Prólogo
Motivación
Estoy seguro de que muchos de ustedes me conocen por mis análisis de las elecciones estadounidenses. Pero hay algo que quizá no sepan: cubriendo las noticias de política siempre me he sentido como si fuera un pez fuera del agua.
Fui jugador profesional de póquer antes de escribir una palabra sobre política o construir un modelo electoral. Sigo sintiéndome más a gusto en un casino que en una convención política. En mi agenda tengo los números de teléfono de muchos de los mejores jugadores de póquer, pero los de pocas personas que trabajen en política o en el Gobierno. De hecho, incluso mi decisión de poner en marcha FiveThirtyEight, que fundé en 2008 y para la que trabajé hasta 2023, fue una consecuencia inesperada de una ley aprobada por el Congreso, que puso fin a mis tres años como jugador profesional de póquer.
Así que con este libro vuelvo a mis raíces. He pasado la mayor parte de los últimos tres años inmerso en un mundo al que yo llamo el Río. El Río es un ecosistema en expansión de personas con ideas afines que incluye desde profesionales del póquer con apuestas bajas que intentan ganarse la vida hasta reyes de las criptomonedas y multimillonarios de capital riesgo. Es una forma de pensar y un modo de vida. La gente no sabe mucho sobre el Río, pero deberían saberlo. La mayoría de los habitantes del Río, o riverianos, no son ricos ni poderosos. Pero los ricos y poderosos tienen una probabilidad desproporcionada de ser riverianos en comparación con el resto de la población.
Teniendo en cuenta todo lo que ha sucedido mientras escribía este libro —escándalos de trampas en el póquer, la transformación de Elon Musk de rebelde lanzacohetes en señor de la información X, la espectacular implosión autoinducida de Sam Bankman-Fried— uno podría pensar que el Río ha atravesado unos años difíciles. Pues bien: resulta que, en realidad, el Río está ganando. Silicon Valley y Wall Street siguen acumulando cada vez más riqueza. Las Vegas recibe cada vez más dinero. En un mundo fraguado no por el trabajo de las manos humanas, sino por los cálculos de las máquinas, los que entendemos los algoritmos llevamos las de ganar.
Durante la redacción de este libro, hice unas doscientas entrevistas formales, sobre todo con personas a las que describiría como residentes del Río, pero también con críticos y observadores externos. También mantuve conversaciones informales y a veces extraoficiales durante partidas de póquer, eventos deportivos o mientras tomaba unas copas, el tipo de conversaciones que he mantenido durante toda mi vida. Mis frecuentes viajes a Las Vegas, el sur de Florida, California y las Bahamas «con fines de investigación» acabaron por convertirse en una especie de chiste entre mis amigos. Pero ahí es donde está la acción: en el Río, no en los pasillos de las universidades ni en las rotondas de los edificios gubernamentales.
También tuve mucha experiencia práctica. Participé en partidas de póquer contra multimillonarios y en cierto momento logré suficiente éxito en los torneos para llegar a estar entre los trescientos primeros en la clasificación del Global Poker Index y terminar en el puesto 87 de más de diez mil jugadores en el Evento Principal de las Series Mundiales de Póquer de 2023. También aprendí a convertirme en un apostador deportivo medianamente competente, e hice apuestas por valor de casi dos millones de dólares. Solo obtuve unos beneficios modestos, pero me convertí en una amenaza lo bastante grande para que DraftKings y otras importantes casas de apuestas deportivas estadounidenses prácticamente me prohibieran hacer apuestas con ellos por una cantidad significativa de dinero, aunque sus anuncios proliferaran por los estadios deportivos y las pantallas de televisión de Estados Unidos.
Mi misión es ser un guía turístico del Río amable, informativo y, en ocasiones, provocador. Los habitantes del Río confían en mí para que cuente sus historias, porque, seamos sinceros, soy uno de ellos. Su forma de pensar, en su mayor parte, es la mía.
Pero también espero poder poner de relieve algunos de los defectos de su pensamiento. Porque, si me permiten el tópico, en el Río no todo es diversión y juegos. Las actividades que todo el mundo considera fundamentales, con F mayúscula —como el blackjack, las tragaperras, las carreras de caballos, las loterías, el póquer y las apuestas deportivas—, no son, en realidad, más que la punta del iceberg. En el fondo, no se diferencian mucho de comerciar con opciones sobre acciones o con criptomonedas, o de la inversión en nuevas empresas tecnológicas. El Río está lleno de afluentes y nichos, y no todos sus habitantes se describirían a sí mismos como jugadores. Pero las distintas regiones del Río tienen mucho en común, y hay muchas conexiones entre personas de diferentes partes del entorno: personas con fondos de cobertura que juegan al póquer, apostadores deportivos que se convierten en empresarios, criptomillonarios que se codean con filósofos de Oxford que adoptan un enfoque matemático para estudiar la condición humana.
El Río también tiene un canon de influencias e ideas, desde la teoría de juegos y los equilibrios de Nash hasta el valor esperado y la utilidad marginal, que subyacen en casi todas las actividades que emprende. La mayoría de las ideas no son, en principio, tan complicadas, pero pueden implicar mucha jerga y referencias internas. Si usted oye a un riveriano hablar de «actualizar sus previsiones» o «dimensionar sus apuestas» o hacer un chiste sobre clips para papel, todo eso se refiere a partes del canon. Si no se ha molestado en aprender la jerga, lo siento, porque la seguirán utilizando para hablar a su alrededor como una pareja en una cena que se mete con su cocina en un idioma extranjero que sabe que no entiende. Le enseñaré todo lo que pueda de ese idioma.
Así que abróchese el cinturón, traiga algo de dinero para apostar si le apetece —no se lo diga a nadie, pero hay partidas de póquer en la parte trasera del autobús— y empecemos.
Introducción
El Seminole Hard Rock Hotel & Casino de Hollywood, Florida, cuenta con un club nocturno, siete piscinas, catorce restaurantes, una cascada interior de nueve metros de altura, docenas de deslumbrantes recuerdos del mundo del rock and roll, doscientas mesas de juego, 1.275 habitaciones, tres mil máquinas tragaperras y un reluciente hotel con forma de guitarra que dispara haces azules de luz de neón a seis mil metros de altura.
