Repensar el mundo

Moisés Naím

Fragmento

 Repensar el mundo

Índice

Repensar el mundo

PRÓLOGO. Un observador global, por Fernando Henrique Cardoso

INTRODUCCIÓN. ¿De qué voy a escribir el próximo domingo?

HABLEMOS DE DINERO

¿Adiós Europa?

¿Es Brasil una burbuja?

El yuan y usted

El dinero mundial contra la política local

La latinoamericanización de Europa

La revolución más importante

Experimento en Latinoamérica

Hablemos de dinero

Granos, iPhone y Google

¿Qué piensa el mundo?

La asombrosa revolución de 2014

Las sorpresas de un petróleo más barato

Más sorpresas del petróleo barato

América Latina: del prodigio al peligro

LA DESIGUALDAD ECONÓMICA: VERDADES, MITOS Y CONFUSIONES

El milagro del año 2000

Lea este libro (ricos de Forbes o vivir con un dólar al día)

El colesterol y la desigualdad

Los ricos son vulnerables

¿Causa desigualdad la corrupción?

Buenas noticias

Su desigualdad es distinta a la mía

La desigualdad tóxica

¿QUÉ ES LA NECROFILIA IDEOLÓGICA?

El amor por ideas muertas: la necrofilia ideológica

Tramposos, hipócritas y mentirosos

Drogas: del prohibido fumar al prohibido pensar

La guerra contra la corrupción perjudica al mundo

Europa: ¿museo o laboratorio?

El punto G de la economía mundial

Las ansiedades de la globalización

¿QUÉ LES ESTÁ PASANDO A LOS PODEROSOS?

Test: ¡adivine el país!

Los espías rusos: otra mirada

Los textos secretos de Lula

Payasos, brujas y democracia

¿Cómo muere una dictadura?

Cinco ideas que murieron en 2011

¿Cumbres? Las de antes

¿Qué pasó el 28 de marzo?

El fin del poder

Periodismo que cambia el mundo

¿Qué les está pasando a los poderosos?

¡Échenlos a todos!

Tres ideas equivocadas

¿Qué le pasa a la política?

Podemos, la FIFA y la Filarmónica de Berlín

¡NO SE CONFUNDA! INTERNET NO ES LO QUE PARECE

Ni Facebook, ni Twitter: son los fusiles

Una internet para ricos y otra para los demás

¿En qué se parecen Facebook y Coca-Cola?

¿Por qué las protestas callejeras generan tan pocos cambios políticos?

Una visita al futuro

La mordaza en la era digital

Assange, Snowden y usted

VENEZUELA: ¿CÓMO SON LAS DICTADURAS DEL SIGLO XXI?

Golpes de Estado: la nueva receta

Lo que Chávez hereda de Chávez

¿Qué pasará en Venezuela?

Chávez: lo bueno, lo malo y lo feo

Venezuela: escenas de una democracia

¡Hay que subir el precio!

¿Qué está en juego en Venezuela?

¿Cómo conquistó Cuba a Venezuela?

Postales desde Venezuela

La cumbre de las mentiras

Nicolás Maduro, el demócrata

ALMORZANDO CON KISSINGER

Les presento a Zhu Min

Raúl Castro y Otmar Issing

Almorzando con Kissinger

Hablando con Álvaro Uribe

Malala y Savita

Las farsas de Tsipras y Trump

Conversando con una de las mujeres más poderosas del mundo

MEL GIBSON, MACONDO Y EL GEL VAGINAL

Chile, Ucrania y Massachusetts

¿Por qué tantos terroristas son ingenieros?

Mel Gibson, Macondo y el gel vaginal

Muchas elecciones, malas decisiones

Prada, Hermès y el PC chino

¿Qué es un Estado mafioso?

La gran conspiración: Putin, Erdogan, Al-Ásad y Maduro denuncian una confabulación global

De Davos a Cartagena

LA GENTE MÁS ASESINA DEL MUNDO

Hablemos de guerra

Los drones y sus sorpresas

¿Escasez? ¿Qué escasez?

La gente más asesina del mundo

¡Vivan las sanciones!

Vladímir, el débil

Sociedad civil… y armada

El terrorismo no es lo que parece

No es Grecia, es Rusia

París: la guerra ya no es lo que era

LOS SECRETOS DE WASHINGTON

Raúl Castro en la Casa Blanca

¿Por qué Washington decidió «normalizarse con Cuba»?

Antiamericanismo frívolo

Obama, el fracasado

Mientras Washington duerme…

Inmigrantes, periódicos y periodistas

Cómo no malinterpretar a Estados Unidos

¿Son tontos los hispanos?

El papa Francisco y Xi fueron a Washington

2015: el año de Obama

El verdadero secreto de Washington

¿A QUÉ SE PARECE EL FUTURO?

El plan B: 700 millones desean emigrar

El precio más importante

Listas rusas

Malthus, Marx o mercado

Choque de clases

¿Prefiere la playa o el hospital?

Las universidades: cuatro mentiras

Cinco eventos que cambiaron el mundo en 2013

¿Abundancia energética, precariedad ambiental?

