Oscura (El Bosque Voraz 2)

Keri Lake

Fragmento

Razas etirias

Razas etirias

Córvicos: antigua tribu de mortales extinguida a causa de un genocidio. Rendían culto a la diosa de la muerte. Se dice que por sus venas corre sangre de los corvugones, originarios del norte de Nyxteros. Características: cabello oscuro, tez aceitunada, mortales.

Dryadiviros: raza de etirios que moran en el bosque y en ocasiones adoptan forma de árbol. De aguda inteligencia, muchos acuden a ellos por su sabiduría. Se cree que son los antepasados de los mánticos. Originarios del este de Vespyria. Características: piel áspera como corteza o raíz, astas que asemejan ramas, capacidad de manipular poderes elementales.

Elvynirios: aquellos que practican la magia a través de la nexumis. De gran inteligencia, se los escoge con frecuencia como consejeros del rey. Originarios de la nevosa isla de Calyxar. Características: tez oscura o aceitunada, cabello blanco (algunos tienen pelo rojo y tez pálida), orejas puntiagudas.

Eremicios: originarios de las tierras desérticas de Eremicia; guerreros de destreza excepcional con el poder de manipular la arena y el fuego. Características: cabello oscuro, piel escamosa que puede adquirir el color de la arena, ojos de color granate oscuro.

Lunáceos: mánticos cuya magia de sangre se ve potenciada por la luna; originarios de Nyxteros, Draconysia y Vespyria. Características: cabello oscuro o de color plata, tez pálida y plateada, ojos azules o dorados.

Mánticos/mantinatos: humanos inmortales nacidos con magia de sangre.

Órgodos: bestias similares a los ogros, conocidas por ser violentas en extremo; aunque carecen de poderes mágicos, poseen una fuerza excepcional; originarios del norte de Solácea y de Maleviarys, en el sur de Vespyria. Características: humanoides musculosos de piel verdosa o azulada; algunos tienen colmillos afilados y orejas puntiagudas.

Soláceos: mánticos cuya magia de sangre se ve potenciada por el sol; originarios de Solácea; se cree que fueron los primeros mánticos inmortales. Características: tez aceitunada, cabello rubio, ojos azules.

Syrenios: habitantes del mar con aletas y largas colas escamosas. Se los describe como seres de una belleza cautivadora, pero peligrosos, pues son crueles y les gusta el sabor de la carne de los mánticos. Moran en las frías profundidades del mar de Primmia; algunos marineros humanos afirman haberlos visto también en el mar de Abyssius. Características: cabello negro o blanco, tez oscura o clara, ojos plateados o dorados; se dice que quienes viven por debajo del foso de Crussuria tienen ojos negros y tez de color gris pálido.

Zefromitas: fruto del cruce entre mánticos y órgodos; tan agresivos como competitivos; son discriminados por los órgodos. Características: físico similar al de los mánticos, pero más robustos; algunos parecen más bien órgodos con menos múscu­los.

Glosario

Acero de Venetox: metal resistente que cuentan que se forjó en Nethyria.

Altasangre: etirio de alta cuna y gran fortuna.

A’miszhla: «mi amor» en primyriano.

Ascenso: fase parecida a la pubertad en la que los mánticos empiezan a manifestar la magia de su estirpe.

Aura: rastro de magia que puede usarse para identificar a un mántico.

Azurmadina: elemento que se encuentra en las cuevas de los Montes Serrados y despide un brillo azulado.

Barrera liminal: umbral que separa el tiempo y el espacio; barrera entre los inmortales y las visiones divinas.

Belicería: técnica de combate en la que se emplean glifos sobrenaturales y hechizos de sangre.

Bellatryx: grupo de mujeres guerreras, mitad soláceas, mitad zefromitas.

Biculia: afección que altera el color del iris tras una lesión.

Caligorya: espacio oscuro en el interior de la mente.

Caligosi: animal cuya piel se utiliza para elaborar cuero.

Cammyck: prenda interior femenina ajustada de una sola pieza que cubre el torso.

Cantafel: hechizo que permite atravesar el Valle Umbrío (y que solo unos pocos conocen).

