Tambores de otoño (Saga Outlander 4)

Diana Gabaldon

Fragmento

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Prólogo

Nunca he temido a los fantasmas. Después de todo, vivo con ellos cada día. Cuando me miro en un espejo, los ojos de mi madre me devuelven la mirada y mi boca se curva con la sonrisa que sedujo a mi bisabuelo para que yo tuviera mi destino.

¿Cómo voy a tener miedo del roce de esas manos que se desvanecen, que se detienen sobre mí con un amor desconocido? ¿Cómo voy a sentir temor de aquellos que moldearon mi carne, dejando su rastro para vivir mucho después de la muerte?

Menos aún puedo temer a esos fantasmas que, al pasar, rozan mis pensamientos. Todas las bibliotecas están llenas de ellos. Puedo tomar un libro de los estantes polvorientos y me atraparán los pensamientos de alguien que ha muerto hace tiempo, pero que todavía está vivo en su mortaja de palabras.

Por supuesto, no son los habituales y acostumbrados fantasmas que turban el sueño y aterran al insomne. Mire hacia atrás y encienda una linterna para iluminar los rincones que se encuentran apartados en la oscuridad. Escuche las pisadas que resuenan por detrás cuando camina solo.

Continuamente, los fantasmas revolotean y pasan a través de nosotros hasta ocultarse en el futuro. Miramos en el espejo y vemos las sombras de otros rostros que miran a través de los años; vemos la silueta de la memoria, erguida con firmeza en el umbral vacío de una puerta. Por sangre y por elección, creamos nuestros fantasmas, nos perseguimos a nosotros mismos.

Cada fantasma sale de manera espontánea de los terrenos confusos del sueño y el silencio.

Nuestra mente racional dice: «No, no es así.»

Pero, sin embargo, una parte más antigua siempre repite con calma en la oscuridad: «No, pero podría ser.»

Vamos y venimos por el misterio y, mientras tanto, tratamos de olvidar. Pero cuando una ráfaga de aire pasa por una habitación en calma y agita mi cabello con cariño de cuando en cuando, creo que es mi madre.

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PRIMERA PARTE

Maravilloso Nuevo Mundo

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1

Un ahorcado en Eden

Charleston, junio de 1767

Oí los tambores mucho antes de poder verlos. Los golpes resonaban en la boca de mi estómago como si yo también estuviera hueca. El sonido se trasladaba a través de la multitud; se trataba de un riguroso ritmo militar, cuyo objetivo era dominar sobre los murmullos o los disparos. Vi que las cabezas se giraban y la gente enmudecía al mirar la calle East Bay, que se extendía desde la estructura de la nueva aduana, que estaba en construcción, hasta los jardines de White Point. El día era caluroso incluso para Charleston en el mes de junio. Los mejores sitios se encontraban en el dique, donde el aire circulaba, pero aquí abajo era como cocerse vivo. Tenía la camisola empapada, y el corpiño de algodón se había adherido a mis pechos. Me pasé el pañuelo por la cara por décima vez en otros tantos minutos, y me levanté los pesados bucles de cabello con la vana esperanza de refrescarme la nuca.

En aquel momento era consciente de los cuellos de una manera morbosa. Con discreción, coloqué una mano en la base de mi garganta y dejé que mis dedos la rodearan. Pude sentir el pulso de mis arterias carótidas latiendo al mismo ritmo que los tambores y, al respirar, el aire húmedo y caliente me obstruía la garganta, ahogándome.

Bajé la mano y respiré tan profundamente como pude. Fue un error. El hombre que tenía enfrente no se había bañado en meses. El borde del corbatín que le rodeaba el cuello estaba lleno de mugre, y sus prendas desprendían un olor agrio y rancio, que resultaba fuerte incluso entre el tufo a sudor de la multitud. El olor del pan caliente y la manteca frita de cerdo de los puestos de comida superaba con creces el almizcle de las algas podridas del pantano, y sólo quedaba en cierto sentido atenuado por un soplo de brisa salada del puerto.

También había varios niños frente a mí, estirándose boquiabiertos, corriendo desde la sombra de los robles y las palmeras para mirar hacia la calle mientras sus padres, ansiosos, los llamaban. La niña más cercana a mí tenía el cuello elástico y suculento como si se tratara de la parte blanca de un tallo de hierba.

Se produjo un estremecimiento entre la muchedumbre cuando la procesión de la horca apareció al final de la calle. Los tambores sonaron con más intensidad.

—¿Dónde está? — murmuró Fergus junto a mí, estirando el cuello para poder ver —. ¡Sabía que tendría que haber ido con él!

— Debe de estar aquí. — Quise ponerme de puntillas, pero no me pareció digno del momento.

No obstante, seguí buscando alrededor. Siempre podía localizar a Jamie entre la multitud; su cabeza y sus hombros sobresalían por encima de la mayoría de los hombres y su cabello reflejaba la luz como un destello de oro rojizo. Sin embargo, todavía no había rastro de él, sólo un mar de tocas y tricornios, que protegían del calor a aquellas personas que habían llegado demasiado tarde para encontrar un lugar a la sombra.

Primero aparecieron las banderas, ondeando sobre las cabezas de la agitada multitud, con las insignias de Gran Bretaña, la Real Colonia de Carolina del Sur y el escudo de la familia del lord gobernador de la colonia. Luego llegaron los tambores, marchando de dos en dos y alternando un golpe fuerte con otro más lánguido. Era una marcha lenta, sombría e inexorable. Una marcha fúnebre, como llamaban a aquella cadencia en particular, muy adecuada para las circunstancias. El resto de los ruidos estaban mitigados por el sonido de los tambores. A continuación marchaba el pelotón de casacas rojas, en medio de los cuales se encontraban los prisioneros.

Eran tres, con las manos atadas por delante y unidos por una cadena que les sujetaba los cuellos con argollas de hierro. El primer hombre era bajito y mayor, vestía harapos y tenía mal aspecto; era un guiñapo que se sacudía y se tambaleaba, de manera que el clérigo de sotana oscura que caminaba junto a los prisioneros tuvo que agarrarlo del brazo para evitar que se cayera.

—¿Ése es Gavin Hayes? Parece enfermo — murmuré a Fergus.

— Está borracho. — La suave voz procedía de mi espalda; me di la vuelta con rapidez y vi que Jamie se encontraba detrás de mí, con los ojos clavados en la lastimosa procesión.

La falta de equilibrio del hombrecillo entorpecía el progreso de la marcha; sus traspiés obligaban a los otros dos hombres encadenados con él a zigzaguear para no caerse. La impresión que daban era la de tres borrachos que regresaban a casa desde la taberna, hecho que no se correspondía con la solemnidad de la ocasión. Podía oír las risas sofocadas por encima de los tambores, y los gritos y mofas de la multitud desde los balcones de hierro forjado de las casas de East Bay.

—¿Has sido tú? — pregunté en voz baja para no llamar la atención, aunque podría haber gritado y agitado los brazos, ya que nadie tenía ojos más que para la escena que se desarrollaba ante nosotros.

Sentí cómo Jamie se encogía de hombros mientras avanzaba para colocarse junto a mí.

— Me lo ha pedido — respondió —. Y ha sido lo mejor que podía hacer por él.

—¿Coñac o whisky? — preguntó Fergus, evaluando el aspecto de Hayes con la mirada propia de un experto.

— El hombre es escocés, pequeño Fergus. — La voz de Jamie era tan tranquila como la expresión de su rostro, pero advertí la tensión que ocultaba —. Quería whisky.

— Una elección muy sabia. Con suerte, ni siquiera se dará cuenta cuando lo ahorquen — murmuró Fergus.

El hombrecillo se liberó del clérigo y cayó de bruces sobre la calle arenosa, haciendo caer de rodillas a uno de sus compañeros. El último prisionero, un hombre alto y joven, se mantuvo de pie, pero se balanceaba de un lado a otro, intentando mantener el equilibrio desesperadamente. La multitud rugió con regocijo.

El capitán de la guardia tenía el rostro enrojecido por el sol y la furia; brillaba entre el blanco de su peluca y el metal de su gola. Ladró una orden mientras los tambores continuaban su sombrío redoble, y un soldado se apresuró a desencadenar a los prisioneros. Dos soldados levantaron a Hayes sin ceremonia alguna y la procesión continuó de un modo más ordenado.

Cuando llegaron al patíbulo, un carro con una mula bajo las ramas de un gran roble, nadie reía. Podía sentir cómo los tambores resonaban a través de las suelas de mis zapatos. Estaba algo mareada por el sol y el olor. Los tambores de repente dejaron de sonar y en el silencio me zumbaron los oídos.

— No necesitas mirar, Sassenach — susurró Jamie —. Regresa al carro. — Miraba fijamente a Hayes, que se retorcía sujeto por los soldados mientras observaba confundido.

Lo último que deseaba era mirar. Pero tampoco iba a dejar que Jamie pasara solo por ese trance. Estaba allí a causa de Gavin Hayes y yo me encontraba allí por él. Le toqué la mano.

— Me voy a quedar.

Jamie se irguió, enderezando los hombros. Dio un paso adelante para ser visible en medio de la multitud. Si Hayes todavía estaba sobrio como para ver algo, lo último que vería en este mundo sería el rostro de un amigo.

Podía ver, ya que mientras lo subían al carro torcía el cuello con desesperación, buscando de un lado a otro.

— Gabhainn! A charaid! — gritó de pronto Jamie.

Los ojos de Hayes lo encontraron de inmediato, y dejó de luchar.

El hombrecillo se balanceaba ligeramente mientras le leían los cargos: robo de seis libras y diez chelines. Estaba cubierto de polvo rojizo y las perlas de sudor, temblorosas, se adherían a su incipiente barba gris. El clérigo estaba inclinado sobre él, susurrándole con urgencia al oído.

Entonces los tambores comenzaron otra vez, con golpes parejos. El verdugo pasó el lazo por la cabeza calva y ajustó el nudo, colocándolo debajo de las orejas. El capitán de la guardia permaneció erguido, con el sable levantado.

De pronto, el condenado se enderezó. Fijó los ojos en Jamie y abrió la boca como si fuera a hablar.

La espada brilló con el sol de la mañana y los tambores se detuvieron con un golpe final.

Miré a Jamie; tenía el rostro pálido y los ojos muy abiertos. De reojo pude ver el balanceo de la soga y el espasmo de un montón de ropa. Un fuerte olor a orina y excrementos inundó el aire pesado.

A mi lado, Fergus observaba impávido.

— Supongo que, después de todo, se ha dado cuenta — murmuró con pena.

El cuerpo colgaba oscilando ligeramente como si se tratara de una plomada. La multitud emitió un suspiro de sobrecogimiento y alivio. Las golondrinas chillaban en el cielo ardiente, y los sonidos del puerto llegaban débiles y apagados a través del aire pesado, pero el lugar estaba en silencio. Desde donde me encontraba, podía oír las gotas que caían de la puntera del zapato del cuerpo que colgaba.

No había conocido a Gavin Hayes y no sentía dolor personal por su muerte, pero me alegraba de que hubiera sido rápida. Miré de reojo, con la extraña sensación de que era una intrusa. Era una forma muy pública de llevar a cabo un acto muy privado y me sentí en cierto modo avergonzada por mirar.

El verdugo sabía hacer su trabajo; no se había visto ningún forcejeo poco digno, ni ojos saltones, ni la lengua fuera; la pequeña y redonda cabeza de Gavin estaba torcida, y el cuello estaba grotescamente estirado, pero, de manera evidente, roto.

Fue una ruptura limpia en más de un sentido. El capitán de la guardia, satisfecho al comprobar que Hayes había muerto, hizo un gesto con la espada para que subieran al siguiente. Vi su mirada recorriendo la hilera y cómo se transformaba en una expresión ultrajada en el mismo momento en que se oía un grito entre la muchedumbre y una corriente de excitación se extendía con rapidez. Las cabezas se volvían y todos se empujaban mientras trataban de ver allá donde no había nada que ver.

—¡Se escapa!

—¡Por allí!

—¡Deténganlo!

Era el tercer prisionero, un hombre joven y alto, que aprovechó el momento de la muerte de Gavin para escapar. Los guardias que lo vigilaban no habían podido resistirse a la fascinación del linchamiento.

Advertí un ligero movimiento tras un puesto de comida, un destello de cabello trigueño. Algunos soldados también fueron conscientes de ello y corrieron en esa dirección, pero muchos más se apresuraban en el sentido contrario y, entre los choques y la confusión, no lograron nada.

El capitán de la guardia gritaba con el rostro congestionado; su voz apenas era audible en medio del escándalo. El prisionero que quedaba, muy asombrado, fue conducido de manera apresurada en dirección al cuartel; después, los soldados comenzaron a organizarse bajo las órdenes del capitán.

Jamie me pasó un brazo por la cintura y me arrastró fuera de la corriente humana. La multitud se retiró ante el avance del escuadrón de soldados, que habían formado y marchaban a paso ligero para rodear la zona, bajo las adustas y furibundas instrucciones de su sargento.

— Será mejor que busquemos a Ian — dijo Jamie, esquivando a un grupo de aprendices entusiasmados. Lanzó una mirada a Fergus y torció la cabeza hacia el patíbulo y su triste carga —. Reclama el cuerpo, ¿quieres? Nos encontraremos más tarde en la taberna del Sauce.

—¿Crees que lo atraparán? — pregunté mientras nos abríamos paso entre la gente por una calle empedrada hacia los muelles de carga.

— Eso espero. ¿Adónde podría ir? — inquirió, distraído, con una delgada línea entre sus cejas. Era evidente que seguía pensando en el muerto, y prestaba poca atención a los vivos.

—¿Hayes tenía familia? — intervine.

Jamie negó con la cabeza.

— Se lo he preguntado cuando le he llevado el whisky. Me ha dicho que era posible que un hermano suyo aún viviera, pero no tenía ni idea de dónde. Fue deportado a Virginia poco después del Alzamiento, según creía Gavin, pero nunca supo nada de él.

No era raro que no lo supiera; a un trabajador forzado no le resultaba fácil comunicarse con la familia que le quedaba en Escocia, a menos que el patrón del fiador fuera tan amable como para enviar una carta en su nombre. Y tanto si era amable como si no, era poco probable que la misiva hubiera llegado a Gavin Hayes, que había pasado diez años en la prisión de Ardsmuir antes de ser trasladado él también.

—¡Duncan! — gritó Jamie. Un hombre alto y delgado se volvió y levantó una mano al reconocerlo. Se abrió paso en espiral entre la multitud, moviendo su único brazo en un amplio arco que esquivaba a los transeúntes.

— Mac Dubh — dijo, inclinando la cabeza para saludar a Jamie —. Señora Claire.

Su rostro alargado mostraba mucha tristeza. Él también había estado preso en Ardsmuir, con Hayes y Jamie. La pérdida de un brazo a causa de una infección evitó que lo deportaran con los otros. Como no podían venderlo para trabajar, lo perdonaron y lo pusieron en libertad para que muriera de hambre, pero Jamie lo encontró antes de que esto ocurriera.

— Dios tenga en su seno al pobre Gavin — intervino Duncan, sacudiendo la cabeza con pena.

Jamie murmuró una respuesta en gaélico y se persignó. A continuación, se enderezó, deshaciéndose de la opresión del día con un esfuerzo que resultaba evidente.

— Así sea. Bien, tengo que ir al muelle para organizar lo del pasaje de Ian y luego pensaremos en el entierro de Gavin. Primero he de encontrar al muchacho.

Nos encaminamos con mucha dificultad hacia el muelle, deslizándonos entre grupos de entusiasmados chismosos y evitando las carretas y carretillas que pasaban junto a la gente, con la pesada indiferencia del comercio.

Una columna de casacas rojas marchaba con rapidez por el otro extremo abriéndose paso entre la multitud, como cuando se derrama vinagre sobre mayonesa. El sol hacía que brillaran las puntas de las bayonetas, y el ritmo de sus pasos pesados resonaba a través del ruido de la multitud como si se tratara de un tambor ahogado. Incluso los estrepitosos trineos y carretillas se detuvieron con brusquedad para dejarlos pasar.

— Ten cuidado de tu monedero, Sassenach — susurró Jamie en mi oído, al mismo tiempo que me empujaba entre un esclavo con turbante que agarraba a dos niños pequeños y un predicador callejero que se había subido a una caja. Hablaba sobre el pecado y el arrepentimiento, pero el ruido lo superaba.

— Lo tengo cosido — lo tranquilicé mientras tocaba la bolsita que colgaba en mi muslo —. ¿Y el tuyo?

Sonrió burlón y se echó el sombrero hacia delante, entornando los ojos azul oscuro ante la brillante luz del sol.

— Está donde debería estar mi zurrón, si lo tuviera. Mientras no me encuentre con una prostituta de dedos rápidos, estará a salvo.

Miré el ligero bulto de la parte delantera de sus calzones y luego lo observé. Era alto, tenía una espalda ancha, unas facciones bien definidas y el porte orgulloso de los montañeses. Atraía las miradas de todas las mujeres que pasaban, a pesar de que su brillante cabello estaba cubierto por el discreto tricornio azul. Los calzones, que eran prestados, le quedaban muy ajustados y no hacían más que mejorar su aspecto general, efecto que aumentaba por el hecho de que Jamie no era consciente de ello.

— Eres una tentación andante para las prostitutas — dije —. Quédate cerca, yo te protegeré.

Rió y me tomó del brazo mientras nos deteníamos en un pequeño espacio libre.

—¡Ian! — gritó al divisar a su sobrino entre la muchedumbre. Al instante, un muchacho alto y flaco, con aire distraído, salió de entre la gente, apartándose un mechón de cabello castaño que le tapaba los ojos y sonriendo alegremente.

—¡Creí que nunca te encontraría, tío! — exclamó —. ¡Por Júpiter! Hay más gente aquí que en el mercado de Edimburgo. — Se pasó la manga de la chaqueta por la cara alargada, dejando una mancha de suciedad sobre una mejilla.

Jamie observó a su sobrino con recelo.

— Ian, tu alegría es indecente después de ver cómo han ahorcado a un hombre.

Ian cambió su expresión en un intento de mostrarse más solemne.

— Ah, no, tío Jamie — comentó —. No he visto cómo lo colgaban. — Duncan levantó una ceja y el muchacho se ruborizó —. No es que tuviera miedo, pero... quería hacer otra cosa.

Jamie sonrió y palmeó la espalda de Ian.

— No te preocupes, Ian. Yo también hubiera deseado no verlo, pero Gavin era un amigo.

— Lo sé, tío. Lo lamento. — Una chispa de comprensión iluminó los grandes ojos marrones del joven, lo único realmente bonito de su cara. Se volvió hacia mí —. ¿Ha sido muy horrible, tía?

— Sí — respondí —, pero ya ha terminado. — Saqué el pañuelo húmedo de mi escote y me puse de puntillas para limpiarle la mancha de la mejilla.

Duncan Innes sacudía la cabeza con tristeza.

— Sí, pobre Gavin. En cualquier caso, es más rápido que morir de hambre, y no le quedaba mucho para llegar a ese extremo.

— Vamos — intervino Jamie, poco dispuesto a malgastar tiempo en lamentos inútiles —. El Bonnie Mary debe de estar al final del muelle. — Vi que Ian miraba a Jamie y se aproximaba como si fuera a hablar, pero este último ya había girado hacia el puerto y se abría paso a empujones entre la gente.

Ian se encogió de hombros, me miró y me ofreció el brazo.

Seguimos a Jamie entre los depósitos, esquivando marineros, esclavos, estibadores, pasajeros, compradores y toda clase de vendedores. Charleston era un puerto importante y los negocios debían de prosperar, a juzgar por el número de barcos que iban y volvían de Europa durante la temporada.

El Bonnie Mary pertenecía a un amigo del primo de Jamie, Jared Fraser, quien se había instalado en Francia para hacer fortuna con el comercio del vino y había tenido mucho éxito. Si teníamos suerte, y a modo de favor a Jared, el capitán del Bonnie Mary permitiría que Ian viajara hasta Edimburgo pagando su pasaje trabajando como grumete.