La naturaleza humana contra la madre naturaleza

El mundo entre comillas

Los 10 hechos más importantes de 2015

El futuro: 10 preguntas

Sobre este libro

Sobre Moisés Naím

Créditos

cap

A Emma y Lily, por obligarme a soñar

con un mundo mejor

 

A Jojó, por enseñarme a ver el mundo al revés

cap-1

Prólogo

 

Un observador global

 

 

Soy antiguo lector y admirador de Moisés Naím. Su libro El fin del poder es uno de los mejores trabajos que he leído sobre cómo los cambios que está viviendo el mundo —desde las nuevas tecnologías de la información a la aparición de una nueva y numerosa clase media— están transformando la vida política contemporánea. Pero al leer este nuevo libro he apreciado, además, su versatilidad, habilidad y profundidad como analista.

De hecho, basta leer cualquier sección del libro para «descubrir» diferentes temas y regiones del globo. En cada una de ellas el lector disfruta de la manera provocadora y accesible en la que Naím analiza los más diversos temas internacionales. Veamos.

La primera parte se ocupa de la economía mundial. El texto inicial discute la crisis europea: ¿más o menos Europa? La cuestión de fondo es cómo repensar lo que comenzó como un logro culminante del mundo contemporáneo, la Unión Europea. La crisis ha abierto grietas en ese monumental edificio. ¿Qué hacer?

¿Socorrer a Grecia o sacarla de la economía europea? ¿Los problemas de Europa se resuelven mejor con más integración entre los países y sus ciudadanos o con más fragmentación, más fronteras y más barreras? Para Naím, no hay duda: más Europa es posible y deseable.

De ahí su colección de artículos salta a Asia: ¿cómo lidiar con el yuan, la moneda china? Por más que el Fondo Monetario Internacional (FMI) presione por la devaluación de esa moneda, el gobierno chino seguirá defendiendo sus intereses. Los organismos económicos mundiales están dirigidos por comités en los que los países europeos tienen más influencia que las nuevas potencias económicas, así que no avalarán la independencia financiera de los líderes chinos. Pero nos guste o no, China se ha hecho insoslayable y decide de acuerdo a su conveniencia, sin necesariamente actuar de acuerdo a lo que le exigen el FMI y los antiguos dueños del planeta.

Estas páginas están llenas de interesantes «fotos» sobre el estado del mundo. Leemos, por ejemplo, cómo la aparición de nuevas tecnologías de extracción de petróleo, el desplazamiento de las principales fuentes de energía del Medio Oriente a Estados Unidos y otros países y el sorprendente colapso del precio del barril están cambiando el mundo. Otros capítulos muestran cómo ha aumentado la desigualdad en el mundo más desarrollado, pero revelan que no todo está perdido, ya que, a pesar de esas inequidades, y en contraste con las opiniones más generalizadas, a nivel global ha habido redistribución del ingreso y una significativa reducción de la pobreza. También analizan lo que ha pasado en la economía latinoamericana e incluso la influencia de América Latina en Europa. Todo siempre en dosis adecuadas, con inteligencia y perspicacia.

De este panorama económico, se pasa a ver «qué les está pasando a los poderosos».

A primera vista, el lector puede desorientarse ante la variedad de los temas: el cambio de un director en la Filarmónica de Berlín en comparación con la FIFA o la corrupción de las familias gobernantes en China. Cómo entender la crisis siria, donde superpotencias como Rusia y China no son decisivas para determinar la situación, pero claramente pueden bloquear las iniciativas de Estados Unidos y Europa. Lo mismo se aplica a Alemania, que por un lado impone severas condiciones a Grecia que no resuelven la crisis económica de ese país y por otro veta las posibles soluciones propuestas por otras entidades. El libro también nos ofrece originales perspectivas sobre las cumbres regionales y mundiales de jefes de Estado, sobre el tema de las drogas e incluso las discusiones sobre desarme y la proliferación de bombas nucleares. Sin duda una mirada sorprendente.

A pesar de la variedad de asuntos, hay hilos conductores: cada vez es más difícil gobernar y los gobiernos duran cada vez menos tiempo. Surge su concepto del «fin del poder». El desempleo, el calentamiento global, la complejidad y la fragmentación de las sociedades modernas contribuyen a minar la fuerza de los poderosos. Estos reaccionan apelando al recurso del populismo, o del nacionalismo, o a lo que pueden. Es inútil; igual se extiende la consigna «que se vayan todos». Y con razón: la gente está más informada y se contagian fenómenos capaces de derrocar estructuras de poder una tras otra… Detrás están las nuevas tecnologías de la información y los medios, que se tratan en la sección «¡Internet no es lo parece!».

