Quantum

Manjit Kumar

Fragmento

Lista de ilustraciones

LISTA DE ILUSTRACIONES

IMÁGENES DEL TEXTO

Figura 1. Rasgos distintivos de una onda

Figura 2. Distribución de la radiación del cuerpo negro que muestra la ley de desplazamiento de Wien

Figura 3. El efecto fotoeléctrico

Figura 4. Experimento de las dos ranuras de Young

Figura 5. Tabla periódica de los elementos

Figura 6. Algunos de los estados estacionarios y de los correspondientes niveles de energía del átomo de hidrógeno

Figura 7. Niveles de energía, espectros de líneas y saltos cuánticos

Figura 8. Órbitas electrónicas para n = 3 y k = 1, 2, 3 en el modelo Bohr-Sommerfeld del átomo de hidrógeno

Figura 9. Ondas estacionarias de una cuerda sujeta por ambos extremos

Figura 10. Ondas estacionarias del electrón en el átomo cuántico

Figura 11. Paquete de ondas formado por la superposición de un grupo de ondas

Figura 12. Determinación de la posición y de la longitud de onda de una onda

Figura 13. Experimento mental de una ranura simple, de Einstein

Figura 14. Revisión del experimento mental de una ranura simple de Einstein realizada por Bohr

Figura 15. Experimento mental de las dos ranuras, de Einstein

Figura 16. Diseño de Bohr de una primera pantalla móvil

Figura 17. Experimento de las dos ranuras

Figura 18. Esbozo realizado por Bohr de la caja de luz de Einstein de 1930

IMÁGENES DEL PLIEGO

1. V Congreso Solvay, 1927

2. Max Planck

3. Ludwig Boltzmann

4. Academia Olimpia

5. Albert Einstein en 1912

6. I Congreso Solvay, 1911

7. Niels Bohr

8. Ernest Rutherford

9. Bohr Institute

10. Einstein y Bohr en Bruselas, 1930

11. Bohr y Einstein en casa de Paul Ehrenfest

12. Louis de Broglie

13. Wolfgang Pauli

14. Max Born, Niels Bohr y otros

15. Oskar Klein, George Uhlenbeck y Samuel Goudsmit

16. Werner Heisenberg

17. Bohr, Heisenberg y Pauli

18. Paul Dirac

19. Erwin Schrödinger

20. Dirac, Heisenberg y Schrödinger en Estocolmo

21. Albert Einstein en su casa, en 1954

22. Último dibujo de Bohr en la pizarra

23. David Bohm

24. John Steward Bell

PRÓLOGO
UN ENCUENTRO DE MENTES

Paul Ehrenfest estaba desolado. Finalmente había tomado una decisión. Pronto asistiría a un encuentro que congregaría, durante una semana, en un intento de entender el significado de su trabajo, a muchos de los artífices de la revolución cuántica. Durante ese encuentro, Ehrenfest iba a contarle a su amigo Albert Einstein que había decidido, en el debate que habían emprendido, ponerse del lado de Niels Bohr. A sus treinta y cuatro años, Ehrenfest, el profesor austriaco de física teórica de la Universidad de Leiden (Países bajos), había llegado al convencimiento de que el reino atómico era tan extraño y etéreo como afirmaba Bohr.[1]

Durante una de las sesiones del V Congreso Solvay, Ehrenfest pasó a Einstein una nota en la que había garabateado: «¡No te rías, pero debo decirte que hay, en el purgatorio, una sección especial en la que los profesores de teoría cuántica se ven obligados, diez horas al día, a recibir clases de física clásica!».[2] «Yo solo me río de su ingenuidad —replicó Einstein—. ¿Quién sabe el que, dentro de unos años, seguirá riéndose?».[3] Y es que la cuestión, para él, no era una broma, porque lo que se hallaba en juego era el alma de la física y la naturaleza misma de la realidad.

La fotografía de los asistentes al V Congreso Solvay, celebrado en Bruselas entre el 24 y el 29 de octubre de 1927 en torno al tema «Electrones y protones», resume perfectamente el periodo más extraordinario de la historia de la física. La reunión, a la que asistieron veintinueve invitados, diecisiete de los cuales acabaron recibiendo el Premio Nobel, fue uno de los encuentros de mentes más extraordinarios.[4] Ese encuentro puso punto final a una edad de oro de la física caracterizada por una creatividad científica sin precedentes desde los comienzos de la Revolución Científica encabezada, en el siglo XVII, por Galileo y Newton.

Paul Ehrenfest es el tercero de la última fila empezando por la izquierda, de pie y ligeramente inclinado hacia delante. En la primera fila hay nueve personas sentadas, ocho hombres y una mujer. Seis de ellos recibieron el Premio Nobel por los descubrimientos realizados en los ámbitos de la física o la química, mientras que la mujer, Marie Curie, tiene dos (el de Física de 1903 y el de Química de 1911). El centro, lugar de honor, lo ocupa otro nobel, Albert Einstein, el científico más famoso desde los tiempos de Newton. Mirando directamente hacia delante y apoyándose en la silla con la mano derecha, no parece estar muy cómodo. Pero ¿era el cuello de la camisa y la corbata lo que le incomodaba o lo que llevaba escuchando durante toda la semana?

El último de la derecha de la segunda fila es Niels Bohr, que muestra un aspecto relajado y una sonrisa un tanto enigmática. Pero la verdad es que, por más satisfecho que parezca, Bohr regresaría a Dinamarca decepcionado por no haber podido, durante el encuentro, convencer a Einstein para que adoptase las revelaciones que, sobre la naturaleza de la realidad, hacía la llamada «interpretación de Copenhague».

Einstein no solo no se había mostrado reacio, sino que había pasado toda la semana tratando de subrayar las incoherencias de la mecánica cuántica y los errores de la interpretación de Copenhague. Años más tarde, Einstein dijo que «esa teoría me recuerda los delirios, saturados de ideas incoherentes, de un paranoico sumamente inteligente».[5]

El descubridor de los cuantos fue Max Planck, sentado a la derecha de Marie Curie, con el sombrero en el regazo y un puro entre los dedos de la mano izquierda. En 1900, Planck se vio obligado a aceptar que la energía lumínica y otras formas de radiación electromagnética solo pueden ser emitidas y absorbidas de un modo discreto agrupada en paquetes, por así decirlo, de tamaños diferentes, que bautizó con el nombre de «cuantos». Esa fue la noción que rompería de manera definitiva con la idea profundamente asentada de que la energía, como el agua que sale de un grifo, se emite y absorbe de un modo continuo. En el mundo cotidiano de lo macroscópico, que seguía ateniéndose a la física newtoniana, el agua puede gotear de un grifo, pero la energía no se intercambia en gotitas de tamaños diferentes; los reinos atómico y subatómico constituyen, por el contrario, el dominio de los cuantos.