Ian no estaba entusiasmado con esa idea, pero Jamie tenía decidido embarcar a su sobrino para Escocia a la primera oportunidad. La noticia de la presencia del Bonnie Mary en Charleston fue, entre otras preocupaciones, la causa de que abandonáramos Georgia, donde habíamos llegado dos meses antes por casualidad.

Al pasar junto a una taberna, una camarera desaliñada salió con un cuenco de bazofia. Vio a Jamie y se enderezó, con el cuenco apoyado sobre la cadera. Alzó una ceja y le puso morritos. Él pasó sin mirarla, decidido. Ella dejó caer la cabeza, lanzó la porquería al cerdo que dormía junto a la escalera y se contoneó de regreso al interior.

Jamie se detuvo, protegiéndose los ojos del sol para observar la hilera de elevados mástiles, y yo me acerqué a él. Se levantó la parte frontal de los calzones de forma inconsciente para aflojarlos y lo agarré del brazo.

—¿Todavía están a salvo las joyas de la familia? — murmuré.

— Incómodas, pero seguras — me aseguró, tirando de los cordones de la bragueta con una mueca —. Creo que hubiera sido mejor que las escondiera en mi trasero.

— Mejor tú que yo, amigo mío — afirmé con una sonrisa —. Yo preferiría arriesgarme a que me las robaran.

Las joyas de la familia eran exactamente eso. Un huracán nos había arrastrado hasta la costa de Georgia; llegamos empapados, harapientos y sin recursos, y lo único que nos quedaba era un puñado de piedras preciosas de gran tamaño y valor. Confiaba en que el capitán del Bonnie Mary apreciara lo suficiente a Jared Fraser para aceptar a Ian como grumete, porque, de no ser así, tendría dificultades con el pasaje. En teoría, el morral de Jamie y mi bolsita contenían una fortuna considerable. Pero en la práctica, las piedras preciosas nos resultaban tan inútiles que lo mismo podrían ser guijarros. Era una forma fácil y compacta de transportar una fortuna, pero el problema era cambiarlas por dinero.

La mayor parte del comercio en las colonias del sur se realizaba mediante el trueque, y el que no, se manejaba mediante el intercambio de pagarés o recibos de un mercader o banquero rico. Y estos últimos eran muy poco numerosos en Georgia, y aquéllos dispuestos a inmovilizar su capital disponible en piedras preciosas eran más escasos aún. El próspero arrocero con el que nos habíamos quedado en Savannah nos había asegurado que él apenas podía conseguir dos libras esterlinas en efectivo; de hecho, probablemente no habría ni diez libras en oro y plata en toda la colonia.

Tampoco había existido ninguna posibilidad de vender una de las piedras en los interminables tramos de marisma de agua salobre y bosque de pinos por los que habíamos pasado de camino al norte.

Charleston era la primera ciudad con suficientes comerciantes y banqueros para poder cambiar parte de nuestra congelada fortuna.

Aunque era difícil que algo permaneciera helado durante mucho tiempo en Charleston en verano, reflexioné. Las gotas de sudor se deslizaban por mi cuello y mojaban la camisola bajo el corpiño empapado, que se arrugaba contra mi piel. Incluso a pesar de que estábamos muy cerca del puerto, no hacía nada de viento a aquella hora del día, y el olor a brea caliente, pescado y trabajadores sudorosos era casi sobrecogedor.

A pesar de que se habían negado, Jamie había insistido en entregar una de nuestras piedras al señor y la señora Olivier, la bondadosa gente que nos había alojado en su hogar cuando prácticamente naufragamos frente a su casa, en señal de agradecimiento por su hospitalidad. Nos habían proporcionado el carro, dos caballos, ropa limpia para el viaje, comida y un poco de dinero.

En la bolsa ya sólo quedaban seis chelines y tres peniques, todo nuestro capital disponible.

— Por aquí, tío Jamie — dijo Ian, volviéndose y haciendo señas, ansioso, a su tío —. Tengo algo que enseñarte.

—¿De qué se trata? — preguntó Jamie, esquivando a un grupo de sudorosos esclavos que cargaban ladrillos polvorientos de añil seco en un barco de carga que se encontraba anclado —. ¿Y cómo lo has conseguido, sea lo que sea, si no tienes dinero?

— No, no tengo dinero, ha sido con los dados. — La voz flotaba, con su cuerpo invisible, mientras rodeaba un carro de maíz.

—¡Dados! Ian, por el amor de Dios, no puedes jugar cuando no tienes ni un penique. — Agarrándome del brazo, Jamie se abrió paso entre la gente para alcanzar a su sobrino.

— Tú lo haces siempre, tío Jamie — señaló el muchacho, mientras se detenía para esperarnos —. Lo has hecho en todas las tabernas y posadas en las que hemos parado.

—Pero ¡eran cartas, Ian, no dados! ¡Y yo sé lo que hago!

— Yo también — respondió con aire presuntuoso —. He ganado, ¿no?

Jamie levantó la vista al cielo, implorando paciencia.

— Por el amor del cielo, Ian, me alegro de que no te hayan roto la cabeza hasta ahora. Prométeme que no jugarás con los marineros. En un barco no podrías escapar.

Pero Ian no le prestaba atención; había llegado hasta un bulto oscuro que estaba atado con una cuerda. Entonces se detuvo y se volvió hacia nosotros, señalando un objeto a sus pies.

— Es un perro — dijo con orgullo.

Di un pequeño paso para colocarme detrás de Jamie, y lo agarré del brazo.

— Ian — afirmé —, no es un perro. Es un lobo. Es un lobo muy grande, y creo que deberías librarte de él antes de que te muerda el trasero.

El lobo dirigió una oreja en mi dirección con aire indiferente y la dejó caer. Siguió jadeando por el calor, con los grandes ojos de color amarillo fijos en Ian, con una intensidad que podría tomar por devoción alguien que no se hubiera encontrado antes con un lobo. Yo lo había hecho.

— Esas cosas son peligrosas — intervine —. No pierden la oportunidad de morderte.

Sin preocuparse, Jamie inspeccionó al animal.

— No es exactamente un lobo, ¿verdad? — Muy interesado, extendió la mano hacia el supuesto perro para que olfateara sus nudillos. Cerré los ojos, esperando la inminente amputación de su mano. Al no oír gritos, los abrí de nuevo para verlo agachado, observando el morro del animal —. Es muy bonito, Ian — afirmó, rascando aquella cosa con familiaridad debajo del hocico. Los ojos amarillos se entornaron, quizá por el placer de la caricia o, según mi punto de vista, anticipando un mordisco en la nariz de Jamie —. Aunque es más grande que un lobo: tiene las patas más largas y la cabeza y el pecho más anchos.

— Su madre era un lebrel irlandés. — Ian estaba agachado al lado de Jamie, explicando afanoso mientras le acariciaba el enorme lomo de color castaño con tonos grisáceos —. Se escapó al bosque mientras estaba en celo y cuando regresó para parir...

— Oh, sí, ya veo. — Jamie canturreaba en gaélico, levantaba una pata del monstruo y examinaba sus pezuñas peludas. Las uñas eran curvas y medían más de cinco centímetros. Aquella cosa entornó los ojos mientras la suave brisa ondulaba el grueso pelaje de su cuello.

Miré de reojo a Duncan, quien levantó las cejas, se encogió de hombros y suspiró. A él no le interesaban los perros.

— Jamie — exclamé.

— Balach Boidheach — dijo Jamie al lobo —. Eres un hermoso animal.

—¿Qué comerá? — pregunté, en voz más alta de lo que hubiera querido.

Jamie dejó de acariciarlo.

— Ah — contestó. Observó al animal de ojos amarillos, un poco arrepentido —. Bueno. — Se puso de pie, meneando la cabeza de mala gana.

— Me temo que tu tía tiene razón, Ian. ¿Cómo lo vamos a alimentar?

— Eso no supone ningún problema, tío Jamie — aseguró Ian —. Caza para comer.

—¿Aquí? — Eché una mirada a los depósitos, y la hilera de tiendas estucadas más allá —. ¿Qué caza? ¿Niños?

— Por supuesto que no, tía — respondió, ofendido —. Peces.

Al ver tres rostros que lo observaban con escepticismo, Ian abrió el hocico del animal con las dos manos.

—¡Juro que es así, tío Jamie! Puedes oler su aliento.

Jamie lanzó una mirada vacilante a la doble hilera de impresionantes colmillos que mostraba, y se frotó la barbilla.

— Mmm... voy a aceptar tu palabra, Ian. Pero ¡de todos modos, por el amor de Dios, ten cuidado con tus dedos, muchacho!

Ian había soltado el hocico del perro, y de las fauces caía un hilo de saliva sobre el muelle de piedra.

— Estoy bien, tío — dijo alegremente Ian, secándose las manos en los calzones —. Estoy seguro de que no me va a morder. Su nombre es Rollo.

Jamie se pasó los nudillos por el labio superior.

— Mmfm. Bueno, no importa cómo se llame, ni lo que coma; no creo que el capitán del Bonnie Mary acepte que se encuentre entre su tripulación.

Ian no respondió, pero la expresión de alegría de su rostro no cambió. En realidad, aumentó. Jamie lo miró, notó su regocijo y se quedó petrificado.

— No — arguyó, horrorizado —. ¡Oh, no!

— Sí — intervino Ian. Una amplia sonrisa de satisfacción se extendió por su rostro huesudo —. Partió hace tres días, tío. Hemos llegado demasiado tarde.

Jamie dijo algo en gaélico que no entendí, pero que escandalizó a Duncan.

—¡Maldita sea! — exclamó Jamie, volviendo al inglés —. ¡Maldita sea! — se quitó el sombrero y se frotó la cara con fuerza. Parecía acalorado, desaliñado y muy contrariado. Abrió la boca, pensó mejor lo que iba a decir, la cerró y se pasó los dedos con fuerza por el pelo, soltando la cinta que lo ataba.

Ian parecía avergonzado.

— Lo siento, tío. Intentaré no causar problemas, de verdad; puedo trabajar y ganar lo necesario para sufragar mi comida.

El rostro de Jamie se dulcificó al mirar a su sobrino. Suspiró profundamente y le palmeó la espalda.

— No es que yo no quiera, Ian. Sabes que nada me gustaría más que tenerte conmigo. Pero ¿has pensado qué diablos dirá tu madre?

El brillo regresó al rostro del muchacho.

— No lo sé, tío — respondió —, pero lo dirá en Escocia y nosotros estamos aquí.

Se agachó para abrazar a Rollo. El lobo pareció sorprendido por el gesto, pero enseguida sacó su larga lengua rosada y lamió la oreja de Ian. «Prueba su sabor», pensé con cinismo.

— Además — añadió el muchacho —, ella sabe que estoy bien; tú le escribiste desde Georgia para hacerle saber que estaba contigo.

Jamie se permitió una sonrisa burlona.

— No creo que eso la reconforte. Me conoce hace mucho tiempo, ¿sabes?

Suspiró, se colocó el sombrero y se volvió hacia mí.

— Necesito un trago, Sassenach. Vamos a buscar esa taberna.

La taberna del Sauce era oscura, y si hubiera habido menos gente, podría haber sido fresca. En ese momento, los bancos y las mesas estaban abarrotados de espectadores del ahorcamiento y marineros de los muelles, y la atmósfera era la de un baño de sudor. Inspiré al entrar, y espiré rápidamente. Era como respirar a través de un montón de ropa sucia empapada de cerveza.

Rollo demostró de inmediato su utilidad, abriéndose paso entre la multitud como si se tratara del mar Rojo, mostrando los dientes con un leve y constante gruñido. Era evidente que conocía las tabernas, pues, tras conseguirnos una mesa en un rincón, se acurrucó bajo la misma como si fuera a dormir.

Lejos del calor del sol y con una gran jarra de peltre de cerveza negra frente a él, Jamie recuperó su aplomo con rapidez.

— Tenemos dos posibilidades — analizó, echándose hacia atrás el pelo sudado —. Podemos quedarnos en Charleston el tiempo suficiente para tratar de encontrar un comprador para una de las piedras y tal vez un pasaje para Ian en otro barco, o podemos seguir por el norte, hacia Cape Fear, y buscar un barco en Wilmington o New Bern.

— Yo digo que vayamos al norte — arguyó Duncan sin vacilar —. Tienes parientes en Cape Fear, ¿no? No me gusta la idea de quedarnos mucho tiempo entre desconocidos. Y tu pariente se ocuparía de que no nos engañaran o robaran. Aquí... — Alzó un hombro para indicar, de manera elocuente, las personas no escocesas (y, por tanto, claramente deshonestas) que nos rodeaban.

—¡Vamos al norte, tío! — intervino Ian antes de que Jamie pudiera contestar. Se limpió un pequeño bigote de espuma con la manga —. El viaje puede ser peligroso y necesitarás a un hombre más como protección, ¿no?

Jamie ocultó su expresión con la jarra, pero yo estaba sentada suficientemente cerca como para advertir que se estremecía. En realidad quería mucho a su sobrino. Lo que sucedía era que Ian era el tipo de persona a la que siempre le sucedía algo. Por lo general no era culpa suya, pero, aun así, siempre le ocurría alguna cosa.

Un año antes lo habían secuestrado los piratas, y la necesidad de rescatarlo había hecho que emprendiéramos el viaje hasta América a través de medios complicados y, a menudo, peligrosos. No le había sucedido nada desde hacía cierto tiempo, pero sabía que Jamie estaba ansioso por mandar a su sobrino, de quince años, a Escocia con su madre antes de que ocurriera cualquier otra cosa.

— Ah... claro, Ian — dijo Jamie, bajando su jarra y evitando mirarme, aunque pude detectar una sonrisa —. Serás de gran ayuda, estoy convencido de ello, pero...

—¡A lo mejor nos encontramos con los pieles rojas! — exclamó Ian con los ojos dilatados. Su rostro, ya tostado por el sol, enrojeció por la agradable anticipación —. ¡O con animales salvajes! El doctor Stern me comentó que las zonas vírgenes de Carolina estaban llenas de feroces criaturas como osos o pumas o eso que los indios llaman mofetas.

Me atraganté con la cerveza.

—¿Estás bien, tía? — Ian se inclinó, ansioso por ayudarme.

— Sí — resoplé, y me limpié la cara sudorosa con el pañuelo. Me sequé las gotas de cerveza del pecho, tirando discretamente del corpiño con la esperanza de que entrara un poco de aire. Entonces advertí una expresión de preocupación en el rostro de Jamie, que sustituyó a la de diversión —. Las mofetas no son peligrosas — murmuré, apoyando una mano sobre su rodilla. Aunque era un cazador valiente y habilidoso en sus montañas nativas, a Jamie lo preocupaba la fauna desconocida del Nuevo Mundo.

— Mmfm. — La preocupación casi se borró de su rostro, pero permaneció la estrecha línea entre sus cejas —. Puede ser. Pero ¿y los otros animales? No creo que me gustara enfrentarme a un oso o a un grupo de salvajes sólo con esto — dijo, tocando el largo cuchillo que colgaba de su cinturón.

La falta de armas había preocupado a Jamie durante nuestro viaje desde Georgia y ahora los comentarios de Ian sobre los indios y los animales salvajes habían vuelto a recordarle el tema. Además del cuchillo de Jamie, Fergus tenía una pequeña navaja que servía para cortar cuerdas y ramas para hacer fuego. En eso consistía todo nuestro arsenal; los Olivier no contaban con pistolas ni espadas de sobra.

En el viaje de Georgia a Charleston, tuvimos la compañía de un grupo de cultivadores de arroz y añil (todos ellos armados con cuchillos, pistolas y mosquetes), que llevaban sus productos al puerto para enviarlos al norte, a Pensilvania y Nueva York. Si nos dirigíamos a Cape Fear ahora, estaríamos solos, desarmados y sobre todo indefensos ante cualquier cosa que pudiera aparecer entre los densos bosques.

El viaje al norte era imprescindible, ya que no teníamos dinero. Cape Fear era el mayor asentamiento escocés de las colonias, con muchos pueblos creados por inmigrantes que habían llegado durante los últimos veinte años, a causa de las turbulencias posteriores a Culloden. Y entre aquellos emigrantes estaban los parientes de Jamie, que de buena gana nos ofrecerían refugio: un techo, una cama y tiempo para establecernos en este nuevo lugar.

Jamie bebió otro trago e hizo un gesto a Duncan.

— Debo decir que estoy de acuerdo contigo, Duncan. — Se echó hacia atrás apoyándose contra la pared y lanzó una mirada indiferente hacia el lugar —. ¿No sientes unos ojos en tu espalda?

Un escalofrío me recorrió la columna, pese al hilillo de sudor que hacía lo mismo. Los ojos de Duncan se abrieron un poco y se entornaron otra vez, pero no se volvió.

— Ah — dijo.

—¿Los ojos de quién? — pregunté, con una mirada nerviosa.

No vi que nadie en especial nos observara, aunque cualquiera podría estar haciéndolo a escondidas; la taberna hervía de humanidad empapada en alcohol, y los murmullos eran lo bastante altos como para ahogar todo sonido más allá de la conversación más cercana.

— De cualquiera, Sassenach — respondió Jamie. Me miró de reojo y sonrió —. No pongas cara de miedo. No estamos en peligro. Aquí no.

— Todavía no — intervino Innes, y se inclinó para servirse otra jarra de cerveza —. Mac Dubh ha llamado a Gavin cuando lo iban a ahorcar. Algunos tienen que haberse dado cuenta, no es tan pequeño — añadió secamente.

— Y los granjeros que vinieron con nosotros desde Georgia ya habrán vendido su mercancía y deben de estar en alguna taberna — comentó Jamie, absorto, mientras estudiaba los motivos grabados en su jarra —. Todos son hombres honrados, pero hablarán, Sassenach. Es una buena historia, ¿no? Los que aparecieron con el huracán. ¿Y cuántas son las posibilidades de que, al menos uno, se pregunte qué traíamos?

— Ya veo — murmuré.

Habíamos atraído la atención pública por nuestra relación con un criminal y ya no podíamos pasar por viajeros comunes. Era probable que nos llevara tiempo encontrar un comprador, y nos arriesgábamos a que personas sin escrúpulos nos robaran, o a que las autoridades inglesas nos escrutaran. Ninguna de las posibilidades resultaba atractiva.

Jamie levantó su jarra y bebió un buen trago, luego la dejó con un suspiro.

— No, no sería inteligente quedarnos en la ciudad. Vamos a ocuparnos de enterrar decentemente a Gavin y luego buscaremos un lugar seguro en el bosque para dormir. Mañana decidiremos si nos vamos o nos quedamos.

La idea de permanecer varias noches más en el bosque (con o sin mofetas) no era atractiva. Hacía ocho días que no me había quitado el vestido, y sólo había lavado las partes periféricas de mi anatomía cuando nos deteníamos cerca de un arroyo.

Ansiaba una cama de verdad, aunque estuviera infestada de chinches, y también la oportunidad de limpiarme la mugre del viaje de la semana anterior. No obstante, tenía razón. Suspiré, observando con tristeza el dobladillo de mi manga, que estaba gris y asqueroso.

La puerta de la taberna se abrió de golpe, haciendo que me distrajera de mis pensamientos, y cuatro casacas rojas se abrieron paso entre la gente. Llevaban el uniforme completo, y el fusil con la bayoneta calada hacía evidente que no estaban allí para tomar una cerveza o jugar a los dados.

Dos de los soldados recorrieron con rapidez la sala, mirando bajo las mesas, mientras otro desaparecía en la cocina de atrás. El cuarto se quedó vigilando la puerta, con los ojos claros recorriendo la multitud. Su mirada se posó sobre nuestra mesa y se quedó allí durante un momento, especulando. A continuación, la retiró, buscando incansablemente.

