1990
Caos, privatizaciones y penales
El avión militar surcó el cielo bonaerense como un rayo, hizo una pirueta en al aire y descendió sobre la pista. Cuando se detuvo, se abrió la escotilla y descendió un pequeño copiloto de casco blanco. Se acomodó y esperó que se le acercaran dos asistentes, uno con una bandeja con copas y otro con una botella de champán. Alzó una, llena de burbujas, y saludó a la distancia a los militares que estaban rígidos esperando a su superior. Y le guiñó un ojo a una periodista estadounidense que había llegado ese día al país para escribir un perfil sobre su vida. “Así es nuestro presidente, Carlos Menem”, le dijo un funcionario simulando emoción frente a Maureen Orth, una veterana periodista que tiene un extenso currículum en el que se destacan artículos premiados sobre Bob Dylan, Stevie Wonder, Mia Farrow y Michael Jackson y que quería conocer al enigma latinoamericano del que ya se tejían mil hipótesis y mitos. La cronista creyó que en la Argentina podría encontrar respuestas pero terminó descubriendo que él era un misterio hasta para sus propios coterráneos.
“Carlos Saúl Menem parece el viejo habitué de un club nocturno provincial. Es pequeño y tiene una frente amplia, ojos brillosos, una nariz prominente y un labio superior sobresalido, con extrañas patillas como marco. Pero, como bien sabe su esposa, las mujeres adoran su mínimo porte. Su reputación como playboy hace que (el ex senador demócrata) Gary Hart parezca el Papa”, escribió Orth en noviembre de 1989 en la prestigiosa revista Vanity Fair, en un perfil en el que destacó que había partido de la base aérea con la comitiva presidencial liderada por una ambulancia con las sirenas a todo volumen aunque, como le dijo un vecino que salió a ver al riojano, “en realidad él no la necesita, sino que es el país el que está en emergencia”.
No mentía: en los inicios de la década del 90 la Argentina parecía un enfermo que había estado cerca de la muerte y peleaba por volver a estar de pie. Raúl Alfonsín había renunciado a la presidencia el 8 de julio de 1989, cinco meses antes de la conclusión de su mandato, acosado por la hiperinflación y las amenazas de la sublevación social y la anarquía militar. Su fragilidad era tal que no pudo imponer ninguna de las condiciones de su pase de mando con su sucesor, aunque le rogó a Menem que le evitara la humillación de hacerlo un 9 de julio, lo que hubiera hecho del nuevo mandatario una suerte de prócer que llegaba para salvar a la Patria. El riojano le concedió el deseo y aceptó una ceremonia austera, algo que no pudo disimular que la primera transferencia del gobierno de un civil a otro en más de medio siglo desnudaba la fragilidad de la democracia argentina. Decidido a diferenciarse de su antecesor, el flamante presidente se propuso dejar su marca en la historia, aceptando ser todo lo flexible y versátil que necesitase para lograr cambiar la realidad nacional. Era importante atender tanto el frente externo, ofreciendo un panorama tentador en términos de rentabilidad para intereses internacionales, como interno, con una población deprimida y golpeada. Su plan, que no era el que públicamente pregonaba, se basaba en medidas económicas de absoluta liberalidad y en el cierre de cualquier revisión de los crímenes de la guerra sucia militar contra civiles.
La ingeniería imaginada por Menem tenía un obstáculo insalvable: la Corte Suprema de Justicia, capaz de obturar tanto el plan económico como los indultos que ya tenía en mente pero recién llegarían en diciembre. Alfonsín había intentado ampliar la cantidad de miembros de la Corte de cinco a siete en 1987 pero los vaivenes económicos, los cortes de luz y los alzamientos militares mantuvieron el tema fuera de agenda. Menem quiso reflotar ese proyecto en 1989 pero no logró el apoyo de los radicales, que desconfiaban de las intenciones del recién llegado. Entonces el justicialismo trató de lograr vacantes por renuncias, tentando a los magistrados con embajadas o representaciones internacionales, pero solo logró seducir al presidente del tribunal, José Severo Caballero. Frente a este panorama, se optó con una campaña de prensa en la que se mencionaba que un cuerpo más amplio podría agilizar numerosas causas atrasadas e inyectarle dinamismo a un Poder Judicial que se percibía añejo y demodé. Alertados por la movida, los jueces Jorge Bacqué, Carlos Fayt, Enrique Petracchi y Augusto Belluscio publicaron la Acordada 44, en la que afirmaron que “la reforma de la composición dificulta y demora el ejercicio de las funciones de la Corte y reduce su autonomía”.
