Noticias de los montoneros

Gabriela Esquivada

Fragmento

En un cuaderno de apuntes, Martín Caparrós dibuja el edificio donde existió el diario Noticias y ahora funciona, con la construcción completamente cambiada, el Anexo Piedras II de la Universidad Abierta Interamericana:

—Acá estaba la calle. Había una vidriera y acá había una puerta angosta, de metro y medio de ancho, el número 735 de Piedras, y una escalera que llevaba a los dos pisos.

¿Qué había en el primero?

—La oficina del director, Miguel Bonasso; la sección Fotografía, el archivo y la administración.

Traza los escalones; con una flecha indica el primer piso y todas las dependencias que acaba de enumerar. Dibuja más escalones, llega al segundo piso:

—Acá, en el final de la escalera, había un guardia con una escopeta, no sé si una Itaka o una Remington… Era un militante, estaba siempre con la escopeta y un mate. Nadie podía entrar sin ponerse en la mira. El jefe de seguridad era Julio Troxler.

Troxler es hoy una calle de Villa Soldati en el límite de la ciudad de Buenos Aires con el partido de Lanús; una calle modesta, de apenas una cuadra, paralela a la que lleva el nombre de otra figura peronista, John William Cooke. Pero en aquel momento el jefe de seguridad de Noticias era una leyenda andante: un sobreviviente de los fusilamientos ilegales que la Revolución Libertadora cometió en 1956.

Primero había sucedido la matanza de 308 personas —según se reveló en junio de 2009; en su momento se calcularon 350 pero ni el presidente Juan Domingo Perón se preocupó por esclarecerlo— por los bombardeos de la aviación de la Marina. Era el segundo levantamiento contra el gobierno; el primero había sucedido el 28 de septiembre de 1951, poco antes de las elecciones presidenciales de ese año. El general retirado Benjamín Menéndez1 había fracasado con su llamado a retornar “a una vida digna, libre y de verdadera democracia”.

—Seguimos sobrevolando —ordenó el capitán de fragata Néstor Noriega, al mando de la escuadrilla que desde las diez de la mañana del 16 de junio de 1955 daba vueltas esperando que la bruma despejase en el Río de la Plata.

—Caramba, señor. La meteorología también está con Perón —le comentó uno de sus subalternos.

Pero a las 12:40 las condiciones de visibilidad mejoraron.

“Ese día sucede en Buenos Aires algo espantoso y absolutamente inconcebible: una formación de aviones navales bombardea Plaza de Mayo”, escribió Salvador Ferla, el investigador de las ejecuciones por venir al año siguiente. “El pretexto es matar a Perón, a quien suponen en la Casa de Gobierno, para lo cual se bombardea la plaza, se ametralla la avenida de Mayo y hasta hay un avión que regresa de su fuga para lanzar una bomba olvidada2.”

El 16 de septiembre de 1955 se produjo otro levantamiento contra el gobierno, uno que triunfó. Perón se refugió en la embajada del Paraguay y las fuerzas armadas sentaron en el sillón presidencial al general Eduardo Lonardi.

Sus pares se sorprendieron, con disgusto, cuando en su primer discurso público Lonardi proclamó: “Ni vencedores ni vencidos”. Sus medidas económicas de transición empeoraron el humor de los golpistas de la Marina, que no habían derrocado a Perón para dejar en pie su modelo. Tan heterogénea era la coalición de la llamada Revolución Libertadora que rápidamente entró en crisis: el 13 de noviembre de 1955 el ala liberal de las fuerzas armadas —no en el sentido filosófico, sino en oposición al ala nacionalista— reemplazó a Lonardi por el general Pedro Eugenio Aramburu, quien intervino los sindicatos e ilegalizó al peronismo.

Por entonces, cuando los montoneros que lo matarían en 1970 estaban en la escuela primaria, Aramburu tenía cincuenta y dos años y una enorme ambición. No se alineaba con nacionalistas o liberales: obedecía con astucia el acuerdo entre armas que le había dado el poder. Ordenó y puso en práctica unas Directivas básicas del gobierno revolucionario, publicadas oficialmente a comienzos de diciembre de 1955, entre las cuales se destacaba: “Suprimir todos los vestigios de totalitarismo para restablecer el imperio de la moral, de la justicia, del derecho, de la libertad y de la democracia”.

