El amor sólido en tiempos líquidos

Fragmento

Acerca del amor que permanece

El cartel manuscrito en la puerta de aquella casa en Vosnon, un pueblo de la campiña francesa, ubicado a 35 kilómetros de Troyes (en la región de Champaña-Ardenas), era tan discreto como lo habían sido sus moradores durante los 27 años en que la ocuparon. Decía simplemente: Por favor, no subir. El pedido fue respetado durante unas horas, pero finalmente alguien subió y encontró en el primer piso los cuerpos sin vida de André Gorz y de su esposa, Dorine Keir. Se habían suicidado de común acuerdo. Era el 22 de septiembre de 2007. Ella padecía desde hacía algún tiempo una enfermedad degenerativa que, ambos lo sabían, sería terminal. Él tenía 84 años, ella uno menos. Se habían conocido en 1947, en París. Él la invitó a salir sin demasiadas esperanzas. Era un hombre tímido y frágil, ella era bella y alegre, los hombres la rodeaban y cortejaban. Pero Dorine aceptó, a pesar de eso y de que él era judío y ella no, y en aquella época, como se lo habían advertido, ese vínculo sería una transgresión. Lo que siguió fue una historia de amor que duró 60 años. “Nos gustaría no sobrevivir a la muerte del otro”, había advertido Gorz. Nos hemos dicho a menudo que, si tuviésemos una segunda vida, nos gustaría vivirla juntos”2. Cumplieron con el primero de estos dos deseos.

Gorz, nacido en Viena y cuyo verdadero nombre era Gerhart Hirsch, fue un connotado filósofo, que se había especializado en temáticas como el trabajo, la ecología y la crisis del capitalismo. Discípulo de Jean Paul Sartre, era un hombre de izquierda, lejano del marxismo y crítico de muchas posturas extremas de esa franja política. Formó parte del comité de redacción de Les Temps Modernes, junto a Sartre y Simone de Beauvoir, y fundó con Jean Daniel (otro poderoso pensador del siglo veinte) el semanario Le Nouvel Observateur. Entre sus libros, pilares de lo que se dio en llamar la Nueva Izquierda, se cuentan Ecología y Libertad, Metamorfosis del trabajo y Adiós al proletariado. Pero acaso ninguno de sus textos se instale de un modo tan indeleble en la memoria de quienes los leyeron, como el último de todos: Carta a D3.

Escrito entre el 21 de marzo y el 6 de junio de 2006, Carta a D. es una hermosa, sentida y conmovedora evocación del amor que construyeron él y su esposa a lo largo de seis décadas. Empieza así: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. De nuevo siento en mi pecho un vacío devorador que solo colma el calor de tu cuerpo abrazado al mío”. En el final se lee: “Estoy tan atento a tu presencia como en nuestros comienzos y me gustaría hacértelo sentir. Me entregaste toda tu vida y todo lo tuyo. A mí me gustaría darte lo mío durante el tiempo que nos quede”. Entre un párrafo y otro, y a lo largo de 103 páginas, Gorz describe con un estilo terso, con una memoria alimentada por el amor y con una sinceridad y una entrega absolutas, no solo cada uno de los pasos de la historia compartida, sino que además explora, con profunda empatía y con extraordinario registro de la otra persona, los sentimientos, las sensaciones, las ideas, la dicha y la esperanza, los temores y los temblores, expresados o intuidos, que los recorrieron a ambos mientras convivían. Entre los muchos testimonios de amor producidos a lo largo de los siglos y recogidos por la historia en forma de cartas, memorias, novelas, poemas, canciones, melodías, pinturas y otras formas, esta brillará siempre como una gema. Esa luz bastará para disipar la oscuridad sembrada por el escepticismo, por la incredulidad, por el cinismo o por teorías siempre caprichosas, siempre pasajeras, acerca de la imposibilidad del amor estable, del amor que se prolonga no como mera declaración o deseo, sino como una construcción que resiste a los tiempos y a los vientos. Su belleza, su admirable lucidez y serenidad, se sostienen en la cotidianeidad de lo que se cuenta, en lo tangible de la relación. No es una historia que se basa en ser felices y comer perdices, sino en vivir la vida como es, como se va presentando mientras transcurre, con luces y sombras, con tibiezas y fríos extremos, con logros y frustraciones, con encuentros y desencuentros. No es la leyenda de dos amantes inmaculados, sino la de dos seres reales que construyeron, en la salud y en la enfermedad, lo más sublime que dos humanos pueden consagrar: el amor.

Lejos del agridulce final de André y Dorine, durante un viaje tuve oportunidad de conocer a Nardo y Eli y de convivir con ellos durante dos semanas. Cercanos a los 70 años de edad, llevaban 46 de casados. Entrerrianos, oriundo de Rosario del Tala uno y de Gualeguay la otra, localidades separadas por unos 120 kilómetros, se conocieron en la adolescencia, cuando eran estudiantes secundarios. Aquel noviazgo se convirtió luego en matrimonio y este a su vez originó una familia con cuatro hijos. Antes, tuvieron que esperar a terminar sus carreras universitarias. Para recibirse de médico él fue a la Universidad de La Plata, un lugar alejado de su casa natal. Cada semana, cuando regresaba, pernoctaba en la casa de Eli. Lo habían aceptado.

