Nota a la edición
Las crónicas del mundo es el tercer y último volumen de la saga Tiempo de dragones, concebida originalmente como una tetralogía. Como toda la producción literaria de Liliana Bodoc, no posee solo un rasgo característico, sino un conjunto de elementos originales y únicos. Bebe de la fuente inagotable de su prosa y poética, engrosando con un nuevo imaginario sus universos épicos, siempre construidos sobre una matriz mítica y filosófica crítica de los discursos dominantes. Pero, además, esta obra tiene un recorrido y una genealogía singulares e insoslayables: la historia de su comienzo, su conclusión y su abrupta interrupción. Tiene, en fin, su propio relato. Esto le agrega una constelación de elementos originales e inéditos. Digámoslo, pues: el carácter inconcluso de Las crónicas del mundo constituye una marca indeleble que no tienen los tomos que la anteceden. Sin duda, desde cierto punto de vista se trata de una fatalidad; pero también, estamos convencidos, de una oportunidad. Porque toda muerte, nos recuerda Liliana, es la oportunidad de un nacimiento.
Desde la perspectiva de la autoría individual, la continuación de un libro en ausencia de su creador es casi un sacrilegio. Significa la violación del ejercicio literario concebido solo como un acto individual, y de la obra como el resultado exclusivo del genio implícito en cada biografía. Así, los “continuadores”, como se llama a quienes concluyen la trama de una obra, evocan desde su nombre en adelante algo más similar a un crimen que a un acto creativo.
Sin embargo, Liliana también nos advertía incansablemente sobre la estrechez de esta manera limitante de concebir el ejercicio de la palabra. Desconfiaba de la potestad absoluta de la autoría individual y creía que la revelación del lenguaje sucedía a través del encadenamiento de las voces, los géneros y las voluntades. Desde esta perspectiva, la fatalidad de “lo inconcluso” se transforma en la posibilidad de un diálogo. Ya no hay continuadores, sino interlocutores que, en la conclusión de un libro, evocan la posibilidad de un acto creativo.
Esta obra resultó del trabajo de coautoría entre tres voluntades, tres respiraciones que se acompasaron más allá del tiempo, el espacio, la ausencia o la presencia física. Es una prueba de que la producción plural, multívoca de un texto, es posible si se articula sobre una trama que la contiene y trasciende, y si se encauza sobre un propósito: el de contar.
Las crónicas del mundo no habrían sido las mismas sin su interrupción, porque las tres voces conforman la trama de este universo literario. No existe una sin la otra, porque se entrelazaron para cabalgar, juntas, la continuación y el final de la historia. Por eso, lejos de intentar borrar lo roto con una costura invisible, se lo integra en el corazón del relato como un elemento necesario para lograr la alquimia de su conclusión; en un modo inédito de producir un texto literario, donde se articulan modos de imaginar y decir (presentes y pretéritos) en función de las reglas que proponen un mundo y una obra.
Las crónicas del mundo nacen de un acto creativo, de la amalgama entre la realidad y la ficción. Nacen del dolor del vacío, pero antes, desde la potencia del amor. Por eso, creemos que no se trata de un libro inconcluso, sino de un silencio que antecede un canto de a tres. Y estamos convencidos de que, desde algún lugar posible, Liliana sonríe.
GALILEO BODOC Y ROMINA BODOC
Crónicas de Vorbarela
TERENTIGANI, AÑO 920
DEL CALENDARIO QUINTO
EL TIEMPO
Ningún pueblo fue capaz de comprender el tiempo, y transitarlo, como lo hicieron los palari pamá.
Sentado sobre un barril, y rodeado por la gente de su caravana, el patriarca tuvo que acomodarse la barriga para respirar adecuadamente. Entonces habló:
—Somos viajeros desde el inicio de nuestros recuerdos, y sabemos que el espacio y el tiempo no son primos, no son hermanos, no son, ni siquiera, barro. Porque si pones a orear barro se irá el agua y quedará el polvo. En cambio, puedes dejar al sol este momento y nunca lograrás que el tiempo se evapore y el espacio se quede. Son uno, siempre uno. Los viajeros podemos entenderlo.
Algunos niños se distraían. El patriarca palmeó con fuerza.
—¡Ea! Estoy contando la mejor historia. Quien pretenda reemplazarme como patriarca, deberá comprender esto con claridad. Así que, aquellos que se relamen por las noches cuando escuchan mis quejidos de dolor pensando que falta poco para el entierro, agucen el oído y aprendan.
Las madres torcieron las orejas de sus hijos, de modo que, muy rápido, volvió la calma.
—Lo diré así —continuó el patriarca—. Segundos, minutos, horas son senderos. Un día es un atajo, un estofado es una porción de tiempo que devoramos con gusto… Nuestras carretas se bambolean por el tiempo.
Su rostro evidenciaba una honda felicidad.
—Y ahora atiendan bien: ¡la Perforación es tan cierta como cualquier otro camino!
Tras un breve silencio, un jovencito de apenas once o doce años alzó la voz.
—Pero nunca anduvimos por ella —dijo.
—Igual que nunca ascendimos los picos más altos de las montañas. No es un sendero habitual, si eso quieres decirme. Es peligroso. Por eso, necesitamos tener un gran motivo para recorrerlo. Y, además del motivo, ¡un asta de carnero entre las piernas!
Alentado por el buen humor del patriarca, que no se había molestado por la interrupción del niño, un hombre se atrevió a manifestar una duda.
—Pero podemos ver los caminos delante de nuestros ojos. En cambio, no podemos ver el tiempo.
El patriarca se golpeó la barriga.
—¡Nadie ve lo que su entendimiento es incapaz de tolerar! Dicen los sabios alquimistas que, en el aire, hay millares de ínfimos animales… Si nuestros ojos lograran distinguirlos, viviríamos aterrados. Igual pasaría si viésemos el tiempo en todo su esplendor; bifurcaciones, recovecos, concavidades… ¡También eso nos impediría vivir! —La tribu estaba silenciosa—. Algunos elegidos pueden hacerlo. Y eso es porque tienen un gran motivo. Y también… —El patriarca buscó la complicidad de los niños.
—¡Un asta de carnero entre las piernas! —completaron los pequeños, a coro.
Cuando las risas cesaron, el viejo patriarca continuó:
—Un viajero ha llegado a Terentigani a través de la Perforación. Se cubre con una capucha gris y es conocido como la Figura. Nosotros debemos ayudarlo.
—¿A qué viene?
—¿Cómo lo ayudaremos?