Intentaba, en realidad, suprimir todo vestigio del país transformado desde 1946: en noviembre declaró intervenida la Confederación General del Trabajo (CGT) y arrestó a sus autoridades, disolvió el partido de Perón y la Confederación General Económica (CGE), y comenzó un tiempo de detenciones políticas. Por medio del conocido decreto N.º 4161 del 5 de marzo de 1956 prohibió “las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas, artículos y obras artísticas” peronistas y hasta “el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones ‘peronismo’, ‘peronista’, ‘justicialismo’, ‘justicialista’, ‘tercera posición’”.

Los apoyos del gobierno expulsado se dispusieron a organizarse, aprendiendo de la generosidad de los anarquistas —gente que había sido perseguida durante el peronismo— los primeros pasos en la clandestinidad. “En cada lugar se emprendía la realización de panfletos, de pintadas y también de acciones violentas, todo acorde con la característica de cada compañero, dispuesto a encarar una u otra tarea. Era una forma de resistir a los usurpadores”, explicó Troxler en 1973 a la publicación Peronismo y socialismo. “Lo que define a la resistencia es su espontaneidad. Fue algo instintivo, de defensa.”

Habituados a ir de golpe en golpe, los generales peronistas Juan José Valle y Raúl Tanco se propusieron echar abajo la Revolución Libertadora. La acción del Movimiento de Recuperación Nacional comenzó y terminó el 9 de junio de 1956 y Valle fue fusilado, al igual que otros veintiséis detenidos en todo el país.

Ferla enumeró: seis ejecutados en Lanús; cinco en José León Suárez; seis en Campo de Mayo; cuatro en la Escuela de Mecánica del Ejército; cuatro en la Penitenciaría Nacional; dos en La Plata. Su relato se detiene en la historia de Susana de Ibazeta, esposa de un coronel, para llegar a la frase que posiblemente sintetice la actitud de la Libertadora ante la ley. Ella creía que su marido estaba libre de cargos, tal como había sentenciado el tribunal militar; sin embargo, apenas comenzado el 11 de junio la citaron con sus cinco hijos para que se despidiera de él. A las 2 de la mañana salió de Campo de Mayo rumbo a la Quinta Presidencial de Olivos. Allí la rechazaron: “El presidente duerme”.

La de aquel 9 de junio fue noche sin luna. El coronel Desiderio Fernández Suárez ingresó a la casa de Juan Carlos Torres, en Hipólito Yrigoyen 4519, suburbio bonaerense de Florida. En un colectivo tomado en préstamo forzoso a la línea 19 cargó a Torres, Juan Carlos Livraga, Norberto Gavino, Miguel Ángel Giunta, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Horacio di Chiano, Rogelio Díaz, Carlos Lizaso, Mario Brion y Vicente Damián Rodríguez. Al mismo tiempo y en compañía de Reinaldo Benavides, Troxler recorría las calles coordinando otros grupos de civiles que apoyaban el movimiento de Valle. Ya había sido detenido en octubre de 1955 por causa de la militancia que compartía con Sebastián Borro y Andrés Framini, señaló Ferla. Cuando llegó a la casa de Florida y tocó el timbre, Troxler reconoció al sargento que abrió la puerta. Había sido oficial de la Policía Bonaerense y volvería a serlo en 1974 cuando Oscar Bidegain, el gobernador asociado con la Tendencia Revolucionaria (las organizaciones políticas de superficie de Montoneros), lo nombrara subjefe de la fuerza. Pero aquella noche a mitad del saludo advirtió que dos policías les apuntaban con sus armas a él y a Benavides.

Los llevaron a la Unidad Regional de San Martín, donde sufrieron una breve detención de la que se negaría todo registro. Luego los cargaron en un camión. Ya había fracasado el intento de golpe al golpista e irían a La Plata, les informaron. Troxler notó que si el conductor pensaba manejar hasta la capital de la provincia estaba tomando un desvío sospechoso. En José León Suárez el camión se detuvo junto a un basural. Los militares ordenaron a los detenidos que bajasen; no todos obedecieron. Una camioneta que venía detrás apuntó las luces altas a los hombres que se alineaban con torpeza sobre el terreno irregular. Alguien, sorprendido por la súbita comprensión de lo que iba a suceder, gritó: “No”. Sonaron los disparos.