Cardubera: un afrodisiaco muy potente.

Carnificado: mántico que se ha vuelto violento por consumir demasiado vivicantum.

Carnófago: dragón de forma serpentina que mora bajo tierra, conocido por comerse los cadáveres de los cementerios.

Celistrioces: seres agresivos cuyo aspecto es el de una luciérnaga con rostro humano.

Ceremonia del Devenir: rito iniciático de paso de las jóvenes hacia la edad adulta y la madurez sexual.

Cerezuela: baya dulce, fruto de la vid, con la que se elabora vino. De las hojas se extrae un aceite que, según se dice, ahuyenta a los espíritus malignos. Las flores, que forman parte de la familia de la belladona, resultan muy tóxicas en caso de ingestión.

Cor de Etiria: el núcleo de Etiria, a miles de leguas bajo la superficie, donde la llama negra arde con más fuerza.

Corvugón: criatura pariente del dracón, de cuerpo sinuoso con cuatro patas, plumas, pico y alas, que exhala llamas plateadas.

Chicabina: hierba aromática cuyas flores sirven como relajante muscular.

Deimosis: miedos que dejan las personas al morir y asumen forma de sombras.

Demutomancia: forma prohibida de magia que consiste en la alteración de la sangre.

Dorona: nombre por el que se conoce a la colección de esclavos de la general Loyce.

Draco: criatura similar a una serpiente, con cuatro patas y sin alas.

Dracón: criatura similar a una serpiente, sin alas.

Enteco: niño engendrado por una pareja de nilivires. Carece de magia de sangre y no puede tener hijos (es estéril).

Espiritino: pequeñas criaturas parecidas a hadas, de rostro humano y cuerpo como de palo, que viven en el bosque. Son muy agresivas y atacan en enjambre.

Ferovor: demonio que mora en el bosque y tiene un apetito voraz por la carne humana.

Fervenszi: licor muy fuerte.

Flamapul: veneno que causa una parálisis extrema cuando se introduce directamente en el torrente sanguíneo a través de una herida.

Flamelita: persona que practica y abusa de la sangría de fuego.

Forensicarios: mánticos especializados en la investigación de asesinatos y auras.

Forjaoscura: ritual en el que se absorbe el fuegoscuro. Es extremadamente peligroso, pues puede causar deformidades en quienes han alcanzado la edad del ascenso. Solo se ha realizado con éxito una vez.

Frágor: piedra que se puede detonar mediante un cántico específico y provoca grandes explosiones.

Fuegoscuro: elemento de los dioses forjado en el Cor de Etiria.

Gátalo: seres nocturnos, mezcla de gato y halcón, que viven en el bosque.

Glifo: símbolo que indica una magia de sangre concreta. Aparece como una cicatriz en la palma de la mano.

Golvyn: ser a medio camino entre el hombre y la rata que mora tras las paredes de los castillos.

Guardaduelos: un regalo maldito, símbolo de pena y culpa.

Initios: ceremonia celebrada por la realeza para dar comienzo a una celebración. Una bendición.

Keltzig: moneda acuñada en plata.

Koryn: serpiente grande y escamosa que habita en fosos y ríos.

Letalisz: asesinos a sueldo del rey que suelen mantener en secreto su identidad.

Liro: moneda (de mayor valor que el keltzig) acuñada en un metal negro.

Lúctica: una túnica acampanada larga y negra que los habitantes de Grimvale visten durante el luto.

Lunamiszka: «Mi bruja lunar».

Luz prilunar: luz emitida por la luna que ayuda a crecer a los alimentos nocturnos e infunde energía a los lunáceos, una raza de mánticos cuya magia de sangre se ve potenciada por la luna.

Magestrado: miembros de la hermandad de élite integrada por los brujos más diestros. Consejeros del rey.

Maleficieros: cazarrecompensas empleados por el rey que se ocupan de perseguir a los pueblerinos que practican la demutomancia.

Malevol: espíritu demoniaco.

Malvahada: palabra con que los mortasianos designan a los espiritinos.