Nada de eso le importó al menemismo, que el 5 de abril, tras una sesión llena de discusiones y que culminó en la madrugada, logró darle sanción al proyecto de ampliación en Diputados. En tiempo récord, el día 16 se oficializó en el Boletín Oficial la nueva composición de la Corte, que pasó a tener nueve miembros. Luego de leer el flamante artículo, el juez Bacqué presentó su renuncia, denunciando que al cambiar el número de miembros se modificaba la mayoría. “Si usted en un tribunal que tiene cuatro miembros incorpora cinco, lo que se ha hecho es incorporar una mayoría. Y con esto la seguridad jurídica disminuye”, explicó días después en una entrevista concedida al diario Clarín. Junto a sus palabras, Ricardo Kirschbaum firmó una columna en la que escribió que “con la afirmación pública del renunciante Jorge Bacqué, los radicales prejuzgan que el modelo del oficialismo tendrá, por fin, una mayoría adicta”. Así, “mayoría adicta” o “mayoría automática” serían los eufemismos para hacer referencia a los rápidos acuerdos que a partir de entonces darían los jueces Julio Nazareno, Adolfo Vázquez, Eduardo Moliné O’Connor, Guillermo López y Antonio Boggiano a las posturas cercanas al Poder Ejecutivo.
La ampliación de la Corte generó airadas reacciones en la prensa y en todo el arco político, impresionados por la contundencia con la que el Ejecutivo llevó adelante las medidas necesarias para asegurar su poder. Pero muchos ciudadanos, en cambio, sentían que el panorama era tan grave que había que apoyar ciegamente cualquier medida que se adoptara, incluso si ponía en crisis las bases republicanas. El 6 de abril, en pleno debate por la situación del máximo tribunal, la Unión del Centro Democrático (UCeDé) convocó a una manifestación popular en apoyo al gobierno justicialista, confirmando lo que muchos sospechaban: había una virtual coalición entre su líder —el pope del liberalismo argentino, ingeniero Álvaro Alsogaray— y Menem. “La plaza del sí” fue una demostración, modesta en número pero relevante en términos de composición socioeconómica, de que el Presidente era respaldado por sectores que no lo habían votado meses antes pero que necesitaban el reaseguro de que sus intereses serían defendidos. “Esta marcha es el 17 de octubre de la clase media porteña”, describió con exageración y entusiasmo Bernardo Neustadt, el periodista más escuchado en la radio en ese entonces y el primer promotor de la convocatoria desde su micrófono de Radio Mitre.
El periodismo cubrió esa manifestación insólita —una de las pocas de apoyo que tendría Menem, quien demostraría un liderazgo basado en apariciones en los medios antes que en convocatorias multitudinarias— pero mucho más se interesó por lo que sucedió en la noche del 12 de junio, cuando el Presidente ordenó la expulsión de su mujer, Zulema Yoma, de la quinta presidencial de Olivos. Quien se lo informó fue nada menos que su hijo, Carlitos Jr., tras recibir una orden firmada por su padre de manos del jefe de la Casa Militar, el brigadier Andrés Antonietti, a cargo del operativo. “Vieja, andate rápido que hay una ambulancia estacionada. Me parece que te quieren internar en un loquero”, le dijo el joven, quien entendió la gravedad de la situación porque el uniformado se lo comunicó con custodia y con un gas paralizante en la mano por si la misiva no caía bien en el musculoso joven. Asustada porque conocía que su esposo era capaz de algo así, Zulema y su hija Zulemita tomaron unas pocas cosas y salieron de Olivos hacia un departamento que la familia tenía en la calle Posadas, en Recoleta. Allí, hicieron los llamados necesarios para que la noticia fuera conocida y comenzó el contraataque.
Ya con periodistas en la puerta de la residencia presidencial, Zulema regresó para pedir explicaciones y recoger sus pertenencias. La atendió un serio Antonietti, a quien todos llamaban El conde de Montecristo, quien le impidió el ingreso citando órdenes de Menem. Se trataba de un decreto de necesidad y urgencia por el cual el primer mandatario era el único que podía determinar quién entraba y salía del lugar. Menem no la había incluido en la preciada lista y no podía sumarla ahora, porque estaba fuera del país en un misterioso viaje protocolar que lo terminaría llevando a un palco en el partido inaugural de la Selección Argentina en el Mundial de Italia. De hecho, luego se supo que ese decreto fue redactado por su secretario legal y técnico, Raúl Granillo Ocampo, y firmado nada menos que en las playas paradisíacas de Tahití, una parada secreta del gobernante antes de disfrutar de buen fútbol. Consciente de que había una decena de cámaras captando el momento, Yoma — vestida con un jogging azul, una campera liviana y zapatillas— comenzó a los gritos, denunciando que era “una pobre mujer que quiere entrar a su casa” y que “me lo tienen secuestrado a mi Carlitos”. Tras el escándalo, la mujer dio varias notas en las que confirmó que estaba separada de hecho desde hacía más de un mes y que desde hacía tiempo no se hablaba con el Presidente, siendo su única forma de comunicación mensajes que llevaba y traía su hijo. Carlitos Jr. había viajado a Asunción del Paraguay para tratar de arreglar las cosas con su padre unos días antes pero había sido en vano. “Nuestros problemas son políticos y no familiares”, le dijo Yoma a la prensa.
