Periodismo sin aliento. El descamisado

Ricardo Grassi

Fragmento

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Sesenta y tres semanas en su contexto:
un punto en la inmensidad de la Guerra Fría

Quien está sentado frente a mí en la otra cabecera de la mesa dedicó veintinueve años a la CIA. Alcanzó una posición de tal importancia que gran parte del mundo no le fue ajena, mucho menos Latinoamérica. No es poco.

En la defensa de su mundo contra el comunismo, primero, y en la Guerra contra el Terror, después, llegó a integrar el Directorio de Operaciones y el Directorio de Inteligencia de la poderosa agencia de espionaje de Estados Unidos. Un peso pesado con cara de niño y manos regordetas. Muy alto y con muchos kilos de más, en sus facciones delicadas y serenas brillan ojos de carbón que miran atentos bajo espesas cejas horizontales.

Es febrero de 2010, tiene 61 años y conversamos en un lugar distante de Argentina y Estados Unidos: Kabul, Afganistán. Aquí trabajo desde 2003 y él desde el 11 de septiembre de 2001, aunque ahora no como agente de espionaje sino como analista, investigador político y consultor especializado en Afganistán, Pakistán y contraterrorismo. Eso permanece: todo bicho que camina en sentido opuesto, para Estados Unidos es, en principio, un terrorista.

Una pareja de amigos afganos ha organizado el encuentro sin disimular la curiosidad sobre qué pasaría.

Entre risas y con ironía va contándome algunas de sus historias de espía mundial con la condición de ocultar su nombre verdadero porque firmó un acuerdo que lo obliga a no decir nada públicamente sin pasar antes por la censura de la CIA. Para facilitar el relato, lo bautizo Antonio Díaz. Habla en castellano con cadencia caribeña: nació y creció en el colonizado Puerto Rico, donde su identidad adquirió la maleabilidad de la hibridez.

Intercalo mis historias, que resultan provincianas frente al testimonio de alguien ante quien el drama argentino y del Cono Sur se reduce a un punto en el mapa mundial de la Guerra Fría sin fronteras, una telaraña para atrapar y aniquilar comunistas —según la simplificación estadounidense, todos lo éramos— que el relato de Antonio va ilustrándome de un modo certero. Argentina fue un caso más en un enfrentamiento en todo el Cono Sur —la cacería de chilenos, bolivianos, brasileños, uruguayos, peruanos, paraguayos, argentinos—, en toda Latinoamérica y en el mundo entero entre guerras calientes o frías en las que él y yo estamos atrincherados en uno y otro lado del combate.

Conoce ese proceso a tal punto que quiere aclararme que cuando en 1980 ingresó a la siniestra CIA, en la agencia “se insistía cada vez más en que las operaciones anticomunistas, unilaterales o en apoyo a cuerpos de seguridad aliados, no debían dar lugar a violaciones de derechos humanos”.

Percibe mi gesto escéptico. En 1980, todo el Cono Sur de Latinoamérica había quedado libre de la “amenaza comunista”, comento, y Estados Unidos podía volver a considerar los derechos humanos.

“No niego que Estados Unidos apoyó dictaduras terribles en América Latina y en todo el mundo. Sin dudas, existió un plan anticomunista durante los años de la Guerra Fría. En los 50, 60 y 70 operaban oficiales de la CIA de extrema derecha y con la mentalidad feroz de los que hicieron la guerra sucia contra la población civil de Argentina y estimularon los horrores del Plan Cóndor”.

Cree que el cambio fue sincero y que en su país coexisten pensamientos muy distintos que se afianzan según el momento histórico.

“La Unión Soviética ya no existe. El temor de Estados Unidos por la amenaza comunista en América Latina ha desaparecido”, me dice. “Con miles de desaparecidos”, le digo.

Antonio eligió retirarse sin ocultar su pasado. Va diciendo “yo era de la CIA”.

