1. El reo se enfrenta a su sentencia
—¿Estás listo? —preguntó mi madre. Me obligaba a caminar por la plancha o tablón, como si ella fuese pirata y yo un condenado.
Allá abajo, la superficie del agua era una tela negra con pespuntes de espuma. ¿Cómo saber qué profundidades escondía? ¿Qué clase de criaturas esperaban en su seno, entre indiferentes y ávidas?
Por favor, no tome lo que digo al pie de la letra. (A usted le hablo, lectora o lector.) Ni mi madre era discípula de Barbanegra ni el tablón existía en el mundo material. No estábamos en el Caribe del siglo XVII, sino en la Argentina de los 70. Pero mi posición era precaria, eso es verdad. Y yo la vivía como una historia de Stevenson y Salgari, a quienes —expertos en tibias y calaveras— debía parte de mi educación.
—Te queda bien el blazer —agregó mi madre. En sus labios bailaba un Jockey Club, marcaba el tempo de la sinfonía matinal.
La emoción que predominaba en mi alma era el miedo. Y a la vez deseaba saltar a la aventura, aunque suene contradictorio. Para la condición humana, todo límite es una tentación, la invitación a transgredir. Si yo le sugiriese, lectora, lector, que no cruce esta línea de puntos porque, de leer las palabras que siguen, ya no podrá escapar...
... Y sin embargo, sigue usted aquí. Algo de lo que dije resonó en su alma. ¡Esto lo demuestra!
Odio la corbata azul que aprieta mi cuello. El pantalón gris pica un montón, me crispa los nervios.
Desde la calle llega un sonido de bronces. La bocina del Dodge Coronado. Mi padre está impaciente.
Si asomó usted a este texto, lectora, lector, es porque —presumo— considera la posibilidad de jugar conmigo. De ser así, las reglas deberían quedar claras desde el principio. En este juego —truco, quiero retruco, ¡quiero vale cuatro!—, la sinceridad no es un valor. Al contrario, gana quien finge como un campeón, aquel que miente mejor. Pero, por tratarse de la primera mano, correré el riesgo de ser candoroso.
Yo no estaba listo. Para nada. ¿Lo está usted? Nunca estamos listos para ciertos trances: el primer contacto sexual, la muerte.
Y comenzar la secundaria en una escuela nueva, a los doce años, era dramático. No me diga que no.
Frente al peligro, la vida corriente pierde entidad, se desintegra; y el abismo de lo desconocido llama de forma irresistible, como las sirenas de las leyendas. Lo que existe a nuestras espaldas se convierte en pasado, pretérito perfecto simple (¿acerté esta vez, profesor Farré?): fue. Mientras que el vacío que se abre a nuestros pies convoca con el poder del indicativo futuro, de lo que no tolera negativas, de lo que sí o sí será.
¿Querrá usted jugar conmigo? Todo juego de azar apela a la simbología de la vida y la muerte. Y este texto supone un lance de vida o muerte por partida doble.
Por un lado está la partida que ahora se inicia: el pacto invisible que ofrece cada libro, entre autor o autora y lector o lectora, según el cual me comprometo a entretenerlo, ¡como mínimo!, y usted a dedicarme tiempo. Por eso he repartido ya —soy pie— y usted recogió sus cartas, que espía en este instante, tal como husmea estas primeras páginas. Baraja española: espadas, bastos, oros, copas. Naipes creados por colonos que pasaban meses en el mar, a la espera de llegar a América. Reflejan lo que ocupaba sus mentes: tajos, garrotes, codicia, embriaguez.
Por el otro lado existe la partida que esta historia cuenta. Un juego que empezó en marzo del 74, al filo de un otoño que devino invierno sin orillas. Hubo de todo entonces, ya lo verá: esqueletos, inundaciones, litros de Nesquik, vino berreta, indios huarpes, chancros sifilíticos, fusilamientos, hechiceras, explosiones de semen, combinados Winco, copas del mundo y más. (¡Hasta un cameo de la familia Von Trapp!)