Menem respondió con artillería pesada, amenazando con iniciar acciones legales contra la madre de sus hijos, quien a su vez le hizo un juicio por manutención y alimentos. El divorcio, menos tumultuoso que la separación, recién llegaría en 1995, para cerrar un matrimonio que había comenzado en 1966, tras dos años de noviazgo, cuando la madre de Menem envió a su hijo a Siria para que conociera a Zulema. Nunca fue un vínculo fácil y ambos pasaron varias separaciones, como cuando en 1968 ella se cansó de las aventuras extramatrimoniales de su esposo y se refugió un año en Damasco o cuando él fue detenido por el gobierno militar en la década del 70. En 1983, a tiempo para las elecciones a gobernador de La Rioja, volvieron para mostrar la imagen de matrimonio unido, pero luego pasaron por otra crisis que duró hasta 1989, cuando volvieron a mostrarse juntos para la campaña electoral presidencial. Ese acuerdo duraría pocos meses.
Ya sin la necesidad de tener que mantener la fachada de buen esposo, el Presidente disfrutó mostrando sin tapujos su perfil de galán. Aunque jamás confirmó ningún vínculo, autorizó tácitamente a que circulen incontables rumores de romances, muchas veces fogoneados por las mismas protagonistas. Las crónicas de la época hablan de un verdadero harén televisivo y farandulesco, que incluía a Noemí Alan, Amalia Yuyito González, Graciela Alfano, Alejandra Pradón y Cristina Lemercier. Pero también había rumores de un affaire con una de sus funcionarias, quizá la más atrevida y sensual de todas, María Julia Alsogaray. La hija del líder de la UCeDé era una ingeniera que había ingresado a la arena política a mediados de los 80 y elegida como diputada por el espacio de su padre en 1985. Cuando Menem necesitó llevar adelante su plan de privatización de los servicios públicos —el núcleo de su Ley de Emergencia Económica, sancionada en septiembre de 1989— pensó en ella para una de las áreas más complicadas, los teléfonos. Como interventora de la empresa estatal ENTel, mostró una férrea determinación para cumplir sus objetivos, incluyendo incontables apariciones públicas en las que dejaba en claro que la estructura de la compañía estaba en ruinas y que era necesario que el Estado se desprendiera de lo que consideraba un lastre. Lejos de la empleada pública desarreglada y grosera que debutó ese año en El mundo de Antonio Gasalla, María Julia exhibía un modelo de funcionaria elegante, de buen gusto al vestir y con mucha sensualidad.
Esa sensualidad fue la que dejó a todo un país con la boca abierta el 22 de julio, cuando apareció vestida solo con un tapado de piel en la portada de la revista Noticias. “¡Mostrá más el escote, vos que podés aprovechá!”, le habían dicho durante la producción Susana Giménez y Graciela Borges, que estaban con la funcionaria en el mismo hotel de Las Leñas, donde la publicación de la editorial Perfil realizó las fotos. Y aunque en ese momento María Julia posó feliz con el tapado de visón de Borges, días más tarde, en pleno escándalo, aseguraría que había sido engañada en su buena fe y que no sabía que las fotos iban a ser publicadas. Una semana antes, en medio de intensos rumores de romance con el Presidente, le regaló a Menem por su cumpleaños un par de gemelos de oro con el logo de ENTel, y en el festejo, en la riojana Anillaco, cantó el tango Los mareados a dúo con el gremialista gastronómico Luis Barrionuevo. Era la primera fiesta pública desde el desalojo de Zulema Yoma y al mandatario no parecía molestarle estar en público y en privado cerca de la ingeniera. “Los dos somos como mulas, nos necesitamos y nos complementamos”, le dijo a Noticias. Pero sentada en el living de Susana Giménez negó también las declaraciones: “Pusieron que dije que lo quiero muchísimo. Yo dije que le tengo mucho afecto. Pero pegarme a mí es pegarle al presidente de la Nación”.
Y mientras se discutía en los programas de televisión si el tapado era de piel real o sintética, si había usado medias o si el pelo era de ella, María Julia continuó sin descanso con su trabajo en ENTel. En 1990, bajo su gestión, la empresa solo habilitó 40.000 líneas telefónicas en todo el país, un 70% menos que el año anterior, suspendiendo además los planes de mantenimiento programados. Pero eso no le impidió subir, en el mes de febrero, un 300% las tarifas. Hablar por teléfono era una verdadera odisea. Una de las que sufría estos problemas era justamente la amiga de la ingeniera y su cómplice en la famosa foto de Noticias, Susana Giménez, quien tenía un programa basado en concursos telefónicos pero que cada mediodía se enfrentaba a la odisea de lograr que la comunicación no se cortara o que la televidente pudiera escucharla bien. La hazaña era diaria y ya se había convertido en una costumbre del ciclo ver cómo la rubia intentaba superar esos obstáculos. Hola Susana había nacido en 1987 en ATC pero al año siguiente ya disfrutaba de una mejor pantalla en los mediodías de Canal 9 y estaba afanosamente inspirado en Pronto, Raffaella, donde la cantante italiana Raffaella Carrá sí disfrutaba de las bondades de un buen servicio telefónico. Los inconvenientes locales, que ayudaron a mostrar a la conductora como espontánea y fresca, no impidieron que en marzo de 1990 Canal 9 vendiera su nueva temporada como “la vuelta de la diva de los teléfonos”, un mote que la acompañaría el resto de su carrera.