A los 30 años tramaba una vida distinta: se había formado para estudiar a los indígenas latinoamericanos; su vocación era la antropología. Sin embargo, en las sangres materna y paterna conjugadas en él navegaba otro mandato que, con intuición o sabiduría, su mujer mexicana con rasgos indios desencadenó. Cuando regresó a su casa en Los Ángeles al cabo de tres meses de convivir con indígenas, ella le preguntó: “Antonio, amor, ¿cuándo va a buscarse un trabajo serio?”, y sin más le puso delante un anuncio de la CIA buscando gente como él. Antonio se resistió, no le gustaba la idea de ser un agente secreto. Cedió cuando ella recalcó la pobreza en la que vivían.

“Yo sé que existe toda una línea de pensamiento que apoya la conclusión que planteas, que las dictaduras del Cono Sur servían a un plan global imperialista de los Estados Unidos”, intercala.

“Estoy enterado de ese punto de vista. He leído Las venas abiertas de América Latina1 y cuando era estudiante universitario vi varias películas izquierdistas o revolucionarias, como Sangre de cóndor.2 Pero para mí era una relación de intereses mutuos, no de amo y sirviente sino de aliados para quebrar cualquier movimiento revolucionario y lograr la derrota definitiva del comunismo en América Latina”, opina.

Antonio empezó como oficial de inteligencia e hizo carrera. Primero como cerebro pensante y luego como un muy inteligente espía operativo. Con atención y método, se especializó en muchas regiones del mundo. Fue en Latinoamérica donde empezó su trabajo, a cuyo servicio puso una formación académica excepcional. Juntó pasión con trabajo y, adaptándose a las circunstancias, realizó su plan de estudiar a los indígenas de América Latina: escribió libros por los que se convirtió en un pionero en la aplicación de la antropología al trabajo de inteligencia. A ello sumó investigaciones sobre los movimientos insurgentes latinoamericanos, que la CIA consideró fundamentales. Entendernos para ganarnos. Eso ha intentado siempre. En los cargos que ocupó concibió programas de contraterrorismo y contrainsurgencia en todo el mundo que iban de la planificación inicial hasta la aplicación integral.

Él y yo estudiábamos los mismos ejemplos en sentido opuesto —Argelia, Cuba, China, Vietnam, la Unión Soviética, la descolonización de África—, cada uno buscando los caminos del triunfo sobre el otro.

Un enemigo le hizo notar que sin estudiar a Lenin poco podía entender y él se zambulló en sus obras completas. “Fue como escuchar una obra de Bach en la cual cada nota tiene su función y sentido; cada concepto formaba parte de una amplia estrategia multifacética para derrocar gobiernos. Me pareció verdaderamente genial por su manejo astuto de la política, la propaganda y la violencia”, me dice aún hoy con entusiasmo.

Cuando nuestro Cono Sur ya había sido “pacificado”, lo destinaron a El Salvador, donde las papas seguían quemando. Pudo entender cómo —aplicando tres pasos metodológicos leninistas— el Frente Farabundo Martí aumentaba su popularidad. O sea que estaba en condiciones de combatirlo mejor.

El desenlace de este período histórico que nos incluye y que fue iniciado con la Gran Guerra en 1914 y la revolución bolchevique en 1917 tuvo su símbolo poderoso: la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Un pensamiento único mundial se abrió paso.

Esto sucedía quince años después del escaso año y medio que cubre este libro: de mayo de 1973, con la asunción de Héctor Cámpora a la presidencia, a septiembre de 1974 cuando —dos meses después de la muerte de Juan Domingo Perón— Montoneros anunció que volvía a sumergirse en la clandestinidad y el semanario El Descamisado, hilo conductor de estas páginas, fue clausurado para siempre, la paramilitar Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) de José López Rega sembraba terror y, con el beneplácito del gobierno de Antonio, se preparaba la gran matanza iniciada el 24 de marzo de 1976 por el teniente general Jorge Rafael Videla.

