Una serie de eventos afortunados

Sean B. Carroll

Fragmento

Introducción: El problema del azar

INTRODUCCIÓN

El problema del azar

Cuando alguien dice que todo pasa por una razón, lo empujo por las escaleras y luego le pregunto: «¿Sabes por qué lo he hecho?».

STEPHEN COLBERT

Cuando jugaba su primer torneo profesional en el Gran Abierto de Milwaukee, en 1996, Tiger Woods seleccionó un hierro 6 de su bolsa de palos en el golpe de salida del hoyo catorce, de 172 metros y de par tres. Aunque Woods iba quince golpes por detrás del líder del torneo, se había juntado un gran grupo para echar un vistazo al proclamado fenómeno del golf, de veinte años. Tiger lanzó la bola al viento, que aterrizó a unos dos metros del banderín, botó una vez a la izquierda y rodó directa al interior del hoyo. La multitud prorrumpió en vítores y silbidos durante varios minutos.[1]

No fue, sin embargo, el inicio más prometedor de la historia de aquel deporte.

En 1994, el camarada general Kim Jong-il, jugando por primera vez en su vida, supuestamente puntuó cinco «hoyos en un golpe» en el Club de Golf de Pyongyang, de camino a una puntuación de 38 bajo par en un recorrido en el que el entonces futuro líder supremo de Corea del Norte no puntuó menos que birdie (uno bajo par) en ningún hoyo.[2]

De aquí solo podemos sacar dos conclusiones:[3] 1) en realidad, Tiger no es gran cosa, o 2) alguien está mintiendo. No es difícil para ninguno de nosotros, salvo quizá para los norcoreanos, averiguar cuál es el caso.

Si estuviésemos inclinados a profundizar en nuestra investigación, descubriríamos que Tiger tiene tres aces registrados en su carrera de veinticuatro años (durante la cual ha ganado más de ochenta torneos). También sabríamos que, si nos basamos en la gran masa de estadísticas de golf, las probabilidades de que un jugador profesional de golf consiga un hoyo en un solo golpe en cualquier hoyo de par tres son de, aproximadamente, una entre dos mil quinientas. Tiger ha jugado unos cinco mil hoyos de par tres en su carrera como profesional, así que se esperaría una cifra de dos aces; su total de tres no es extraordinario. Sin embargo, las probabilidades de que un golfista amateur, en un hoyo cualquiera, consiga un hoyo en un solo golpe son de, más o menos, una entre doce mil quinientas; las de conseguir dos en la misma ronda son de, aproximadamente, una entre veintiséis millones y las de lograr cuatro, de una entre veinticuatro mil billones (veinticuatro seguido de quince ceros).[4]

Lo que hace más asombrosos los cinco aces de Kim Jong-il es el hecho de que, como la mayor parte de los campos de golf de dieciocho hoyos, Pyongyang solo tiene cuatro hoyos cortos de par 3. Todos los demás tienen al menos 220 metros.[5] Así pues, para conseguir ese quinto «1» en su ronda, el diminuto dictador debe de haber sido, en las inmortales palabras de Carl Spackler, de El club de los chalados (personaje interpretado por Bill Murray), «un gran golpeador».

No necesitamos entender con demasiada sofisticación ni la probabilidad ni la estadística ni el juego del golf para dudar de la veracidad de la tarjeta de puntuación del gran líder. Y tampoco, en realidad, tenemos dificultades para determinar la improbabilidad de la afirmación de que el joven Jong-Il escribió mil quinientos libros y seis óperas durante sus tres años en la Universidad Kim Ilsung. ¿Y cuál es la probabilidad de que, como se decía, realmente no defecase?[6]

¿¡Ni siquiera después del quinto hoyo en uno!?

TRAGARSE FALACIAS

Deshacer fábulas sobre Kim Jong-il (o sus sucesores) es fácil, pero en otros ámbitos sale a cuenta tener cierta comprensión de las probabilidades y el juego; por ejemplo, cuando nos jugamos el dinero que tanto nos ha costado ganar.