—Hay dos cosas que preservamos para él, a salvo de peores destinos. La primera es el pergamino en el que estaba envuelto un valioso botellón que compramos a las Urracas. La otra es la mujer extranjera que llevaba un hijo en su vientre. Vendimos ambas cosas a los Tzarús. Dejamos la mujer y el pergamino en los montes Coloána. Eso era lo que debíamos hacer —sentenció el patriarca. Y agregó—: La Figura atravesó la Perforación para darles, a los dos, un nuevo destino.
—¿Cómo sabes eso?
—Un dragón me lo dijo…
—¿Cuál dragón? —preguntó una niña.
—El que guardo en mi barriga.
Y, otra vez, todos rieron.
Primera parte
La mitad del cielo
MÉREC, AÑO 981
DEL CALENDARIO QUINTO
Rapada su cabeza por ambos lados, un triángulo de cabello rubio cayendo por la espalda hasta el final de la columna, y sin ninguna marca de la niñez que había dejado atrás, Beliria Tzarús se presentó ante la jerarquía del Castrum.
—Salimos y regresamos sin victoria. ¿Hay aquí una cabeza de dragón? Yo no la veo. ¿Y nuestro amado jerarca? Por razones que aún no comprendemos, debió permanecer en los territorios de Mare Limba. El ejército está debilitado, y Arbaleta, inutilizada. ¿Hace falta decir y ofender más? Las armas de Mérec requieren una nueva autoridad… —Beliria Tzarús miró fijamente a Filip—. Debido a la quebrantada salud de nuestro jefe de ballesteros, ascendemos a Loial, que demostró inusitado coraje en batalla, y lo nombramos capitán mayor con autoridad plena sobre todo el ejército.
Una mentira había transformado a Beliria Tzarús en jerarca de Mérec.
“Sigo la ley de los pastores. Designo a mi legítima hija, Beliria, para que tome el cargo hasta mi regreso.”
Palabras que no salieron de la boca de Joria Dratewka sino de la suspicacia de Loial. Esa falsedad a favor de Beliria le otorgó al capitán un sitio de preferencia junto a la nueva jerarca; espacio que él estimaba más que a su propia vida.
Filip, por su parte, no estaba solo. El jefe de ballesteros conservaba muchos hombres fieles dentro y fuera del ejército. No obstante, debía moverse con cautela. Y aunque no disimulaba su repulsión por Beliria, fingía haber aceptado la autoridad que ella había recibido.
Clamia, su madre, lo aconsejaba.
—Ve despacio, hijo. Conozco tu temple y es por eso que insisto. ¡Ve despacio y confía en pocos! Me cuesta decirlo pero, a la hora de la lealtad, tienes a la esclava arayé.
—Nah —murmuró Filip.
—Nadie confiaría en mí. Sin embargo, en esa sierva tienes ojos y oídos. No la desperdicies.
—No lo haré. —Filip besó las manos de su madre—. A veces miro el cielo temiendo que la dragona regrese.
—Yo, en cambio, miro el camino por el que regrese tu padre.
—Eso no será pronto.
Beliria y Oropelia estaban sentadas a la mesa del salón, dispuestas para una cena temprana. Antes de que alguna de ellas tomara un bocado, las siamesas debían hacerlo. Dos manos, dos trozos de distintas bandejas, dos bocas… Y, de inmediato, los dos cuellos se tensaron.
—¿Qué ocurre?
La respuesta fue un sonido sin forma, fue la intención de un vómito. Beliria y Oropelia se levantaron de sus sillas, alarmadas por lo que hubiese podido pasarles. El cuerpo de las contrahechas se retorcía, sus dos lenguas caían pesadas y babeantes. Pero cuando Beliria iba a gritar por ayuda, las siamesas comenzaron a reír.
—¿Qué clase de idiotez están haciendo?
El comentario brusco de la jerarca cortó en seco la diversión. Y las hermanas comenzaron a culparse mutuamente.
—Fue ella.
—Fue la mitad estúpida.
—Yo no quería.
—Quería ella…
Beliria Tzarús se acercó a las siamesas.
—Si vuelven a hacer algo parecido, las azotaremos hasta que sangren.
Hablaba en serio. En el año que llevaba como jerarca de Mérec, la joven había aprendido a economizar la piedad.
En su habitación, Clamia seguía hablando con Filip.
—Sé que, muy pronto, tu padre nos enviará alguna señal. Y para cuando eso ocurra debemos estar preparados. —Y preguntó—: ¿Hay avances en las alianzas?
—Las que conoces.
—Tímidas —se lamentó Clamia.
—Cautas —corrigió su hijo—. Pero seguras a la hora de un alzamiento.
—¿Tomaste mi consejo?
Clamia se refería a los cabecillas del pueblo de Mérec, oscuros líderes de ciudad que más se preocupaban del poder sobre el mercado y las calles que de los asuntos del Castrum.
—No todavía.
—Deberías hacerlo pronto.
Tras el enojo de su amada jerarca, las siamesas se quedaron en completo silencio golpeándose la una a la otra tanto como les era posible. La mano izquierda pellizcaba el brazo derecho, un pie pisaba al otro; y a las dos les dolía.
—Loial se preocupa —decía Beliria—. Me pide que premie a los soldados con más lustrus para mantenerlos satisfechos.
—Debes hacerle caso —respondió Oropelia.
—Debo, madre. Pero ¿estamos seguras de nuestras arcas? Los tesoreros me advierten, Loial me exige y yo… ¡Antón, te necesito!
—No lo llames. Mejor llama a tu propia inteligencia.
—¿Cuándo volverá el alquimista?
—Cuando termine su tarea.
—Eso lo sé. Pero ¿cuándo? —Beliria bebió un trago de caldo—. A veces, miro el cielo esperando que la dragona blanca vuelva a hacerse presente.
—Los dioses no están aquí a diario —contestó Oropelia.
Un año llevaba Beliria al mando de Mérec, aunque había sumado a su apariencia un tiempo mucho mayor. Oropelia y Loial eran apoyos decisivos; sin embargo, la ausencia de Antón la afligía. Eran muchas las demandas y los asuntos que atender bajo la sombra amenazante de Filip y su fingida aceptación, tras la que apenas ocultaba el resentimiento.
Las siervas arayés que limpiaban su habitación no entendían por qué las almohadas de Beliria amanecían húmedas.
—Suda su cabeza desde que es jerarca —decían.
Eso decían, sin sospechar que era el llanto guardado durante el día.