Como la mayoría de los casinos —y como la mayoría de las cosas del sur de Florida— el Hard Rock está pensado para abrumar sus sentidos y minar sus inhibiciones. Imagínese un casino. Si no ha estado en un lugar como el Hard Rock o el Wynn de Las Vegas, es probable que esté pensando en un lúgubre «almacén de tragaperras» lleno de humo de cigarrillos y laberínticas hileras de máquinas chirriantes. De hecho, pueden ser algunos de los lugares más deprimentes del planeta. Pero en los complejos de lujo como el Hard Rock, el ambiente en las horas punta es exuberante. Pocos lugares en la vida estadounidense atraen a una muestra más variada de la sociedad. Hay adultos de todas las edades, razas, clases, grupos étnicos y orientaciones políticas. Hay ancianos que esperan que les toque el premio gordo de las tragaperras, grupos de colegas y pandillas de chicas, y asistentes a conferencias de asociaciones comerciales de tercera categoría que compensan su incomodidad con excesos de alcohol y blackjack.
He pasado mucho tiempo en casinos mientras escribía este libro. Ni que decir tiene que hasta los más glamurosos acaban cansándote. A veces tenía la sensación de ser un fotógrafo profesional de bodas: todo el mundo se lo estaba pasando bomba, en su día más especial. Pero yo conocía todos los temas y personajes recurrentes: el tipo que intentaba ocultar a sus amigos en la mesa de dados que estaba jugando por encima de sus posibilidades; las mejores amigas de la despedida de soltera que se disputaban la primera posición cuando pasaba un soltero buenorro; la simpática pareja de Nebraska que pasaba la noche de su vida jugando al blackjack antes de perder todas sus ganancias por duplicado.
Era abril de 2021. Estaba en Florida para el Seminole Hard Rock Poker Showdown, el primer gran torneo de póquer en Estados Unidos desde la pandemia. Para bien o para mal, había sido bastante cuidadoso a la hora de evitar espacios cerrados abarrotados hasta que me vacuné contra la COVID-19. Ni siquiera me había subido a un avión desde el 11 de marzo de 2020, cuando me enteré en pleno vuelo de que Tom Hanks se había contagiado de COVID, que la NBA había suspendido la temporada, que el presidente Trump había cerrado los viajes desde Europa… y que mis compañeros de vuelo y yo habíamos aterrizado en un universo más arriesgado.
Pero ya había pasado un año y era hora de apostar. A juzgar por la afluencia de público al Hard Rock, muchas otras personas estaban en la misma tesitura. A pesar de su reputación de tolerancia al riesgo, la mayoría de los casinos cerraron en los primeros días de COVID. Incluso el Strip de Las Vegas —que seguiría funcionando incluso en caso de apocalipsis nuclear, suponía yo— estuvo cerrado durante dos meses y medio. Durante este periodo, los ingresos de los casinos de Estados Unidos se redujeron hasta un 96 % con respecto al año anterior.
Pero repuntaron con fuerza. De alguna manera, entre la ansiedad debido a la mortandad sin precedentes causada por la COVID y el aburrimiento provocado por la falta sin precedentes de interacción social, la avidez de los estadounidenses por el comportamiento YOLO (siglas en inglés de Solo se vive una vez) explotó, manifestándose en todas las formas, desde exhibiciones ilegales de fuegos artificiales hasta accidentes de tráfico y burbujas de criptomonedas (los precios del bitcoin se multiplicaron aproximadamente por diez en el año posterior a que la OMS declarase la COVID-19 como pandemia). Así, en abril de 2021 —mientras las escuelas permanecían cerradas en algunas partes del país—, los casinos de Estados Unidos obtuvieron de sus clientes la asombrosa cifra de 4.600 millones de dólares en ingresos por juego, un 26 % más que en el mismo mes, dos años antes de la pandemia.
Los jugadores de póquer acudieron en una demostración de fuerza al Hard Rock. En abril de 2019, la última vez que se celebró este torneo antes de la COVID, contó con la respetable cifra de 1.360 participantes. La edición de 2021 atrajo casi al doble, 2.482 participantes, a pesar de estar todavía en mitad de una pandemia y de una prohibición de viajar que afectaba a la mayor parte del mundo del póquer. Podría haber sido peor: la demanda fue tan abrumadora que hubo esperas de horas para pagar 3.500 dólares e inscribirse. Aun así, fue el mayor número de participantes en un torneo del World Poker Tour, que patrocinó el evento. Como era de esperar, el torneo lo ganó un enfermero de la UCI de Grand Rapids, Míchigan, llamado Brek Schutten, que había pasado por las salas de COVID.
Jugamos en condiciones poco habituales. Había obligación de llevar mascarilla, y yo me esperaba un desastre: los jugadores de póquer son individualistas e irascibles, y no son de los que siguen órdenes sin protestar. Pero la mayoría de ellos estaban tan contentos de volver a jugar al póquer que hubo relativamente pocas quejas.[1] Una restricción mayor fue que, como pseudomedida anti-COVID, las mesas de póquer estaban equipadas con aparatosos separadores octogonales de plexiglás. Esto dio lugar a un detalle divertido: cada vez que un jugador quedaba eliminado del torneo, el personal de la sala celebraba su marcha limpiando su sección de plexiglás, como un toallero de la NBA que limpia el sudor de la pista después de que Giannis Antetokounmpo acabe de hacer un mate por encima de un desafortunado alero.
Sin embargo, el efecto del plexiglás era el de un espejo, lo que dificultaba la visión de los adversarios. Claro que podía ver bien a los otros jugadores si me concentraba, pero, en contra de lo que usted pueda haber oído, la mayoría de las indicaciones (tells, en inglés) del póquer no se descubren mirando fijamente a un oponente y haciendo una «lectura del alma». Se trata más bien de sutilezas en el límite de la observación consciente: un movimiento de la muñeca aquí, una aceleración del pulso allá; una mirada de reojo a tu oponente, que parece más erguido en el asiento después de haber mirado sus cartas por primera vez (es probable que tenga una buena mano). El póquer es, sobre todo, un juego matemático, pero los márgenes son tan ajustados que uno se conforma con cualquier lectura que pueda obtener.