En el mismo momento en que la gente ya coleccionaba pedazos de la histórica pared que simbolizaron el triunfo definitivo de Antonio, había nacido otro símbolo, más íntimo pero decisivo para definir al vencedor de la Guerra Fría: la derrota del ejército soviético en Afganistán por muyahidines financiados por Estados Unidos a través de Pakistán. Siguió una guerra civil que ganaron los talibanes, musulmanes integristas que hospedaron a Osama bin Laden.

Para el Antonio internacional empezó otra guerra. Aniquilada la amenaza comunista, “la gran preocupación de los Estados Unidos ahora son los terroristas musulmanes”, me dice.

Desde el día del ataque a las Torres Gemelas en Nueva York y al Pentágono en Washington, el 11 de septiembre de 2001, tuvo que concentrarse en el combate contra Al Qaeda. Organizó el grupo que George W. Bush envió de inmediato a Afganistán con la misión de capturar a Bin Laden y al que Antonio apoyaba desde la sede central de la agencia, en Langley, Virginia.

Nuestra conversación ilustra una guerra mundial en la que el semanario El Descamisado combatía, y donde si hubo demonios uno se llamó perpetuación del sistema capitalista y el otro la revolución socialista que el semanario propugnaba. Es este el contexto mundial en el que existieron la revista, el último gobierno de Juan Perón y la feroz dictadura inaugurada por Videla. Sin tener en cuenta ese contexto, el debate sobre lo que ocurrió en nuestro país no encuentra la medida que le corresponde, la historia se deforma y su trascendencia se reduce a un exabrupto municipal.

El objetivo, confirma el ex agente de la CIA Antonio Díaz con un valor testimonial que supera interpretaciones teóricas, era que no quedase ni uno de los que entorpecían el plan de Estados Unidos y sus aliados en el Cono Sur.

Cuando termina de entender a quién tiene enfrente, no limita su sarcasmo y lanza frases en las que se mezcla la complicidad amistosa entre guerreros:

“¡Coño! Mira tú que yo pensaba que en Argentina a ustedes los habíamos eliminado a todos y vengo a encontrarme con uno: ¡el ex director de El Descamisado, y en Kabul! ¿Cómo lograste zafar, chico?”

Fueron demasiados los eliminados. Entre ellos mis amigos con los que dirigíamos El Descamisado cada semana, Enrique Jarito Walker y Juan José Yaya Ascone. Me es tan difícil digerir el sarcasmo como acomodarme en la complicidad que ofrece. Le respondo empalmando mi risa a la suya: “¡Y yo nunca antes había comido con un hijo de puta de la CIA!”.

Es el punto culminante que esperaban nuestros amigos afganos.

Antonio sale al paso de la tensión que crea mi respuesta: “¡Eso es lo que tú te crees!”, rebate con una carcajada, y la cena continúa.

Todos reímos, pero las frases conservan su objetiva dureza.

“Quizás tener una conciencia viva de lo injusto e implacable que puede ser el ser humano produce un sentido del humor amargo y chocante”, se excusa Antonio.

“La idea de que no quede ni un solo revolucionario o reformista vivo representa la mentalidad brutal de los que hicieron la guerra sucia, no la forma en la que yo pensaba y pienso”, agrega.

Salimos a la noche oscura y desolada de Kabul, quebrada por pesados camiones fileteados que viajan hacia Pakistán levantando una polvareda tóxica llena de mierda seca en la que se interna el coche del inmaculado Antonio Díaz.

1 Del escritor uruguayo Eduardo Galeano.

2 Dirigida por el boliviano Eduardo Sanjinés en 1969, referida a la esterilización de mujeres bolivianas llevada a cabo por la agencia estadounidense Cuerpos de Paz, aunque ésta lo niega.