La televisión estaba en plena ebullición y cambio. Tras un 1989 agónico, con programación limitada por los cortes de luz y casi sin producción de ficción, Alejandro Romay se entusiasmó por lo que sería el futuro y le acercó al Presidente un proyecto para reordenar la grilla de canales. En su visión, habría que dejar solo dos canales privados —su propia señal, Canal 9, que era líder indiscutido, y Canal 13, que también estaría bajo su órbita—, mientras que las frecuencias del 7 y del 11 se repartirían una con informes de actividades oficiales de los tres poderes y otra con una programación netamente cultural. La iniciativa no prosperó y el Poder Ejecutivo decidió, en cambio, abrir un llamado a licitación de Canal 11 y Canal 13 por 15 años, renovables por otros diez, y con la obligación de absorber sus imponentes deudas, de 27 y 20 millones de dólares respectivamente. Los empresarios locales se dieron cuenta de la envergadura de la propuesta y nadie quiso quedarse afuera. Entre los nombres que presentaron propuestas estaban los de Ernestina Herrera de Noble, Franco Macri, Constancio Vigil, Julio Ramos, Gerardo Sofovich, Ramón Palito Ortega y Goar Mestre. Alguien quedó afuera por una excusa insólita: Héctor Ricardo García, que quería competir por Canal 11 pero su sobre con el pliego llegó siete minutos después de lo pautado y no fue tenido en cuenta. Tras arduas negociaciones, en las que hubo denuncias cruzadas de lobby y prebendas, el 22 de diciembre de 1989 Menem firmó los decretos que formalizaron que Artear se quedaba con Canal 13 y que Canal 11 terminaba en manos de Televisión Federal S.A. (Telefe).
Así, 1990 sería el año del gran cambio para la pantalla chica local, que hasta ahora era dominada por Canal 9 con teleteatros como Rebelde y Una voz en el teléfono y ciclos de entretenimiento como Hola Susana, Seis para triunfar y Sábados en familia. Si bien por muchos meses más los productos extranjeros seguirían dominando la grilla, se comenzaban a ver los cambios. El publicista David Ratto, por ejemplo, le dio a Telefe un logo con pelotitas que sería la identidad visual dinámica de una década que se percibía joven y moderna, mientras que la programación comenzaba a dejar de lado viejos mandatos. Por ejemplo, durante décadas el horario de las 20 estuvo destinado a las noticias, pero el primer éxito en el 11 fue programar allí El mundo de Disney, un enlatado conducido por Leonardo Greco con una audiencia que fulminó a Nuevediario y a Telenoche. Canal 13, en cambio, apostó primero a un trato más frío y formal en pantalla con Jorge Ignacio Vaillant en la gerencia y luego se inclinó al público más selecto y menos popular con Hugo Di Guglielmo. Mientras que Telefe logró atraer al público de inmediato, a su competidor le llevaría mucho más tiempo, en un camino lleno de fracasos con las comedias Dalo por hecho, con Guillermo Francella, o El trompa, con Juan Carlos Mesa. La emisora incluso vivió un pequeño escándalo cuando El show de Carlos Perciavalle fue levantado por un chiste de mal gusto sobre José de San Martín.
Esta nueva etapa en los medios fue puesta a prueba cuando el 10 de septiembre las radios comenzaron a informar sobre el hallazgo por parte de trabajadores de Vialidad, esa mañana, del cuerpo mutilado de una joven en inmediaciones de la cancha de fútbol de Parque Daza, a siete kilómetros de la capital de Catamarca. Con el correr de las horas se supo que su nombre era María Soledad Morales y que había sido violada y asesinada 48 horas antes, entre la noche del 7 y la madrugada del 8 de septiembre, para luego ser desfigurada a golpes y así dificultar su identificación.
