Judeofobia

Fragmento

AGRADECIMIENTOS

Primeramente, vaya mi agradecimiento a quienes ya no están. Ningún investigador de la judeofobia puede omitir la obra de quien fue su máxima autoridad, el profesor Robert Wistrich, cuya compañía y aliento en Barcelona en 2012 me fueron muy significativos. También lo fue el aporte del filósofo asturiano Gustavo Bueno, quien siguió mis presentaciones en la Escuela de Filosofía de Oviedo en 2015 y una década antes en los Encuentros Filosóficos de Gijón.

José Caro, Haim Zohar, Mordecai Dayan y Haim Atzitz son algunos de quienes vehiculizaron los contenidos de este libro. El profesor Oscar Martínez, de la ciudad uruguaya de Durazno, quien falleció a fines de 2017 a los 37 años de edad, colaboró en una reciente investigación mía sobre los prejuicios en marcos educativos.

Siempre activo, mi colega y amigo Manfred Gerstenfeld es un referente internacional. Las traducciones de este libro han sido posibles gracias a Wenxing Li, Rubén Najmanovich y Moshé Nissim, y las ediciones en español fueron impulsadas por Charlotte de Grünberg, Natalio Steiner, Xavier Torrens, Johnny Czarninski y Miguel Alonso Boó.

En mi último estudio de campo me han asistido Federico Agustín Pelli, Adriana Camisar, Paulo Otero, María Cristina Rodríguez Cartagena, Ezequiel Eiben y María Victoria Raffo. A todos ellos, mi gratitud.

Entre los amigos que me han alentado institucionalmente, menciono agradecido a Ezequiel Finkelberg, Felipe Zak, Néstor Engelsberg, Sheila Brezinski, Ana Caprav, Ricardo Reisin, Fabián Neiman, Ellen Popper, Horacio Barenbaum, Samuel Turgman, David Vainer y Alan Futerman.

Retroalimentaron los contenidos del libro mis alumnos de judeofobia, desde los distantes cursos juveniles en la Argentina de la década del ochenta (Ioná, Hacoaj y Macabi) hasta las diez camadas de estudiantes del Instituto de Líderes de Jerusalén que dirigí en los años noventa, y mis discípulos más recientes del Ibn Gabirol de Madrid, de Nanjing en China, y del grupo Abras en Buenos Aires.

Mi editor, Roberto Montes, ha sido una fuente de estímulo desde el momento en que Juan Ignacio Boido comenzó a considerar esta publicación. A ambos, mi reconocimiento.

Con mi esposa Ruth nos conocimos hace más de treinta años, cuando la judeofobia ya habitaba en mis inquietudes. Durante estas felices décadas juntos, ha incentivado mi trabajo con amor, que es muy recíproco.

CAPÍTULO 1

¿QUÉ ES LA JUDEOFOBIA?

Presencia y complejidad

La voz judeofobia viene difundiéndose en el mundo hispanohablante para denominar el odio contra los judíos, habitualmente llamado “antisemitismo” —un término inapropiado, como veremos—.

En el último lustro ha sufrido un documentado incremento. Una mega-encuesta de 2014 reveló estadísticamente que más de la cuarta parte de la población mundial alberga prejuicios antijudíos.1 Otro estudio ha mostrado que Israel es el país que más despierta asociaciones negativas, aun detrás de Corea del Norte e Irán.2

Más específicamente en la Argentina, en el último bienio hubo más de ochocientas denuncias por actos judeofóbicos, cuyo grado de violencia aumentó con el tiempo.3 Varios incidentes tuvieron como protagonistas a estudiantes secundarios, en el marco de los tradicionales viajes de egresados al Sur.4 Durante noviembre de 2017 se produjo una serie de seis episodios públicos de corte judeofóbico que llamaron la atención de los medios.5

A pesar de lo antedicho, muchas personas sienten que el asunto ha quedado obsoleto, o que se exagera el problema. Después de todo, arguyen razonablemente, ya casi no existen comunidades hebreas6 oprimidas, y nunca antes los judíos gozaron de tanta libertad para desarrollarse en las ciencias, las artes, la economía, la política. La discriminación contra ellos parece en camino a desvanecerse, así como la percepción de los judíos como si fueran advenedizos o extranjeros.7

Más aún, jamás su prosperidad fue tan conspicua, con comunidades que vibran por doquier, incluso en entornos relativamente rezagados o difíciles. Asimismo, hay cada vez más interés en estudios del judaísmo, sea en universidades y escuelas como en academias talmúdicas; jamás se produjeron tantas publicaciones judaicas como hoy en día, en decenas de idiomas.

