PRÓLOGO
Mauricio Macri se anima a hablar de Perón. Sale del esquema partidario o de actos públicos y se da “un baño de peronismo”, rodeado de la liturgia peronista, hasta el bombo del Tula está presente, para celebrar el 1 de mayo. Impensado hasta hace pocos meses.
Hay un nuevo Macri en el poder. Más envalentonado. Que cambió durante el primer año y medio de mandato presidencial la forma de ser y hasta de gobernar, muy distinta a la que tenía como jefe de Gobierno porteño.
Macri presidente se ha rodeado de muchos amigos. Algunos ya no están. Ha depositado todo el esquema de poder en tres personas, que son la luz de sus ojos: Marcos Peña, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui. Ha dejado en el camino a colaboradores históricos, que han pasado a ser “las Viudas de Macri” porque no estaban de acuerdo con el nuevo estilo de gobernar, mucho más cercano al estilo denunciador de Elisa Carrió, que al tradicional de Ondas de amor y paz que supo cultivar el Pro hasta que llegó a la Casa Rosada.
Macri ya no siente que se lo subestima. Ahora es el presidente de la Nación, un cargo al que llegó “por voluntad propia” y sin necesitar de la ayuda de su padre Franco. Si hasta se permite provocar a periodistas amigos diciéndoles “¿Viste que llegué?”, “A la presidencia llegué solo, sin la ayuda del viejo” y otras frases por el estilo. Incluso lo manda al frente a Franco y le tira toda la responsabilidad por las offshore que descubrieron los Panamá Papers.
Porque Macri siente que por primera vez en su historia se ha sacado de encima el estigma de ser el hijo de Franco, aunque los negocios del padre y la familia le hayan traído dolores de cabeza en este año y medio de gobierno y, daría la impresión, todavía le puedan ocasionar algún que otro conflicto de intereses como los que se han denunciado hasta el momento.
También Macri ha comenzado a disfrutar el poder. Se siente cómodo en ese nuevo rol provocador, de atacante, fuera del área defensiva en la que jugó en los años anteriores a que la voluntad popular lo depositara en la Rosada. Y ya piensa en el segundo mandato, obsesión de todo aquel que llega a la presidencia.
Muchas de las promesas de campaña han quedado en el camino y hay varias contradicciones entre lo que anunció que haría y lo que hizo. Aunque el plan de gobierno esté claro: ya no una Argentina inclusiva, para todos, sino la búsqueda de una Argentina más selectiva que en el camino puede dejar a muchos afuera.
En este año y medio se han abandonado muchos planes que justamente llegaban a los sectores más vulnerables de la sociedad, en pos del tan mentado “ajuste del Estado”. Sin embargo, el presidente incrementó la burocracia estatal en un 25% desde que llegó al poder.
La protección mediática de la que ha gozado todo este tiempo le ha permitido al gobierno la construcción de un relato, muchas veces alejado de la realidad, pero que es tolerado y hasta “comprado” por aquellos sectores que siguen siendo la base de sustentación política del gobierno, entre los cuales se encuentran grandes medios de comunicación. No importan ahora las denuncias sobre supuestos hechos de corrupción que salpican al gobierno. Ni tampoco los más de 91 funcionarios investigados por posible conflicto de intereses.
En este nuevo relato aún importa el pasado; la demonización que a diario se pueda hacer de la figura de la ex presidenta Cristina Kirchner y de todo aquello que huela a kirchnerismo. Si hasta han desafiado a los gremialistas docentes, los mismos que le hacían paro a Cristina o a Daniel Scioli, a “que digan si son kirchneristas”. Lo mismo le cabe a aquellos jueces o fiscales que se animan a investigar al poder. Si lo hacen, seguramente son kirchneristas. Si por el contrario, investigan, aunque no haya pruebas, el pasado, son jueces y fiscales independientes. La “doble vara” está a pleno en la justicia argentina.
La Corte Suprema de Justicia de la Nación, que en los últimos doce años ganó en legitimidad e independencia, sorprendió en mayo a los argentinos con un fallo que aceleró la liberación de un genocida, basándose en la polémica ley ya derogada, del 2x1. El máximo tribunal insinuó también acoplarse al “tiempo de época” donde la política de derechos humanos, que parecía haberse integrado como cuestión de Estado que ningún gobierno se animaba a tocar, hoy es criticada desde el poder.