Jamie parecía tranquilo bebiendo su cerveza, en apariencia distraído, pero la mano apoyada en su muslo se tensó hasta convertirse en un puño. Duncan, con más dificultad para disimular sus sentimientos, inclinó la cabeza para ocultar su expresión. Ningún hombre se sentía cómodo ante la presencia de los casacas rojas, por muchas y buenas razones.

Nadie más parecía demasiado inquieto por la presencia de los soldados. El pequeño grupo de cantantes en la esquina de la chimenea prosiguió con una interminable versión de Fill Every Glass, y estalló una fuerte discusión entre la camarera y un par de aprendices.

El soldado regresó de la cocina sin haber encontrado nada. Tras pasar por encima de un juego de dados junto al fuego, volvió a reunirse con sus compañeros junto a la puerta. Cuando los soldados se dirigían hacia la salida, la delgada figura de Fergus se apretó contra la puerta para evitar que lo empujaran con los codos y las culatas de los mosquetes. Uno de los soldados observó con interés el brillo del garfio que Fergus usaba para reemplazar su mano izquierda. Lo miró de reojo, pero entonces se colocó el mosquete sobre el hombro y siguió a sus compañeros.

Fergus caminó entre la gente y se dejó caer en el banco, al lado de Ian. Estaba irritado y acalorado.

— Asqueroso salaud — dijo sin preámbulos.

Jamie levantó las cejas.

— El clérigo — explicó Fergus, cogiendo la jarra que Ian empujaba en su dirección para, acto seguido, vaciarla de una vez. La bajó, espiró con fuerza y se sentó parpadeando, bastante más contento. Suspiró y se limpió la boca —. Quiere diez chelines por enterrarlo en el camposanto. Es una iglesia anglicana, por supuesto, aquí no hay iglesias católicas. ¡Inmundo usurero! Sabe que no tenemos opción. El cuerpo aguantará hasta la puesta del sol. — Se metió un dedo en el corbatín para separar la sudorosa prenda de su cuello y, a continuación, golpeó varias veces la mesa para atraer la atención de la mujer que servía, que corría apresurada a causa del gran número de clientes —. Le he dicho a ese gordo seboso que tú decidirías si pagamos o no. Después de todo, podríamos enterrarlo en el bosque. Aunque tendríamos que conseguir una pala — añadió con el rostro ceñudo —. Todos esos campesinos saben que somos extranjeros y tratarán de sacarnos hasta la última moneda.

La última moneda, algo peligrosamente próximo a la verdad. Tenía dinero suficiente para sufragar una comida decente y alimentos para el viaje, tal vez incluso un par de noches en una posada. Eso era todo. Vi la mirada de Jamie recorriendo el lugar, calculando las posibilidades de obtener un poco de dinero en el juego.

Los soldados y los marineros eran los mejores candidatos para apostar, pero había pocos en la sala; tal vez la mayor parte de la guarnición seguía registrando la ciudad en busca del fugitivo. En una esquina, un pequeño grupo de hombres estaba muy animado a causa de varias jarras de coñac; dos de ellos cantaban, o lo intentaban, y con ello provocaban gran hilaridad entre sus compañeros. Jamie los señaló con un gesto casi imperceptible y se volvió hacia Fergus.

—¿Qué has hecho con Gavin? — preguntó.

Fergus movió un hombro.

— Está en el carro. He cambiado las ropas que llevaba por un sudario y la trapera ha aceptado lavar el cuerpo como parte del trato. — Sonrió ligeramente —. No te preocupes, señor, está bien. Por ahora — añadió, llevando una nueva jarra de cerveza a sus labios.

— Pobre Gavin. — Duncan Innes levantó su jarra como saludo a su camarada muerto.

— Slàinte — respondió Jamie, y levantó su jarra. La bajó y suspiró.

— No le gustaría que lo enterraran en el bosque.

—¿Por qué? — inquirí intrigada —. Creía que le daría lo mismo una cosa que otra.

— Oh, no, no podemos hacer eso, señora Claire. — Duncan sacudía la cabeza con énfasis. Por lo general era un hombre muy reservado, y me sorprendió semejante muestra de sentimiento.

— Tenía miedo a la oscuridad — explicó suavemente Jamie. Me volví para mirarlo y me sonrió —. Viví con Gavin Hayes casi tanto tiempo como contigo, Sassenach, y en lugares mucho más pequeños. Lo conocía bien.

— Tenía miedo de estar solo en la oscuridad — intervino Duncan —. Tenía terror a los tannagach, los espíritus.

Su largo rostro sombrío parecía concentrado y supe que estaba rememorando la celda que había compartido con Gavin y otros cuarenta hombres durante tres largos años.

—¿Recuerdas, Mac Dubh, lo que nos contó una noche, sobre su encuentro con el tannasq?

— Ya lo creo, Duncan, y desearía no hacerlo. — Jamie se estremeció pese al calor —. Estuve despierto parte de la noche, después de que terminara su historia.

—¿Y cómo fue, tío? — Ian lo observaba con los ojos muy abiertos sobre su jarra de cerveza. Sus mejillas estaban sonrojadas y húmedas, y el corbatín estaba arrugado por el sudor.

— Ah, bueno, era a finales de un frío otoño, en las montañas, justo cuando cambia la estación y el aire anuncia que helará al amanecer — comentó. Se acomodó en su asiento y se recostó, con la jarra de cerveza en la mano. Sonrió de manera irónica, tirando de su propio cuello —. No como aquí. Bueno, el hijo de Gavin encerró las vacas aquella noche, pero faltaba una; el muchacho la buscó por las colinas y laderas, pero no pudo encontrarla. Entonces Gavin lo envió a que ordeñara al resto y salió a buscarla. — Hizo que la jarra de peltre girara entre sus manos mientras observaba la cerveza oscura, como si en ella pudiera ver los oscuros picos escoceses y la niebla que flotaba en los valles en otoño.

»Anduvo cierta distancia y la cabaña, que estaba a su espalda, desapareció; cuando se volvió, no podía ver la luz de la ventana y el único sonido era el del viento. Hacía frío, pero siguió caminando a través del barro y el brezo, oyendo cómo crujía el hielo bajo sus botas. Se metió en un bosquecillo que vio a través de la niebla pensando que la vaca podía haberse refugiado allí. Dijo que los árboles eran abedules y que no tenían hojas, pero sus ramas crecían tan juntas que tenía que agacharse para pasar a través de ellas.

»Entró en el bosquecillo y vio que, en realidad, era un círculo de árboles. Había algunos muy grandes, espaciados de manera regular a su alrededor, y otros más pequeños, retoños, crecían entre ellos para crear una pared de ramas. Y en el centro había un montículo de piedras.

Aunque en la taberna hacía calor, sentí cómo se me helaba la espalda. Había visto aquellos antiguos montículos en las montañas de Escocia y eran fantasmales aun en pleno día.

Jamie tomó un sorbo de cerveza, y se secó el hilillo de sudor que la caía por la sien.

— Gavin dijo que se sintió muy raro. Conocía el lugar; todos lo conocían y se mantenían alejados de allí. Era un sitio extraño, y parecía más lúgubre por la oscuridad y el frío. Constaba de placas de rocas rodeadas de piedras que dejaban ver la abertura negra de la tumba.

»Sabía que era un lugar donde los hombres no debían ir. No tenía ningún amuleto, tan sólo una cruz de madera colgando del cuello; se persignó con ella y se dio la vuelta para irse. — Jamie hizo una pausa para beber —. Pero cuando Gavin se alejaba del montículo — dijo suavemente —, oyó pasos a su espalda. — Vi cómo se movía la nuez de Ian al tragar con dificultad. Cogió su jarra de manera mecánica, con la mirada fija sobre su tío —. No se dio la vuelta para mirar — continuó Jamie —, sino que siguió caminando mientras los pasos resonaban detrás de él, paso a paso, siempre siguiéndole. Y cruzó la turba por donde se había filtrado agua, que se había congelado por la temperatura. Podía oír cómo crujía bajo sus pies, así como el mismo crujido del hielo detrás de él.

»Caminó y caminó a través de la noche oscura y fría, buscando la luz de la ventana donde su esposa siempre dejaba una vela encendida. Pero no aparecía, y comenzó a temer que se había perdido entre el brezo y las oscuras colinas. Y, mientras tanto los pasos seguían resonando con fuerza en sus oídos, hasta que por último no pudo soportarlo más y, sujetando el crucifijo que llevaba al cuello, se dio la vuelta con un grito, dispuesto a enfrentarse a lo que fuera.

—¿Qué es lo que vio? — Ian tenía las pupilas dilatadas, oscurecidas por el alcohol y el asombro. Jamie hizo un gesto a Duncan para que continuara el relato.

— Dijo que era la silueta de un hombre, pero sin cuerpo — explicó Duncan en voz baja —. Todo blanco, como hecho con niebla y con grandes agujeros negros en el lugar de los ojos, por donde le arrancarían el alma del cuerpo.

— Levantó la cruz ante su cara y rezó en voz alta a la santa Virgen — comentó Jamie retomando la historia e inclinándose, de manera que la luz del fuego creó un contorno dorado con su perfil —. Y aquel ser no se acercó más, sino que permaneció allí, observándolo.

»Entonces comenzó a caminar hacia atrás, sin darse la vuelta. Retrocedió, al mismo tiempo que tropezaba y resbalaba, temiendo una y otra vez que pudiera caer en un arroyo o por un acantilado y romperse el cuello, pero todavía con más temor de dar la espalda a aquella cosa helada. No sabía cuánto había caminado, pero le temblaban las piernas por la fatiga cuando finalmente divisó una luz entre la bruma; allí estaba su cabaña, con la vela en la ventana. Gritó de alegría y se dirigió a la puerta, pero aquello era más rápido y se le adelantó.

»Su esposa lo había estado esperando, y cuando lo oyó gritar, fue hasta la puerta. Gavin, a gritos, le dijo que no saliera, que por el amor de Dios buscara un talismán para alejar al tannasq. Rápida como el viento, sacó la olla que estaba debajo de la cama y un ramo de mirto atado con una cinta negra y roja, que tenía preparado para bendecir las vacas. Arrojó el agua contra la puerta y aquello saltó hacia arriba y se puso a horcajadas sobre el dintel. Gavin corrió y, al entrar, atrancó la puerta y permaneció abrazado a su esposa hasta el amanecer. Dejaron la vela encendida durante toda la noche y Gavin no volvió a salir de su casa después de la puesta de sol; hasta que se marchó para luchar por el príncipe Tearlach.

Incluso Duncan, que conocía la historia, suspiró cuando Jamie terminó de hablar. Ian se persignó y miró a su alrededor, avergonzado, pero nadie se dio cuenta.

— Ahora, Gavin ha partido hacia la oscuridad — concluyó Jamie —. Pero no lo dejaremos fuera del camposanto.

—¿Encontraron la vaca? — preguntó Fergus, con su sentido práctico. Jamie levantó una ceja para que Duncan respondiera.

—¡Ah, sí, la encontraron! A la mañana siguiente hallaron al pobre animal cubierto de barro y piedras, con la mirada enloquecida y los lomos lastimados. — Nos miró de reojo antes de continuar —. Gavin decía que parecía que hubiese regresado del infierno.

— Jesús. — Ian tomó un gran sorbo de cerveza, y yo hice lo mismo.

En la esquina, el grupo de borrachos intentaba cantar Captain Thunder, deteniéndose una y otra vez a causa de la risa.

—¿Qué les pasó a ellos? — preguntó Ian, preocupado, y dejó su jarra sobre la mesa —. ¿A la esposa y al hijo de Gavin?

Los ojos de Jamie se encontraron con los míos y su mano me tocó el muslo. Sabía, sin que nadie me lo hubiera dicho, lo que le había sucedido a la familia de Hayes. Sin el valor y la determinación de Jamie, lo mismo me hubiera ocurrido a mí y a nuestra hija Brianna.

— Gavin no lo sabía — contestó Jamie con calma —. Nunca supo nada de su esposa; debió de morir de hambre o de frío. Su hijo fue a la guerra con él y desapareció en Culloden. Siempre que a nuestra celda llegaba un hombre que había luchado, le preguntaba: «¿Has visto, por casualidad, a un muchacho valiente llamado Archie Hayes, que más o menos es así de alto?» Hacía un gesto para indicar la altura del muchacho, alrededor de metro y medio . «Un chico de unos catorce años», decía, «con un tartán verde y un pequeño broche dorado». Pero nunca llegó nadie que pudiera asegurar haberlo visto, ya fuera caer, o correr para ponerse a salvo.

Jamie bebió un trago de cerveza con la mirada fija en un par de oficiales británicos que estaban en un rincón. Dentro, cada vez había más oscuridad, y era evidente que no estaban de servicio. A causa del calor, se habían desatado los cuellos de piel, y sólo llevaban armas de mano, que brillaban bajo sus chaquetas, casi negras bajo la tenue luz, excepto en aquellos lugares en los que la luz del fuego iluminaba el rojo.

— A veces confiaba en que hubieran capturado y deportado al muchacho. Como a su hermano.

—¿No había nada en las listas? — pregunté —. Ellos tenían listas, ¿no?

— Ya lo creo — respondió Jamie sin dejar de mirar a los soldados. Una pequeña sonrisa de amargura apareció en su rostro —. Una de esas listas me salvó, después de Culloden, cuando me preguntaron mi nombre antes de fusilarme, para añadirlo a ella. Pero un hombre como Gavin no tenía posibilidades de ver las listas de muertos de los ingleses. — Me lanzó una mirada —. Y creo que, de haber podido, no lo hubiera hecho. ¿Preferirías enterarte, si fuera tu hijo?

Negué con la cabeza y él sonrió mientras oprimía mi mano. Después de todo, nuestra hija estaba a salvo. Alzó la jarra y la vació. A continuación, hizo un gesto a la joven camarera, quien nos trajo la comida rodeando ampliamente la mesa, para evitar tropezar con Rollo. La bestia estaba inmóvil bajo la mesa; su cabeza sobresalía hacia la sala, y su enorme cola peluda yacía, pesada, sobre mis pies, pero sus ojos amarillos estaban bien abiertos, observándolo todo. Siguieron a la muchacha, que, nerviosa, retrocedió, manteniendo la mirada fija en él hasta que se encontró segura, lejos de sus fauces. Al advertirlo, Jamie lanzó una mirada dubitativa al animal que llamaban perro.

—¿Tendrá hambre? ¿Tengo que pedir pescado para él?

— Ah, no, tío — aseguró Ian —. Rollo busca sus propios peces.

Jamie levantó las cejas, pero sólo asintió y, con una mirada a Rollo, se sirvió un plato de ostras cocidas.

— Qué lástima que un hombre como Gavin haya terminado así — se lamentó Duncan, ya casi borracho. Se recostó sobre la pared, con el hombro sin brazo más elevado que el otro, lo que le daba un extraño aspecto de jorobado. Meneó la cabeza, lúgubre, balanceándola de un lado a otro sobre su jarra como si se tratara del badajo de una campana fúnebre —. Sin familia que lo llore, en una tierra salvaje, ahorcado como un criminal y a punto de ser enterrado en cualquier sitio. Ni siquiera tendrá un canto de lamento... — Alzó la jarra con cierta dificultad y se la acercó a la boca. Bebió un buen trago y la dejó con un golpe amortiguado —. ¡Bueno, tendrá un caithris! ¿Por qué no? — preguntó, mirando desafiante a sus compañeros —. ¿Por qué no?

Jamie no estaba borracho, pero tampoco totalmente sobrio. Sonrió a Duncan y levantó su jarra.

—¿Por qué no? — dijo —. Pero tendrás que cantar tú, Duncan. El resto no conocía a Gavin y yo canto muy mal. Sin embargo, gritaré contigo.

Duncan asintió con autoridad, observándonos con los ojos inyectados en sangre y, sin previo aviso, echó la cabeza hacia atrás y emitió un horrible aullido. Salté de mi asiento y derramé un poco de cerveza sobre la falda. Ian y Fergus, que, como es normal, habían oído lamentos gaélicos antes, ni se inmutaron.

En toda la sala, los parroquianos desplazaron sus bancos, se pusieron en pie y sacaron las armas. La camarera se inclinó sobre el mostrador, con los ojos muy abiertos. Rollo despertó con un ruidoso gruñido y miró con ojos feroces y enseñando los dientes.

— Tha sinn cruinn a chaoidh ar caraid, Gabhainn Hayes.

Duncan cantó con su atronadora voz de barítono; lo poco que sabía de gaélico me permitió traducir: «Nos hemos reunido para gemir y llorar a los cielos por la pérdida de nuestro amigo, Gavin Hayes.»

— Èisd ris! — aportó Jamie.

— Rugadh e do Sheumas Immanuel Hayes agus Louisa N’ic a Liallainn an am baile Chill-Mhartainn, ann an sgire Dhun Domhnuill, anns a bhliadhnaseachd ceud deug agus a haon! —«¡Hijo de Seaumais Emmanuel Hayes y Louisa Maclellan, del pueblo de Kilmartin, en la parroquia de Dodanil, nacido en el año de nuestro señor de 1701!»

— Èisd ris! — El coro repetía algo que traduje como: «¡Escuchadlo!» A Jamie se le unieron Ian y Fergus.

Rollo parecía indiferente a los cantos y se quedó con las orejas gachas pegadas al cráneo y los ojos amarillos entornados. Su dueño le acarició la cabeza para calmarlo, y el animal se recostó de nuevo, gruñendo un poco.

La gente, al ver que no existía ninguna amenaza de violencia, y sin duda aburrida de las dotes vocales inferiores del grupo de la esquina, decidió disfrutar del espectáculo. En ese momento, Duncan ya estaba llamando por su nombre a todas las ovejas que tenía Gavin Hayes antes de abandonar su rebaño para seguir a su señor a Culloden, y muchas de las mesas de alrededor acompañaban con entusiasmo al coro, gritando: «Èisd ris!» y golpeando las mesas con sus jarras, al ignorar, por suerte, lo que decía. Duncan, cada vez más borracho y sudando a chorros, lanzó una mirada maligna a los soldados de la mesa próxima.

— A Shasunnaich na galladh, ’s olc a thig e dhuibh fanaid air bàs gasgaich. Gun toireadh an diabhul fhein leis anns a bhàs sibh, direach do Fhirinn!!! — «¡Malditos perros extranjeros, comedores de carne muerta, que se ríen y regocijan por el fallecimiento de un hombre bueno! ¡¡¡Que el mismo diablo os busque a la hora de la muerte para llevaros derechos al infierno!!!»

Ian palideció y Jamie lanzó una mirada a Duncan, pero siguieron cantando el estribillo con el resto de los parroquianos.

Fergus, con una súbita inspiración, se levantó y pasó el sombrero entre los clientes, quienes, alegres por la cerveza y la animación, le tiraban monedas, pagando por el privilegio de que los condenaran al infierno.

Yo tengo tan buena cabeza para la bebida como la mayoría de los hombres, pero una vejiga más pequeña. Con la cabeza tan llena de humo y ruido como de alcohol, me levanté y me alejé de la mesa para salir al aire fresco del atardecer.

Todavía hacía un calor sofocante, aunque hacía rato que se había ocultado el sol. En cualquier caso, había mucho más aire en el exterior, y mucha menos gente con quien compartirlo.

Una vez que vacié mi vejiga, me quedé sentada sobre la tabla para cortar leña con mi taza de peltre, inspirando hondo. La noche era clara, con una brillante media luna que emergía, plateada, sobre el borde del muelle. Nuestro carro esperaba al lado, y sólo se veía su contorno desde las ventanas de la taberna. Al parecer, el cuerpo amortajado de Gavin Hayes yacía en su interior. Esperaba que hubiera disfrutado de su caithris.

En el interior, el canto de Duncan había terminado. Una voz de tenor, dulce pero enturbiada por el alcohol, tañía una melodía familiar que se oía por encima de las conversaciones.

