino de efectos contundentes en sus conductas. Por ejemplo, un optimista que está siguiendo una dieta estricta para bajar el colesterol colesterol va a tomar sus pastillas con disciplina, no se va a saltear comidas, e incluso va a prestar atención a cuestiones como el ejercicio físico. ¡Ahí tenés! Sus comportamientos terminan beneficiándolo inexorablemente.
Qué es la neurociencia afectiva
La neurociencia es un término muy abarcativo. No es una disciplina en sí misma, sino que vendría a ser un paraguas que comprende a muchas disciplinas concretas: todas las que se dediquen a comprender la estructura, el desarrollo y la función de nuestro sistema nervioso en relación con nuestras conductas y experiencias humanas.
Dentro del marco de las neurociencias (en este sentido se justifica ponerlo en plural) podemos hallar cuestiones biológicas y fisiológicas, estudiadas en diferentes niveles. Desde lo más pequeño, como el nivel molecular de la química de nuestras hormonas y neurotransmisores (los mensajeros que activan circuitos cerebrales), pasando por el nivel de las células —las neuronas, sus axones y conexiones, y cómo trabajan— hasta el nivel de circuitos enteros del cerebro (estructuras como la amígdala, las funciones de la glándula hipófisis en relación a otras áreas, los lóbulos de la corteza cerebral, etc.)
Cuando hablamos de neurociencia con relación a las emociones, investigamos cómo estas cosas (estas hormonas y neurotransmisores, estos circuitos y estructuras cerebrales) contribuyen a hacernos sentir las experiencias de emocionalidad y sentimientos. Ahí entra en escena un brillante psicobiólogo y neurocientífico contemporáneo: Jaak Panksepp. Él fue quien acuñó el concepto de neurociencia afectiva hace prácticamente veinticinco años, en 1992, para denominar todo este campo científico que estudia los mecanismos neuronales y neuroquímicos de la emoción.
En la neurociencia afectiva también converge, como te podrás imaginar, una faceta de la psicología. Me refiero a la psicología moderna que está actualmente haciendo todos los esfuerzos para relacionar nuestras conductas y experiencias intangibles con los sustratos cerebrales por los cuales las tenemos. Una mezcla de psicobiología y de psicología evolutiva (esta última trata de encontrar fundamentos a por qué sentimos lo que sentimos dado que evolucionamos a partir de nuestros animales antepasados).
Por si fuera poco, también desde hace veinticinco años viene usándose otro término: el de neurociencia social. ¿Qué es esto? El estudio de aquellos mecanismos neurales y neuroquímicos que nos llevan a las experiencias sociales, a las conductas de relacionamiento entre nosotros. Este campo interdisciplinario (que también incluye psicología, biología y demás) tiene mucho en común con la “neurociencia afectiva”. Sus radios de acción no son absolutamente excluyentes, sino que —por el contrario— se solapan enormemente y en infinidad de casos sus estudios pueden rotularse de manera ambigua.
Para intentar desequilibrar y marcar una diferencia, podríamos decir, por ejemplo, que eso de tenerles miedo a las serpientes es tema de la “neurociencia afectiva”. Bien propio de la “neurociencia social”, por otro lado, son las razones por las que sentimos empatía, cooperamos o hacemos transacciones económicas. Fijate que en el primer caso estamos poniendo foco en respuestas emocionales ante el entorno u otros animales, mientras que en este último caso nos restringimos a las reacciones dentro de nuestra misma especie.
Este repertorio de disciplinas es de lo más moderno en la ciencia contemporánea. Los descubrimientos se hacen permanentemente. ¡Prácticamente todos los días! Es un campo próspero porque, justamente, explora lo más profundo de nuestra condición humana: nuestras emociones y dinámicas de relacionamiento.
La sociabilidad hecha añicos
¿Es posible que alguien amigable, educado, correcto, ético y comprometido con el trabajo desbarranque al 100% en su personalidad? ¿Puede alguien transformarse de un día para el otro en una persona poco sociable, grosera, impulsiva e irresponsable? Lamentablemente, el historial clínico de la neurología cuenta con un caso así. Es desafortunado, porque no fue voluntad del paciente cambiar de esa manera…
Estoy hablando de Phineas Gage, un joven de 25 años que allá por 1848 trabajaba para una empresa de ferrocarriles en Estados Unidos. Gage era “dinamitero”: su trabajo consistía en perforar con dinamita y barras de hierro la roca sobre la cual se tenderían las vías.
Triste fue el verano de aquel año porque Phineas sufrió un accidente horrible. La dinamita que él manipulaba explotó antes de tiempo muy cerca de su cara e hizo que una de las barras de hierro que estaba usando para horadar la roca saliera disparada. Como si se tratara de un proyectil, la barra le entró por la mejilla y le salió por la parte de arriba de la cabeza a tal velocidad que nadie se dio cuenta de qué diablos había pasado.