Hablo de una partida cuyo resultado conozco, porque estuve entre quienes la jugaron. No revelaré el final pero diré, sí, que no involucra tan solo muertes simbólicas.
Juego fuerte porque —dicen los que saben— la primera vale oro.
2. La buena nueva del clérigo virtual
Yo no era un adolescente formal, siquiera, cuando empecé la secundaria en marzo del 74. Tenía doce años flamantes, cumplo a fines de enero.
Dicen que amaba los libros y que pedí que me enseñasen a leer tan pronto aprendí a expresarme. En virtud de esa precocidad, me mandaron al jardín de infantes a los cuatro y a los cinco estaba en primer grado.
Imagino que a mi madre le convino, también —de paso, cañazo—, porque ansiaba recuperar su independencia en casa. Cantar a los gritos encima de los discos, leer y hacer crucigramas sin estar pendiente de nadie o que se le demandase nada. Lo pagó caro, porque quedó embarazada otra vez cuando yo me despedía del jardín y, en materia de delantales, estaba a punto de cambiar cuadrillé por blanco. La llegada de mi hermana postergó la reconquista de su libertad, que estuvo al alcance de los dedos... para evaporarse otra vez, como un espejismo.
Lo concreto es que la criatura que entró al Colegio de la Buena Nueva, como arrojada a las arenas del Coliseo —ave Cesar, morituri te salutant!—, era un niño, todavía. Petiso, morochón, de una timidez que hoy sería sospechada de autista. (La misma modestia, lectora, lector, que medio siglo después me compele a tratarlo de usted.)
Comparado con la pública donde cursé primaria, la Buena Nueva era monumental. En escala futbolística, mi primera escuela fue como la cancha de Ferro —a cuya colonia mi madre me enviaba el verano entero, para no alterar su promedio en materia de verticales y horizontales— y el Colegio era River Plate: un anfiteatro de dimensiones olímpicas, como el Flavio de Roma, donde osos y leones merendaban cristianos. Ocupaba casi una cuadra sobre Rivadavia, a la altura de Caballito. Una mole azul y gris, como los uniformes que nos forzaba a vestir.
Entrabas por un pasillo con algo de tracto uterino y desembocabas en el patio descubierto donde, llegada la hora, se te invitaba a formar y cantar el himno de la casa.
Esa mañana me perdí entre el gentío. Seiscientos jovencitos —Korynetes caeruleus, escarabajos azules de patas grises—, a razón de tres divisiones de cuarenta por cada año. Y yo no conocía a uno solo.
Gravité hacia el sector donde se apiñaban los más bajitos. Pronto identifiqué dos rostros, los recordaba del día del examen de ingreso. Un rato más tarde, ya en el aula, aprendería sus nombres. El esmirriado con cara de Felipe de Mafalda —angulosa, una constelación de pecas— se llamaba Alarcón. El rubión, petiso y compacto era Diodati. Cruzamos miradas donde leí reconocimiento.
Los profesores empezaron a arrearnos, ordenándonos por divisiones. Casi todos los docentes eran varones, y muchos de nacionalidad española, como se percibía a simple oída: religiosos y curas de la orden de la Buena Nueva —bonanovistas.
Paré la oreja hasta que un profesor convocó a Primer Año B. Era un argentino joven, esmirriado, de saco cruzado que le quedaba grande y bigote que impostaba autoridad. Sería nuestro tutor durante ese ciclo inicial, además de profesor de Biología y ERSA (Estudio de la Realidad Social Argentina, materia que reemplazaba a Moral y Civismo). Pronto supimos que su apellido era Giliberto y que le decían Palito —era una mantis con mostacho.
Palito nos conminó a formar. El acto de inicio del ciclo lectivo arrancó con la canción patria y, a continuación, el himno de la escuela, que desnudó una primera división social. Los alumnos de Primero, como Alarcón, Diodati y yo, desconocíamos ese himno. Pero los compañeros que habían cursado la primaria en el Colegio y seguían allí —la mitad del curso, escarabajo más o menos— se lo sabían de memoria. ¿Cuántas otras cosas sabrían que los novatos ignorábamos a nuestro riesgo?