Esta parte comienza con un texto en el que se cita a Orwell, cuando dijo que los discursos políticos utilizan mentiras que parecen verdades y hacen que el asesinato luzca respetable. Enumera situaciones y dichos de varios políticos de América Latina, entre ellos Chávez de Venezuela (el país del autor) y Lula de Brasil para ilustrar la tesis. Luego sorprende al lector: para quien piense que, según Naím, la dinámica del poder en el mundo de hoy está principalmente determinada por las nuevas tecnologías de información y comunicación (Facebook, Twitter, YouTube, SMS, etcétera), él se encarga de desmentirlo. Si bien no niega la importancia de esas tecnologías, opina que es un error olvidarse de los fusiles. Al final, escribe Naím, son los fusiles, es decir los militares, lo que mejor explica los éxitos y fracasos de revueltas populares como la llamada Primavera Árabe, que al principio prometía una democratización pero luego se desvaneció. El apoyo de las fuerzas armadas, o la falta de él, fue crucial para crear y destruir las situaciones de poder. Naím evita así esa simplificación de que es la tecnología la principal fuerza que hoy controla la historia.

Esta parte del libro es fascinante. Describe lo que el autor encuentra en las preocupaciones de los científicos al visitar Silicon Valley, muestra las posibilidades de las nuevas tecnologías, con toda su capacidad para informar y conectar a las personas, y desenmascara la tesis de que gracias a ellas llegaría, finalmente, la «libertad para todos». El autor llama la atención sobre lo que él llama «la censura del siglo XXI». Esta se caracteriza por ser tan omnipresente como sutil y, con frecuencia, invisible. El manejo de los nuevos medios de comunicación por parte de los poderosos está cambiando, muchas veces sin que nos demos cuenta.

La parte del libro que se titula «Venezuela: ¿cómo son las dictaduras del siglo XXI?» ofrece una amplia visión de las tragedias que sacuden a ese rico país petrolero. Muestra que uno de los factores clave para una posible caída del chavismo (incluso a través de elecciones anticipadas o referendos revocatorios del mandato presidencial) será el desplazamiento de las lealtades militares y los flujos de dinero, incluyendo el que acumularon esas nuevas élites venezolanas que allí llaman la «boliburguesía» o burguesía bolivariana. Naím también muestra cómo la economía de su país está en ruinas y el «dedazo del Gobierno» vale más que los votos, y lamenta que Dilma Rousseff y Lula da Silva hayan mantenido durante décadas un silencio ensordecedor sobre los abusos antidemocráticos que se producen en Venezuela. Pasados los años, muerto Chávez, no hay nada nuevo, salvo que ahora manda Maduro…

A pesar de la crítica real y feroz de los efectos del chavismo, la pasión política no enceguece a este observador: Chávez hizo de la pobreza el centro de las preocupaciones nacionales (no fue el único en hacerlo, pero lo hizo con insistencia y mucho dinero del petróleo); cuenta que el presidente fallecido fue, como muchos autócratas, un censor implacable; y admite que el «bolivarianismo» ganó —aunque en las elecciones presidenciales de 2013 solo por un pequeño margen de votos— el apoyo no solo entre la gente, sino además, lo que es decisivo, del gobierno de Cuba. Los recursos que produjo el petróleo se desperdiciaron y la economía está quebrada, con la más alta inflación del mundo, entre muchos otros y muy graves problemas. Durante el mandato de Maduro, la represión asoló a la oposición, aunque la sociedad civil (sobre todo de jóvenes y clases medias) continúa protestando. Por ahí van los artículos de Naím, siempre ilustrativos sobre lo que es, en la práctica, el llamado «socialismo del siglo XXI». Pobre socialismo, que no es ni siquiera el viejo «socialismo real» y que no pasa de ser un populismo personalista y autoritario, incapaz de producir prosperidad duradera para todos.

Después de revisar los contactos con los líderes del mundo (artículos entre los que quiero resaltar uno donde el autor presenta al doctor Zhu, un chino que se siente cómodo en el FMI, y a Henry Kissinger, como siempre, lúcido e inquietante), el libro reúne textos que tratan, respectivamente, del porvenir («¿Prefiere la playa o el hospital?»), inusitados aspectos de las relaciones internacionales («Chile, Ucrania y Massachusetts»), las guerras modernas y Estados Unidos.

Quiero también llamar la atención sobre los textos cuya lectura más me motivó. Sin lugar a dudas, para evaluar el futuro del mundo hay dos áreas interrelacionadas y cruciales: la demografía y el calentamiento global. Entre ellos, dos temas: la movilidad social que frustra y/o incrementa expectativas (y conduce a la intensificación de la migración) y la lucha contra la pobreza. De alguna manera, volvemos con otro diapasón a Malthus y Marx, sin el pesimismo del primero ni el triunfalismo del segundo.

Desde esta perspectiva, el autor desconfía de la idea de que es inevitable el ascenso de Rusia como superpotencia (a causa de la contracción de su población, pero también por razones educativas), y cuestiona el pesimismo de los que imaginan que nos convertiremos en un mundo de masas empobrecidas, a la vez que levanta dudas sobre las consecuencias del declive del bienestar de las clases medias en los países desarrollados y el aumento de las expectativas de los países en desarrollo. En ambos casos, propone que la política y sus juegos de intereses tendrán un mayor peso para definir el futuro que el tan comentado choque de civilizaciones.

