Cero. Puro cerebro
Nos invitaron a Arsuaga y a mí a firmar juntos en la Feria del Libro de Madrid. Acordamos que, al objeto de proceder con método, yo pondría la primera dedicatoria y le pasaría el volumen para que él estampara la segunda. Pero el paleontólogo no se limitaba a firmar: socializaba, de manera que los libros dedicados por mí formaban en su lado montañas que no tardaban en derrumbarse. Yo envidiaba interiormente esa capacidad suya para establecer vínculos inmediatos con los desconocidos, pues entre la persona que solicita la firma y el firmante se produce, cuando se miran a los ojos, un relámpago de intimidad que a mí me incomoda porque no sé cómo resolverlo (o gestionarlo, que diría un coach), de ahí tal vez mi necesidad de aligerar el trámite.
Arsuaga me había dicho:
—Cuando terminemos la firma, quédate un rato, que te quiero enseñar una cosa.
El problema es que yo acababa una hora antes que él y, claro, me iba a casa o a donde tuviera que ir, porque a mi ansiedad constitucional (tengo una amiga que para imitarme dice: «Corre, corre, que llegamos tarde a ningún sitio»), a mi ansiedad constitucional, decíamos, había que añadir el asunto de la próstata: me ha crecido por escribir las novelas sentado, en vez de hacerlo de pie, sobre un atril, como Hemingway, y obliga a mi vejiga a vaciarse con más frecuencia de la que es habitual. Ya les digo que pretender orinar en la Feria del Libro del Retiro con cierta intimidad resulta imposible. Hay colas interminables en los retretes portátiles que el Ayuntamiento pone a disposición de los visitantes, colas de lectores que no es raro que reconozcan a un escritor.
—No sabía que los escritores también meaban —me dijo el lector que me precedía en la cola.
Confesé tímidamente que sí, que el tipo de escritor que era yo, al menos, meaba, pero me sentí culpable por esta debilidad. Lamenté mucho decepcionar a aquel lector que tuvo, de todos modos, la gentileza de cederme su puesto.
Entre unas cosas y otras, en fin, Arsuaga no lograba mostrarme nunca lo prometido.
Finalizada la Feria, me citó un día a las nueve de la mañana en un Meliá que queda cerca del Instituto de Salud Carlos III, donde tiene uno de sus despachos. Llegué yo antes por el asunto de la ansiedad ya mencionado y me instalé en la cafetería imaginándome que era un huésped del hotel. Me pareció fantástica aquella sensación de estar fuera de Madrid sin necesidad de haber salido: la aventura y la seguridad del hogar en el mismo paquete. Se lo dije al paleontólogo apenas se sentó:
—Tenemos que quedar siempre en hoteles, para sentirnos extranjeros.
Creí que le iba a interesar mi propuesta, pero se limitó a sacar de la mochila un ejemplar del primer tomo de En busca del tiempo perdido para enseñarme las líneas en las que Proust, tras llevarse a la boca un trozo de magdalena empapado en té, cae en una suerte de trance memorístico que reconstruye con una precisión asombrosa un escenario de su infancia.
Después de leer el pasaje en voz alta, recreándose en cada una de sus palabras, cerró el volumen y se volvió hacia mí:
—He aquí —dijo— una descripción perfecta, y reconocida universalmente, del funcionamiento del cerebro y la memoria. Proust alcanza en estas líneas conclusiones de la neurociencia moderna analizadas a través de las estructuras del sistema nervioso.
—Siempre me ha resultado estremecedora esa capacidad de los olores para evocar imágenes del pasado —admití.
—Es mucho más que eso — añadió con entusiasmo—: es la explicación del funcionamiento cerebral.
Dicho esto, volvió a abrir la mochila, de la que extrajo ahora un par de magdalenas envueltas en papel de celofán. Me dio una.
—¿Y esto? —pregunté, pues procuro mantenerme alejado de la bollería industrial.
—Nos vamos a comer una magdalena, a ver qué nos pasa a nosotros.