Cambiemos ha provocado también en esto, y varios de sus miembros han llevado a la primera portada un negacionismo histórico inconcebible sobre lo que pasó en las más cruel dictadura que vivió el país.
El presidente, frente a causas judiciales que se abren en su contra, se muestra molesto y dice que los fiscales “investigan demasiado en su vida”, y pide desde el púlpito de la Casa Rosada, volver a “fojas cero” con un expediente que lo perjudicaría, como fue el escandaloso acuerdo del Correo Argentino. Algo pocas veces visto en la Argentina.
Hay jueces que buscan condenar sin pruebas, y otros que con evidencias arriba de la mesa, se obligan a cerrar rápidamente causas que pueden “molestar” al poder.
Hay funcionarios del gobierno “sospechados” que son rápidamente apartados (y después devueltos a la función) y otros que por cercanía a Macri permanecen en el cargo pese a los cuestionamientos, porque al Presidente “no le preocupan las denuncias en su contra”.
Todo lo que antes, cuando estaban en el llano, era malo para la Argentina, ahora que les toca gobernar y enfrentarse a situaciones que antes criticaban, parece ser bueno, o al menos, no merece ser tenido en cuenta.
La “lluvia de inversiones” anunciada desde el primer día de gobierno; “el segundo semestre”; “la luz al final del túnel” y “los brotes verdes” prometidos para la reactivación de la economía argentina no se han visto y no se ven.
Los funcionarios pueden decir cómodamente “nos equivocamos”, “esa te la debo”, “la grasa militante”, “estamos aprendiendo sobre la marcha”, sin que nadie se ponga colorado, y sin tener en cuenta a cuántos afectan con las equivocaciones.
Ahora el ajuste o el aumento de tarifas pasa a ser un “sinceramiento”; la inflación galopante o la devaluación inicial que afectó a los precios, un “reacomodamiento” y la ayuda a amigos o familiares para que blanqueen fortunas en el exterior o bienes no declarados, una “amnistía fiscal”. Las “feas palabras” que antes eran usadas a granel cuando estaban en la oposición, ahora son “suavizadas” en nuevos eufemismos para tapar una realidad dura.
La oposición política, que en el pasado no dudaba en bombardear con denuncias, ahora se ha transformado en “oposición responsable”, permitiéndole al gobierno la aprobación de numerosas leyes, olvidándose de su verdadero rol y muchos hasta de los orígenes partidarios por los cuales llegaron a una banca en el Congreso Nacional.
Bienvenidos al Macrismo explícito, donde la hasta más dura realidad, puede ser transformada en algo positivo o esperanzador, por el gobierno de Cambiemos.
1
EL EXORCISMO
A Mauricio Macri lo sorprendió el triunfo electoral frente al candidato del Frente para la Victoria, Daniel Scioli, por 51,34% sobre 48,66% del electorado; apenas 678.774 votos. Inesperado, porque en la primera vuelta del 25 de octubre los resultados habían sido 37,08% para el FPV y 34,15% que cosechó Cambiemos. Pocos hubiesen pronosticado que esos números se revertirían, pero Cambiemos realizó una campaña disciplinada y emocional, que logró perforar a una masa de votantes peronistas, que lo acompañó y lo llevó al triunfo.
Aquella segunda vuelta del domingo 22 de noviembre de 2015, el partido “vecinalista” Pro —base del frente electoral Cambiemos que había conformado junto a la Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica de Elisa Carrió—, le arrebató el poder al kirchnerismo que, tras doce años de notorios cambios en la economía argentina, de conquistas sociales inéditas para millones de argentinos, de haber ganado en nuevos derechos, no supo o no quiso planificar una campaña que le ofreciera a la sociedad un paso superador para enfrentar el desafío que se avecinaba.
Cambiemos sí logró interpretar el deseo de cambio de parte de una sociedad que se había “cansado” de las cadenas nacionales de Cristina y de las denuncias por supuestos hechos de corrupción (que la Justicia aún debe probar), pero que básicamente compró el otro relato armado por la nueva alianza y parte del poder mediático de la Argentina, montado en el odio a la Yegua o la Kretina. Ya hablaremos sobre este nuevo actor (el odio) que se metió de lleno en la vida política de la Argentina.
Además, como conté en Intrigas, alianzas y traiciones, Macri cambió de discurso a medida que transcurría la campaña electoral y penetró —sobre todo gracias a la figura de María Eugenia Vidal— en la provincia de Buenos Aires y desde ese territorio edificó la victoria.