Gage, aunque siguió vivo, tuvo una lesión muy concreta en su cerebro: sus lóbulos prefrontales se dañaron en gran medida. Con el tiempo consiguió recuperarse físicamente, pero sufrió tremendos cambios de carácter. Justamente, aquellos que describí al principio.
¿Por qué te estoy contando una historia tan tenebrosa? Bueno, para la misma época en que Gage sufría el accidente, se venían identificado en la medicina otros casos de lesiones neurológicas en lugares bien concretos del cerebro. Ya para entonces se había podido concluir que existen sistemas cerebrales dedicados a la percepción, otros sistemas dedicados a la función motriz y otros al lenguaje (como las famosas “áreas de Broca” y “de Wernicke”). Lo que aportó como novedad el lamentable caso de Gage fue que, además, existen sistemas cerebrales dedicados particularmente a las dimensiones sociales del razonamiento y del control emocional.
Hoy día se sabe que nuestros lóbulos prefrontales son el asiento del llamado “cerebro ejecutivo”. Es allí donde se procesan muchas capacidades humanas únicas. ¿Por ejemplo? El sentido de la responsabilidad hacia uno mismo, anticipar y planificar el futuro, actuar en consecuencia, comportarse dentro de un ambiente social complejo y moderar (e incluso inhibir) impulsos emocionales.
¿Cuál es la moraleja de la historia? Bueno, es evidente que gracias a muchos médicos y científicos puede descubrirse información valiosísima para nuestra especie humana a partir de un episodio horroroso. Geniales son aquellos que transforman los infortunios en aprendizaje y oportunidad.
La revelación que ganamos es la siguiente: nuestras funciones cognitivas, nuestras funciones emocionales y tantas otras operaciones específicas de nuestra mente están sustentadas por sistemas de procesamiento en nuestro cerebro. Más que un solo órgano, nuestro cerebro vendría a ser un conjunto de órganos. Una facultad compleja, como “ser emocionalmente sociable”, exige del procesamiento de múltiples pasos que a su vez se localizan y distribuyen por las distintas regiones cerebrales.
REFERENCIAS
DAMASIO , Antonio R. (1996), El error de Descartes, Crítica, Barcelona, 2008.
La organización por sistemas
El modo en el que se difunde la información entre las redes neuronales de nuestro cerebro es parecido a cómo se difunden los mensajes en el interior de una colonia de hormigas. La transmisión de información de hormiga a hormiga resulta muy básica, pero el resultado del conjunto —una megacomposición de micromensajes— es algo muy superior a la suma de las partes. El resultado tiene “propiedades emergentes”.
Las propiedades emergentes no son algo que se encuentre en cada uno de los componentes del sistema (en cada hormiga, o en cada neurona) sino que surgen al vincularse estos componentes. Las neuronas son simples células que por sí mismas no “piensan”; son como hormigas no inteligentes que no tienen ni idea de lo que están componiendo de a millones y millones. Están conformando un sistema muy complejo y entramado que —en un orden de magnitud muy superior— da lugar a este órgano maravilloso que llamamos cerebro. Con emociones, voluntad, razón, interpretación, creencias, intereses y expectativas.
No podemos encontrar las emociones en una sola neurona o en el diálogo entre varias de ellas. De la misma manera que, por ejemplo, tampoco podemos encontrar las emociones en un solo gen de nuestro ADN. Tal como afirma un profesor ganador del Pulitzer, Douglas Hofstadter, “sería algo parecido a tratar de circunscribir qué nota, dentro de una composición musical, es portadora de los efectos emotivos de la obra. Por supuesto que tal nota no existe, pues los efectos emotivos circulan en un nivel superior”.
Para enfatizar, voy a recurrir al siguiente paralelismo: el sabor de una comida no se encuentra en los genes de esa comida. La característica del sabor se manifiesta en otro plano. “Los genes de caballo, de lechuga, de ser humano o de bacteria no tienen un sabor característico a caballo, lechuga, ser humano o bacteria”, explica humorísticamente uno de los biólogos más influyentes del mundo llamado Richard Dawkins.
Para entender cómo funcionan experiencias como el miedo, la vergüenza o la ansiedad no podemos recurrir directamente al cableado neuronal. Es menester comprender los fundamentos, claro, pero también es preciso construir puentes entre lo fundamental y lo cotidiano. Existen sistemas intermedios de nuestro cerebro que no están en el orden tan minúsculo de las neuronas, pero tampoco son tan obvios como para sentir su operación en el día a día. Esos sistemas son manifestaciones emergentes de la actividad neuronal. Trabajan por debajo de nuestro vivir cotidiano y subyacen a las experiencias emocionales que podemos sentir.
El pensador húngaro Arthur Koestler propuso que los fenómenos de la naturaleza se organizan en distintos niveles. Koestler argumentaba que cada nivel resulta de la composición de fenómenos menores, como si estuvieran contenidos en un nido, lo que él llamaba “anidamiento”. Esto es exactamente lo que suce