Entre el plexiglás, las mascarillas y la falta de hábito de estar rodeado de otras personas, me sentía como si estuviera jugando al póquer bajo el agua. Mi cuerpo delataba mi ansiedad. No solo me temblaba el pulso cuando tomaba una decisión importante, sino que durante algunas partes del torneo incluso me empezaron a temblar las manos cuando apostaba, algo que casi nunca me había pasado antes ni me pasó después. Cuando repasé algunas manos más tarde con mi entrenador de póquer —sí, tengo un entrenador de póquer, igual que algunas personas tienen un entrenador personal—, en casi todas exageraba y pensaba demasiado las situaciones, como si estuviera compensando un año perdido durante la pandemia. La base de datos Hendon Mob Poker dice que acabé en el puesto 161 del torneo, con 7.465 dólares, pero en realidad perdí dinero en el viaje.
Y, sin embargo, fue una gran experiencia. Después de un año electoral de aislamiento en 2020 —aislamiento porque teletrabajé durante la pandemia y porque, por razones que explicaré más adelante, los años de elecciones presidenciales me resultan alienantes— me sentí bienvenido en el mundo del póquer. El World Poker Tour incluso me felicitó por Twitter desde su cuenta @WPT, algo que no suelen hacer por el 161.º clasificado.
No estoy seguro de haberlo reconocido plenamente en ese momento, pero las sensaciones del torneo fueron el primer indicio de las que tendría en el transcurso de la escritura de este libro. Una de ellas fue que algo importante estaba ocurriendo, algo que iba más allá del póquer. Que el torneo hubiera atraído a un número récord de jugadores —que la gente estuviera «volviendo a la normalidad» de forma tan agresiva en el entorno hiperrealista y obviamente inseguro (desde el punto de vista de la COVID) de un casino— parecía significativo. Las personas siempre han tenido diferentes niveles de tolerancia al riesgo, pero estos suelen estar ocultos a la vista del público. Si la persona que está delante de mí en la cola del supermercado planea pasar la noche acurrucada viendo algo en Netflix y la que está detrás de mí tiene intención de pasarse toda la noche de juerga con cocaína en un club de striptease, no tengo forma de saberlo y, en realidad, no me importa.
Pero la COVID hizo públicas esas preferencias de riesgo, nos las mostró, de manera literal, a la cara. Para mucha gente, la COVID era el Salvaje Oeste, que obligaba a enfrentarse al riesgo y a la recompensa sin apenas precedentes en los que basarse y con una orientación experta que cambiaba todo el tiempo. Mi experiencia al escribir este libro es que las personas están cada vez más bifurcadas en su tolerancia al riesgo y que esto afecta a todo, desde a con quién salimos hasta la dirección de nuestro voto. Puede que el tipo que ve algo en Netflix y el tipo del club de striptease ya ni siquiera compren en el mismo supermercado; el tipo de Netflix se mudó al campo, ahora que no necesita estar en la oficina, y el tipo del club de striptease se fue a Miami, y probablemente estaba jugando contra mí en el torneo de póquer.
Quiero mantener la prudencia. En cualquier distribución estadística hay personas en ambos extremos de la campana de Gauss, y este libro se centra a menudo en las personas situadas en el extremo derecho de la curva de riesgo. Pero la asunción de riesgos es un rasgo de la personalidad poco estudiado, y la literatura académica está dividida sobre hasta qué punto algunas personas son, en general, más arriesgadas, en contraposición a la asunción de riesgos en ámbitos específicos. Mi ejemplo favorito de una persona que asume riesgos en ámbitos específicos es el doctor Ezekiel Emanuel, que formó parte del consejo asesor sobre la COVID-19 del presidente Biden. En un artículo de opinión de mayo de 2022, el doctor Emanuel dijo que evitaba comer en restaurantes cerrados porque le preocupaba la COVID persistente, pero también presumía de montar en moto. Como preferencias de riesgo, parece una locura (las motocicletas son unas treinta veces más mortales que los turismos por kilómetro recorrido). Dicho esto, se me ocurren muchos aspectos de mi propia vida en los que mis preferencias de riesgo no se podrían calificar de racionales o coherentes. Las personas somos complicadas, e incluso entre los jugadores de póquer hay muchos jugadores degenerados y muchos nits.[2]
De hecho, la mayoría de nosotros parece tener dudas sobre cuánto riesgo queremos correr en nuestra vida. Uno de los tópicos en los estudios sobre el riesgo es que los jóvenes asumen más riesgos que los mayores. Sin embargo, esto podría estar cambiando. Los adolescentes de Estados Unidos y otros países occidentales adoptan muchas menos conductas de riesgo —drogas, alcohol, sexo— que hace una generación.
Y, sin embargo, el juego en sí está en auge. En 2022, los estadounidenses perdieron unos 60.000 millones de dólares apostando en casinos autorizados y empresas de juego en línea, un récord incluso después de tener en cuenta la inflación. También se calcula que perdieron 40.000 millones de dólares en apuestas sin licencia, en el mercado gris o en el mercado negro, y unos 30.000 millones en loterías estatales. Para que quede claro, esa es la cantidad que perdieron, no la que apostaron, que fue aproximadamente diez veces mayor. Entre todas las formas de juego, los estadounidenses apuestan probablemente más de 1 billón de dólares al año.
Los ingresos en casinos de Estados Unidos
se dispararon después de la COVID

Y he aquí algo que probablemente debería quitar el sueño a más de uno: la esperanza de vida estadounidense se ha estancado. Durante la pandemia, de hecho, disminuyó, de 78,8 años en 2019 a 76,4 años en 2021. Las cifras de esperanza de vida durante una pandemia pueden ser engañosas —suponen esencialmente que se mantendrá el mismo número de muertes por COVID en el futuro, cuando probablemente no sea así— y las cifras han comenzado a recuperarse hasta cierto punto. Sin embargo, incluso antes de la COVID, los hombres estadounidenses habían perdido una décima de año de esperanza de vida entre 2014 (76,4 años) y 2019 (76,3).
Esperanza de vida contra PIB per cápita, 2021,
países de la OCDE

De hecho, Estados Unidos es ahora un caso atípico entre los países más desarrollados. Teniendo en cuenta nuestro elevado PIB, cabría esperar que la esperanza de vida de los estadounidenses fuera unos cinco años mayor de lo que es. Las razones de esta deficiencia son complicadas, y en ellas intervienen una mezcla de factores culturales y políticos, así como el alto nivel de desigualdad en Estados Unidos. Pero en parte reflejan el hecho de que en Estados Unidos se asumen más riesgos —se conduce más a velocidad de autopista, hay más opioides, más COVID, más armas de fuego— y se está menos dispuesto a sacrificar la libertad o el crecimiento económico a cambio de una mayor esperanza de vida.