Pero volvamos a aquellas horas posteriores al triunfo, cuando Macri saboreaba el haberle ganado a Scioli y a la vez acariciaba ese cenit de gloria para el cual se había preparado durante años.
Internamente, ese logro político también representaba para Macri el triunfo sobre dos figuras “fuertes” que le habían hecho sombra en la vida personal y política y que aún lo persiguen: el padre, Franco, y Cristina Fernández de Kirchner, o el apellido Kirchner.
Ya desde el poder, Macri buscaría “exorcizar” todo vestigio de la figura paterna y de kirchnerismo de su personalidad.
En la intimidad brindaba junto a la Hechicera —como Macri bautizó a Juliana Awada— por coronarse líder de la República, pero en especial gozaba de poder demostrarle a Franco que él, el primogénito, había llegado más lejos, nada más y nada menos que a ser presidente de la Nación, un logro que el padre, en algún momento, había considerado muy poco probable, quizás un imposible.
Desde que dejó el puesto en la empresa de papá, todo en la vida de Mauricio fue la búsqueda permanente de demostrarle “al viejo” que podía sin él. Llegó a la presidencia del Club Atlético Boca Juniors, a los 36 años y a la jefatura de gobierno porteño, a los 48, sin ayuda de papá, aunque en este último caso sería más correcto decir que lo consiguió aun con el ninguneo que le dispensaba Franco sin ocultamientos. “Crecí con el peor enemigo en mi espalda, y encima era mi papá”, dijo alguna vez Mauricio según El Pibe de Gabriela Cerruti. “Así es Mauricio. Se queja, se queja, pero siempre usó todo lo mío. Agarra todo lo que le conviene”, le responde Franco en el mismo libro.
Las disputas se mediatizaron decenas de veces. “Tiene la mente de un presidente, pero no el corazón. Es una vocación. Ser presidente de un país es renunciar a su propia vida, y eso es algo que nunca le pediría a un hijo”, declaró, por ejemplo, Franco en enero de 2014 según la revista Noticias, la misma que cuatro años antes había revelado una disputa por las acciones de SOCMA, cuyo tono se resumía en una frase: “Mi hijo me sacó la empresa, esa es la verdad. Mauricio siempre me desafió. Hace quince años me cuestionó el manejo empresarial y se fue a Boca. Ahora se quedó con mis empresas y quiere ser presidente. Fue difícil”, sostuvo.
En realidad, Franco siempre soñó con que Mauricio fuera el continuador de sus negocios y empresas, en las que si bien Mauricio participó activamente durante varios años, después buscó su destino personal, alejándose de la figura paternal.
El propio Macri lo reveló frente a la periodista Laura Di Marco, autora del libro, M. Macri, publicado en mayo de 2017: “Lo que nos ha sucedido está especialmente marcado por nuestros padres. Podría decirte que yo he luchado por tener mi propio espacio. Pero claramente es especial a partir de la llegada de Isabel (Menditeguy, segunda esposa) a mi vida. Ella empezó a marcarme que no podía tener semejante simbiosis con mi padre. Ella fue quien me hizo ver que yo debía tener espacios propios y tenía que obligarlo a que él tuviera los suyos. Porque también mi padre vivía a través mío. En mis primeros años con Isabel, él quería que siempre veraneáramos juntos. Que pasáramos el fin de semana juntos en la quinta que aún compartimos. Siempre fue un hombre muy absorbente. Isabel me ayudó a entender y después me ayudó a tomar distancia. Y cuando empecé a tener autonomía, empezaron los choques. Separarme de mi viejo yéndome de la empresa familiar fue la decisión más difícil que tomé en mi vida. Pero fue un paso muy importante”.
En 2014, Franco Macri reveló, una vez más en público, que no veía presidente al hijo, su primogénito. Esto generó el enojo de Mauricio, quien ya estaba lanzado a la carrera hacia la Casa Rosada. Ante el revuelo que causó con sus declaraciones, Franco aclaró por Twitter que lo decía por miedo a que sufrieran él y la familia. “Pero sé que sería un gran presidente”, insistió para cerrar ese nuevo chisporroteo de la conflictiva relación filial, que no sería el último, por cierto.
