NOTA SOBRE LA GRAMÁTICA Y LOS SUCESOS DESCRITOS EN EL LIBRO
Es importante que sepas que durante la redacción de este libro he intentado usar, siempre que ha sido posible, un lenguaje inclusivo.
Además, en el texto empleo el femenino tanto en las interpelaciones a quien tiene el libro en sus manos como en la voz narrativa: la mayor parte de las personas que atiendo en consulta y que muestran interés por el contenido que creo son mujeres.
Asimismo, al tratarse de un relato en torno a la relación maternofilial, ser yo misma una hija ha hecho que me resultara mucho más sencillo hablar en femenino.
No obstante, este libro es para cualquier persona que desee leerlo, independientemente de su identidad y expresión de género. Muchos de los conceptos y experiencias que recojo en estas páginas también pueden darse en otras relaciones diferentes al binomio madre-hija.
Las situaciones y casos que relato están basados en hechos reales, aunque, por supuesto, las protagonistas de todos ellos aparecen con nombres ficticios y, sus relatos, ligeramente modificados para preservar su intimidad.
De antemano lamento si, durante la lectura, sientes que las experiencias que aparecen aquí recogidas no reflejan la tuya, o si sientes que no te representan por completo: he escrito este libro tratando de aportar la máxima diversidad a partir de las historias que conozco de una forma directa o indirecta. Si es tu caso, espero de todo corazón que sepas que, aun así, tu vivencia es válida, aunque yo no hable de ella explícitamente.
En ocasiones describo el modelo tradicional de familia, me refiero a un padre y una madre, pues son las historias de las personas adultas que atiendo mayoritariamente. Además, en este libro ha sido de vital importancia representar este modelo para hablar de la estructura patriarcal en el rol de mujer-madre.
Con todo, en la práctica clínica tengo presentes otros modelos familiares desde una perspectiva inclusiva (familias monoparentales, homoparentales, de acogida, de adopción, reconstituidas…) y soy respetuosa con las intersecciones posibles.
Por otro lado, es bastante probable que, a medida que avances en la lectura, sientas que se te remueven ciertas heridas o que aparecen en ti algunas sensaciones incómodas de sostener.
Aunque el libro está pensado para hacer un recorrido progresivo por la relación madre-hija y lo que esta conlleva, si sientes que es demasiado para ti en este momento, te recomiendo que pares y pidas ayuda si lo consideras necesario.
No encontrarás en este libro una guía de la manera correcta de relacionarte: esto atiende a tus necesidades como hija y se repara en terapia psicológica de forma individual y personalizada.
Por último, date permiso para leer y para dejar de hacerlo; este libro ya es tuyo y puedes retomarlo cuando quieras. Recuerda que no hay un destino al que llegar, sino que tienes por delante un camino que empezar.
ANTES DE EMPEZAR
NARRAR NUESTRA HISTORIA PARA SANAR NUESTRA HERIDA
Querida mamá:
esta carta es para ti.
Todavía no sé si te la daré o si me la guardaré para mí y nunca llegarás a leerla.
Desde hace tiempo, al pensar en nuestra relación, me he centrado en ti, pero esta vez, por primera vez, quiero hablar desde mi experiencia y de lo que necesito.
Creo que ha llegado el momento de que pueda sacar todo lo que llevo dentro.
Ha llegado la hora de escribir unas líneas que me permitan soltar el dolor y reconciliarme conmigo misma. De tener la voz protagonista en esta historia.
Sé que no será fácil ni cómodo, pero creo que es lo que necesito.
Probablemente haya partes del camino en las que te dé las gracias, o no. Y quizá haya otras partes en las que reconozca y asuma el daño y las heridas, y de ahí nazca un cambio, o no.
No sé adónde me llevará todo esto, pero confío en que nada malo me va a traer apostar por mí.
Sé que hay tantas relaciones madre-hija como madres e hijas hay en el mundo, y por eso, a partir de ahora, buscaré no compararme con nadie, aunque a veces sea inevitable hacerlo al pensar en ti.