El otro gran descubrimiento que hice en ese vuelo de vuelta a casa desde Florida fue que ese mundo de jugadores de póquer y tipos así, ese mundo de riesgo calculado, era el mundo en el que yo encajaba.
Eso no debería haber sido una gran sorpresa. Puede que incluso lo lleve en la sangre. Ninguno de mis padres es muy aficionado a las cartas ni a los casinos, pero mi abuela paterna, Gladys Silver, era una excelente jugadora de gin rummy y bridge, y una jugadora muy castigadora: si no ocultabas bien tus cartas, sacaba el máximo partido de esa información para enseñarte a tener más cuidado la próxima vez. Mi bisabuelo Jacob Silver fundó un taller de reparación de carrocerías en Waterbury, Connecticut, donde se celebraba una partida de póquer cada dos viernes, hasta que, según la familia, las esposas de los mecánicos le obligaron a cambiar el pago en efectivo por cheques porque muchos de sus maridos volvían a casa con las carteras vacías. Otro bisabuelo, Ferdinand Thrun, fue un famoso pirómano que ideó formas tan innovadoras de cometer fraude a las aseguradoras que literalmente no había leyes por las que acusarle. Ferdinand se habría marcado un buen farol.
Y yo mismo fui jugador profesional de póquer durante tres años, entre 2004 y 2007, durante el llamado «boom del póquer». El boom del póquer empezó a partir de la creciente disponibilidad del póquer en línea, debido a Chris Moneymaker, un contable de Nashville que ganó un torneo clasificatorio en línea para obtener un puesto en el Evento Principal de 10.000 dólares de las Series Mundiales de Póquer de 2003 y que luego ganó el Evento Principal de las Series Mundiales, 2,5 millones de dólares. Si le hubieras pedido a ChatGPT que diseñara a la persona que más aumentaría el interés por el póquer al ganar las WSOP, podría haber creado a Moneymaker. Un tipo afable, regordete, de veintitantos años, con un aburrido trabajo en una empresa, era exactamente el cliente al que se dirigían los sitios de póquer en línea, un arquetipo de un trabajador de oficina que quería salir de su cubículo y ganar el gran bote. El número de participantes en el Evento Principal de las Series Mundiales de Póquer pasó de 839 en 2003 a 8.773 solo tres años después, en 2006, una cifra claramente impulsada por las personas que habían conseguido su puesto en línea.
Yo era una de esas personas que vivían el gran momento. Pronto empecé a vivir en horario nocturno. Las partidas de póquer suelen ser mejores a altas horas de la noche, cuando tus oponentes están borrachos, faltos de sueño o delirando por haber ganado o perdido mucho dinero, o una combinación de lo anterior. Así que volvía a casa de la oficina, me echaba una siesta y luego jugaba al póquer en línea, a veces hasta por la mañana, cuando llegaba con retraso al trabajo y me esforzaba por terminar el día. Ni que decir tiene que eso no se podía mantener durante mucho tiempo y, como ganaba bastante más dinero como jugador de póquer que como consultor, dejé mi trabajo en la empresa al cabo de unos seis meses para jugar al póquer y trabajar para la empresa de estadísticas de béisbol Baseball Prospectus.
Fue una buena forma de ganarse la vida durante un par de años, pero, como la mayoría de las rachas en el juego, no duró mucho. En parte, esto se debió a la evolución natural: el boom del póquer se convirtió en una especie de meseta a medida que los jugadores que perdían se arruinaban, abandonaban o mejoraban, eliminando a los primos de la mesa uno por uno.
Pero también fue en parte obra del Congreso de Estados Unidos. A finales de 2006, el Congreso, liderado por el Partido Republicano y con ganas de una victoria entre los votantes de la «mayoría moral» antes de las elecciones de intermedias, cuando el congresista republicano Mark Foley dimitió de su cargo por haber enviado mensajes sexualmente explícitos a páginas web de hombres menores de edad, aprobó la ley contra el juego ilegal en internet (UIGEA por sus siglas en inglés). La UIGEA no prohibía el póquer en línea per se, pero establecía normas que suponían un problema para los procesadores de pagos: es difícil jugar al póquer si no se puede cambiar dinero en efectivo por fichas. Algunos sitios cerraron sus puertas a los jugadores estadounidenses, mientras que otros permanecieron abiertos, pero entre la sombra de la ilegalidad y el aumento de los inconvenientes a la hora de ingresar y retirar el dinero, los nuevos jugadores inexpertos evitaban las partidas, lo que los hacía mucho más difíciles de vencer.
Pero todo esto tuvo un aspecto positivo: la UIGEA despertó mi interés por la política. El proyecto de ley se había incluido dentro de una ley de seguridad nacional no relacionada y se aprobó durante la última sesión antes de que el Congreso entrara en receso por las elecciones de intermedias. Se trataba de un truco tramposo y, tras haber básicamente perdido mi trabajo, quería que los responsables también lo perdieran. Y así fue: los republicanos perdieron tanto la Cámara de Representantes como el Senado, incluido el escaño del representante Jim Leach, de Iowa, principal defensor de la UIGEA, cuyo mandato de treinta años terminó en parte gracias a los jugadores de póquer que habían aportado dinero a su oponente.
Luchando por ganar dinero a medida que las partidas se agotaban, dejé el póquer unos seis meses después. Con mi nuevo interés por la política y el tiempo libre de que disponía, acabé creando FiveThirtyEight en 2008. No hay forma de decir esto sin presumir, pero FiveThirtyEight se disparó, pasando de tener unos pocos cientos de lectores al día al principio a cientos de miles llegado el día de las elecciones de ese año. Luego, antes de que me diera cuenta, tenía decenas de millones de lectores; en 2016, nuestra página de pronóstico se convirtió literalmente en el contenido más atractivo de internet, según el servicio de análisis Chartbeat.
VALOR ESPERADO: LO QUE SEPARA AL RÍO DEL RESTO DEL MUNDO
Pero el problema de que decenas de millones de personas vean tu pronóstico es que muchos de ellos no lo van a entender. Un pronóstico electoral probabilístico —por ejemplo, uno que dice que el senador demócrata Mark Kelly tiene un 66 % de posibilidades de ganar la reelección en Arizona— es producto de una forma de pensar muy específica. Es lo más natural del mundo para un antiguo jugador profesional de póquer como yo, pero será del todo extraño para otras personas.