Tantos asuntos. Y uno en especial que Beliria esperaba con temor porque, en ese punto, no obtendría la aprobación de Loial ni la complicidad de Oropelia. Se trataba de la partida de las aldeas arayés hacia el norte del continente, de regreso a las lagunas, para reunirse con sus parientes antiguos.
Tanto el capitán mayor como su propia madre se oponían rotundamente a esa posibilidad. Los arayés cumplían una función crucial en Mérec, mucho más importante que la servidumbre doméstica: gracias a su existencia, el pueblo bajo de Oras Viitor sentía que no estaba en el fondo, que había otros peor vistos y tratados. Con solo eso, los oscuros habitantes de las ciudades aceptaban su dolor cotidiano. La rebeldía, bien lo sabía el Castrum, era tan contagiosa como la peste.
Quizás porque no se conformaba con ninguna respuesta, Beliria evitaba pensar en aquel asunto, como si fuera a disolverse por sí mismo. ¿Quién podía saberlo? Posiblemente, los arayés desistirían de semejante empresa, en la que morirían muchos sin ver los pantanos del norte. Todo podía ser un arrebato que Artejal, el Primer Jefe, acabaría olvidando… De tanto en tanto, Beliria hablaba con alguna de las siervas del Castrum, y ellas afirmaban no saber nada acerca de ese viaje. La jerarca sostenía su esperanza en ese desconocimiento.
Una mentira había colocado a Beliria Tzarús al mando de los pastores. Por fuera, el ejército, al mando de Loial, sostenía la posición de su nueva jerarca. Por dentro, latía la conspiración.
Antón y Nulán habían partido.
El pueblo arayé guardaba silencio.
Muchas veces, Beliria Tzarús se paraba frente al espejo buscando afianzarse en su aspecto: el cabello triangular, la musculatura que construía a diario a fuerza de trabajos intensos, las pestañas cortadas al ras de los párpados, el cansancio… Y del revés, las cicatrices.
Cuando empezaba la mañana, Loial y Beliria terminaban la práctica de lucha que cumplían a diario. Luego, como cada vez, se sentaron a la intemperie roja para conversar sobre los asuntos del Castrum. En esa oportunidad, la jerarca sorprendió al capitán mayor.
—Quizás tú y los demás… Quizás sean mis hermanos.
—Es imposible saberlo y es inútil pensarlo. Fuimos concebidos por una horda, y decidimos ser hijos de aquel que los comandaba.
—No te he preguntado, ni siquiera, por sus nombres.
—No es necesario.
Beliria puso su mano sobre el rostro transpirado del capitán mayor.
—Dime…
—Hay cuatro en el ejército: Mijloa, Emer, Tass y Aurel.
—¿Los colocaste en puestos de mando?
—No. Son más útiles entre los soldados.
—Pero hay otros dos… —insistió Beliria.
—Raluca, un joven enfermo.
—Y una mujer.
—Ruxandra.
—¿Qué hace ella? ¿Dónde vive?
—En el nudo de la ciudad. Y danza a cambio de lustrus. —A Loial lo incomodaba aquella conversación—. Debo irme.
—¡No fueron preguntas ociosas! —Beliria cambió el tono de voz—. Quiero que vengan al Castrum. Aquí tendrán mejor cama y mejor mesa.
—Nadie más que tú, Antón y Joria saben acerca de nosotros. Traerlos aquí levantará sospechas y murmullos que no necesitamos.
El capitán mayor interrumpió un nuevo intento de la jerarca.
—Si es un pedido te diré que no; si es una orden te diré que renuncio a mi cargo. —Después, suavizó el desplante—: No pienses en nosotros como en tus hermanos porque, posiblemente, no lo seamos. Piensa en nosotros como en los hombres más leales, y ámanos así.
Beliria encontró una sola manera de insistir.
—¿Y Ruxandra? Dijiste que su vida es difícil en la ciudad. Y traer una mujer al Castrum no llamará la atención.
Loial sonrió.
—¡Eres buena jerarca! Pides todo y logras algo.
—¿La traerás, entonces?
—En cuanto sea posible.
Beliria se acercó a Loial.
—Capitán, ¿tu rostro y el mío se parecen?
—Deseo que no sea así.
Cerca de la aldea arayé permanecían los pequeños dioses ocultos en muchas formas, siempre espiando.
—Algunos dicen que sí.
—Otros, que no.
—Los que desean partir al norte hablan alto.
—Los demás, murmuran.
—¡Murmurar!, ¡murmurar! —Un Japiripé saltó al centro de una ronda inexistente—. ¡Hace tiempo que no murmuramos!
La alegría estalló. Los Japiripé acababan de recordar el antiguo juego de murmurar hasta crear tormentas. Así, olvidados del pueblo humano y sus fatigas, se lanzaron unos sobre otros musitando palabras, pedazos de palabras, soplidos… Si aquel enjambre de dioses persistía lo suficiente, se transformaría en un nubarrón negro que, luego, caería sobre la tierra en forma de lluvia.
Un año, y las respiraciones comenzaban a calmarse. La vida entre los arayés volvía a su cauce y, con eso, la idea de partir perdía fuerza. Mucho más, porque la joven jerarca los trataba con suavidad.
Los arayés llevaban muchas rondas sin ponerse de acuerdo. El Tohol apoyaba abiertamente la partida. De los cuatro caciques, Fuego y Río apoyarían sin vacilaciones la decisión del Primer Jefe, cualquiera que esta fuese. El cacique de la Casa Gusano del Viento se mostraba indeciso. Y el cuarto, cacique de la Tierra, era pura tiniebla.
La Máxima Ancianidad, con los ojos ya casi cerrados por la fatiga, llamó a Artejal.
—Hay solo una cosa que no debe pasar, y así será. No debe pasar que la decisión de partir al norte se vaya aguando con los días, quitándote la última palabra. ¿Si decide el tiempo en vez del Primer Jefe? Caerá para siempre tu autoridad. La tuya y la del Tohol, por ser hijo de un hombre indeciso, débil, que dice y luego olvida.
Poco después, Artejal avisó a su gente que iba a marcharse por algunos días y que, al regreso, traería una palabra firme.
Jaminita caminaba por el monte sin más propósito que hacerlo, cuando oyó un chistido. Pensó en alguna de las mujeres de la Casa Gusano, y se detuvo. Pero no era gente de la Casa Gusano, no era mujer, ni siquiera un hombre cualquiera… Frente a ella estaba el Tohol preguntando algo que el miedo le impedía entender.
—¿Qué haces aquí? —El Tohol preguntaba por tercera vez.