Tardé pocos días en aprender el himno. Estaba dedicado a Jean-Loup de l’Esplanade, clérigo francés que fundó la orden de la Buena Nueva a comienzos del siglo XIX. Desterrado de su patria por los jacobinos, llevó la franquicia espiritual a España. Según la versión que nos adoctrinaba, a su paso por Zaragoza había sido asaltado por una visión: la de una edición de los Evangelios, que le salió al paso en un camino oscuro y flotaba en al aire.
Para poner a prueba el espejismo, De l’Esplanade eligió en su mente un pasaje evangélico. Romanos 10, versículo 15, que dice: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” Acto seguido, la visión hizo correr las páginas como si dispusiese de un dedo invisible, y se detuvo en la que reproducía el pasaje invocado. Eso explicaba la obsesión de la orden por las Buenas Nuevas. Pero también cabía pensar que el objetivo de la visión había sido otro.
—Para mí que se equivocó, el Yanlú —me dijo una vez Pafundi, a quien llamábamos Lito. Ese día estaba en la fila, a mis espaldas, pero todavía faltaban un par de años para que nos ligásemos como amigos. El Lito era de analizar cada cosa a partir de su potencial, o no, para sacar provecho económico—. Tendría que haber abierto una cadena de negocios de podología, como los de Dr. Scholl’s. Sería un buen slogan, ese: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz!
La cita era esotérica. ¿Cuál era la importancia de que los que anunciaban la Buena Nueva tuviesen bellos pies? El himno del Colegio brindaba una pista de lo que, tiempo más tarde, coagularía como certeza: somos gente rara, los católicos. Nos colgamos del cuello un cadalso, actuamos como caníbales al devorar el cuerpo y la sangre del Salvador y, aunque prohibimos que las mujeres jueguen en primera, veneramos a un tipo de Roma que viste polleras.
Años más tarde me reí a lo pavo, cuando entendí que Pafundi, el Lito, le había errado por poco. Si su intuición hubiese sido más precisa, se habría convertido en un megamillonario a lo Bill Gates.
Jean-Loup de l’Esplanade dijo que la visión le había inspirado la creación de la orden. Pafundi pensaba que la cadena a lo Dr. Scholl’s hubiese sido mejor negocio, pero erró el vizcachazo. La visión insinuaba un negocio más grande.
El libro que se abría solo en la página que elegías no era un anuncio religioso. Era una visión profética de lo que hoy conocemos como Internet.
3. El pasado, Perón y una pija
En 1974 no había Internet, claro. El mundo era distinto.
Los teléfonos estaban atados a las paredes. Los ligaba un cordón umbilical, casi siempre ensortijado.
La televisión era en blanco y negro y solía depender de una antena, que si tenías suerte instalabas en la terraza y, si no, encima del aparato. (Si habrá pasado horas arriba, mi padre, mientras desde el patio gritábamos: “Ahí se ve mal. Ahí un poco mejor. ¡... Ahí empeoró, volvé, volvé!”) Reproducía apenas cuatro canales y un quinto a gatas —el 2 de La Plata, cuando la antena estaba inspirada—, y solía tener problemas horizontales o verticales, la variante televisiva de un episodio psicótico.
No existía nada parecido a un control remoto. Para cambiar de canal, había que levantarse y girar una perilla. Eso explicaba la tendencia a que las familias optasen por una emisora, como se elige un equipo de fútbol, y dejasen el dial clavado allí. Mi abuela paterna, por ejemplo, se había afiliado al Canal 9, en cuyo elenco había un cómico que se hacía llamar Calígula pero que para ella fue siempre Clavícula.