Troxler sujetó las carabinas de sus dos guardianes y forcejeaba para arrebatárselas cuando una bala entró en la caja de la camioneta y Brion murió apretándose el pecho. La orden de fusilamiento había sido dada antes de que se firmase el decreto de Ley Marcial que habilitaba tal pena, prohibida desde la Constitución de 1853, por lo cual los muertos del basural fueron homicidios a manos del Estado. Tan irregular resultó la operación que de once escaparon seis por el nerviosismo de los fusiladores. Troxler abandonó las carabinas y buscó una mejor posición afuera y cuerpo a tierra. Una bala le rozó la oreja derecha. Logró salir corriendo y ocultarse; al tiempo se exilió brevemente en Bolivia, de donde regresó para sumarse a la resistencia peronista; pronto cayó preso. También Tanco sobrevivió, protegido por la embajada de Haití.

Esa misma noche sin luna, en ese basural y en las demás cacerías militares, Aramburu comenzó a cavar la tumba en la que caería en 1970 cuando los Montoneros se presentaran en sociedad con su secuestro y muerte, la “Operación Pindapoy”. Uno de sus protagonistas, Mario Firmenich, lo explicó en La Causa Peronista, revista que dirigía Rodolfo Galimberti y fue prohibida por ese relato días antes de que Montoneros entrase a la clandestinidad: “El ajusticiamiento de Aramburu era un viejo sueño nuestro”.

Rodolfo Walsh, quien compartió la redacción de Noticias con Troxler, se ocupó de los fusilamientos en Operación masacre, una pieza de periodismo de investigación más famosa que sus relatos y que el libro de Ferla. Cuando Jorge Cedrón filmó Operación masacre, casi clandestinamente entre noviembre de 1970 y agosto de 1972, Troxler compartió cartel con Norma Aleandro, Carlos Carella y Víctor Laplace. Se interpretó a sí mismo y su voz es la de los relatos en off. La película comienza en un basural humeante y escarchado, guiada por la memoria del narrador hasta la madrugada de los crímenes. “Este era Carlitos, Carlos Lisazo. Aquí estaba Vicente Rodríguez. Mario Brion; del rostro de Mario Brion nunca me podré olvidar. Nicolás Carranza, ferroviario. Garibotti; tenía un solo tiro, lo di vuelta.” Cada nombre es un cuerpo. El narrador se identifica al final de esta primera escena: “Me llamo Julio Troxler. Volví pensando encontrar algún compañero herido. No encontré a nadie. No había nada que hacer. Estaban todos muertos. Me fui. Después supe que no era el único sobreviviente”.

Durante el camporismo, cuando Bidegain le dio la subjefatura de la Policía Bonaerense, visitó presos y probablemente selló su destino al investigar el ataque de la derecha peronista a Montoneros en el acto de recepción a Perón en Ezeiza, el 20 de junio de 1973. “El informe que le costó la vida a Julio Troxler”, lo presenta Horacio Verbitsky en su libro Ezeiza. “Troxler narra qué grupos dominaban el palco y cuáles eran sus aprestos bélicos, la actitud pacífica de la columna sur de la Juventud Peronista, la agresión desatada desde el palco y la confusión que enfrentó a dos bandos dirigidos por [el coronel Jorge] Osinde [encargado de la seguridad], que se tirotearon entre el palco y el Hogar Escuela.”

Tras la clausura de Noticias, luego de la muerte de Perón y durante el gobierno de su viuda, Isabel Perón, el ex jefe de seguridad del diario trabajó en la Facultad de Derecho como subdirector del Instituto de Estudios Criminalísticos. Con el pase a la clandestinidad, todos los que habían actuado en Montoneros durante la democracia —salvo los pocos que pudieron ocultarse— eran blancos servidos para la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina. El 20 de septiembre de 1974, poco menos de un mes después del cierre de Noticias, cuatro hombres de ese escuadrón de la muerte a cargo del ministro de Bienestar Social José López Rega empujaron a Troxler dentro de un Peugeot 504 negro. Lo llevaron al terraplén que se levantaba junto a las vías del Ferrocarril Roca, en Barracas, por el pasaje Coronel Rico. Lo arrojaron del auto con las manos atadas; apenas caminó recibió una ráfaga de ametralladora. El auto siguió su camino por la avenida Suárez y la Triple A reivindicó el homicidio esa misma tarde.