El 8 de noviembre de 2016, según el modelo estadístico que construí para FiveThirtyEight había un 71 % de probabilidades de que Hillary Clinton ganara la presidencia y un 29 % de que lo hiciera Donald Trump. Para contextualizar, esta estimación de las posibilidades de Trump se consideró alta en aquel momento. Otros modelos estadísticos situaban las posibilidades de Trump entre el 15 % y menos del 1 %. Y los mercados de apuestas las situaban en torno a 1 posibilidad entre 6 (17 %). Trump ganó, por supuesto, arrasando en varios estados indecisos del Cinturón de Óxido.
La reacción de mucha gente del mundo político ante este pronóstico fue: «Nate Silver es un puto idiota». Pero desde mi punto de vista —y desde el de la gente del Río, el paisaje de jugadores expertos y gente de ideas afines que he presentado en el prólogo—, era un pronóstico realmente bueno. Y lo era por una sencilla razón: si hubiera apostado por él, habría ganado mucho dinero. Si un modelo dice que las probabilidades de Trump son del 29 % y el precio de mercado es del 17 %, la jugada correcta es apostar a lo grande por Trump. Por cada 100 dólares que apueste por Trump, usted puede esperar lograr un beneficio de 74 dólares.
Para que conste, yo voté a Clinton. Mucha gente está encantada de decirle cómo debe votar. Mi trabajo consiste en hacer un hándicap de la carrera, en decirle cómo debe apostar. O al menos, evaluar desapasionadamente las probabilidades. El término que utilizamos para esto en el Río es que mi previsión era +VE, lo que significa «valor esperado positivo», es decir, el resultado que se espera obtener en promedio a largo plazo. En este caso, por ejemplo, el VE se calcula así:
(0,71 × -$100) + (0,29 × +$500) = +$74
El 71 % de las veces, Clinton gana y usted pierde sus 100 dólares apostados. Pero el 29 % de las veces que gana Trump, le pagan con unas probabilidades de 5:1,[3] lo que convierte su inversión de 100 dólares en un beneficio de 500 dólares. Eso es bueno. Realmente bueno. Los apostantes deportivos suelen contentarse con un beneficio esperado del 2 al 5 % en una apuesta individual. El mercado de valores obtiene un beneficio esperado de alrededor del 8 % anual después de ajustar la inflación. Con una apuesta por Trump, se espera obtener un beneficio del 74 % por cada dólar invertido.
El valor esperado es un concepto tan fundamental en la forma de pensar del Río que 2016 sirvió como prueba de fuego para saber qué personas de mi vida eran miembros de la tribu y cuáles no. En el mismo momento en que un cierto tipo de persona era susceptible de enfadarse mucho conmigo, otros estaban encantados de haber podido utilizar el pronóstico de FiveThirtyEight para hacer una apuesta ganadora. (A veces todavía me encuentro con jugadores de póquer que me invitan a cenar con el dinero que mis pronósticos les hicieron ganar, en 2016 o en otros años).
Puede que esta forma de pensar le resulte increíblemente extraña. No pasa nada; estamos al principio del camino y hay algunas complicaciones filosóficas que resolver. ¿Qué significa un resultado «medio» en el contexto de un acontecimiento aparentemente único, como las elecciones de 2016? Quiero que entienda que muchas personas y empresas poderosas piensan en términos de valores esperados y ganan más de lo que pierden a largo plazo. Empresas como Seminole Gaming, que gestiona el Hard Rock, ganan miles de millones de dólares al año, gran parte de ellos de personas que no entienden el concepto de VE.
Como primer paso, me gustaría hacerle pensar de forma probabilística. El punto fundamental de mi primer libro, The Signal and the Noise [hay trad. cast.: La señal y el ruido, Península, Barcelona, 2014] es que las previsiones probabilísticas son un signo de humildad, no de arrogancia. El mundo es un lugar complicado. Pequeñas perturbaciones pueden tener efectos de gran magnitud, desde el asesinato de Francisco Fernando hasta cualesquiera que fuese la serie de acontecimientos en China que produjo la primera versión del SARS-CoV-2. A veces, la trayectoria entera de la historia puede girar en torno a acontecimientos casi aleatorios, como la «papeleta mariposa» mal diseñada en el condado de Palm Beach (Florida), que hizo que algunos habitantes del estado votaran por error a Pat Buchanan y probablemente le costó a Al Gore las elecciones presidenciales de 2000. Si juega miles de manos de póquer, ve cientos de acontecimientos deportivos en los que juegue dinero propio o invierte en docenas de empresas emergentes, aprenderá rápidamente que, entre los caprichos del destino y nuestro incierto estado de conocimiento del mundo, acertar aunque sea un poco es bastante difícil. Las probabilidades suelen ser lo mejor a lo que podemos aspirar.
Pero va más allá de eso. Los jugadores, los operadores de Bolsa y los creadores de modelos ven el mundo como algo complicado, estocástico y contingente. Rascamos y arañamos a la búsqueda de cualquier punto básico de valor. Si nuestros modelos pueden acertar el 53,1 % de las veces en lugar del 52,7 %, eso supone una gran mejora. Reconocemos que es difícil batir al mercado —no imposible, pero sí difícil— y tenemos las cicatrices de la batalla para demostrarlo.
Para dejarlo claro: son muchas las ocasiones en las que la gente corriente capta de manera intuitiva las probabilidades. Llevan un paraguas si el cielo parece amenazador. Calculan si merece la pena ir a veinticinco kilómetros por hora por encima del límite de velocidad cuando llegan tarde al aeropuerto. Se palpan de manera inconsciente los bolsillos traseros para comprobar si llevan el móvil o la cartera en zonas donde se sabe que hay muchos carteristas. Hasta cuando se trata de decisiones médicas de alto riesgo, saben jugar con los porcentajes. Por ejemplo, a pesar de toda la controversia que suscitaron las vacunas contra la COVID-19 en Estados Unidos, el 93 % de las personas mayores —que se enfrentaban a tasas desproporcionadamente más altas de mortalidad y enfermedades graves a causa de la COVID— recibieron sus dos dosis iniciales, incluido alrededor del 85 % incluso en estados sumamente republicanos como Alabama y Wyoming. Ni siquiera los jugadores con problemas, según los expertos con los que hablé para escribir este libro, desconocen las probabilidades a las que se enfrentan; puede que sepan que están haciendo una apuesta con una expectativa perdedora y la hagan de todos modos (hablaré más de esto en el capítulo 3).