Es que Franco nunca acompañó, como otros integrantes de la familia, la decisión de Mauricio de meterse en la política. Siempre cuenta el actual presidente que cuando decidió el ingreso a la política, fue otra vez Menditeguy una de las pocas del entorno en apoyarlo.
En El Pibe, Cerruti revela la confesión que Macri le hizo a un amigo de la familia, el día después de la derrota frente a Aníbal Ibarra en el 2003, aquel primer intento por llegar a la jefatura de gobierno porteño: “Mi vieja está llorando desde anoche… Mis hijos y mi mujer también. ¿Me explicás para que me metí en esto? El único que no me llamó es el viejo… Obvio, debe estar feliz el hijo de puta…”.
La sombra de Franco, como se nota a cada paso, siempre estuvo sobre su hijo, quien pese a renegar del padre, aceptó bien el legado de la fortuna del patriarca familiar.
Entre 1985 y 2002, Franco realizó un proceso de “donación” del 20% de las acciones de SOCMA Americana SA a sus hijos, en partes iguales. En 2001 y 2002, “el viejo” les donó el 20% (a cada uno) de las acciones de Macri Investment Group SA. Y en 2002 cada uno de ellos recibió la titularidad del 20% de un crédito por saldo de precio de la venta de la empresa Canale SA.
Si bien ambos Macri, Franco y Mauricio, han admitido tener mal vínculo, el 11 de febrero de 2004, el padre les envió a todos los hijos, la siguiente carta:
Queridos hijos:
Tratando de cuidar equitativamente los intereses de cada uno, he tomado algunas decisiones para implementar a medida que sea posible. El programa para alcanzar dicho objetivo está explicado en la carpeta que les envío y que incluye un repaso del pasado y un programa para el futuro. Con todo mi Amor. Vuestro padre. Franco Macri.
Este testimonio demuestra cierto grado de acercamiento afectivo entre padre e hijos, aunque en otras misivas, sobre todo con la fallecida hija Sandra, Franco admitiría la dureza, pero la justificaba en el amor que sentía por ellos.
Mauricio ha culpado en reiteradas oportunidades al padre de algunos de sus males en la política. Como cuando estalló el escándalo de las escuchas ilegales en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires o, como veremos más adelante, en el escándalo de los Panamá Papers.
El 13 de febrero de 2008, Franco y sus hijos firmaron, frente a escribano público, una serie de documentos donde quedaban debidamente acreditadas las cesiones que Franco Macri hacía a favor de los hijos, y el poder que él mantendría en vida sobre las nuevas empresas.
Pese a todos los males familiares y contra el pronóstico de Franco —que en algún momento se mostró a favor del kirchnerismo y pronosticó que el sucesor de Cristina Kirchner sería algún joven de La Cámpora—, Mauricio fue elegido presidente de la Nación, y el día de la asunción, en la Rosada, Franco se sentó en primera fila y después estrechó a su hijo en un fuerte abrazo, tal vez esperado por años. El actual presidente recuerda ese episodio en el libro de Di Marco:
El abrazo que me dio cuando asumí fue más importante que lo que me dijo, ¿no? Pero, mientras me abrazaba, me decía al oído que iba a ser un gran presidente. Es gracioso porque, en un segundo, desapareció toda su militancia camporista. Todas esas pavadas que fue diciendo, que en verdad las decía esa otra mitad de él, que no conecta bien. Porque, ¿sabés que pasa? Todas esas cosas que dijo durante el kirchnerismo, como que Kirchner fue el mejor presidente de la Argentina, realmente no las pensaba; es como que se les disparaban (…). Papá nunca se psicoanalizó, por eso no sabe que tiene otro adentro suyo. Por eso creo que hay una parte de él que lo disfruta con una felicidad gigantesca.
En realidad, habría que aclararle al presidente que Franco Macri se llevó bien con todos los gobiernos, aun con el de la dictadura militar, período en el que hizo grande su pequeña empresa inicial.
Pero volvamos a aquella noche del 22 de noviembre de 2015. Tras el triunfo ajustado y sorpresivo, Macri se preparó para planificar la gestión no solo nacional, sino porteña y bonaerense. Una vez más fue decisivo a la hora del armado de los tres gobiernos Horacio Rodríguez Larreta, base y sostén de la administración del Pro en la ciudad de Buenos Aires durante los ocho años de mandato color amarillo.