Nos las tomamos empapadas en té sin que ocurriera nada, excepto que yo alteré mi dieta, de la que he eliminado prácticamente el azúcar que no provenga de la fruta.
—Las magdalenas a las que se refería Proust —dijo entonces Arsuaga, quizá un poco decepcionado— no son como estas. En Madrid hay una tienda llamada La Magdalena de Proust en la que tampoco las tienen. Aquellas eran acanaladas, como si hubieran utilizado de molde una concha de peregrino. Las puedes ver en internet.
—¿No te parece increíble —le pregunté— la fuerza con la que la expresión «la magdalena de Proust» se ha institucionalizado para aludir a esa relación entre el olfato y la memoria? Poca gente ha leído En busca del tiempo perdido , pero todo el mundo tiene una idea más o menos vaga del significado de ese pasaje.
—Es que es una magnífica descripción literaria del flujo de conciencia inconsciente. La consciencia desplazándose sin control mental. Es una maravillosa descripción de cómo funciona el cerebro enfocado no desde la información, sino desde la emoción.
—Podría ser una buena manera de comenzar un libro sobre la mente —sugerí.
—Olemos con el cerebro — añadió el paleontólogo—, no con la nariz, del mismo modo que vemos con el cerebro y no con los ojos. Todo lo hacemos con el cerebro. Me extraña que nadie haya analizado el texto de Proust desde la perspectiva de la neurociencia. Me gusta especialmente el párrafo final. Atento, te lo leo otra vez: «Y en cuanto hube reconocido el sabor del trozo de magdalena mojado en tila que me preparaba mi tía, la vieja casa gris con fachada a la calle donde estaba su cuarto vino al instante como un decorado de teatro a ajustarse al pabelloncito que daba al jardín construido para mis padres en su parte posterior…». ¡No me canso de leerlo! —exclamó.
Tras unos segundos de un silencio casi religioso, el paleontólogo sacó otro objeto de la mochila, que empezó a parecerme la chistera del mago. Se trataba ahora de una cabeza humana, más bien pequeña, de un material plástico. Una cabeza desmontable, pues se podía abrir la caja craneal para acceder al cerebro, formado por diversas piezas que representaban sus numerosas regiones, cada una de un color diferente.
—Me lo regalaron de coña mis hijos hace años, pero mira qué bien hecho está. Esto es lo que tenemos dentro de la cabeza.
—La sala de mandos del sistema nervioso —dije yo—, y apenas pesa un kilo y medio.
—Así es: el dos por ciento, más o menos, del peso total del cuerpo, pero recuerda que consume casi el veinticinco por ciento de las calorías. Aunque siempre nos referimos a él con la palabra cerebro , acostúmbrate a llamarlo encéfalo. El encéfalo es el conjunto, es decir, todo lo que hay dentro de la caja craneal. El cerebro es la parte más voluminosa del encéfalo. Quédate con eso.
—Me quedo con eso.
—¿Y de qué partes consta el encéfalo? —preguntó—. Del cerebro, que son los dos hemisferios, más el cerebelo y el tronco encefálico. Lo interesante es que, como somos bípedos, tiene parte inferior y parte superior, y el cerebro está en la parte superior. ¿Me sigues?
—De momento sí —dije mientras observaba cómo montaba y desmontaba el juguete, del que me apartó sutilmente la mano cuando intenté tocarlo.
—El olfato —continuó— es un sentido especial, distinto de todos los demás por su capacidad para producir emociones. Y ello se debe a que no tiene receptores que hagan de intermediarios, sino que el olor llega directamente a las neuronas, que es tanto como decir al cerebro.
—¿El olfato es puro cerebro?
—Sí, cerebro en la nariz. Por eso es de una pureza y de una sensibilidad acojonantes. El gusto tiene papilas gustativas, que intermedian entre el objeto y las neuronas. Aunque están cercanos en la corteza del cerebro, el gusto y el olfato llegan por vías distintas. Y lo que es más importante, las neuronas sensoriales olfativas se conectan directamente a la corteza cerebral. Eso no pasa con los otros sentidos, que en su camino a la corteza hacen escala en una estructura intermedia llamada tálamo, de la que hablaremos mucho.