Naím también enfatiza en temas dramáticos: las guerras modernas. Sin ignorar la importancia de las fuerzas armadas de las grandes potencias (incluida China), Naím enfatiza la importancia de que ahora hay cada vez más armas y más potentes en manos de los civiles. Verdaderas guerras, con efectos devastadores, son declaradas por bandas de traficantes y criminales, la violencia social mata tanto como las guerras formales, el terrorismo se expande. De esa forma miles de personas mueren violentamente cada año. Y no solo en los «puntos calientes» del mundo; también en Estados Unidos, por ejemplo, los blancos racistas matan a más personas de lo que imaginamos. Y en el mundo islámico, suníes y chiíes se están matando entre sí.

Este hallazgo no hace a Naím olvidarse de los puntos neurálgicos de las guerras convencionales en desarrollo: de los talibanes a Al Qaeda e ISIS, sus crónicas pasan a través del conflicto entre Israel y Palestina, van a Afganistán e Irán e Irak e incluso a la guerra de Crimea. No es poca cosa.

¿Y Estados Unidos? Entre los artículos sobre este país, Naím comienza diciendo que los objetivos de Obama, aunque hayan encontrado grandes obstáculos, siguen siendo válidos. En el último texto del libro, vuelve al Obama victorioso de 2015 y afirma lo que a muchos estadounidenses les parecería increíble: que Obama haya logrado más de lo que se pensaba, incluyendo su reelección. En política interior, empezando por la salud, se han logrado avances. Con Cuba, a pesar de las resistencias, las relaciones se normalizan. El tema de la migración, dolor de cabeza permanente, emerge de nuevo y, con respecto a las drogas, Naím dice, irónicamente, que al departamento de Estado —que siguiendo la política oficial del gobierno de Estados Unidos le otorga más responsabilidad a los productores de drogas del sur que a los consumidores del norte— solo le ha faltado exigirles a los países de América Latina que persuadan a los estadounidenses de drogarse menos.

En esta sección del libro también incluye un artículo que desmonta una insólita tesis de doctorado en Harvard, en la que el autor, estadounidense, sugería que entre los latinos hay una tendencia al coeficiente intelectual bajo… También critica Naím la ausencia de una política exterior por parte de Estados Unidos que contemple las necesidades reales de América Latina.

Para concluir, el autor enumera, en un inquietante texto final, las 10 cuestiones básicas para configurar el futuro global. Van desde el éxito en la reducción del calentamiento global, el control del armamento nuclear o las dudas acerca de la prevalencia de la democracia, al tema antes mencionado de la expansión de las clases medias y al papel del Islam (¿absorberá esta religión las tendencias democratizadoras y especialmente la igualdad de género, o seguirá siendo una fuente de fricción y conflictos?), sin olvidar las cuestiones tecnológicas y la concentración del poder económico y militar.

¿Hace falta decir más, para despertar el interés del lector, sobre la diversidad y el sentido de oportunidad de esta colección de artículos? Si alguien quiere ver el mundo en un caleidoscopio, a pesar de la velocidad en la que cambian las imágenes, y comprender los problemas globales de hoy, nada mejor que leer las páginas que siguen.

FERNANDO HENRIQUE CARDOSO,

ex presidente de Brasil

cap-2

Introducción

¿De qué voy a escribir el próximo domingo?

 

 

Esta es una pregunta que ronda en mi mente casi a diario desde hace ya mucho tiempo.

Para ser preciso desde 2007, cuando José Manuel Calvo, subdirector del diario español El País, me llamó para decirme que estaban relanzando ese periódico y que le querían dar una orientación más internacional. Su ambición era la de aumentar su presencia fuera de España y convertirse en «el diario global en español». Me invitaban a escribir cada domingo una columna para la cual ya tenían un nombre, «El Observador Global».

«Pero ¿sobre qué temas quieren que escriba?», le pregunté. «Pues sobre eso», me contestó José Manuel, «sobre el mundo…»

Acepté inmediatamente. Y esa decisión ha tenido un inmenso impacto en mi vida.

Me explico. He tenido una carrera profesional tan errática como el mundo de hoy. He sido profesor universitario, ministro en el gobierno de Venezuela y director de su Banco Central (antes de Chávez), director ejecutivo del Banco Mundial, investigador en el Carnegie Endowment for International Peace (un think tank en Washington), director de una revista internacional (Foreign Policy), autor de libros y, por supuesto, columnista. Poco a poco, y casi sin darme cuenta, esta última actividad se ha convertido en mi actual identidad profesional. Cuando alguien me pregunta qué hago, respondo que soy columnista.

Hay varias razones para esto. La más obvia es que a ninguna de mis otras actividades le dedico más tiempo. Leer, pensar e indagar sobre el tema al cual dedicaré la columna de esa semana para luego escribir lo que pienso en menos de 800 palabras me ocupa muchas horas. Otra razón es que nada de lo que hago tiene más consecuencias. Decenas de periódicos de gran circulación en todo el mundo publican mis columnas en varios idiomas. Tengo la suerte de que muchísimas personas leen lo que escribo. Además, con frecuencia, los asuntos que analizo se convierten en el contenido de Efecto Naím, un programa de televisión que dirijo y presento semanalmente desde 2012 y que transmiten canales de televisión en Estados Unidos y América Latina (y en todas partes a través de internet).