Mamá, hay tantas cosas que me gustaría decirte…
Y creo que lo más importante no es que tú, mamá, me oigas o me leas, sino que yo tenga el valor de saber cómo me he sentido y me siento, y saber en realidad qué es lo que te diría.
Muchas de las experiencias que relataré en ocasiones pueden estar silenciadas por la falta de espacios seguros que hubo o que hay para contarlas, así que, si es tu caso, déjame que, como en la carta anterior, durante estas páginas sea tu voz para que luego, al resonar con la mía, puedas usar la tuya propia.
INTRODUCCIÓN
QUERIDA MAMÁ: ME DUELES
Solo escribir esta frase me trae a la mente una multitud de sensaciones y recuerdos (no solo míos, también de aquellos a quienes he acompañado en su proceso terapéutico), todos ellos muy profundos. Estas cuatro palabras, tan directas, tan punzantes, tan reales, describen lo que algunas personas sienten cuando me hablan de la relación con su madre: la ambivalencia y la contradicción en el vínculo.
Por un lado, el «querida mamá» refleja cuánto les gustaría que las cosas en su relación fueran distintas. Es la voz de la niña interior, esa parte de ti más vulnerable y sensible que ha vivido las experiencias más agradables y desagradables de tu infancia. Es una voz que nace del amor y del deseo de cercanía; puede ser la voz que se aferra a esa imagen de la madre que quería tener, la que se formó en su infancia, a veces idealizada, porque todavía quiere que las cosas funcionen como imagina que deberían funcionar; porque tiene la esperanza de que ella vaya a cambiar y sea la persona que finalmente las cuide, las acepte y las quiera. Que sea la figura de apego y seguridad que tanto necesitó en la infancia.
Por otro lado, el «me dueles» es el rastro del impacto de lo que ocurrió y que, probablemente, sigue ocurriendo, incluso en las situaciones más cotidianas. Es el eco de las heridas generadas en el vínculo: todas aquellas experiencias adversas que no nos dejaron indiferentes a ninguna y que hoy siguen cargando e intentando sanar, y que con tanta frecuencia les duelen o generan malestar en el presente.
A diferencia de lo que solemos pensar cuando oímos hablar de relaciones disfuncionales entre madres e hijas, no es necesario haber vivido situaciones graves y extremas (traumas con T mayúscula, que contaré a continuación) para que sepas de lo que hablo. A veces podemos vernos identificadas con esta frase sintiendo sencillamente que no tenemos la peor relación con nuestra madre, pero tampoco la mejor, y no sabemos bien por qué. Y, ay, cuánto nos gustaría que nuestra madre fuese la que tenemos en la cabeza, que fuese todo lo que ansiamos y más.
De traumas y heridas
El trauma con T mayúscula hace referencia a un evento puntual que ha superado nuestros recursos para poder afrontarlo y regularnos, como una guerra, un accidente de coche, un desastre natural…
El trauma con t minúscula, por su parte, hace referencia a los hechos que, de manera repetida, han impactado en el vínculo y han puesto en peligro nuestra integridad física o emocional, como no recibir un buen trato.
Cómo se ve el trauma con T mayúscula en nuestra vida:

Cómo se ve el trauma con t minúscula en nuestra vida:

Algunas de estas situaciones son inevitables. Lo que hace que logremos integrarlas bien o no durante la infancia es el acompañamiento que recibimos tanto durante el evento como durante sus consecuencias. Y, cuando hablamos de heridas maternas, el problema radica en que, en la mayoría de las ocasiones, nos hemos enfrentado a estas experiencias solas.
Cuando un trauma con t minúscula y de carácter relacional se repite una y otra vez, se convierte en un «trauma complejo». Este es el resultado de haber estado expuestas de forma reiterada o prolongada a múltiples formas de trauma interpersonal, a menudo, en circunstancias en las que no es posible escapar debido a limitaciones físicas, psicológicas, madurativas, familiares, ambientales o sociales.