Acudimos a los casinos en manadas.[7] Unos treinta millones de personas visitan Las Vegas cada año para probar suerte en los diversos juegos de azar, como la ruleta, el keno, los dados, el bacarrá o las máquinas tragaperras. La ventaja de la casa en estos juegos va desde, aproximadamente, el 1 por ciento (dados) hasta el 30 por ciento (keno). Por eso, los casinos se pueden permitir pirámides, canales con góndolas, tanques con tiburones, fuegos artificiales y pagar quinientos mil dólares por noche a Britney Spears.[8]

Sin embargo, nos jugamos el dinero que hemos ganado con el sudor de nuestra frente sabiendo muy bien que las posibilidades van contra nosotros. Quizá sea porque, incluso en estos juegos de puro azar con dados, ruedas o electrónica, la mayor parte de los jugadores creen que pueden —o se comportan como si pudieran— hacer algo para mejorar sus posibilidades: jugar su «número de la suerte», apostar por un tirador «en racha» o apostar por un color o un número al que ya «le toca».

¿Cómo funciona eso? Digamos, por ejemplo, que estamos jugando a la ruleta y el número que ha salido es negro cinco veces seguidas. ¿Debemos continuar apostando por el negro, porque está «en racha»? ¿O debemos apostar por el rojo, porque ya «le toca»?

¿Cambia la apuesta si el negro ha salido diez veces seguidas? ¿O quince?

Estas preguntas no son hipotéticas. El 18 de agosto de 1913, en el casino de Montecarlo, una notable serie de números salió en la mesa de ruleta. En las ruletas europeas hay dieciocho números negros, dieciocho rojos y el cero, que es verde, así que la expectativa es que un número rojo o uno negro aparezca casi la mitad de las veces. Después de que hubiese salido negro quince veces seguidas, los jugadores empezaron a apostar cada vez más al rojo, convencidos de que la racha iba a terminar. Y, sin embargo, el negro volvió a salir, una y otra vez. Los jugadores duplicaron y triplicaron sus apuestas, imaginando que las posibilidades de una serie de veinte números negros consecutivos eran de menos de una entre un millón. Pero en la ruleta siguió saliendo el negro, hasta que la racha terminó en veintiséis. El casino ganó una pequeña fortuna.[9]

El episodio de Montecarlo es un caso de libro de lo que se ha llamado «falacia de Montecarlo» (o «falacia del jugador»), la creencia según la cual, cuando un evento sucede con una frecuencia mayor o menor que la esperada a lo largo de cierto periodo, el resultado contrario sucederá con mayor frecuencia en el futuro. Para sucesos aleatorios, como los dados o la ruleta, esta creencia es falsa, porque cada resultado es independiente de las tiradas anteriores.

Nuestro potente cerebro tiene problemas para comprender esta simple realidad. Si cree usted que el episodio de Montecarlo es un caso aislado de una época menos compleja y ya pasada, tenga en cuenta el fenómeno que ocurrió en Italia entre 2004 y 2005. La lotería nacional italiana SuperEnalotto se jugaba, en aquel entonces, con la selección de cincuenta números (entre 1 y 90), cinco de cada lotería regional de diez ciudades. Como pasó más de un año sin que saliese el número 53 en Venecia, jugar a este ritardatario (número retrasado) se convirtió en una obsesión nacional. Algunos ciudadanos empezaron a hacer unas apuestas tan altas que acabaron con los ahorros de la familia o contrajeron grandes deudas. Abatida por sus cuantiosas pérdidas, una mujer se suicidó ahogándose en la Toscana. Un hombre, cerca de Florencia, mató a tiros a su familia y después también se suicidó.

Finalmente, al cabo de casi dos años, después de 152 sorteos y más de 3.500 millones de euros apostados solo por el número 53 (un promedio de más de doscientos euros por familia), el número salió por fin en Venecia, concluyendo lo que un grupo denominó la «psicosis colectiva» del país.[10]

Nuestros problemas con la aleatoriedad de los juegos se transmiten a las decisiones en la vida real. ¿Cuántos padres con hijos de un único sexo deciden tener otro con la esperanza, si no la expectativa, de que el siguiente sea del sexo opuesto? Pero, igual que lanzar una moneda, el sexo de un bebé es un suceso casi aleatorio. Y digo «casi» porque hay un ligero sesgo en la ratio natural de chicos a chicas[11] de, aproximadamente, 51:49.