Luego se descubrió que la energía que, en el interior del átomo, posee el electrón se halla «cuantizada», es decir, que solo puede presentarse en determinadas cantidades y no en otras. Y lo mismo sucedió con otras propiedades físicas, poniendo así de relieve que el reino microscópico no es una versión reducida del mundo a gran escala que habitamos los seres humanos, en donde las propiedades físicas varían de un modo gradual y continuo y en donde, para ir desde A hasta C, hay que pasar por B, sino que es, por el contrario, disparejo y discontinuo. La física cuántica pone de relieve que, dentro del átomo, el electrón puede hallarse en un determinado lugar y reaparecer a continuación, como por arte de magia, en otro lugar, emitiendo o absorbiendo un cuanto de energía, sin necesidad de pasar, para ello, por un punto intermedio. Este es un fenómeno que trasciende por completo la comprensión de la física clásica no cuántica, algo tan extraño como si un objeto desapareciera de forma misteriosa de Londres y reapareciese súbitamente, al instante siguiente, en París, Nueva York o Moscú.

A comienzos de la década de 1920 era ya evidente que los descubrimientos realizados por la física cuántica habían socavado sus cimientos y su misma estructura lógica. De ese estado de confusión y crisis emergió una nueva y osada teoría que acabó conociéndose con el nombre de mecánica cuántica. Entonces fue cuando se abandonó el modelo del átomo como si se tratara de un pequeño sistema solar con un núcleo, en torno al cual giraban los electrones —que todavía sigue enseñándose, por cierto, en las escuelas de hoy en día—, y se vio reemplazado por un modelo que resultaba imposible de visualizar. Y también fue entonces cuando, en 1927, Werner Heisenberg llevó a cabo un descubrimiento tan chocante para el sentido común que ni siquiera él, niño prodigio de la mecánica cuántica alemana, acababa de entender. Según ese descubrimiento, al que llamó principio de incertidumbre, si queremos establecer la velocidad exacta de una partícula, no podremos determinar su localización precisa, y viceversa.

Nadie sabía el modo adecuado de interpretar las ecuaciones de la mecánica cuántica, es decir, cuál era su significado sobre la naturaleza de la realidad. Cuestiones sobre causas y efectos o si la Luna existe cuando nadie la mira que, desde los tiempos de Platón y Aristóteles, habían sido del dominio exclusivo de los filósofos, empezaron a debatirse, con la emergencia de la mecánica cuántica, en los foros de los físicos más importantes del siglo XX.

Contando ya con todas las piezas básicas de la física cuántica, el V Congreso Solvay inauguró un nuevo capítulo en la historia de los cuantos. Y el debate que, en ese encuentro, emprendieron Einstein y Bohr esbozó problemas que siguen, hoy en día, preocupando a muchos físicos y filósofos eminentes: ¿cuál es la naturaleza de la realidad? ¿Qué tipo de descripción de la realidad resulta más interesante? «Jamás se ha mantenido —afirmaba al respecto el científico y novelista C. P. Snow— debate intelectual más profundo que este. Lástima que, debido a su misma naturaleza, resulte inaccesible a tanta gente».[6]

Einstein, uno de los principales protagonistas de este debate, era un auténtico icono del siglo XX. Tengamos en cuenta que, en cierta ocasión, el famoso teatro londinense Palladium le pidió que se fijara él mismo el sueldo para aparecer en su escenario durante tres semanas. Las muchachas le acosaban en Ginebra y las mujeres se desmayaban en su presencia, una forma de devoción reservada, hoy en día, a los cantantes y artistas de cine. Einstein se convirtió, en las secuelas de la Primera Guerra Mundial, en la primera superestrella de la ciencia cuando, en 1919, se confirmó la curvatura de la luz que había pronosticado en su teoría de la relatividad general. Y poco habían cambiado las cosas cuando, en enero de 1931, durante una gira de conferencias por Estados Unidos, asistió al estreno de la película Luces de la ciudad, dirigida y protagonizada por Charlie Chaplin. Una gran muchedumbre les ovacionó al verlos juntos. «A mí me quiere todo el mundo porque entienden lo que digo —dijo, en esa ocasión, Chaplin a Einstein—. Y a usted, sin embargo, porque no entienden absolutamente nada de lo que dice».[7]

Pero, mientras que el nombre de Einstein se ha convertido en un sinónimo de genio científico, Niels Bohr, que fue y sigue siendo mucho menos conocido, era, para muchos de sus contemporáneos, el auténtico gigante. En 1923, Max Born, que desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de la mecánica cuántica, afirmó que «la influencia de Bohr sobre la investigación teórica y experimental de nuestro tiempo es mayor que la de cualquier otro físico».[8] Y, cuarenta años más tarde, en 1963, Werner Heisenberg seguía afirmando que «la influencia de Bohr sobre la física y los físicos de nuestro siglo ha sido mayor que la de cualquier otro, incluido Albert Einstein».[9]

El primer encuentro entre Einstein y Bohr, que se produjo en 1920 en Berlín, supuso, para ambos, el descubrimiento de un adversario intelectual que, sin amargura ni rencor, podía estimularles a agudizar y perfeccionar sus ideas sobre los cuantos. Ellos y algunos de quienes se congregaron en el Congreso Solvay de 1927 representaban perfectamente el espíritu pionero que caracterizó a los primeros años de la física cuántica. «Fue una época realmente heroica, una época de paciente trabajo de laboratorio, de experimentos audaces y cruciales, de salidas en falso y de conjeturas insostenibles, una época de correspondencia seria, de congresos, de debate, crítica y brillante improvisación matemática. Para quienes participaron en ella se trató de una época sumamente creativa», resumía, en este sentido, el físico estadounidense Robert Oppenheimer, padre de la bomba atómica que, en la década de 1920, todavía era un estudiante. Y luego concluye diciendo que se trató de una época «tan llena de terror como de exaltación».[10]

Sin los cuantos, el mundo en que vivimos sería muy diferente. Durante la mayor parte del siglo XX, sin embargo, los físicos aceptaron que la mecánica cuántica negaba la existencia de una realidad más allá de lo que medían sus experimentos. Ese era el estado de cosas que llevó al premio nobel estadounidense de Física Murray Gell-Mann a describir la mecánica cuántica como «esa disciplina misteriosa y confusa que, pese a no acabar de entender, sabemos cómo utilizar».[11] Y lo cierto es que la hemos utilizado, porque la mecánica cuántica moviliza y da forma al mundo moderno, posibilitando el acceso a los ordenadores, las lavadoras, los teléfonos móviles y las armas nucleares.

La historia de los cuantos empieza a finales del siglo XIX cuando, a pesar de los descubrimientos realizados sobre el electrón, los rayos X, la radiactividad y la continua disputa al uso en torno a la existencia o inexistencia de los átomos, muchos físicos creían que ya no quedaba mucho por descubrir.

«Las leyes y los hechos fundamentales de la ciencia física han sido todos descubiertos y se hallan tan firmemente anclados que la posibilidad de que se vean reemplazados por otros nuevos es muy remota», dijo, en 1899, el físico estadounidense Albert Michelson. Y luego concluyó afirmando: «Debemos acostumbrarnos a que nuestros futuros descubrimientos se limiten a determinar la sexta cifra decimal».[12] Eran muchas las personas que por aquel entonces creían que los problemas que quedaban sin resolver cambiarían poco la física establecida y compartían, en consecuencia, la visión de Michelson de una física de decimales cada vez más exactos que, más pronto o más tarde, volvería a las teorías y los principios avalados por el tiempo.