Se casaron jóvenes y el amor que se tienen perduró hasta hoy. En los días que compartí con ellos, daba gusto ver cómo se trataban, la vitalidad con que se hablaban, la admiración con la que cada uno narraba hechos, actitudes y palabras del otro. Ella vivaz, él más reposado transmitían el equilibrio de la complementariedad. Tampoco ellos habían dedicado los largos años juntos a comer perdices. La marcha tuvo momentos difíciles. La vida de un médico rural que ama su profesión y la ejerce con compasión y fervor vocacional es un servicio de veinticuatro horas, en donde es necesitado a toda hora y bajo todos los climas. En el año 2002 los cubrió el más insondable e indescriptible de los dolores. Murió Gretel, una de sus hijas, a los 27 años. Supieron convertir el dolor en abono para sus vidas. Hoy agradecen que esa hija haya estado con ellos, no ocultan las cicatrices pero cuentan a Gretel como alguien que contribuyó a alimentar su travesía amorosa. Contaban con recursos interiores, emocionales, psíquicos y espirituales que ellos mismos habían forjado y esos recursos les permitieron descubrir un sentido en el dolor y entender que ese sentido los seguiría guiando.

Hoy Eli y Nardo siguen generando proyectos, llevan adelante una página web en la que vuelcan sus gustos musicales y literarios4, recomiendan arte, comparten reflexiones, invitan a otros a participar. Se han convertido en viajeros entusiastas (el lado luminoso de la jubilación) y al regreso de un viaje comienzan a soñar con el siguiente. Arrastran en sus expediciones a amigos perezosos, están actualizados, son interlocutores estimulantes para quien conversa con ellos, se cuidan el uno al otro, se respetan, son distintos entre sí y no se conciben separados.

Árboles en el desierto

Amores que se consolidan en el tiempo, que trascienden lo inmediato. Árboles cuyas raíces no cesan de viajar hacia lo profundo y cuyos frutos son más nutricios en cada cosecha. No son árboles aislados, solo que en un mundo bullicioso, bochinchero, sin tiempo para observar y reflexionar, sin espacio para exponer lo que no es banal, terminan por integrar bosques que pasan inadvertidos. Se habla de amores tórridos (¿son amores?), de relaciones tormentosas, de pasiones fugaces y superficiales, de dolores inútiles, de relaciones exhibicionistas y chillonas, de roces efímeros y fugas veloces que no dejan huellas. Se le llama amor a la vanidad y al narcisismo, se mira con sorna a los amores que se construyen en silencio, con acciones. A los que duran en el tiempo se los considera, despectivamente, rutinas o costumbre, se prefiere la montaña rusa emocional (un viaje a ninguna parte, un simple shot de adrenalina) antes que el tren que atraviesa variados paisajes, tanto bellos como áridos, pero viaja hacia un destino, se mueve en el tiempo y en el espacio.

No son árboles solitarios. Constituyen bosques, aunque no se observen a simple vista. Conocidos André y Dorine, anónimos Nardo y Eli, son representantes de una realidad. Hay muchos como ellos, empeñados en construir amor del bueno y darle trascendencia en el tiempo, en devolverle al amor su sentido y su significado, desgastado por la mala praxis en un mundo de voracidad material, de tiempo en fuga, de deseos insaciables, de necesidades olvidadas, de inconstancia, de horror al compromiso y a la responsabilidad, un mundo en donde el otro se ha ido desdibujando hasta desaparecer. Un mundo de soledad sin alteridad, de simulacros de encuentro. En ese mundo líquido existen y son posibles, pese a todo, los amores sólidos.

No son, hay que decirlo pronto, amores mágicos. No se venden hechos, no se encargan por Internet ni por teléfono, no son instantáneos, no vienen en pastillas ni son inyectables. No dependen de hechiceros portadores de fórmulas prodigiosas que duran solo hasta la próxima desilusión (aunque estos gurúes no dejen de multiplicarse, disfrazados con diferentes trajes y títulos). Transcurren en la vida tal como es. Esto significa que a cada paso se encuentran con una circunstancia que exige respuesta. Una respuesta que se debe dar a través de acciones y decisiones. Y que tendrá consecuencias. Las decisiones no siempre serán fáciles, porque no dependerán de una persona, sino de dos. Cada respuesta encierra potencialmente una negociación, y cada negociación una revisión del contrato afectivo que une a la pareja. A veces las decisiones son dolorosas, significan resignación, sacrificio, delegación, postergación.

Los proyectos de estas parejas, como los de todas, no coinciden necesariamente con lo que la realidad les opone. Y es en la realidad en donde el amor se consolida, no en el deseo, en la ilusión, en la fantasía o en leyendas mágicas. Habrá que recordar todas las veces que fuere necesario que el amor es un punto de llegada y no un punto de partida. Que se comienza enamorado de alguien y se termina amándolo. O no. En el segundo caso no queda nada de qué hablar, nada hay para contar. Simplemente el enamoramiento cumple su ciclo de ilusión y cuando la persona imaginada desciende del cielo de la fantasía y, en la tierra de lo cotidiano, empieza a ser una persona real, el encanto finaliza y la historia termina.

Distinto es todo cuando los enamorados aceptan el desafío de conocerse no solo en sus buenos sino también en sus malos humores, cuando no temen auscultar el lado oscuro del otro ni clausuran la entrada a su propio sótano, cuando comparten el camino, aunque

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