El crimen parecía destinado a ser uno más en la estadística de aquella provincia hasta que comenzó a correr el rumor de que María Soledad había sido parte de fiestas sexuales que organizaban parientes de funcionarios y para las que reclutaban jóvenes que eran drogadas y abusadas. La versión llegó a los medios nacionales, que usó el eufemismo “los hijos del poder” para hacer referencia a esta clase alta que, al parecer, regía en una suerte de estructura feudal en ciertas provincias. Algunos de los involucrados eran Guillermo Luque, hijo del diputado nacional Ángel Luque; Pablo y Diego Jalil, sobrinos del intendente José Jalil, y Miguel Ángel Ferreyra, hijo del jefe de Policía provincial. A pesar de la inusual cobertura que recibía en diarios y noticieros, con enviados especiales que estuvieron un largo tiempo instalados allí e investigando, pasaron dos meses hasta que se abrió formalmente la investigación judicial sobre la causa. Pero pronto el favoritismo hacia los posibles involucrados se volvió evidente.“Si mi hijo hubiese sido el asesino, créanme que jamás hubiera aparecido el cuerpo”, le dijo a los medios el diputado Luque, creando tal indignación que fue expulsado del Congreso. Frente a la lentitud de la Justicia, nacieron las “marchas del silencio”, masivas manifestaciones encabezadas por los padres de María Soledad, Ada y Elías Morales, y la monja Martha Pelloni, quien desde un primer momento denunció la connivencia entre el poder político y los asesinos de la joven estudiante. La situación se volvió tan insostenible que el mismo Menem impulsó al año siguiente la intervención de la provincia gobernada por Ramón Saadi y en 1993 el director de cine Héctor Olivera, responsable de películas como La Patagonia rebelde y La noche de los lápices, llevó el caso a la pantalla grande.El de María Soledad es uno de los asesinatos que marcaron toda la década, y cuyo caso no se resolvería hasta muchos años después, pero no fue el único que impactó en 1990. El primer día del año se encontró el cuerpo de Nair Mostafá, de 9 años, quien había desaparecido la tarde anterior tras salir de su casa y dirigirse hacia la pileta del club Huracán de la ciudad de Tres Arroyos, en la provincia de Buenos Aires. Cuando se supo que la niña había sido violada antes de morir, sus vecinos reaccionaron con furia y atacaron la comisaría, quemando 16 patrulleros y autos y tomando el edificio de la Municipalidad. El gobernador Antonio Cafiero decidió ir a la ciudad para calmar los ánimos y comprometerse a investigar el crimen, que terminaría impune, con numerosos sospechosos a lo largo de los años pero ningún culpable.
Sí hubo condenados, en cambio, por la muerte de Roxana Alaimo, una adolescente de 15 años que murió luego de que se estrellara el carrito en el que estaba disfrutando de MatterHorn, una de las atracciones del parque de diversiones porteño Italpark. Se trataba de una pista redonda con un eje en el medio, del cual salían brazos de metal que sostenían carritos. Un desperfecto técnico hizo que el carro en el que estaban Alaimo y su amiga Karina Benítez saliera despedido y golpeara contra una pared el 29 de julio. La primera murió y la segunda recibió heridas de gravedad. El caso desnudó una serie de incidentes que habían sucedido tiempo atrás. Unos meses antes, una mujer había sufrido una lesión medular en la pista de autos Súper Monza cuando su cochecito se había quedado sin energía en plena carrera y fue impactado por otros que venían atrás. En agosto de 1989, un incendio por un cortocircuito dejó fuera de servicio ese juego durante un tiempo y dos meses después otro incendio consumió completo el Laberinto del Terror, cuyos muñecos y paredes eran combustibles, pero nadie había salido herido porque milagrosamente no estaba habilitado al público, después de algunas denuncias por golpes y manoseos contra los actores que trabajaban en la atracción.
La muerte de Alaimo llevó a un juez a determinar la clausura preventiva del parque, que funcionaba en un predio ubicado en las avenidas Del Libertador y Callao, y pidió un peritaje completo del lugar, que mostró que la mayoría de sus 40 atracciones no eran seguras. MatterHorn, por ejemplo, había recibido su último servicio técnico siete años antes. El Italpark, conocido por una generación como “el parque más grande de Sudamérica”, reabrió sus puertas un fin de semana de noviembre pero tuvo que cerrar más temprano por falta de público. El sueño del regreso duró solo esos dos días, porque se supo que la concesión había vencido meses antes y fue definitivamente clausurado. En 1996 los dueños del lugar fueron condenados por la muerte y la familia de la joven recibió $370.000 de indemnización en concepto de daños y perjuicios.