Una cosa que he descubierto es que la gente se enfada mucho menos conmigo por mis predicciones deportivas —por ejemplo, cuando un equipo con un 29 % de probabilidades de ganar la Super Bowl da la campanada— que por las electorales. (En FiveThirtyEight también elaboraba pronósticos probabilísticos de acontecimientos deportivos). Eso se debe a los ritmos habituales de los deportes: todos los aficionados han visto suficientes penaltis pasar por encima de la portería o goles de campo que se estrellan en el larguero para saber que no siempre gana el mejor equipo. Los deportes se acercan más a un problema cotidiano, de los de «cojo el paraguas o no».
Los políticos y los partidos políticos, por el contrario —sobre todo en un sistema bipartidista altamente polarizado, como el de Estados Unidos— no se adhieren a esta forma de pensar y tampoco quieren en absoluto que usted piense así sobre las elecciones. En cambio, consideran que sus victorias son moralmente justas, no porque reflejen contingencias como las papeletas mariposa, el colegio electoral o la tasa de inflación,[4] sino porque encarnan el «lado correcto de la historia» o incluso la voluntad de Dios. Consideran que cada elección es importante de un modo único y existencial, no extraída de una distribución de probabilidades de posibles resultados, como supone el concepto de valor esperado, sino su propio copo de nieve especial. Tampoco quieren dejar mucho espacio para los matices, la complejidad o el pensamiento pluralista y probabilístico: ya es bastante difícil mantener unida a tu coalición, así que uno no quiere que la gente de su «equipo» discuta entre sí. Y consideran que la idea de apostar en política es deleznable y moralmente sospechosa.
No me atrevo a utilizar aquí el término «racional» porque es una palabra que tendremos que definir con más precisión en un punto posterior del libro. Para la mayoría de los filósofos, por ejemplo, «racional» no es solo un sinónimo de «razonable» (volveremos a ello en el capítulo 7). Pero permítame este único uso informal de «racional»: las personas son jodidamente irracionales en lo que se refiere a las elecciones. Y eso es algo comprensible. Las elecciones se parecen mucho a la COVID: experiencias de alto riesgo y alta tensión sobre las que no se tiene demasiado control. Por el contrario, un pronóstico electoral probabilístico es el producto de una tradición intelectual hiperracionalista. Es un extraño choque cultural.
BIENVENIDOS AL RÍO
Soy una de esas personas con una memoria mediocre para los nombres —no se crea que voy a recordar al primer intento cómo se llama su cachorro—, pero con buena memoria para los lugares. Cuando estoy atascado en un problema complicado, necesito levantarme y dar un paseo. Así que, al pensar en el material para este libro, he estado haciendo un mapa mental del paisaje del Río.
Cuando presenté este proyecto por primera vez, tenía otro nombre para este lugar metafórico: la Piscina. Me pareció gracioso. A los jugadores, de póquer y de otros juegos, les encantan las metáforas relacionadas con el agua (a un mal jugador se le llama «pez»), y «piscina» es en sí mismo, en inglés (pool), un término de juego, como en una peña de apuestas (a betting pool).
Pero Piscina implica algún tipo de membresía exclusiva, como la piscina de un gimnasio o un club de campo, cuando, en realidad, el juego es una institución relativamente democrática. Imagine que usted y sus amigos pudieran participar en un torneo de baloncesto 3 contra 3 y que el primer partido que jugaran fuera contra LeBron James, Steph Curry y Luka Dončić. En los torneos de póquer, eso es justo lo que puede suceder. Pague su cuota y podrá jugar literalmente contra los mejores jugadores del mundo o contra una celebridad a la que de otro modo nunca tendría la oportunidad de conocer. En un evento de las Series Mundiales de Póquer de 2022, el jugador sentado a mi derecha era Neymar, brasileño y uno de los mejores futbolistas del mundo (Neymar se puso demasiado agresivo con una mano mediocre y le gané un gran bote. Pero bueno, él ha marcado setenta y nueve goles en su carrera con la selección brasileña y yo cero).

Así, en mi mapa mental, el Río no es un lugar independiente, sino más bien un ecosistema de personas e ideas. Los residentes de distintas partes del Río no se conocen necesariamente entre sí, y muchos no se consideran parte de una comunidad más amplia. Pero sus lazos son más profundos de lo que yo esperaba cuando empecé a trabajar en este proyecto. Hablan el mismo idioma, con términos como valor esperado, equilibrios de Nash y probabilidades a priori bayesianas.
Creo que el Río tiene varias subregiones. Empecemos por la que requerirá más explicaciones: Río Arriba. Me imagino Río Arriba como el norte de California, con sus grandes universidades de investigación, ondulantes colinas y vistas al océano, pero también excéntrico y distante, que no acaba de encajar con el resto del país. Las manifestaciones más claras de Río Arriba en la actualidad se encuentran en dos movimientos intelectuales relacionados entre sí, el racionalismo y el altruismo eficaz. Definiré estos términos con más detalle en el capítulo 7, porque son objeto de muchas discusiones: a los racionalistas y a los altruistas eficaces les encanta discutir. Aunque aparentemente el altruismo eficaz (AE) defiende un enfoque más limitado, basado en los datos, hacia el altruismo y la filantropía, en la práctica tanto los altruistas eficaces como los racionalistas tienen tendencia a involucrarse en todo tipo de controversias.
El altruismo eficaz o efectivo fue objeto de un importante escrutinio en 2022, tras la implosión de la Bolsa de criptomonedas FTX. Sam Bankman-Fried, fundador de FTX —con el que hablé varias veces para este libro antes y después de la quiebra de FTX, y de quien hablo extensamente en los capítulos 6 a 8— se identificó como un AE y prometió destinar cientos de millones de dólares a causas relacionadas con el AE a través de la Fundación FTX. Pude comprobar de primera mano que no se trataba de una relación meramente profesional. Cuando el filósofo de Oxford Will MacAskill, uno de los intelectuales más destacados del AE, publicó su libro What We Owe the Future en 2022, Bankman-Fried le organizó una fiesta de presentación en Eleven Madison Park, el carísimo restaurante vegano de Nueva York.