Iba desarmando el juguete al tiempo de nombrarme cada una de sus regiones. Pero era como si me hubiera traído el mapa de un país desconocido y pretendiera que me quedase con el nombre y las características de cada una de sus provincias. Renuncié a ello, aunque no se lo dije, en la esperanza de ir haciéndome poco a poco con ese universo pequeño en la apariencia, aunque casi infinito en la realidad (entre ochenta y cien mil millones de neuronas distribuidas misteriosamente tanto en su superficie como en sus profundidades).
—Hay una cosa que debes saber —dijo entonces, quizá al apreciar mi desánimo—, y es que cuando tú hueles un perfume o un alimento, lo que te llega a la nariz no es algo inmaterial, sino físico. Partículas infinitesimales de comida o de perfume, pero partículas materiales que entran en contacto de forma directa con las neuronas.
—Haces bien en decírmelo, porque yo creía que el olor que desprenden las rosas, por ejemplo, era inmaterial. El alma de la rosa, diríamos.
—Me lo imaginaba, siempre cayendo en la percepción dual de las cosas. Como metáfora está bien, pero no se ajusta a los hechos.
En esto, apareció un amigo del paleontólogo que se hospedaba en el hotel y al que me presentó como Rodrigo Quian Quiroga, profesor y director del Centro de Neurociencia de Sistemas en la universidad británica de Leicester y autor de Borges y la memoria , un libro en el que asocia conceptos científicos con la literatura y el arte en general. Tras los saludos de rigor, Arsuaga siguió internándose en las regiones más recónditas del cerebro, al que había dividido en capas, ayudado ahora por Rodrigo Quian, que se extendió sobre las funciones del hipocampo. Yo asentía a uno y a otro fascinado por la precisión de sus discursos, pero incapaz de someter a unidad la información que recibía a derecha e izquierda, pues tenía a uno a cada lado. Me sentía, pues, como una especie de cuerpo calloso encargado de comunicar dos inteligencias superiores.
En uno de los momentos en los que volví en mí, escuché decir a Rodrigo Quian que él trabaja desde hace años con la información obtenida de electrodos introducidos en el hipocampo de pacientes con epilepsia.
—La neurona —aseguró— tiene un sonido repetitivo, uniforme y plano: tac, tac, tac, tac. Si de pronto le muestras un estímulo, responde con una aceleración de ese sonido: tactactactac. Es como un contador Geiger. Pues bien, cada vez que mostraba una foto al paciente, la neurona reaccionaba de una manera u otra. En esto, le muestro una foto de Jennifer Aniston y reacciona de un modo exagerado. Me metí en Google y empecé a buscar fotos de Jennifer Aniston a lo loco y de otros ochenta actores y actrices. La neurona no solo respondía a las imágenes de la actriz, sino también a su nombre escrito, y en general a cualquier cosa que tuviera algo que ver con ella. ¡La neurona respondía al concepto mismo de Jennifer Aniston! Era una «neurona de concepto».
(Por lo visto, el sintagma «la neurona de Jennifer Aniston», acuñado por Quian, es mundialmente famoso en los círculos de la neurociencia).
—Si te asomas al conjunto —concluyó—, no ves nada porque cada neurona responde a una cosa. Hay otra que se activa con la imagen de Halle Berry, por ejemplo. Lo que hago yo es aislarlas, poner sobre ellas la lupa y observar lo que hace cada una cuando se la somete a un estímulo.
—Y de ahí — pregunté— ¿cómo se da el salto a las emociones?
—Hay otra estructura muy cercana al hipocampo que se llama amígdala cerebral, también una por cada hemisferio —respondió—. La amígdala es el principal centro de control cerebral de las emociones y los sentimientos. La amígdala y el hipocampo están muy ligados. Lo que yo veo es que, en general, los registros de las neuronas del hipocampo están relacionados con cosas que son emocionalmente muy fuertes para el paciente. Y eso nos lleva a la magdalena de Proust de la que habla Arsuaga, porque resulta que el nervio olfativo, además de ir a la corteza cerebral, tiene otra conexión directa con la amígdala. Por eso, cuando Proust olía la famosa magdalena acudían a su memoria recuerdos y emociones de la infancia.