La repercusión de este trauma o herida relacional en la infancia se puede manifestar en la vida adulta a través de muchos síntomas: nuestros pensamientos y diálogo interno (el bucle mental o la rumiación, la forma en que nos criticamos y nos juzgamos a nosotras mismas, la rigidez con la que nos tratamos y el perfeccionismo al que aspiramos), imágenes, recuerdos, conductas (la impulsividad o la irritabilidad), generándonos sensaciones corporales (insomnio, problemas digestivos, bruxismo) o emociones. Cuando el trauma sucede y no conseguimos elaborarlo, se queda en nuestro cuerpo de manera fragmentada. Por ello, a través de la integración en terapia buscamos darle sentido a la experiencia y crear una historia ordenada alrededor que nos permita sanar la herida.

A veces, pese a tener toda esta información a nuestro alcance, no podemos acceder a ella para construir un relato que una los hechos del pasado con las consecuencias en el presente porque algunos de estos aspectos todavía aparecen de manera inconsciente. Tomar conciencia de ellos es un paso necesario para sanar nuestra herida materna, una herida relacional.
Las heridas relacionales son heridas que la mayoría de las veces invalidamos porque no vemos el impacto ni las consecuencias a simple vista. No hay ninguna cicatriz en tu piel que cuente lo difícil que era sentirte invadida o sentirte sola cuando eras solo una niña o una adolescente, ninguna señal en tu cuerpo que cuente al mundo lo duro que era escuchar los juicios o críticas que recibías de una de tus principales figuras de referencia mientras crecías, o sentir que no cumplías sus expectativas.
Esto es especialmente así en el vínculo madre-hija. Muchas veces, la herida provocada por nuestra madre está oculta y, si no la sacamos a la luz, es difícil que esa relación pueda ser lo más parecida a como nos gustaría. A pesar de ello, la realidad es que casi todas las personas tenemos este tipo de heridas, pero cargamos con ellas en silencio, junto con el dolor y el malestar que nos provocan. Seguramente, la relación que tenemos con nuestra madre no es la que queremos.
Cuando Bruguera me propuso escribir este segundo libro sobre este tema en concreto, supe que no sería una tarea fácil; me asustó pensar que me pudieran considerar una «odiadora» de madres, pero mi intención siempre será darles voz a esas heridas y promocionar el buen trato hacia la niña que fuimos y la adulta que somos. Mi primer libro, Abraza a la niña que fuiste, busca ayudarte a reconectar con tu niña interior e integrar las experiencias emocionales adversas de tu infancia, en general, para sanar el malestar del presente. Pero en esta ocasión iremos más allá: hablar de las heridas maternas no es nada fácil, porque son heridas muy profundas y que nos cuesta mucho reconocer. ¿Cómo va a ser fácil asumir el daño y aceptar el dolor que proviene de la persona que, según la sociedad, más nos quiere en el mundo; aquella que nos ha dado la vida y que debería cuidarnos y querernos contra viento y marea?
Cuando compartí con mi familia y mis amigos la noticia de que escribiría este libro, todos y cada uno de ellos me respondieron con una frase del estilo: «Uf, qué temazo». Y al oír esas palabras, añadía para mis adentros: «Sí, pero claro, escribir sobre ello… ¡Menudo retazo!». Muchos de ellos se ofrecieron a contarme sus historias personales y pasarme notas de sus experiencias; así que, aunque no lo expongamos, parece que la mayoría lo hemos sufrido o conocido de cerca. Desde aquí quiero darles las gracias a todos ellos por confiar en mí y en este libro. Con sus relatos, han aportado un granito de arena muy importante para muchas de las personas que leen estas líneas.
EJERCICIO
Antes de empezar, tú, que tienes este libro en tus manos, piensa en qué te llamó la atención de él y qué te ha llevado a leerlo, e intenta responderte a las siguientes preguntas.
¿Qué esperas descubrir?
¿Cuál es la información que tienes disponible sobre tu madre y vuestra relación? ¿Cómo la describirías a grandes rasgos?