Me tomo muy en serio la responsabilidad que implica todo esto. Primero, porque soy consciente de que influyo en la opinión de mucha gente, pero también porque soy el único responsable de lo que aparece en mis columnas. Jamás ningún dueño o directivo de periódico o revista, ningún político, funcionario o empresario ha determinado lo que debo escribir, qué idea debo defender o atacar, cuáles temas debo abstenerme de tratar o qué enfoque debo darles. Mis artículos jamás han sido modificados sin mi autorización, ni censurados.

Esta total libertad para decidir sobre qué voy a escribir el próximo domingo es a la vez una responsabilidad, un privilegio y un reto fascinante. ¿Cómo decido sobre qué voy a escribir? No lo sé. A veces es sobre un tema que llevo mucho tiempo pensando e investigando. Otras veces la idea se me aparece de repente. O se me ocurre conversando con alguien, o asistiendo a alguna conferencia. Y, por supuesto, leyendo.

Este libro contiene una muestra de mis columnas. Es una selección de 111 de ellas que publiqué entre 2009 y 2015. No las he cambiado y aparecen aquí en la versión en la que fueron originalmente publicadas. No las presento en orden cronológico sino agrupadas en categorías temáticas. Todas ellas fueron editadas antes de su publicación por Maite Rico, quien durante todos estos años ha detectado mis errores y gazapos así como la falta de claridad en mis escritos. Mi enorme agradecimiento a Maite es solo superado por mi admiración a su talento como periodista.

Una de mis reglas es la de no escribir sobre los grandes sucesos ocurridos en el mundo esa semana. Lamentablemente, con frecuencia ocurren ataques terroristas o accidentes financieros. También que China rompe algún nuevo récord, que el Medio Oriente sufre una nueva tragedia y el medio ambiente nos da otra señal de que está cambiando. Cuando ocurren hechos como estos todos los medios los cubren hasta la saciedad y, por lo tanto, es poco lo que puedo añadir que sea original o diferente.

Además he aprendido que lo que nos parece histórico, único e importante cuando acaba de suceder, con frecuencia termina siendo más efímero, menos trascendente y, sobre todo, más local de lo que creíamos inicialmente.

Por eso, tengo particular interés por los acontecimientos «sistémicos», es decir, aquellos que afectan a todo el sistema internacional y cuyas consecuencias trascienden fronteras y continentes, por más que inicialmente sean muy locales.

Un ejemplo muy ilustrativo de la diferencia entre eventos sistémicos y sucesos locales es la epidemia de ébola que comenzó en 2013. Esta amenazaba con infectar, y eventualmente matar, a millones de personas en todo el mundo, por lo cual se produjo una muy justificada alarma internacional. Tenía el potencial de ser un grave evento sistémico. Afortunadamente, la epidemia fue contenida y hasta 2015 han fallecido poco más de 10.000 personas a causa de ese virus, principalmente en tres países, Liberia, Sierra Leona y Guinea. Esta cifra es 50 veces menos que las 500.000 muertes causadas cada año por la malaria, una enfermedad que atrae muchos menos titulares.

La epidemia de ébola, un evento que podía ser sistémico y no llegó a serlo, también contrasta con la crisis de Siria, que comenzó con pocas y aisladas protestas locales contra el gobierno de Damasco y ha escalado hasta convertirse en una tragedia que ya se ha cobrado más de 250.000 vidas y creado una inédita crisis de refugiados que sacude a Europa.

Inicialmente, los medios de comunicación dedicaron mucha menos atención a las protestas en Siria que al virus del ébola. Siria es un ejemplo no solo de cómo crisis locales se vuelven mundiales, sino también de cómo las sobrerreacciones terminan teniendo muchas más consecuencias que el acontecimiento que las provocó (en ese caso, manifestaciones relativamente pacíficas en varias ciudades sirias). El ejemplo más grave de esto fue la reacción del gobierno de George W. Bush a los ataques terroristas del 11-S: produjo más muertos, devastación económica y nefastos impactos políticos alrededor del mundo que la destrucción de las Torres Gemelas.

Este interés por temas cuyas consecuencias trascienden fronteras hace que en mis columnas haya una marcada preferencia por tratar los acontecimientos internacionales más noticiosos como manifestación de fuerzas mucho más importantes y menos conocidas. Los terremotos nos dan mucha información sobre qué hay en lo más profundo de la tierra y cómo se comportan las estructuras geológicas más alejadas de la superficie en la que vivimos. Igualmente, ciertos eventos de la economía y la política internacional hacen más visibles las fuerzas que los determinan y ello nos ayuda a entender mejor las características del mundo de hoy, que de otra manera no veríamos.