James Clerk Maxwell, el principal físico teórico del siglo XIX, había advertido ya, en 1871, en contra de esa forma de autocomplacencia: «Este rasgo de los experimentos modernos —que se centra fundamentalmente en las mediciones— resulta tan conspicuo que por doquier parece haberse extendido la opinión de que, dentro de pocos años, se habrán identificado todas las grandes constantes de la física y la única ocupación que quedará a los hombres de ciencia será determinar la nueva cifra decimal».[13] Luego Maxwell señaló que la auténtica recompensa de la «labor de medición cuidadosa» no es tanto la precisión como «el descubrimiento de nuevos campos de investigación» y «el desarrollo de nuevas ideas científicas».[14] El descubrimiento de los cuantos fue un resultado de esa «labor de medición cuidadosa».

Algunos de los principales físicos alemanes de la última década del siglo XIX estaban empeñados en resolver un problema que llevaba mucho tiempo obsesionándoles: ¿cuál es la relación que existe entre la temperatura, el rango de los colores y la intensidad de la luz emitida por un atizador de hierro al rojo vivo? Comparado con el misterio de los rayos X y de la radiactividad, que había obligado a los físicos a apresurarse al laboratorio en busca de sus cuadernos, parecía tratarse de una cuestión trivial. Pero, para una nación que acababa de formarse en 1871, la búsqueda de la solución al problema del atizador de hierro al rojo, que acabó conociéndose como «el problema del cuerpo negro», se hallaba íntimamente ligada a la necesidad de proporcionar a la industria de la iluminación eléctrica alemana una ventaja frente a sus competidores británicos y estadounidenses. Pero la solución, por más que lo intentaban, seguía escapándoseles. En 1896 creyeron haber resuelto el problema, pero, pocos años después, aparecieron nuevos datos experimentales que demostraron la falsedad de tal pretensión. Fue Max Planck quien acabó resolviendo el problema del cuerpo negro… y el precio que, por ello, hubo que pagar fueron, precisamente, los cuantos.

PRIMERA PARTE

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Los cuantos

Lo que hice solo puede ser descrito, en resumen, como un acto de desesperación.

MAX PLANCK

Fue como si el suelo que nos sostenía se hubiese esfumado y nada pudiera, en ausencia de todo fundamento sólido, erigirse.

ALBERT EINSTEIN

Estoy convencido de que quienes, al oír hablar por vez primera de física cuántica, no se escandalizan, no la han entendido.

NIELS BOHR

1
REVOLUCIONARIO A SU PESAR

«Una nueva verdad científica no triunfa convenciendo a sus oponentes y haciéndoles ver la luz, sino más bien porque esos acaban muriendo y se ven reemplazados por una nueva generación familiarizada con la nueva verdad», escribió Max Planck cerca del final de su larga vida.[1] Bien podría esta frase, rayana en el cliché, haber servido de epitafio de no haber renunciado «en un acto de desesperación» a las ideas que, durante mucho tiempo, dio por sentadas.[2] «Los ojos penetrantes bajo la gran cúpula de su calva» convertían a Planck, ataviado con traje oscuro, camisa almidonada blanca y pajarita negra, en el arquetipo de funcionario prusiano de finales del siglo XIX.[3] Se mostraba muy cauteloso a la hora de comprometerse en cuestiones científicas o de cualquier otro tipo. «Mi máxima siempre ha sido —contó, en cierta ocasión, a un discípulo— considerar muy atentamente los pasos que debo dar y no permitir luego, si creo que debo llevarlos a cabo, que nada me detenga».[4] Planck no era, pues, hombre que cambiase fácilmente de ideas.

Su aspecto y actitud apenas habían cambiado cuando, a los alumnos de la década de 1920, como recuerda uno de ellos, les «parecía inconcebible que ese hombre hubiese encabezado la revolución».[5] El revolucionario a su pesar apenas si podía creer en sí mismo. Se consideraba «pacíficamente inclinado», huía de «toda aventura dudosa»[6] y confesaba carecer también de «la capacidad de reaccionar rápidamente a la estimulación intelectual».[7] Por más, no obstante, que necesitase varios años para reconciliar las nuevas ideas con su profundo conservadurismo fue Planck quien, en diciembre de 1900, a los cuarenta y dos años, puso en marcha, sin darse siquiera cuenta de ello, la revolución cuántica, al descubrir la ecuación que rige la distribución de radiación emitida por un cuerpo negro.

Todos los objetos, cuando están lo suficientemente calientes, irradian una combinación de luz y de calor cuya intensidad y color varían en función de la temperatura. La punta de un atizador de hierro dejado en el fuego empieza a resplandecer con un rojo apagado apenas visible. A medida que la temperatura aumenta, ese color pasa al cereza y el naranja-amarillento brillante hasta llegar finalmente a un blanco azulado. Cuando lo retiramos de la chimenea, sin embargo, el atizador se enfría atravesando en sentido contrario ese mismo espectro de colores hasta que deja de estar lo suficientemente caliente como para emitir luz visible. A partir de entonces, sigue emitiendo todavía una radiación invisible de calor, hasta que se enfría lo suficiente como para poder volver a tocarlo.

Fue un joven Isaac Newton de veintitrés años quien, en 1666, demostró que un haz de luz blanca está compuesto de hebras luminosas de diferentes colores y que basta con hacerle atravesar un prisma para descomponerlo y poner de manifiesto las siete franjas diferentes que lo componen (rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta).[8] Hubo que esperar hasta 1800 para aclarar si los extremos rojo y violeta representaban los límites del espectro luminoso o los del ojo humano. Solo entonces, con el descubrimiento de termómetros de mercurio lo suficientemente sensibles y precisos, el astrónomo William Herschel descubrió, colocando un termómetro en las diferentes bandas de colores que conforman el espectro luminoso, que su temperatura aumentaba, desde violeta hasta rojo. Pero su sorpresa aumentó cuando, dejando accidentalmente el termómetro unos centímetros más allá de la región correspondiente a la luz roja, acabó detectando lo que más tarde se llamó radiación infrarroja que, pese a resultar invisible al ojo humano, seguía irradiando calor.[9] Y un año más tarde Johann Ritter, sirviéndose del oscurecimiento del nitrato de plata cuando se ve expuesto a la luz, descubrió, más allá del violeta, otra región de luz invisible en el extremo opuesto del espectro, la llamada radiación ultravioleta. Que los objetos calientes emiten, a la misma temperatura, luz del mismo color era un dato bien conocido por los alfareros desde mucho antes de 1859, año en que Gustav Kirchhoff, físico alemán que, a los treinta y cuatro años, emprendió en la Universidad de Heidelberg una investigación teórica sobre la naturaleza de esta correlación. Para simplificar su análisis, Kirchhoff esbozó el concepto de «cuerpo negro», un cuerpo que absorbe toda la radiación que llega hasta él, un nombre perfecto, porque un cuerpo que absorbe toda radiación, sin reflejar nada, parece negro. Como perfecto emisor, sin embargo, su aspecto sería cualquier cosa menos negro si su temperatura fuese lo suficientemente elevada como para emitir en las longitudes de onda pertenecientes a la franja visible del espectro.