¿Por qué estaban los filósofos de Oxford codeándose con los millonarios de las criptomonedas en un restaurante de tres estrellas Michelin? Bueno, ahora vamos a ello. Una de las razones es que a los AE les preocupa cómo gastar el dinero en causas benéficas de forma más eficiente —por ejemplo, en donaciones para comprar mosquiteras contra la malaria en África, consideradas una intervención muy rentable—, y Bankman-Fried tenía mucho dinero.
Pero esa no es una respuesta completa. La otra razón es que hay muchas personas con ideas afines en distintas partes del Río, y se llevan bien entre ellas de forma natural. Un amigo llama a este tipo de persona «maximizador de VE», es decir, alguien que siempre está intentando calcular el valor esperado más alto en relación con un problema concreto, ya sea cómo jugar una mano de póquer, ya sea cómo hacer donaciones benéficas de la forma más eficaz. La seriedad friki de los mensajes en el Foro de Altruismo Eficaz —con títulos como «¿Debería ChatGPT rebajar nuestra creencia en la conciencia de los animales no humanos?» y «¿Apoya el público estadounidense la tecnología de irradiación germicida ultravioleta para reducir los riesgos de patógenos?»— transmite las mismas vibraciones que los jugadores de póquer cuando discuten sobre los detalles arcanos de las manos de póquer.
Los AE y los racionalistas también mantienen estrechos vínculos con el sector tecnológico, y muchos de los líderes del movimiento se encuentran en el norte de California. Y en los últimos años, algunos AE han perdido interés por la filosofía tradicional y se han concentrado más en el desarrollo de la inteligencia artificial. Muchos AE y racionalistas creen que la IA es un problema de primer orden, uno de los desarrollos más importantes de la historia de la civilización. Algunos también creen que la IA, si llega a ser lo bastante potente, podría acabar con la civilización o dañarla en gran medida, y suponer un riesgo existencial para la humanidad. Así que ha sido una época interesante para escribir sobre estos movimientos. Entre su catastrófica asociación con Sam Bankman-Fried (SBF), por un lado, y el asombroso avance de herramientas de IA como ChatGPT, por el otro —progreso que algunos AE predijeron de manera correcta—, es vital comprender su mentalidad.
Más abajo, se encuentra lo que yo llamo Mediorrío, que imagino con muchos edificios altos y angulosos, como Manhattan. Aquí es donde las personas aplican el conjunto de habilidades del maximizador de VE para ganar mucho dinero, por ejemplo a través del capital riesgo y la inversión en fondos de cobertura. Pero en este libro se habla más de Silicon Valley que de Wall Street. La gente de Silicon Valley es más abierta, está más dispuesta a alardear de su rareza ribereña y a hacerle la peineta a la clase dirigente de la Costa Este, y se alinean más explícitamente con movimientos como el racionalismo. Pero no nos equivoquemos: Wall Street también gana dinero a espuertas con la maximización del VE.
Luego está Río Abajo, la región de la que más hemos hablado hasta ahora. Me imagino Río Abajo como Las Vegas mezclada con Nueva Orleans: muchos turistas y mucho juego. De Río Abajo viene el término edge (como en el título original de este libro, On The Edge). Edge significa tener una ventaja persistente en el juego: hacer apuestas +VE de forma constante. Frente al 99,99 % de los clientes que pisan un casino y la inmensa mayoría de los que hacen apuestas deportivas,[5] la casa tiene ventaja, pero eso no impide que los riverianos sueñen con estar en el 0,01 %.
Pero aunque los juegos como el póquer pueden ser divertidos, también tienen un legado intelectual que procede directamente de ideas fundamentales de la ciencia, la economía y las matemáticas. Y en algunos casos, de hecho, los juegos de azar están río arriba de otros avances científicos. Blaise Pascal y Pierre de Fermat desarrollaron la teoría de probabilidades en respuesta a la pregunta de un amigo de cuál era la mejor estrategia en un juego de dados. En los años cincuenta, los algoritmos de procesamiento de señales de los laboratorios Bell se desarrollaron de la mano de los algoritmos que indicaban cuánto debías apostar en los partidos de fútbol universitario. Y hay más de cien referencias al póquer en Theory of Games and Economic Behavior, el libro básico de 1944 sobre teoría de juegos de John von Neumann y Oskar Morgenstern, publicado cuando Von Neumann trabajaba con Robert Oppenheimer en el Proyecto Manhattan. Como veremos en el capítulo 1, a través de un tipo de programa informático denominado «solucionador», los jugadores de póquer ponen literalmente en práctica la teoría de juegos.
Por último, tenemos el Archipiélago, que imagino como una serie de islas adyacentes a Río Abajo, localizadas junto a la costa, en las que todo está permitido. Los casinos estadounidenses físicos son un negocio más correcto de lo que se cree: ya no se asocian con el crimen organizado, están muy regulados y la mayoría son propiedad de grandes empresas como MGM y Caesars, que cotizan en el índice S&P 500. Pero las tentaciones del Archipiélago están siempre al alcance de la mano si vives en el Río, y sigue habiendo mucha actividad de juego clandestino en el mercado gris del póquer en línea, las apuestas deportivas y las criptomonedas. Los jugadores sofisticados saben que deben evitar el Archipiélago, pero este se halla al acecho de los más débiles.
Y, sin embargo, la gente del Río son mi tribu —y es lo que yo quiero—. ¿Por qué mis conversaciones con la gente del Río fluían con tanta naturalidad, incluso cuando trataban de temas sobre los que aún estaba aprendiendo? Creo que se reduce sobre todo a dos grupos de atributos que son importantes para tener éxito en este entorno.
|
GRUPO COGNITIVO |
grupo de personalidad |
|
Analítico Abstracto Disociación |
Competitivo Crítico Independiente (opositor) Tolerante al riesgo |
En primer lugar, está lo que yo llamo el «grupo cognitivo». En un sentido literal: ¿cómo piensa la gente del Río sobre el mundo? Comienza con el razonamiento abstracto y analítico. Estos términos se utilizan mucho, por lo que es importante saber qué significan exactamente. La raíz del término «análisis» significa «dividir, separar o cortar», de modo que «análisis» significa esencialmente «resolver algo complejo dividiéndolo en elementos más simples». En el análisis de regresión, por ejemplo —probablemente la técnica estadística más utilizada en la ciencia de datos—, el objetivo es atribuir un conjunto complejo de observaciones a causas fundamentales relativamente sencillas. Un restaurante de barbacoa de Austin, al ver sus cifras de ventas, podría realizar un análisis de regresión para ajustarse a factores como el día de la semana, el tiempo atmosférico y si había un partido de fútbol importante en la ciudad.