La falacia de Montecarlo es un ejemplo de lo que los psicólogos llaman «sesgo cognitivo», errores en nuestro pensamiento que ejercen un sesgo en la forma en que vemos el mundo. Al jugar a juegos de azar, estos sesgos distorsionan nuestro sentido del control sobre resultados aleatorios y hacen que sobrestimemos nuestras posibilidades de ganar. Un gran número de investigaciones han revelado que los sesgos cognitivos y nuestras respuestas a ellos forman parte del funcionamiento eléctrico normal del cerebro. Estudios psicológicos, tanto en laboratorio como en situaciones reales (casinos), han documentado la falacia de Montecarlo (o del jugador) con relación a series de números. También han hallado que las diferencias muy pequeñas al premio (combinaciones no ganadoras muy cercanas a combinaciones ganadoras) incrementan nuestra motivación para jugar.[12]

Una posible explicación para nuestro pensamiento falaz es que nuestro cerebro está adaptado para funcionar a diario reconociendo patrones y conectando eventos. Confiamos en esas conexiones percibidas, tanto para explicar series de sucesos como para predecir el futuro. Con facilidad podemos convencernos de que una determinada secuencia es un patrón significativo, cuando en realidad una serie de hechos independientes aleatoriamente determinados no es más que eso: aleatoria.

Es, pues, una cuestión biológica el hecho de que los seres humanos tengamos una relación tan compleja con el azar. Por un lado, nos gustan los juegos de azar, a pesar de que perdemos con frecuencia. Desde luego, cuando perdemos, lo aceptamos como una simple cuestión de «mala suerte».

Por otro lado, en cambio, cuando ganamos —y son muchas las personas que ganan cada día—, con frecuencia le damos una interpretación completamente diferente. A menudo, la buena suerte no se atribuye a la matemática del azar, ni siquiera a la equivocada confianza en «estrategias» de apuesta, sino a otras fuerzas. Para algunos se trata de una recompensa por su buen carácter o sus buenas acciones; para otros, la respuesta a una oración.

Fijémonos en el camionero de California Timothy McDaniel. El sábado 22 de marzo de 2014, McDaniel perdió a su esposa, víctima de un ataque al corazón. Al día siguiente compró tres billetes de la lotería Lucky for Life. Cuando los rascó, descubrió que había ganado 650.000 dólares. McDaniel declaró: «Creo que ella me ha enviado este dinero para que pueda seguir haciéndome cargo de los niños [sus nietos]».[13]

La desgarradora historia de McDaniel refleja cómo, en el gran tablero de juego de la vida y la muerte, nuestra relación con el azar es aún más conflictiva. Muchas personas prefieren rechazar por completo el azar y creer que, como dijo McDaniel a los periodistas, «todo sucede por una razón».[14]

Muchas personas, pero no todas.

EL PRÍNCIPE DEL AZAR

Jacques Monod creció en la costa al sur de Montecarlo, en Cannes, Francia, otra ciudad famosa por sus casinos y, desde hace ya un tiempo, por su festival de cine. Agraciado con una belleza de estrella cinematográfica —un famoso periodista francés lo describió como un «príncipe» que se parecía a una celebridad de Hollywood, Henry Fonda—, así como con un considerable talento musical y un intelecto excepcional, Monod se debatió durante toda su veintena entre una carrera profesional u otra. Después de jugar un destacado papel en la Resistencia francesa, Monod saltó a la fama, pero no como actor o músico, sino como brillante biólogo. Obtuvo el Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1965 por sus descubrimientos fundamentales sobre el funcionamiento de los genes.

Pionero en el campo de la biología molecular, en la década de 1950 y a principios de la de 1960 Monod estuvo en el centro del huracán de los descubrimientos sobre las moléculas que determinaban las características de los seres vivos, lo que él y otros denominaban «los secretos de la vida». Se mantuvo próximo a una comunidad internacional relativamente reducida de importantes investigadores. Por ejemplo, cuando James Watson y Francis Crick descifraron la estructura del ADN (ácido desoxirribonucleico) en 1953, Monod fue una de las primeras personas con las que Watson compartió el descubrimiento.[15]

No obstante, igual que un francés que entraba en las profundas tradiciones filosóficas de la cultura de su país, Monod estaba interesado en algo más que en la ciencia en sí misma. Después de la guerra, trabó amistad con el destacado filósofo y escritor de su país Albert Camus, y ambos reflexionaron sobre cuestiones acerca de la existencia humana en los cafés de la Rive Gauche. Monod tenía la sensación de que la gente no entendía la principal finalidad de la ciencia, y creía que esta era la de producir tecnología. Afirmaba más bien que la tecnología no era más que un subproducto, y declaró que «el más importante resultado de la ciencia ha sido cambiar la relación del ser humano con el universo o la forma en que se ve a sí mismo en ese universo»,[16] una relación de un interés igualmente intenso para su amigo Camus.