¿Cuáles son los cambios que te gustaría ver en ti respecto a vuestra relación?
Ahora deja que te cuente una anécdota que viene muy al caso: en mi casa, a raíz de divulgar sobre el impacto de las heridas infantiles en nuestra vida adulta, mis padres me dijeron medio en broma, medio a modo de reflexión, que habían recordado algunas situaciones de mi infancia, aquellas que tal vez me generaron malestar, y que no les extrañaba que tuviese tanto material para seguir escribiendo sobre esas heridas. Uno de esos episodios ocurrió durante un viaje a Disneyland París, adonde fuimos los tres después de celebrar mi primera comunión. Por altura, no me pude subir a una montaña rusa del parque, pero mis padres sí querían hacerlo, y lo hicieron sin mí. Cuando recordamos el momento, hablaron entre sí y se preguntaron: «¿Dónde se quedó Marta?».
«Creo que me quedé abajo, con las mochilas. Me dijisteis por dónde ibais a salir, y me quedé ahí sola, sentada, esperando». Aunque no recordaba esa situación puntual como una experiencia traumática, probablemente describa muchas escenas de infancia que se repitieron y en las que la soledad fue mi compañera.
Cuando hice una presentación de mi primer libro en Terrassa, la ciudad donde nací, compartí esta anécdota y, entre las asistentes, hablamos de un aspecto que me parece importante rescatar: el cambio que ha habido de una generación a otra en relación con la información disponible sobre los aspectos emocionales en la crianza o la propia salud mental. Quizá mis padres no la tuvieron a la vez que yo tampoco la tuve con quince años, a diferencia de una chica de esa edad que vino con el libro ya leído a la presentación para que se lo firmase y diciéndome lo mucho que le había hecho pensar y le había gustado.
Creo que este ha sido el punto más importante al revisar los recuerdos de mi infancia en terapia, reconocer el miedo y el dolor que mi niña interior pudo y puede sentir cuando aparece el malestar al recordar algunas escenas.
Al escribir estas líneas me doy cuenta de ese gran hallazgo. Gracias a que, en la terapia, hallé un lugar seguro donde me permití sentir todas las emociones y narrar la historia con mi voz, dejé de sentir rabia por lo ocurrido y empecé a sentir compasión por mí, por la niña que fui. (Aunque, evidentemente, también puede aparecer la rabia al recordar escenas injustas, siento que la compasión es la que mejor recoge mi dolor).
Te cuento esto y sería natural que hubiera una parte de mí enfadada que dijera: «Jolín, menudos irresponsables, ¿tan importante era una montaña rusa como para ponerme en riesgo dejándome sola?». Sin embargo, conecté mucho más con «Pobrecita, igual pasó miedo y tuvo que hacer ver que todo estaba bien y manejar sola esa situación mientras los esperaba». Esta reflexión, como te decía, me hizo darme cuenta de que los recuerdos que más dolían de mi infancia tenían que ver con la soledad, con que nadie viera mi malestar o que, si se veía, quizá no se comprendiese o se invalidase, y de quien más esperaba esto, seguramente era de mi madre.
Todas las caras del yo
Seguramente te habrás dado cuenta de que he hablado de distintas partes de mí cuando te contaba la anécdota y la posterior reflexión. Este lenguaje hace referencia a un enfoque terapéutico integrador y compasivo para trabajar el trauma relacional: el modelo de los sistemas de la familia interna (Internal Family System, o IFS por sus siglas en inglés). Este libro se basa en sus aportaciones.
Richard C. Schwartz, su creador, es un psicólogo clínico estadounidense que, con este enfoque, buscaba explicar las contradicciones en la recuperación de los trastornos de la conducta alimentaria. Schwartz se dio cuenta de que había unos patrones en la forma en que se describían las personas a las que acompañaba, aludiendo a partes o diferentes versiones de nosotras mismas que interactúan entre sí, y descubrió que, cuando las partes en tensión de estas personas se sentían seguras y se les permitía relajarse, experimentaban confianza y compasión, cualidades inherentes del self, nuestro verdadero yo, y a las que necesitamos acceder para reparar las heridas y fomentar el equilibrio emocional.