A Anacreonte en el cielo, donde se sentaba contento,

algunos hijos de la armonía enviaron una petición,

¡para que fuera su inspirador y patrón!

Esta respuesta envió el anciano y alegre griego:

«¡La voz, el violín y la flauta

no volverán a enmudecer!

¡Yo os prestaré mi nombre e inspiraré!»

La voz del cantante se quebró con gran dolor al decir «la voz, el violín y la flauta», pero siguió con fuerza, pese a las risas del público. Sonreí, irónica, cuando recitó los últimos versos:

«¡Y, además, os enseñaré a entrelazar

el mirto de Venus con la vid de Baco!»

Alcé mi jarra a modo de saludo al ataúd con ruedas, repitiendo en voz baja la melodía de las últimas líneas del cantante.

Oh, di, ¿sigue ondeando la bandera tachonada de estrellas

sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes?

Vacié mi jarra y me quedé inmóvil, esperando a que salieran los hombres.

9788415631224-6

2

Cuando nos encontramos a un fantasma

— Diez, once, doce... y dos, y seis... una libra, ocho chelines, seis peniques y dos cuartos de penique. — Fergus dejó caer, ceremoniosamente, la última moneda en la bolsa de paño, ajustó los cordones y se la entregó a Jamie —. Y tres botones — añadió —, pero me los quedo — dijo, golpeando el costado de su chaqueta.

—¿Ya has pactado con el patrón la cuestión de nuestra comida? — me preguntó Jamie, sopesando la bolsita.

— Sí — contesté —. Me quedan cuatro chelines y seis peniques, además de lo que ha reunido Fergus. — Éste sonreía con modestia, y sus cuadrados dientes blancos brillaban en la tenue luz de la ventana de la taberna.

— Entonces tenemos el dinero necesario para el entierro — argumentó —. ¿Llevamos ahora a monsieur Hayes al clérigo, o esperamos hasta mañana?

Jamie miró el carro con el ceño fruncido, de pie y en silencio desde el borde del patio de la posada.

— No creo que esté despierto a esta hora — comentó, mirando la luna —. Sin embargo...

— Yo preferiría que no lo lleváramos con nosotros — intervine —. No quiero ser grosera — dije, con una disculpa dirigida al carro —, pero si vamos a dormir en el bosque, el olor... — No era abrumador, pero una vez alejados del tufo de la taberna, el característico olor era perceptible en los alrededores del carro. No había sido una muerte agradable, y el día había sido caluroso.

— La tía Claire tiene razón — opinó Ian, frotándose la nariz discretamente con los nudillos —. No queremos atraer a los animales salvajes.

—¡No podemos dejar a Gavin aquí! — protestó Duncan, escandalizado ante la idea —. ¿Dejarlo en la puerta de la posada, envuelto en el sudario, como un bebé abandonado? — Se balanceaba de una manera alarmante, ya que la ingesta de alcohol afectaba a su siempre precario equilibrio.

La boca de Jamie se curvó en una mueca de diversión mientras la luna se reflejaba, blanca, sobre el puente afilado de su nariz.

— No — contestó —. No lo vamos a dejar aquí. — Pasó la bolsita de una mano a otra con un ligero tintineo, y la guardó en su abrigo con un gesto decidido.

— Lo enterraremos nosotros mismos — afirmó —. Fergus, ¿puedes ir al establo a ver si consigues una pala barata?

El breve trayecto hasta la iglesia, a través de las tranquilas calles de Charleston, fue menos solemne que los habituales cortejos fúnebres, a pesar de la insistente repetición de Duncan de las partes más interesantes de su lamento cantado.

Jamie iba con lentitud, lanzando ocasionales gritos de ánimo a los caballos; Duncan se tambaleaba junto al grupo, cantando con voz ronca y agarrando a uno de los animales por la cabeza, mientras Ian sujetaba al otro para evitar que se separara. Fergus y yo íbamos en la retaguardia con un aspecto solemne. Él portaba su pala recién comprada en los brazos y murmuraba funestas predicciones sobre la probabilidad de que todos pasáramos la noche en la cárcel por alterar la paz de Charleston.

La iglesia estaba situada en una calle tranquila, a cierta distancia de la casa más cercana. Eso estaba bien para evitar que nos vieran, pero también significaba que el cementerio carecería de luz, al no contar con el resplandor de una antorcha o una vela para romper la oscuridad.

Grandes magnolias sobresalían por encima de la entrada. Tenían las hojas mustias debido al calor, y un parterre de pinos, cuyo objetivo era proporcionar sombra y alivio durante el día, cumplía la función de bloquear cualquier vestigio de luz de la luna o las estrellas por la noche, de manera que el cementerio estaba tan oscuro como... bueno, una cripta.

Caminar por allí era como atravesar cortinas de terciopelo negro, perfumadas por el aroma de los pinos recalentados por el sol. Se trataba de interminables capas suaves, acres y asfixiantes. No había nada más alejado del aire puro de las montañas de Escocia que aquella sofocante atmósfera sureña. No obstante, algunos jirones de niebla ocultaban las oscuras paredes de ladrillo y deseé no recordar con tanta vividez la historia de Jamie sobre el fantasma.

— Vamos a buscar un lugar adecuado. Quédate y ocúpate de los caballos, Duncan. — Jamie se bajó del carro y me cogió del brazo —. Podemos encontrar un buen sitio al lado del muro — afirmó, guiándome hacia la entrada —. Ian y yo cavaremos, tú sostendrás la luz y Fergus hará guardia.

—¿Y Duncan? — pregunté, mirando hacia atrás —. ¿Estará bien? — El escocés era invisible; su forma alargada y desgarbada se había desvanecido formando una mancha mayor que incluía los caballos y el carro, pero seguía siendo audible.

— Será el director de los cantos fúnebres — respondió Jamie con un toque de humor —. Cuidado con tu cabeza, Sassenach. — Automáticamente bajé la cabeza ante una rama de magnolia; no sabía si Jamie podía ver en realidad en la oscuridad o si lo hacía por instinto, pero nunca vi que tropezara, por muy oscuro que estuviera.

—¿No crees que alguien sospechará al ver una tumba recién cavada? — Después de todo, el cementerio no estaba completamente oscuro; una vez que me alejé de las magnolias, pude divisar las formas de las lápidas, insustanciales pero siniestras en la oscuridad, y una ligera niebla se elevaba sobre la abundante hierba a sus pies.

Noté un cosquilleo en las plantas de los pies cuando nos adentramos entre las tumbas. Sentía silenciosas oleadas de reproche que se elevaban desde el suelo ante aquella indecorosa intrusión. Me golpeé la espinilla con una lápida y me mordí el labio, reprimiendo la urgencia de disculparme con su propietario.

— Puede ser. — Jamie me soltó el brazo para buscar algo en su chaqueta —. Pero si el clérigo quería dinero para enterrar a Gavin, no creo que se moleste en desenterrarlo gratis, ¿no crees?

El joven Ian apareció de pronto a mi lado, lo que hizo que me sobresaltara.

— Hay un espacio abierto al lado de la pared norte, tío Jamie — dijo, hablando en voz baja pese a que era evidente que nadie nos oía. Hizo una pausa y se acercó un poco a mí —. Está muy oscuro aquí, ¿no? — La voz del muchacho parecía insegura. Había bebido casi tanto como Jamie o Fergus, pero mientras que el alcohol había imbuido al resto de un humor sombrío, estaba claro que había tenido unos efectos mucho más deprimentes en Ian.

— Así es, pero tengo un cabo de vela que me llevé de la taberna; espera un poco. — Se oyó un ruido que indicaba que Jamie buscaba el pedernal y el yesquero.

La oscuridad que nos envolvía hacía que me sintiera incorpórea, como si fuera un fantasma. Levanté la vista y vi estrellas, apenas perceptibles a través del aire grueso, que no iluminaban el suelo, sino que producían una sensación de inmensa distancia e infinita lejanía.

— Es como la vigilia de Pascua — comentó Jamie en voz baja, acompañada por los sonidos del pedernal —. Una vez asistí al servicio, en Notre Dame de París. ¡Cuidado, Ian, hay una piedra! — Un golpe y un gruñido sofocado anunciaron que Ian había descubierto la piedra demasiado tarde —. La iglesia estaba oscura — continuó Jamie —, pero la gente que acudía al servicio compraba pequeñas velas a las ancianas en la entrada. Era algo así. — Sentí, más que vi, que hacía un gesto hacia el cielo —. Un enorme espacio arriba, con un silencio ensordecedor y la gente abarrotada a cada lado. — Pese al calor, me estremecí ante aquellas palabras, que invocaban una visión de los muertos a nuestro alrededor, amontonándose en silencio a cada lado, anticipando la inminente resurrección —. Y cuando ya creía que no iba a soportar el silencio y la gran cantidad de gente, el sacerdote empezó a cantar Lumen Christi desde la puerta, y los acólitos, después de encender el gran cirio, fueron prendiendo sus velas y se precipitaron por los pasillos, pasando el fuego a las velas de los fieles. — Ya podía ver sus manos gracias a los destellos del pedernal —. Entonces la iglesia revivió por las miles de velas encendidas, pero fue el cirio el que quebró la oscuridad.

Los ruidos cesaron, y apartó la mano que protegía la nueva llama. Ésta cogió fuerza e iluminó su rostro desde abajo, emitiendo un reflejo dorado sobre los planos de los pómulos elevados y la frente, y ensombreciendo las profundas órbitas de sus ojos.

Levantó la vela encendida, que iluminó las tumbas, que parecían tan escalofriantes como un círculo de piedras.

— Lumen Christi — dijo con calma, inclinando su cabeza hacia una columna de granito con una cruz — et requiescat in pace, amice. — Su voz ya no tenía un tono de burla, sino que hablaba con total seriedad, y me sentí extrañamente confortada, como si se hubiera alejado alguna presencia vigilante. Me sonrió y me entregó la vela.

— Busca un palo para hacer una antorcha, Sassenach — ordenó —. Ian y yo cavaremos por turnos.

No estaba nerviosa, pero me seguía sintiendo como una profanadora de tumbas, sosteniendo la antorcha bajo un pino mientras Ian y Jamie se alternaban para cavar con las espaldas desnudas, que brillaban por el sudor bajo la luz de la antorcha.

— Los estudiantes de Medicina pagaban para que les robaran cadáveres recientes de los cementerios — comenté, al mismo tiempo que alcanzaba mi pañoleta a Jamie mientras salía del hoyo, jadeando por el esfuerzo —. Era la única forma de poder hacer disecciones.

—¿Lo hacían o lo hacen? — Jamie se secó el sudor de la cara y me dirigió una rápida mirada burlona.

Por suerte, pese a la luz de la antorcha, estaba demasiado oscuro para que Ian notara mi rubor. No era la primera vez que me equivocaba, ni sería la última, pero tales descuidos sólo provocaban miradas inquisitivas, si es que los percibían en alguna medida. Sencillamente, la verdad no era una posibilidad que se le pudiera ocurrir a nadie.

— Me imagino que todavía lo hacen — admití. Me estremecí un poco ante la idea de enfrentarme a un cuerpo recién exhumado y no preservado, aún cubierto con la tierra de su tumba profanada. Los cadáveres embalsamados y tendidos sobre una superficie de acero inoxidable tampoco eran demasiado agradables, pero la formalidad de su presentación servía para mantener a cierta distancia las realidades corruptas de la muerte.

Espiré con fuerza por la nariz, intentando deshacerme de los olores, tanto imaginados como recordados. Al inspirar, mis fosas nasales se llenaron del olor de la tierra húmeda y el alquitrán caliente de mi antorcha de pino, y del eco más ligero y fresco del aroma vivo de los pinos que se cernían sobre nosotros.

— También usan a los pobres y a los criminales de las prisiones — intervino el joven Ian, que evidentemente había escuchado la conversación y, aunque no lo había entendido, aprovechó para tomarse un respiro y secarse las cejas mientras se inclinaba sobre la pala —. Papá me contó que una vez lo arrestaron, lo trasladaron a Edimburgo y lo tuvieron en Tolbooth. Estaba en la celda con otros tres y uno se estaba muriendo de consunción. Tenía una tos horrible, y mantenía al resto despierto día y noche. Una noche dejó de toser y creyeron que había muerto. Estaban tan cansados que rezaron una oración por su alma y se quedaron dormidos. — El muchacho hizo una pausa y se frotó la nariz —. Papá decía que se despertó cuando alguien le tiró de las piernas y otro lo levantó por los brazos. Pateaba y gritaba, y el que lo agarraba de los brazos gritó y lo soltó, de manera que se golpeó la cabeza con las piedras. Se incorporó, rascándose la coronilla, y se encontró frente a un médico y dos hombres que lo habían llevado al hospital, a la sala de disección.

Ian sonrió de oreja a oreja ante el recuerdo, mientras se apartaba de la cara el cabello húmedo debido al sudor.

— Papá decía que no sabía quién estaba más horrorizado, si él o los que habían transportado el cuerpo equivocado. Pero que el médico estaba disgustado porque decía que papá hubiera sido un espécimen más interesante por su pierna amputada.

Jamie rió mientras estiraba los brazos para que descansara su espalda. Con el rostro y el torso cubiertos de un polvo de color rojizo, y el cabello atado detrás con un pañuelo que le rodeaba la frente, parecía tan malvado como cualquier profanador de tumbas.

— Sí, conocía esa historia. Después de ese episodio, Ian decía que todos los médicos eran unos ladrones de cadáveres y que no quería saber nada de ellos.

Me sonrió; en mi tiempo, yo era médica cirujana, pero aquí no era más que una curandera con habilidad para usar las hierbas.

— Por suerte, no tengo miedo a los curanderos — afirmó, inclinándose para besarme. Sus labios estaban templados y sabían a cerveza. Podía ver las gotas de sudor atrapadas en el vello rizado de su pecho, y sus pezones eran capullos oscuros en la luz tenue. Me estremeció un temblor que nada tenía que ver con el frío ni con lo inquietante de nuestros alrededores. Lo advirtió y sus ojos se encontraron con los míos. Inspiró profundamente y, de repente, fui consciente de mi corpiño ajustado y del peso de mis pechos bajo la tela empapada por el sudor.

Jamie se movió un poco para aliviar la presión de sus pantalones.

— Caramba — exclamó en voz baja. Bajó la mirada y se dio la vuelta con una sonrisa avergonzada.

No lo esperaba pero, por supuesto, lo reconocí. Era común un súbito ataque de lujuria como respuesta a la presencia de la muerte. Los soldados lo sienten en la calma tras la batalla, lo mismo que los sanadores que lidian con la sangre y la lucha. Quizá Ian estaba más en lo cierto de lo que pensaba en cuanto a lo macabro de los doctores.

Jamie me tocó la espalda y me sobresalté, lo que hizo que agitara la antorcha. Me la quitó e hizo un gesto hacia una lápida cercana.

— Siéntate, Sassenach — dijo—. No debes permanecer tanto tiempo en pie.

Me había fracturado la tibia durante el naufragio y, aunque había sanado con rapidez, la pierna todavía me dolía.

— Estoy bien — contesté, pero me dirigí hacia la lápida, rozándolo al pasar. Aunque irradiaba calor y podía oler su sudor cuando se evaporaba, su espalda desnuda estaba fría al tacto.

Lo miré y vi la carne de gallina en aquellos lugares en los que lo había tocado. Tragué saliva mientras intentaba reprimir la repentina visión de caer en la oscuridad y aparearnos ferozmente entre la hierba pisada y la tierra fresca.

Su mano se quedó en mi codo al ayudarme a sentarme sobre la piedra. Rollo estaba tumbado; al jadear, caían gotas de saliva que brillaban a la luz de la antorcha. Los ojos amarillos me observaban con atención.

— Ni se te ocurra pensarlo — intervine, devolviéndole la mirada —. Si me muerdes, te meteré el zapato en la garganta hasta que te ahogues.

Me contestó con un gruñido sordo. Posó el hocico sobre sus patas, pero tenía las orejas levantadas, atentas a cualquier ruido.

Ian clavó la pala suavemente en la tierra que se encontraba a sus pies, se enderezó y se secó el sudor de la cara con la palma de la mano, que dejó manchas negras sobre su mandíbula. Dejó escapar un profundo suspiro y miró a Jamie con expresión de agotamiento, sacando la lengua.

— Está bien, espero que sea bastante profunda — respondió Jamie ante el gesto del muchacho —. Voy a traer a Gavin.

El rostro de Fergus se crispó con un gesto de preocupación bajo la luz de la antorcha.

—¿No te hace falta ayuda para traer el cuerpo? — Su disgusto era evidente, pero, no obstante, se ofreció. Jamie le sonrió con ironía.

— Me las arreglaré — dijo —. Gavin era un hombre pequeño. Pero puedes traer la antorcha para alumbrarnos.

—¡Yo también voy, tío! — Ian salió del foso con celeridad; su espalda huesuda brillaba por el sudor —. Por si necesitas ayuda — añadió, jadeante.

—¿Tienes miedo de la oscuridad? — preguntó Fergus con sarcasmo. Pensé que los alrededores debían de estar poniéndolo nervioso, aunque en algunas ocasiones tomaba el pelo a Ian, a quien consideraba un hermano menor y, por tanto, lo trataba de manera bastante cruel

— Pues sí — contestó sencillamente Ian —. ¿Tú no?

Fergus abrió la boca, con las cejas levantadas; luego la cerró, se dio la vuelta y, sin contestar, se marchó hacia la oscura abertura del pórtico por donde había desaparecido Jamie.

—¿No te parece que este lugar es terrible, tía? — murmuró Ian, incómodo a mi lado, acercándose a mí mientras nos abríamos paso entre lápidas emergentes y seguíamos el resplandor de la antorcha de Fergus —. No puedo dejar de pensar en la historia que ha contado el tío Jamie. Pienso que ahora que Gavin está muerto, tal vez la cosa helada... Quiero decir... ¿Crees que podría... venir a buscarlo?

Lo oí tragar al terminar de formular la pregunta, y sentí un dedo helado que me tocaba, justo en la base de la columna.

— No — dije en un tono más fuerte de lo normal. Me aferré a su brazo, no tanto para sostenerme como para darle confianza —. Seguro que no.

Tenía la piel húmeda por el sudor, pero la delgada musculatura del brazo bajo mi mano me resultaba reconfortante. Su presencia medio visible me recordó un poco a Jamie; era casi tan alto como su tío, y casi igual de fuerte, aunque, en su adolescencia, aún era esbelto y larguirucho.

Llegamos con bastante alivio al círculo de luz que formaba la antorcha. La luz parpadeante brillaba entre las ruedas del carro, emitiendo sombras que se asemejaban a telarañas sobre el polvo. Hacía tanto calor en el camino como en el cementerio, pero el aire era más puro y se respiraba mejor, lejos de los asfixiantes árboles.

Para mi sorpresa, Duncan seguía despierto, colgado del pescante del carro como un búho somnoliento, con las orejas hundidas entre los hombros. Canturreaba en voz baja, pero se detuvo al vernos. Parecía que la larga espera lo había despejado un poco; se bajó del pescante de manera bastante firme y se acercó a la parte posterior del carro para ayudar a Jamie. Reprimí un bostezo. Deseaba terminar con aquella triste tarea e ir a dormir, aunque fuera sobre un montón de hojas.

— Ifrinn an Diabhuil! A Dhia, thoir cobhair!

— Sacrée Vierge!

Mi corazón dio un salto. Todos gritaron al mismo tiempo y los caballos se movieron frenéticamente, sacudiendo el carro como si fuera un escarabajo borracho.

— ¡Grrr! — Rollo lanzó un gruñido.

—¡Jesús! — Ian pronunció una exclamación de espanto mientras miraba hacia el carro con los ojos desorbitados —. ¡Por Jesucristo!

Cuando miré hacia donde señalaba, grité. Una pálida figura asomó del carro, balanceándose con su movimiento.