Decir que el ISIS utiliza las redes sociales con gran destreza para convertir a jóvenes europeos de clase media en asesinos suicidas es, además de aterrador, interesante. Pero entender cuáles son los factores que llevan a que esto ocurra es muchísimo más importante.

Estas causas más profundas y menos visibles también son más permanentes. Un suceso que llama la atención del mundo puede ser olvidado o desplazado de los titulares por otro evento más noticioso la semana siguiente, pero las fuerzas que lo produjeron seguirán allí por mucho tiempo.

Por eso, a pesar de que este libro incluye columnas escritas hace algunos años, su mensaje central no ha perdido relevancia ni actualidad.

Además de sobre qué escribir, otra pregunta obligatoria que me hago cada semana es ¿cómo? Soy muy consciente de la avalancha de información y opiniones que constantemente reciben mis lectores y por eso me obligo a entender bien cómo ha sido tratado un determinado tema por otros medios de comunicación, por otros columnistas, blogueros, etcétera, para así ofrecer un enfoque diferente a quienes me leen. No sé si siempre lo logro, pero sí sé que siempre lo intento.

La búsqueda del «cómo» tratar un tema no solo implica encontrar un ángulo distinto para analizarlo, sino también la forma de presentarlo. Estoy convencido de que cualquier asunto, por más complejo o «técnico» que sea, puede ser presentado de manera accesible a los lectores sin que ello implique banalizarlo o vulgarizarlo hasta hacerlo irreconocible. Escribir de manera grandilocuente, pomposa e intelectualmente vanidosa, en la que hacer ostentación de la erudición es más importante que satisfacer el interés del lector, es uno de los peores pecados que puede cometer un columnista. Otro, aún peor, es ser aburrido.

Mi manera de luchar contra la posibilidad de que el lector me abandone porque no logro mantener su atención es apoyarme en los cuatro propósitos que intento alcanzar en cada columna: sorprender, conectar, repensar e informar.

El primero es obvio: cuanto más sorprenda a mis lectores con datos, hechos e interpretaciones que no habían visto antes, más podré retener su atención. Columnas tituladas «¿Cuál es el precio más importante del mundo?», «El Plan B: 700 millones desean emigrar» o «¿Son tontos los hispanos?» son ejemplos de esto.

También hago esfuerzos por conectar. Trato de mostrar cómo hechos y situaciones aparentemente dispares tienen mucho en común, que están «conectados». ¿Qué tienen que ver el político y empresario estadounidense Donald Trump y Alex Tsipras, el líder político griego, por ejemplo? Prada, Hermès y el Partido Comunista Chino. Mel Gibson, Macondo y el gel vaginal. La FIFA y la Filarmónica de Berlín. Creo que columnas como estas ilustran cuán revelador es discutir estas conexiones.

Repensar se refiere al esfuerzo por hacer dudar a mis lectores de ideas comúnmente aceptadas y motivarlos a que vuelvan a pensar en lo que opinan. Cuestiono estas verdades establecidas por medio de datos y análisis que conducen a verlas desde una óptica distinta. Quizá el mejor ejemplo de esto es mi libro El fin del poder.

Los principales mensajes de este libro están resumidos en un par de columnas incluidas en estas páginas. Por ejemplo: está muy arraigada la idea de que el poder —político, económico, militar, cultural, tecnológico o religioso— se está concentrando cada vez más. Yo no lo creo. Estoy persuadido de que el poder se ha hecho más fácil de obtener, difícil de usar y fácil de perder.

Es imposible negar que en el mundo hay altísimas concentraciones de poder, especialmente económico. Pero creo que es igualmente imposible negar que el poder se ha hecho simultáneamente más asequible, limitado y efímero. La evidencia demuestra que quienes hoy ostentan el poder en casi todos los ámbitos y geografías tienen más limitaciones que nunca para ejercerlo, confrontan más competidores que nunca y lo pierden con mayor frecuencia.

Otro ejemplo de esta manera alternativa de ver las cosas, y que contrasta con la perspectiva más aceptada, es mi convicción de que Barack Obama es más poderoso de lo que parece y Vladímir Putin más endeble de lo que muchos creen. La visión contraria —Putin es fuerte y Obama, débil— es la más común. Yo difiero y trato de mostrarles a mis lectores por qué hay que repensar las creencias más comunes sobre Putin y Obama. O sobre Hugo Chávez.

Durante años, intenté persuadir a un mundo seducido por el innegable carisma y atractivo mensaje de reivindicación social del presidente venezolano de que su retórica progresista y su apariencia democrática diferían profundamente de sus ejecutorias. Hoy ya está trágicamente claro que su legado es un modelo económico insostenible, un Estado fallido y una sociedad rota por niveles de corrupción, homicidios, miseria y dolor humano sin precedente en la historia de ese, mi país. En este caso no tuve la necesidad de «voltear» lo que muchos de mis lectores creían sobre Chávez. Él se encargó de hacerlo y yo de comunicarlo. Hay varias columnas sobre todo esto en las páginas que siguen.