Marca de sangre: documentos oficiales sellados que se requieren para viajar. Detallan una lista completa de la magia de la que un individuo es capaz y están firmados por la realeza.

Morteario: encargado de recoger cadáveres.

Muruela: enfermedad extremadamente contagiosa que provoca la aparición de furúnculos repugnantes por toda la piel.

Nectardeium: néctar de los dioses, un licor fuerte.

Nethyria: la tierra de los muertos, el reino de las ánimas, el inframundo.

Nexumis: capacidad para manipular glifos sin magia de sangre; práctica común entre los elvynirios.

Nilivir: mántico que ha perdido la magia de sangre debido a un periodo prolongado sin vivicanto.

Nilmirto: potente suero de la verdad que provoca un fuerte malestar en quien miente.

Pahzat: tubérculo similar a la patata.

Pendulince: mamífero de hocico largo, más pequeño que un elefante.

Piedraciaga: piedra dorada que puede acarrear desgracias a quien la recibe de manos de otro.

Piromante: mántico con el poder de manipular el fuego.

Placedor: persona que lleva a cabo actos sexuales por dinero.

Primyriano: idioma antiguo de los dioses, hablado por algunos vespirios.

Prodozja: manifestación protectora de la magia de sangre que se muestra en forma de insecto u otro animal.

Quinto: moneda (de menor valor que el keltzig) acuñada en un metal rojo.

Raíz de sijash: raíz que a veces se administra a los niños antes de irse a la cama para que concilien el sueño.

Rapax: depredador de niños o pedófilo.

Rapiuza’mej et rapellah’mej: una traducción aproximada sería «Tómame y hazme tuya».

Raptacia: elixir concebido originalmente como tónico para dormir, que estimula la libido.

Sangría de fuego: acto de practicar pequeños cortes en la piel y lamer las heridas con la lengua rociada con flamapul para introducirlo en la sangre. Provoca una parálisis extrema.

Sanguidina: criatura mística que se dice consume sangre para mantenerse joven y hermosa.

Septomir: cetro poderoso que se usó para crear el Valle Umbrío, activado por la sangre de los siete.

Serotónicos: venenos a base de sangre producidos generalmente en laboratorios ilegales.

Shaszha: término eremicio para describir a una mujer excepcionalmente bella.

Sujeción abisal: facultad de mantener a alguien atrapado en la caligorya.

Tejedera: bolsita de hierbas que se usa para ahuyentar las pesadillas y a los espíritus malignos.

Tónico de silvestrágora: potente pócima con propiedades alucinógenas que se extrae de las raíces de la mandrágora negra y el arbestre.

Tránsito: el poder de transportarse de un lugar a otro a través de paredes y superficies planas.

Umbravor: manifestación espiritual de la muerte de un individuo, a menudo invocada por un vidente a modo de venganza.

Valle Umbrío: barrera creada por medio del septomir para separar Mortasia de Etiria.

Vasmora: receptáculo para la diosa de la muerte.

Veniszka: palabra etiria que designa a brujas mortales que lanzan hechizos.

Ventriervo: ave criada por los magestrados que sirve como espía porque repite todo lo que oye.

Vérmido: criatura similar a un primate sin pelo, altamente agresiva y carnívora. No tiene ojos ni orejas, se orienta a través de vibraciones.

Vetas: fosos de lava profundos donde se elevan las llamas negras desde el Cor.

Vivicanto: nutriente que se extrae de las vetas necesario para la magia de sangre; sin él, esta disminuye.

Glifos

Aeryz: la venganza del viento; glifo que se sirve del viento para derribar al adversario.

Erigorisz: el poder de hacer levitar objetos con la mente.

Evanidusz: la facultad de desaparecer en una nube de humo negro o volverse invisible a simple vista.

Osflagulle: el poder de atacar con un látigo óseo; un golpe basta para destrozar huesos.

Propulszir: la capacidad de repeler poderes; glifo protector que bloquea la lectura de la mente.

Dioses etirios

Deimos: mortal que se convirtió en el dios del caos y el fuego.

Magekae: dios de la alquimia y la inmortalidad.

Morsana: diosa de la muerte.

Pestilios: dios de la peste y el hambre.

