PRÓLOGO
Pensadora del Cosmos vivo
POR ARTURO ESCOBAR
Es un gran honor para mí escribir la presentación de esta importante, valiente e iluminadora obra de Moira Millán, weychafe mapuche, defensora de su pueblo y guardiana de su territorio. A lo largo de sus páginas encontramos un complejo entramado de conceptos que nos ofrenda una potente visión del mundo y de la praxis política: Terricidio, Pueblos Telúricos, orden cósmico, matriz civilizatoria, humanidad, newen, Mapu, espiritualidad, cuerpo-territorio, fuerza femenina, maternar, diversidades, cosmografía, Buen Vivir. Este novedoso entretejido nos permite reinterpretar las dominaciones, resistencias y reexistencias, al tiempo que nos ubica en la dinámica de la acción política de forma novedosa, con un agudo sentido de lo que está en juego y de la esperanza. Terricidio es una importante entrega para alimentar la “revolución del pensamiento”, a la cual la autora nos ha estado convocando desde hace varios años.
“Terricidio —nos dice la autora, en la definición más sucinta y contundente del concepto— es la agresión continua al orden cósmico”; igualmente, “sintetiza esa forma de destruir la vida en todos sus modos”. No se refiere tan solo a la destrucción de los ecosistemas tangibles, sino también, con igual o mayor relevancia, a la destrucción del mundo perceptible —aquel que los modernos reducimos a “creencias” o que no logramos apreciar con nuestro realismo empobrecido—, incluyendo la dimensión espiritual, los saberes y conocimientos de los pueblos, las fuerzas del universo que todo lo crean y la ancestralidad de muchos pueblos que han sabido cultivar dichas fuerzas a través de sus prácticas de hacer la vida sin destruirla.
Quiero resaltar en primer lugar el énfasis en lo cósmico que encontramos a lo largo de la obra. Los modernos nos hemos olvidado no solamente de que somos seres de la Tierra, sino de que somos creaturas de un orden cósmico inteligente, que desde el comienzo mismo del universo no cesa de crear todas las formas, los patrones y las órdenes existentes. De esta dinámica de la materia, con la concomitante complejidad creciente de la conciencia, ha surgido todo, incluso nuestra galaxia, la Tierra y, en algún momento, la vida. A esta conclusión apuntan tanto los saberes y relatos de los pueblos milenarios como la cosmología contemporánea derivada de la física cuántica, las lecturas de la evolución a partir de las teorías de la complejidad, la autoorganización y la emergencia y las más interesantes investigaciones sobre la conciencia. Por esto es esencial comprender por qué Moira nos conmina a unirnos a “resguardar el orden cósmico”, junto con su pueblo y otros pueblos territorializados del mundo.
Al hablar de orden cósmico, al hablarnos de Pueblos Telúricos, nos invita a todos, todas y todes a recuperar la conciencia de que habitamos no solamente un planeta vivo, sino un cosmos vivo. Moira es una pensadora de ese orden cósmico que permea todo y nos construye. Contribuye a resituar al humano en la marejada de la existencia. Narra su vida para que recuperemos la conciencia de que somos tanto seres biológicos como cosmológicos, creaciones de una cosmogénesis generativa, que muchos humanos, sin embargo, se niegan a aceptar; lo hace para que afinemos nuestra percepción y sanemos la patología anticosmológica moderna y, por tanto, antipensamiento y antivida, que en última instancia es la causa del Terricidio.
Por ello, me atrevería a describir este libro como una cosmobiografía, una autobiografía escrita con la perspectiva de cómo las fuerzas cósmicas han constituido al Pueblo Mapuche, su territorio y, por ende, a la autora misma. De esto ya nos había hablado en El tren del olvido, su primera novela. Al referirse a la cosmografía de su pueblo, nos habla de las múltiples formas de nombrar los territorios y de orientarse en ellos, a partir del newen, las fuerzas que habitan la Tierra y que nos constituyen como seres telúricos —así muchos lo neguemos—, lo cual la lleva a afirmar que los Pueblos Indígenas “somos hacedoras y hacedores de mundos a partir de esas fuerzas cosmogónicas que conspiran para la vida […] nosotros no solamente habitamos los territorios, sino que los territorios nos habitan y nos van definiendo el destino, el propósito, marcándonos el camino que tenemos que transitar”.
Adapto la noción de cosmobiografía del concepto similar de autocosmología, del matemático y cosmólogo Brian T. Swimme, quien desde su conocimiento científico se ha dedicado a fundamentar la necesidad de construir una civilización alternativa desde la perspectiva del cosmos vivo, lo que resuena en las palabras de Moira. En su reciente libro Cosmogenesis. An Unveiling of the Expanding Universe (Cosmogénesis. Una revelación del universo en expansión),* Swimme escribe su autobiografía como un viaje de autodescubrimiento desde la comprensión de la cosmogénesis como una fuerza siempre actuante, detectando momentos clave en su vida claramente marcados por la dinámica cósmica.