Y, finalmente informar. No acepto la idea de que una columna de opinión se debe limitar solo a eso, a exponer las opiniones de su autor. Ese es su propósito central, pero nunca el único. Es deber del buen columnista investigar y ofrecer informaciones que sustenten sus puntos de vista y que, en el proceso, ayuden al lector a tener más bases factuales en las que apoyar sus propias opiniones.

Daniel Patrick Moynihan, un político estadounidense, solía decir: «Usted tiene derecho a tener su propia opinión, pero no tiene derecho a tener sus propios datos». Es muy importante que cada columna aporte datos e informaciones de fuentes independientes y creíbles que le den un asidero más objetivo a una opinión que, inevitablemente, es subjetiva.

Sin embargo, disponer de datos incontrovertibles no garantiza que las columnas no sean controvertidas. La enorme cantidad de datos sobre el cambio climático, por ejemplo, no es suficiente para que los escépticos dejen de serlo. De hecho, recibo feroces críticas cuando publico columnas donde mantengo (¡con base en datos científicos!) que el problema existe y que es una principalísima amenaza a la civilización tal y como la hemos conocido hasta ahora.

No hay manera de escribir todas las semanas sobre temas álgidos utilizando los enfoques que acabo de describir sin entrar en polémicas, a veces muy fuertes, con lectores que piensan distinto. Eso está bien y le doy la bienvenida. Los intercambios con mis críticos me ayudan a refinar mis ideas y, a veces, me obligan a cambiarlas.

No obstante, tengo como regla ignorar a quienes en vez de atacar mis ideas me atacan a mí: denigran al mensajero pero evitan debatir el mensaje. La acusación más común que hace este tipo de críticos es que mis opiniones no son realmente mías, sino de alguien (una empresa, gobierno, grupo político o, por supuesto, la CIA) que me paga para que yo defienda una idea o critique otra. Esta visión conspirativa es una manera primitiva e ignorante de descalificar puntos de vista diferentes y, por lo tanto, me resulta muy fácil no hacerle caso. Pero confieso que no deja de sorprenderme que aún haya quienes piensen que esa es una manera legítima y decente de confrontar ideas con las que uno no está de acuerdo. Es interesante también notar que esta forma de debatir es más común en unos países que en otros.

Esto me lleva a la experiencia de ser leído en diferentes países a la vez. Es fascinante para mí descubrir cada semana cómo mis lectores españoles me leen y critican (o celebran) de manera muy distinta a mis lectores franceses, italianos o estadounidenses. Y en Latinoamérica, los mexicanos me leen y discuten de manera muy distinta a los brasileños, y a su vez los chilenos me leen distinto que los colombianos o venezolanos. Estas reacciones me han dado una ventana extraordinaria desde la cual observo un mundo en cambio constante, que a veces es peligroso y otras enaltecedor, pero siempre estimulante.

Concluyo enfatizando que, desde esta mi ventana al mundo, confirmo cada semana lo que afirmó san Agustín hace 17 siglos:

El hombre vive maravillándose de la altura de las montañas, de las enormes olas del mar, las fuertes corrientes de los ríos, los vastos océanos o las órbitas de las estrellas, pero descuida el maravillarse de sí mismo.

Le invito a que a través de las páginas que siguen nos maravillemos juntos de los hombres y mujeres de este sorprendente siglo XXI.

Gracias por acompañarme.

MOISÉS NAÍM,

enero de 2016

cap-3

HABLEMOS DE DINERO

cap-4

¿Adiós Europa?

2 de mayo de 2010

Comenzó con una tragedia griega, siguió con una zarzuela española y puede culminar con una explosiva ópera alemana. La actual crisis económica europea crece, se diversifica y complica. Si sigue así puede acabar con el proyecto más imaginativo e innovador de la geopolítica mundial: la integración europea. El ambicioso objetivo de consolidar Europa como un actor económico bien integrado y un protagonista político cohesionado en el escenario internacional es indispensable para los europeos y bueno para el resto del mundo. Europa no podrá defender eficazmente sus intereses, mantener los estándares de vida a los que se han acostumbrado sus habitantes y ser un jugador relevante en el mundo si se vuelve a fragmentar. Lamentablemente, una Europa menos integrada ha dejado de ser tan inimaginable como lo era hasta hace unos meses.

Hay dos escenarios para la poscrisis: uno se llama, «más Europa», otro, «menos Europa». Este último es el que se va a imponer si no cambian drásticamente tres cosas: las políticas económicas de los gobiernos; la impunidad con la que políticos oportunistas, tanto en el gobierno como en la oposición, le mienten al público acerca de la gravedad de la situación y, muy importante, la complacencia de un público propenso a repudiar a los políticos que le dicen la verdad.

«Menos Europa» es lo que resulta de una «solución» para Grecia que dentro de unos meses se mostrará insuficiente e implicará la necesidad de un nuevo socorro financiero. El socorro actual no aparece a tiempo ni en las cantidades suficientes y así el crash griego se profundiza, contamina y debilita aún más a los otros países débiles de Europa. España, Portugal e Irlanda gritan a los cuatro vientos: «¡No somos Grecia!». Es una afirmación relativamente cierta pero que encubre el hecho de que su estabilidad económica es cada vez más precaria y sus vulnerabilidades cada vez más peligrosas.