Vivarya: diosa de la fertilidad.

Prólogo

Diecinueve años antes

Unos alaridos resonaban en el pasillo subterráneo.

El húmedo y gélido aire de la bóveda de piedra casi le robó el aliento a la joven acólita en su apresurada carrera hacia aquellos gritos guturales. El corazón le latía con fuerza contra las costillas.

—Afloja el paso, criatura infernal —gruñó Sacton Crain, que cojeaba tras ella, pugnando por alcanzarla.

Cada celda frente a la que pasaba albergaba por lo menos media docena de mujeres y niños, casi todos ellos lyverianos capturados por los Hombres Rojos. Aunque el fétido hedor a muerte, heces y descomposición sin duda le provocaba náuseas a Sacton Crain, la joven ya estaba acostumbrada a él, pues había pasado casi toda su existencia en las putrefactas entrañas del templo.

Los gritos la guiaron hasta una celda en la que una lyveriana no mucho mayor que ella se retorcía, pataleando y chillando en el suelo de tierra. Con un tosco cuchillo, le habían grabado la señal de la cruz en las extremidades y la frente, y de todas las he­ri­das manaba sangre fresca. Tres Tocas Rojas le sujetaban los brazos a los costados del cuerpo mientras ella se ahogaba bajo un cúmulo de túnicas carmesíes.

—¡Dádmela! —Su acento lyveriano impregnaba sus ásperas palabras al tiempo que le sangraba la nariz, donde seguramente había recibido un golpe—. ¡Devolvedme a mi niña!

Sacton Crain entró en la habitación pasando junto a la acólita.

—¿Qué es eso tan urgente que os ha llevado a sacarme de la cama como si se hubieran levantado los muertos?

—Un alumbramiento, Su Excelencia. —La madre Vona, la única Toca Roja a la que le habían permitido conservar la lengua, se erguía imponente ante la agitada mujer, con sus severos ojos apagados por la apatía—. Podéis comprobarlo vos mismo.

Al lado de la madre Vona se encontraba otra prisionera —una vonkovyana, a juzgar por su sucio pelo rubio oscuro—, vestida con andrajos que a duras penas le cubrían el cuerpo. Sostenía en sus temblorosos brazos un pequeño bulto envuelto en una manta.

Sacton Crain se le acercó cojeando y, en cuanto bajó la vista hacia el bebé, juntó las cejas.

—¿Fuiste tú quien la asistió en el parto?

—Sí, Su Excelencia —respondió la prisionera vonkovyana—. La he oído hablar con alguien en susurros en una lengua extraña. —Dirigió la mirada hacia la mujer que yacía en el suelo y torció el gesto por la traición—. Ahí no había más que sombras.

—¡Mentira! —aulló la mujer, forcejeando contra las tenaces manos que le inmovilizaban las muñecas contra el suelo—. Estaba rezando a los dioses. ¡A mis dioses!

La madre Vona volvió la vista hacia la madre lyveriana.

—Los ojos plateados son una abominación. Has parido a un demonio. Tus dioses te han abandonado. ¿Entiendes lo que te digo?

Gritando, la mujer retenida arremetió contra las Tocas Rojas, que redoblaron sus esfuerzos por mantenerla en el suelo.

—¡Devolvedme a mi hija! ¡Dádmela ahora mismo!

Sacton Crain se arrodilló a su lado y le acarició la mejilla.

—Ea, ea. El mal traído a este mundo debe ser erradicado, pues no somos sino pastores despiadados de la sagrada doctrina.

La Toca Roja de mayor edad posó los ojos en la acólita y señaló con la cabeza a la prisionera que sostenía al bebé.

—Llévala al Bosque Voraz y ofrécela en sacrificio para que nos veamos bendecidos con un invierno suave.

Era un destino cruel y brutal para una criatura de no más de dos días de vida. Si el ser que moraba en aquel bosque no acababa arrancándole la piel, sin duda lo harían los animales que merodeaban por la noche en busca de sobras de comida. Sin rechistar, la acólita hizo un breve gesto de asentimiento y se acercó con decisión a la mujer, que le tendió al bebé.