Kirchhoff concibió su cuerpo negro imaginario como un simple contenedor oscuro con un pequeño agujero en una de sus paredes. Y, puesto que cualquier radiación, tanto de luz visible como invisible, que entra en el contenedor lo hace a través de ese agujero, es, en realidad, el agujero el que imita al absorbente perfecto y actúa como cuerpo negro. Una vez dentro, la radiación se refleja de una pared a otra de la cavidad hasta que acaba absorbiéndose completamente. Imaginando que el exterior de este cuerpo negro estuviera aislado, Kirchhoff sabía que, si se calentaba, solo la superficie interior de las paredes emitiría radiaciones que llenarían la cavidad.

Al comienzo las paredes, como el atizador candente, emiten un intenso color cereza aun en el caso de que irradien predominantemente en la franja infrarroja del espectro. Luego, si asciende la temperatura, las paredes acabarán resplandeciendo de un color blanco-azulado, en la medida en que irradian en todo el espectro de longitudes de onda que va desde el infrarrojo hasta el ultravioleta. El agujero actúa como emisor perfecto, puesto que las radiaciones que escapan a través de él muestran todas las longitudes de onda presentes, a esa temperatura, en el interior del recipiente.

Kirchhoff demostró matemáticamente lo que, desde hacía mucho tiempo, llevaban observando, en sus hornos, los alfareros. La ley de Kirchhoff afirma que el rango y la intensidad de la radiación en el interior del recipiente no depende del material real, de la forma ni del tamaño del que pueda estar fabricado, sino tan solo de su temperatura. Kirchhoff había reducido ingeniosamente, de este modo, el problema del atizador de hierro: ¿cuál es la relación exacta que existe entre el rango y la intensidad de los colores emitidos a cierta temperatura y la energía irradiada, a esa misma temperatura, por un cuerpo negro? La tarea que Kirchhoff se impuso, tanto a sí mismo como a sus colegas, acabó conociéndose como el problema del cuerpo negro y consistía en medir, a cada temperatura, la distribución de energía espectral de la radiación del cuerpo negro, la cantidad de energía de cada longitud de onda emitida, desde el infrarrojo hasta el ultravioleta, y determinar la ecuación que reprodujese la distribución a una determinada temperatura.

Incapaz de seguir adelante teóricamente sin experimentar con un cuerpo negro real que lo guiase, Kirchhoff indicó, no obstante, a los físicos, el camino que debían seguir. La afirmación de que la distribución es independiente del material del que está construido el cuerpo negro significaba que la ecuación solo debía contener dos variables: la temperatura del cuerpo negro y la longitud de onda de la radiación emitida. Y puesto que se creía que la luz era una onda, la diferencia entre colores y matices dependía de un solo rasgo distintivo: la longitud de onda, es decir, la distancia existente entre dos crestas o dos valles. Inversamente proporcional a la longitud de onda es la frecuencia de la onda, o sea, el número de crestas o valles que pasan, cada segundo, por un determinado punto. Cuanto mayor es, pues, la longitud de onda, menor la frecuencia, y viceversa. Pero también hay una forma diferente, aunque equivalente, de medir la frecuencia de una onda, que se refiere al número de veces que sube y baja, es decir, el número de veces que «ondea», por segundo.[10]

Gráfico que define los rasgos de una onda. Línea recta en horizontal atravezada en varios pintos por otra en forma de ondas.

figura 1. Rasgos distintivos de una onda.

Las dificultades técnicas que comportaban la construcción real de un cuerpo negro y los instrumentos de precisión necesarios para detectar y medir la radiación impidieron, durante cuarenta años, el avance de la investigación. Solo durante la década de 1880, cuando las empresas alemanas trataron de desarrollar bombillas y lámparas más eficaces que las de sus rivales británicos y estadounidenses, la medición del espectro del cuerpo negro y la legendaria ecuación de Kirchhoff acabaron convirtiéndose en una necesidad urgente.

La bombilla de filamento incandescente fue el último de una serie de inventos, entre los cuales cabe distinguir la lámpara de arco, la dinamo, el motor eléctrico y la telegrafía, que alentaron el rápido avance de la industria eléctrica. Y cada innovación ponía de relieve la necesidad cada vez más imperiosa de contar con un sistema establecido de unidades y criterios globales para la medida eléctrica.

Doscientos cincuenta delegados de veintidós países se congregaron en el año 1881 en París para asistir a la primera International Conference for the Determination of Electrical Units. Aunque ya se contaba con el voltio, el amperio y otras unidades, que habían sido establecidas y definidas, la falta de acuerdo sobre un criterio de luminosidad empezó a obstaculizar el desarrollo de medidas más eficaces de energía para producir luz artificial. El cuerpo negro, en cuanto emisor perfecto a cualquier temperatura, emite la mayor cantidad de calor (es decir, de radiación infrarroja). Y, en ese mismo sentido, el espectro del cuerpo negro podía servir como criterio de comparación para calibrar y producir una bombilla que, emitiendo la mayor cantidad de luz, redujese también al máximo, al mismo tiempo, el calor emitido.

«En la competición internacional que, en estos momentos, se halla tan activa, el país que antes explore nuevos caminos y los desarrolle en ramas establecidas de la industria será el que obtenga una ventaja decisiva», escribió el industrial e inventor de la dinamo eléctrica Werner von Siemens.[11] Decidido a ser el primero, el Gobierno alemán fundó, en 1887, el Physikalisch-Technische Reichsanstalt (PTR) [el Instituto Imperial de Física y Tecnología]. Ubicado en Charlottenburg, en las afueras de Berlín, en terrenos donados por Siemens, el PTR fue concebido como una institución destinada a desafiar a Inglaterra y Estados Unidos. La construcción del complejo duró más de una década y acabó convirtiéndose en el centro de investigación más caro y mejor equipado de todo el mundo. Su misión era colocar a Alemania en la vanguardia de la ciencia aplicada, desarrollando aparatos y comprobando nuevos productos. Entre su lista de prioridades se hallaba el establecimiento de una unidad de luminosidad reconocida internacionalmente. La necesidad de fabricar una bombilla mejor fue la fuerza impulsora que alentó, durante la última década del siglo XIX, el programa de investigación del cuerpo negro llevado a cabo por el PTR. Y eso fue lo que acabó conduciendo al descubrimiento accidental de los cuantos cuando Planck se convirtió en el hombre adecuado, en el lugar adecuado y en el momento adecuado.

Max Karl Ernst Ludwig Planck nació en Kiel, que por aquel entonces formaba parte de la región danesa de Holstein, el 23 de abril de 1858, en el seno de una familia entregada al servicio de la Iglesia y el Estado. Bien podríamos decir que su herencia era la excelencia en la erudición. Su abuelo y bisabuelo paternos habían sido destacados teólogos y su padre había sido profesor de derecho constitucional de la Universidad de Múnich. Eran hombres honestos, rectos y patrióticos que veneraban las leyes de Dios y de los hombres. Y Max no fue, en este sentido, ninguna excepción.