Si bien podría argumentarse que este libro se dedica a lo ya superado, intentaremos demostrar que, lejos de ello, la judeofobia es uno de los motivos más persistentes que permea el discurso del odio, y suele ser el principal.8 La demostración no será fácil, debido a que trata de un fenómeno tan complejo que ha hecho que muchos, no-judíos y judíos, lo minimicen.

A pesar de que los israelitas son un grupo pequeño, sobre ellos se escribe y habla considerablemente. Hay apenas un poco más de trece millones en el mundo; la mitad de ellos reside en Israel (seis millones y medio), y el resto distribuidos como sigue: más de cinco millones en los EE. UU.; más de un millón en tercios en Francia, Canadá y Gran Bretaña; y más de cien mil en cada uno de los siguientes: Rusia, Argentina, Alemania, Australia y Brasil. En suma: más del 95% de los judíos se concentran en catorce países,9 y los demás residen en comunidades pequeñas en cien Estados más.

Es notable que en ningún país, ni aun en los que albergan comunidades muy grandes, éstas conformen siquiera el 1% de la población. Las únicas dos excepciones son: los EE. UU., donde se acercan al 2%, y obviamente Israel, donde constituyen alrededor del 80%. En la Argentina se acercan al 0,2% (2 judíos por cada mil habitantes) que es aproximadamente el porcentaje de judíos en el mundo entero.

La exigüidad de los israelitas llama la atención, sobre todo porque en casi todas las sociedades son percibidos como si fueran hasta cinco o diez veces más.10

Su sobrepercepción resulta de por lo menos tres razones históricas, a saber:

  • son eminentemente urbanos (el 90% concentrado en una o dos de las ciudades principales de cada país);
  • son muy activos en aspectos sociales visibles (comercio, artes, ciencias); y
  • su historia se transformó en relato religioso de una buena parte de la humanidad.

Por esas causas —cada una con explicaciones históricas—, los hebreos suelen estar mentalmente presentes antes de ser personalmente conocidos. Su sobrepercepción, empero, no está necesariamente ligada a la judeofobia.

Por ejemplo, uno de los máximos escritores norteamericanos, Mark Twain, expresó en varias ocasiones su simpatía por el pueblo judío, y en 1899 envió una humorada al editor de la Encyclopedia Britannica: “Leí que la población judía de los EE. UU. es de 250.000. Yo tengo más amigos judíos que esa cifra, por lo que supongo que se trata de un error tipográfico por 25.000.000”. En los casos en que sí hay judeofobia, la sobrepercepción actúa como agravante.

En principio, como toda otra minoría, los judíos pueden ser objeto de prejuicios, es decir, según la definición clásica, de “antipatías basadas en generalizaciones defectuosas e inflexibles”.11

Los estereotipos llevan a prejuicios y éstos generan discriminación incluso, paradojalmente, entre las personas que se oponen con tenacidad a toda discriminación. En efecto, las posturas contra los prejuicios coexisten curiosamente con los prejuicios en sí, debido a que, mientras las posiciones ideológicas son controladas, los prejuicios son automáticos.

En general, se señalan dos causas para explicar por qué las personas que rechazan los prejuicios prosiguen trabadas en ellos: están demasiado instalados desde la temprana infancia y además, cuando alguien se propone superarlos debe hacer un esfuerzo para contravenir a los agentes de socialización que los difunden: los padres, otros adultos, o los medios de difusión masivos.

Amén de la persistencia de los prejuicios una vez que se han generado, vuelve la pregunta de por qué son concebidos, es decir por qué las experiencias que asociamos con otros grupos son frecuentemente negativas.

Una de las respuestas es que cuando un miembro de un grupo minoritario tiene una conducta negativa resalta doblemente: primero porque las minorías se notan más como tales, y segundo porque las conductas negativas también son más recordadas.

En suma: los prejuicios subyacen en todas las personas, y en general uno no es consciente de ellos. Por lo general son negativos, y se resisten a cambiar.

Dentro de los muchos prejuicios existentes, enfocaremos nuestra atención en el estereotipo antijudío.