En cuanto lo tomó en sus brazos, contempló horrorizada a Sacton Crain rebanarle el cuello a la madre lyveriana con un cuchillo.

El aire se le quedó atorado en la garganta a la mujer, que empezó a asfixiarse, gorgoteando y jadeando, mientras la sangre, que le manaba a borbotones, caía sobre el suelo de tierra. Consiguió soltarse una mano y agarrar la de Sacton Crain, que aún empuñaba el arma ensangrentada.

Pronunció unas palabras roncas en su lengua materna, interrumpidas por los chorros de sangre que le brotaban de la boca, y Sacton Crain, con los ojos desorbitados, se quedó inmóvil, aparentemente paralizado por su contacto. Mantenía la mirada clavada en la mujer y la boca abierta, como a punto de gritar, pero era como si una fuerza invisible le sofocara la voz.

—Un poder ancestral… se desatará… Dos mundos… la peste asolará… —Los estertores de la lyveriana entrecortaban sus frases—. Del árbol podrido… la plaga surgirá. La decadencia y la ruina, vencidas por ningún acero…, postrarán incluso al hombre más fiero.

Las últimas palabras dichas por la joven madre quedaron flotando en el aire como un lúgubre presagio y, cuando al fin se desplomó y soltó a Sacton Crain, él se echó hacia atrás, claramente alterado por lo que ella le había susurrado.

—Nadie debe enterarse de esto —dijo con la mandíbula temblorosa—. ¡Nadie!

Al ver que las tres Tocas Rojas la rodeaban, la prisionera vonkovyana profirió un alarido que quedó sofocado enseguida cuando estas hundieron en su cuerpo sus pequeños puñales.

Al contemplar el sangriento espectáculo, la acólita notó un torbellino de pánico en el vientre, su respiración se volvió irregular y se le desbocó el corazón.

—Menos mal que no tienes lengua y no podrás decir una palabra sobre esto, pues de lo contrario habrías acabado igual. —La madre Vona desvió la mirada de la cruenta escena y la fijó en ella—. Deshazte de la criatura, rápido.

La acólita agachó la cabeza y, tras asentir de nuevo, salió con paso discreto de la celda con el bebé en brazos, que estaba demasiado callado. Avanzó a toda prisa por los túneles de la bóveda, los cuales conocía bien, pues los Hombres Rojos también habían tenido prisionera a su madre. Fue gracias a la misericordia de Sacton Crain como había ascendido al puesto de acólita, salvándose así de pudrirse en la misma celda en la que había acabado falleciendo su madre.

Esta se habría avergonzado profundamente de ver a su hija llevando a una criatura recién nacida a un lugar donde le esperaba la muerte. Sin embargo, aunque esta idea la atormentaba, la acólita era reacia a faltar a su deber, pues la castigarían por ello y tal vez incluso la enviaran a ella misma a ese bosque infernal.

De camino hacia el portón de madera maciza situado al final del pasillo, agarró una de las cestas que se usaban para recoger hierbas aromáticas en el huerto y se detuvo un momento para acostar al bebé dentro. Cogió uno de los pequeños candiles que alguien había dejado junto a una silla de madera y avivó la llama.

Tras ponerse la capucha de la capa para ocultar su rostro, la acólita empujó la pesada puerta, luchando con las ráfagas de viento, y salió a la noche invernal. El vapor de su aliento se disipaba en aquella oscuridad sin luna y la nieve helada crujía bajo sus botas. Por las lágrimas de Dios, no había peligro de que la criatura pereciera entre los afilados dientes de una bestia, pues sin duda aquel implacable frío acabaría con su vida antes que cualquier otra cosa.

La llama del candil que pendía del extremo de su brazo extendido titilaba pese a que estaba protegida bajo una cubierta de vidrio y latón. Con la cesta colgada del codo y sujetándose la capa, cruzó a paso veloz la aldea dormida, pasando por delante de las pequeñas tiendas y la fuente de piedra. Unas pocas chimeneas encendidas le proporcionaron algo de luz mientras enfilaba el angosto sendero que comenzaba al final del pueblo, donde las tinieblas la envolvieron. Miró alrededor en busca de señales de los lobos, que según se decía atacaban de vez en cuando a algún caminante solitario. Cuando sopló una fuerte racha de viento gélido, sintió como si mil agujas se le clavaran en el rostro y los suaves gemidos procedentes del interior de la cesta le provocaron un escalofrío de espanto.

Soltó un quejido cuando la capucha se le voló hacia atrás, dejando sus orejas expuestas a aquel frío lacerante. «¡Maldita sea esta cría, que no se calla!». Cuanto más fuerte lloraba, más ganas le daban a la acólita de asfixiarla, hasta que, por alguna gracia divina, el llanto cesó. No muy segura de si prefería el silencio al ruido, la joven apretó el paso, planteándose dejar al bebé en mitad del sendero. Sin embargo, ¿qué ocurriría si la madre Vona se enteraba de que no la había presentado como ofrenda al Bosque Voraz? No quería ni imaginar el castigo que le impondría.

Cuando por fin llegó a la zona boscosa, avanzó rápidamente a lo largo de la linde, guardando una distancia prudencial con los árboles por temor a que se inclinaran hacia ella para atraparla. La criatura ya se había tranquilizado y el viento había cedido el paso a una siniestra calma; aparte del crujido de la nieve, solo se oía la respiración de la acólita, acelerada por el pánico.

Una risita que resonó en el bosque captó su atención de inmediato, por lo que escudriñó la densa niebla y los gruesos troncos que vislumbraba a la luz del candil.

No percibió más que el hedor de las plantas en descomposición.

Aun así, aminoró la marcha, sin atreverse a apartar la vista de los árboles hasta que la punta de su bota topó con algo. Acercó el candil hacia el suelo y, al ver una pequeña masa ensangrentada en la nieve, frunció el entrecejo. Se trataba de un animal, a juzgar por su forma curva y sus pezuñas hendidas, pero, debido a la ausencia de piel y al hecho de que solo colgaban unos jirones de carne de los huesos, resultaba imposible de identificar.

Sintió un escalofrío de terror recorriéndole el espinazo. Haciendo de tripas corazón, rodeó a la pobre bestia y echó un vistazo a los brillantes ojos plateados del bebé, recordando que pronto correría la misma suerte.

Desvió la mirada y sacudió la cabeza.

«Es la voluntad del dios rojo».

Aunque pensaba que el dios rojo a veces se mostraba despiadado y cruel, ¿quién era ella para poner en duda sus designios?

Por fin llegó al arco, formado por ramas retorcidas como enredaderas en torno a viejos huesos, que servía como entrada al desolador bosque que se alzaba al otro lado. Con un castañeteo de dientes, la acólita depositó la canasta sobre las rocas, sin atreverse a cruzar el umbral ni con una mano.

Al oír un brusco repiqueteo de garras contra la nieve, se dio la vuelta, con el corazón martilleándole en el pecho. Media docena de cuervos se habían arremolinado a su espalda, una visión que resultaba perturbadora. Aun así, prefería enfrentarse a ellos que a lo que fuera que habitara entre aquellos árboles.

—Eleanor.

Con un grito ahogado, la acólita se apartó del arco.

—Mi dulce Eleanor… —La voz que llegaba hasta sus oídos se parecía demasiado a la de su madre—. ¿Qué portáis ahí, hija mía?

La acólita frunció el ceño al oír a su madre emplear un lenguaje tan arcaico. Esas palabras tan formales llevaban sin utilizarse desde los tiempos de su bisabuela.

Una sombra espectral se deslizó entre los árboles, un destello blanco que le recordó la sencilla enagua que llevaba su madre la noche que las habían apresado y conducido a la bóveda del templo. La acólita, tan solo una niña entonces, se había sentido aterrada cuando las habían obligado a subir al carro acolchado que se utilizaba para transportar a los acusados de locura. Durante los meses siguientes había visto a su madre soportar crueles interrogatorios, ser pinchada por alfileres y punzones y verse sometida a tratamientos contra los malos humores por parte de los cazadores de brujas. Con el tiempo, la sencilla enagua blanca había quedado manchada de tierra, mugre y sangre, un testimonio multicolor del sufrimiento de su madre.