Caparrós sigue en el segundo piso:

—Era una planta, había una puerta más o menos grande cuando se entraba, que enfrentaba a los baños.

¿Dónde se ubicaban los jefes?

—A la derecha, al fondo, en tres boxes si mal no recuerdo: el de Verbitsky, jefe de Política; el de Paco Urondo, secretario de redacción; y el de Juan Gelman, jefe de redacción. Delante de ellos —dibuja unos rectángulos— había unas mesas largas: Política, Internacionales, Gremiales, Mesa de Noticias. A los costados había unos escritorios individuales; me parece que Sylvina Walger estaba en uno y en otro un tipo que escribía hípicas. Contra la puerta de entrada, la cocinita del café.

Un espacio importante. Caparrós ingresó como cadete y la preparación del café fue su primera responsabilidad.

—Del otro lado estaban la pecera de Rodolfo Walsh y unas mesas dispersas de su sección, Información General y Policiales. Toda esta parte de acá era Deportes, a cargo de Mario Stilman. Ah, estaba también Espectáculos; Carlos Tarsitano era el jefe. Y eso era el diario.

El diario de los Montoneros, acaso la guerrilla más importante de América latina, era eso: el producto de una redacción como cualquier otra, con secciones que cubrían información y servicios, con la intención de competir y vender periodismo además de ideología explícita en la interpretación de la noticia. Intentaba parecerse a los que venden ideología implícita junto con los horarios del cine y el pronóstico del tiempo. Los modelos en los que se basó Noticias fueron Crónica y La Opinión: dos matutinos que a comienzos de la década de 1970 se destacaban por razones opuestas. El primero, de Héctor Ricardo García, popular y sensacionalista, se ubicaba en las antípodas del periodismo valorativo y elegante del diario de Jacobo Timerman.

Los periodistas militantes que hicieron Noticias querían darle al peronismo revolucionario, que soñaban viable con el ex y futuro presidente Perón de regreso en el país, un medio a la vez masivo e interpretativo. “Fue un criterio de Horacio que todos aprobamos”, recordó Gelman. “No podíamos ser un segundo diario, porque íbamos a vender como La Opinión”. Tanto Gelman como Verbitsky venían de La Opinión.

La elección de esos dos modelos conservaba su lógica: tanto la prensa popular como la política tienen una importante tradición en la Argentina. Además, desde la aparición del semanario Primera Plana en 1962, la modernización del periodismo trajo una corriente interpretativa para minorías ilustradas que llegó a su cumbre en La Opinión.

Aunque sin dudas se basó en Crónica, Noticias copió ciertos elementos del antecedente imprescindible de la vertiente popular: Crítica, el diario del uruguayo Natalio Félix Botana, cuyo lenguaje ameno, demagógico e imaginativo acompañó su ruptura de los modelos tradicionales de los medios: mezclaba noticias de radioteatro y de política, de deportes y de internacionales, de policiales y de cine; campañas contra el comisario torturador Leopoldo Lugones (h) y concursos como el de mentiras criollas o payadores; una página permanente sobre el mundo obrero y un superhéroe de Dante Quinterno que en la década de 1930 se transformaría en Patoruzú.

Quizá los organizadores del diario hayan prestado especial atención a la particular selección del personal de Crítica: poetas, narradores y dramaturgos como Raúl González Tuñón, Homero Manzi, Jorge Luis Borges, Roberto Arlt, Samuel Eichelbaum, Jacobo Fijman; Noticias tuvo a Urondo, a Gelman, a Walsh. Por cierto no atendieron al detalle de la posición que Crítica tomó el 17 de octubre de 1945, cuando miles de obreros reclamaron la libertad del coronel Perón: “Grupos aislados que no representan al auténtico proletariado argentino tratan de intimidar a la población”.

El 29 de julio de 1963, tres meses antes de que cerrara el ya agotado Crítica, salió a la calle la primera edición, que fue una quinta, de Crónica. García estaba convencido de la necesidad de “un diario estridente, con grandes letras en la primera página, con titulares muy fuertes al estilo de los diarios centroamericanos”, definió Carlos Ulanovsky en su historia de la prensa nacional, Paren las rotativas. En 2001 García declaró una convocatoria de acreedores que dejó al diario en agonía y en 2004 pasó ocho meses de prisión domiciliaria por presunta evasión de impuestos. Pero cuatro décadas antes estaba ebrio del éxito que tenía su semanario Así, una publicación amarilla, gran despliegue gráfico, que vendía un millón y medio de ejemplares en tres ediciones semanales y prenunció el estilo de Crónica, “que desde el primer día mostró cuerpos sin vida”, según escribió García en sus memorias, Cien veces me quisieron matar. “Muchos decían de mi diario: ‘Si lo exprimís, gotea sangre’. Pero también hicimos escuela: desde hace muchos años todos mis colegas publican fotografías de víctimas, nacionales y extranjeras, hasta en sus portadas.”