I
Una identidad, tres nombres
entre Buenos Aires, Tucumán y Kabul

Muchos años antes, e inspirado por un diáfano amanecer porteño de 1976, el Indio Puchi encontró la solución. Ladeó la boca, porque ese es su estilo cuando se trata de interjecciones, y con su voz siempre sonora exclamó: “¡Je, estos no van a joderme!”.

Digno ejemplo del arte del rebusque, coleccionista tenaz y voraz, no estaba dispuesto a perder el tesoro que custodiaba, pero era demasiado peligroso tenerlo en su casa: por cada papelito que encontraban, más te torturaban y te desaparecían los que, capitaneados por Videla, habían usurpado el gobierno para iniciar una nueva dictadura a la que bautizaron Proceso de Reorganización Nacional.

Puchi necesitaba ocultar parte de su historia y su revista, El Descamisado, y las dos que lo sucedieron sin alterar su identidad —El Peronista y La Causa Peronista—. Allí había trabajado desde el principio, primero como laboratorista y luego como el reportero gráfico que siempre quiso ser. Fue coleccionando ejemplares, además de copias de fotos y muchos negativos que no quería perder porque eran un pedazo del archivo fotográfico de la revista.

Metió todo en un gran bolso deportivo blanco, esperó un día de lluvia —a los canas y a los milicos tampoco les gusta mojarse, pensó— y fue en colectivo hasta la estación Retiro a buscar a un amigo de confianza que no dudaría en ayudarlo.

“Tengo que deshacerme de esto por un tiempo”, le dijo, y mantuvo fija su mirada de ojos celestes muy grandes, esa luz con la que algún gen imprevisto matizó sus rasgos gitanos dominados por el pelo renegrido, lacio e indomable que le valió el apodo de Indio. El sobrenombre Puchi nació en algún recodo de la infancia y no tiene relación aparente con su nombre, Héctor Vázquez.

El amigo era un mayorista de golosinas que abastecía los kioscos de las estaciones de trenes de Buenos Aires. Conversaron en el gran hall del Ferrocarril Mitre, riendo y gesticulando pero teniendo en cuenta que el lugar era un hervidero de informantes y policías de civil que podían estar observándolos. Al amigo no le importó conocer el contenido del bolso sino solo saber si eran armas, y Puchi le respondió con énfasis: “¡’tas loco, cómo voy a traerte fierros y no decírtelo! Son fotos y revistas de nuestra historia”, se animó a confiarle.

El mayorista se sintió aliviado, aunque no había dudado en ayudarlo incluso si hubieran sido armas. Pensó que los ferroviarios lo ayudarían, pero el bolso no podía pasar de las manos de Puchi a las de él en ese lugar. Lo hizo caminar hasta uno de los kioscos, entraron y el bolso dejó de ser visible.

“Apoyalo aquí, andate y nos encontramos dentro de un par de horas en la Plaza San Martín, donde empieza Florida, así te digo cómo anduvo”, le dijo y salieron juntos, siempre charlando y riendo.

Poco después, el mayorista cargó el bolso como tantos otros que habitualmente llevaba. Por las dudas, lo había abierto y endulzado el contenido cubriéndolo con una buena dosis de caramelos. Cuando encontró al ferroviario en el que más confiaba, fue directo.

“Necesito que me cuides esto, por favor.”

El otro miró primero el bolso y luego a su interlocutor con gesto inquisitivo.

“No son caramelos ni armas sino algo valioso que no debe perderse.”

El ferroviario siguió mirándolo. Entendió que el favor venía con riesgo y calculaba en silencio.

“¿Podés o no?”, insistió el amigo de Puchi. El bolso empezaba a inquietarlo.

Recién cuando el ferroviario extendió el brazo, el mayorista de golosinas agregó: “Ojo, que es de los montoneros y es probable que tengas que tenerlo por algún tiempo; depende de cómo vayan dándose las cosas, vos sabés”. Pensó que así nadie abriría el bolso y sabía que esa gente nunca llama a la cana, le dijo a Puchi para tranquilizarlo cuando volvieron a encontrarse.