Así que luego de poner en marcha el diseño del nuevo poder y dejarlo en manos de Rodríguez Larreta y de Marcos Peña —una figura ascendente en el universo Macri—, el presidente electo y la Hechicera pasaron a la segunda prioridad: imaginar la nueva vida en la quinta presidencial de Olivos. Awada se encargaría de toda la decoración. Desde sacarle el “horrendo” color ladrillo y pasarlo al más blanco chic, a los jardines e interiores. “Vamos a ponerle calor de hogar”, buscó entusiasmarlo ella. Pero a Macri le preocupaba otra cuestión. Y nada tenía que ver la paleta de posibles tonalidades de pintura, plantas, arbustos, cuadros, cortinas, obras de arte, moquette o mobiliario.
Tampoco le inquietaba el largo listado de problemas encontrados y que incluía filtraciones, áreas con signos de abandono, luminaria quemada, árboles caídos o secos, un lago con agua podrida, gimnasio, canchas de tenis y fútbol con vegetación y sin mantenimiento, superpoblación de gatos, matafuegos vencidos y hasta pérdidas de fluidos cloacales.
No, a Macri le preocupaba algo menos terrenal y tangible. Le preocupaban “las malas energías”, que podrían estar presentes en la Quinta de Olivos y en la Rosada. Porque más allá del Macri que suele mostrarse confiado hacia afuera, había, al menos hasta el 2015, un Macri también “espiritual”, “esotérico”, “buscando su yo interior”.
Macri comenzó a someterse al psicoanálisis después de padecer un auténtico calvario en 1991. Todavía los amigos no dudan en afirmar que “es otra persona” desde aquel hecho. Quince minutos después de la una del sábado 24 de agosto de 1991, tres hombres lo abordaron cuando llegaba a su casa de Barrio Parque y, tras golpearlo y tomarlo del cuello, le ataron las manos, lo vendaron y metieron en un ataúd de madera dentro de una combi blanca en la que fue conducido a un lugar de cautiverio. Estuvo encerrado en una habitación y atado a una cama hasta que el 5 de septiembre su compañero del colegio Cardenal Newman, Nicolás Caputo, pagó seis millones de dólares de rescate a los delincuentes, algunos de los cuales resultaron ser miembros de la Policía Federal Argentina.
Aquellos doce días en un lugar minúsculo le cambiaron la forma de pensar y de actuar. Se volvió “más humano”, pero también más metido en sí mismo. Conoció necesidades que nunca había pasado; padeció no poder hablar, decidir o mandar ni ir al baño cuando quería.
En julio de 2015, en plena carrera hacia la Casa Rosada, él mismo contó:
No lo supe en ese momento, pero aquel sábado 24 de agosto de 1991, a la 1.15 de la madrugada, en la profunda oscuridad de ese cajón de muertos, algo en mi interior cambió para siempre.1
Me sentía como aquellos que se sobreponen a una enfermedad terminal o se salvan en un accidente. Todo me parecía nuevo y frágil. No entendía quién era ni de qué se trataba todo. Con el tiempo llegué a estar convencido de que la libertad que recuperé después de mi secuestro fue mucho mayor que la que tenía antes. Sin saber cómo, en ese extraño intercambio recibí más de lo que me sacaron por haber sido secuestrado.
Volvamos a las “confesiones” presidenciales con la periodista Di Marco, en este caso sobre el psicoanalista Jorge Ahumada, que lo atiende desde hace años:
—Parece que el tipo sabe; tiene un montón de diplomas ahí colgados…
—¿Y quién está más presente en sus sesiones de terapia; su papá, su mamá, Juliana, Antonia, sus hijos mayores o la Argentina?
—La Argentina, y mi familia chica, que incluye a mis hijos mayores.
—¿Y que sería exactamente el gol de Kempes? (figura que según Macri le pone el psicoanalista)
—Los límites. Mi analista me marca los límites: no está bueno buscar siempre el gol de Kempes (aquel famoso del Mundial 78). No está bueno estar siempre en el centro de la escena: pueden salir los ministros a hablar o explicar, no hace falta que siempre lo haga yo, como critican muchos. Cada día hay que aceptar que hay un límite. Que no lo podés hacer todo. Salirte de la cosa omnipotente: yo hago todo. Porque eso te frustra, y te termina haciendo mal. Y estoy tranquilo. Más de lo que he hecho, no puedo hacer…
—¿Renunciar a hacer el gol de Kempes lo ayuda a mantenerse en el gradualismo económico?