Planck asistió al Maximilian Gymnasium, el más conocido de los institutos de Múnich. Y, por más que destacara y fuese muy trabajador y disciplinado, nunca fue el primero de la clase. Las cualidades exigidas por ese programa educativo giraban en torno al aprendizaje y la memorización de una extraordinaria cantidad de datos. Un informe escolar afirmaba que a los diez años poseía, «a pesar de su infantilismo, una mente muy clara y muy lógica. Se muestra como una gran promesa».[12] No eran, a sus dieciséis años, las famosas tabernas de Múnich las que llamaban la atención del joven Planck, sino el teatro de la ópera y las salas de conciertos. Pianista talentoso, barajó la posibilidad de dedicarse profesionalmente a la música. Pero cuando, inseguro, solicitó consejo al respecto, recibió la rotunda respuesta: «¡Será mejor, si tiene que preguntarlo, que estudie otra cosa!».[13]

En octubre de 1874 Planck, movilizado por su deseo de entender el funcionamiento de la naturaleza, se matriculó, con dieciséis años, en la Universidad de Múnich, decidido a estudiar física. A diferencia del régimen casi militarista imperante en los Gymnasiums, los universitarios alemanes de la época gozaban de una libertad casi total. Sin tener que satisfacer ningún requisito establecido y con muy poca supervisión académica, el sistema permitía a sus alumnos pasar de una universidad a otra estudiando los cursos que más les interesaban. Más pronto o más tarde, quienes deseaban seguir una carrera académica estudiaban, en las universidades más prestigiosas, con los profesores más famosos. Después de pasar tres años en Múnich, donde le dijeron que «no vale la pena que estudies física» porque ya no queda nada importante por descubrir, Planck se desplazó a la Universidad de Berlín, la más importante de todas las de habla alemana.[14]

Con el establecimiento, después de la victoria prusiana sobre Francia durante la guerra de 1870-1871, de una Alemania unificada, Berlín se convirtió en la capital de una nueva y poderosa nación europea. Ubicada en la confluencia entre los ríos Havel y Spree, las indemnizaciones económicas de la guerra con Francia posibilitaron un rápido desarrollo que aspiraba a equipararla a Londres y París. Entre los años 1891 y 1900, la población pasó de 865.000 habitantes a cerca de dos millones, convirtiendo a Berlín en la tercera ciudad más grande de Europa.[15] Entre los recién llegados se hallaban judíos que habían escapado de la persecución en Europa oriental, especialmente de los pogromos de la Rusia zarista. Era inevitable que, dadas esas condiciones, el coste de la vida y la vivienda aumentase, generando un gran número de indigentes y personas sin techo. Los fabricantes de cajas de cartón anunciaban «cajas buenas y baratas para vivir», mientras los barrios de chabolas crecían en varias partes de la ciudad.[16]

A pesar de la realidad poco halagüeña que muchos encontraban al llegar a Berlín, Alemania estaba entrando en una época de desarrollo industrial, progreso tecnológico y prosperidad económica sin precedentes. Fundamentalmente impulsado por la abolición de los aranceles que siguió a la unificación, de las indemnizaciones de la guerra con Francia y del estallido de la Primera Guerra Mundial, el poder económico e industrial de Alemania solo era inferior al de Estados Unidos. Por aquel entonces producía cerca de las dos terceras partes del acero y la mitad del carbón que consumía la Europa continental y generaba más electricidad que Inglaterra, Francia e Italia juntas. La recesión y la ansiedad que afectaron a Europa después de la crisis bursátil de 1873 solo enlentecieron unos pocos años el avance del desarrollo alemán.

La unificación trajo consigo la necesidad de asegurarse de que Berlín, en cuanto símbolo del nuevo Reich, tuviese una universidad equiparable a cualquier otra. El más reconocido médico de toda Alemania, Herman von Helmholtz, se vio tentado a cambiar Heidelberg por Berlín. Diestro cirujano, Helmholtz era también un famoso fisiólogo que, gracias a la invención del oftalmoscopio, había llevado a cabo contribuciones fundamentales en la comprensión del funcionamiento del ojo humano. Buen conocedor de sus méritos, el erudito de cincuenta años no solo recibió un salario muy superior al habitual, sino que exigió también un nuevo instituto de física. Todavía estaba construyéndose en 1877 cuando Planck llegó a Berlín y empezó a pronunciar conferencias en el principal edificio de la universidad, un antiguo palacio ubicado en Unter den Linden [«Bajo los tilos», el principal bulevar de la ciudad], frente al Teatro de la Ópera.

Como profesor, Helmholtz resultaba muy decepcionante. «Era evidente —dijo posteriormente Planck— que nunca se preparaba las clases».[17] Gustav Kirchhoff, que también se había trasladado desde Heidelberg para asumir el cargo de profesor de física teórica, se hallaba, por su parte, tan bien preparado que daba sus conferencias «de memoria, como si se tratara de un texto seco y monótono».[18] Ansioso de inspiración, Planck admitió que «las clases de esos hombres no me hicieron avanzar gran cosa».[19] Fue entonces cuando, buscando saciar su «sed de conocimiento científico avanzado», tropezó accidentalmente, en la Universidad de Bonn, con Rudolf Clausius, un físico alemán de cincuenta y seis años.[20]

A diferencia de la deslustrada enseñanza de sus dos estimados maestros, Planck se quedó inmediatamente cautivado por «el estilo lúcido y la iluminadora claridad del razonamiento» de Clausius.[21] Y fue también así como, apenas leyó los artículos de termodinámica escritos por Clausius, recuperó el entusiasmo por la física. Centrada en el calor y en sus relaciones con diferentes tipos de energía, los fundamentos de la termodinámica se hallaban, por aquel entonces, encerrados en un par de leyes.[22] La primera de ellas era una rigurosa formulación del hecho de que la energía, considerémosla como la consideremos, posee la propiedad especial de conservarse. En este sentido, la energía no se crea ni se destruye, sino que tan solo se transforma de una modalidad a otra. Una manzana colgada de un árbol posee, en virtud de la posición que ocupa en el campo gravitatorio de la Tierra, es decir, de su altura sobre el suelo, una determinada energía potencial. Y, cuando cae, la energía potencial de la manzana se convierte en energía cinética, es decir, en la energía del movimiento.

Planck era un simple estudiante cuando tuvo la primera noticia de la ley de conservación de la energía y se vio sacudido por ella —como posteriormente dijo— «como si de una revelación se tratara, por su validez absoluta y universal, independiente de toda intervención humana».[23] Fue como si, en ese momento, hubiese percibido un vislumbre de lo eterno, a partir del cual el descubrimiento de leyes absolutas o fundamentales de la naturaleza acabó convirtiéndose, para él, en «la búsqueda científica más sublime de la vida».[24] Luego se quedó nuevamente embelesado al leer la formulación de Clausius de la segunda ley de la termodinámica: «El calor no pasa espontáneamente de un cuerpo más frío a otro más caliente».[25] La posterior invención del frigorífico ilustró lo que Clausius entendía por «espontáneamente» porque, para que el calor pudiese fluir de un cuerpo más frío a otro más caliente, era necesaria la conexión con una fuente externa de energía, en este caso, la energía eléctrica.