En la vertiente elegante del periodismo interpretativo, Jacobo Timerman había prometido que La Opinión contendría en veinticuatro páginas tabloide todo lo que necesitaban los lectores jóvenes, modernos, de clase media alta y con ideas propias. Creó una empresa redituable con un diario en el cual todo expresaba opinión. Del mismo modo, Noticias publicaba notas informativas y sus columnistas eran invitados especiales ajenos a la redacción y afines a la Tendencia Revolucionaria.

Noticias salió el 20 de noviembre de 1973 y fue clausurado el 27 de agosto de 1974. Aunque en ningún momento reconoció su vínculo con Montoneros, tener a Firmenich entre las firmas destacadas —cuatro notas en otras tantas ediciones para expresar su gratitud al padre Carlos Mugica, recién asesinado— no era algo que se viera en cualquier diario. Escribió Miguel Bonasso, el director, en su memoria Diario de un clandestino: “Anoche vino Dardo [Cabo] y me largó una idea sensacional: la Orga quiere lanzar un diario popular de gran nivel, con los mejores periodistas del país3.” Según Gelman, fue Walsh quien había propuesto la edición de un medio para las fuerzas revolucionarias.

Para la fecha en que Bonasso recreó esa anotación, Montoneros contaba con una publicación política, El Descamisado, que había comenzado a salir poco antes de la asunción del presidente Héctor Cámpora, el 22 de mayo de 1973. Ese semanario batía el parche montonero y sus 100.000 ejemplares de tirada apuntaban al activismo en cada rincón del país. Un diario, en cambio, permitiría que Montoneros trascendiera ese núcleo militante, llegara a quienes no alcanzaba habitualmente, pusiera la línea de la organización en la construcción misma de la noticia. Sus criterios debían ser periodísticos, más parecidos a los de un medio independiente de información general.

En una de las reuniones preparatorias, con Urondo y Juan Julio Roqué, Bonasso conoció a Gregorio Levenson, el Goyo, un químico que en aquel momento tenía sesenta y tres años y la única experiencia de gestión empresarial que podían ofrecer las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Había sido el padre de uno de los fundadores de la organización que en breve se fusionaría con Montoneros, Miguel Alejo Levenson, muerto a fines de 1970. Se integró al peronismo revolucionario junto con otro hijo, Bernardo, asesinado en un operativo del Ejército siete meses después del golpe de 1976.

En 1906 el padre de don Goyo, un ruso que huyó del fracaso revolucionario de 1905 y se instaló en Polonia, se decidió a viajar a Buenos Aires por un gran retrato de Alfredo Palacios que vio en el consulado argentino en Varsovia, bajo el cual se explicaba que era un diputado socialista defensor de los obreros. Uno de los ocho hijos del exiliado ruso, Gregorio, fue obrero en un astillero de San Fernando y en 1927 lo detuvieron por primera vez cuando participaba en una protesta de anarquistas por la ejecución de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti.

Antes había integrado las pandillas de niños que crecían en la zona difícil del Delta, donde circulaban los pistoleros que necesitaban esconderse por un tiempo, los contrabandistas, los matones de los caudillos y los tratantes de blancas. También había pasado el sombrero para Carlos Gardel y José Razzano, que se presentaban como espectáculo secundario detrás de los payadores; para 1928, cuando Levenson viajó a estudiar a Córdoba, uno de los integrantes del dúo se había vuelto famoso. Cursó bioquímica y practicó boxeo con habilidad, pero su destino lo arrastró a la política. Participó de las luchas que siguieron a la Reforma Universitaria de 1918 y se afilió a la juventud del Partico Comunista (PC).