Los diarios también eran en blanco y negro, y solo existían en formato papel. A casa llegaba la edición vespertina de La Razón, mediante delivery del kiosquero Fernández, que deslizaba debajo de la puerta revistas como Gente, Anteojito y todo lo que existiera en materia de crucigramas y juegos de ingenio. (Mi madre era fan de una que se llamaba Joker.) Lo único que me interesaba de los diarios era la página de historietas y la sección Espectáculos. El resto de la realidad me tenía sin cuidado, a no ser que irrumpiese en mi mundo privado. Todavía recuerdo la tarde de 1980 que pasé ante el combinado Ken Brown, vencido como sauce sobre el cauce de papel que anunciaba el asesinato de Lennon.
Los colectivos se pagaban en metálico, a cambio de lo cual el conductor cortaba y entregaba un boleto identificado con un número que, si había suerte, era capicúa —se leía de idéntica forma de atrás para adelante, ejemplo: 803308. (Si vivió ese tiempo, lectora, lector, estoy seguro de que conservó uno de esos durante años... si es que todavía no atesora uno.) Por la esquina de casa pasaban el 92 y el 113, pero para llegar al Colegio debía caminar hasta Rivadavia y elegir entre el 1, el 2, el 86, el 132...
En términos físicos, mi mundo era diminuto. Cabía dentro de una bola de cristal de esas que se agitan para que simule nevar. Había transcurrido entre puntos neurálgicos del barrio de Flores: mi casa en Boyacá y Avellaneda, la de los abuelos maternos en Fray Cayetano al 800, la de mi abuela paterna en Ensenada 96 y mi escuela primaria, la Leandro N. Alem, que era pública y quedaba enfrente de la plaza. Ahora se extendía a Caballito, que formalmente era otro barrio pero que estaba tan cerca como antes lo había estado la plaza Flores. La diferencia era de orientación. Antes salía de casa por Boyacá y, al llegar a Rivadavia, debía doblar a la derecha, en la esquina de la confitería Londres. A partir del ingreso a la secundaria, mi zona de interés giró hacia la izquierda.
Durante el 73 hice un esfuerzo que pudo alterar mi destino. Se me había metido en la cabeza ir al Liceo Naval, a cuenta de razones que tenían el espesor de mis once años: porque quería acompañar a mi primo postizo, Ramirito; porque me atraía la idea del contacto con el mar y porque en el Liceo enseñaban esgrima. (Más culpas que endilgar a Salgari y a Stevenson.) Mis viejos aceptaron a regañadientes, porque el tema entrañaba un gasto que no estaban felices de solventar. Y como había que dar un examen de ingreso con fama de estricto, me enviaron a una academia que preparaba para el test. Quedaba lejos de casa: sobre la avenida Callao, antes de llegar a Corrientes. O sea que, durante algunos meses, después de la escuela merendaba en casa, subía al 172 y combinaba con el subte hasta Congreso —toda una aventura.
Una de esas tardes, camino a la academia, choqué contra un gentío que se apiñaba en la puerta del Hotel Savoy. Con la curiosidad propia de mis años, me mandé a preguntar a qué se debía.
—¡Es Perón! ¡Se hospeda acá, está adentro! —me dijo un viejo, o lo que yo consideraba un viejo por entonces. (Capaz que tenía cuarenta años.)
Yo no sabía mucho sobre Perón, y en consecuencia no podía emocionarme. En la escuela, la historia argentina nunca había avanzado más allá de Roca. Me constaba que el tipo había sido presidente y que vivía en España desde hacía mucho, pero nada más. Mi familia había sido gorila —antiperonista— siempre, aunque en grado leve, y por aquel tiempo atravesaba una fase revisionista. Una tarde de ese mismo año, escuché a mi madre decir en lo de Ramirito: “Si el Viejo decide volver a esta altura de su vida, será porque quiere hacer las cosas bien”. Esa fue la razón por la que me quedé a chusmear. Con un poco de suerte, al llegar a la casa podría decirle a mi madre: “¿A que no sabés a quién vi?”, y arrancarle una sonrisa.
Esperé unos minutos —mi margen para llegar a la academia era escaso— sin ver nada alentador. Del otro lado de las puertas vidriadas no había nadie. El lobby estaba vacío, cosa que comprobaba a duras penas, cogoteando, porque todos eran más altos que yo. Decidí irme, pero el viejo me retuvo con una mano en el hombro.
