El oráculo de la noche

Sidarta Ribeiro

Fragmento

cap-1

1

¿Por qué soñamos?

Cuando tenía cinco años de edad, el niño pasó por un periodo perturbador en el que todas las noches tenía la misma pesadilla. En el sueño vivía sin parientes cerca, solo en una triste ciudad bajo un cielo lluvioso. Gran parte del sueño transcurría en un lodazal de callejones que circundaban lúgubres construcciones. La ciudad, cercada por alambradas de púas e iluminada por insistentes relámpagos, parecía más bien un campo de concentración. El chaval y los otros niños del lugar llegaban invariablemente a una espantosa casa habitada por brujas caníbales. Uno de los pequeños —nunca el niño— entraba en el edificio de tres plantas y todos se quedaban observando sus ventanas oscuras, esperando a que una de ellas se iluminara de repente y revelara el perfil del chico y de las brujas. Se oía un grito horripilante y así terminaba el sueño, que se repetía cada noche con todo lujo de detalles.

El niño desarrolló pánico a acostarse y comunicó a su madre la decisión de no volver a dormirse nunca más con el fin de evitar la pesadilla. Permanecía inmóvil en la cama, solo en su habitación, luchando ansiosamente contra el sueño, decidido a mantener la vigilia. Pero al final acababa rindiéndose y después de unas horas volvía a empezar todo de nuevo. El temor de ser el niño elegido para entrar en la casa era tan grande que no le permitía evitar la repetición de la trama y hacía que cayera una y otra vez en la misma trampa onírica. Su diligente madre le enseñó a pensar en jardines llenos de flores cuando se quedaba dormido, lo que calmaba el comienzo del sueño. Pero después de la oscura cortina de la medianoche, la pesadilla regresaba de forma inexorable, como si no fuera a dejar paso a la madrugada.

Poco tiempo después comenzó sesiones de psicoterapia con un excelente especialista. De esa época solo le quedan recuerdos de juegos de mesa guardados en una bonita caja de madera en el consultorio. En algún momento el psicólogo, hábil, sugirió controlar el sueño de alguna manera. Y entonces otro sueño sustituyó a la pesadilla de las brujas.

También tenía un argumento desagradable, aunque ya no de terror, sino de un suspense hitchcockiano con una sorprendente edición de imágenes. El thriller se vivía en tercera persona: el niño no veía el sueño a través de sus ojos, sino desde fuera, como si estuviera viendo una película sobre sí mismo. El sueño, que transcurría en un aeropuerto y siempre terminaba del mismo modo, se repetía todas las noches. Había un compañero adulto de pelo oscuro que ayudaba al niño a buscar a un criminal demente. El niño no lograba encontrarlo y abandonaba la estancia con su amigo. Pero entonces, para su gran ansiedad, un «movimiento de cámara» mostraba al criminal que buscaban, bocabajo, colgado del techo del vestíbulo como una enorme araña en una grieta entre las paredes… Lo más perturbador era no haberlo visto antes, aunque había estado presente todo el tiempo.

Después de algunas sesiones más de psicoterapia lúdica y conversaciones sobre el control de los sueños, el niño desarrolló una tercera trama onírica, ya no una pesadilla, sino un sueño de aventuras, lleno de peligros pero acompañado de mucho menos miedo y ansiedad. Se trataba de la caza de un tigre en la selva india; el niño aparecía a todas luces como un héroe, un Mogli con ropa de colonizador británico, observado desde fuera en tercera persona. El mismo amigo adulto de pelo oscuro lo acompañaba al principio del sueño a través de una densa vegetación hasta que veían acantilados y un mar agitado. En el lado derecho del campo visual había una isla elevada, pequeña y rodeada de despeñaderos, y al fondo el sol se ponía en colores fuertes bajo un cielo gris. El final de la tarde se acercaba y era casi imposible ver la cara del amigo. El niño advertía la presencia de un tronco que conectaba el continente con la isla; suponía que el tigre estaba escondido allí y proponía a su amigo acorralarlo. Este se mostraba de acuerdo, pero explicaba que a partir de ese momento el niño tendría que seguir solo. El chaval avanzaba con un rifle en la mano y comenzaba a cruzar el tronco, manteniendo el equilibrio a varios metros de un mar verdoso y enfurecido cubierto de espuma blanca. Las nubes se abrían, el sol poniente aparecía y el horizonte se teñía de naranja, rojo y violeta. El niño pisaba el suelo de la isla y miraba la maleza con el rifle en ristre, imaginando que apuntaba al tigre detrás de las hojas. Y entonces, de repente, se daba cuenta de que el animal se había situado a su espalda, sobre el tronco. El acorralado era él.

Incluso antes de la llegada del miedo, el niño decidía lanzarse al mar sin pensarlo más. Caía desde arriba y, cuando golpeaba contra el agua, el sueño adoptaba de repente la primera persona, con una vivacidad aumentada por el brusco encuentro del cuerpo caliente con el agua fría. Advertía que estaba soñando y veía con sus propios ojos el mar oscuro que lo rodeaba. Por un instante todo se volvía gris; luego empezaba a nadar para rodear la isla, pero tenía miedo, y el temor le hacía advertir un enorme tiburón a su lado. El susto y el suspense ralentizaban el tiempo; a continuación todo se calmaba. Entre el mar y el cielo cada vez más oscuros, el niño seguía nadando tranquilamente junto al gigantesco tiburón, y nadaba y nadaba por la noche y no pasaba nada malo hasta el día siguiente… Poco tiempo después de comenzar a soñar con el tigre y el tiburón, estas tramas oníricas abandonaron al niño para nunca más volver. Desaparecieron las pesadillas, pasó el miedo a dormir, y la paz de la noche volvió a su casa.

CLARO ENIGMA

¿Cómo dar sentido a tantos símbolos, a tanta riqueza de detalles? ¿Cómo explicar la repetición tan fidedigna de la trama? ¿Y la repentina aparición y desaparición de esta serie onírica? ¿Cómo lidiar con las pesadillas recurrentes que incluso llegan a suscitar miedo a quedarse dormido? Proporcionar respuestas a estas preguntas requiere entender los orígenes y las funciones del sueño.

Durante la vigilia —de día o de noche, pero con los ojos bien abiertos—, experimentamos una sucesión de imágenes, sonidos, sabores, olores y toques. Despiertos, vivimos sobre todo fuera de la mente, porque nuestros actos y percepciones están ligados al mundo fuera de nosotros. Entonces, con mayor o menor periodicidad —de noche o de día, pero con los ojos bien cerrados—, entramos en ese estado de inconsciencia en el que se apaga la pantalla de la realidad. Poco recordamos de este sueño tan familiar y reparador, por lo que es común pensar que se trata de una ausencia total de pensamientos. El sueño se presenta como una «no vida», una «pequeña muerte» cotidiana, aunque esto no sea cierto. Hipnos, el dios griego del sueño, es hermano gemelo de Tánatos, el dios de la muerte, ambos hijos de la diosa Nix, la Noche. Transitorio y en general placentero, Hipnos es profundamente necesario para la salud mental y física de cualquier persona.

Algo muy diferente sucede durante el curioso estado de vivir para dentro al que llamamos «sueño». Allí reina Morfeo, que da forma a los sueños. Hermano de Hipnos según el poeta griego Hesíodo, o hijo de Hipnos según el poeta romano Ovidio, Morfeo lleva los mensajes de los dioses a los reyes y lidera una multitud de hermanos, los Oniros. Estos espíritus de alas oscuras emergen todas las noches a través de dos puerta

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