Mientras tanto, una Alemania tan rica como reticente a apostar sus riquezas en el rescate de sus socios mediterráneos interviene con decisiones tardías y parciales, moldeadas por la percepción de que su apoyo al proyecto europeo ha tenido costes intolerables para su población.

Chinos, hindúes, petroleros árabes y otros países ricos en reservas dejarían de tratar al euro como una moneda equivalente al dólar estadounidense y algunos países europeos lo abandonarían. Un ambiente de «sálvese quien pueda» y cada uno por su cuenta comienza a permear las cumbres europeas. Muchos aplauden el desprestigio y debilitamiento de la burocracia en Bruselas y el video más popular en internet es uno donde Lady Gaga reemplaza a Lady Ashton como Alta Representante de la Política Exterior de la Unión Europea.

En este escenario, Alemania y Francia seguirían siendo países de peso en el orden mundial y el Reino Unido, gracias a su relación especial con los Estados Unidos, gozaría de más relevancia de la que justificaría su menguado poder económico. Obviamente, Europa seguiría existiendo y emitiendo ruidos que emulan los que haría un continente verdaderamente unido, económicamente sano y políticamente coordinado. Pero el resto del mundo oiría estos ruidos con una burlona sonrisa, sabiendo que proceden de un continente que salió de esta crisis siendo menos de lo que era antes y mucho menos de lo que hubiese podido ser.

Este escenario es una desventura que hay que impedir. «Menos Europa» no es inevitable y «más Europa» no es solo deseable, sino que es posible. «Más Europa» no debe significar más Bruselas, ni más burocracia, ni más vergonzosos despliegues de incompetencia como los que hemos visto en la selección de los líderes de Europa, en el manejo de la crisis del tráfico aéreo producido por la erupción del volcán impronunciable ni por el patético manejo de la crisis de Grecia.

«Más Europa» se construye a partir de líderes que saben cómo explicarles a sus compatriotas que sus hijos estarán condenados a tener estándares de vida inferiores a los que disfrutaron ellos a menos que las economías europeas se reformen e integren de manera más profunda que hasta ahora. Que Europa tiene que pasar por dolorosos ajustes que incluyen el reconocimiento de que es imposible ganar cada año más, a menos que se produzca cada año más. Que los sindicatos deben permitir más competencia en el mercado de trabajo, los empresarios más competencia en el mercado de bienes y servicios y que las exuberantes ganancias de algunos bancos son manifestaciones de distorsiones a corregir en los precios del riesgo. Que es miope para alemanes, franceses y otros que han acumulado inmensas reservas el mantenerlas bajo el colchón mientras Europa se fragmenta, cosa que a la larga va contra sus intereses.

Estamos en uno de esos momentos donde el temple, la audacia y la visión de los líderes pueden alterar las trayectorias de sus sociedades y cambiar la historia. La oportunidad de construir «Más Europa» está allí para quienes sepan aprovecharla.

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¿Es Brasil una burbuja?

1 de mayo de 2011

Este es el segundo tema que domina las conversaciones en Brasil. El primero, y mucho más popular, es la celebración de sus enormes éxitos: los millones de pobres que han dejado de serlo, la impresionante pujanza de sus empresas, las enormes oportunidades y la mayor prosperidad. Si bien los problemas aún son grandes (miseria, crimen, corrupción, desigualdad), el optimismo también lo es. Los brasileños, siempre alegres, están ahora más contentos que nunca. Y con mucha razón. Las cosas van muy bien. Y eso lleva a la segunda conversación obligada: ¿cuánto durará la fiesta? ¿Cómo —quién— nos puede descarrilar este raudo tren hacia la prosperidad?, se preguntan. Paradójicamente, los motivos del éxito también son la fuente de las ansiedades. En los últimos cinco años, el crédito ha crecido hasta alcanzar el 45 por ciento del tamaño de la economía. Así, los brasileños han encontrado quien les preste para comprar casas, motocicletas, refrigeradores y todo lo demás (muchos por primera vez). Y no les ha importado que las tasas de interés de esos préstamos sean las segundas más altas del mundo o que las familias brasileñas deban hoy dedicar un 20 por ciento de sus ingresos a pagar sus deudas.

Este auge del crédito y el consumo obedece, en parte, a los millones de nuevos empleos y los mejores salarios generados por la expansión económica. Mientras las economías más ricas cayeron un 2,7 por ciento durante la crisis de 2008-2009, Brasil creció al 5 por ciento, y el año pasado lo hizo al 7,5 por ciento. El paro se ha reducido a los niveles más bajos en décadas y en muchos sectores las empresas no consiguen los trabajadores que necesitan. Los altos precios internacionales de los minerales y productos agrícolas, que Brasil exporta en grandes cantidades, contribuyen a esta expansión.

Los inversionistas internacionales tambié

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