No pude ver más, porque los acontecimientos se precipitaron. Rollo flexionó los cuartos traseros y, con un gruñido, se lanzó a perseguir a la figura en la oscuridad, alentado por los gritos de Ian y Jamie. Luego se oyó el grito del fantasma. A mis espaldas, Fergus maldecía en francés mientras corría de regreso al cementerio a buscar su navaja, tropezando y chocando con las lápidas en la oscuridad. Jamie había dejado caer la antorcha: titiló y siseó en el camino polvoriento, amenazando con apagarse. Caí de rodillas y soplé, en un intento desesperado por conservar la luz.

El coro de gritos y aullidos siguió aumentando, y me levanté, antorcha en mano, para encontrarme con Ian peleando con Rollo, intentando alejarlo de las tenebrosas figuras que luchaban en una nube de polvo.

— Arrêtes, espèce de cochon! — Fergus surgió de la oscuridad con la navaja en la mano y, en un momento de descuido, dio un paso adelante y golpeó al intruso en la cabeza con un sonoro ¡clang! Luego se volvió hacia Ian y Rollo.

—¡Tú también, quieto! — Fergus amenazó al perro con la pala —. ¡Quieto, mala bestia, o te rompo la cabeza!

Rollo resopló, mostrando los dientes con un gesto que yo interpreté como «¿Tú y cuántos más?», pero lo detuvo Ian, quien le rodeó el cogote con un brazo y ahogó cualquier otra protesta.

—¿De dónde ha salido? — preguntó Ian, sorprendido, y estiró el cuello, tratando de mirar al caído sin soltar a Rollo.

— Del infierno — afirmó Fergus —. Y lo invito a que regrese allí. — Temblaba por el susto y el agotamiento; la luz brilló débilmente sobre su garfio mientras se apartaba un mechón de cabello negro de los ojos.

— Del infierno, no, de la horca. ¿No sabes quién es?

Jamie se puso en pie poco a poco mientras se limpiaba el polvo de los calzones. Respiraba con dificultad y estaba cubierto de polvo, pero no estaba herido. Recogió el pañuelo que se le había caído y miró alrededor, secándose el rostro mientras preguntaba:

—¿Dónde está Duncan?

— Aquí, Mac Dubh — dijo una voz ronca en la parte delantera del carro —. Los caballos no estaban muy contentos con la presencia de Gavin y se han molestado mucho con la perspectiva de la resurrección. Yo también me he sorprendido un poco — añadió con sinceridad. Miró la figura tirada en el suelo y palmeó a uno de los caballos con firmeza —. ¡Ah, no es más que un bribón, luaidh! Cierra el pico, ¿quieres?

Le había entregado la antorcha a Ian y me arrodillé para examinar las heridas de nuestro visitante. Parecían leves; el hombre ya se estaba moviendo. Jamie tenía razón, era el hombre que se había escapado para que no lo ahorcaran. Era joven; tenía unos treinta años y un cuerpo fuerte y musculoso. Su cabello estaba apelmazado por el sudor y tieso por la suciedad. Olía a prisión y al aroma almizclado e intenso del miedo prolongado, lo cual no tenía nada de raro.

Lo cogí de un brazo y lo ayudé a sentarse. Gimió y se llevó una mano a la cabeza, entornando los ojos ante la luz.

—¿Está bien? — pregunté.

— Es usted muy amable, señora, pero podría estar mejor. — Tenía un ligero acento irlandés en su voz suave y profunda.

Rollo, con el labio superior ligeramente alzado para mostrar un colmillo amenazador, metió el morro en la axila del visitante, olfateó y, a continuación, apartó la cara y estornudó de manera explosiva. Un pequeño estremecimiento de risa recorrió el círculo, y la tensión se relajó durante un instante.

—¿Cuánto hace que está en el carro? — quiso saber Duncan.

— Desde esta tarde. — El hombre se puso de rodillas, mareado por los efectos del golpe. Se volvió a tocar la cabeza y gimió —. ¡Jesús! Me he subido poco después de que el gabacho metiera al pobre Gavin.

—¿Y dónde estaba antes? — preguntó Ian.

— Escondido debajo de la carreta de la horca. Era el único lugar donde creía que no me buscarían. — Se puso en pie con dificultad, cerró los ojos para recuperar el equilibrio y los abrió de nuevo. Eran de un verde pálido a la luz de la antorcha, del color del mar poco profundo. Vi cómo pasaba la mirada por cada uno de nosotros y, por último, miró a Jamie. Hizo una reverencia, teniendo cuidado con su cabeza —. Stephen Bonnet. Para servirlo, señor. — No hizo amago de extender la mano, y Jamie, tampoco.

— Señor Bonnet... — Jamie le devolvió la inclinación de cabeza con un rostro inexpresivo. Yo no sabía cómo podía parecer tan imponente con nada más que un par de calzas húmedas y sucias, pero así era. Echó un vistazo al visitante, asimilando cada detalle de su aspecto.

Bonnet tenía lo que la gente llama «buena planta»: alto, sólo unos centímetros más bajo que Jamie, fornido, con facciones angulosas y apuesto. Estaba tranquilo. Se balanceaba sobre los talones, pero con los puños semicerrados en gesto de alerta.

A juzgar por la nariz ligeramente torcida y una pequeña cicatriz en la comisura de los labios, estaba acostumbrado a pelear. Las pequeñas imperfecciones no ocultaban la impresión general de magnetismo animal; era la clase de hombre que no tenía problemas para atraer a las mujeres. A algunas mujeres, corregí mientras me lanzaba una mirada especulativa.

—¿Por qué crimen lo habían condenado, señor Bonnet? — preguntó Jamie. También parecía tranquilo, aunque tenía una expresión de alerta semejante a la de Bonnet. Eran como perros que se observaban con las orejas gachas antes de decidirse a pelear.

— Contrabando — respondió Bonnet.

Jamie no dijo nada y ladeó un poco la cabeza. Arqueó una ceja a modo de pregunta.

— Y piratería. — Un músculo de su boca se crispó en un intento de sonrisa o un involuntario rictus de miedo.

—¿Y ha matado alguna vez al cometer sus delitos?

El rostro de Jamie era inexpresivo, salvo por sus ojos atentos. «Piénsalo dos veces antes de contestar — decía simplemente su mirada —. Tal vez tres.»

— A nadie que no tratara de matarme a mí primero — respondió Bonnet. Las palabras salieron con facilidad, con un tono casi ligero, pero la mano cerrada en un puño en su costado las contradecía.

Caí en la cuenta de que Bonnet debía de sentirse como si se enfrentara a un juez y a un jurado, como casi con seguridad se habría enfrentado antes. No tenía ningún modo de saber que nosotros nos mostrábamos casi igual de reticentes que él a acercarnos a los soldados de la guarnición.

Jamie contempló a Bonnet durante un rato. Lo observó de cerca bajo la luz de la antorcha parpadeante, hasta que asintió y dio un paso atrás.

— Entonces puede irse — dijo con calma —. Nosotros no vamos a impedirlo.

Bonnet respiró aliviado y pude ver cómo se relajaba, hundiendo los hombros bajo la camisa barata de lino.

— Muchas gracias — intervino. Se pasó una mano por la cara y volvió a respirar profundamente. Sus ojos verdes se movieron con rapidez, recorriéndome a mí, a Fergus y a Duncan —. Tal vez quieran ayudarme.

Duncan, tranquilizado por las palabras de Jamie, lanzó un gruñido de sorpresa.

—¿Ayudarlo? ¿A un ladrón?

La cabeza de Bonnet giró hacia Duncan. El collar de hierro era una línea oscura alrededor de su cuello, y daba la espeluznante impresión de que su cabeza cortada flotaba varios centímetros sobre sus hombros.

— Ayudarme — repitió Bonnet —. Esta noche los soldados me van a buscar por los caminos. — Hizo un gesto hacia el carro —. Ustedes pueden esconderme si quieren. — Se volvió para mirar a Jamie y enderezó los hombros rígidos —. Les estoy pidiendo ayuda, señor, en nombre de Gavin Hayes, que fue mi amigo, como el de ustedes, y un ladrón, como yo.

Los hombres lo contemplaron en silencio, asimilando la información. Fergus miró de manera inquisitiva a Jamie. La decisión era suya.

Jamie, tras contemplar a Bonnet, se volvió hacia Duncan.

—¿Qué te parece, Duncan? — Éste lanzó a Bonnet la misma clase de mirada que había empleado Jamie y, por último, asintió.

— Por la memoria de Gavin — respondió, y se dirigió hacia la entrada.

— Muy bien — asintió Jamie. Suspiró y se apartó el pelo de la cara.

— Ayúdenos a enterrar a Gavin — dijo a nuestro nuevo huésped — y luego nos iremos.

Una hora más tarde, la tumba de Gavin era un rectángulo de tierra recién removida, austero entre los tonos grises de la hierba circundante.

— Tiene que figurar su nombre — comentó Jamie.

Con la punta de su cuchillo, marcó con cuidado las letras del nombre de Gavin y las fechas en una piedra blanda. Después la froté con hollín de la antorcha, de manera que la inscripción quedara tosca pero legible, e Ian la colocó sólidamente entre un pequeño cúmulo de guijarros. Jamie puso encima el cabo de vela que había cogido de la taberna.

Estábamos incómodos alrededor de la tumba, sin saber cómo despedirnos. Jamie y Duncan estaban de pie, codo con codo, mirando hacia abajo. Se habían despedido de muchos camaradas desde Culloden, aunque, a menudo, con menos ceremonia.

Por último, Jamie hizo un gesto a Fergus, quien encendió una ramita de pino con mi antorcha, se inclinó y prendió la mecha de la vela.

— Requiem aeternam dona ei, et lux perpetua luceat ei... — pronunció Jamie con una voz pausada.

— Señor, concédele el descanso eterno y permite que la luz eterna lo ilumine — repitió en voz baja Ian, con un gesto solemne iluminado por la antorcha.

Sin una palabra más, nos volvimos y salimos del cementerio. Detrás de nosotros, la vela ardía sin parpadear en el aire estancado y pesado, como la lámpara del sagrario en una iglesia vacía.

La luna estaba alta en el cielo cuando llegamos al puesto de control militar, fuera de las murallas de la ciudad. Había una media luna, pero desprendía suficiente luz para poder ver el trazado aplastado y polvoriento del camino frente a nosotros, suficientemente amplio para que dos carros viajaran a la par.

Ya habíamos encontrado varios puestos similares en el camino, entre Savannah y Charleston, la mayoría de ellos consistentes en soldados aburridos que nos saludaban sin molestarse en controlar los pases que traíamos de Georgia. Lo que más preocupaba a los puestos de control militar era interceptar los bienes de contrabando, así como la captura de algún esclavo ocasional que hubiera escapado de su propietario.

Aunque estábamos sucios y desarrapados, pasábamos inadvertidos, ya que muy pocos viajeros tenían mejor aspecto. Fergus y Duncan no podían ser esclavos, puesto que estaban lisiados, y la presencia de Jamie trascendía más allá de su atuendo. Por muy gastada que estuviera su chaqueta, nadie lo tomaría por un sirviente.

Sin embargo, aquella noche era diferente. Había ocho soldados en el puesto de vigilancia, no dos como era habitual, y todos estaban armados y alerta. Las bayonetas brillaron a la luz de la luna mientras el grito de «¡Alto! ¡Nombre y destino!» llegaba desde la oscuridad. Un farol me iluminó la cara, cegándome durante un instante.

— James Fraser, rumbo a Wilmington, con mi familia y sirvientes. — La voz de Jamie era tranquila y sus manos sostenían las riendas con firmeza cuando me las entregó para buscar los pases, que se encontraban en su abrigo.

Mantuve la cabeza baja, tratando de parecer cansada e indiferente. Sí, estaba cansada (hubiera podido tenderme en el camino y dormirme), pero de ninguna manera indiferente. Me pregunté cuál sería la pena por ayudar a escapar a un fugitivo de la horca. Una única gota de sudor descendió, serpenteando, por mi nuca.

—¿Han visto a alguien por el camino, señor? — El «señor» fue pronunciado de mala gana, ya que su chaqueta y mi falda gastada destacaban a la luz del farol.

— Un carruaje que se cruzó con nosotros. Venía del pueblo y supongo que lo habrán visto — respondió Jamie. El sargento gruñó y revisó con cuidado los documentos. A continuación, entornó los ojos en la oscuridad para contar y asegurarse de que los cuerpos presentes concordaban.

—¿Qué es lo que llevan? — Nos devolvió los pases e hizo una seña a uno de sus subordinados para que revisara el carro. Pegué un tirón a las riendas sin darme cuenta y los caballos resoplaron y sacudieron sus cabezas. El pie de Jamie golpeó con suavidad el mío, pero no me miró.

— Cosas para la casa — respondió Jamie, siempre con calma —. Medio venado y una bolsa de sal como provisiones. Y un cadáver.

El soldado que había empezado a revisar el carro se detuvo de inmediato. El sargento levantó la cabeza bruscamente.

—¿Un qué?

Jamie me quitó las riendas y las enrolló descuidadamente alrededor de su muñeca. Con el rabillo del ojo pude ver cómo Duncan se alejaba poco a poco hacia la oscuridad del bosque. Fergus, con sus aptitudes de carterista, ya había desaparecido.

— El cuerpo del hombre que han colgado esta tarde. Lo conocía y he pedido permiso al coronel Franklin para llevárselo a sus parientes, que se encuentran en el norte. Por eso viajamos por la noche — añadió de manera sutil.

— Ya veo. — El sargento aproximó el farol y miró a Jamie, con los ojos entornados. Luego asintió —. Ya recuerdo — dijo —. Usted lo ha llamado en el último momento. ¿Un amigo, entonces?

— Lo conocí hace tiempo. Hace algunos años.

El sargento asintió sin dejar de mirar a Jamie e hizo un gesto a su subordinado.

— Echa un vistazo, Griswold.

Griswold, de unos catorce años, demostró una notable falta de entusiasmo ante la orden, pero apartó la lona y levantó el farol para mirar en el interior del carro. Tuve que hacer un esfuerzo para no darme la vuelta y mirar.

El caballo resopló y movió la cabeza. Si teníamos que salir huyendo, los caballos necesitarían varios segundos para poner el carro en marcha. Oí que Ian se movía detrás de mí y posaba una mano sobre el bastón de nogal que estaba guardado bajo el asiento.

— Sí, señor, es un cuerpo — informó Griswold —. Con una mortaja. — Dejó caer la lona con un suspiro de alivio y respiró profundamente por la nariz.

— Cala la bayoneta y pínchalo — ordenó el sargento sin apartar los ojos de Jamie. Debí de moverme, porque el sargento me miró de reojo.

— Van a ensuciar mi carro — se quejó Jamie —. El hombre estará bastante descompuesto después de un día al sol, ¿no cree?

El sargento resopló con impaciencia.

— Entonces pínchalo en la pierna. ¡Vamos, Griswold!

Con un marcado aire de disgusto, Griswold preparó su bayoneta y se puso de puntillas para cumplir su tarea en la base del carro. Detrás de mí, Ian había empezado a silbar suavemente. Una canción en gaélico cuyo título se traducía como «Moriremos en la mañana», cosa que me pareció de muy mal gusto.

— Señor, está bien muerto — informó con alivio Griswold, enderezándose sobre sus talones —. He clavado con fuerza la bayoneta y no se ha movido.

— Muy bien. — Despidió al joven soldado con un gesto y se dirigió a Jamie —. Siga adelante, señor Fraser. Pero en el futuro elija a sus amigos con más cuidado.

Los nudillos de Jamie se pusieron blancos por la tensión sobre las riendas, pero sólo se enderezó y se acomodó mejor el sombrero sobre la cabeza. Chasqueó la lengua y los caballos se pusieron en marcha de inmediato, lo que provocó nubes de polvo pálido a la luz de la antorcha.

La oscuridad parecía tragarnos después de la luz; apenas se podía ver nada, pese a la luna. La noche nos envolvía. Sentí el alivio que siente un animal al que están cazando cuando encuentra un refugio seguro y, pese al calor opresivo, respiré con más libertad.

Recorrimos una distancia bastante larga antes de que alguien hablara.

—¿Está herido, señor Bonnet? — susurró Ian de manera casi inaudible con el traqueteo del carro.

— Sí, ese maldito cachorro me ha pinchado en el muslo. — La voz de Bonnet era baja, pero tranquila —. Gracias a Dios, se ha alejado antes de ver la sangre. Los muertos no sangran.

—¿Está malherido? ¿Quiere que vaya a examinarlo? — Me di la vuelta. Bonnet había retirado la cubierta de lona y estaba sentado, formando una difusa y pálida figura en la oscuridad.

— No, muchas gracias, señora. Me he vendado con el calcetín y espero que sea suficiente. — Estaba recuperando la visión nocturna; pude ver el destello del cabello rubio mientras inclinaba la cabeza para observar su trabajo.

—¿Cree que podrá caminar? — Jamie redujo la marcha de los caballos y se volvió para mirar a nuestro huésped. Aunque su tono no era hostil, estaba claro que quería deshacerse de su peligrosa carga tan pronto como fuera posible.

— Con facilidad, no. Lo siento, señor. — Bonnet se daba cuenta del deseo de Jamie de librarse de él. Con alguna dificultad, se enderezó en el carro, levantando la rodilla de la pierna sana. En la oscuridad casi no podía verlo, pero podía oler la sangre, un olor más fuerte que el que desprendía la mortaja de Gavin.

— Una sugerencia, señor Fraser. En unos cinco kilómetros llegaremos al camino del embarcadero. Más allá del camino transversal hay otro que conduce a la costa. Éste nos llevará hasta el borde de un riachuelo con salida al mar. Unos socios míos anclarán allí esta semana. Si me dan algunas provisiones podré esperarlos con razonable seguridad, y ustedes podrán seguir su camino sin la molestia de mi compañía.

—¿Socios? ¿Quiere decir piratas? — El tono de Ian tenía algo de enojo. Después de que los piratas lo secuestraran en Escocia no los consideraba nada románticos, como hubiera sido normal a los quince años.

— Eso depende de cómo lo mires, muchacho — respondió Bonnet con humor —. Los gobernadores de Carolina seguro que nos consideran así; los comerciantes de Wilmington y Charleston tal vez nos miren de otra forma.

Jamie resopló con desprecio.

— Contrabandistas, ¿eh? ¿Y con qué comercian sus socios?

— Con cualquier cosa que tenga un precio que haga que valga la pena el riesgo. — El tono de Bonnet continuaba siendo divertido, pero ahora estaba teñido de cinismo —. ¿Desea algún premio por su ayuda? Eso puede arreglarse.

— No lo busco — respondió Jamie con frialdad —. Lo he ayudado por la memoria de Gavin y porque he querido. No voy a buscar una recompensa por ese servicio.

— No he querido ofenderle, señor. — Bonnet inclinó un poco la cabeza hacia nosotros.

— No lo ha hecho — respondió Jamie, cortante. Sacudió las riendas y se las enrolló de nuevo en la otra mano.

Después de este intercambio, la conversación terminó, aunque Bonnet siguió arrodillado en la parte de atrás, mirando por encima de mi hombro hacia el camino oscuro. Sin embargo, no encontramos más soldados, y nada se movía, ni siquiera la brisa entre las hojas de los árboles. Nada alteraba el silencio de la noche de verano, excepto el graznido ocasional de algún ave nocturna al pasar, o el ulular de un búho.

El suave y rítmico sonido de los cascos de los caballos sobre el polvo y el chirrido y el traqueteo del carro empezaron a adormecerme. Intenté mantenerme erguida, observando las sombras negras de los árboles del camino, pero me iba inclinando poco a poco hacia Jamie, y los ojos se me cerraban pese a todos mis esfuerzos.

Jamie cogió las riendas con su mano izquierda y me pasó el otro brazo para que descansara sobre su hombro. Como siempre, me sentía segura cuando lo tocaba. Me quedé tranquila, con la mejilla apoyada sobre la sarga sucia de su chaqueta, y de inmediato me amodorré, consecuencia de la combinación de profundo agotamiento y la imposibilidad de estar acostada.