Un fenómeno singular

Aversiones contra grupos siempre existieron, la judeofobia entre ellas, en sociedades paganas, religiosas y seculares. Los judíos fueron acusados en bloque, por los nacionalistas de ser los generadores del comunismo; por los comunistas de regir el capitalismo. Si viven en los países no judíos, son culpados de dobles lealtades; si viven en el país judío, de ser racistas. Cuando gastan su dinero se les reprocha por ostentosos; cuando no lo gastan, por avaros. Si se asimilan al medio, se les acusa de quintacolumnas; si no, de recluirse en sí mismos.

En general, el judeófobo escarnece sin pretensiones de racionalidad, y esgrime simultáneamente argumentos contradictorios. Ernesto Sabato ha señalado que se espeta al judío que “es banquero y bolchevique, avaro y dispendioso, limitado a su gueto y metido en todas partes”. Si quien triunfa en los negocios no es judío, aduce Sabato, será calificado de tenaz. Si es judío, de codicioso. Si un no-judío tiene éxito en los estudios, es superior. Si se trata de un judío, demostrará cómo “es típico de la raza alejarse de las nobles faenas agrícola-ganaderas”. La judeofobia, concluye el escritor, “es de tal naturaleza, que se alimenta de cualquier manera. El judío está en una situación tal que cualquier cosa que haga o diga” servirá para avivar el resentimiento.12

La irracionalidad de la judeofobia y su sadismo, sobre los que nos extenderemos, se ejemplifican en una conversación entre amigos durante los días del affaire Dreyfus en Francia.13 Un médico se atrevió a decir “Me gustaría torturarle”, y su confesión no despertó estupor. Por el contrario, una dama arrojó parsimoniosamente: “Y a mí me gustaría que fuese inocente, porque así sufriría más”.

La singularidad de la judeofobia emerge también de las entrelíneas de la investigación seminal de Gordon Allport sobre los prejuicios, hace más de sesenta años. De los muchos estudiados, los de tinte racial se consideraron más conspicuos, y dentro de ellos una parte sustancial del análisis se enfocó en los negros y en los judíos. Allport no notó que de sus propios hallazgos podía deducirse que el estereotipo judeofóbico es incomparable en varios aspectos.

En principio, la judeofobia no es una forma de la xenofobia, puesto que los judíos no son extranjeros en los países en los que viven. Tampoco son una raza ni se ven diferentes a quienes los rodean, por lo que la judeofobia no constituiría un tipo de racismo. Al respecto advierte un filósofo argentino que “el término racismo… resulta insuficiente y hasta equívoco para calificarla, pues el complejo mental y afectivo que la tipifica excede con mucho el ámbito de lo racial… Reducirlo a una cuestión racial implica minimizarla y hasta desnaturalizarla”.14 Ahora bien, hay ciertos estereotipos que aparecen en casi todos los odios de grupo, ergo también en la judeofobia, y llevan al desprecio y a la discriminación.

En la investigación mencionada (que fue base de cientos de estudios posteriores) se detallan los prejuicios más habituales, tales como que ciertos grupos son supuestamente torpes (los “gallegos” en Sudamérica, los irlandeses en Inglaterra, los polacos en los EE. UU., los noruegos en Suecia, etc.).

Cuando se enumeraron los específicamente antijudíos, las entrevistas indicaron: el interés por el dinero, el espíritu de clan, la ambición y el rechazo del afuera. Estas características habían emergido en estudios de dos décadas antes y se reiteraron en otros posteriores; el esquema tiende a perdurar.15

Hasta aquí, si comparamos los prejuicios contra todos los grupos, no parece surgir ninguna distinción cualitativa, sino sólo el hecho de que los atributos que se endilgan a cada grupo varían según cada caso. Así, suponer que todos los israelitas son avaros o narigudos es equiparable a creer que todas personas de raza negra son sucias o irascibles.

Pero cuando leemos la lista entera de los prejuicios podemos notar bajo la superficie diferencias cualitativas importantes. Entre varios estereotipos contra los judíos (astutos, comerciantes, codiciosos, leales a la familia, tenaces, locuaces, etc.) dos de ellos chirrían: que los judíos dominan, y que mataron a Jesús. Estos dos conceptos no tienen paralelos en hostilidades contra otros grupos, ya que trascienden el mero rechazo al diferente. Predisponen al portador del prejuicio a desear “defenderse” de un grupo pequeño pero supuestamente poderoso y peligroso que intenta imponerse y es intrínsecamente vil.