—No quiero casarme.
El hombre sonrió.
—No veo que estés vestida para una boda.
—Con nadie, ni contigo.
Esta vez, el Tohol soltó una carcajada.
—¿Por qué voy a querer casarme contigo? Mujercita de la Casa Gusano, parecida a tu cacica, ¡mucha lengua! Y más fea que la propia Mimbí.
—Quiero quedarme para siempre sin esposo, en mi Casa Gusano del Río.
El Tohol tomó a Jaminita por el brazo.
—Cuentan que mucho tiempo atrás existía la Casa del Relámpago, donde vivían aquellos que tenían defectos de adentro o de afuera: locos, torcidos, sordos… ¡Kerrprr, la de labios pegados, hubiese estado en ella! Luego, esa Casa Gusano desapareció. ¿No podría pasar lo mismo con la casa de las mujeres?
—Mimbí no va a dejar.
—Un día, mujercita fea, yo seré Primer Jefe. ¡Y eso es más que ser Mimbí!
El Tohol empujó a Jaminita.
—¡No quiero verte aquí!
Pero cuando ella obedeció, el guerrero se quedó viendo fijamente el dibujo de su silueta oculta; el dibujo de la mujer que pulsaba debajo de la niña.
Un día sin comida y sin agua, ni un bocado ni un sorbo, para que las preguntas se asentaran.
Un día comiendo plantas amargas para vomitar las dudas y, después, llorar.
Un día completo para hartarse de miel.
Un día orando a los dioses. El día más inútil.
Un día para danzar en soledad. Nada tan triste como eso.
Un día en silencio.
Un día de esfuerzo, hasta caer tiritando como un pichón enfermo.
Los Japiripé ya eran una nube negra de tanto jugar a los murmullos.
El Primer Jefe se había retirado en busca de una claridad que no llegaba. Las afirmaciones de la mañana eran dudas por la noche, y preguntas al amanecer. Artejal debía regresar a la aldea, y lo haría sin ninguna respuesta.
El norte original y pantanoso, allí donde los arayés habían nacido, lo convocaba. Artejal estaba dispuesto a aceptar la muerte de muchos de los suyos en el camino. Pero ¿si solo era eso? ¿Si su pueblo no encontraba más destino que la desaparición? ¿Si quedaban regados en el camino sin alcanzar jamás el norte verdadero? Desdecirse de una afirmación tan grande no sería bueno. Peor aún, sacrificar a su pueblo. La joven jerarca era amable… ¿Tanto como para devolverles el honor que les habían arrebatado?
Tras reunir los pocos objetos que tenía consigo, Artejal alzó los ojos. El cielo, donde los pequeños dioses seguían jugando, parecía un incendio negro.
—No han querido ayudarme. Sin comprender, acepto la voluntad de quienes son mis mayores. La decisión que se espera de mí, no llega. Y ya que no podré decirle a nadie lo que siento, lo haré frente a ustedes… Tengo miedo.
Los Japiripé aullaron al mismo tiempo, y empezó a llover.
Mucho antes de que llegara a la aldea, Kerrprr y la viuda le salieron al encuentro. Artejal vio llegar, delante de ellas, las malas noticias.
—Llueve —dijo Kerrprr.
No podía ser solo eso.
—Llueve sobre muchos enfermos —continuó la viuda, que podía hablar con claridad—. Los niños están enfermando. Con la madrugada, han muerto tres.
El Primer Jefe no dejó de correr hasta llegar a la aldea. La halló triste bajo la lluvia, hostil y enojada por su ausencia.
Los cuatro caciques llegaron junto a él.
—Hemos llamado a Anuja —dijo Mimbí—. La sanadora viene con sus remedios.
Por primera vez, el cacique de la Casa Gusano de la Tierra mostró altanería frente a su jefe:
—Artejal se fue en busca de respuestas, y las respuestas sucedieron aquí —dijo.
Artejal no pudo defenderse. ¿Cómo hablar de viajar al norte cuando hasta el olor de la aldea era agrio? Los caciques adivinaron su intención.
—No busques a la Máxima Ancianidad… —dijo el cacique del Viento.
—Ya sabes que los niños y los ancianos se parecen mucho —dijo Mimbí, y enseguida cruzó su boca con un mechón de cabello.
—También él está enfermo —continuó el cacique del Fuego—. Parece un recién nacido a punto a morir.
Los Japiripé eran nube, continuaban lloviendo.
—La última vez que te vi caminabas hacia el campamento de Joria para salvar a mi hijo. Fuiste solo una espalda, ni una vez giraste la cabeza.
Olvidada de que estaba frente a la jerarca de Mérec, Anuja extendió los brazos. Beliria no dudó en aceptar el abrazo.
—Llamaré a mi madre… Le hablo siempre de ti y querrá saludarte.
—Más tarde —pidió la sanadora.
Beliria Tzarús debió notar que Anuja estaba allí por algo importante. Sin embargo, feliz con aquella inesperada visita, dejó ese asunto para después e invitó a Anuja a sentarse.
—Cuéntame de la dragona blanca.
—Ella… Creímos que sería imposible salvarla.
—¿Creímos?
—Los Japiripé estuvieron conmigo. O diré, yo estuve con ellos. ¡Cuánto lucharon adentro de las grandes heridas! Yo los veía sumergirse en la carne abierta de la dragona, y los veía salir, mucho después, fatigados, chorreando podredumbre… Fue larga batalla. Un día, ella abrió los ojos. Mucho después, se puso de pie. Y un amanecer, alegre y triste, alzó vuelo hacia el norte. Los Japiripé desaparecieron de inmediato. Y yo regresé a mi choza.
—Hobsyllwin… ¿Ella dijo algo?
—Solo una vez, antes de marcharse, Kisi Biara moduló su lenguaje para advertir… “El tiempo es ahora de ustedes. Los estaré viendo”.
—La llamaste “Kisi Biara”. ¿Por qué?
—Porque no puedes nombrar a tus dioses en otra lengua.
Aunque aquello le pareció un atrevimiento, Beliria disimuló su molestia sirviendo vino de una jarra.
—Bebamos —dijo.
La sanadora aceptó gustosa la copa de vino, que bebió hasta el fondo ante la sonrisa divertida de la jerarca.
—Traías sed.
—Y algo para decirte… Pedirte.
Olvidada de su reciente incomodidad, Beliria Tzarús habló y fue sincera:
—Dime, Anuja. Dime y pide.
—No para mí, sino para los arayés.