Todo esto lleva a la autora a introducir otro concepto que me parece bastante acertado. Frente a los binarismos estáticos y agotados —modernos/no modernos, civilizados/incivilizados, desarrollados/subdesarrollados—, Moira propone una diferenciación dinámica distinta, “Pueblos Telúricos” y “Pueblos Domesticados”. Mientras que estos últimos niegan el orden cósmico y se imaginan viviendo en un universo inerte conformado por elementos separados que pueden ser cosificados y manipulados a voluntad —por ejemplo, la Tierra como una colección de objetos y “recursos naturales”—, los primeros luchan por la reconstitución de las redes de interdependencia que constituyen los cuerpos, los territorios, los paisajes, las comunidades y las regiones que somos y habitamos, a partir de la conciencia del cosmos vivo. No es esta una oposición estática, pues hay una lucha antisistémica continua entre ambos modos de existencia; además, en la visión de la autora, lo telúrico no aplica solo a los pueblos territorializados, sino a todos aquellos grupos que se organizan para oponerse al Terricidio, repensándose como seres de la Tierra y fomentando alianzas con los pueblos.
La distinción entre Pueblos Telúricos y Domesticados lleva a la autora a un segundo postulado potente, que resuena con el llamado de muchas otras organizaciones indígenas y de intelectuales críticos: la necesidad de construir colectivamente —¡nada más y nada menos!— una alternativa civilizatoria centrada en el Buen Vivir. Por eso exclama: “Necesitamos crear una revolución de pensamiento, identitaria y telúrica. El despertar de los hacedores y hacedoras de una nueva matriz civilizatoria”. Para Moira, está claro que este proceso, además de antisistémico y anticapitalista —contra todo patrón de dominación—, tiene que ser despatriarcalizante, comunitario, promover la soberanía alimentaria y la permanencia en el territorio y, de esencial importancia, estar fundamentado en la espiritualidad y en lo femenino. Solo a partir de esta complejidad se puede caminar hacia el Buen Vivir, entendido como un modo colectivo de existencia que respete el orden cósmico y que incorpore activamente la perspectiva de la interdependencia de todo lo vivo en la reconstrucción de sociedades, economías, campos y ciudades.
Caminar hacia el Buen Vivir implica la recuperación del vínculo con la Tierra; para los Pueblos Indígenas, esto ineluctablemente conlleva la recuperación del territorio. La insistencia de Moira en la inseparabilidad de pueblo y territorio me hace recordar la conocida Marcha de los Turbantes de 2014, liderada por la actual vicepresidenta de Colombia, Francia Elena Márquez Mina, con el objetivo de denunciar las amenazas al territorio ancestral de comunidades negras del norte del Cauca y presionar por la titulación de los territorios, organizada bajo el lema “El territorio es la vida, y la vida no se vende, se ama y se defiende”. La defensa de la vida es lo que está en juego en las luchas territoriales contra el extractivismo rampante y el proyecto de muerte de la modernidad globalizada del capital, profundizado hoy por las tecnologías digitales y la mal llamada “inteligencia artificial”, todos estos proyectos profundamente patriarcales. Frente a estas fuerzas destructivas, en la visión de Moira, es necesario fortalecer el resurgimiento de las fuerzas femeninas y de las espiritualidades de la Tierra.
En última instancia, diría que Terricidio nos invita a una verdadera restauración ontológica de los territorios y a una reinvención del humano, una transición del humano competitivo, individualista y “racional”, imaginado por el humanismo liberal secular de la modernidad, a uno que le apueste a la cooperación, la sanación y el cuidado de la red de interdependencias de la vida y el Buen Vivir, en que todo lo diferente —todo lo vivo— sea acogido como legítimo otro en la convivencia. Se trata de una nueva ontología de lo humano que nos permita adentrarnos en la construcción colectiva de otras formas de habitar la Tierra, centradas en el cuidado mutuo. En cada crisis está la oportunidad de renacer, nos dice Moira: “Este el momento de renacer como humanidad”. Esta potente obra nos conmina a trabajar en este sentido, a convertirnos en cuidadoras y cuidadores de la Tierra viva, a transicionar colectivamente en la dirección de este sueño.
* Swimme, Brian T., Cosmogenesis: An unveiling of the Expanding Universe, Berkeley, Counterpoint, 2022.
NOTA A ESTA EDICIÓN
Palabras nómadas
Se dice que a la llegada de los españoles estábamos acercándonos al desarrollo de nuestra propia grafía con los símbolos que hoy conocemos como ñimiñ y que son los dibujos laborados en el witran, telar, y también aparecen en la wizun, cerámica mapuche, y rütran, joyería. De todos modos, los términos del mapudungun, idioma del Pueblo Mapuche, no tienen una única manera de transcribirse al castellano, como tampoco un grafemario unificado y consensuado. Esto se debe a razones diversas. Por un lado, la historiografía del Pueblo Mapuche ha dado cuenta de sus experiencias de formas materiales e inmateriales distintas, que no necesariamente involucraron la práctica de escritura tal como la conocemos hoy. Por otra parte, la gran mayoría de los documentos que registraron en un principio la gramática y el léxico fue confeccionada por agentes del gobierno colonial y estatal que, aun siendo informados por personas indígenas, n