—Sí, me ayuda a ir por el camino del medio. Bancarte que te puteen a diario Lozano o Espert. Entonces, para uno, ajustate poco, y para otros, mucho….
En las charlas con el psicoanalista, relatadas en el libro de Di Marco, habla mucho de la experiencia en Boca Juniors, y pareciera querer trazar un paralelismo entre aquellos años y los actuales como presidente: “Es que cuando yo arranqué (en Boca) y durante tres años, River ganó todo. Entonces yo era el pelotudo máximo. Claro, yo era el boludo que hacía todo lo que decía el manual…¡y no podía ganar! Tenía una diferencia de equipo enorme, me iba a llevar un tiempo recuperarla. ¡Es la historia de mi vida! Siempre arranqué de atrás!”.
La psicología lo ayudó a superar el secuestro (y, pareciera, a comprender la realidad), pero cuando se consolidó en la carrera política apeló a tratamientos menos convencionales como el budismo, la sanación espiritual o “las brujas”.
También lo renovó y le cambió la vida el tercer casamiento, esta vez con Awada, a quien había conocido en un gimnasio. Dijo que se casó enamorado y que es un hombre enamorado. “Gracias por haberme elegido. Gracias, negrita, mágica, única y hechicera. Ahora mi estado civil es feliz”, dijo aquel 16 de noviembre de 2010 en el altar improvisado en Costa Salguero frente a testigos como Caputo, Iván Achával y Arturo Grimaldi.
Antes de que se cumpliera el primer aniversario de la boda ocurriría otro hito movilizador: el nacimiento de Antonia, la cuarta hija de Mauricio, que a los 52 años le haría conocer una forma de ser padre que no tuvo con los anteriores, de vínculo permanente. “Soy mitad papá y mitad abuelo”, bromeó al principio. Y ya en la campaña presidencial muchas veces aseguró en plan de retiro: “Si no gano me voy a Italia con Juliana a criar a Antonia y a disfrutar de la vida”.
Pero volvamos a lo espiritual. En septiembre de 2012, cuando ya llevaba cinco años como intendente porteño y dos con Awada, convocó al gurú indio Sri Sri Ravi Shankar a encabezar la consagración de la ciudad como “Capital del amor”, en el marco de distintas actividades que incluyeron una meditación que congregó a ciento cincuenta mil personas en Dorrego y Figueroa Alcorta.
Macri tuvo que desmentir que le hubiesen pagado dos millones de pesos al invitado. “Esas son cosas que no sé quién ha tirado al aire”, fustigó y, en cambio, vinculó el apoyo a la actividad al rol de la administración municipal: “Lo que ponemos es la capacidad de difundir, la estructura que tenemos de comunicación se pone al servicio de fomentar, como el congreso de lo que sea. Se fomenta todo tipo de encuentros que tengan como sede a Buenos Aires. Más allá de que (la presencia de Ravi Shankar) genera cierta controversia, hay que respetar que cada uno encuentre su lugar de espiritualidad de la manera que le parezca, si eso no significa una agresión a otro. Siento que es bueno que fomentemos la espiritualidad en una ciudad que muchas horas del día parece la ciudad de la furia”, agregó.
Lo cierto es que Ravi Shankar y el movimiento El Arte de Vivir que fundó —y que el Vaticano considera una secta— tenía en el entorno de Macri una fiel seguidora: Awada. Según el periodista Franco Lindner, biógrafo de la ahora primera dama, Awada conoció El Arte de Vivir y el mundo new age cuando en 2008 viajó a Marruecos con la madre, Elsa Pomi Baker. No solo se fascinó con lo oriental, sino también con el libro Comer, rezar, amar, de la norteamericana Elizabeth Gilbert, que pregona la revolución interior, los ritos budistas y la felicidad individual.
Sin embargo, Macri ya tenía antigüedad en la numerosa legión de empresarios y políticos de la Argentina en general y del Pro en particular que se sintieron atraídos por “brujas” o “sanadoras”.
Cuando llegó a la presidencia de Boca Juniors en 1995, no podía terminar con la sequía de títulos que arrastraba el club xeneize, mientras el archirrival River ganaba una Copa Libertadores y torneos locales. Por eso aceptó explorar una ayuda extradeportiva que le sugirió alguien del entorno.