Ese año hubo varios cierres, en especial en el ámbito de los medios. Luego de un cuarto de siglo en la calle, Bernardo Neustadt tomó la decisión de sacar de circulación la revista Extra alegando que se trataba de “una etapa superada”, pero también sabiendo que su futuro no estaba en el papel sino en la radio y la televisión. Y en diciembre de 1990 apareció la última edición del diario Nuevo Sur, con una portada que denunciaba “Indulto: la firma de la vergüenza” y una breve despedida firmada por el secretario general Isidoro Gilbert, que atribuía el cierre a motivos de mercado y falta de publicidad. Mucho más resonante fue el cierre de La Razón, en medio de un conflicto gremial que haría historia en el periodismo. Fueron 114 días de ocupación de la planta impresora y de la redacción tras un lockout patronal, en el que falleció de un síncope un obrero gráfico y tuvo a una periodista, Ana Villarreal, en huelga de hambre durante casi un mes. Todo fue en vano y en abril el periódico debió cerrar sus puertas, dejando en la calle a 700 trabajadores. A los pocos días su propietario, el empresario José Pirillo, fue extraditado a Brasil acusado de diversos delitos económicos y La Razón fue comprado por una sociedad que integraban Juan Alemann, Oscar Pastor Magdalena, Sergio Spadone y Marcos Peralta Ramos. Aunque se relanzó como “un diario no oficialista, independiente y que se puede leer en 30 minutos”, en su directorio aparecían varios amigos de Menem.
“El periodismo no debe ser necesariamente crítico. Fíjese que el programa más exitoso de la televisión es Amigos son los amigos. La naturaleza de este programa demuestra que es falso que la gente solo quiere consumir páginas con peleas”, explicó Alemann cuando le preguntaron por la línea editorial de La Razón. En algo estaba acertado: el suceso de la comedia familiar de Telefe era tangible en la calle y consagró a Carlos Calvo como una figura popular. “Cuando Gustavo Yankelevich se hace cargo del canal ya privatizado, lo llama a Calvo para hacer comedia. Amigos son los amigos nos cambió la vida a todos. Nos divertíamos mucho poniéndole cosas que tenían que ver con cómo era efectivamente él. Y en el armado surgió la idea de contrastar a un adulto inmaduro con un adolescente reflexivo para jugar a una especie de Extraña pareja”, recordó Ricardo Rodríguez, que era libretista junto a Gustavo Barrios bajo la supervisión de Gius (Augusto Giustozzi). La telecomedia con banda de sonido de Queen —y con Cris Morena, la mujer de Yankelevich como objeto de deseo, a pesar de que Calvo no la quería mucho— debutó los martes a las 21 en competencia con un éxito de Canal 9 que estaba justo en el centro de una disputa judicial: ¡Socorro!... 5º año. Se trataba de una ficción pretendidamente hiperrealista que tenía en el centro de escena a los conflictos adolescentes, pero que por su lenguaje y por tocar temas como la drogadicción o el embarazo precoz fue compelida por el ente regulador COMFER a cambiar de horario, una decisión que Romay no quería tomar para no perder audiencia. Una denuncia en Tribunales precipitó la decisión, que hizo que los guionistas y el elenco se negaran a grabar. Rápido de reflejos, el mandamás del canal armó en tiempo récord 5º año B. Turno tarde, con nuevo elenco, libros y director pero misma escenografía. Y anunciaba en las tandas: “El 5º A está de sentada pero 5º B quiere ir a clases”. Sin embargo, la llegada de Amigos… aplastó a todos en las planillas de rating. Los argentinos se identificaron de inmediato con el choque generacional y de valores de los dos amigos y adoptaron sus latiguillos, como “pendex” o “¡fumá!”.
Fueron esos mismos argentinos los que se sentaron frente al aparato para seguir a los hombres de Carlos Bilardo, quienes tenían todo para defender el título logrado cuatro años antes en México y mantener al país en el podio del fútbol. En 1990 la Copa del Mundo volvía a Italia luego de la experiencia de 1934, en la que nada menos que Benito Mussolini había sido el espectador de privilegio y el visitante ilustre y temido en los vestuarios. Las expectativas eran altas. El primer torneo de la FIFA de la década era también el primero desde el fin de la Guerra Fría y muchos creían que podía ser un motor económico de importancia para un país que necesitaba reactivar su economía. Sin embargo, los US$400.000.000 que el Parlamento Italiano asignó a los gobiernos comunales y regionales para remodelar los estadios y el plus de US$3.000.000.000 extra jamás se recuperaron y cuando la esperada competencia terminó, dejó incluso más deudas.
Argentina llegaba con el pecho inflado por el excelente desempeño en México y con la confianza de tener en sus filas a la máxima figura del momento, Diego Armando Maradona. “La Copa del Mundo me la van a tener que arrancar de las manos”, repetía en las entrevistas. Tenía 29 años y el peso de la historia detrás. Pero llegó al torneo con una fuerte gripe y muchos problemas con la uña del dedo gordo de, nada menos, su pie izquierdo. Para colmo de males, sentía que Bilardo, cuyos planteos tácticos y criterio a la hora de armar el equipo no contentaban a todos los argentinos, no lo apoyaba lo suficiente: “Ni siquiera lo quería poner a Caniggia, que era mi pollo. Y le di un ultimátum: si lo sacaba a Caniggia, yo no jugaba el Mundial”. Maradona sabía que era el niño mimado. En las concentraciones en Trigoria tenía a su papá que preparaba asados y siempre tenía sus dos Ferrari estacionadas cerca. Menem llegó para el partido inaugural, en el que vio la inesperada derrota frente a Camerún desde uno de los palcos preferenciales. Horas antes lo había nombrado Embajador Deportivo de la Argentina. “El único placer de esta noche fue descubrir que gracias a mí los italianos de Milán dejaron de ser racistas: hoy, por primera vez, apoyaron a los africanos”, afirmó el 10 en la conferencia de prensa.