Pero Planck se dio cuenta de que Clausius no estaba afirmando simplemente una evidencia, sino algo mucho más profundo. El calor, es decir, la transferencia de energía desde A hasta B debida a la diferencia de temperatura existente entre ambos puntos explica ocurrencias cotidianas como el enfriamiento de una taza de café o que los cubitos de hielo de un vaso de agua acaben fundiéndose. Lo contrario es, en ausencia de intervención externa, imposible. ¿Por qué? La ley de conservación de la energía no prohíbe que una taza de café se caliente y que el aire que la rodea se enfríe, ni tampoco que el vaso de agua se caliente y el hielo se enfríe. Pero, por más que tampoco prohíba el flujo espontáneo de calor de un cuerpo frío a otro caliente, algo impide que eso ocurra. Clausius descubrió de qué se trataba y lo llamó entropía, algo que explica por qué, en la naturaleza, algunos procesos ocurren y otros no.

Cuando una taza de café caliente se enfría, el aire que la rodea se calienta, al tiempo que la energía se disipa y se pierde irremediablemente, mientras que lo contrario no puede ocurrir. Si la conservación de la energía fuese el modo en que la naturaleza equilibra cualquier posible transacción física, la naturaleza exigiría un precio por cada transacción real. La entropía es, según Clausius, el precio que hay que pagar para que algo suceda o no suceda. Por eso, en los sistemas aislados, solo son posibles aquellos procesos o transacciones en los que la entropía aumenta o se mantiene igual. Cualquier cosa que conduzca a una reducción de la entropía se halla estrictamente prohibida.

Clausius definió la entropía como la cantidad de calor dentro o fuera de un cuerpo o de un sistema dividido por la temperatura a la que se produce. Si un cuerpo caliente que se encuentra a 500 °C transmite 1.000 unidades de energía a un cuerpo más frío que se encuentra a 250 °C, su entropía se ha reducido –1.000/500, es decir, –2. Por su parte, el cuerpo más frío a 250 °C ha ganado 1.000 unidades de energía, +1.000/250, y su entropía, en consecuencia, ha aumentado 4. Así es como la entropía global del sistema, que combina la de los cuerpos caliente y frío, ha aumentado un par de unidades de energía por grado. Todos los procesos reales son irreversibles, porque van acompañados de un aumento de la entropía. De este modo, la naturaleza impide que el calor pase espontáneamente, por sí mismo, de algo frío a algo caliente. Solo los procesos ideales, es decir, aquellos procesos en los que la entropía se mantiene, pueden invertirse. Pero tal cosa, sin embargo, jamás ocurre en la práctica, sino tan solo en la mente de los físicos. De ahí que la entropía del universo siempre tiende a aumentar.

Planck consideraba que la entropía es, junto a la energía, «la propiedad más importante de los sistemas físicos».[26] Pasada su estancia de un año en Berlín, regresó a la Universidad de Múnich, donde dedicó su tesis doctoral a la investigación del concepto de irreversibilidad, que acabó convirtiéndose en su tarjeta de visita. Para su consternación, esa tesis «no despertó el menor interés, ni siquiera entre los físicos que más interesados estaban por el tema».[27] Helmholtz no la leyó, y, pese a que Kirchhoff sí lo hizo, se mostró en desacuerdo con ella. Por su parte, Clausius, que tanta influencia había tenido en él, ni siquiera respondió a su carta. «El efecto que mi tesis tuvo sobre los físicos de la época fue nulo», recordaba, con cierta amargura, setenta años más tarde. Pero la «compulsión interna» que le movía parecía irrevocable.[28] La termodinámica, especialmente su segunda ley, se convirtió, cuando emprendió su carrera académica, en el foco de la investigación de Planck.[29]

Las universidades alemanas eran instituciones estatales. Tanto los profesores ordinarios como los extraordinarios (adjuntos) eran funcionarios civiles contratados y pagados por el Ministerio de Educación. En 1880, Planck se convirtió en privatdozent [es decir, persona que posee todos los requisitos necesarios para convertirse en profesor universitario] de la Universidad de Múnich. Sin estar contratado por el Estado ni por la universidad, se ganaba la vida a cambio de un salario financiado por los alumnos que asistían a sus clases. Pasó cinco años esperando en vano que le contratasen como profesor adjunto. Como teórico interesado en dirigir experimentos, sus oportunidades de ascenso eran muy pequeñas, porque la física teórica todavía no se hallaba firmemente establecida como disciplina académica. En 1900 solo había, por ejemplo, en toda Alemania, dieciséis profesores de física teórica.

Planck sabía bien que, para su carrera profesional, era muy interesante «labrarse una reputación en el campo de la ciencia».[30] Esa oportunidad le llegó cuando la Universidad de Gotinga anunció que el tema de su conocido certamen de ensayo era «La naturaleza de la energía». Mientras estaba trabajando en este artículo recibió, en 1855, a los veintisiete años, lo que él mismo calificó como «un mensaje de liberación».[31] La carta en cuestión le ofrecía un puesto como profesor adjunto en la Universidad de Kiel. Y aunque Planck sospechaba que la amistad de su padre con el jefe del Departamento de Física de Kiel no era ajena a esa oferta y que había otros que merecían el puesto más que él, decidió finalmente aceptar. Poco después de llegar a su ciudad natal presentó también su solicitud al concurso de Gotinga.

A pesar de que solo se presentaron tres artículos, tuvieron que pasar dos sorprendentes años antes de que se anunciase que el primer premio había quedado vacante. Y aunque Planck consiguió el segundo premio, le negaron el primero debido a su apoyo a Helmholtz en una disputa científica con un miembro de la Facultad de Gotinga. Fue precisamente la conducta de esos jueces la que llamó la atención de Helmholtz hacia Planck y su obra. Pasados tres años en Kiel, en noviembre de 1888 Planck recibió un honor inesperado. Y es que, después de que otros declinasen la oferta, le pidieron, con el apoyo de Helmholtz, que sucediese a Gustav Kirchhoff como profesor de física teórica en la Universidad de Berlín.

La capital distaba mucho, durante la primavera de 1889, de ser la ciudad que, once años antes, había abandonado Planck. El moderno alumbrado eléctrico iluminaba, por la noche, las principales calles y el nuevo sistema de alcantarillado había reemplazado a los viejos sumideros al aire libre, poniendo así fin al hedor que tan desagradable resultaba para los visitantes. Helmholtz había dejado de ser director del Instituto de Física de la universidad y había pasado a dirigir el PTR, la impresionante nueva institución ubicada a unos cuatro kilómetros. August Kundt, su sucesor, que no había desempeñado papel alguno en el contrato de Planck, le dio la bienvenida como «una excelente adquisición» y «un hombre espléndido».[32]

En 1894, Helmholtz, de setenta y tres años, y Kundt, de tan solo cincuenta y cinco, murieron con pocas semanas de diferencia. Fue entonces cuando Planck, que por aquel entonces solo hacía dos años que había logrado un puesto como profesor ordinario, pasó a ser, a los treinta y seis años, el físico más importante de la mayor universidad alemana. No le quedó entonces más alternativa que asumir el peso de las responsabilidades que todo ello comportaba, convirtiéndose también en asesor de física teórica de la revista Annalen der Physik. Se trataba de una posición de inmensa influencia que le proporcionaba el derecho a vetar cualquier artículo teórico publicado en la más importante de todas las revistas de física alemana. La presión de su nuevo cargo y la profunda sensación de pérdida debida a la muerte de sus dos queridos colegas le llevaron a buscar consuelo en su trabajo.