Un viernes de 1997 y a instancias de su secretario, Jorge Alves, recibió en sus oficinas de Puerto Madero a Ángeles Ezcurra. Querían apelar a algo más allá de lo terrenal de la administración y los cambios futbolísticos.
“¿Qué podés hacer para cortar esta racha negativa, Ángeles?”, dicen que le preguntó Macri. La mujer explicó que trabajaba con tres elementos: sal gruesa, que absorbe las frecuencias energéticas, aceite, agua y oraciones”. Años más tarde, Ezcurra sería menos enigmática: “Fue un trabajo duro, de trece horas, muy largo. Cuando encontré la esquina del arco donde estaba pesada, me confirmaron que era ahí donde no entraban los goles”, explicaría esta sanadora y armonizadora, discípula del padre Mario, a quien se le atribuían poderes de sanación.
Creer o reventar, luego de aquel trabajo, Boca comenzó a ganar y cosechó 16 títulos hasta el final de la gestión Macri, un éxito que a la postre sería un espaldarazo hacia la política mayor.
A mediados de 2015, cuando la campaña electoral se empañaba por algunos sinsabores, como la derrota de Miguel Del Sel en Santa Fe y el ajustado triunfo porteño de Rodríguez Larreta, la ayuda espiritual volvió a la escena pública para alivianar una carrera presidencial que se hacía cuesta arriba.
El propio Macri le contó a Magdalena Ruiz Guiñazú en una entrevista radial: “La grieta me tocó a mí como uno de los principales victimarios de esa agresión. Entonces un colaborador me propuso por qué no incorporaba una armonizadora budista, que me iba a hacer bien. Y la verdad que me hizo mucho bien, mucho. Me ayudó a conocerme a mí mismo mucho más, me ayudó a liberar energías. (...) Una armonizadora budista es una líder que te ayuda a reflexionar y después te genera, a través de los cuencos tibetanos y de los gongs, una capacidad de adentrarte en vos mismo y de conectarte con áreas tuyas de tu cerebro que tal vez no utilizás”.
Macri sintetiza en su vida budismo y psicoanálisis, y él se lo explicó así a la periodista Di Marco: “Yo lo resumo. El budismo te dice que todos los días tenés que hacer lo que te toca hacer, dar lo que te toca dar, y recibir lo que toca recibir. Como diciendo: abarcá lo que podés abarcar. En el contexto del primer año, yo les dije a todos: reformen, liberen, hagan. La prioridad que yo les bajo a los ministros es: hacer 10 a riesgo de equivocarse en 3 o 4. Pero hiciste 6. Y no me hacen 3 o 4 bien y no se equivocan nunca. Priorizo la dinámica frente a la efectividad cien por ciento”.
El colaborador diligente que le mencionó a Magdalena no era otro que el influyente asesor, el ecuatoriano Jaime Durán Barba, quien creía que las performances electorales de Santa Fe y CABA tenían una sola explicación: “A Mauricio le hicieron un trabajo”.
Algunas versiones de entonces identificaron a la vidente Shirley Barahona —coterránea de Durán— como esa “armonizadora” que colaboró con el candidato.
“Soy chamana y hago reiki a distancia. He ayudado a muchos políticos en Ecuador y también a mi selección en el Mundial 2006. Lo último que tuvo repercusión fue cuando dije que Chile le iba a ganar a Argentina”, decía a quien quisiera entrevistarla Shirley, sin que desde el entorno macrista la desmintieran.
Pero Macri ganó la presidencia —un “milagro”, según Durán Barba— y aquella mujer que rompió la mala racha xeneize volvió a la escena mediática para enviarle varios mensajes a Macri a través de una revista de actualidad: recomendó que el flamante presidente sanara la Casa Rosada y la quinta de Olivos y en especial sacara “las flores amarillas” que habían quedado de la gestión anterior, “porque son símbolo de traición”. También le sugirió que “cuide su salud” y saque “todo lo que dejó Cristina”.
El fin de semana anterior a asumir Macri quiso llevar a todo el gabinete ya designado a recluirse en un hotel ubicado en el partido bonaerense de General Rodríguez como retiro espiritual. La movida no era nueva para Macri y el equipo.
Ya lo habían hecho en 2007, antes de desembarcar en la administración del Ejecutivo porteño y en ese mismo lugar; dos años después en el Club Sirio Libanés, para evaluar la primera mitad de la gestión y preparar la segunda; y en 2011, para organizar el