Abrí los ojos en una ocasión y vi a Duncan Innes caminando al lado del carro con su incansable paso de montañés, con la cabeza inclinada, sumido en profundos pensamientos. Luego los cerré de nuevo, mezclando los sucesos del día con fragmentos de sueños dispersos. Soñé con una mofeta enorme que dormía bajo la mesa de una taberna y se despertaba para unirse al coro de La bandera tachonada de estrellas, y luego con un cadáver que se balanceaba y levantaba su cabeza colgante para sonreír con las cuencas de los ojos vacías... Me desperté cuando Jamie me sacudió suavemente.

— Será mejor que te vayas atrás y te acuestes, Sassenach — dijo —. Te mueves mucho y temo que termines durmiendo en el camino.

Acepté adormilada y me coloqué detrás, cambiando el sitio a Bonnet, para tumbarme en la base del carro junto a la forma dormida del joven Ian. Olía a humedad y a cosas peores. Ian tenía la cabeza apoyada en un trozo de venado envuelto con su piel. Rollo estaba mejor, ya que su cabeza peluda descansaba sobre el estómago de Ian. Yo elegí la bolsa de cuero con sal. El cuero me raspaba la mejilla, pero al menos no olía mal.

Las tablas tambaleantes del carro de ninguna manera podían considerarse cómodas, pero el alivio de poder estirarme del todo era tan consolador que apenas notaba los golpes y los baches. Me coloqué boca arriba y levanté la mirada hacia difusa inmensidad del cielo sureño, salpicado de estrellas centelleantes. «Lumen Christi», pensé, y, reconfortada por la idea de Gavin Hayes encontrando su camino a casa mediante las luces del firmamento, me quedé dormida de nuevo.

No puedo decir cuánto tiempo dormí, envuelta en una manta de calor y agotamiento. Me desperté cuando cambió el ritmo del carro, navegando hacia la superficie de la consciencia y empapada de sudor.

Bonnet y Jamie conversaban en voz baja, con más afabilidad, después de la primera desconfianza.

— Usted ha dicho que me ha salvado por la memoria de Gavin y porque ha querido — decía Bonnet en voz baja, pero audible por encima del ruido de las ruedas —. Si me perdona la pregunta, ¿qué quería decir con eso, señor?

Jamie no contestó enseguida; casi volví a dormirme antes de que hablara, pero su respuesta llegó, finalmente, flotando incorpórea en el aire cálido y oscuro.

— Anoche no debió de dormir mucho, ¿no? Sabiendo lo que lo esperaba durante el día...

Bonnet rió por lo bajo, sin muchas ganas.

— Cierto — respondió —, dudo que lo olvide.

— Yo tampoco. — Jamie dijo algo en gaélico a los caballos, que redujeron la marcha —. En una ocasión pasé una noche así, sabiendo que me iban a colgar por la mañana. Y, sin embargo, viví, gracias a alguien que corrió un gran riesgo para salvarme.

— Ya veo — murmuró Bonnet —. Entonces usted es un asgina ageli.

—¿Sí? ¿Y eso qué es?

Se produjo un sonido de rasguños y roce de hojas en un lado del carro, y, de repente, aumentó el aroma acre a savia de los árboles. Algo ligero me tocó la cara: hojas que caían. Los caballos redujeron la velocidad, y el ritmo del carro cambió notablemente cuando las ruedas se encontraron con una superficie irregular. Nos habíamos adentrado en el caminillo que conducía al arroyo de Bonnet.

— Asgina ageli es un término que usan los pieles rojas, los cherokee de las montañas. Lo aprendí de uno que hizo de guía para mí. Quiere decir «medio fantasma», alguien que debía morir pero que sigue en la tierra: una mujer que sobrevive a una enfermedad mortal, un hombre que escapa de las manos de sus enemigos. Dicen que un asgina ageli tiene un pie en la tierra y el otro en el mundo de los espíritus. Puede hablar con ellos y ver a los nunnahee, la Gente Pequeña.

—¿Gente Pequeña? ¿Como los duendes? — Jamie parecía sorprendido.

— Algo por el estilo. — Bonet cambió el peso de lugar, y el asiento chirrió cuando se estiró —. Los indígenas dicen que los nunnahee viven dentro de las rocas, en las montañas, y salen para ayudar a su gente en tiempo de guerra u otras desgracias.

—¿Ah, sí? Se asemejan a los cuentos de las Highlands de Escocia, el antiguo folclore.

— En efecto — respondió divertido Bonnet —. Bueno, por lo que he oído sobre los escoceses de las Highlands, no existe demasiada diferencia entre su conducta bárbara y la de los pieles rojas.

— Tonterías — intervino Jamie, sin asomo de ofensa —. Los salvajes se comen el corazón de sus enemigos, según he oído. Yo prefiero un buen plato de gachas.

Bonnet emitió un ruido, que reprimió de inmediato.

—¿Usted es de las Highlands? Bueno, debo decir que, para ser un bárbaro, lo encuentro muy civilizado — aseguró Bonnet con voz risueña.

— Me siento sumamente agradecido por su opinión, señor — respondió Jamie con la misma amabilidad.

Sus voces se desvanecieron con el chirrido rítmico de las ruedas, y me quedé dormida de nuevo, antes de poder oír más.

Cuando nos detuvimos, la luna estaba por debajo de los árboles. Me despertaron los movimientos del joven Ian cuando saltó somnoliento del borde del carro para ayudar a Jamie con los caballos. Asomé la cabeza para ver un tramo ancho de agua que fluía sobre los bancos de barro y cieno; el arroyo era de un color negro brillante y lanzaba destellos plateados allá donde las ondas tocaban las rocas junto a la orilla. Bonnet, con la habitual sutileza del Nuevo Mundo, podía llamarlo arroyo, pero pensé que la mayoría de los barqueros lo considerarían un río decente.

Los hombres se movían entre las sombras, llevando a cabo sus tareas con apenas algún que otro murmullo ocasional. Se desplazaban con una lentitud desacostumbrada y parecía que se desvanecieran en la noche, frágiles por la fatiga.

— Busca un lugar para dormir, Sassenach — dijo Jamie mientras me ayudaba a bajar del carro —. Voy a ocuparme de las provisiones de nuestro huésped para que se ponga en camino, y de que los animales puedan pastar.

La temperatura apenas había descendido desde el anochecer, pero el aire parecía más fresco allí, junto al agua, y sentí cómo revivía un poco.

— No podré dormir hasta que me bañe — argüí, tirando del corpiño sucio y sudado de mi vestido para alejarlo de mis pechos —. Me siento horrible.

Tenía el cabello pegado por el sudor y me picaba todo el cuerpo por la suciedad. El agua, aunque oscura, parecía fría y tentadora. Jamie la miró con anhelo, tirando de su cuello arrugado.

— No puedo decir que te culpe. Pero ve con cuidado; Bonnet dice que el canal es tan profundo que puede flotar un queche; además, es un estuario y la corriente será muy fuerte.

— Me quedaré cerca de la orilla. — Señalé un recodo del río, donde un pequeño punto de tierra marcaba una curva en el cauce, y sus sauces brillaban con un color plateado oscuro a la luz de la luna —. ¿Ves ese lugar? Ahí debe de haber un remanso.

— Está bien. Ve con cuidado — dijo otra vez, y me apretó el brazo a modo de despedida. Cuando iba a marcharme, una figura grande y pálida apareció ante mí; era nuestro huésped, con una pernera manchada de sangre seca.

— Para servirla, señora — pronunció, haciendo una increíble reverencia pese a su pierna herida —. ¿Puedo decirle ahora adiós? — Estaba más cerca de mí de lo que yo hubiera querido y tuve que reprimir mi necesidad de dar un paso atrás.

— Sí, claro — comenté, y asentí, apartándome un mechón de pelo de la cara —. Buena suerte, señor Bonnet.

— Le agradezco sus buenos deseos — respondió suavemente —. Pero he descubierto que, a menudo, es el hombre el que consigue su buena suerte. Buenas noches, señora. — Se inclinó una vez más y se marchó, cojeando bastante, como el fantasma de un oso lisiado.

La corriente del arroyo atenuaba la mayoría de los sonidos nocturnos habituales. Vi cómo un murciélago pasaba con celeridad bajo un pedazo de cielo iluminado por la luna sobre el agua, persiguiendo insectos demasiado pequeños como para verlos, y después cómo se desvanecía en la noche. Si había algo más acechando en la oscuridad, lo hacía en silencio.

Jamie gruñó suavemente para sí.

— Bueno, tenía mis dudas con ese hombre — dijo como si respondiera una pregunta que yo no le había formulado —. Espero haber sido blando de corazón y no falto de juicio por ayudarle.

— Después de todo, no podías dejar que lo colgaran — concluí.

— Oh, sí. Podía — aclaró, sorprendiéndome. Vio cómo yo levantaba la vista para mirarlo y sonrió, torciendo la boca de una manera apenas perceptible en la oscuridad —. La Corona no siempre se equivoca, Sassenach. La mayoría de las veces, el hombre que termina colgado de la cuerda lo merece. Y no me gustaría pensar que he ayudado a que un maleante quedara en libertad. — Se encogió de hombros, apartándose el pelo de la cara —. Bueno, ya está hecho. Ve a bañarte, Sassenach. Iré contigo tan pronto como pueda.

Me puse de puntillas para besarlo y sentí su sonrisa. Mi lengua tocó su boca a modo de delicada invitación, y él me mordió con suavidad el labio inferior como respuesta.

—¿Podrás esperarme despierta, Sassenach?

— Todo el tiempo que sea necesario — aseguré —. Pero date prisa, ¿quieres?

Bajo los sauces había una pequeña explanada cubierta de hierba. Me quité la ropa con lentitud, disfrutando de la brisa a través del tejido húmedo de la camisa y las medias, y de la liberación final cuando las últimas prendas cayeron al suelo y me quedé desnuda en medio de la noche. Entré en el agua con cuidado. Estaba sorprendentemente fría, helada en contraste con el aire cálido de la noche. El fondo bajo mis pies era de barro, pero se transformaba en arena fina a un metro de la orilla. Pese a que era un estuario, habíamos avanzado corriente arriba y el agua era fresca y dulce. Bebí y me mojé la cara para eliminar el polvo de la garganta y la nariz.

Me adentré hasta que el agua me llegó a la mitad del muslo, consciente de las advertencias de Jamie en cuanto a los canales y las corrientes. Tras el calor abrasador del día y el abrazo asfixiante de la noche, la sensación de frescura sobre la piel desnuda resultaba un alivio abrumador. Ahuequé las manos para recoger agua fría y me salpiqué la cara y los pechos; las gotas descendían por mi abdomen y me producían un frío cosquilleo entre las piernas.

Podía sentir el suave movimiento de la corriente golpeando mis pantorrillas y empujándome hacia la orilla. Pero todavía no estaba lista para salir. No tenía jabón; me puse de rodillas, me enjuagué el cabello varias veces en el agua oscura y me froté el cuerpo con arena hasta que mi piel quedó resplandeciente.

Por último, trepé a una plataforma rocosa y me recosté como si fuera una sirena a la luz de la luna. El aire cálido y las piedras recalentadas por el sol eran un alivio para mi cuerpo helado. Me desenredé el abundante cabello rizado con los dedos, dispersando gotas de agua. La piedra mojada olía a lluvia polvorienta y hormigueante. Me sentía muy cansada y, al mismo tiempo, muy viva, en un estado de semiconsciencia en el que el pensamiento disminuye y las pequeñas sensaciones físicas se magnifican. Moví los pies descalzos lentamente sobre la roca de piedra arenisca, disfrutando de la ligera fricción, y pasé una mano con cuidado por la parte interior de mi muslo, provocando una oleada de carne de gallina a su paso.

Mis pechos se elevaron bajo la luz de la luna, como si se tratara de cúpulas blancas y frescas cubiertas de gotas transparentes. Me rocé un pezón y vi cómo se endurecía poco a poco, elevándose como por arte de magia.

El lugar parecía mágico. La noche estaba silenciosa y tranquila, pero con una atmósfera lánguida que se asemejaba a flotar en un mar cálido. Tan cerca de la costa, el cielo estaba limpio, y las estrellas brillaban como diamantes, con una luz radiante y feroz.

Un suave chapoteo hizo que mirara hacia el agua. Nada se movía en la superficie salvo los débiles resplandores de las estrellas, como si se tratara de luciérnagas atrapadas en una tela de araña.

Mientras observaba, una gran cabeza surgió del agua en medio del arroyo, con el agua deslizándose por su hocico puntiagudo. Había un pez en las fauces de Rollo. Vi brevemente el aleteo y el destello de sus escamas mientras el perro sacudía la cabeza y lo partía. El enorme perro nadó poco a poco hasta la orilla, sacudió su pelaje y se alejó con la cena colgando, inmóvil y brillante, en la boca. Se detuvo un momento en el extremo más alejado del arroyo, mirándome, con el pelaje oscuro del lomo formando una sombra que enmarcaba los ojos amarillos y el pescado reluciente. «Como una pintura primitiva — pensé —; algo de Rousseau, con el contraste de su profundo salvajismo y una inmovilidad total.»

El perro desapareció y en la orilla no quedaron más que los árboles, que escondían lo que estuviera oculto tras ellos. ¿Y qué podía ser?, me pregunté. Más árboles, contestó la parte lógica de mi mente.

— Y muchas cosas más — susurré, mirando hacia la misteriosa oscuridad.

La civilización (incluso la primitiva a la que me había acostumbrado) no era más que una fina media luna en el borde del continente. A trescientos veinte kilómetros de la costa, ya no había granjas ni ciudades. Y más allá, había cuatro mil ochocientos kilómetros... ¿de qué? Tierra salvaje, sin duda, y peligro. También aventura... y libertad.

Después de todo, era un mundo nuevo, libre de temores y lleno de alegría ahora que Jamie y yo estábamos juntos, con toda la vida por delante. Separación y dolor quedaban atrás. Ni siquiera pensar en Brianna me causaba pesadumbre. La echaba muchísimo de menos y pensaba en ella muy a menudo, pero sabía que se encontraba a salvo en su propio tiempo y eso convertía su ausencia en algo fácil de soportar.

Me recosté sobre la roca. El calor del día irradiaba desde su superficie a mi cuerpo, feliz de estar vivo. Veía gotas de agua secarse sobre mis pechos; se convertían en una película de humedad y, a continuación, desaparecían.

Pequeñas nubes de mosquitos planeaban sobre el agua; no podía verlos, pero sabía que estaban allí por el chapoteo ocasional de un pez que saltaba para atraparlos en el aire.

Los insectos eran una plaga constante. Examinaba la piel de Jamie cada mañana, le quitaba garrapatas voraces y pulgas, y untaba con generosidad a los hombres con jugo de poleo y hojas de tabaco machacadas. Eso impedía que fueran devorados vivos por las nubes de mosquitos, zancudos y mosquitos carnívoros que merodeaban por las sombras de los bosques, pero no repelía las hordas de insectos que hacían que enloquecieran al introducirse en orejas, ojos, narices y bocas.

Por extraño que parezca, la mayoría de los insectos me dejaban tranquila. Ian bromeaba, diciendo que el fuerte aroma de las hierbas que llevaba colgadas debía ahuyentarlos. Pero yo creía que se debía a otra cosa; aun cuando estaba recién bañada, los insectos no mostraban interés por mí.

Más bien consideraba que tenía su explicación en una particular manifestación de la evolución que, suponía, me protegía de resfriados y otras dolencias menores. Los bichos sedientos de sangre, como los microbios, evolucionaban junto con los humanos, y eran muy sensibles a las sutiles señales químicas de sus portadores. Al proceder de otra época, ya no emitía las mismas señales y, por tanto, los bichos ya no me consideraban una presa.

— O quizá Ian tenga razón — dije en voz alta. Metí los dedos en el agua y salpiqué a una libélula que descansaba sobre mi roca. No era más que una sombra transparente, sin color a causa de la oscuridad — y simplemente desprendo un olor horrible.

Deseaba que Jamie llegara pronto. Aquellos días de viaje en el carro, sentada a su lado, observando los cambios de su cuerpo mientras conducía, los ángulos de su rostro mientras hablaba y sonreía, eran suficientes para hacer que las manos me ardieran por el deseo de tocarlo. Hacía varios días que no hacíamos el amor debido a la prisa por llegar a Charleston y mis inhibiciones en cuanto a tener relaciones íntimas al alcance del oído de una docena de hombres.

Me rozó una brisa cálida, y el vello púbico me provocó un cosquilleo a su paso. No había prisas, nadie escuchaba. Deslicé una mano sobre la curva suave de mi vientre y hacia la piel más suave entre mis muslos, donde la sangre latía lenta al ritmo del corazón. Ahuequé la mano, sintiendo el dolor húmedo e inflamado del deseo urgente.

Cerré los ojos, acariciándome con suavidad, disfrutando de la sensación de creciente deseo.

—¿Dónde diablos estás, Jamie Fraser? — murmuré.

— Aquí — llegó la respuesta de su voz ronca.

Me sobresalté y abrí los ojos de par en par. Estaba inmóvil en medio de la corriente, a unos dos metros, con los muslos en el agua y los genitales rígidos, oscuros en contraste con el pálido brillo de su cuerpo. Tenía el pelo suelto sobre los hombros. Enmarcaba un rostro pálido como el hueso, con la mirada tan fija e intensa como la del perro lobo. Un profundo salvajismo y una inmovilidad total.

Entonces, decidido, se movió para acercarse. Cuando me tocó, sus muslos estaban fríos como el agua, pero en pocos segundos se calentó y aumentó su ardor. El sudor brotó de repente en aquellos lugares en los que sus manos tocaban mi piel, y la cálida humedad mojó mis senos, que se hincharon al sentir la dureza de su pecho.

Entonces, su boca se movió sobre la mía y me derretí, casi literalmente, en él. No me importaba el calor que hacía, o si la humedad sobre mi piel era mi sudor o el suyo. Incluso las nubes de insectos se tornaron insignificantes. Levanté las caderas y se deslizó dentro, suave y sólido, y el último vestigio de frescura quedó sofocado por mi calor, como el metal frío de una espada cubierta de sangre caliente.

Mis manos se deslizaban sobre una película de humedad que cubría las curvas de su espalda, y mis pechos se bamboleaban contra su pecho, mientras un hilillo de sudor se escurría entre ellos para lubricar la fricción del vientre y los muslos.

— Tu boca está salada y resbaladiza, como tu sexo — murmuró, y movió la lengua para lamer las gotitas saladas de mi cara, como aleteos de mariposa sobre las sienes y los párpados.

Notaba la dureza de la roca que tenía debajo. El calor almacenado del día se elevaba y me atravesaba, y la superficie áspera me arañaba la espalda y las nalgas, pero no me importaba.

— No puedo esperar — jadeó en mi oído.

— No lo hagas — respondí, rodeando su cintura con mis piernas, con la carne fundida en la breve locura de la desintegración —. Había oído hablar de derretirse de pasión — dije jadeando —, pero esto es ridículo.

Levantó la cabeza de mis pechos, haciendo un débil sonido al apartar su mejilla mojada. Rió y se volvió de lado.

—¡Joder, qué calor hace! — Se apartó el pelo empapado de sudor de la frente y espiró, aún jadeando por el agotamiento —. ¿Cómo lo hace la gente con este calor?

— De la misma manera que lo hemos hecho nosotros — señalé. Yo también jadeaba.

— No pueden — dijo con seguridad —. No todo el tiempo; morirían.

— Bueno, quizá lo hagan más despacio — afirmé —. O bajo el agua. O quizá esperan al otoño.

—¿El otoño? — exclamó —. Después de todo, creo que no quiero vivir en el sur. ¿Hace calor en Boston?