Para sintetizar este punto, un texto clásico concluye que lo que distingue a la judeofobia “de otras manifestaciones de antipatía racial o de minoría, en expresión e intensidad, es lo demonológico”16, que raramente se vuelca contra otros objetos de odio. Con respecto a los israelitas “la figura demoníaca, creación de la mente medieval, todavía domina la imaginación popular”.

Por lo antedicho, podemos notar que las aristas más superficiales de la judeofobia sí son compartidas por otros odios de grupo, ergo producen desprecio y discriminación. Estos aspectos van superándose y no constituyen un problema especial. Sin embargo, quedan incólumes las otras aristas, más profundas, que son el objeto primordial de este libro.

¿Judeofobia o antisemitismo?

Hasta 1879, la judeofobia había arrasado comunidades enteras, destruido cientos de miles de vidas, sembrado desolación por doquier. Había dado lugar a mitos, miedos y enfrentamientos que inundaron de violencia la vida europea. Curiosamente, no tenía nombre.

Ese año Wilhelm Marr acuñó el término antisemitismo. Rechazó la voz antijudío porque percibió en ella una connotación religiosa que deseaba evitar. Marr no se consideraba enemigo de la religión de los judíos, sino de los judíos como grupo, cualesquiera que fueran las inclinaciones religiosas de sus miembros.

Su panfleto,17 que alcanzó doce ediciones en un año, advertía del peligro de la influencia de los israelitas en Alemania y exhortaba a desembarazarse de ellos, sin importar qué pensaran o sintieran ellos mismos.

La agrupación liderada por Marr tuvo corta vida, pero el palabrejo por él inventado tuvo una difusión descomunal, a pesar de que es patentemente defectuoso.

En primer lugar no hay “semitas”, salvo en la paleología o en la antropología. Sólo en la remota antigüedad hubo grupos semitas; hoy no existen, y resultaría absurdo englobar a un judío de Holanda, uno del Yemen y uno de Etiopía, junto con un árabe de Marruecos y otro de Siria, en la categoría de una “raza semita”.

Existen lenguas semíticas, que fueron catalogadas en 1781 por Arthur Schlözer sobre la base de las que se hablaban en el Medio Oriente antiguo; hoy en día perduran cuatro de ellas.18

En segundo lugar, y más importante aún, personas contrarias a los semitas, no sólo no hay actualmente, sino que jamás existieron. Nunca se establecieron partidos, publicaciones o ideas que combatieran a “los semitas”. Más aún: la voz se presta a confusiones tales como que los árabes no podrían ser antisemitas “porque son semitas”. En suma, el antisemitismo no tiene nada que ver con los semitas.

Tres años después de Marr, uno de los precursores del pensamiento nacional judío moderno, León Pinsker, utilizó la definición más apropiada: judeofobia.

De las dos palabras se difundió la peor, a pesar de que la última es más precisa. En su prefijo señala el verdadero blanco de la aversión, y en el sufijo alude a su carácter irracional.

Es cierto que, en psicología, fobia responde a su origen griego de miedo. Se habla de ailurofobia (miedo a los gatos), nictofobia (a la noche) o claustrofobia (a los lugares cerrados). Pero en ciencias sociales tiene una connotación más cercana al odio, y no al temor. Así es xenofobia: odio a los extranjeros.

Nuestras justificaciones del uso de judeofobia en vez de antisemitismo incluyen motivos históricos, semánticos y lógicos. Un argumento adicional es ideológico. El prefijo anti combinado con el sufijo ismo sugiere una opinión que viene a oponerse a otra opinión, como en antimercantilismo, antidarwinismo o antiliberalismo. Pero la judeofobia no es una idea.

Jean-Paul Sartre sugiere19 que no permitamos al judeófobo disfrazar su odio de opinión. Precisamente, el uso de antisemitismo facilitó a los judeófobos adornar sus rencores con una aureola de criterio razonado, aureola que desdibuja su inherente irracionalidad.

Es de lamentar que incluso los ensayos que descalifican el término antisemitismo20 no ofrecen la alternativa que está a su alcance, y que los pocos historiadores que optan por el término correcto lo hagan tímidamente.21

Uno de los historiadores admite22 haber supuesto que él mismo había acuñado la palabra correcta, hasta que consiguió rastrearla a un artículo de 1903. Olvidó que ya en 1882 el ensayo Autoemancipación hablaba de judeofobia. A su autor, León Pinsker le debemos la correcta definición de este odio, y también una vía original para explicarlo, que referiremos más adelante.