En 1933 debió salir sigilosamente de Córdoba, perseguido. Había llegado a recibirse, al menos, pero de poco le valió su título en el viaje de casi dos semanas colado en vagones de carga, de los que saltaba al anochecer para pedir alimentos. “La primera salida fue para mí bastante terrible pero no tuve más remedio que asumir la situación: llevaba dos días sin comer”, escribió en sus memorias4. Se habituó y hasta le encontró el lado bueno al asunto: “Cuando en el poblado no había policías, se formaban varias ruedas alrededor de un fogón donde cada uno arrimaba su tacho”.

Se alejó de la vida política y disfrutó por un tiempo de la bohemia de Corrientes angosta. Había conseguido un empleo en un laboratorio farmacéutico y allí estaba cuando un compañero de Córdoba lo acercó a las luchas obreras en Avellaneda, un polo industrial en manos del caudillo Alberto Barceló y sus delegados para los negociados y los ajustes de cuentas, los hermanos Ruggero. Allí conoció a Lola Rabinovich, una inmigrante rusa de veinte años con la que vivió hasta 1977, cuando un grupo de tareas de la última dictadura la llevó a la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), de donde jamás salió.

Levenson dejó el PC en 1943 para caer en las torturas de la Sección Especial de la policía y quedar preso dos años en Villa Devoto. Apoyó a Perón desde el Partido Laborista y trató a Eva Perón cuando ella le encargó que indujera a algunos gremios de la izquierda a integrarse a la CGT. En 1955 se sumó a la resistencia peronista, defraudado por las autoridades del gobierno depuesto:

“Junto a los azorados dirigentes obreros que habían abandonado las fábricas recorrimos algunos ministerios sin encontrar a nadie y pasamos al local de la CGT, donde la cúpula sindical ya había preparado sus valijas. Volvimos a Plaza de Mayo y encontramos el mismo espectáculo de soledad y azoramiento”. Fue cooperativista y administró su laboratorio en Ramos Mejía: por esa experiencia empresarial se hizo cargo de Noticias “como acto militante”.

—Yo participaba de parte de las FAR. Venía trabajando con Montoneros y una de las tareas conjuntas era la edición de un diario. El proyecto de Noticias fue la resultante de la política general de las dos organizaciones armadas que tenían mayor fuerza y presencia para aprovechar la gran aceptación de las masas.

¿Aceptación de las organizaciones armadas?

—Con la llegada de Cámpora al poder se abrieron perspectivas de legalización; como un arma democrática y legal, uno de los proyectos fue la edición de un diario.

¿Por qué una organización político-militar quiso un arma “democrática y legal”?

—No se podía separar el proyecto del crecimiento popular de la guerrilla. Fue el momento en que el peronismo estuvo más cerca del verdadero poder. Los Montoneros fueron un factor importantísimo y el diario no estuvo ajeno.

Levenson se integró a Noticias con un puesto de dirección: administrador general de Hoy S.A., la empresa que se constituyó para editarlo y de la que no quedaron registros en la Inspección General de Justicia. Cuando tramitó su pensión, Julia Constenla, viuda del secretario de redacción Pablo Giussani, descubrió que tampoco se habían hecho los aportes jubilatorios. Es probable que Hoy S.A. nunca haya sido inscripta legalmente. No obstante, tuvo directorio: lo presidía el ingeniero José Palma, propietario de un frigorífico, y lo integraron entre otros el ex vicecanciller del presidente Héctor Cámpora, Jorge Vázquez; el empresario metalúrgico César Cao Saravia, el sindicalista de fideeros Miguel Gazzera y el general Jorge Leal, quien había encabezado la primera expedición argentina al Polo Sur.

En El presidente que no fue, Bonasso mencionó al ex vicecanciller. “Para lograr el aporte ‘camporista’ organicé un encuentro, en mi casa, entre Mario Cámpora y algunos dirigentes de FAR y Montoneros, como Roqué y el propio Firmenich. Fue una reunión bastante tensa y desconfiada, pero dio frutos para el diario: como consecuencia del acuerdo, Jorge Vázquez se sumó al directorio y trabajó con pasión en el proyecto.”

Vázquez había asombrado con su audacia al plantear una Organización de los Estados Americanos (OEA) sin representación norteamericana y con la reincorporación de Cuba, ausente desde la revolución de 1959. Era el delegado más joven —tenía treinta años— a la Comisión Especial de la OEA cuando la llamó “ministerio de colonias”, denunció al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca como un beneficio de vía única para Estados Unidos y pronunció un discurso muy citado: “Es la hora de los pueblos, los monopolios deben renunciar a sus privilegios o sufrir la repulsa sistemática de los que han decidido luchar juntos por su liberación”.

Ese carácter marcó sus épicas peleas posteriores con el ex ministro Domingo Cavallo, que llegaron a una tensión máxima en 1992 y lo llevaron a dejar la embajada argentina ante la Organización de las Naciones Unidas. También mantuvo insólitas discusiones con la prensa, que en una ocasión incluyeron un fax a un periodista con el texto: “Con referencia a su libelo del domingo 4 de enero, tengo el agrado de dirigirme a usted en mi carácter de diplomático de carrera y embajador —siguiendo las reglas del oficio— para manifestarle que me chupe un huevo.” El ex presidente Carlos Menem se molestó por el tono y removió a Vázquez de su cargo en Chile.

En 1975 Vázquez participó en la fundación de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y el 24 de marzo de 1976 fue detenido en un procedimiento que involucró cuatro camiones militares y un simulacro de fusilamiento ante sus tres hijos5. Hasta su liberación en 1978, pasó por siete prisiones distintas y llegó a la cárcel de Devoto —donde perdió los dientes en la primera paliza, por lo cual lo bautizaron Kid Devoto, como a un boxeador— atado con alambres a otros presos.

El 7 de septiembre de 1979 la Junta Militar recibió en Buenos Aires a la Comisión Internacional de Derechos Humanos de la OEA, cuyo secretario ejecutivo era el chileno Edmundo Vargas Carreño, padrino de uno de los hijos de Vázquez. El ex vicecanciller había contribuido a la apertura de esa ventana a la situación de los derechos humanos en la Argentina y se había encontrado con el ex canciller de Honduras Edgardo Paz Barnica para acordar la entrega de un documento con denuncias sobre la desaparición de personas, cuyo original fue redactado en su casa de San Isidro en biromes azul —hasta que se acabó la tinta— y roja.

En 2004, tres años antes de su muerte, en esa misma casa de San Isidro por pocos días —vivía en Lima, su último destino como embajador—, Vázquez dio una visión que reescribe ligeramente la de Bonasso:

—Un día me llamó Paco Urondo, querido amigo. Necesitaba hablarme. Lo recibí en un departamento prestado, en la calle Esmeralda, frente a la comisaría 15. Me dijo que iban a hacer el diario, me preguntó si yo podía encargarme del armado del directorio. Le dije que sí.

¿Por qué?

—Mi relación con Montoneros no estaba estructurada, y ellos no estaban en la clandestinidad todavía. Además, el cariño que le tenía como escritor, como a Juan Gelman, me hizo decirle que sí con mucho gusto. Se me ocurrió convocar al ingeniero José Palma, presidente del frigorífico Cocarsa, y a un amigo muy estrecho, el arquitecto Hugo Taboada, que fue intendente de Córdoba. Pero cuando leí El presidente que no fue me encontré con que esto había surgido de una negociación entre Mario, el sobrino de don Héctor Cámpora, y Firmenich. Yo terminaba siendo un objeto, no un sujeto de la historia.

¿Cómo definiría usted su papel?

—Yo no pertenecía a la organización sino que estaba ligado al presidente Cámpora y la línea de los cuarenta y nueve días de su gobierno. Tengo un pensamiento peronista —si bien crítico: no era ni soy de la derecha peronista— y me comprometí con un diario que defendería el amplio espectro del sector progresista, de una juventud que por primera vez tenía protagonismo comprometido. Noticias quería ser la voz de quienes no la tenían en Clarín, La Nación y el resto de la prensa.

Vázquez visitaba la redacción por sus amigos —Urondo, Gelman; el ex senador uruguayo Zelmar Michelini, redactor de Política; el editor de Internacionales, Pablo Piacentini— y entregaba columnas de opinión, la única clase de nota que salía con firma. Después de organizar el directorio con la poca gente a la que logró convocar para semejante empresa, delegó su control. “Yo en realidad no tenía el manejo, lo llevaba el Goyo junto al ingeniero Palma, quien quedó como presidente.”

¿Participó en asuntos editoriales?

—Escribía. Pero nunca discutí sobre la línea del diario. Yo era crítico de Perón. No creía que estuviera rodeado por la derecha: él se rodeó. Ya se había demostrado en Ezeiza cuando él dijo: “Vengo como prenda de paz”. Pero cuando hay injusticia no hay paz. Y el sector sindical de aquellos tiempos era un aparato poderoso y siniestro. En el diario nadie se engañaba. Mi pensamiento crítico era también el de la redacción y el directorio en general. El de Montoneros era otra cosa.

¿Recuerda a otros miembros del directorio?

—Pocos aceptaron el desafío.

Tanto Levenson como Bonasso mencionaron a un empresario metalúrgico, César Cao Saravia

—Ah, sí.

…a Miguel Gazzera…

—Sí, Miguelito Gazzera, sindicalista de fideeros.

—…y al general Leal.

—Los recuerdo, excepto a Leal. Pero prácticamente no había reuniones de plenario.

Sin embargo Gazzera, figura histórica del Sindicato de Trabajadores de Pastas Alimenticias, niega haber integrado ese directorio. Dice que en 1974 hacía política gremial y “los muchachos” —Montoneros— se enteraron de que él existía. “Había una relación de encuentros, sobre todo ideológicos. Empezamos las discusiones políticas en tanto peronistas.”

¿Así llegó a Noticias?

—Querían que me hiciera cargo de la página sindical.

Un ofrecimiento editorial.

—Sí, sí, sí.

Pero usted integró el directorio.

—No. Estar ahí no me interesaba. No sirvo para tesorero y todos esos cargos. Para sumar dos más dos necesito una calculadora. Y ahí había una sumatoria también: conocía de dónde venía el financiamiento y quién lo traía; incluso sabía la cantidad que se ponía mensualmente. La situación no era tan simple. Yo no podía asumir responsabilidades porque carecía de autoridad. Los que tenían autoridad estaban fuera del diario. Yo escribía. Publicaban con firma y con foto. ¡Me comprometían policialmente!

Bonasso y Levenson, entre otros, lo ubicaron en el directorio.

—La ubicación desde el punto de vista del directorio… era más nominativo que administrativo. El tema administrativo lo conversábamos porque yo sabía de dónde venía el dinero y cuánto era, no teníamos misterios. Pero no, en lo administrativo, no.

Gazzera libra a la interpretación que se haya usado su nombre para llenar sillas en un directorio que poca gente quería integrar y que en la práctica no actuaba. Es difícil entender que este viejo político, que participó de la resistencia peronista y conoció la prisión en el barco Bahía de Suceso, las cárceles de Puerto Madryn, Campana, Esquel y Caseros, entre otras, disimule en un punto tan menor. Compartió celda con Cooke y durmió en casas de amigos durante la infancia de sus hijos, hasta que en 1960 Perón le dijo que se reintegrara a su familia, que no la expusiera a allanamientos ni viviera a salto de mata. Pero es imposible moverlo de su discurso:

—Yo participaba con el director en las conversaciones, con Norberto Habegger, que estaba allí también, y con los muchachos discutía política en el sindicato. Yo separé la situación política. Allá hablaba con los periodistas.

¿Recuerda a Urondo?

—No. Me cuesta juntar la cara con el nombre. He visto demasiada gente.

“Se dice que la financiación provendría del rescate del ‘holandés’, un alto ejecutivo de la Philips por el que se pide un millón de dólares”, escribió Bonasso.

—No recuerdo. Yo no intervenía mucho en eso —Levenson fue elusivo ante el punto.

Usted era el administrador. Y el que afirma eso era el director.

—Pero no, no creo. No se hizo algo específico, sino que las organizaciones de algún lado sacaron dinero.

¿“De algún lado”?

—A nosotros no nos querían comprometer. Y yo menos me quise comprometer en ese momento, ni quiero ahora, en afirmar que la plata salió de un secuestro.

El perro que lo acompañaba en el pequeño departamento de Villa Crespo donde vivía —Levenson murió en el año 2004— ladró como si quisiera recordarle al hombre sentado en un sillón raído que mentir es una cosa fea. Me conmovió que ese octogenario guardara secretos y lealtades tan antiguos. Habían matado a buena parte de su familia; su sueño de una sociedad más justa había sido aplastado; en el mundo imperaba sin contrapeso el capitalismo contra el que había luchado; donaba su tiempo a la Red Azul y Blanca para rescatar de la calle a chicos marginados. Y se hacía el tonto sobre el origen de los f

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