— En esta época del año, sí — le aseguré —. Y hace un frío terrible en invierno. Estoy segura de que te acostumbrarás al calor. Y a los mosquitos.

Se sacudió un mosquito explorador del hombro, y desvió la mirada de mí al arroyo.

— Tal vez sí — intervino —, y tal vez no, pero por ahora... — Me pasó los brazos alrededor y giró con la gracia pesada de un tronco; rodamos por el borde de la plataforma hasta que nos caímos al agua.

Nos tumbamos sobre la roca, frescos y húmedos, casi sin tocarnos, mientras las últimas gotas de agua se evaporaban de nuestra piel. Al otro lado del riachuelo, los sauces arrastraban sus hojas por el agua, como ondulantes coronas negras contra el ocaso de la luna. Más allá de los sauces, había un kilómetro tras otro de bosque virgen; por el momento, la civilización no era más que un espejismo en el borde del continente.

Jamie vio que miraba el bosque y adivinó mis pensamientos.

— Supongo que ya no es como la última vez que estuviste aquí.

Hizo un gesto hacia la frondosa oscuridad.

— Bueno, sí, un poco. — Enlacé nuestras manos y acaricié sus huesudos nudillos con el pulgar —. Los caminos estaban asfaltados, no empedrados, cubiertos de una materia lisa y dura, inventada por un escocés llamado MacAdam.

Gruñó y me miró con una expresión burlona.

— Entonces, ¿habrá escoceses en América? Fabuloso.

Ignoré su comentario y continué mientras miraba fijamente las sombras temblorosas, como si pudiera hacer que aparecieran las ciudades, que estaban desarrollándose y que algún día florecerían allí.

— Habrá mucha gente distinta. Todo estará ocupado, desde aquí hasta un lugar llamado California, que se encuentra en la costa oeste. Pero por ahora — me estremecí, pese al aire caliente — son cuatro mil ochocientos kilómetros de tierra virgen. No hay nada.

— Bueno, nada salvo miles de salvajes sedientos de sangre — intervino con sentido práctico —. Y sin olvidar a los extraños animales salvajes.

— Bueno, sí, supongo que también — acepté. Era una idea inquietante. Por supuesto que sabía, de forma vaga y académica, que los bosques estaban poblados por indios, osos y otros habitantes del lugar, pero a esa noción general la reemplazaba de inmediato la particular sensación de que podíamos, fácil e inesperadamente, encontrarnos cara a cara con alguno de aquellos residentes.

—¿Qué sucedió con ellos? ¿Con los indios salvajes? — preguntó Jamie con curiosidad mientras, como yo, trataba de adivinar el futuro entre las sombras —. Los derrotaron y los echaron, ¿no?

Sentí otro escalofrío y mis pies se crisparon.

— Sí, así fue — respondí —. Mataron a muchísimos y otros fueron encarcelados.

— Bueno, eso está bien.

— Supongo que depende del punto de vista — argüí en un tono cortante —. No creo que los indios pensaran lo mismo.

— No lo dudo — respondió —. Pero cuando un maldito loco intenta arrancarme el cuero cabelludo, no me preocupa mucho su punto de vista, Sassenach.

— Bueno, pero en realidad no puedes culparlos — protesté.

— Claro que puedo — me aseguró —. Si uno de esos brutos te arrancara el cuero cabelludo, por supuesto que lo culparía.

— Ah... hum — me aclaré la garganta y probé otra vez —. Bueno, ¿y si un grupo de desconocidos aparece y trata de matarte y de quitarte la tierra donde has vivido siempre?

— Lo hicieron — afirmó con dureza —. Si no lo hubieran hecho, todavía estaría en Escocia, ¿no es así?

— Bueno... — dije con cierta inseguridad —. Pero lo que quiero decir es que, en esas circunstancias, tú también lucharías. ¿O no?

Inspiró profundamente y soltó el aire por la nariz.

— Si un inglés viene a mi casa y comienza a perseguirme — argumentó con calma —, claro que pelearé contra él. Y no vacilaré en matarlo. Pero no le arrancaría el cabello, ni tampoco me comería sus partes íntimas. No soy un salvaje, Sassenach.

— Yo no he dicho que lo fueras — protesté —. Todo lo que he dicho ha sido...

— Por otra parte — añadió con una lógica inexorable —, no tengo intenciones de matar a ningún indio. Si no se meten conmigo, yo tampoco los molestaré.

— Estoy segura de que se sentirán aliviados cuando lo sepan — murmuré, cediendo por el momento.

Yacimos abrazados en el hueco de la roca, ligeramente pegados a causa del sudor, mientras observábamos las estrellas. Me sentía muy contenta y, al mismo tiempo, un poco nerviosa. ¿Sería duradero aquel estado de exaltación? Ya había dado por hecho el «para siempre» entre nosotros, pero entonces era más joven.

Dios mediante, pronto nos estableceríamos; encontraríamos un lugar para crear un hogar y una vida. No había nada que deseara más; sin embargo, me preocupaba. Sólo nos habíamos conocido durante unos meses desde mi regreso. Cada caricia, cada palabra seguía teñida de recuerdos y, a la vez, era nueva al redescubrirla. ¿Qué ocurriría cuando nos acostumbráramos el uno al otro, viviendo día a día en una rutina de tareas mundanas?

—¿Crees que te cansarás de mí cuando nos instalemos? — murmuró.

— Me estaba preguntando lo mismo sobre ti.

— No. — Y pude sentir la sonrisa en su voz —. Eso no pasará, Sassenach.

—¿Cómo lo sabes? — pregunté.

— Antes no lo sabía — hizo notar —. Pero estuvimos casados tres años y te deseé tanto el último día como el primero. Tal vez más — dijo suavemente, pensando, como yo, en la última vez que habíamos hecho el amor antes de enviarme a través de las piedras.

Me incliné para besarlo. Tenía un gusto limpio y fresco, con un leve aroma a sexo.

— Yo también.

— Entonces, no te preocupes por eso, Sassenach, yo tampoco lo haré. — Me acarició el cabello, apartando los rizos mojados de mi frente —. Aunque te conociera de toda la vida, creo que siempre te amaría. Y a pesar de todas las veces que hemos hecho el amor, todavía me sorprendes, como esta noche.

—¿Ah, sí? Pero ¿qué es lo que he hecho? — lo contemplé, sorprendida.

— Ah... bueno. Quiero decir... es que...

De repente, parecía tímido.

—¿Hum? — Besé el lóbulo de su oreja.

— Eh... cuando he llegado a tu lado... lo que estabas haciendo... quiero decir... ¿Estabas haciendo lo que pienso?

Sonreí en la oscuridad contra su hombro.

— Supongo que eso depende de lo que pienses, ¿no?

Se incorporó sobre un codo, separando su piel de la mía con un sonido de succión. El punto húmedo al que había estado adherido de repente estaba fresco. Rodó para ponerse de lado y me sonrió.

— Tú sabes bien lo que pienso, Sassenach.

Le toqué la barbilla, ensombrecida por los pelos de la barba que le empezaban a salir.

— Lo sé. Y tú sabes muy bien lo que estaba haciendo. Así que ¿para qué preguntas?

— Bueno, es que... no creía que las mujeres hicieran esas cosas.

La luna iluminaba lo suficiente como para poder ver su ceja torcida.

— Bueno, los hombres lo hacen — señalé —. O, al menos, tú lo hacías. Me contaste que, cuando estabas en prisión, tú...

—¡Eso es diferente! — Pude ver cómo torcía la boca mientras intentaba decidir qué decir —. Yo... es decir, no había remedio. Después de todo, no podía hacer otra cosa.

—¿No lo has hecho en otras ocasiones? — Me incorporé y me ahuequé el cabello húmedo mientras lo miraba de reojo por encima de mi hombro. El rubor no se veía bajo la luz de la luna, pero me pareció que se sonrosaba.

— Sí, bueno — murmuró, ruborizándose —. Supongo que sí. — Un súbito pensamiento hizo que sus ojos se dilataran al mirarme —. ¿Lo has hecho... muchas veces? — La última parte salió en forma de graznido y tuvo que detenerse para aclararse la garganta.

— Supongo que depende de lo que quieras decir con «muchas» — respondí con un toque de aspereza —. Sabes que fui viuda durante dos años.

Se frotó la boca con los nudillos, al mismo tiempo que me examinaba con interés.

— Así que es eso. Es sólo que, bien, nunca había pensado que las mujeres... hicieran esas cosas. — La fascinación superaba con mucho su sorpresa —. ¿Puedes terminar? Quiero decir, ¿sin un hombre?

Lancé una carcajada cuyos ecos resonaron entre los árboles y el arroyo.

— Sí, pero es mucho más bonito con un hombre — aseguré. Me estiré para tocarle el pecho. Podía ver la carne de gallina en su pecho y sus hombros, y se estremeció ligeramente mientras le pasaba la yema del dedo por un pezón formando suaves círculos —. Mucho más — añadí con tranquilidad.

—¡Ah! —exclamó con alegría —. Eso está bien, ¿verdad?

Estaba caliente, más caliente que el aire líquido, y mi primer instinto fue apartarme, pero no lo seguí. El sudor brotó inmediatamente en los lugares en los que reposaban sus manos sobre mi piel, e hilillos de sudor me recorrían el cuello.

— Nunca te había hecho el amor así antes — dijo —. Como anguilas. Con tu cuerpo deslizándose entre mis manos, resbaladiza como las algas marinas.

Ambas manos me recorrieron poco a poco la espalda, y sus pulgares me presionaron el hueco de la columna, haciendo que el vello diminuto de la base de mi cuello se erizara con placer.

— Hum. Eso es porque en Escocia hace demasiado frío como para sudar como cerdos — comenté —. Y ya que estamos, ¿sudan los cerdos? Siempre me lo he preguntado.

— No sabría decirte; nunca le he hecho el amor a un cerdo. — Bajó la cabeza y su lengua rozó mi pecho —. Pero tú tienes un ligero sabor a trucha, Sassenach.

— Tengo sabor... ¿a qué?

— Fresco y dulce, con un poco de sal — explicó, levantando la cabeza durante un instante. La bajó de nuevo y continuó su camino descendente.

— Eso hace cosquillas — argumenté, temblando bajo su lengua, pero sin hacer ningún esfuerzo para escapar.

— Bueno, ésa era la idea — respondió, levantando la cara húmeda para respirar, antes de volver al trabajo —. No me gustaría pensar que puedes prescindir por completo de mí.

— No puedo — le aseguré —. ¡Oh!

—¿Ah? — dijo a modo de pregunta. Me recosté sobre la roca, arqueando la espalda mientras las estrellas giraban con rapidez sobre nosotros.

— He dicho... «oh» — exclamé débilmente. Y después no dije nada coherente durante un rato, hasta que se tumbó jadeando, apoyando la barbilla con suavidad sobre mi hueso púbico. Bajé la mano y le retiré el pelo empapado de sudor de la cara. Él giró la cabeza para besarme la palma.

— Me siento como Eva — murmuré mientras observaba cómo la luna se ponía detrás de él sobre la oscuridad del bosque —. En la orilla del Jardín del Edén.

Su risa burlona sonó cerca de mi ombligo.

— Entonces, supongo que yo soy Adán — comentó Jamie —. En las puertas del Paraíso. — Volvió la cabeza para mirar con añoranza hacia lo desconocido y luego apoyó la mejilla sobre mi vientre —. Pero desearía saber si estoy entrando o saliendo.

Me reí, sorprendiéndolo. Entonces lo cogí de las orejas para obligarlo a que cubriera mi cuerpo.

— Entrando — dije —. Y después de todo, no veo un ángel con su espada levantada.

Se dejó caer sobre mi cuerpo con su piel calenturienta y me estremecí.

—¿No? — murmuró —. Supongo que no has mirado bien.

Entonces la espada entró en mi cuerpo y me inundó con su fuego. Los dos formamos una hoguera tan brillante como las estrellas en una noche de verano. A continuación, nos hundimos, quemados y laxos, y las cenizas se disolvieron en un mar primigenio de sal caliente, mezcladas con crecientes latidos de vida.

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SEGUNDA PARTE

Pretérito imperfecto

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3

El gato del clérigo

Boston, Massachusetts, junio de 1969

—¿Brianna?

—¿Eh? — Se incorporó, con el corazón palpitante y el sonido de su nombre resonando en el oído —. ¿Quién... qué?

— Estabas dormida. Maldición, sabía que tenía mal la hora. Lo siento. ¿Te llamo después?

Fue el ligero acento de su voz el que consiguió, con retraso, que las conexiones confusas de su sistema nervioso adquirieran sentido. Teléfono. Teléfono que suena. Lo cogió como si se tratara de un acto reflejo, profundamente dormida.

—¡Roger! — Aunque se redujo la descarga de adrenalina producida por el súbito despertar, su corazón latía apresurado —. ¡No, no cuelgues! Ya estoy despierta. — Se frotó la cara, tratando de enderezar el cordón del teléfono y arreglar las sábanas.

—¿Estás segura? ¿Qué hora es ahí?

— No lo sé, está demasiado oscuro para ver el reloj — contestó, todavía adormilada. Le llegó una risa entrecortada como respuesta.

— Lo siento mucho; he tratado de calcular la diferencia horaria, pero lo he hecho mal. No quería despertarte.

— Está bien, de todos modos tenía que despertarme para contestar el teléfono — aseguró, y se echó a reír.

— De acuerdo. Bien...

Pudo sentir la sonrisa en su voz, y se acomodó de nuevo sobre las almohadas mientras se apartaba mechones de pelo de los ojos y se adaptaba poco a poco al momento y al lugar. El sentimiento de su sueño aún la envolvía, y era más real que las formas oscuras de su habitación.

— Me alegro de oír tu voz, Roger — dijo con suavidad. Estaba sorprendida de descubrir cuánto le gustaba. Su voz estaba lejos, y aun así parecía mucho más cercana que los gemidos lejanos de las sirenas y el sonido de las ruedas sobre el pavimento mojado en el exterior.

— La tuya también me gusta. — Parecía un poco tímido —. Mira, tengo la oportunidad de ir a una conferencia el mes que viene en Boston. He pensado en ir, si... maldición, no encuentro la forma de decírtelo. ¿Te gustaría verme?

La muchacha apretó con fuerza el teléfono mientras su corazón daba un salto.

— Lo siento — dijo de inmediato Roger antes de que respondiera —. Te estoy poniendo en un compromiso, ¿no? Mira, dime directamente si no tienes ganas.

— Por supuesto que quiero verte.

— Ah. Entonces, ¿no te molesta? Es que no contestaste mi carta. Creía que tal vez había dicho algo...

— No, no lo hiciste. Lo lamento. Es que justo...

— Está bien, no quería...

Sus frases se interrumpieron y ambos esperaron, con súbita timidez.

— No quisiera presionarte...

— No quisiera ser...

Sucedió de nuevo y, esta vez, Roger rió. Se trataba de un sonido grave de diversión escocesa en la vasta distancia del tiempo y el espacio, tan reconfortante como si la hubiera tocado.

— Está todo bien, entonces — intervino Roger con firmeza —. ¿De acuerdo?

La joven no respondió; en su lugar, cerró los ojos con una indefinible sensación de alivio. Roger Wakefield era tal vez la única persona en el mundo que podía comprender; de lo que no se había dado cuenta antes era de lo importante que era la comprensión.

— Estaba soñando cuando ha sonado el teléfono.

—¿Sí?

— Con mi padre. — Se le hizo un nudo en la garganta, como cada vez que pronunciaba esa palabra. Lo mismo le ocurría con «madre». Aún podía oler los pinos calentados por el sol de su sueño y sentir el crujido de las agujas bajo sus botas —. No podía ver su cara. Caminaba con él por un bosque, en algún lugar. Yo lo seguía por una senda y él me hablaba, pero tampoco podía oír lo que me estaba diciendo; me apresuraba, tratando de alcanzarlo para poder escuchar, pero no lo conseguía.

— Pero ¿sabías que era tu padre?

— Sí, o tal vez lo suponía, porque subía por las montañas. Solía hacer eso con papá.

—¿Ah, sí? Yo también solía hacerlo con mi padre. Si alguna vez regresas a Escocia, te llevaré a un munro.

—¿Me llevarás adónde?

Roger rió, y de pronto comenzó a recordar, echándose hacia atrás el pelo negro, que no se cortaba muy a menudo, con los ojos verde musgo entornados a causa de su sonrisa. Se dio cuenta de que se frotaba el labio con el pulgar y se contuvo. La había besado cuando se despidieron.

— Un munro es cualquier cumbre en Escocia, siempre que tenga más de novecientos metros. Hay tantas, que se trata de ver cuántas puedes trepar. Los muchachos las coleccionan, como figuritas o cajas de cerillas.

—¿Dónde estás ahora, en Escocia o en Inglaterra? — preguntó, interrumpiendo antes de que pudiera contestarle —: No, déjame ver si puedo adivinar. Estás en... Escocia. Estás en Inverness.

— Cierto. — La sorpresa era evidente en su voz —. ¿Cómo lo sabes?

Ella se estiró, cruzando lentamente sus largas piernas bajo las sábanas.

— Pronuncias más las erres cuando hablas con escoceses — infirió —. No lo haces cuando hablas con ingleses. Me di cuenta de eso cuando fuimos a Londres. — No había más que un ligero deje en su voz; se estaba volviendo más fácil, pensó.

— Y yo que había creído que tenías poderes psíquicos — dijo él, riendo.

— Desearía que estuvieras aquí ahora — intervino, impulsiva.

—¿En serio? — Pareció sorprendido y con una súbita timidez —. Ah, bueno... Eso está bien, ¿verdad?

— Roger, la causa por la que no te contesté...

— No tienes que preocuparte por eso — dijo rápidamente —. Estaré ahí dentro de un mes y entonces podremos hablar. Bree, yo...

—¿Sí?

— Me alegro de que hayas dicho que sí.

Después de cortar la comunicación no pudo volver a conciliar el sueño; inquieta, bajó de la cama y se dirigió a la cocina del pequeño apartamento para buscar un vaso de leche. Sólo después de varios minutos tras mirar sin ver, frente a la nevera abierta, se dio cuenta de que no estaba viendo una hilera de tarros de salsa de tomate y latas semivacías. Lo que veía eran piedras negras en el pálido cielo del amanecer.

Se enderezó con una pequeña exclamación de impaciencia y cerró la puerta de golpe. Se estremeció un poco y se frotó los brazos, que estaban fríos debido al aire acondicionado. Sin pensarlo, alargó la mano y lo apagó; a continuación, se acercó a la ventana y la levantó, para permitir que entrara la cálida humedad de la lluviosa noche estival. Tendría que haberle escrito. De hecho, había escrito, lo había hecho varias veces; intentos inconclusos que terminaron en la papelera a causa de la frustración.

Sabía la causa, o creía que la sabía. Explicárselo con coherencia a Roger era otra cosa.

Estaba el simple instinto del animal herido; el impulso de correr y esconderse para no ser lastimado. Lo que había sucedido el año anterior no era en absoluto culpa de Roger, pero estaba intrínsecamente ligado a todo.

Había sido muy tierno y bueno después, tratándola como si estuviera de luto, que era como se sentía. Pero ¡qué extraño luto! Su madre se había ido para siempre, aunque (era su esperanza) no había muerto. Y, sin embargo, en algunos momentos, era como cuando murió su padre; creer en una vida de dicha después de la muerte, confiando, de todo corazón, en que el ser amado estuviera seguro y contento, pero sin dejar de sufrir los tormentos de la pérdida y la soledad.

Pasó una ambulancia por el parque, con la luz roja latente en la oscuridad y la sirena atenuada por la distancia.

Se persignó como de costumbre, y murmuró «Miserere nobis» entre dientes. La hermana Marie Romaine le había dicho en quinto que los muertos y aquellos que estaban a punto de fallecer necesitaban sus oraciones; había inculcado aquella idea en sus clases con tanta fuerza que ninguno de los niños había sido capaz de presenciar una escena de emergencia sin pronunciar una pequeña oración en silencio, para socorrer las almas de aquellos que van a ir al cielo de manera inminente.