En el segundo encuentro, frente a la Unión Soviética, el arquero Nery Pumpido se fracturó un dedo de la mano y dejó libre el lugar a Sergio Goycochea, quien se volvería una figura clave en los penales en la ronda de cuartos y en la semifinal. En los octavos, el equipo tuvo más de un golpe de suerte con un Brasil de capa caída y gracias a un afilado Claudio Paul Caniggia. Pero fue Maradona el protagonista y alma de todo el torneo. En las semifinales, y nada menos que ante el local, no tuvo empacho en descargarse con un “hijos de puta” a tiempo para que lo captaran las cámaras de todo el mundo cuando el Himno Nacional Argentino fue silbado por decenas de miles de italianos en el estadio San Paolo. Dos horas más tarde, los anfitriones quedaban afuera de la Copa. “Cuando me reintegro al Nápoli —unas semanas después de todo lo que vivimos con la Selección, eliminándolos en su casa— supe que nada iba a ser como entonces. Tenía esa sensación de que me querían embocar. Que por alguna u otra razón la vendetta iba a llegar. Y así fue, fue mi sentencia”, explicó Maradona en referencia a la suspensión de la FIFA por quince meses por un presunto doping positivo en el partido entre Nápoli y Bari meses más tarde.El ídolo argentino sería el centro de la imagen con la que todos recordarían el partido final. Pero no alzando la Copa en el campo del Olímpico de Roma, sino llorando y rehusando a ponerse la medalla de plata que le ofrecía João Havelange, presidente de la FIFA, con la bronca de saber que el penal del final, por una falta que únicamente vio el árbitro mexicano Edgardo Codesal y que pateó el alemán Andreas Brehme a cuatro minutos del final, había destruido su sueño. “Éramos carne de cañón porque habíamos sacado a Italia. No nos iban a perdonar eso, les habíamos arruinado el negocio de la final contra Alemania (...). El día que fuimos a reconocer el estadio antes de la final, Grondona me comentó que tenía un mal presentimiento, que ya estábamos afuera. Me recalenté con Julio, no podía creer que me dijera eso”, escribió después.
El torneo de la FIFA siempre lograba poner a la Argentina en los titulares de los diarios de todo el mundo. Pero Menem soñaba con ser el presidente que lograra que el país apareciera a diario en el concierto de naciones poderosas. Uno de sus lemas era conseguir ser parte del “primer mundo”, una utopía irrealizable en el corto y el mediano plazo, pero que él agitaba como una de sus banderas. En ese camino, restableció vínculos con Inglaterra tras la guerra de Malvinas con el llamado Tratado de Madrid, que firmó el 15 de febrero con su canciller, Domingo Cavallo, frente a autoridades británicas. Y luego, en diciembre, recibió en Buenos Aires a George Bush, el primer presidente estadounidense en pisar suelo argentino en tres décadas. Fue el inicio de un vínculo que el menemismo intentó mostrar como idílico. Los dos mandatarios se habían conocido en septiembre de 1989 durante la cena de gala de la asamblea de las Naciones Unidas en Nueva York. Menem tenía un lugar asignado en una mesa de líderes latinoamericanos, pero esperó el momento justo y cuando Bush estaba a punto de sentarse se le plantó en la silla de al lado fingiendo no ver las señas indignadas del personal de ceremonial. Ahí le dijo una frase que nadie escuchó pero todos dan por cierta: “Somos del mismo palo”. La osadía pareció rendir sus frutos cuando el 5 de diciembre el presidente de los Estados Unidos pisó suelo argentino, solo 48 horas después del cuarto y último alzamiento carapintada.
“Bajo el liderazgo del presidente Menem la Argentina ha tomado el camino de la restauración democrática, y precisamente esta semana ha demostrado que no permitirá un regreso de su país a la dictadura”, dijo un enérgico Bush frente a un Menem que no podía contener la emoción por sus palabras. El vínculo entre ambos seguiría durante toda la presidencia e incluso más allá, con una insólita visita de quien por entonces ya había dejado la Casa Blanca y en 1999 quiso venir a pescar truchas a la Patagonia “con mi amigo Menem”. En 2009 se desclasificaron los archivos de la gestión de Bush y se conocieron los verdaderos detalles de esa amistad. El 1º de marzo de 1990, por ejemplo, ambos hablaron por teléfono durante 20 minutos, en los que Menem le pidió apoyo para el plan económico que lanzaba el ministro Antonio Erman González y que tenía destino de fracaso. Según un informe del semanario The Nation, allegados de Bush ejercieron presión para que se favoreciera a la firma texana Enron, vinculada con su familia. Según la transcripción de los servicios norteamericanos, el riojano se despidió con “A big abrazo”.
