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De la cuna a la tumba
ORIGEN
¿Cómo es posible —se pregunta Azzam Alwash— que nunca haya estado aquí antes? Nacido en esta cuna de civilización en el seno de una familia procedente de Babilonia, y aleccionado por su padre en el arte de pescar sábalos y barbos en marismas donde la gente aún vivía como los antiguos, en casas de caña sobre islas flotantes, conoce los legendarios cursos de agua de su país como sus propias venas y arterias. Pero ahora está contemplando algo que no había visto hasta ahora.
Resulta extraño, porque, salvo por sus años en el exilio, toda su vida ha transcurrido muy cerca, a solo un trecho río abajo desde la ciudad de Basora, donde estudió en la universidad… aunque el hecho de que necesite escolta policial para llegar hasta aquí posiblemente explique por qué no había venido antes. Se palpa la tensión en esta pequeña franja costera de Irak, de unos sesenta kilómetros, encajada a modo de cuña entre sus vecinos, más ricos y poderosos, en la orilla norte de lo que los kuwaitíes llaman golfo Arábigo, y los iraníes, golfo Pérsico.
«Nosotros lo llamamos simplemente el Golfo», murmura, incapaz de apartar la mirada.
A Azzam Alwash, un hombre aún esbelto mediada la sesentena, bien afeitado, con el cabello plateado muy corto formando un pico al llegar a la frente, y vestido ahora con una sudadera azul abierta al viento, se le considera un héroe nacional en Irak, y, de hecho, también a nivel internacional: en 2013 fue galardonado con el Premio Medioambiental Goldman, el «Nobel verde», por resucitar milagrosamente las marismas mesopotámicas de su infancia, el mayor humedal de Oriente Próximo. En 1993, esta exuberante confluencia de las llanuras aluviales del Tigris y el Éufrates, que para muchos marcaba la ubicación del Edén bíblico, se había reducido a una extensión árida y polvorienta después de que el dictador iraquí Sadam Huseín desviara intencionadamente los proverbiales ríos, drenando miles de kilómetros cuadrados poblados de frondosa vegetación para expulsar a los rebeldes chiíes que se ocultaban en la impenetrable espesura de cañas y papiros de los pantanos.
El daño era irreversible, le repetían una y otra vez a Azzam los biólogos, mientras él pedía financiación al Departamento de Estado estadounidense para volver a inundar las marismas después de que las fuerzas lideradas por Estados Unidos derrocaran a Sadam en 2003. Según le dijo un contratista medioambiental de la CIA, las raíces conservadas y los bancos de semillas desecados tenían más de diez años, y su composición química había cambiado de forma irreparable. «Probablemente sea imposible revivirlos».
Azzam era ingeniero, no ecólogo, pero el exilio y la forja de su carrera profesional le habían enseñado que la palabra imposible a menudo solo enmascara la falta de imaginación. Si había una lección que había aprendido, era que la naturaleza es resiliente: ya ha pasado por todo esto antes.
«¿Cómo lo sabremos si no lo intentamos?», se preguntaba.
Hoy, cuando está en juego el destino no solo de un humedal, sino de todo el planeta, Azzam Alwash cree que esa misma obstinada persistencia que demostró que los expertos se equivocaban es necesaria en todas partes. Para que continúe nuestra civilización —por no hablar de nuestra propia existencia—, hará falta una visión que trascienda las creencias y las fronteras convencionales.
El asombroso éxito de la humanidad como especie ha dado lugar a un mundo peligrosamente desequilibrado. Con la mayor parte de la tierra no congelada consagrada ahora a las necesidades y a la alimentación de una sola especie, la nuestra, hemos expulsado literalmente del planeta a la mayoría de nuestros compañeros terrenales: si sumamos todo el peso de los mamíferos del planeta, solo un 4 por ciento del total no nos corresponde a nosotros o a nuestro ganado. Y, tal como nos advierte el registro fósil, la naturaleza no permite ese tipo de desequilibrios durante mucho tiempo. Nuestros tubos de escape ya han llenado el cielo de gases que retienen el calor, y, con ello, marchitan nuestros cultivos, provocan tornados y, de manera alterna y creciente, lluvias torrenciales o incendios cada vez más devastadores.
Sin embargo, parece que no podemos parar, de modo que los polos se siguen encogiendo y la cantidad de plástico no disminuye. Ante la amenaza de un ultimátum existencial, ¿qué esperanzas tenemos, siendo realistas? ¿Qué o quién puede ayudarnos a superar esto?
En medio de una escalofriante incertidumbre generalizada, Azzam Alwash forma parte de una legión mundial de visionarios afines que a menudo no se conocen entre sí, pero que trabajan arduamente en ámbitos distintos para encontrar un camino que guíe a la humanidad a través de este insidioso siglo hacia un futuro habitable. Sin negar la realidad ni caer en un ingenuo optimismo, sabiendo muy bien cuán desalentadoras son las probabilidades de éxito, se obstinan, pese a todo, en seguir intentándolo.
A veces, los retos locales que afrontan acaban teniendo implicaciones globales. Azzam Alwash pasó de salvar sus preciados lugares de pesca a diseñar un plan para revitalizar toda la región que antaño fue Mesopotamia y convertirla en un puente que permita transitar al mundo del pasado basado en el petróleo hacia un soleado futuro. Aunque sus esfuerzos se han visto frustrados en repetidas ocasiones, él sigue adelante, chocando con la dura realidad hasta que algo cede.
El último medio kilómetro hasta el extremo más meridional de Irak los había llevado por una carretera de arena de un único carril, elevada sobre un terraplén apenas más alto que las marismas y las pozas de marea de ambos lados. Una bandera negra desgarrada y azotada por el viento marcaba el final de la carretera, más allá de la cual se prolongaban las pozas de marea hasta disolverse en un indescifrable horizonte gris.
En su iPhone, Azzam consulta Google Maps, que le muestra rodeado de azul.
«Dice que estamos bajo el agua», le comenta a Ameer Naji.
Ameer, un hombre de treintaiún años de cabello corto e hirsuto y una barba castaña bien recortada, es ingeniero medioambiental en el único puerto de Irak, Um Kasar, situado en una ensenada cercana a la frontera con Kuwait. Llevaba mucho tiempo queriendo conocer a Azzam, y, gracias a un tío que conoce al capitán de la policía, estaba encantado de poder encargarse de la seguridad de esta excursión. «La marea aún no ha subido», explica, señalando una tenue franja donde resplandece el mar abierto a unos cientos de metros de distancia. A continuación, señala hacia el este, a una hilera de siluetas: son cargueros que avanzan lenta y pesadamente aguas arriba por el Chat el Arab, el río que se forma donde confluyen el Tigris y el Éufrates, a doscientos kilómetros al norte. Hacia la mitad de su curso, el Chat el Arab deviene la conflictiva frontera entre Irak e Irán. Los barcos se pegan a la costa iraní.
Ameer, que ignora el viento de marzo con su ligero jersey de algodón, procede de la segunda ciudad más grande de Irak, Basora, a una hora río arriba. Allí, hubo un tiempo en que bordeaba las orillas del Chat el Arab el bosque de palmeras datileras más grande del mundo. Luego, en 1980, Sadam Huseín atacó Irán para anexionarse sus campos petrolíferos. La sangrienta y agotadora guerra que siguió a continuación —en la que Sadam utilizó gas nervioso, mientras que Irán lo arrasó todo a su paso en el contraataque— terminó en una tregua después de ocho años y medio millón de muertos en cada bando. En Basora, en la primera línea del frente, millones de palmeras datileras también fueron víctimas del conflicto.
En enero de 1991, el año en que nació Ameer, y pocos meses después de que Sadam invadiera Kuwait por la misma razón, vinieron los estadounidenses a salvar los intereses petrolíferos de su país. Durante cinco semanas bombardearon sin descanso Bagdad y Basora, para luego invadir Kuwait y expulsar a las tropas de la Guardia Republicana del dictador. En su huida, y por orden suya, incendiaron seiscientos pozos petrolíferos kuwaitíes. Cuando las fuerzas estadounidenses se retiraron sin derrocar a Sadam, estalló una rebelión nacional para terminar el trabajo, pero la Guardia Republicana, que se había acobardado ante los estadounidenses, no tuvo reparos en aplastar a sus propios ciudadanos hasta someterlos.
Al cabo de una década, un grupo de yihadistas provenientes de Afganistán, en su mayoría saudíes, estrellaron sendos aviones previamente secuestrados contra dos rascacielos de Manhattan y el Pentágono. Con el descabellado pretexto de que Sadam era de algún modo responsable, los estadounidenses regresaron, junto con sus aliados británicos. La batalla de Basora, librada en 2003, fue una de las primeras y peores de la invasión. Esta vez los estadounidenses se quedarían durante casi diez años. Entre los atentados con bombas de la guerrilla que se resistía a la ocupación y las represalias del ejército estadounidense, Irak, en su día considerado la flor de la cultura árabe por su poesía, se convirtió en uno de los lugares más peligrosos del planeta.
Después de que los estadounidenses se retiraran finalmente en 2011, con una justificación tan imaginativa como la que les había traído —que las fuerzas iraquíes eran ahora capaces de defender su propia patria—, el ISIS se apresuró a llenar el vacío. La barbarie del Estado Islámico llegó a hacer que se echara de menos a los odiados ocupantes estadounidenses. Se necesitarían cuatro años y la intervención de Irán para expulsar definitivamente al ISIS. Solo que ahora Irán se ha quedado allí: con el débil Gobierno iraquí a menudo sumido en la parálisis parlamentaria, en gran parte del país las milicias iraníes son la autoridad local tácita, y corrupta.
Ameer soporta a diario sus controles de carretera cuando se desplaza desde su ciudad, ahora en ruinas por las repetidas guerras, a sus diversos trabajos en el puerto. A veces hace de inspector de carga; otras, de supervisor de salud, seguridad y medio ambiente para las petroleras extranjeras que operan en el puerto. «Aquí todo el mundo trabaja para ellas», le dice a Azzam. El sur de Irak cuenta con tres de los yacimientos petrolíferos más grandes del mundo. Allí arden constantemente docenas de elevadas antorchas, porque ni Sadam ni ningún gobierno posterior invirtió en infraestructuras para capturar el metano.
Cuando las temperaturas estivales alcanzan los 51 ºC, los soldadores de tuberías se desmayan. Entonces Ameer los lleva al dispensario, donde los médicos les ponen las piernas en alto, les dan hielo y les administran líquidos por vía intravenosa. En cierta ocasión vio desplomarse a quince de ellos, uno tras otro. Él y sus compañeros los trasladaron en la caja de una camioneta para que recibieran tratamiento.
«Tenemos que parar», le suplicó al gerente coreano.
«Tenemos que seguir», le respondió este.
Lo que Ameer considera su verdadero trabajo comienza después de la jornada laboral, cuando ejerce en Basora de director de la asociación Humat Dijlah, una red nacional de preservación de ríos dirigida por jóvenes activistas. Casi parece una causa perdida, le asegura a Azzam. Dado que Turquía, donde se origina el 90 por ciento del agua dulce de Irak, construye cada vez más presas río arriba, tanto en el Tigris como en el Éufrates, hay menos agua dulce para resistir la cuña de salinidad que penetra en el Chat el Arab desde el Golfo, debilitando lo que queda de los palmerales. El río, fuente de agua potable de Basora, donde en su juventud daba gusto nadar, ya apesta por las aguas residuales que se vierten desde los canales urbanos.
En 2018, cuando Turquía comenzó a llenar un enorme embalse represado río arriba en el Tigris, en Basora el agua del grifo se volvió negra. Más de ciento veinte mil personas tuvieron que ser hospitalizadas.
Ameer cuenta con los dedos de la mano a los seres queridos que ha perdido: «Mi primo, cáncer cerebral. Mi mejor amigo, cáncer de estómago».
Después de que una veintena de compañeros murieran en las protestas que habían organizado, se dotó al Chat el Arab de una planta desalinizadora, pero tan insuficiente que aún hoy el agua sigue siendo imbebible. Las calles están abarrotadas de camiones que transportan palés con botellas de agua de plástico para saciar la constante sed de los tres millones de habitantes de Basora, a los que acompañan otros camiones cargados de aparatos de aire acondicionado. Cada verano, las temperaturas se aproximan a los 54,5 ºC, lo que supera con creces la capacidad del sudor de enfriar el cuerpo humano, aunque, con la humedad que asciende desde el cercano golfo, aquí ese umbral se supera incluso a temperaturas más bajas. Hay tantas ventanas con aparatos de aire acondicionado que la red eléctrica se colapsa a diario.
Cuando los veranos se vuelven tan letales, Ameer se lleva a su mujer y a su hijo al norte, a casa de unos parientes en Turquía, y luego vuelve al trabajo.
Su esposa, aterrorizada ante la idea de que lo maten o lo encarcelen como a sus amigos manifestantes, le ruega que se vayan de allí o amenaza con hacerlo ella. Les han dicho que el grave TDAH que padece su hijo se debe a la toxicidad del agua y a los fuegos de las antorchas que rodean la ciudad. El aire es grasiento; cada inhalación sabe a petróleo. Las frecuentes tormentas de polvo lo vuelven todo invisible, excepto las antorchas.
Hasta sus amigos le dicen que se vaya. «Pero, si me voy, ¿quién liderará la acción? ¿Quién protegerá Basora para la generación de mi hijo?». Lleva consigo una foto de su hijo, Muhammad, sosteniendo un cartel que reza «¡Hagamos verde Basora!». Le encantan las casas de adobe de la ciudad vieja, con sus ornamentadas fachadas de madera en voladizo en la segunda planta; y le encanta su grupo ecologista, que literalmente cultiva flores entre las ruinas.
Azzam le da una palmadita en el hombro. «El fracaso no es una opción», le dice.
La bandera negra hecha jirones que se ve al final de la carretera marca el lugar que cada año reúne a musulmanes chiíes para iniciar el Arbain, una peregrinación de dos semanas y 686 kilómetros hasta la ciudad santa iraquí de Kerbala. Para cuando llegan allí su número asciende a veintidós millones: es la mayor peregrinación del planeta, casi diez veces mayor que el hach, la peregrinación anual a La Meca. El Arbain conmemora el martirio del imán Husáin, cuya tumba es su lugar de destino.
El imán Husáin, decapitado cuando defendía su fe, era hijo del imán Alí, también asesinado, y cuya tumba se encuentra en Náyaf, otra ciudad santa, donde los peregrinos se detienen a venerarla de camino a Kerbala. Los chiíes creen que el imán Alí, que se casó con Fátima, hija de su primo Mahoma, fue el elegido por el Profeta para sucederle en su legado espiritual. Los suníes, en cambio, creen que dicho legado se transmitió al compañero más cercano de Mahoma, Abu Bakr, que también fue uno de los trece suegros del Profeta. Por desgracia, esta discrepancia ha perpetuado el derramamiento de sangre que impregna la historia musulmana.
«Una disputa mortal entre dos familias», dice Azzam con un suspiro. Pero, por más que las incesantes batallas veterotestamentarias de la historia judía o las cruzadas, inquisiciones y vicisitudes de un mesías torturado hasta la muerte del cristianismo no resulten menos espantosas, hay algo, señala, que los chiíes, los suníes, los judíos y los cristianos tienen en común.
«Todos ellos creen que empezó justo aquí», dice, señalando el paisaje que se extiende ante él.
Él cree que en todo el mundo probablemente no haya mejor mirador que la orilla norte de este golfo para contemplar simultáneamente el pasado y el futuro de la humanidad.
Azzam sabe que lo que llegó a conocerse como el Edén no lo formaban únicamente sus preciadas marismas iraquíes, aunque estas sean reliquias del mismo ecosistema. Las descripciones del Edén que aparecen en la Biblia judeocristiana, así como en diversos relatos sumerios y acadios similares anteriores a ella, no encajan con la creación de un universo hace 13.600 millones de años. Más bien se asemejan al final del Pleistoceno.
El Pleistoceno, la época de las glaciaciones, representa uno de los cambios más drásticos registrados en la historia geológica. Durante gran parte de los 550 millones de años anteriores, nuestro planeta había sido mucho más cálido. Luego, hace unos 2,5 millones de años, justo cuando el peludo bípedo Australopithecus se estaba transformando en un Homo capaz de utilizar herramientas, grandes capas de hielo polar comenzaron a avanzar y retroceder en un ciclo que se repetiría más de veinte veces. El último retroceso terminó hace solo ocho mil años.
Las fluctuaciones entre periodos glaciares e interglaciares se debieron a ciertas peculiaridades periódicas de la órbita de la Tierra que alteran la cantidad de radiación solar que llega a su superficie. Pero lo que provocó el gran enfriamiento del Pleistoceno se había iniciado, de hecho, en la época geológica anterior, el Plioceno, cuando las turbulencias de las profundidades del magma del planeta hicieron entrar en colisión sus placas tectónicas (una docena de enormes bloques de corteza rocosa, junto con varias más de menor tamaño, que flotan como galletas en un plato de sopa sobre el manto semifundido que hay debajo).
Conforme la placa india presionaba contra la placa euroasiática, en el norte, dicha presión hizo que empezara a elevarse la cordillera del Himalaya. De manera similar, la placa africana, al chocar contra lo que hoy es Europa, hizo que se alzaran los Alpes, a la vez que comprimió los restos de un antiguo océano en la actual cuenca mediterránea. Sin embargo, lo que marcó el fin del clima relativamente templado de la Tierra fue el momento en que la placa del Pacífico empezó a deslizarse bajo la del Caribe, de menor tamaño. Hace unos 2,8 millones de años, esto desencadenó flujos volcánicos que convirtieron lo que era una cadena de islas en el actual istmo de Panamá.
Solemos pensar en este istmo como la conexión entre América del Norte y del Sur, pero no es menos importante el hecho de que separara el Atlántico del Pacífico. Cuando ambos océanos dejaron de compartir las cálidas corrientes tropicales que recorrían la cintura de la Tierra, el planeta empezó a enfriarse, lo que a su vez propiciaría las glaciaciones del Pleistoceno.
Durante la época anterior habían aparecido varias especies de Homo, pero, tras repetidas glaciaciones, hace cuarenta mil años solo una de ellas sobrevivió: la nuestra, Homo sapiens. Mucho antes de eso, los humanos modernos habíamos empezado a dispersarnos desde nuestro lugar de origen africano. Hace cincuenta mil años nos habíamos ido dispersando hasta alcanzar Australia, y hace quince mil llegamos al continente americano para quedarnos. Lo que llamamos civilización tuvo, pues, diferentes cunas: en la India, China, México, Perú y Egipto. Pero la que surgió en el extremo oriental de un Creciente Fértil que nuestros antepasados africanos recorrieron a través del Levante mediterráneo hasta el Asia mesopotámica tiene una resonancia especial para más de la mitad de la población mundial, cuyas culturas abrahámicas se remontan a ese lugar llamado Edén.
El cual, al parecer, era algo más que una simple metáfora.
El Génesis sitúa el Jardín del Edén junto a la confluencia de cuatro ríos: el Hidekel, el Pirat, el Guijón y el Pisón. Los lingüistas y los estudiosos de la Biblia coinciden en que Hidekel, derivado del acadio Idiqlat, es el nombre hebreo del Tigris, mientras que Pirat, del acadio Purattu, corresponde al Éufrates.
La llamada Biblia del Rey Jacobo, la traducción canónica publicada en inglés en 1611, situaba el Guijón lejos de Mesopotamia, concretamente al otro lado del mar Rojo, en Etiopía. Sin embargo, muchos estudiosos modernos creen que sus traductores confundieron el antiguo nombre de Etiopía, Cush (reino de los cusitas), con un topónimo hebreo similar que designaba el territorio de los casitas, que actualmente corresponde a los montes Zagros, en Irán. Un gran río, el Karún, discurre hacia el sur desde los Zagros y se une al Chat el Arab justo por encima del golfo, en un punto situado casi directamente frente a la desembocadura de otro río, hoy intermitente, que fluye hacia el norte a través de Arabia Saudí y Kuwait, el Wadi al-Batin.
Actualmente este punto se halla a unos cien kilómetros por debajo de la confluencia del Tigris y el Éufrates, pero en aquel entonces, según señalan los arqueólogos que sostienen que el Karún y el Wadi al-Batin son el Guijón y el Pisón bíblicos, la topografía local era muy distinta.
Hasta hace alrededor de catorce mil años, las glaciaciones del Pleistoceno retenían gran parte del agua del planeta en capas de hielo, y el nivel de los océanos se hallaba cientos de metros más abajo que en la actualidad. Cuando los primeros Homo sapiens llegaron a lo que hoy es el golfo Pérsico, su tercio superior se encontraba muy por encima del nivel del mar. Si Azzam y Ameer hubieran estado allí en aquel momento, habrían contemplado un frondoso valle mesopotámico que se extendía cientos de kilómetros hacia el sur, con sus ríos confluyendo finalmente en el mar por encima del actual estrecho de Ormuz.
El arqueólogo británico Jeffrey Rose bautizó este lugar como el Oasis del Golfo: un exuberante delta de la extensión de Gran Bretaña, de cuya cuenca caliza brotaban manantiales de agua dulce constantemente alimentados por sedimentos ricos en nutrientes transportados por el Tigris, el Éufrates, el Karún y el Wadi al-Batin. Para los cazadores-recolectores, sin duda habría sido un paraíso rebosante de palmeras datileras, trigo silvestre, legumbres, peces, moluscos, gamos, gacelas, delfines de río, búfalos de agua, jabalíes y uros, los ancestros salvajes del vacuno actual.
Pero ¿era esto el Edén?
La Biblia judeocristiana comienza con dos relatos contradictorios sobre la creación. En el primero, Dios crea el mundo. En seis días, aparecen las estrellas en el cielo, el sol durante el día, la luna durante la noche, los mares y las criaturas marinas, la tierra, las plantas, los animales terrestres y, por último, los humanos: hombres y mujeres a la vez.[1] Se trata de un mundo que básicamente identificaríamos con el nuestro, salvo por el hecho de que es íntegramente vegetariano: los frutos, las semillas y las hierbas verdes serán vuestro alimento, les dice Dios a los seres humanos y a los animales por igual. Todo esto se describe en el capítulo 1 del Génesis, donde, por cierto, no se menciona jardín alguno: toda la Tierra está bendecida con la abundancia.
Pero después del séptimo día, cuando Dios descansa, de repente, en el capítulo 2, la historia comienza de nuevo. Esta vez no hay semana laboral ni sabbat; en cambio, Dios crea el cielo y la tierra en un solo día. Y la secuencia cambia: de nuevo, inventa las plantas al principio, pero luego las deja a un lado en una especie de vivero celestial porque, a diferencia de la versión anterior, aún no ha creado el agua. Lo hace a continuación, y, justo cuando la tierra comienza a humedecerse, coge un poco de polvo para moldear a un ser humano. Un varón.
Solo después de insuflar vida al hombre por la nariz, Dios añade el follaje, aunque ahora lo hace en un jardín. Pero, por muy hermoso y fértil que sea, no todo es felicidad y ocio. Aquí, Dios quiere que el hombre «cultive», «guarde» y «labre la tierra». Establece normas sobre lo que se puede y no se puede cosechar, designa un conjunto de ríos para el riego, y, por último, para que el hombre no se sienta solo, crea los animales.
Adán puede ponerles nombre e identificar cuáles son domésticos y cuáles salvajes, pero estos no bastan para aliviar su soledad. De manera que, tomando una de sus costillas, Dios le clona una compañía más tentadora. El resto es de todos conocido.
Dado que la sintaxis e incluso los nombres de Dios difieren (Elohim en el capítulo 1; Yahvé en el 2) en estos dos relatos de la creación contradictorios y coexistentes, en general se supone que fueron escritos en diferentes momentos por distintos autores, y basándose en versiones diversas de leyendas asirias y sumerias anteriores que más tarde serían refundidas en un único testamento, a menudo de forma algo torpe, por consagrados censores que decidieron lo que era canónico y lo que no.
No es de extrañar que la religión genere tanta discordia. Para los literalistas que sostienen que la Biblia está inspirada por Dios y, en consecuencia, es íntegramente cierta, el capítulo 2 simplemente detalla el sexto día del capítulo 1, cuando aparece el hombre, para subrayar la relación especial que tiene Dios con nosotros (presumiblemente, pues, resulta más apropiado que los seres humanos precedan a la flora y la fauna sobre las que ejercerán su dominio).
Los talmudistas babilónicos intentaron conciliar otra notable discrepancia, la de si la mujer nació junto con el hombre o fue arrancada más tarde de su caja torácica como una sangrienta ocurrencia tardía, declarando que ambas cosas eran ciertas. Apropiándose de una leyenda sumeria sobre una diablesa, concluyeron que la mujer del capítulo 1 no es sino la primera esposa de Adán, la rebelde Lilit, que desdeña su autoridad y lo abandona. Luego, en el capítulo 2, Dios intenta asegurarse de que eso no vuelva a suceder. La mujer creada a partir del hueso de Adán es simplemente una «ayuda», tan sumisa que ni siquiera recibe un nombre propio hasta que también demuestra ser demasiado desobediente y seductora para controlarla y hace que ambos sean expulsados del jardín.
Y a nosotros también, según cuenta la historia. Pero quizá esa sea la razón por la que ambos mitos de la creación se incluyen en el Génesis. En conjunto, reflejan una verdad evolutiva percibida por quienquiera que fuese que compiló la Biblia a partir de los recuerdos colectivos heredados a través de los relatos de sus antepasados, y quizá incluso a través de sus genes. En una de las versiones disponemos de toda la exuberancia de la tierra para nutrirnos (la arqueología, repleta de puntas de lanza, hachas y filos cortantes, desmiente la idea del vegetarianismo, que probablemente se infiltró en el relato mucho después, durante la época de Isaías, que condenaba el sacrificio de animales y profetizaba un paraíso posmesiánico en el que los lobos habitarían entre los corderos y los leopardos yacerían pacíficamente con los cabritos).
En la segunda versión, en cambio, ya no somos cazadores-recolectores. Somos cuidadores de huertas, labradores de la tierra y pastores del ganado al que Adán dio su nombre. Así nacieron la agricultura y la ganadería.
Sin embargo, al darnos un jardín, ¿estaba Dios preparándonos para la Caída?
Con el tiempo, los primeros mesopotámicos se dieron cuenta de que el trigo y la cebada silvestres germinaban allí donde caían, así que no necesitaban deambular tanto de un lado a otro. De manera similar, en lugar de limitarse a matar animales, podían capturar algunos para comérselos más tarde, y, como con los cultivos, criarlos para tener más. Una vez establecidas la agricultura, la ganadería y el pastoreo, por primera vez en nuestra historia y en la de cualquier otra especie, una parte importante de la población ya no tenía que pasar todo el día buscando comida. Poco a poco, la gente ideó nuevas formas de ganarse la vida: desde la artesanía hasta la arquitectura, pasando por el comercio, la prostitución o el sacerdocio. Pronto hubo muchos de nosotros viviendo más lejos de los cultivos y el ganado y más cerca unos de otros, primero en pequeños asentamientos, luego en aldeas y finalmente en ciudades. Cualquier posible anhelo que los primeros moradores urbanos pudieran haber sentido por un Edén legendario y perdido dio paso a la emoción suscitada por algo completamente novedoso: la civilización.
Pero el calentamiento posterior al Pleistoceno también hizo que en el norte del planeta se derritieran vastos glaciares. Conforme se aceleraba el deshielo comenzaron a inundarse las costas en todo el mundo. Según postula Juris Zarins, arqueólogo estadounidense y especialista en Oriente Próximo, en su punto álgido, hace ocho mil años, las aguas del golfo Pérsico-Arábigo avanzaban con tal rapidez que con cada generación se desplazaban varios kilómetros tierra adentro. Para cuando la civilización despertó por completo en la que sería su cuna, el paraíso se había perdido bajo el creciente nivel del mar.
Caída e inundación: recuerdos transmitidos por los antepasados prehistóricos a los sumerios, acadios, asirios y babilonios de Mesopotamia, quienes a su vez los registraron en tablillas cuneiformes y los transmitieron a los hebreos y a nosotros. Los últimos vestigios que hoy nos quedan del oasis que los inspiró son unos exuberantes humedales en la llanura aluvial del Tigris-Éufrates, en Irak, aguas arriba de aquel Edén sumergido.
Y ahora los mares están subiendo de nuevo, haciendo que la salinidad ascienda por el Chat el Arab hacia los humedales. Con ellos suben también las temperaturas, que se acercan a los límites que pueden tolerar los humanos.
CAÑAS
Justo después del amanecer, el mashuf de Abu Haider, con su estrecha proa curvada hacia el cielo y su popa aplanada para acomodar un motor fueraborda de veinticinco caballos, se desliza por el canal que discurre frente a la sede de la organización Nature Iraq en Chibayish, una ciudad que ocupa un lugar central en las marismas. Los cofundadores de la organización, Azzam Alwash y Jassim Al-Asadi ya están esperando. El rostro arrugado de Abu Haider se ilumina bajo la kufiya blanca y negra que envuelve su cabeza. As-Salaam-Alaikum, «la paz sea con vosotros».
«Y también contigo», le responden. Todavía es marzo, y las temperaturas aún no han iniciado su inexorable ascenso. Jassim, con una gorra de béisbol calada sobre su curtido rostro y una chaqueta de pana abotonada sobre una camisa de lana, y Azzam, con una sudadera de forro polar bien ajustada, se sientan uno frente al otro sobre la alfombra que recubre el casco de madera del mashuf, apoyados en unos cojines colocados contra los asientos del banco. Abu Haider, con una gruesa túnica negra sobre su caftán gris, tira de la cuerda de arranque. Bordean el antiguo dique que construyó Sadam para desviar el Éufrates y se adentran en las aguas del río, cuya amplia superficie se fusiona ahora con la luz del amanecer. Pasan por debajo de un puente de acero, ahora inútil, que construyeron los rusos para Sadam, donde ya se han reunido pescadores y compradores.
Cuando Jassim era joven, a Chibayish la llamaban la Venecia de Irak: cientos de islas cubiertas de palmeras y separadas por canales donde los vecinos navegaban en mashuf, una embarcación similar a una góndola, impulsándose con pértigas para desplazarse entre sus casas de caña. Después de que Sadam drenara las marismas, los canales se convirtieron en caminos de tierra. Ahora quedan pocos árboles —Sadam mandó talar las palmeras datileras—, y los ladrillos han reemplazado a las cañas. Pero al llegar a Hammar, la marisma del suroeste, todo vuelve a parecer tal y como cuando Jassim era niño.
Mientras Abu Haider los lleva zigzagueando por canales flanqueados a ambos lados por altos juncos verdes, varias bandadas de fochas, martinetes y garcetas se alzan en el aire para unirse a los martines pescadores de color blanco y negro que lo atraviesan a toda velocidad. Antes de que Sadam Huseín excavara el Canal de la Gloria, el Canal de la Madre de Todas las Batallas, el Río Sadam y el Canal de la Lealtad al Líder para desviar el Tigris y el Éufrates en 1991, estos humedales habían albergado a cientos de aves autóctonas y migratorias, además de nutrias, hienas, jabalíes, rateles, gacelas, chacales, lobos, ranas y tortugas de caparazón blando del Éufrates de más de medio metro de largo. No todas las especies han regresado, pero ahora este vuelve a ser un ecosistema funcional, que hace circular nutrientes, filtra el agua y refresca el aire.
Asimismo, unas sesenta mil personas —los llamados maadan, o «árabes de las marismas»— vivían en este lugar, donde criaban rebaños de búfalos de agua que de día se alejaban nadando tras el ordeño matutino, pero regresaban cada noche a los acogedores establos de caña construidos en sus islas natales. Los maadan también pescaban: con sus redes capturaban docenas de especies distintas, lo suficiente para alimentarse y suministrar además el 60 por ciento de las proteínas de pescado de Irak. Sin embargo, a raíz del ecocidio de Sadam, solo quedaban aquí seis mil de ellos, la mayoría hacinados en Chibayish. Muchos se habían marchado a Irán para trabajar como peones; otros se habían dispersado por lugares tan alejados como Australia, Suecia o California. Abu Haider, sus dos esposas y sus diez hijos tuvieron que abandonar la isla donde su gente llevaba viviendo desde 1161 para trasladarse a una aldea cerca de Bagdad.
Con su vibrante voz de tenor elevándose por encima del zumbido del motor, entona un canto elegiaco por la partida, pero pronto el grupo pasa junto a un puñado de pequeñas islillas llenas de niños que saludan con la mano. Desde que el agua regresara a las marismas, también lo han hecho la mayoría de los maadan. Sus ancestrales islas ahora recuperadas son en realidad montículos de cañas apiladas, cortadas y amontonadas durante incontables generaciones anteriores hasta compactarse y convertirse en tierra firme. Cada una de ellas cuenta al menos con una casa y un mudhif más grande y convenientemente alfombrado para recibir a los invitados. Ambos tipos de construcción están revestidos de esteras tejidas sujetas a columnas paralelas de caña trenzada que se unen formando arcos. Algunos mudhif tienen columnas de más de un metro de grosor, tan resistentes como troncos de madera dura, que forman arcos a casi cuatro metros sobre el suelo. Su diseño se remonta a las estructuras de caña que aparecen representadas en tablillas de arcilla sumerias de hace cinco mil años, y probablemente a un Edén sumergido anterior.
«Tengo una sorpresa», le dice Abu Haider a Azzam al llegar a su isla: hay otra cosa que también ha regresado a Irak, y que el país no veía desde hacía décadas. Fuera del mudhif donde han pasado la noche anterior, una docena de turistas de siete países distintos —Alemania, Estados Unidos, Nueva Zelanda, China, Italia, Polonia y el Reino Unido— están sentados en una manta con las piernas cruzadas. Disfrutan de un desayuno a base de queso de leche de búfala y tahín mezclado con sirope de dátiles, todo ello untado sobre unas piezas redondas de pan plano caliente que una de sus nietas hornea aplastando la masa finamente extendida contra las paredes de un horno de arcilla tandur. Azzam está perplejo. «¿Cómo descubrieron este sitio?», les pregunta.
Primero se conocieron entre ellos en un grupo de Facebook para viajeros intrépidos —explica una joven de Nuevo México que lleva un gorro de color morado—. Alguien había publicado algo sobre Ur, la ciudad natal de Abraham. Antes de que Sadam empezara a atacar a sus vecinos, se podía subir al zigurat que había restaurado y visitar el palacio de Nabucodonosor en la cercana Babilonia. Google les proporcionó un guía turístico de Bagdad, quien les aseguró que en la década de 2020 las bombas habían dejado de explotar, Irak volvía a ser un lugar seguro y las famosas marismas habían retornado milagrosamente a la vida. «Así que nos vinimos. Esto es genial».
«Yo no relacionaría Irak con el turismo —dice Azzam—. Me alegro de que ustedes sí lo hagan».
«La gente cree que estamos locos por venir aquí —coincide un chico de Belfast que está detrás de la joven, con un grueso jersey de lana, balanceándose sobre su mullido apoyo—. Les demostraremos que se equivocan».
«¿Lo ves, hermano? —le dice Jassim a Azzam—. Hay esperanza».
En 1978, Azzam Alwash estudiaba ingeniería civil en Basora cuando el Partido Baaz de Sadam empezó a exigir a los graduados universitarios ocho años de servicio público, lo que básicamente equivalía a un prolongado servicio militar. Entonces se marchó a Estados Unidos y empezó de cero, hasta que finalmente obtuvo un doctorado en la Universidad del Sur de California y recibió una oferta de trabajo de una empresa de ingeniería. Agradecido por poder diseñar pilotes para el Museo J. Paul Getty de Brentwood en lugar de terminar masacrado como tantos otros miembros de su generación después de que Sadam atacara Irán, acabó convirtiéndose en socio de su empresa y ciudadano estadounidense.
Luego, en la década de 1990, vio unas imágenes de la NASA del sur de Irak a las que apenas pudo dar crédito: como si no bastara con incendiar todos los campos petrolíferos de Kuwait tras la primera invasión estadounidense, al vaciar las marismas de Mesopotamia, Sadam había perpetrado una de las mayores catástrofes medioambientales de un siglo que a esas alturas ya había conocido demasiadas, desde la extinción de la paloma migratoria hasta el desastre de la fuga de gas pesticida producido en Bhopal (India) en 1984, que mató a miles de personas y causó lesiones a medio millón, pasando por la fusión nuclear de Chernóbil. Cuando Estados Unidos invadió Irak a raíz del 11-S, Azzam se unió a un movimiento de oposición iraquí en el exilio que ejerció presión sobre el Congreso estadounidense mostrándole pruebas satelitales de lo que calificaron como la verdadera arma de destrucción masiva de Sadam: la capacidad de destruir una civilización de siete mil años de antigüedad negándole el agua. Sus intentos de convencer al Departamento de Estado de que bombardeara los diques de Sadam resultaron infructuosos, pero, una vez derrocado el dictador, Azzam decidió comprobar por sí mismo si se podía hacer algo al respecto.
La madre de Jassim Al-Asadi estaba recogiendo cañas un día de 1957 cuando rompió aguas antes de lo previsto, debido a lo cual él nació en su mashuf. Como la tribu de Asadi era relativamente nueva en la región, puesto que había llegado hacía solo mil trescientos años, después de que un antiguo enemigo la expulsara de Babilonia, sus miembros no se consideraban maadan. Sin embargo, Jassim creció en una casa de caña sin electricidad, desplazándose en su mashuf con su pértiga hasta la que era una de las mejores escuelas primarias de Irak, porque sus profesores eran librepensadores problemáticos exiliados de Bagdad a Chibayish —por entonces el equivalente iraquí de Siberia, ya que solo se podía acceder en barco—.
Jassim obtuvo una beca para acceder a la escuela secundaria, y luego a la Universidad de Bagdad, donde se convirtió él mismo en un librepensador problemático. Por negarse a afiliarse al Partido Baaz, fue encarcelado durante nueve meses por la policía secreta de Sadam, que lo torturó metiéndole papel de periódico entre los dedos de los pies y prendiéndole fuego. Tras su liberación, obtuvo su título de ingeniero y un puesto en el Ministerio de Recursos Hídricos. Allí trabajaba cuando, a principios de 2003, Azzam Alwash apareció en Bagdad con una delegación de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés).
Durante la década anterior, Azzam había estado presionando personalmente a gobiernos y grupos conservacionistas en Washington, Londres, Ginebra y Roma, así como en la ONU, para llevar a cabo un proyecto al que dio el nombre de Eden Again (el Edén de nuevo), recaudando algunos fondos preliminares, pero sin conseguir compromisos concretos. Había dedicado tanto tiempo a su sueño de volver a inundar las marismas que, cuando solicitó una excedencia a su empresa de ingeniería, en lugar de ello le despidieron. A través de una organización de exiliados denominada Fundación Irak, reunió suficientes donaciones para establecer una oficina en Bagdad, y siguió buscando fondos.
Tras enterarse de que la USAID ofrecía financiación para la rehabilitación agrícola del Irak posterior a Sadam, organizó visitas a la zona para el personal de la agencia. Como todavía era una zona de guerra, viajaron en helicóptero militar y en vehículo blindado, acompañados de un par de ingenieros del Ministerio de Recursos Hídricos iraquí. Uno de ellos era Jassim Al-Asadi.
La única flora y fauna significativas que quedaban se hallaban en un humedal que Sadam había evitado tocar porque se extendía a lo largo de la frontera con Irán. Azzam ni siquiera reconoció las marismas Central y Hammar de su infancia, dos de las más extensas, hasta que Jassim le indicó dónde estaban: no había más que árido desierto y tocones carbonizados. Según le explicó Jassim, cuando ya no quedaba agua, las fuerzas de Sadam arrancaron de raíz los árboles que quedaban y luego lo quemaron todo.
Jassim los llevó al mudhif de su familia, donde se sentaron en alfombras y tomaron té con su tío Fadhel, otrora un próspero comerciante de pescado antes de que su mundo se secara. Azzam recordaba los encantadores canales de Chibayish de cuando su padre, director de regadío de la gobernación regional de Di Car, lo traía aquí a pescar. Le prometió a Fadhel que volvería a hacerlo.
Pasaron los meses. De la USAID no llegaba financiación alguna. Una subvención italiana que estaba esperando se retrasaba. Azzam, casi en la ruina, se encontraba en Bagdad en diciembre de 2003 cuando recibió una llamada de Jassim.
«¿Podría venir a Chibayish, por favor?». Las personas que habían estado esperando a que pasara algo, le dijo, habían perdido la paciencia.
Al día siguiente, Azzam, Jassim y el director de regadío que ocupaba el antiguo puesto del padre de Azzam se encontraban en lo alto del dique de siete metros de alto y cinco de ancho que Sadam había construido con material de relleno traído desde cientos de kilómetros de distancia para desviar el Éufrates de su antiguo curso a través de las marismas. A sus pies, un grupo de maadan, armados con picos y palas, intentaban romper el dique. De repente, Azzam se dio cuenta de que no necesitaban un gran proyecto dotado de financiación internacional.
«Solo necesitamos una excavadora».
Se volvieron hacia el director de regadío. «Si el ministro se entera de que he mandado una máquina para cortar el dique…».
«Nadie sabrá de quién es la máquina», le prometió Jassim.
La máquina en cuestión, una retroexcavadora anfibia china con una gigantesca pala, estaba a un centenar de kilómetros de allí, en Nasiriya, la ciudad natal de Azzam. Mientras Jassim se encargaba de alquilar un remolque por cien mil dinares,[2] Azzam llamó a su padre, que conocía la topografía hidrológica de Di Car mejor que nadie. Al día siguiente, 19 de diciembre, hicieron tres cortes, exactamente donde el padre de Azzam les había indicado que debían romper el dique. Cientos de maadan experimentaron una enorme alegría al ver cómo el agua empezaba a inundar la marisma por primera vez en diez años.
Al mezclarse con la tierra reseca, el agua adquirió un apagado color óxido metálico. Durante unas agónicas semanas, Azzam temió que el trabajo de toda una década para restaurar la marisma hubiera sido en vano. Pero al cabo de un mes los brotes de espadañas cubrían las orillas. Y contrariamente a las predicciones de muchos biólogos, empezaban a aflorar cañas a través de la superficie del agua; concretamente del género Phragmites, gramíneas de rápido crecimiento, gruesas como el bambú.
Unos meses más tarde, los pantanos ahora rehidratados exhibían un vivo color verde. La llegada de martines pescadores, garzas, garcetas y cormoranes pigmeos reveló que también los peces habían regresado. Durante una década, las aves que migraban entre África y Siberia se habían apiñado en el único humedal que quedaba, en la frontera con Irán, compitiendo por el escaso alimento. Ahora, las espátulas, ibis, fochas, agujas, cercetas pardillas y dos especies de águilas distintas vuelven a poblar las renovadas marismas. El carricero de Basora, una especie endémica de la zona, ha sido avistado de nuevo en el único lugar donde se sabe que cría. También se han visto mamíferos: jabalíes, tejones y nutrias lisas.
En menos de un año volverían a habitar la zona decenas de miles de maadan, junto con sus búfalos de agua.
FUTURO
«Confiábamos en que un día Alá nos devolvería nuestras marismas —les dice Abu Haider a los turistas, con la mediación de Jassim como intérprete—. Pero ahora tienen un aspecto distinto».
Alzando su barbado mentón, señala una caja de botellas de agua de plástico. «Ahora el agua de las marismas es demasiado salada para beberla. Tenemos que comprarla en Chibayish».
Añade que, cuando pescan, ya casi nunca encuentran especies endémicas como el barbo y el pez blanco mesopotámicos. Casi todo lo que capturan son carpas introducidas en las marismas, o tilapias africanas, que toleran muy bien las aguas salobres, y son tan pequeñas que se fríen enteras para comerlas como patatas fritas. No menciona que, para conseguir la suficiente cantidad, salen ilegalmente por la noche a pescar con descargas eléctricas.
Tras desear buen viaje a los turistas, Abu Haider conduce a Azzam y Jassim hacia el norte, en dirección a la marisma central. Pasan junto a un vertedero que oculta una línea de alcantarillado soterrada de Chibayish; en el extremo de esta, un chorro negro de aguas residuales brota de una tubería de un metro de altura. Desde hace una década está planificado que aquí se construya una planta de tratamiento natural que a la vez sería un parque público: una «depuradora viviente» de casi tres hectáreas que emplearía juncos, arbustos con flor y árboles frutales para filtrar las aguas residuales, formando un diseño que se asemejaría a una manta iraquí. Desde el extremo más alejado del jardín, el agua limpia fluiría hacia la marisma. Inevitablemente bautizado como Edén en Irak, el proyecto es un diseño de la artista estadounidense Meridel Rubenstein, que desde Vietnam ha creado obras de arte en diversas zonas de guerra de Estados Unidos. Pero, como muchas otras cosas en Irak, ha quedado empantanado en interminables trámites burocráticos, que han requerido otras tantas presentaciones ante el alcalde, la gobernación regional y el Ministerio de Recursos Hídricos, solo para que el proceso vuelva al punto de partida cada vez que hay elecciones y nuevos funcionarios asumen los cargos pertinentes.
Azzam señala que en torno al hediondo desagüe prosperan los juncos, lo que induce a pensar que ya están filtrando los vertidos. Pero respalda el proyecto de Rubenstein porque la gente de aquí, devastada por la guerra, tendría algo hermoso de lo que sentirse orgullosa, y además podría servir para atraer una renovada atención internacional hacia este último rincón del Edén. Buena falta hace, porque veinte años después de que volvieran a inundarse la mayor parte de las marismas y se trazaran planes para revitalizarlas por completo, ahora todo vuelve a peligrar.
«Vale, vámonos», le dice a Abu Haider. A través de un laberinto de canales abiertos por los búfalos de agua entre paredes de cañas de casi cuatro metros de altura, navegables solo por barqueros cuyas familias llevan siglos viviendo en la zona, llegan al extremo norte de las marismas nuevamente anegadas. Aquí la vegetación da paso a una abierta extensión de agua, donde el viento agita la superficie sobre la que se mece su embarcación.
Abu Haider está en la proa del mashuf, envuelto en su kufiya, tarareando uno de sus cantos elegiacos mientras contempla la desolada orilla. Cuando Jassim y él eran más jóvenes, también esto estaba densamente poblado de verdes juncos. Durante casi tres décadas ha sido solo tierra desnuda, oscura como una taza de chai antes de añadirle leche de búfala. Aquí había una aldea en la que vivían quinientos maadan, con una escuela y un dispensario. Ahora todos se han ido, porque, en la época de Sadam, Turquía empezó a construir presas aguas arriba en el Tigris y el Éufrates. Cuando Sadam cayó finalmente, solo quedaba el suficiente caudal para revivir dos terceras partes de los antiguos humedales, unos cinco mil quinientos kilómetros cuadrados en total.
Después de que Turquía completara en 2020 la que era su vigésima segunda presa en el Tigris, y la segunda en tamaño, ahora hay aún menos agua dulce: a Irak le llega apenas un tercio del volumen que solía recibir antaño. Siria, el otro país por el que discurren ambos ríos, se halla en la misma situación. Turquía trata cada vez más el Tigris y el Éufrates como si fueran sus ríos nacionales e ignora las peticiones de llegar a un acuerdo para compartir el agua.
«No es solo Turquía —afirma Azzam—. Los agricultores consumen mucho más de lo que se les asigna. No se hace cumplir la normativa».
Aguas arriba, los cultivadores de trigo y de cebada siguen inundando sus campos como lo hacían los antiguos sumerios cuando inventaron el riego. Pero hace cinco mil años nadie represaba el 80 por ciento del agua en la cuenca superior del Tigris y el Éufrates, y el manto de nieve que cubría los montes Tauro, la cordillera de Turquía oriental donde nacen ambos ríos, era el doble que en la actualidad.
«Tampoco son solo los agricultores —puntualiza Jassim—. Es la sequía». Entre 2013 y 2018, la sequía fue tan severa que se canalizó el agua de escorrentía de las tierras de cultivo para poder mantener viva parte de la marisma. Luego, un 2019 felizmente lluvioso diluyó los pesticidas y fertilizantes que aquella agua había arrastrado consigo. Por primera vez desde la época de Sadam, las marismas estaban casi al cien por cien de su capacidad. Los mashuf se llenaron de cañas recién cortadas para servir de forraje y reparar las islas. Pero en 2020 el ciclo se invirtió, y las marismas volvieron a hallarse solo al 20 por ciento de su capacidad plena, una situación que se prolongaría hasta 2021.
Con unas lluvias invernales aceptables, 2022 empezó bien, pero luego resultó ser el peor año de todos. Durante tres meses seguidos, los niveles de agua se redujeron debido a las altas temperaturas diurnas, que alcanzaron una media de 46 ºC y en ocasiones llegaron a los 51 ºC.
Cuando las cifras son tan abrumadoras, existe el peligro de que lleguen a ocultar la realidad de lo que está sucediendo. Parte de esa realidad la constituye una ardiente luz anaranjada que brilla en el horizonte detrás de la cabeza de Jassim, rivalizando con el sol de mediodía. A treinta y siete kilómetros de allí, una empresa rusa, Lukoil, quema metano procedente del yacimiento petrolífero iraquí de Qurna Oeste. Nada en la Biblia sugiere que bajo el jardín del Edén hubiera inmensas cantidades de petróleo. Durante trescientos millones de años, un antiguo océano —del que nuestro Mediterráneo actual es un vestigio— cubrió lo que hoy es Oriente Próximo. En tiempos del Jurásico y el Cretácico, cuando la tectónica de placas situó esta región sobre el ecuador, vastas cantidades de algas, fitoplancton, zooplancton y bacterias se depositaron en el fondo de dicho océano, formando capas de varios kilómetros de espesor que se comprimieron hasta convertirse en un lodo negro.
Hace cincuenta y cinco millones de años, cuando Arabia y Asia colisionaron, se desencadenó un proceso en el que las fuerzas tectónicas empujaron hacia arriba el lecho marino. La tierra que afloró sobre el mar se secó, y, a través del suelo agrietado, ese lodo presurizado se filtró hacia la superficie. Los sumerios, que construían barcos con juncos debido a la escasez de árboles, utilizaban la viscosa sustancia negra para impermeabilizar el casco de sus embarcaciones, al igual que hiciera Noé, según atestiguan las instrucciones para construir el arca que aparecen en la Epopeya de Gilgamesh, en el Génesis (6, 14) y en un relato babilonio sobre el diluvio traducido en fecha reciente (2013). El propio mashuf de Abu Haider todavía está recubierto de ella. Asimismo, los sumerios utilizaban alquitrán y betún para unir los ladrillos de adobe de los zigurats, desde Ur hasta la famosa torre de Babel. Mesopotamia fue, literalmente, la primera civilización construida sobre hidrocarburos fósiles.
Hoy, los fragmentos que se conservan de dicha civilización están empapados de petróleo, mientras que el crudo y sus derivados constituyen prácticamente las únicas exportaciones de Irak. Todo comenzó en 1955, cuando se drenó la parte sur de la marisma de Hammar para explotar el yacimiento petrolífero de Rumaila, el tercero más grande del mundo. La empresa noruega Equinor, junto con ExxonMobil, BP, Shell, Korea Gas Corporation y la china CNPC operan todas ellas en el yacimiento. Décadas de guerra y gobiernos corruptos, manipulados alternativamente a su antojo por estadounidenses o iraníes, han mantenido a la mayoría de los iraquíes en la pobreza pese a la riqueza petrolífera de su país, aunque no sin verse perjudicados. Cada día, las petroleras inyectan cuatro millones de barriles de su preciada agua para extraer aún más petróleo y quemar aún más gas en su acre atmósfera. Mientras el resto del mundo se preocupa por superar el umbral de 1,5 ºC de calentamiento, los datos sobre la temperatura en la superficie terrestre revelan que Irak se ha calentado ya 2,3 ºC.
Si la cuna de la civilización se está cociendo en su propio petróleo, ¿qué nos dice eso? Por si fuera poco, se calcula que la población de Irak, que actualmente es de cuarenta millones de habitantes, pero aumenta a más del doble de la tasa mundial, se habrá duplicado en 2050 (salvo que se produzca una catástrofe, lo que parece cada vez más inevitable). Nada de eso es un secreto para Azzam y Jassim, que fluctúan en el umbral de su sueño de resucitar algo que se creía perdido para siempre. Pero siguen adelante.
Desde que a principios de este siglo fundaron Nature Iraq, la primera oenegé medioambiental del país, han logrado que las marismas mesopotámicas reciban la designación de primer parque nacional de Irak y Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO. Además del Premio Medioambiental Goldman, Nature Iraq ha recibido uno de los mayores honores del mundo árabe: el Premio Takreem a la sostenibilidad y el liderazgo medioambiental. Ha formado a quinientos ecólogos de campo para recopilar y catalogar toda la biodiversidad del país, ha preservado corredores de vida silvestre, y se ha asociado con una oenegé iraní para proteger al raro y escurridizo leopardo de Persia. La mayoría de los empleados del Ministerio de Medio Ambiente iraquí han pasado por Nature Iraq.
Todo ello, pese al coste personal que ha entrañado. La esposa de Azzam, que vive en California, respaldó lealmente y celebró en unas memorias la obsesión de su marido por revivir uno de los humedales más importantes del planeta; pero tal obsesión nunca se ha atenuado, y al final el matrimonio no pudo sobrevivir a sus prolongadas ausencias. La esposa de Jassim, por su parte, se niega a seguir viviendo en las marismas, de modo que ahora él viaja dos veces por semana desde la urbanización privada donde residen en Babilonia, a cuatro horas de distancia.
Y aunque han dado tanto, todavía no basta. «Es hora —sostiene Azzam— de ideas más grandes y poco ortodoxas». La oportunidad llegó en 2020, con una llamada telefónica del presidente Barham Salih tras la elección de Joe Biden. Apartado Trump del poder, el presidente iraquí le preguntó qué apoyo podría prestar ahora Estados Unidos. Azzam le envió un documento informativo que acababa de redactar para un laboratorio de ideas estadounidense, The Century Foundation, en el que imaginaba un planteamiento climático radical no solo para Irak, sino para todo Oriente Próximo: la región más calurosa del mundo, cuya economía, bañada en petróleo, financia su propia inmolación. La idea requeriría una cooperación sin precedentes entre vecinos a menudo hostiles. Por ejemplo, que Irak almacenara agua en los embalses turcos, donde hay menos evaporación. A cambio, Irak enviaría gas a Estambul en lugar de quemarlo, y, de allí, a Europa. Poco a poco, el gas sería reemplazado por electricidad solar o hidrógeno electrolizado a partir de energía solar procedente de infraestructuras fotovoltaicas, un proyecto cuya construcción pide a gritos el que resulta ser uno de los países más soleados del mundo.
Su plan se extendería a Kuwait, Arabia Saudí, Catar e Irán, conectando primero sus yacimientos de gas y sus centrales hidroeléctricas, y luego su tremenda producción solar en una red de ámbito regional, con el fin de compartir mutuamente el exceso de capacidad y reducir el coste de generación de electricidad de cada país. Utilizando nuevos medios de almacenamiento como el hidrógeno y el amoníaco, podrían formar un corredor de transporte de electricidad solar hacia Turquía y Europa. La estratégica geografía de Irak podría convertirse en un «canal seco»: carreteras y líneas férreas que conectarían todos los puertos del Golfo con el continente europeo, coordinándose con Egipto para gestionar el transporte de las mercancías que no pueden circular por el canal de Suez. Para lidiar con el aumento del nivel del mar, que empuja la salinidad río arriba, Irán e Irak podrían construir conjuntamente algo parecido a la barrera retráctil contra inundaciones que ya existe en el Támesis, lo que permitiría cerrar el Chat el Arab durante la marea alta y abrirlo cuando baja.
Era como si Azzam pretendiera realizar una especie de cirugía cerebral cultural, extirpando los lóbulos donde residen el nacionalismo, el tribalismo, el sectarismo y unos cuantos miles de años de venganza unilateral. Pero su plan tenía sentido cabal: ahorraría agua —incluida la eliminación gradual de la industria petrolífera, uno de los más sedientos consumidores— y proporcionaría a Oriente Próximo una guía poscarbónica para seguir siendo un exportador de energía rentable.
Siguiendo con su sueño, el documento de Azzam proponía una campaña de reforestación tipo «Jardín del Edén» para Irak, un país que antes de Sadam era el granero de la región y cuya producción agrícola se prolongaba durante todo el año. En el plazo de dos años, Irak podría replantar dos terceras partes de los treinta millones de palmeras datileras que había antes de Sadam, y añadir cítricos y hortalizas plantados a su sombra. Según los cálculos de Azzam, tratando las aguas residuales y reciclando residuos plásticos para construir equipamiento de riego por goteo y recogida de agua de lluvia, podría ahorrarse suficiente agua para que en 2030 se hubieran plantado mil millones de árboles y se dispusiera de una abundante producción de frutas y hortalizas exportables.
Preveía asimismo cómo abordar los cinco millones de metros cúbicos de aguas residuales que se vierten diariamente en el Tigris y el Éufrates, y cómo determinar cuáles serían los próximos parques nacionales de Irak. Pero la idea más audaz de todas era su proyecto a largo plazo para compartir el agua del Éufrates con el Jordán a través de un viejo trazado de tuberías que se utilizó para exportar petróleo a Haifa durante el Mandato británico de Palestina. «Eliminar el agua de las tensiones entre Jordania, Palestina e Israel, e incluso Siria, no puede sino ayudar a que avance el proceso de paz», escribía Azzam.
«La propia naturaleza nos ofrece el ejemplo más maravilloso de una red global interconectada», concluía su documento. El presidente iraquí trasladó entonces a Azzam a su casa de huéspedes en Bagdad para convertir su propuesta en una estrategia oficial para el futuro de Irak. El Proyecto de Revitalización de Mesopotamia se publicó oficialmente a finales de 2021. Al año siguiente se celebraron elecciones nacionales. Como de costumbre, se desató el caos, al que siguió un año de parálisis que no hizo sino afianzar aún más a las milicias iraníes. Finalmente se nombró a un nuevo presidente, y el Proyecto de Revitalización de Mesopotamia elaborado por Azzam acabó enterrado en los archivos presidenciales.
Mientras regresan a Chibayish, Abu Haider se detiene ante una hilera de búfalos que suben por la empinada orilla de un canal, chorreando agua por sus flancos de color ébano. Le basta un vistazo para saber que no son suyos: los maadan pueden distinguir a sus búfalos por los distintos tonos de su piel negruzca. De manera similar, los búfalos reconocen a sus criadores por sus voces y por el olor de su ropa.
Una brisa vespertina agita las cañas. El coro gutural de las ranas que ahora despiertan enmascara el graznido de los gansos que patrullan el perímetro de las islas. «Jassim, ¿esta elevación de aquí está sobre el nivel del mar?», pregunta Azzam.
Jassim entorna los ojos para mirar su GPS. «Menos veinte centímetros».
Dado que el mundo no está logrando mantener el aumento de la temperatura en un máximo de 1,5 ºC por encima de los niveles preindustriales, y probablemente tampoco consiga mantenerlo en 2 ºC, «a mediados de siglo, el nivel del mar podría subir medio metro, por lo que…». Azzam se detiene a mitad de frase, sabiendo que eso significa que el agua del mar llegará hasta aquí. Las marismas necesitan agua, pero no precisamente de ese tipo.
Al norte, Turquía amenaza con construir otra presa, y al sur, el nivel del mar en el golfo está subiendo; diversas plataformas petrolíferas exploratorias rodean las marismas; y con el caos en Ucrania provocando disturbios por la escasez de aceite de cocina, la agricultura necesita más agua. Pero, por fortuna, el último ministro de Recursos Hídricos iraquí ha mostrado interés por las marismas. Es cierto que, como ingeniero bajo el régimen de Sadam, estampó su firma en el estudio para drenarlas. «No es que tuviera otra opción. Al menos lo intenta».
«Quizá respalde el Proyecto de Revitalización de Mesopotamia», reflexiona Jassim, mientras el mashuf se desliza de nuevo por el canal frente a la sede de Nature Iraq.
«Nunca perderé la esperanza —afirma Azzam mientras desembarcan—. Su lógica es innegable. Ahora no hay voluntad política. Las cosas tienen que empeorar para que la gente vea que hay que tomar una decisión políticamente valiente. La crisis les obligará a hacer balance. Mientras tanto, nosotros seguimos atreviéndonos a soñar a lo grande».
Se dirigen a pie a tomar el té en el mudhif de Fadhel, el tío de Jassim, donde años antes Azzam prometió al antiguo pescadero que haría algo para restaurar las marismas desecadas. Tras ellos, las luces parpadean en el oxidado puente metálico que construyeron los rusos. El puente era absurdo, Sadam Huseín era absurdo, y lo que las petroleras le hacen a este mundo a sabiendas es lo más absurdo de todo, precipitando el juicio final sobre esta antiquísima cuna de civilización, donde se inventaron la escritura y la rueda, y Hammurabi grabó el primer código de leyes.
«Pero Irak es eterno —sostiene Azzam—. Irak es el Tigris y el Éufrates. Existía antes que la humanidad. Nosotros somos humanos, con una vida muy corta. Irak y los ríos volverán».
2
Contra toda esperanza
LO QUE ESTÁ EN JUEGO
Al oeste de Chibayish, una carretera de dos carriles cruza un desierto de naturaleza calcárea debido a las conchas depositadas por una inundación de proporciones bíblicas que en su día cubrió el sur del actual Irak. La carretera atraviesa diversos puestos de control de las milicias respaldadas por Irán y deja atrás el enorme complejo penitenciario que los estadounidenses construyeron para el ISIS, hasta que, noventa kilómetros después, surge en el horizonte otra imponente silueta: el zigurat de Ur. Para pulir su imagen internacional, Sadam Huseín reconstruyó el tercio inferior de la torre, que en otro tiempo superaba los treinta metros de altura. En los días de calor, sus tres enormes escaleras exteriores aún rezuman mortero bituminoso. Desde su parte superior, donde yacen esparcidas las ruinas de la porción que otrora completaba su altura, se puede ver una antigua base de la fuerza aérea estadounidense, reconvertida ahora en el aeropuerto de la ciudad de Nasiriya. Justo a sus pies hay otra estructura de la antigua Ur de Caldea que también restauró Sadam: el hogar del patriarca al que los cristianos y judíos llaman Abraham, y los musulmanes, Ibrahim.
Los arqueólogos generalmente coinciden en que Ur fue la ciudad natal de Abraham y que su casa estaba ubicada en el barrio donde se halla la que reconstruyó Sadam. Grande, laberíntica, con innumerables arcos y hornacinas, su construcción sugiere que el padre de Abraham, Taré, era un hombre acaudalado. De ser así, la Biblia no explica por qué se llevó a Abraham (o Abram, antes de que Dios le concediera una sílaba adicional), junto con su hermano Nacor, sus respectivas esposas y Lot, el hijo de su hermano fallecido, de Ur a un asentamiento llamado Harán. Un capítulo después de eso, Dios ordena a Abram que se dirija a Canaán para fundar una gran nación.
A ello le siguen veinticinco años llenos de vicisitudes: para salvar su propio pellejo, Abram engaña a dos reyes distintos para que se acuesten con su esposa, Sarai, afirmando que en realidad es su hermana (lo cual en parte es cierto, ya que más adelante revela que son hermanastros). Su sobrino Lot se va a vivir a Sodoma, que luego Dios destruye junto con Gomorra por su inmoralidad, si bien salva a Lot aun después de que este se emborrache y se acueste con sus dos hijas. Sarai, que no tiene hijos propios, invita a Abram a violar a su sirvienta esclava, que da a luz a un hijo, pero más tarde, ya con el nombre de Sara, los expulsa a ambos después de concebir finalmente ella misma, a los noventa años, cuando Abram tiene cien.
Escribiendo sobre él casi dos mil años después, el apóstol Pablo acuñaría una frase que quedaría consagrada no solo en nuestro léxico, sino también en nuestra conciencia: «Abraham creyó contra toda esperanza, de modo que vino a ser padre de muchas naciones» (Romanos, 4, 18).
Creer o esperar algo contra toda esperanza: una expresión que todos utilizamos. Pero ¿qué significa tal contradicción implícita? ¿Cómo puede la esperanza oponerse a sí misma? La etimología latina del término nos da algunas pistas acerca de cómo puede darse tal oposición, y por qué eso es importante para nosotros, especialmente ahora.
La palabra «esperar» —del latín sperare— tiene varias acepciones distintas, entre ellas «tener esperanza de conseguir lo que se desea» (confiar) o «creer que ha de suceder algo, especialmente si es favorable» (aguardar). El significado concreto depende del contexto, pero todos se complementan entre sí. Uno desea y aguarda que algo se haga realidad, e incluso puede confiar en ello, pero, hasta que eso pase, acecha la duda de que no suceda o el temor de que quizá no ocurra nunca. El futuro es incierto; el destino está en manos de Dios, no en las nuestras. Dada la alta probabilidad de que los sueños se vean frustrados, la antigua leyenda católica cuenta que la Esperanza fue decapitada junto con sus hermanas, la Fe y la Caridad, delante de su madre, la Sabiduría, y que su consuelo fue el martirio.
Antes de que el impulso industrial comenzara a infundir en los occidentales el sueño de forjar su propio destino, el múltiple significado de la esperanza también estaba implícito en nuestras lenguas. Si la expectativa esperanzada se ve limitada por la incertidumbre, esperar contra toda esperanza tiene sentido cabal: la primera parte de la ecuación anhela que ocurra algo bueno; la segunda reconoce que podría no ocurrir. Cuando las