Otro autor concluye que “el fracaso de encontrar un mejor término para la enfermedad del antisemitismo, refleja cuán poco la comprehendemos”,23 y otro más se resigna expresamente a no hallar solución: “Usamos antisemitismo conscientemente, sabedores de cuán errado es el término”.24 En estas páginas no nos sometemos al error.

Probablemente, antisemitismo ha prevalecido debido a una inconsciente necesidad colectiva de diluir la especificidad del fenómeno. Se trató de una especie de evasión eufemística para no confrontar de modo directo una sociopatología milenaria.

Ahora bien: ¿quién responde a la definición? No caben en la misma categoría el que exhorta al exterminio de los judíos, junto con quien se limita a expresar ocasionalmente un disgusto superficial.

No debería utilizarse el mismo término para definir a un fanático sumido en una quimera que podría llevarlo a matar y, adosado a él, a una persona que alberga suspicacia hacia sus amigos judíos, o que de vez en cuando los critica. ¿Es acaso judeofóbico quien se permite un esporádico y ligero chiste antijudío?

La respuesta es que quienes portan estereotipos judeofóbicos, no son necesariamente judeófobos.25 La judeofobia se presenta en varios niveles, y el más tenue de ellos, el mero prejuicio nebuloso y abstracto, no alcanza para encajar en la definición de “odio”. Los judeófobos son una pequeña minoría, aun si no lo son quienes guarden prejuicios inconscientes.

Ocho peculiaridades

A fin de desmenuzar la condición demonológica, señalemos ocho aspectos que hacen singular nuestra materia. No hay odio más antiguo, más generalizado, más permanente, profundo, obsesivo, peligroso, quimérico y disponible que la judeofobia.

1) Antiguo. Nos referiremos en breve al momento en el que nació, pero adelantemos que registra más o menos dos milenios y medio. El odio más antiguo es el título que eligió Robert Wistrich para su clásica obra. Otro investigador agrega que se trata de “un fenómeno que se prolongó ininterrumpidamente desde la época helénica hasta nuestros días, aunque asuma características distintas en el curso de la historia. Precisamente, su continuidad histórica es un factor decisivo en su intensidad y en su capacidad de adaptarse a las cambiantes condiciones contemporáneas”.26

2) Generalizado. Veremos cómo la judeofobia es un fenómeno eminentemente europeo que terminó diseminándose en el mundo entero. De todos los países de Europa en los que residieron, los judíos fueron expulsados. Memorables ejemplos son Inglaterra en 1290, Francia en 1394, España en 1492, y muchos otros.27 En todo el mundo28 y en situaciones históricas muy diversas, los judíos fueron alguna vez hostilizados. Incluso en los países en donde no estaban. Un ejemplo actual es Japón que, a pesar de lo minúsculo de su comunidad judía, los libros de odio del pastor Uno Masami venden millones de ejemplares.29

En Latinoamérica, el primer precedente judeofóbico se registra en un cuento de 1860, cuando casi no había judíos en el continente,30 y se difundió tres décadas después con la novela La Bolsa de Julián Martel, que hemos de analizar, y en la que se acusa a los judíos de haber provocado en 1890 el colapso de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires… otra vez, en una época en la que casi no había judíos en el país.31

En notable contraste con los otros odios de grupo, la judeofobia no necesita la presencia del objeto del odio. Mientras no se podría ser misógino si no hay mujeres, ni racista sin variedad de razas, ni xenófobo si no hay extranjeros, por el contrario, para sentir judeofobia la ausencia de judíos reales a la vista es casi una ventaja, puesto que el estereotipo es alimentado, no por los hechos, sino por una larga historia de demonización.

De esa condición deriva su universalidad. El acicate para la judeofobia no es el judío de carne y hueso sino una imagen de él, aun cuando los golpes concretos se descargan ulteriormente contra la gente real.

3) Permanente. Habitualmente la judeofobia continúa por años, décadas e incluso siglos después de que los judíos han partido. El rey Eduardo I expulsó a los judíos de Inglaterra en 1290; su readmisión no se produjo hasta 1650. Es notable que en 1589 Christopher Marlowe construyó su personaje Barrabás, en El judío de Malta, sobre la base de un acre estereotipo.

Unos años después, y en cierta medida en respuesta a Marlowe, Shakespeare moldeó su clásico Shylock, el judío de El mercader de Venecia.32 Es decir que después de tres siglos sin judíos, la audiencia todavía los despreciaba y podía burlarse de ellos sin que hubiera entre los espectadores ni uno solo que los hubiera conocido en persona; tampoco los autores, ni sus padres, ni sus abuelos.