Como líder de la comunidad estrechamente unida de físicos de Berlín, Planck era muy consciente de que el programa del PTR seguía impulsado por la investigación del cuerpo negro apoyada por la industria. Aunque la termodinámica era central para cualquier análisis teórico de la luz y el calor irradiado por un cuerpo negro, la falta de datos experimentales fiables impidió a Planck determinar la forma exacta de la ecuación desconocida de Kirchhoff. Entonces fue cuando un viejo amigo del PTR llevó a cabo un gran descubrimiento que impidió que siguiera eludiendo por más tiempo el problema del cuerpo negro.

En febrero de 1893 Wilhelm Wien, que por aquel entonces tenía veintinueve años, descubrió una sencilla relación matemática que describía el efecto del cambio de temperatura en la distribución de la radiación emitida por el cuerpo negro.[33] Wien vio que, en la medida en que aumenta la temperatura del cuerpo negro, disminuye la longitud de onda a la que se produce el pico de emisión.[34] Hacía tiempo que se sabía que el aumento de temperatura podía ir acompañado de un aumento en la cantidad total de energía emitida, pero la «ley de desplazamiento» de Wien revelaba algo mucho más exacto: que la longitud de onda a la que se emite la mayor radiación multiplicada por la temperatura de un cuerpo negro es siempre una constante. En este sentido, por ejemplo, si la temperatura se duplica, la longitud de onda «cumbre» será la mitad de la anterior.

El descubrimiento de Wien significaba que, una vez calculada la constante numérica midiendo la longitud de onda a la que, a determinada temperatura, se produce el pico de emisión, podía calcularse la longitud de onda pico para cualquier otra temperatura.[35] Y también explicaba, dicho sea de paso, el cambio de color del atizador de hierro candente. Empezando a baja temperatura, el atizador emite radiación de longitud de onda predominantemente larga en la región infrarroja del espectro. Cuanto más aumenta la temperatura, mayor es la energía que se irradia en cada región y más disminuye la longitud de onda pico, que se «desplaza» así hacia longitudes de onda más cortas. En consecuencia, el color de la luz emitida cambia, a medida que aumenta la cantidad de radiación emitida desde el extremo ultravioleta del espectro, de rojo a naranja, luego a amarillo y, finalmente, a un blanco azulado.

Tabla de la longitud de onda y la intensidad de la radiación. La intensidad marcada de 0 a 1000 y la onda de 0 a 2000.

FIGURA 2. Distribución de la radiación del cuerpo negro que muestra la ley de desplazamiento de Wien.

Wien formaba parte de esa generación de físicos, ciertamente en peligro de extinción, que eran, al mismo tiempo, teóricos competentes y hábiles experimentadores. Descubrió, en su tiempo libre, la ley del desplazamiento y se vio obligado a publicarla como «comunicación privada», sin el respaldo del PTR. Durante esa época trabajó como asistente del laboratorio de óptica de este instituto bajo la dirección de Otto Lummer. El trabajo cotidiano de Wien era un requisito para cualquier investigación experimental sobre la radiación del cuerpo negro.

Su primera tarea fue construir un mejor fotómetro, un instrumento capaz de comparar la intensidad de la luz —es decir, la cantidad de energía de un determinado rango de longitud de onda— procedente de fuentes diversas como, por ejemplo, lámparas de gas y bombillas eléctricas. Fue en otoño de 1895, antes de que Lummer y Wien diseñasen un nuevo y mejorado cuerpo negro vacío capaz de ser calentado a una temperatura uniforme. Mientras él y Lummer desarrollaban, durante el día, su nuevo cuerpo negro, Wien pasaba las tardes buscando la ecuación de Kirchhoff para la distribución de la radiación del cuerpo negro. En 1896, Wien estableció una ecuación que Friedrich Paschen, de la Universidad de Hannover, no tardó en confirmar que coincidía con los datos que había recogido sobre la distribución de la energía entre las longitudes de onda cortas de la radiación del cuerpo negro.

En junio de ese mismo año, el mismo mes en que se publicaba la «ley de distribución», Wien abandonaba el PTR por una cátedra extraordinaria en la Technische Hochschule de Aquisgrán. Finalmente ganaría, en 1911, el Premio Nobel de Física, por su trabajo sobre la radiación del cuerpo negro, pero permitió que Lummer sometiera a una rigurosa prueba su ley de la distribución. Pero ello requería llevar a cabo mediciones de temperatura de un rango más amplio y elevado que nunca. Trabajando con Ferdinand Kurlbaum y posteriormente con Ernst Pringsheim, Lummer necesitó dos largos años de perfeccionamientos y modificaciones, pero en 1898 contaba con un cuerpo negro calentado eléctricamente de última generación. El logro, capaz de alcanzar temperaturas de 1.500 °C, representó la culminación de más de una década de minucioso esfuerzo del PTR.

Representando la intensidad de la radiación en el eje de ordenadas [vertical] de una gráfica y la longitud de onda de la radiación en el eje de abscisas [horizontal], Lummer y Pringsheim descubrieron que la intensidad aumentaba al mismo tiempo en que lo hacía la longitud de onda de la radiación, hasta llegar a un punto en el que volvía a caer. La distribución del espectro de energía emitido por la radiación de un cuerpo negro se asemejaba a una curva en forma de campana o, mejor dicho, a la aleta dorsal de un tiburón. De este modo, cuanto más elevada era la temperatura, más acusada era la forma, en la misma medida en que aumentaba la intensidad de la radiación emitida. La representación gráfica de las lecturas y las curvas obtenidas calentando el cuerpo negro a diferentes temperaturas mostraba que, si la temperatura aumentaba, la longitud de onda a la que se producía el pico de emisión se desplazaba hacia el extremo ultravioleta del espectro.

Lummer y Pringsheim presentaron sus resultados en un encuentro celebrado el 3 de febrero de 1889 en la Sociedad de Física Alemana de Berlín.[36] Lummer contó a todos los físicos reunidos, entre los que se hallaba Planck, que sus descubrimientos confirmaban la ley del desplazamiento de Wien. Pero la situación al respecto no estaba clara porque, aunque hablando en términos generales los datos experimentales coincidían con las predicciones teóricas de Wien, había ciertas discrepancias en la región infrarroja del espectro.[37] Y aunque esas discrepancias se debieran, con toda probabilidad, a errores experimentales, se trataba de una cuestión que solo podía dirimirse ampliando «el experimento hasta incluir un espectro más amplio de longitudes de onda y desplegando también un abanico más amplio de temperaturas».[38]

Al cabo de tres meses, Friedrich Paschen anunció que sus datos, aunque recopilados a temperaturas inferiores a las de Lummer y Pringsheim, coincidían perfectamente con las predicciones de la ley de distribución de Wien. Planck dio un suspiro de alivio y leyó en voz alta, en una sesión de la Academia Prusiana de Ciencias, el artículo de Paschen. Para Planck, la búsqueda teórica de la distribución de la energía espectral de la radiación del cuerpo negro era una forma de búsqueda de lo absoluto, y, «como siempre había considerado la búsqueda de lo absoluto como el objetivo más elevado de toda actividad científica, me apresté ansiosamente a trabajar».[39]

Poco después de que Wien publicase, en 1896, su ley de la distribución, Planck se empeñó en asentarla sobre fundamentos sólidos estableciendo los principios de los que se derivaba. Tres años más tarde creyó haberlo logrado basándose en la autoridad de la segunda ley de la termodinámica. Hubo entonces quienes empezaron a referirse a ella, desatendiendo las afirmaciones y réplicas de los experimentalistas, como la ley de Wien-Planck. Planck confiaba en que «los límites de validez de esta ley, en el caso de que los haya, coinciden con los de la segunda ley fundamental de la teoría del calor».[40] Y, en ese mismo sentido, abogaba por la necesidad urgente de corroborar la ley de distribución que, para él, representaba simultáneamente un espaldarazo a la segunda ley. Lo cierto es que su deseo no tardó en convertirse en una realidad.