Casi cuatro años después, hacia fines de 1979 Puchi sintió que lo peor había pasado. Buscó al mayorista de golosinas y este fue a encontrar al ferroviario.

“Volvé mañana a esta hora”, le dijo.

Cuando el ferroviario le entregaba el bolso, el mayorista no contuvo su curiosidad: “No tiene ninguna importancia, pero ¿dónde lo tuviste escondido?”.

El ferroviario rió. “Todo el tiempo detrás de bolsas llenas de cartas”.

Uno sobre otro, ocultos en un rincón del vagón postal del Estrella del Norte, los ejemplares que componían aquella colección incompleta viajaron durante más de tres años ida y vuelta los 1.156 kilómetros que hay entre Buenos Aires y Tucumán.

Treinta años después, esos mismos ejemplares llegaron a Roma, donde estaba mi casa, y viajaron a San Quirico d’Orcia, Toscana, donde vivo ahora, y a Kabul, donde acabo de despedirme de Antonio Díaz.

Conseguir los números que le faltaban a la colección de Puchi requirió un cazador meticuloso como Daniel Iglesias, para quien la revista es algo central en su vida: allí inició su carrera de director de arte y armó casi todas las páginas de El Descamisado y sus sucesoras.

Aprendió más: “El único filtro era la gran voluntad de hacer; en ese lugar uno se subía a la vorágine o no podía durar, no había tiempo para otras cosas. Era como una película y querer ver cómo seguía”.

La búsqueda lo llevó hasta varias ferias del usado en Buenos Aires, sobre todo a la de Parque Rivadavia. Solo tenían números sueltos. Alguien tomó los datos de Iglesias y poco después un personaje singular se presentó en su oficina para ofrecerle una colección que, dijo, era completa.

“Mostrámela”, le dijo Daniel. “Mostrame que tenés la plata para pagarme”, reaccionó el otro, ofendido.

Regresó al día siguiente con lo que tenía, que era bastante aunque no todo —como había dicho—, pidiendo la cifra exorbitante de 1.800 dólares. Daniel le ofreció un cafecito antes de que se fuera y así su interlocutor entendió que empezaba el regateo. Cerraron por ochocientos. Pocos días después apareció, gratis, otra colección que tenía muy pocos ejemplares menos que la que acababa de comprar y que la de Puchi. Eficaz como fue en su período militante, Mercedes Depino había conseguido lo que Daniel le había pedido también a ella.

Daniel se encerró en su oficina, extendió todos los números y pudo armar la colección completa que ahora yo despliego en el jardín de mi casa kabulí. Con el miedo de que se perdieran si los despachaba con mi equipaje, durante tres años cargué los sesenta y tres ejemplares siempre al hombro en mis viajes entre Europa, Latinoamérica y Asia, donde fui escribiendo este libro.

Puestos uno a continuación del otro trazan una línea de diecisiete metros. Tienen tapas rojas, amarillas, verdes, negras, marrones, blancas, cada semana un color pop y un único titular. Grande, neto y vendedor. Bajo el cielo alto y dramático del invierno afgano y a 1.800 metros de altura rodeados por las poderosas montañas nevadas de la cordillera del Hindukush, las tapas son la huella contundente de un triunfo sonoro y del camino hacia una muerte de la que demasiados no zafaron. Del martes 8 de mayo de 1973 al martes 3 de septiembre de 1974, una tapa, dos, tres, son apenas cinco las que expresan esa alegría que toca el cielo con las manos. Rojo fuego, marrón, blanco, amarillo, blanco otra vez, casi como las vocales adolescentes de Arthur Rimbaud, que van rodando de la ilusión al dolor y otra vez a la ilusión, que es tan terca. La sexta repite el rojo, pero ya es de sangre y masacre. La siguen tapas de sorpresa, indignación, confusión. Está la tapa de la torpeza y la ceguera. Las de la esperanza y la ingenuidad que llevan del triunfo al triunfalismo, a la tozudez, al despecho. Empiezan a mostrar cómo la pesadilla asoma la cabeza y El Descamisado va cubriéndola oponiéndose con obstinación. Por último, la tapa que anuncia con palabras duras el silencio de la palabra.