Como si se tratase de los integrantes de una familia, durante nuestra infancia y adolescencia las partes internas de nuestra personalidad pueden asumir roles extremos cuando aparece el trauma relacional con la intención (positiva) de protegernos en un momento en que no tenemos otros recursos que se ajusten y puedan hacer frente a la magnitud de una determinada situación. Al llegar a la vida adulta, esas partes no saben que has crecido, que puedes darte lo que necesitas, y siguen empeñadas en cumplir sus funciones originales.
En muchos casos, las estrategias que siguieron esas partes en la infancia o en la adolescencia para que sobreviviéramos, hoy en día necesitan de una actualización porque nos están limitando.
Cuando la persona de referencia en la infancia, como a menudo lo es nuestra madre, no se hace cargo de algunas partes de su personalidad (de los miedos de sus partes protectoras, por ejemplo), en esa etapa de la vida nos sentimos confusas, asumimos la responsabilidad y tratamos de darle sentido por nuestra cuenta. Si mamá nos grita y luego no asume su responsabilidad ni se disculpa por ello, creceremos pensando que hay algo malo en nosotras y que ha tenido motivos para hacerlo, o que carecemos de algo para ponerla de buen humor. Esto, con el tiempo, puede dar lugar a que desarrollemos una actitud complaciente en la vida adulta: pensamos que, si somos así, seguro que mamá no se enfadará tanto, y esto puede llevarnos a tener problemas para relacionarnos fuera de ese vínculo sin mostrar una actitud complaciente o sin entrar en conflicto por creer que los desacuerdos ponen en peligro toda relación.
Según mi experiencia profesional y personal, las partes de nuestra personalidad que afloran con más frecuencia son:
• Partes críticas, que asumen la responsabilidad y la «culpa» ante un conflicto.
• Partes evitativas, que procrastinan ante una tarea urgente, como la entrega de un libro.
• Partes preocupadas, que todo el tiempo están haciendo comprobaciones o rumian pensamientos ante una situación de agobio.
• Partes agresivas, que se comunican «sin filtros», sin tener en cuenta el efecto de sus palabras en la otra persona.
• Partes exigentes y perfeccionistas, que no toleran el error y señalan constantemente, juzgándonos sin miramientos.
• Partes complacientes, que están pendientes del resto y se olvidan de una misma o que dan más de lo que reciben para que todo el mundo esté bien.
• Partes desconectadas o apagadas, que tienen la sensación de que están viendo su vida como si fuera una película o somatizan todo el malestar que sienten con dolores crónicos que no salen en los valores de las analíticas más completas.
Todas estas partes tienen la intención de protegerte. El problema surge cuando continúan presentes de una forma extrema en la vida adulta y ya no existe el «peligro» que motivó su aparición. Esto, como digo, es un problema porque nos aleja de la conexión real con nosotras mismas y de la posibilidad de identificar nuestro sentir en el cuerpo, impidiéndonos relacionarnos con los demás de una forma actualizada.
En suma, seguimos en alerta sin poder disfrutar del presente, sin un diálogo compasivo y calmado, viviendo unas relaciones en las que experimentamos una constante renuncia de nuestra autenticidad. Todo para que no nos coja desprevenidas el grito y nos asustemos, y eso haga que mamá se enfade o nos critique por ello, a pesar de que sobrepensar hoy nos angustia y termina por no aportarnos la calma que esperábamos sentir al intentar tener todas las situaciones bajo control, aunque la vida sea imprevisible.
Muchas personas que acuden a consulta con una herida relacional no quieren iniciar la terapia para sanar heridas de su infancia o su herida materna, sino porque no pueden dejar de comer y vomitar; sienten un estrés constante o dolores físicos, y eso está afectando a su relación de pareja; porque han perdido la motivación en un trabajo que les gustaba o porque sienten apatía en general. Desde este enfoque, entendemos que todos estos comportamientos no son patologías, sino recursos que