Rezaba por ellos cada día, por su madre y su padre, sus padres. Ésa era la otra parte. Su tío Joe sabía la verdad sobre su padre, pero sólo Roger podía entender verdaderamente lo que había sucedido; sólo Roger había oído las piedras.

Nadie podía vivir una experiencia así sin quedar marcado. Ni él, ni ella. Después de que Claire se fuera, Roger quería que ella se quedara, pero no pudo.

Le había explicado que tenía cosas que hacer en Estados Unidos, como ocuparse de algunos temas, terminar sus estudios... Era verdad. Pero lo más importante era que tenía que alejarse; marcharse de Escocia y del círculo de piedras, regresar a un lugar donde pudiera curarse y empezar a reconstruir su vida. Si permanecía con Roger, no podría olvidar, ni siquiera por un momento, lo que había sucedido. Y ésa era la última razón, la pieza final de su rompecabezas de tres piezas.

Roger la había protegido y le había dado cariño. Su madre la dejó a su cuidado y Roger había cumplido con esa tarea. Pero ¿lo había hecho para cumplir con su promesa a Claire, o porque de verdad le importaba? En cualquier caso, no era la base para un futuro compartido, con el peso abrumador de la obligación en ambos lados.

Si existiera algún futuro para ellos... y eso era lo que no podía decirle por escrito, porque ¿cómo podía decirlo sin parecer presuntuosa e idiota?

— Aléjate, así podrás regresar y hacer las cosas bien — murmuró, haciendo una mueca ante esas palabras. La lluvia seguía cayendo y refrescando el aire lo suficiente como para respirar con comodidad. Estaba a punto de amanecer, pensó, pero el aire seguía siendo tan cálido que la humedad se condensaba sobre la piel fresca de su cara; se le formaban pequeñas gotas de agua, que se deslizaban por su cuello, una a una, humedeciendo la camiseta de algodón con la que dormía.

Deseaba dejar atrás los sucesos del mes de noviembre, cortar de raíz. Cuando transcurriera el tiempo suficiente, tal vez podrían volver a encontrarse. No como actores secundarios en el drama de la vida de sus padres, sino como protagonistas de la obra que ellos mismos eligieran.

Así, si algo tenía que pasar entre ella y Roger Wakefield, decididamente sería por su propia voluntad. Ahora que parecía que iba a tener la posibilidad de elegir, la perspectiva le producía una sensación de excitación en la boca del estómago. Se pasó la mano por la cara, recogiendo las gotas de lluvia y pasándoselas por el pelo para domar los mechones flotantes; como no podía dormir, se pondría a trabajar.

Dejó la ventana abierta, sin importarle que la lluvia formara un charco en el suelo. Estaba demasiado inquieta como para permanecer encerrada y refrescándose con aire artificial.

Encendió la lámpara del escritorio y abrió los libros de cálculo. Una pequeña e inesperada gratificación por su cambio de carrera fue el descubrimiento de los efectos calmantes de las matemáticas.

Cuando regresó a Boston, sola en la universidad, la ingeniería le pareció una elección mucho más segura que la historia. Era algo sólido, inmutable, tranquilizador y ligado a los hechos de la realidad. Y, ante todo, controlable. Levantó un lápiz, lo afiló poco a poco, disfrutando del acto de preparación, y a continuación inclinó la cabeza y leyó el primer problema.

Lentamente, la lógica inexorable de los números fue urdiendo una telaraña en el interior de su cabeza, atrapando todos los pensamientos fortuitos y envolviendo las emociones turbadoras en hilos de seda como si se tratara de moscas. La lógica tejía su red en torno al eje del problema, de una manera pulcra y hermosa, como si de la confección brillante de un arácnido se tratara. Sólo un pequeño pensamiento había quedado libre, aleteando en su mente como una brillante y diminuta mariposa: me alegro de que hayas dicho que sí. Ella también.

Julio de 1969

—¿Habla como los Beatles? ¡Ay, me muero si habla como John Lennon! Ya sabes cómo. ¡A mí me vuelve loca!

—¡No tiene nada que ver con John Lennon, por el amor de Dios! — exclamó Brianna. Examinó el lugar, pero la puerta de llegadas internacionales todavía estaba vacía —. ¿No conoces la diferencia entre uno de Liverpool y un escocés?

— No — dijo con despreocupación su amiga Gayle mientras agitaba su cabello rubio —. Para mí, todos los ingleses hablan igual. ¡Los podría escuchar toda la vida!

—¡No es inglés! ¡Ya te he dicho que es escocés!

Gayle lanzó a Claire una mirada que daba a entender que, evidentemente, su amiga estaba loca.

— Escocia es parte de Inglaterra, lo he buscado en el mapa.

— Escocia es parte de Gran Bretaña, no de Inglaterra.

—¿Cuál es la diferencia? — Gayle asomó la cabeza y estiró el cuello alrededor de la columna —. ¿Por qué lo esperamos aquí? No nos verá.

Brianna se alisó el cabello. Estaban detrás de una columna porque no estaba segura de si deseaba que las viera. No obstante, no había mucho que hacer; pasajeros desaliñados comenzaban a salir poco a poco a través de las puertas dobles, cargados con su equipaje.

Dejó que Gayle la llevara hasta la zona principal de recepción mientras seguía hablando sin ton ni son. La lengua de su amiga tenía una doble vida; en clase, Gayle era capaz de elaborar un discurso frío y lógico, pero en su vida social parloteaba sin cesar. Ésa era la causa por la que Bree había pedido a Gayle que la acompañara al aeropuerto a buscar a Roger; evitaría silencios incómodos durante la conversación.

—¿Ya lo has hecho con él?

Miró a Gayle, sobresaltada.

—¿Si ya he hecho qué?

Gayle cerró los ojos.

— Jugar a meter la pelotita en el hoyo. ¡Francamente, Bree!

— No. Por supuesto que no — dijo, ruborizándose.

— Bueno, ¿y lo vas a hacer?

—¡Gayle!

— Bueno, tienes tu propio apartamento y nadie te va a...

En aquel incómodo momento apareció Roger Wakefield, vistiendo una camisa blanca y unos tejanos gastados. Brianna se puso tan rígida al verlo que Gayle volvió la cabeza para descubrir el motivo.

— Aaah — dijo, encantada —. ¿Es él? ¡Parece un pirata!

Así era; a Brianna le temblaron las rodillas. Roger era lo que su madre llamaba un celta negro, con la piel color oliva claro, el cabello negro, pestañas negras tupidas y los ojos, que uno esperaría que fueran de color azul, de un sorprendente verde profundo. Con el pelo bastante largo, despeinado y barbudo, no sólo parecía un libertino, sino también un ser peligroso.

Una sensación le recorrió la columna al verlo, y se frotó las palmas sudorosas en los lados de sus vaqueros bordados. No debía haber dejado que viniera.

Entonces Roger la vio y su rostro se iluminó. A su pesar, Brianna sintió que su cara, como respuesta, se llenaba con una gran sonrisa. Olvidando sus dudas, corrió esquivando niños y carros con equipajes.

Se encontraron a mitad del camino y casi la levantó del suelo al abrazarla con tanta fuerza como para romperle las costillas. La besó, se detuvo y la besó otra vez raspándola con la barba. Olía a jabón y a sudor y sabía a whisky escocés. Brianna no quería que se detuviera.

La soltó cuando los dos se quedaron sin aliento.

— Ejem — dijo una voz cerca de Brianna. Se apartó de Roger y descubrió a Gayle sonriendo de manera angelical bajo su flequillo rubio, y saludó con la mano con un gesto infantil.

— Hoo-laa — saludó —. Tú debes de ser Roger, porque si no fuera así, Roger sufriría una conmoción al verte, ¿no?

Lo miró de arriba abajo, con evidente aprobación.

—¿Y además tocas la guitarra?

Brianna no había reparado en el estuche que había en el suelo. Roger lo levantó para colgárselo del hombro.

— Bueno, éstas son las habichuelas de mi viaje — comentó, dirigiendo una sonrisa a Gayle, quien se apoyó una mano sobre el corazón en un simulado gesto de éxtasis.

—¡Repite eso! — dijo Gayle.

—¿Que repita qué? — Roger parecía intrigado.

— Habichuelas — intervino Brianna, colgándose del hombro una de las bolsas —. Quiere oír tu acento. Gayle tiene pasión por el acento británico. Ella es Gayle. — Señaló a su amiga con un gesto de resignación.

— Ah, ya me doy cuenta — se aclaró la garganta, mirando fijamente a Gayle, y bajó una octava el tono de su voz —. Trrres rrrreses rrrrrumiantes rrrremaban rrrrápidamente a la orilla del rrrío. ¿Está bien así?

—¿Queréis terminar con eso? — Brianna miró enfadada a su amiga, que se había desplomado de manera teatral en una de las sillas de plástico —. Ignórala — advirtió a Roger, dirigiéndose hacia la puerta. Con una mirada cautelosa a Gayle, hizo caso de su consejo y, recogiendo una enorme caja atada con un cordón, la siguió hacia el vestíbulo —. ¿Qué has querido decir con lo de las habichuelas? — preguntó, tratando de retomar una conversación más normal.

Roger rió, un poco engreído.

— Bueno, la conferencia sobre historia me paga el viaje, pero no se hacen cargo de los gastos. Así que me las arreglé para conseguir un trabajo con el que costeármelos.

—¿Tocando la guitarra?

— Durante el día, el respetable historiador Roger Wakefield es un inofensivo académico de Oxford. Pero ¡por la noche saca su tartán y se convierte en el marchoso Roger MacKenzie!

—¿Quién?

Sonrió ante su sorpresa.

— Bueno, interpreto canciones folclóricas escocesas en festivales y ceilidhs, Juegos de las Highlands y similares. Voy a cantar en un festival celta, en las montañas, este fin de semana. Eso es todo.

—¿Canciones escocesas? ¿Usas kilt cuando cantas? — Gayle iba al otro lado de Roger.

— Claro que sí. ¿Cómo sabrían que soy escocés si no lo usara?

— Me encantan las rodillas velludas — dijo Gayle, soñando —. Ahora dime: ¿es verdad eso que dicen de que los escoceses...?

— Ve a buscar el coche — ordenó Brianna, entregando con brusquedad las llaves a su amiga.

Gayle apoyó el mentón en la ventanilla del vehículo, observando a Roger, que entraba en el hotel.

— Caramba, espero que no se afeite antes de comer. Me encanta el aspecto de los hombres cuando están un tiempo sin afeitarse. ¿Qué será esa caja tan grande?

— Es su bodhran — respondió.

—¿Su qué?

— Es un tambor de guerra celta. Lo toca con alguna de sus canciones.

Gayle juntó los labios con gesto dubitativo.

— No querrás que yo lo lleve a ese festival, ¿no? Quiero decir, tú tienes muchas cosas que hacer y...

— Ja, ja. ¿Crees que te voy a dejar estar cerca de él cuando se ponga el kilt?

Gayle suspiró y metió la cabeza dentro del coche mientras Brianna arrancaba.

— Bueno, tal vez haya otros hombres con kilt.

— Es muy posible.

— No obstante, estoy segura de que no tendrán tambores de guerra celtas.

— Puede que no.

Gayle se apoyó en el respaldo y miró de reojo a su amiga.

— Entonces, ¿lo vas a hacer?

—¿Cómo voy a saberlo? — Pero la sangre bullía bajo su piel y la ropa le molestaba.

— Bueno, si no lo haces — dijo Gayle, convencida —, es que estás loca.

— El gato del clérigo es un... gato andrógino.

— El gato del clérigo es un... gato andariego.

Brianna lo miró con una ceja levantada, retirando la mirada brevemente de la carretera.

—¿Otra vez palabras extrañas?

— Es un juego escocés — explicó Roger —. Andariego: andarín o ambulante. Ahora es tu turno con la letra «b».

Entornó los ojos para mirar el estrecho camino de montaña a través del parabrisas. Tenían el sol matinal de cara, y llenaba el coche de luz.

— El gato del clérigo es un buen gato.

— El gato del clérigo es un gato bonito.

— Bueno, ésa ha sido floja para los dos. Empate. Vale, el gato del clérigo es un... — Roger pudo ver los engranajes dando vueltas en la mente de Brianna y, a continuación, el destello en sus ojos cuando le llegó la inspiración — gato coxigodinio.

Roger entornó los ojos, intentando descifrar aquello.

—¿Un gato con un amplio trasero?

Ella rió y frenó un poco cuando el vehículo llegó a una curva en horquilla.

— Un gato que es un dolor en el trasero.

—¿Esa palabra existe?

— Ajá. — Aceleró con cuidado cuando salió de la curva —. Es uno de los términos médicos de mamá. La coxigodinia es un dolor en la región del coxis. Solía llamar coxigodinios una y otra vez a todos los miembros de la administración del hospital.

— Y yo que pensaba que ése era uno de tus términos de ingeniería. Bueno, entonces... el gato del clérigo es un gato contestatario. — Sonrió ante su ceja alzada —. Combativo. Los coxigodinios son contestatarios por naturaleza.

— Está bien. Lo consideraré un empate. El gato del clérigo es...

— Espera — interrumpió Roger, señalando —. Es por allí.

Con lentitud, Brianna salió de la estrecha carretera para introducirse en un camino más angosto, con una flecha en rojo y blanco que indicaba «Festival Celta».

— Eres un encanto por haberme traído hasta aquí arriba — dijo Roger —. No sabía que estaba tan lejos, de lo contrario no te lo habría pedido.

La joven le lanzó una mirada divertida.

— No está tan lejos.

—¡Son unos trescientos kilómetros!

Brianna sonrió con un toque burlón.

— Mi padre decía que la diferencia entre un estadounidense y un inglés es que este último cree que cien kilómetros es un largo camino, y el estadounidense, que cien años es mucho tiempo.

Roger rió, sorprendido.

— Está bien. Entonces tú eres la estadounidense, supongo.

— Supongo — pero su sonrisa se desvaneció.

Lo mismo sucedió con la conversación. Continuaron en silencio durante unos minutos, sin otro ruido que el del motor y el viento. Era un hermoso día de un caluroso verano; la humedad de Boston iba quedando atrás a medida que zigzagueaban hacia arriba, hacia el aire más fresco de las montañas.

— El gato del clérigo es un gato distante — intervino finalmente Roger, con voz suave —. ¿He dicho algo malo?

Brianna le dirigió una rápida mirada triste y una leve sonrisa.

— El gato del clérigo es un gato fantasioso. No, no eres tú. — Apretó los labios y redujo la marcha detrás de otro coche; luego se relajó —. No, perdón, eres tú, pero no es culpa tuya.

Roger se puso rígido y se volvió para mirarla.

— El gato del clérigo es un gato enigmático.

— El gato del clérigo es un gato molesto; no he debido decir nada, lo siento.

Roger era lo bastante prudente como para no presionarla. Buscó debajo del asiento y sacó el termo con té caliente y limón.

—¿Quieres un poco? — Le ofreció una taza, pero ella hizo una pequeña mueca y negó con la cabeza.

— No, gracias. Odio el té.

— Entonces, definitivamente, no eres inglesa — infirió él, y deseó no haber intervenido; ella apretaba el volante con fuerza. No obstante, no dijo nada, y él se tomó el té en silencio, observándola.

Brianna no tenía aspecto de inglesa, a pesar de su origen y el color de su piel. No podía decir si la diferencia consistía en algo más que en la forma de vestir, pero lo pensaba. Los estadounidenses parecían mucho más... ¿qué? ¿Vibrantes? ¿Intensos? Sólo más. Brianna Randall era decididamente más.

El tráfico iba aumentando y ralentizándose hasta convertirse en una lenta hilera de vehículos a medida que se aproximaban a la entrada del complejo en el que se celebraba el festival.

— Mira — dijo con brusquedad Brianna. No se volvió para mirarlo, sino que clavó la vista en la matrícula de Nueva Jersey del coche de delante —. Tengo que explicártelo.

— No a mí.

Arqueó las cejas con irritación.

—¿Y a quién, entonces? — Apretó los labios y suspiró —. Sí, claro, de acuerdo, a mí también. Pero debo hacerlo.

Roger sentía el gusto amargo del té en el fondo de su garganta. ¿Sería ahora cuando le diría que era un error que él estuviera allí? Lo había pensado durante el viaje mientras cruzaba el Atlántico, tratando de acomodarse en el pequeño asiento del avión. Luego, cuando la vio en el vestíbulo del aeropuerto, todas sus dudas se desvanecieron de una vez.

Tampoco habían vuelto a aparecer durante la semana. En aquellos días la había visto un rato cada día; incluso fueron a un partido de béisbol en Fenway Park el jueves por la tarde. El juego le resultó desconcertante, pero le encantó el entusiasmo de la joven. Sin darse cuenta, contó las horas que faltaban para que se marchara y, sin embargo, esperaba este día, el único que pasarían juntos.

Eso no significaba que ella sintiera lo mismo. Lanzó una rápida ojeada a la hilera de coches; la puerta era visible, pero aún estaba a unos cuatrocientos metros. Tenía alrededor de tres minutos para convencerla.

— En Escocia — empezó a decirle Brianna —, cuando todo... aquello sucedió con mi madre... estuviste grandioso, Roger, realmente maravilloso.

No lo miraba, pero Roger podía ver que se le humedecían los ojos debajo de las espesas pestañas rojizas.

— No fue gran cosa — respondió. Cerró las manos para evitar tocarla —. Estaba interesado.

Brianna rió.

— Sí, apuesto a que sí. — Redujo la marcha y se volvió para mirarlo de frente. Aunque estuvieran bien abiertos, sus ojos tenían algo parecido a los de los gatos —. ¿Has vuelto a ir al círculo de piedras? ¿A Craigh na Dun?

— No — dijo él, cortante. Luego tosió, y añadió como de pasada —: No voy muy a menudo a Inverness; estamos a final de curso.

—¿No será que el gato del clérigo es un gato nervioso? — preguntó ella, aunque sonriendo suavemente.

— El gato del clérigo tiene un miedo terrible a ese lugar — contestó Roger con franqueza —. No pondría un pie allí aunque estuviera lleno de sardinas.

Brianna comenzó a reír y la tensión entre ellos se relajó bastante.

— Yo tampoco — dijo, respirando hondo —. Pero recuerdo. Todo el trabajo que te tomaste y luego, cuando... cuando ella... cuando mamá pasó a través... — Se mordió el labio con fuerza y frenó con brusquedad.

—¿Te das cuenta? — preguntó él en voz baja —. Estoy contigo durante media hora y todo vuelve a empezar. Hace seis meses que no hablo de mis padres; empezamos a jugar y en menos de un minuto nombro a los dos. Esto ha sucedido durante toda la semana.

Se apartó un mechón suelto de cabello pelirrojo del hombro. Brianna adquiría un precioso tono rosado cuando estaba entusiasmada o disgustada, y ahora tenía las mejillas completamente sonrojadas.

— Cuando no contestaste mi carta, pensé que sería por algo así.

— No fue sólo por eso. — Se mordió para no hablar, pero ya lo había hecho y se ruborizó. Un rojo brillante la inundó desde el escote en «V» de su camiseta, e hizo que se tornara del color de la salsa de tomate que tanto le gustaba comer con patatas.

Roger se acercó y, con un gesto tierno, levantó el mechón que le cubría la cara.

— Estaba muy enamorada de ti — estalló ella, mirando hacia delante a través del parabrisas —. Pero no sabía si te comportabas así conmigo porque mamá te lo había pedido, o si era...

— O era... — la interrumpió Roger, sonriendo ante la tímida mirada de la joven —. Definitivamente, sí.

—¡Ah! — Brianna se relajó un poco, lo que hizo que sus manos dejaran de estar tensas sobre el volante —. Bueno. Bien.

Roger deseaba coger su mano, pero no quería retir

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