A comienzos de noviembre de 1899, después de pasar nueve meses ampliando el rango de sus medidas y eliminando también posibles fuentes de errores experimentales, Lummer y Pringsheim afirmaron haber «descubierto discrepancias sistemáticas entre la teoría y el experimento».[41] Y es que, aunque en el rango de las longitudes de onda cortas el acuerdo era perfecto, la ley de Wien sobrestimaba de un modo aparentemente coherente la intensidad de la radiación en el rango de las longitudes de onda largas. A las pocas semanas, sin embargo, Paschen contradijo a Lummer y Pringsheim, presentando un nuevo conjunto de datos y concluyendo que «la ley de la distribución parece rigurosamente una ley válida de la naturaleza».[42]

Como la mayoría de los expertos al respecto vivían y trabajaban en Berlín, los encuentros que se celebraban en la Sociedad de Física Alemana celebrados en la capital se convirtieron en el principal foro de discusiones relativas a la radiación del cuerpo negro y el estatus de la ley de Wien. Ese fue de nuevo el tema central, según rezan las actas, de la reunión quincenal de la sociedad que se llevó a cabo el 2 de febrero de 1900. Durante ese encuentro, Lummer y Pringsheim revelaron sus últimos datos, que ponían de manifiesto que las discrepancias sistemáticas existentes entre sus medidas y las predicciones de la ley de Wien en la región infrarroja del espectro no podían ser el resultado de un error experimental.

A este fracaso de la ley de Wien le siguió un considerable revuelo tratando de encontrar un adecuado reemplazo. Pero las alternativas improvisadas resultaron ser poco satisfactorias, lo que alentó la necesidad de proseguir los experimentos en longitudes de onda más largas para establecer inequívocamente la magnitud del fracaso de la ley de Wien. Eso, después de todo, coincidía con los datos disponibles referidos a las longitudes de onda más cortas y otros experimentos, exceptuando los esgrimidos a su favor por Lummer y Pringsheim.

Sin embargo, Planck era muy consciente de que cualquier teoría se encuentra a merced de los datos experimentales duros y creía firmemente que «cualquier conflicto entre observación y teoría solo podía ser corroborado como válido más allá de toda duda cuando, en ello, coinciden varios observadores».[43] Fue así como el desacuerdo entre los experimentalistas le obligó a reconsiderar la solidez de sus ideas. Así fue como, a finales de septiembre de 1900, mientras revisaba sus datos, acabó confirmando el fracaso de la ley de Wien en la región infrarroja lejana.

Fueron Heinrich Rubens, amigo íntimo de Planck, y Ferdinand Kurlbaum quienes acabaron dirimiendo esta cuestión. Mientras trabajaba en la Technische Hochschule de la Berlinerstrasse en la que, a los treinta y cinco años, acababa de verse ascendido a profesor ordinario, Rubens pasaba la mayor parte de su tiempo como trabajador invitado en el cercano PTR. Fue ahí donde, junto a Kurlbaum, construyó un cuerpo negro que permitió llevar a cabo mediciones en las dimensiones inexploradas de la región correspondiente al infrarrojo lejano. Fue durante ese verano cuando corroboraron la ley de Wien entre las longitudes de onda de los 0,03 y 0,06 mm en temperaturas que iban desde los 200 hasta los 1.500 °C. En esas longitudes de onda más largas descubrieron una diferencia tan acusada entre la teoría y la observación experimental que solo podía ser evidencia del fracaso de la ley de Wien.

Rubens y Kurlbaum quisieron presentar sus resultados en un artículo que leerían ante la Sociedad de Física Alemana el siguiente encuentro, que se llevaría a cabo el viernes 5 de octubre. Sin tiempo, no obstante, para escribir el artículo, decidieron esperar hasta la próxima reunión, para la que todavía faltaban quince días. Entretanto, Rubens se enteró de que Planck estaba ansioso por enterarse de sus descubrimientos.

Planck vivió durante casi cincuenta años en una gran mansión con un jardín inmenso entre las elegantes villas de abogados y otros profesores en la zona residencial de Grunewald, ubicada al oeste de Berlín. El domingo 7 de octubre, Rubens y su esposa habían sido invitados a almorzar. No es de extrañar que la conversación entre los dos amigos no tardase en encaminarse hacia el campo de la física y el problema del cuerpo negro. Rubens le explicó que sus últimas medidas no albergaban la menor duda: la ley de Wien no se cumplía en las longitudes de onda más largas ni en las temperaturas más elevadas. Los datos de ese experimento demostraban, según descubrió entonces Planck, que en tales longitudes de onda la intensidad de la radiación del cuerpo negro era proporcional a la temperatura.

Esa misma noche, Planck trató de esbozar la ecuación que pudiese reproducir el espectro de energía de la radiación del cuerpo negro. Ahora contaba, para componer el rompecabezas, con tres piezas fundamentales. En primer lugar, la ley de Wien, que explicaba la intensidad de la radiación en la región de las longitudes de onda más cortas. En segundo lugar, fracasaba en la región del infrarrojo en la que Rubens y Kurlbaum habían descubierto que la intensidad era proporcional a la temperatura. Y, en tercer lugar, la ley de desplazamiento de Wien estaba en lo cierto. Esas eran las tres piezas del rompecabezas con las que contaba Planck para formular su ecuación del cuerpo negro. Esa situación puso a prueba sus años de experiencia difícilmente ganados para manipular los diferentes símbolos matemáticos de las ecuaciones.

Al cabo de unos cuantos intentos infructuosos, y gracias a una adecuada combinación de intuición e inspirada conjetura científica, Planck había descubierto su ecuación. Parecía prometedora. Pero… ¿se trataba de la ecuación tan buscada por Kirchhoff? ¿Era válida para cualquier temperatura en todo el espectro? Planck se apresuró a garabatear una nota para Rubens y salió en medio de la noche para enviársela. Al cabo de un par de días, Rubens llegó a casa de Planck con la respuesta. Había cotejado la ecuación de Planck con los datos y descubierto que cuadraban perfectamente.

El viernes 19 de octubre se celebró la reunión quincenal de la Sociedad de Física Alemana. Rubens y Planck se hallaban sentados entre el público y fue Ferdinand Kurlbaum el encargado de anunciar formalmente que la ley de Wien, válida en las longitudes de onda más cortas, fracasaba en las más largas del infrarrojo. Luego se leva

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