El silencio atento de la jerarca la invitó a continuar.
—La enfermedad anda por la aldea como hacía mucho no ocurría. Y ataca a los niños.
—Escuché el murmullo de algunas siervas, pero no creí que fuera tan grave.
—Siete han muerto, y serán más —dijo Anuja—. Siete niños para un pueblo es doloroso. Siete niños para el pueblo arayé significa menos destino.
—¿Qué pides? —Beliria tomó las manos de la sanadora—. Dime y te lo daré.
—Aunque hago lo posible, no logro expulsar el mal. Las lluvias lo empeoran todo. Pido, en nombre del Primer Jefe, que nos permitas traerlos aquí, darles calor, alimento y un sitio seco.
Beliria se puso de pie.
—Dime cuántos son.
—Tal vez haya cien enfermos.
—Mandaré a alistar los cobertizos —dijo Beliria—. Que enciendan fuego para que estén tibios y secos. Haremos camastros, les daremos leche de oveja.
Hablaré con Loial para que algunos hombres partan mañana contigo, hacia la aldea.
Palabra por palabra repitió Beliria ante Loial y Oropelia, que escucharon en silencio.
—No pensarás cumplir sin pedir nada a cambio —dijo el capitán.
La expresión en el rostro de Oropelia fue de alivio. Loial comprendía, mejor que su joven hija, la oportunidad.
—¿Qué podría pedirle a un pueblo enfermo?
—Un pueblo que desea marcharse —corrigió Loial—. Un pueblo que aprovechará ese tiempo y esas fuerzas para preparar su partida hacia el norte.
Oropelia se apoyó en la sensatez de Loial para decir lo suyo.
—Los dioses te ofrecen esta oportunidad —dijo—. No la desperdicies. Sabes tan bien como nosotros lo que significaría la partida de los arayés. Los ayudarás. ¡Pero pídeles su palabra de que no van a marcharse!
Por sobre el aturdimiento que generaban en la cabeza de Beliria sus propios pensamientos y las palabras de su madre, la voz de Loial se impuso.
—Si no lo haces, sacrificas a tu propio pueblo. Si no me escuchas, es mentira el título que me otorgaste.
Esa noche, Beliria Tzarús no lloró, porque ni siquiera logró acostarse. Deambuló la noche entera por su habitación buscando palabras que no existían. No había un buen modo de traicionar a la mujer que le acarició la cabeza en las insondables noches del monte, y le enseñó a reconocer las mejores hierbas. Traicionar a la mujer que había salvado a la dragona blanca, la madre de Nulán… De a ratos, abrumada por el cansancio, la jerarca pensaba que se había presentado el problema que, tarde o temprano, debería enfrentar. Y que traía consigo una solución. Hasta encontró argumentos que la aliviaron: ese viaje al norte no sería más que muerte para los arayés.
Pero por la mañana, nada de eso le sirvió.
La jerarca tuvo que hablar con la boca seca frente a la mirada de Anuja, que no pronunció ningún reproche.
—Lo diré a Artejal.
Y se marchó.
Las hierbas hacían todo lo posible. Se esmeraban, estrujaban al máximo sus jugos, salvaban a muchos, no a todos. Pero la enfermedad que afectaba a los niños arayés no se marchaba.
Cuando la lengua de los enfermos empezaba a hincharse, Anuja se abatía. Las madres clamaban por ayuda. Noche y día batallaba la sanadora, de nuevo entre los suyos. Tan flaca que sus huesos eran una amenaza.
Las mujeres de la Casa Gusano del Río, sin hombres ni hijos propios, andaban con ella y a su servicio.
La lluvia acumulaba aflicciones.
En su tienda, en el círculo central de la aldea, la Máxima Ancianidad se extinguía. Desde su regreso, Artejal no se había movido de su lado.
En los cielos bajos, los Japiripé continuaban su juego. Lo habían recordado después de mucho tiempo y no deseaban abandonarlo. Enredados y murmurando, así permanecían. Murmullos, murmullos que llovían. Y los pequeños dioses jugando a ver quién ganaba la contienda: si ellos haciendo nubes o las nubes haciendo lluvia. Tan ocupados, que no miraron nunca hacia abajo, adonde los arayés enterraban al noveno niño.
Justo cuando acababa el lamento fúnebre alrededor de la criatura amortajada con hojas frescas, Anuja volvió del Castrum. Con los ojos puestos en el cadáver, la sanadora le respondió a Artejal, que llegó a su lado.
—¿Qué traes?
—Malas noticias.
En cuclillas, justo en el centro del círculo para que todos escucharan lo mismo, Anuja relató lo que Beliria Tzarús le había dicho.
—Por la noche, ella ofreció su ayuda. Dormí. Y por la mañana, ella dijo cosas distintas.
—¿Qué dijo? —preguntó Artejal.
—Que recibirá a los niños enfermos, a todos y el tiempo necesario, a cambio de una promesa tuya.
—¿Cuál es la promesa que espera la jerarca?
—Que ya no hablarás del norte pantanoso, que aquí nos quedaremos. Y, así, ella nos amará.
El silencio en la tierra le impuso silencio al cielo. Luego, Artejal dio un paso adelante y golpeó los puños sobre su cabeza.
—Hasta ahora, dudaba. Ya no dudo. Esos son ellos, y estos somos nosotros. ¡Ahí los tienen! Ellos aprietan sobre el dolor, y siempre lo harán. ¡Algunos hablan de la generosa jerarca! ¿Cuál es su generosidad? ¿Prestarnos sus cobertizos y, a cambio, pedir nuestra honra? Cree la hija de Joria Dratewka que, de tanto quitarnos, nos quitaron el pecho. Pero nuestro pecho está en su sitio. Si aceptamos este nudo, aceptamos nuestro final. Más que nunca, ¡partiremos al norte! —Artejal alzó la cara a la lluvia—. Los Japiripé no han querido ayudarnos… ¡Lo haremos sin ellos!
Artejal imprecaba contra los dioses. Un escalofrío recorrió el círculo.
—Solo aguardaremos el destino de la Máxima Ancianidad. Si sana, lo llevaremos con nosotros. Si muere, permanecerá en el centro de esta aldea. Aquí, donde ahora mismo estamos, y será maldición para cualquiera que venga a habitarla. Empezaremos a prepararnos para partir.
El círculo, que se veía completo en el dibujo, no lo estaba en las opiniones. No había círculo allí. Y aunque Artejal hablara alto, aunque dijera verdades, mucha gente de la aldea apreciaba la ayuda de Beliria Tzarús.
El cacique de la Casa Gusano de la Tierra fue el primero en abandonar la ronda aparente.
La noche de la aldea se iluminaba con fogatas. La luz del fuego, bajo una fina llovizna, estaba atravesada por siluetas de mujeres que iban y venían atendiendo a los niños enfermos, velando por los sanos.
Mimbí entró a la tienda donde la Máxima Ancianidad agonizaba, con Artejal a su lado.
—Yo me siento a tu lado —dijo—. Tú apoyas la cabeza en mi regazo. Tú duermes, yo cuido al anciano.
—No es dormir lo que debo hacer.
—Eso solo pueden decirlo los dioses. No tú, amor mío.
El Primer Jefe giró hacia la cacica.
—¿Por qué me amas, Mimbí? Si entiendo por qué me amas, quizás pueda amarme yo mismo.
Mimbí puso su mano contra la boca de Artejal.
—Porque nunca me morderías.
Sacó el cuchillo que siempre llevaba en su cintura, y lo apoyó contra el cuello del Primer Jefe hasta sacar un punto de sangre.
—Y jamás desconfiarías de mí.
Por fin, tomó con firmeza la entrepierna del hombre.
—Porque sí.
Hombre y mujer permanecieron en silencio y en vigilia durante algunas horas. Pero al amanecer, volvieron a hablar.
—Irse al norte, quedarse en la aldea —murmuró Mimbí.
—Lo uno o lo otro —murmuró Artejal.
—¿Por qué? —preguntó la cacica.
—¿Por qué? —respondió el Primer Jefe.
—Los dioses dicen que el dos es dolor puro.
—Todos los dioses lo dicen.
—Dicen que no hay extremos sino recorridos —afirmó Mimbí.
—¿También entre sur y norte?
—Así será —supuso la cacica.
—Nadie se irá del todo, nadie se quedará del todo…
Con un quejido seco, la Máxima Ancianidad se alzó en el camastro. Mimbí y el Primer Jefe se pusieron de pie.
—El cielo —balbuceó el enfermo—. El cielo sabe más.
Dijo eso, y volvió a caer en el sopor de la agonía.
—¡Artejal! —Fuera de la tienda, se oyó el llamado del cacique de la Casa Gusano de la Tierra.
El Primer Jefe salió y encontró allí a una buena parte de su pueblo. Las mujeres lo miraron con dureza, y fue evidente que estaban detenidas justo al filo del respeto.
Sobre sus cabezas, las nubes seguían jugando… Quién murmura, quién llueve, quién vence.
—Vienen de la ciudad —fue el anuncio—. Viene la jerarca.
El Primer Jefe caminó en dirección al cacique que oficiaba como mensajero.
—¿Los han visto? —preguntó.
—No. Enviaron a una sierva del Castrum con la noticia. Beliria Tzarús está en camino.
Filip sonrió a espaldas de la pequeña comitiva que partía desde Oras Viitor rumbo a la aldea arayé, con Beliria al frente. Esperó que fueran un punto en la distancia y, entonces, se dirigió a las habitaciones de su madre.
Sentada en el piso, Nah recortaba con una pequeña herramienta de plata las uñas de los pies de Clamia, que suspiraba con los ojos cerrados.
—Entiendo por qué Oropelia te tiene en tan alta estima… La sucia Tzarús no solo se quedó con mi Joria…, también tomó las mejores siervas del Castrum.
La madre de Filip se echó a reír. Nah apartó las manos.
—¡Sigue! ¡Sigue! Son buenas cosquillas.
Así las encontró Filip cuando entró sin anunciarse.
El jefe de ballesteros brillaba desde adentro, como hacía mucho no ocurría.
—¡Aquí están mis mujeres! —abrió los brazos—. ¡Buen augurio! ¡Señal de que mi decisión es acertada!
—¿De qué hablas? —dijo Clamia que, ahora sí, quitó sus pies de las manos de Nah.
—Hablo, madre, de que no hay más que esperar. Este pequeño espacio es el único que tendremos.
—Siéntate.
Pero Filip no podía hacerlo. Era un niño exaltado, era un hombre frente a un nuevo mundo, un ave sobre el mar. Tanto, que Clamia se vio obligada a usar su tono maternal.
—Filip, no entendemos lo que dices. Si te serenas, será mejor.
Nah se puso de pie.
El jefe de ballesteros detuvo en seco su caminata y fue rápido hacia Clamia, tomó su rostro entre las manos y besó sus labios marchitos.
—Madre, este es el día. Hoy comienza el regreso de los Dratewka al trono de Mérec. Hoy ríe mi padre, donde sea que esté. Y son los arayés, tu pequeño pueblo, Nah, quienes nos dan la oportunidad… Artejal quiere marcharse con su pueblo, Beliria y Loial no lo permiten. La rencilla no es pequeña, y puede ser peor. Piensen en ella como en una herida. Si la dejamos, tarde o temprano va a cicatrizar. ¡No vamos a permitir que eso pase! Morder y hurgar allí, sin descanso, hasta que, por esa herida, Beliria Tzarús se desangre.
Clamia aplaudió con vehemencia.
—Te pareces tanto a tu padre —murmuró.
—Hoy comienza —dijo Filip—. Golpe tras golpe en los tobillos de mi joven hermana… Recobré mi fuerza y entendí cuál es el modo. —Enseguida se dirigió a la sierva arayé—: Estarás conmigo más que nunca. Te prometo que cuando todo acabe, tendrás una recompensa que no imaginas. —Dudó un momento—. Para tu seguridad, te lo diré ante mi madre: tú y yo tendremos un hijo. ¡Un gran bastardo!
Clamia apretó los puños, pero no dijo nada.
Poco después, los tres avanzaban en los detalles del primer mordisco.
La jerarca de Mérec llegó a la aldea con un grupo de diez hombres, cubierta con una capa negra que la protegía de la incesante lluvia.
Frente a frente, Beliria y Artejal.
Detrás de la joven, diez soldados. Detrás del Primer Jefe, cientos de almas.
—Debo hablar contigo —dijo Beliria.
—Mi pueblo y yo somos la misma cosa. Habla.
Sobre las cabezas del pueblo humano, los Japiripé se revolcaban en sus murmullos.
—Piensas que mi negativa es soberbia y es interés. Y no niego que algo de eso sea verdad. Tu pueblo y el mío se necesitan. ¿Quieres oír que nos sería difícil vivir sin el trabajo arayé? Pues, vine a decírtelo. El pueblo de los pastores y los alquimistas necesita de ustedes. Pero, premia mi honradez creyendo la otra parte de la verdad. Tampoco sería bueno para ustedes el viaje que pretendes. ¿Qué sabes tú, yo o alguien de lo que ha sucedido con los arayés de los pantanos? ¿Estarán aún? Y si están, ¿se parecerán a ustedes? Entiendo lo que quieres y buscas con esta gran partida, porque entiendo la libertad. Y porque entiendo, ofrezco. Ofrezco que nos reunamos en el Castrum para hablar sobre la condición de tu gente. Vamos a encontrar formas de mejorar la vida de los siervos. He pensado en muchas cosas buenas que podríamos hacer. ¡Muchas cosas buenas! —Beliria se veía imponente en su atuendo de viaje—. Nos llevaríamos ahora mismo a los niños enfermos. Y eso sería el comienzo de una nueva hermandad. Les permitiremos negociar con la gente de la ciudad y de los asentamientos. Y permitiremos, con entusiasmo, uniones matrimoniales. ¿Qué dices, Artejal?
El Primer Jefe se sostenía desde adentro. Mimbí se doblaba las orejas hacia adelante. El cacique de la Casa Gusano de la Tierra sonreía. Kerrprr, la viuda y Jaminita entrecruzaban sus manos. Era tan cierto lo que Beliria Tzarús había dicho que los corazones se derramaban.
—Voy a decir lo mismo que tú dijiste, jerarca de Mérec, pero con boca arayé. —Artejal esperó que se acallara el murmullo—. Dijiste: venimos a decirles lo que deben hacer. Dijiste: cuando eran libres y danzaban los matamos sin pena. Ahora que son siervos nos preocupamos por las vidas que tienen. Dijiste que vas a adornar la esclavitud. Y por último, jerarca de Mérec, dijiste lo peor: mezclaremos a tu pueblo para que desaparezca.
Beliria Tzarús se sostenía desde adentro. Mimbí se doblaba las orejas hacia atrás. El cacique de la Casa Gusano de la Tierra sonreía. Kerrprr, la viuda y Jaminita entrecruzaban sus manos.
Y era tan cierto lo que Artejal había dicho que los corazones se apretaron.
Las dos verdades se encontraron en el centro, y se miraron cara a cara.
Pero no solo se encontraron en la tierra. También, en el cielo.
Allí arriba, sobre la aldea arayé, algo ocurría.
Como conducidas por un inmenso pastor, las nubes oscuras se agruparon hasta trazar una línea definida. De un lado, un cielo que llovía. Del otro, un cielo limpio y soleado.
Artejal y Beliria alzaron la cabeza. Cuando la bajaron, parecían distintos.
¿Por qué el pueblo humano tarda tanto en comprender lo que los dioses comprenden mientras juegan?
Fue tan rotunda la verdad del cielo que no hubo ni un solo corazón indiferente.
Temprano, al siguiente día, Nah se presentó como de costumbre en la habitación de Oropelia para ponerse a disposición de su ama. Fue como siempre, su color, su saludo, su modo de mirar… Tan habitual que nadie hubiese notado otra intención que la cotidiana. Si acaso existía un mal designio, la sierva lo traía tan sepultado y silencioso que ni su propio corazón parecía saberlo.
—Deja que masajee tu cabeza.
—¿Cómo podría negarme?
—¿Han vuelto tus dolores, ama?
—Nunca se fueron del todo. ¡Ahí! —dijo Oropelia, dirigiendo las manos de Nah para que permanecieran en un punto de dolor.
La Tzarús hablaba a Nah con familiaridad.
—¿Crees que Beliria resolverá el altercado con tu gente? —le preguntó.
—Así será —respondió Nah.
—Deseo que llegue pronto… Quiero verla entrar por esa puerta.
—Solo cierra los ojos y, cuando vuelvas a abrirlos, tu hija estará delante de ti.
Beliria y los suyos cabalgaron la noche entera de regreso a Oras Viitor, sin aceptar la hospitalidad de Mimbí, que ofreció la Casa Gusano del Río para que los visitantes pudiesen descansar.
Satisfecha con el acuerdo conseguido y ansiosa por compartirlo con los suyos, la jerarca prefirió partir de inmediato. Loial estaría orgulloso de ella. Y su pueblo, también.
Volcada hacia adelante para agujerear la distancia, Beliria Tzarús avanzaba tan de prisa que a sus hombres se les hacía difícil seguirla. Su cabellera triangular era un estandarte.
Algunos, en Mérec, decían que la joven había perdido belleza. Otros, en cambio, que la había ganado.
Al amanecer, la comitiva divisó con claridad la silueta del Castrum. La cercanía del hogar al que deseaba como nunca llegar, profundizó la impaciencia de la jerarca. La humedad del monte chorreaba por su frente, y la obligaba a secarse los ojos a cada momento. Sus soldados iban detrás, alentando a los caballos.
Bajo las manos hábiles de Nah, Oropelia empezaba a adormecerse cuando el rostro de Antón llegó a sus sueños de tal modo que la hizo sobresaltar.
—¿Qué pasa? —preguntó Nah.
—Debí quedarme dormida… Y Antón apareció en mis sueños con la boca abierta en un grito.
—También a él lo verás pronto.
Oropelia sonrió.
—Hoy tienes solo buenos pensamientos, ¿verdad, Nah?
— Es verdad, ama. Tan buenos que creo que tendré muy pronto un bello hijo varón; tan hermoso como lo era Beliria recién nacida.
Oropelia tuvo un acceso de risa que no intentó disimular; no había por qué hacerlo.
—¡Hermoso como Beliria! —Se golpeó las rodillas con las manos, se enrolló en su estómago—. ¡Ya lo veo! —Una nueva carcajada la obligó a juntar las piernas—. ¡Ya lo veo!
La risa fue y volvió durante algunos minutos. Finalmente, la sierva arayé pudo volver a masajear la nuca de Oropelia, justo en la base de la cabeza, allí donde la vida es frágil.
Tal vez sin esa muestra de desdén, Nah hubiese demorado el cumplimiento de la orden que había recibido; era posible que los años pasados junto a aquella mujer pesaran al momento de la traición. Pero Oropelia Tzarús acababa de recordarle la realidad.
Oropelia Tzarús no pudo gritar. Ni siquiera supo si debía hacerlo, porque fue una punzada apenas dolorosa la que sintió en el centro blando de la nuca.
—¿Te hice mal, ama?
—Como la pinchadura de una espina —respondió la mujer.
Nah continuó su tarea. Poco después, sin más aviso, la cabeza de Oropelia se sacudió dos veces y cayó hacia atrás. Mirando desde abajo a la sierva solícita que no sonreía ni lloraba, la madre de Beliria intentó hablar, pero solo chorreó baba por los costados de su boca.
Nah se inclinó para besarle la frente.
Sin notarlo, Beliria Tzarús había cabalgado sonriendo la noche entera. Y eso, solo por imaginar el orgullo de Loial cuando supiera que ella y Artejal habían llegado a un buen acuerdo.
Ya en Oras Viitor, frente a las puertas principales del Castrum, Beliria tiró de las riendas y desmontó antes de que el animal se detuviese.
Entró sin saludar a los soldados de guardia, casi corriendo, ansiosa por darle a su madre la buena noticia.
En el monte, Mare Limba cuidaba celosamente de los suyos.
Su familia había crecido. Y la gura, que hacía ya mucho tiempo deseaba morir, no podría hacerlo hasta tanto ellos estuvieran en la cima.
Su familia: Joria, del linaje de los Dratewka; a quien Mare Limba no había salvado la vida para que continuara siendo el mismo.
Su familia: el ave negra, preciosa compañía.
Su familia: la Liebre Moteada, resultado de las vísceras del único ser que había amado.
Su familia: aquel que incubó pacientemente y que, ahora, con forma casi humana, empezaba a moverse y a comer por sí mismo.
Al comienzo, Joria Dratewka se mostró impaciente por entender los planes de la gura. Gritó y exigió regresar a Oras Viitor para retomar su jerarquía y vengarse de los traidores. Mare Limba lo dejó imprecar sin siquiera mirarlo. Cuando, fatigado de la ira, suplicó, la gura se sentó a su lado.
—Tienes muchas formas de regresar, pero solo una es para siempre. Y “siempre” es una palabra que requiere paciencia. Yo la he tenido. ¡Mírame! Desde aquella jovencita en los brazos del gran Skuba Dratewka hasta hoy… Aquí fraguaremos, si me acompañas, el año 1000 del Calendario Quinto. Sin embargo, no lo haremos con tu pequeña ira. Tenemos enemigos poderosos, mejor es que lo entiendas. Nulán lo es, y lo será aún más a medida que entienda y acepte su destino. La dragona blanca y Antón. Beliria Tzarús y el pueblo arayé. Dime ahora, y de una vez, si estás dispuesto a esperar lo que sea necesario para salir de aquí invencible. Si es así, nunca vociferes. De lo contrario, te dejaré partir. Y yo, por fin, hallaré en la muerte mi merecido descanso.
Joria Dratewka no tuvo nada que oponer a aquellas palabras, que sabía ciertas.
Mare Limba se levantó apoyándose en los vértices de sus rodillas.
—Como premio, voy a mostrarte el resultado de la paciencia. —Mare Limba acercó al rostro de Joria su aliento blanco—. ¿Has visto la criatura que crece en mi nido?
—La he visto.
—¿Puedes imaginar qué saldrá de ella?
Durante ese año, Joria se lo había preguntado muchas veces, y le dio a la gura la mejor respuesta que pudo hallar.
—Una nueva mascota. Quizás más implacable que la Liebre Moteada.
—Una parte es cierta: será más implacable que la Liebre Moteada. En cuanto a lo otro… ¿Mascota? No pensé en llamarla así, sino de otro modo.
Mare Limba alzó con cuidado aquella criatura de carne violácea y forma irregular, en la que despuntaba el aspecto humano.
—Mira de cerca —pidió la gura—. ¡Descubre por ti mismo!
Luego de observar por un largo rato, Joria pudo balbucear:
—¿Es quien creo?
—Lo es. Nadie notará la diferencia con Nulán. —Luego Mare Limba bautizó al engendro—. El Doble.
La felicidad hizo que Joria regresara a la impaciencia.
—¿Cuánto tardará en crecer lo suficiente? ¿Hablará como él? ¿Engañará a los suyos?
Mare Limba sonrió a su modo.
—Lo más difícil está hecho. Aquel pequeño trozo de carne que el pájaro negro arrancó del pecho de Nulán es su igual oscuro, y será su desgracia. Lo alimentaremos para que crezca rápido. Cuando esté listo, ustedes saldrán de aquí. Y será para siempre.
Fatigada, la gura se sentó con la espalda contra un árbol. Cerró los ojos y todos, alrededor, se durmieron. El ave, en su regazo. Joria, con la cabeza apoyada en el vientre de la Liebre Moteada. El Doble, en su nido.
Pero Mare Limba no dormía. Ella prefería recordar el tiempo pasado. Aquella gura joven que había amado al mayor jerarca de Terentigani; la misma que urdió y presenció la muerte de su propia madre. Prefirió recordar el envenenamiento de Skuba Dratewka para preguntarse, una vez más, quién lo había llevado a cabo y de qué modo. Una a una, las escenas pasaban bajo sus párpados.
¿Quiénes habían envenenado a Skuba Dratewka? Las guras de Oras Gat, sin duda. Pero ¿solo ellas?
Mare Limba miró al Doble en su nido y se exigió paciencia. Más paciencia, virtud y esfuerzo para que la dicha de morir fuera perfecta.
Beliria se detuvo en seco frente a la noticia que Nah sollozaba. Luego avanzó hacia su madre, se sentó a un costado del lecho final, tomó la cabeza muerta y la puso sobre su regazo. Los médicos del Castrum atribuyeron la muerte de Oropelia Tzarús a un brusco recrudecimiento de la enfermedad, resultado de que la desdichada no había guardado suficientes cuidados durante el último año. Las horas pasaron, las siervas entraron y salieron con manojos de hierbas encendidas, las siamesas lloraron a gritos, Loial trajo el respeto de sus hombres… Pero Beliria no abrió los ojos, ni respondió palabra alguna. Muy tarde por la noche, la joven jerarca se durmió junto al cadáver de su madre, y soñó.
“Ven, pequeña, vamos a cosechar moras. Ven, que cuelgan del aire y es verano. Guardemos algunas para Antón… Ven, vamos a pintarnos la boca con jugo rojo.”
Recién entonces, fue posible separar a Oropelia del abrazo de su hija y echarle encima una manta bordada. Apenas el cadáver fue cubierto, la jerarca se recompuso. Alzó la cabeza y salió a cumplir con sus obligaciones.
Cuando algunos preguntaron de qué se ocupaba tan fervientemente Beliria con el cuerpo de su madre aún