El Descamisado fue el torrente liberado al quebrarse el dique de las dictaduras argentinas. Nació en un breve momento de triunfo tan exuberante como sus cuarenta protagonistas, quienes pudimos vivir una fiesta inolvidable: nos reuníamos cada día sintiendo que juntos hacíamos algo poderoso. Dormir era un detalle cuando el tiempo se esfumaba discutiendo titulares, fotos y epígrafes y la imaginación hacía volteretas partiendo de trampolines tan sincronizados que el vuelo de uno empalmaba con el de otro. Éramos acróbatas enlazándonos en el aire estimulados por un público ávido que agotaba en los kioscos el resultado de nuestra pasión semanal. Hacer el Desca resultó una experiencia única y, el tiempo lo enseñó, irrepetible.

El Desca, de la que me tocó ser el “cocinero director”, cubrió un arco de tiempo excepcional en nuestro país, el Cono Sur y el mundo. Se convirtió en un caso editorial no solo por la profesionalidad con la que la hicimos sino también por la circunstancia política: el 25 de mayo de 1973 iba a asumir la presidencia Cámpora, terminando dieciocho años de proscripción del peronismo. Uno de los fotógrafos que trabajaba en la revista sintetizó: “Nosotros somos normales, es la realidad que es extraordinaria”.

Abarca las apenas sesenta y tres semanas que fueron el preludio de los años más violentos y trágicos de nuestro poco sereno siglo XX. Refleja como ningún otro medio de la época la inesperada ruptura, dramática y tortuosa, entre Perón y quienes considerábamos que ese gobierno se había conseguido gracias a la resistencia peronista y que debía construir el socialismo.

En ella, a los periodistas de mi generación, que crecimos de dictadura en dictadura, por primera vez no nos fueron necesarias las entrelíneas ni ocultar lo que pensábamos y elegíamos. Habíamos vivido esquizofrénicos, sobre todo a partir de 1966, cuando el teniente general Juan Carlos Onganía se instaló en la Casa Rosada interrumpiendo el gobierno democrático del radical Arturo Illia. A diferencia de dictadores anteriores, que iniciaban la opresión anunciando elecciones, Onganía vociferó la voluntad militar de quedarse para siempre. No les fue posible. La dictadura, inestable por la creciente movilización popular, duró siete años en los que a Onganía lo sucedieron otros dos dictadores, los generales Marcelo Levingston y Agustín Lanusse. Con el mismo ritmo, muchos de mi generación dimos el paso hacia la política y la resistencia activa contra los gobiernos militares. No éramos sumisos y nos sumamos sin retaceos y con alegría a las tareas para cambiar la vida.

En 1973, un sol democrático pareció dejar atrás para siempre la vida clandestina y a los dictadores también. Una ilusión como cualquier otra, persistente aun al ir siendo devorados por la tragedia que envolvió a todos, incluso a aquellos cuyo única culpa fue tener algún amigo o pariente subversivo.

También la de los dictadores es tragedia, porque es trágica la defensa con brutalidad de un orden inicuo por el cual estuvieron dispuestos a bañarse en sangre e hipocresía: al ser condenado a prisión perpetua por sus crímenes cometidos treinta y cinco años antes, Videla siguió creyéndose un justo católico víctima de vengadores. Ahora, sus huesos reposan en una tumba sobre la que deudos y acólitos pueden dejarle flores. El peso que acarrean los míos no es la derrota, que fue tan histórica, colectiva y mundial que disuelve el drama individual, sino el luto que el tiempo no destiñe y que las flores dedicadas a nuestros muertos hay que ofrecérselas al viento, al río, al océano Atlántico y a la vasta tierra anónima.

De tamaño un poco menor al tabloide, los ochenta mil ejemplares semanales, con picos de 200 mil, se esfumaban de los kioscos. Pasó a ser un deporte afanarle el ejemplar a quien lo había conseguido antes de que se agotara; se calculaba que cada copia la leían al menos diez personas. Dos millones de lectores semanales. Escuelas en rincones remotos del país la usaban para enseñar episodios de la historia argentina cuyo guión escribía un maestro mundial de la historieta, Héctor Oesterheld, y al que le ponía imágenes asombrosas un gran dibujante y artista, Leopoldo Durañona.

El Descamisado definió un estilo nuevo en el periodismo argentino que sus enemigos imitaron enseguida. Fue un ejercicio de lenguaje ya estudiado por semiólogos, de periodismo popular y militante que rechazó el corsé aburrido de las publicaciones de la izquierda tradicional, innovó el concepto gráfico y acertó con un estilo fotográfico inspirado por aquella realidad. Era caliente, hecho por cronistas y noteros notables, buenos fotógrafos y diagramadores que aún no se llamaban diseñador gráfico ni director de arte, todos con la misma pasión para ir a rincones del país donde nadie iba y para trasnochar cuantas veces fuera necesario.

Aunque expresaba oficiosamente una política, el secreto de su éxito fue haber elegido hacerlo con criterio periodístico y con la misma creatividad comunicativa que caracterizó a la militancia de la Juventud Peronista, la JP, y del montonerismo en su conjunto.

Hay algo más que explica el suceso: en sus páginas estaban “los pobres” como en ninguna otra publicación. En la nuestra, pobres y desamparados aparecían peleando. No lloraban, exigían. No estaban resignados a ser pobre gente o revoltosos, como se los presentaba en la mayoría de los medios, sino apropiándose de sí mismos y reclamando con sus nombres y apellidos una vida digna. Así pudo ser la revista que ellos querían cada semana y de allí emergió otro hecho sin precedentes para una publicación tan masiva: cuando la política empezó a complicarse, los miles de ejemplares semanales se convirtieron también en el instrumento de comunicación para que cada uno y cada agrupación del montonerismo supieran hacia dónde rumbear. Por eso nos clausuraron tres veces.

Los intelectuales solemos analizar sobre todo las palabras, pero en El Descamisado y sus sucesoras resultaron centrales la relación gráfica-texto, el estilo fotográfico inédito, la historieta, los titulares y que los grandes reportajes y las crónicas fueran tales aunque también bajaran línea. Todo ello en un marco excepcional que quienes hicimos la revista no vacilamos en aprovechar: del primero al último día pudimos comunicar y operar culturalmente sin censura ni restricciones, aunque la inseguridad haya ido en aumento a partir de la masacre de Ezeiza, el 20 de junio de 1973.

En ese espacio insólito para nuestra generación, irrumpieron El Descamisado, primero, Militancia, ¡Ya! y el diario Noticias, después. Todos, cada uno con sus matices políticos y editoriales debido a diferentes orígenes y objetivos, retomaron los pasos de publicaciones antiguas como Azul y Blanco y otras más inmediatas como Cristianismo y Revolución, el Diario de la CGT de los Argentinos, Crisis, Nuevo Hombre y la uruguaya Marcha.

Muchos de los que hicieron el Desca fueron asesinados: catorce. Los que seguimos vivos conservamos energía para contar lo que hicimos, que algunos han analizado sin que hasta ahora hayamos dicho lo nuestro.

Para hacerlo, también tuve que releer toda la colección de principio a fin, como hacía cada semana con el ejemplar aún caliente, que es cuando se descubren las picardías del fantasma de la imprenta. Aunque más de una vez me avergüenzan tonos y giros que hoy no usaría, ha vuelto a contarme un momento de gloria, muchos de lucha y los pasos inciertos que desembocaron en un profundo callejón sin salida.

He buscado no escribir para mis coetáneos —aunque en ellos pienso al hacerlo— sino para nuestros hijos y nietos.

Este libro pretende ser la pintura de la energía de una época y de mi generación, como me sugirió Lilia Ferreyra conversando en un bar de Buenos Aires. “Ese libro aún falta porque es difícil lograr escribirlo”, dijo con la brevedad y la precisión que la caracterizaban.

Fue aquel, el fin de los años 60 y principio de los 70, un prodigioso momento histórico mundial de síntesis cuya claridad deslumbró. Nuestra juventud hizo el resto, sin contar con que la ingenuidad es siempre parte de ella. Si alguna vez la percibimos, la llamamos pureza y amor, que elegimos no enturbiar con el cálculo. Un militante no es un político; se compromete con una elección sin esperar más que la felicidad que le da sentir que hace, con otros, algo nuevo en lo que cree y que da sentido a su vida. Son las circunstancias las que llaman militancia a lo que debería ser el modo de vivir: con otros, para todos.

Con la mirada relativamente lejana del tiempo y la relectura de esas sesenta y tres semanas, se entiende que éramos protagonistas en un desenlace que no podíamos considerar ineludible. Con las armas de la democracia, como en los casos de la Argentina breve de Cámpora y sobre todo en el Chile de Salvador Allende, se amenazaban las bases de un sistema que no estaba dispuesto a morir. Por eso persiguieron, torturaron, mataron, y con el fin de que ni quienes huían pudieran salvarse, los Estados militarizados de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay, con la complicidad de Estados Unidos, se coordinaron bajo el Plan Cóndor. Aunque la realidad misma nos iba evidenciando el plan y el papel de su cómplice, recién en estos últimos años hemos podido acceder a detalles documentados que incluyen, en nuestro país, el aval otorgado a la obra criminal de la junta militar dirigida por Videla.

De las memorias posibles, la más fácil pero incompleta es la que componen cifras y documentos. Alguien los registra y acumula, siempre. También están quienes necesitan que lo oculto atroz se sepa porque no soportan su peso. Luego alguien busca todo y lo encuentra, algún otro logra ser el vehículo de confesiones.

El Desca, en cambio, es otra memoria. Se convierte en tal, revisitándolo. La evidencia de lo que no sabíamos ni entendíamos adquiere algún tipo de lógica al examinarlo y ponerlo al lado de cifras y documentos, conocidos cuando el tiempo cómplice del poder autoriza a revelar secretos que oculta para proteger a los responsables directos.

Recorrer y narrar en el presente la crónica vital y exasperada que el Desca construyó hace que esta sea también una obra de ficción. El desafío es no traicionar la ficción con el conocimiento adquirido mucho después. Es mejor decir desde el principio que es muy probable que haya fracasado.

La memoria, además de frágil, puede ser fantasiosa al recomponer hechos que dibujan el hilo que oscila entre lo que somos o creemos ser y lo que fuimos. Que todo depende del cristal con el que se mira ya nos lo enseñó el saber popular apropiándose de un verso de Campoamor. Mi cristal, rayado al cabo de cuarenta años de caminante y con una mirada crítica, opone a la eventual infidelidad de la memoria las certezas del tono de una voz, la luz de un momento de miedo, alegría o serenidad, las sensaciones del triunfo y la derrota, la adrenalina del fervor o del animal acorralado, el recuerdo tan asombrosamente preciso de la manera de reír, gesticular y enojarse de un amigo, un compañero o un enemigo, el amanecer sin sombras del 20 de junio de 1973 en Ezeiza, el sol que inundaba mi oficina el día que asesinaron a José Ignacio Rucci o la contrastante serenidad de la casa en la que Mario Eduardo Firmenich nos contaba cómo habían matado al teniente general Pedro Eugenio Aramburu.

Todo ello, inmune al paso del tiempo, para bi

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