4) Profundo. Como resultado de los atributos mencionados, los estereotipos mentales en contra de los judíos están hondamente arraigados. Durante siglos, cientos de millones de personas han creído que los judíos son una raza de leprosos, que beben la sangre de los no-judíos, que causan plagas y envenenan pozos de agua, que planean la conquista del mundo, que ya la han logrado, o que asesinaron al mismísimo Dios; que son una casta promiscua o criaturas diabólicas, o que la divinidad desea que sufran.

Un odio arraigado por tanto tiempo no puede ser superado en una o dos generaciones, aunque podemos avanzar en esa dirección si lo entendemos mejor.

Se dice que un cartel de propaganda nazi exhibía a un hombre en una bicicleta sobre la leyenda “La desgracia de Alemania son los judíos y los ciclistas”. El lector medio se preguntaba ingenuamente por qué los ciclistas, y así la propaganda había cumplido su objetivo gracias a la profundidad de la judeofobia.

5) Obsesivo. El judeófobo está obsesionado. No habla de judíos, sino de los judíos. Se detiene en un defecto de uno de ellos, verdadero o falso, y lo transforma en la falencia del grupo en bloque a la que atribuye consecuencias colosales. No los percibe como un enemigo, sino como el enemigo. Durante los siglos XIX y XX, cuando las palizas y asesinatos de judíos se difundieron en el Imperio ruso, eran promovidos como el medio de salvar a la nación.33

Ernst Cassirer reflexionó acerca del último discurso de Adolf Hitler, ante la derrota: “Ya no promete la conquista del mundo a la raza alemana. ¿Habla acaso de los múltiples males que su agresión ha infligido a los alemanes, a Europa y el mundo entero? Nada de eso. Su atención está aún fijada sobre un punto. Está obsesionado e hipnotizado por una sola cosa. Habla de los judíos. Lo que le preocupa no es el futuro de Alemania sino el ‘triunfo’ de los judíos”.34 El testamento de Hitler, firmado horas antes de su muerte, concluye con su exhortación a la “lucha sin merced contra este envenenador de todos los pueblos del mundo”.35

Si bien Hitler es una excepción porque encarnó la judeofobia en su extremo patológico, veremos que la obsesividad de la que hablamos es una característica reiterada, por lo que el judeófobo no ve satisfecho su impulso ni siquiera cuando el judío es maltratado del modo más duro.

6) Peligroso. Debido a su profundidad, con mucha frecuencia estalla en violencia física. En casi todos los países en donde los judíos viven o vivieron, fueron en algún momento sometidos a golpizas, tortura y muerte, por el único motivo de existir. Por ello los gestos judeofóbicos son potencialmente más peligrosos que aversiones contra otros grupos.

Por ejemplo, en todos los países hay chistes xenofóbicos en contra de minorías. En los EE. UU. son los chistes de polacos, en Inglaterra de irlandeses, en Brasil de portugueses, en la Argentina de gallegos, etc. Las bromas sobre judíos podrían suponerse tan inofensivas como otras cualesquiera. Sin embargo, mientras los chistes sobre minorías las aluden habitualmente como torpes y engañables, los de judíos, por el contrario, suelen mostrarlos como dominadores y peligrosos. Si no los hubiera habido en Europa durante uno o dos siglos antes del Holocausto,36 la virulencia de la judeofobia podría haber sido menor, y los nazis habrían encontrado menor apoyo para su genocidio. Para las otras minorías mencionadas, no hubo deliberadas hogueras, cámaras de gas y hornos crematorios. Más que en conferencias y libros, la judeofobia se había transmitido en gestos, burlas y generalizaciones. Ulteriormente, los chistes pueden ser letales.

7) Quimérico. Todo odio contra un grupo deriva usualmente de una incorrecta interpretación de la realidad. Si un francés odia a los argelinos porque corrompen su cultura, o un alemán odia a los turcos porque le quitan sus puestos de trabajo, en ambos casos la realidad ha sido malinterpretada. Ciertamente hay desempleo en Alemania, pero no son los turcos los culpables de ello. Así es la xenofobia.

La diferencia de la judeofobia es que no plantea una interpretación incorrecta; más que a la realidad cotidiana, alude a mitos. En el pasado, se reivindicaba el odio a los judíos atribuyéndoles comer no-judíos; en el presente, suponiéndolos dominadores del mundo. El común denominador de estos argumen

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