Lamenté no haber prestado más atención cuando Arsuaga me describió estas dos regiones: el hipocampo y la amígdala. El caso es que me perdí, aunque fingí seguirlos por este terreno abrupto donde se entrelazaban la biología y las alteraciones del alma.
—Me da la impresión —apunté en algún momento dirigiéndome a Quian— de que no haces distinción alguna entre cerebro y mente, como si fueran la misma cosa.
El científico me observó con extrañeza unos instantes, preguntándose quizá qué clase de amistades cultivaba Arsuaga, y respondió:
—Es que son la misma cosa. Se llama materialismo.
Yo procuro ser materialista, aunque no siempre me sale. Callé entonces a causa de mi complejo de inferioridad, pero me pregunté interiormente si la teta y la leche, o los testículos y el semen, desde una concepción materialista, eran la misma cosa. Me pregunté también si no había diferencia alguna entre el pedazo de mármol del que Miguel Ángel obtuvo la Piedad y la escultura misma. Comprendo la relación íntima entre el cerebro y la mente (no hay mente sin cerebro como no hay leche sin teta ni semen sin testículos), pero no estoy seguro de que sean lo mismo. Tomé nota para preguntárselo al paleontólogo cuando nos volviéramos a encontrar (ojalá que en un hotel) a solas.
Uno. Estaba escrito
A mediados de septiembre, cuando el paleontólogo terminó su temporada de excavaciones, me citó a comer en Barrutia y el 9, un restaurante cercano a la plaza de Santa Bárbara de Madrid, regentado por Luis Barrutia, un bioquímico reconvertido en cocinero.
Apenas nos habíamos sentado cuando me urgió a que tomara nota de unas cuestiones de «enorme interés» acerca del libre albedrío, asunto muy relacionado con la conciencia, que era el objetivo de nuestra próxima aventura. Me dirigí a él con expresión de lástima. Le dije:
—Arsuaga, Arsuaga, llevamos dos meses sin vernos, no nos hemos preguntado aún cómo nos va la vida, no hemos brindado por el rostro prehistórico que hallasteis este verano en Atapuerca —el del homínido más antiguo de Europa—, ni por la buena marcha de nuestros libros, ni por seguir vivos, ni por las excelentes críticas con las que se ha recibido la traducción al inglés de La vida contada por un sapiens a un neandertal . Dame un respiro, venga, dámelo.
En ese instante, el camarero nos trajo las copas de verdejo que habíamos pedido y logré que elevara la suya al tiempo que yo elevaba la mía para ritualizar un poco aquel primer encuentro del comienzo de curso.
—¿Tú crees —me dijo tras el primer sorbo— que si en un ordenador introduces siempre los mismos datos te ofrece siempre los mismos resultados?
— ¿Y si disfrutamos un poco de la comida? —repetí yo, pues nos acababan de traer unos tacos de salmón ahumado sobre una base de yogur griego y pepino deshidratado y rehidratado luego con soja y con una reducción de Pedro Ximénez y pimienta rosa a cuya combinación de sabores convenía prestar toda la atención del mundo.
—No es incompatible hablar del libre albedrío con disfrutar de la comida. Saca tu cuaderno de notas.
—No lo he traído —mentí, y continué dando cuenta del salmón como el que lee un poema.
—Pero ¿qué dices a lo del ordenador? —insistió él.
—Que a idénticos datos, idéntica respuesta —declaré convencido.
—Entonces el ordenador está determinado — concluyó.
—Claro.
—¿Y tú?
—Yo qué.
—¿Darías siempre la misma respuesta ante una situación idéntica?
—No necesariamente, dependería de mi estado de ánimo, de si lloviera o hiciera sol, de si me presentaras esos datos antes o después de haberme