Monod señalaba que, en especial en el dominio de la herencia, la nueva biología molecular tenía profundas implicaciones filosóficas que habían pasado prácticamente desapercibidas en el terreno cultural más amplio. Varios años después de su Premio Nobel y de la prematura muerte de Camus, decidió escribir un libro para tratar de llevar el significado de la biología moderna a las mentes de los legos.

«Hemos puesto al descubierto el “secreto de la vida” —escribía—. Este suceso, de considerable trascendencia, debería sin duda dejar una huella sustancial en el pensamiento contemporáneo».[17]

Monod describía, a lo largo de varios capítulos, los conocimientos que habían surgido en los últimos tiempos a partir del estudio del ADN y de la descodificación del código genético. Consciente de que la mayoría de los lectores no estaban familiarizados con aquella información, incluía un apéndice con las estructuras químicas de las proteínas y los ácidos nucleicos, y una introducción sencilla sobre el funcionamiento del código genético. Con un estilo práctico, explicaba las mutaciones genéticas —sustituciones, adiciones, supresiones o cambios de orden— como alteraciones accidentales en el texto del ADN, en la secuencia de las largas cadenas de bases químicas (ACGTTCGATAA, etcétera) que constituyen los genes.

Y entonces, casi sin avisar, volvía a las implicaciones más amplias sobre cómo aparecen las mutaciones en el ADN. Vale la pena incluir una larga cita suya en la que, después de ciento once páginas de información de contexto, lanza una de las ideas más potentes en cinco siglos de ciencia (las cursivas son del original):

A estos sucesos los llamamos accidentales;[18] decimos que son casos aleatorios. Y, como constituyen la única fuente posible de modificaciones en el texto genético, que es en sí mismo el único depósito de la estructura hereditaria del organismo, se sigue necesariamente que es solamente el azar el origen de toda innovación, de toda creación en la biosfera.

El puro azar, absolutamente libre pero ciego, se encuentra en la misma raíz del extraordinario edificio de la evolución:[19] este concepto fundamental de la biología moderna ya no es una de las varias hipótesis posibles o siquiera concebibles. Es actualmente la única hipótesis concebible, la única que concuerda con los hechos observados y comprobados. Y no hay nada que justifique la suposición —o la esperanza— de que, a este respecto, sea probable que modifiquemos nunca nuestra postura.

No hay concepto científico, en ninguna de las ciencias, más destructivo para el antropocentrismo que este.

En esencia, descubrimientos en bioquímica y en genética que hasta aquel momento habían sido recónditos (estudiados sobre todo en bacterias simples) daban la vuelta a dos milenios de filosofía y religión que ponían a los humanos en el centro o cúspide de la creación. «El ser humano fue el producto de un número incalculable de sucesos fortuitos», escribía Monod, «el resultado de una inmensa partida de Montecarlo, en la que nuestro número terminó por salir cuando podría no haber aparecido en absoluto».[20]

El azar y la necesidad se publicó en Francia en octubre de 1970. Era un libro bastante técnico, con varios capítulos sobre filosofía y genética, y con unos apéndices llenos de diagramas químicos. Monod, que nunca había escrito ningún libro, no sabía qué reacciones podía esperar.

Y entonces la merde se esparció por todos lados.

El libro recibió docenas de reseñas por toda Francia y pronto se convirtió en un superventas, situado solo por detrás de la traducción francesa de Love Story, de Erich Segal (después de todo, hablamos de Francia). Tras su traducción al inglés, aparecieron reseñas y entrevistas con Monod en varios de los más conocidos periódicos y revistas británicos y norteamericanos.

Muchos analistas reconociero

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos