Arriba de un volcán
A fines de 2021, una organización de la Patagonia que trabaja por la calidad de vida de las personas con discapacidad me invitó a participar de su evento de recaudación de fondos. Era un desafío físico nuevo para mí, pero dije que sí sin pensarlo: me había retirado de Las Leonas hacía solo unos meses y no dudé de estar todavía en estado. La propuesta era escalar el volcán Lanín, de noche, junto a un atleta ciego y un grupo de gente amiga de la fundación.
El camino era difícil, una subida eterna, áspera e irregular que hizo desistir a varios, por agotamiento, dolor, miedo, sensaciones traicioneras que yo conocía muy bien. Tenía treinta y siete años en ese momento y no recordaba lo que era no estar cansada. Podía entender perfectamente a los que decidían que habían llegado a su límite. Recordaba ese deseo, si se le puede decir así. Esas ganas de hacerle caso a la cabeza cuando te dice no puedo, y parar; parar y dejar de exigirte, desinflarte como un globo y quedarte inmóvil en el lugar. Había aprendido a controlar esas voces para poder seguir cuando todavía no era mi momento.
Así fue que, después de pasear una copa del mundo por el centro de Rosario, recibir una arenga de Maradona antes de una medalla de bronce en los juegos olímpicos y recuperarme de una larga enfermedad, la vida me hacía otro regalo: el amanecer arriba de un volcán. Una vista majestuosa, un olor neutro y sutil, a polvo y piedra seca, y el que emanaba yo misma, que me pareció más propio que nunca: ropa mojada y protector solar. El viento frío contra la piel arañada, la sed más pura y hermosa. Y un silencio sobrecogedor que todos los que habíamos llegado hasta el final de alguna manera necesitábamos. No solo para recuperarnos sino para valorar lo que habíamos hecho: los 14 kilómetros empinados sobre terreno sinuoso a oscuras, sí, pero sobre todo lo que habíamos hecho antes de eso. Todo lo que nos había llevado a estar en ese momento en ese lugar tan peculiar: arriba de una montaña durmiente, llena de un contenido vital amasado durante miles y miles de años para, quizá, alguna vez salir a la luz. No voy a decir que tuve una epifanía o una experiencia religiosa, ni siquiera que vi mi vida pasar como una película en la mente y vislumbré este libro. El cuerpo físico me reclamaba: ¡Qué agotamiento, qué hambre, qué dolores! Pero sí puedo decir que ahí arriba de toda esa vida me vi como nunca antes.
¿Y ahora quién era yo sin el hockey? ¿Cómo se vive sin una planificación anual y diaria estricta? ¿Dónde iba a poner la energía? ¿Qué me iba a dar la adrenalina que había sentido cantando el himno antes de un partido definitorio? ¿Y si el vacío me hacía recaer? ¿Y si volvía a poner la comida en el medio de mis emociones?
Me quedé un rato largo pensando en todo y en nada a la vez, respirando como sabía hacer después de una vida de deporte y unos años de mindfulness, para aquietar el corazón y la mente, mirando todo lo que me rodeaba: el cerro Tronador de Bariloche a un lado, el volcán Villarica de Chile al otro, el azul, el verde, el marrón. Qué chiquitos somos, qué nada es, en perspectiva, una vida humana; pero qué grande y potente se siente vivirla. Como si fuéramos únicos e irrepetibles. ¿Lo somos? Pensé en mis papás, en mis abuelos, en mis hermanos, en el médico que me había salvado la vida. Sentí cómo los llevaba a todos en mí. Como ese yuyo que sobrevivía a 3800 metros de altura de alguna manera contenía toda la montaña.
Me dieron ganas de mirarme como un paisaje. Nunca fui la más predispuesta a hablar de mí. Me cuesta dejar entrar a las personas a mi vida, a mi historia. Durante muchos años fingí, actué, disimulé y mentí para dar una imagen que coincidiera con lo que yo creía que estaba bien. Tan pendiente estaba de los demás, que hasta en mis peores momentos procuraba nunca