Esa picardía y desenfado menemista eran el corazón de Peor es nada, la mirada ácida de Jorge Guinzburg que debuta en 1990 en Canal 13, primero con el uruguayo Leo Maslíah y luego con Horacio Fontova, con quien consigue consolidar una dupla perfecta a la hora de hacer reír tomando a la realidad como inspiración aunque con un trazo menos fino que el de Tato Bores. Además de los segmentos sobre Menem, había muchas parodias sobre la televisión, como La bola está de fiesta, Caxuxa o Los garfios mágicos. No todos, por supuesto, comprendían los chistes que se hacían: el Ejército Argentino les inició una querella judicial por Kuwait, primer pelotón argentino, una sátira a la serie Nam, que pasaba Telefe. Guinzburg creció también como un sólido entrevistador y creador de climas, volviéndose famosa su pregunta sobre el debut sexual de los invitados bajo la mirada de Sonia Braguetti, una mucama que interpretaba Fontova.
La radio, en cambio, inauguró en el arranque de la década formatos más intimistas y que harían historia, como el célebre Te escucho, con Luisa Delfino, quien arrancaba las conversaciones con sus oyentes con un fulminante “¿Cómo te va la vida?”, tan amplio y a la vez tan simple que permitía que los oyentes revelaran cosas que ni ellos mismos imaginaban. “La persona habló antes con la producción del programa y yo no sé nada de quién me llama. Ni su nombre ni cuál es su problema. Con los años aprendí dos cosas: una, que debo llegar sola a enterarme de por qué me llama y otra, que en un momento tengo que plantearle si llamó porque necesita ayuda. Si me dice que no, lo saludo y le corto”, reveló la conductora. El ciclo se volvería un clásico de las noches de la amplitud modulada, pasando por varias emisoras, y hasta tuvo su versión televisiva en la medianoche de ATC, siempre como un espacio para historias de personas reales pero anónimas: “En la década del 90 me hablaban mucho de anorexia, bulimia, violencia familiar, obesidad, adulterio, alcoholismo y otras adicciones con el eslogan ‘yo no lo puedo superar’. También apareció el sida. Un chico, Horacio, una noche se comunicó porque se había enterado de que vivía con el virus y habló conmigo durante el año y medio que duró su enfermedad y también sobre su agonía, porque nos iba relatando cómo la iba llevando.”
Así, a pesar de que la televisión crecía cada día como el espacio privilegiado en los medios, tanto por audiencia como por dinero invertido en publicidad, la radio daba batalla con sus armas más honestas y su inconfundible compañía. Es lo que le sucedió a Lidia Satragno, más conocida como Pinky, cuando en pleno reportaje a Lolita Torres por Radio Nacional salió al aire una oyente que supuestamente tenía una consulta para la cantante pero se despachó con una confesión: “No aguanto más, me voy a matar ahora”. La conductora tomó las riendas de la situación y levantó todas las secciones y tandas y le habló al aire durante dos horas, en las que la desesperada mujer contó que era madre de dos hijos, que estaba en una pésima situación económica y que no encontraba salida a sus problemas. Pinky logró que lo repensara y el anunciado suicidio no se concretó.
Pero la radio tenía sus límites. Por ejemplo, no podía sonar la versión del Himno Nacional Argentino que Charly García puso al final de su disco Filosofía barata y zapatos de goma. Sin cambios importantes en su letra, en la forma reducida que casi todos los argentinos conocen, y con una melodía y ritmo diferentes a las versiones tradicionales, el cover fue denostado por una parte del periodismo y la sociedad. Tal fue la reacción que una medida judicial impidió que se lo pasara en cualquier medio masivo. La decisión se revisaría recién una década más tarde, cuando una Cámara Federal alegó que “la pieza no constituye una ofensa al símbolo” y que García “tiene derecho a realizar, en cuanto músico y desde el espacio de la libertad y la creatividad, versiones de obras musicales”. Al conocerse esta decisión, en febrero de 2000, La Nación publicó una nota en la que advertía que su difusión podría traer problemas: “Si Charly quiso exorcizar o redimir el Himno de las versiones ceremoniales con un piano destartalado, desafinado y aporreado en nuestras escuelas, su misión está cumplida. Pero su difusión radial oficial implica el riesgo de que los chicos —que admiran su talento— incorporen dicha versión como único modelo”.Nadie quería, en realidad, imponer desde lo musical un único modelo, mucho menos en el inicio de un período histórico en el que la música se diversificaría y encontraría expresiones únicas en géneros como el grunge, el house, el britpop o las raves, por solo nombrar algunos. Antes de todos estos sonidos, 1990 ve el resurgir del reggae y el ska con bandas co