—Quedate, que ya sale —dijo.
No tardé mucho en advertir la presión de algo sólido a la altura de mi culo. A pesar de lo primitivo de mis nociones sexuales, entendí que el viejo me apoyaba con su pija. Y forcejeé para irme, cosa que no pudo evitar: si yo empezaba a gritar, la multitud lo cagaría a piñas. Así que me escabullí y seguí camino, aunque el temor de haber quedado embarazado me duró semanas. (¿Ve que no exageraba, cuando dije que mis conocimientos en materia sexual eran precarios?)
Pero no era esto lo que quería contar. Lo que me disuadió de entrar en el Liceo fue otra cosa. Comprendí que lo más factible era que reprobase el examen, porque no encontraba la vuelta a lo que enseñaban en la academia. Mucha matemática, cosa que odiaba, pero además no daba pie con bola. Al alumno de diez le estaba yendo mal por primera vez en su vida. Eso me abochornaba.
La razón era orgánica. Cuando yo llegaba desde Flores, el aula estaba casi llena y no quedaba lugar más que en los bancos del fondo. Y desde ahí, yo no veía una mierda. Tenía una miopía acendrada pero no lo entendía, todavía estaba convencido de ser normal. Y en consecuencia copiaba mal cifras y signos y todos los resultados me daban chingados.
El cóctel de mis cortedades me sentó fatal. La timidez patológica me impidió explicarme ante el profesor y obtener un asiento cerca del pizarrón. Y el orgullo mal entendido hizo que disimulase mi desempeño, que oculté a mis padres. Preferí decir que lo había pensado mejor y asumido que el Liceo Naval no era para mí.
Tardé años en comprender que la miopía me había salvado de mucho más que el Liceo Naval.
Estábamos al filo de un tiempo durante el cual, para sobrevivir, convendría no ver mucho más allá de las propias narices.
4. Entra el elenco docente
Los primeros meses transcurrieron sin sobresaltos. No diría que fui feliz, ni siquiera relajé del todo. Pero la situación no resultó tan tremenda como había temido. Parte de mi energía se fue en adaptarme a la plétora de profesores, que contrastaba con el unicato de la escuela pública, donde una maestra, o a lo sumo dos, concentraban las materias importantes. Los profesores de la Buena Nueva no solo eran muchos: constituían un elenco diverso, con actores a cuál más exótico —un popurrí de pétalos académicos.
A cargo de Historia estaba Gioffré, que explicaba cada tema como quien cuenta una película. Tenía una sintaxis propia, que derivaba del cuantioso kilometraje —del hecho de haber contado las mismas películas tantas veces— y eliminaba todos los conectores innecesarios, la grasa del relato. En su voz de fumador consuetudinario —era un dandy, Gioffré—, la muerte de Julio César podía ser consignada de este modo:
—Idus de marzo... Foro romano... Llega don Julio... Los senadores le entregan una petición, que se pone a leer... Siente un tironeo... Ista quidem vis est? Asoma Casca, faca en mano, paf: cuchillada al cogote. Revuelo, gritos. Adelphe, boethei! Todos pelan sus dagas, se le van al humo. ¡Chaf, chaf, chaf, chaf! —decía, mientras producía el acting de las puñaladas. Lo cerraba con un chiflido, un gesto lúgubre con ambas manos cubriendo al caído y la expresión final—: ¡... Fiambre!
El profesor Zelasqui sobrellevaba la tarea de impartir Actividades Prácticas y Caligrafía. Era un hombre elegante, que hablaba con acento provinciano que nunca asocié a provincia definida alguna. Cuando nos guiaba en el discutible arte de dibujar lo que llamaba “letra inglesa”, se cuidaba de distinguir los trazos que “suben para ayiba” de los que “bajan para abajo”. Lo respetábamos a pesar del absurdo de las tareas que encomendaba. No hay otra forma de explicar por qué cuarenta mono