El compañero natural del pensamiento analítico es el pensamiento abstracto, es decir, tratar de deducir reglas o principios generales a partir de lo que se observa en el mundo. Otra forma de describirlo es «construcción de modelos». Los modelos pueden ser formales, como un modelo estadístico o incluso un modelo filosófico,[6] o informales, como un modelo mental o un conjunto de heurísticas (reglas empíricas) que se adaptan bien a nuevas situaciones. En el póquer, por ejemplo, hay millones de permutaciones sobre cómo puede desarrollarse una mano concreta, y es imposible planificar cada una de ellas. Así que se necesitan algunas reglas generalizables, por ejemplo, «No intentes marcarte un farol con oponentes que ya han invertido mucho dinero en el bote». Estas reglas no serán perfectas, pero, a medida que adquiera experiencia, podrá desarrollar otras más sofisticadas («No intentes marcarte un farol con oponentes que ya han invertido mucho dinero en el bote, a menos que aspirasen a obtener color y este no haya salido»).
El análisis y la abstracción son los pasos esenciales a la hora de intentar extraer conclusiones a partir de datos estadísticos. El mundo real es confuso, así que primero se utiliza el análisis para eliminar el ruido y descomponer el problema en componentes fáciles de manejar; después se utiliza la abstracción para recomponer el mundo en forma de modelo que conserve las características y relaciones más esenciales. En el restaurante de barbacoa, por ejemplo, quizá subió los precios en agosto y quiso evaluar el efecto que tuvo en las ventas. Para su sorpresa, las ventas aumentaron a pesar de la subida de precios. ¿Qué ocurrió? ¿Quizá fue su nuevo aliño seco? Puede ser. Pero probablemente se debió a que en agosto vuelven a casa los estudiantes de la Universidad de Texas. El análisis estadístico de los patrones de ventas en el pasado puede, potencialmente, dar una explicación. No es tan fácil como parece y puede salir mal de muchas maneras (en esencia, este es el tema de La señal y el ruido). Pero casi todas las profesiones en el Río, incluidas las más filosóficas, implican algún intento de construcción de modelos.
El último término del grupo cognitivo, «disociación», probablemente sea menos familiar. En realidad, se trata del mismo proceso de pensamiento aplicado a las ideas filosóficas o políticas. En palabras de Sarah Constantin, la disociación es «la capacidad de bloquear el contexto […] lo contrario del pensamiento holístico. Es la capacidad de separar, de ver las cosas en abstracto, de hacer de abogado del diablo». El psicólogo Keith Stanovich ha descubierto que la disociación se correlaciona con el rendimiento en pruebas de razonamiento lógico y estadístico, un tipo de inteligencia muy valorada en el Río.
Yo creo que la disociación es la tendencia a hacer declaraciones del tipo «Sí, pero…». Permítame ponerle un ejemplo ligeramente picante de una de estas afirmaciones. Imaginemos que alguien dice lo siguiente:
Sí, no estoy de acuerdo con la posición del director general de Chick-fil-A sobre el matrimonio gay, pero su sándwich de pollo es realmente bueno.
Esto es disociación. Nótese que el hablante no necesariamente va a comer en Chick-fil-A. Por lo que sabemos, podría revelar en la frase siguiente que los boicotea a pesar de sus sabrosos bocadillos. Pero lo que está diciendo es que la política del director general no tiene nada que ver con la calidad de la comida: los está disociando. Este tipo de pensamiento es natural en la gente del Río. Sin embargo, suele ser muy poco natural cuando la mayoría de las personas habla de política, sobre todo en la izquierda política de Estados Unidos, donde la tendencia es añadir contexto en lugar de eliminarlo, basándose en la identidad del orador, la procedencia histórica de la idea, etc. Del mismo modo, la tendencia en los medios de comunicación es contextualizar las ideas —The New York Times ya no es solo los hechos, sino una «jugosa colección de grandes relatos», como lo describió Ben Smith—. Esto explica en gran parte por qué a los «tipos políticos» les resulta desagradable la gente del Río y viceversa.
Luego tenemos el «grupo de personalidad». Estos rasgos son más autoexplicativos. Las personas del Río intentan derrotar al mercado. En las apuestas deportivas, el jugador medio pierde dinero porque la casa se lleva una parte de cada apuesta. Así que, si sigue el acuerdo general, al final se arruinará. La inversión es más compasiva; solo con poner el dinero en fondos de índices, el valor esperado es positivo. Aun así, los operadores profesionales intentan obtener un rendimiento mejor que la media del mercado.
De este modo, parte del trabajo de las personas del Río implica, de forma inherente, ser crítico con el pensamiento consensuado, a menudo hasta el punto de oponerse a este. Silicon Valley, en particular, se enorgullece de su independencia, aunque, como veremos en el capítulo 5, también es conformista a su manera. Algunas personas del Río pueden desactivar estos rasgos en entornos interpersonales, pero a otros les puede resultar muy difícil.[7] No es una coincidencia que a muchos de los habitantes del Río les guste meterse en peleas sobre política en internet.
Con respecto a esto, la gente del Río suele ser enormemente competitiva. De hecho, lo son hasta el punto de tomar decisiones que pueden ser irracionales, y jugar incluso después de tener ya la vida resuelta (piense en la decisión de Elon Musk de comprar Twitter cuando era el hombre más rico del mundo y uno de los más admirados). A lo largo del libro profundizaremos en este asunto. Pero, si no ha jugado antes contra otras personas, debo decirle que puede ser algo muy estimulante. Ganar dinero hace que uno se sienta bien; notar que se ha superado a un oponente es muy satisfactorio y, cuando ambas cosas coinciden, el cerebro se inunda literalmente de dopamina. No es de extrañar que la gente busque ese el subidón, a veces hasta su perdición.
Por último, he incluido la tolerancia al riesgo en este grupo porque, con independencia de si son degenerados o lo contrario en otros aspectos de su vida,