—Acercaos, Eleanor. Escapaos al bosque conmigo. —Vio otro destello blanco, seguido por el rojo característico de la larga melena de su madre, como si jugara a esconderse entre el follaje. El eco lejano de su risa, que hacía años que no oía, le dibujó una sonrisa triste en los labios—. ¡Solacémonos hasta que la noche se rinda ante la aurora!

Girando sin parar, la figura fantasmal se ocultó detrás de los árboles y la acólita dio unos pasos hacia ella.

—Venid, hija mía. Despojaos de vuestras cadenas y vivid conforme os plazca.

Pese a que era cierto que a su madre se le iba la cabeza de vez en cuando y le daba por hablar como su abuela, el lenguaje anticuado seguía descolocando a la acólita, pero el tono caprichoso de aquella voz la impulsaba a acercarse cada vez más.

El chillido lastimero que salió de la canasta no consiguió distraerla mientras contemplaba aquella figura pasearse entre los troncos, removiendo la broza caída.

«¡Madre! —Alargó la mano y traspasó el arco con las puntas de los dedos—. ¡Espérame, madre!».

En la cesta, el bebé prorrumpió en unos berridos tan llenos de terror que la acólita despertó de su trance y miró esos diminutos ojos brillantes que la miraban desde una carita roja como una remolacha. Los cuervos se habían acercado, graznando como para reñirla. Uno de ellos voló hacia la joven acólita, que agitó las manos para espantarlo. Otro se unió al primero y ambos comenzaron a arañarle con las garras las zonas expuestas de piel.

«¡Fuera! ¡Fuera de aquí!».

Agitó frenéticamente los brazos, intentando ahuyentarlos a manotazos mientras, sin darse cuenta, retrocedía poco a poco para evitar sus acometidas.

Algo frío la agarró de la muñeca. Al volverse se encontró frente a una bestia alta y astada con una piel que semejaba corteza de árbol, mirándola fijamente.

El ferovor.

Un alarido le desgarró el pecho cuando un violento impulso la lanzó volando a través del arco.

Unos estridentes alaridos de agonía a lo lejos hicieron enderezarse a la Arpía, que estaba agachada recogiendo bayas de luna del huerto. Se volvió hacia el Bosque Voraz y aguzó el oído. No era raro que se oyeran gritos de algún desdichado incauto que se había acercado demasiado.

Necios.

Reanudó su tarea, pero de pronto otro sonido tapó el primero: era el llanto prolongado y nasal de una criatura, más agudo y desesperado, como de un recién nacido.

Con el ceño fruncido, la Arpía alzó su candil y, cojeando, dobló la esquina de la cabaña hacia el centro del jardín, desde donde divisó algo al pie del lejano arco, rodeado por una bandada de cuervos.

¿Un bebé en una canasta?

Al mirar alrededor no avistó a nadie, pero el llanto continuó y la Arpía no fue capaz de seguir ignorándolo. Con paso renqueante, se encaminó hacia el bosque y, sin traspasar la linde, se acercó a la cesta en la que yacía temblando un bebé, con las manitas fuera de la manta que lo envolvía. Un cuervo se posó junto a la criatura, lo que pareció fascinarla, pues dejó de llorar. No despegaba los ojos plateados del pájaro.

«Ojos color plata y tez pálida como la muerte».

Su sacerdotisa había profetizado que la criatura llegaría durante la luna nueva.

La Arpía elevó la vista hacia el firmamento negro y luego reparó en un trozo de tela roja que había quedado enganchado en un saliente afilado de un hueso del arco. Al desprenderlo, notó que estaba empapado. Lo soltó y lo siguió con la mirada hasta que el viento lo hizo desaparecer entre los árboles. Las yemas de sus dedos habían quedado cubiertas de lo que suponía que era sangre.

Tal vez fuera de la madre del bebé, que había sido devorada por el bosque.

Unas voces masculinas surgieron de la lejana arboleda y, tras apagar la llama de su candil, la anciana se apresuró a esconderse en un matorral. Advirtió que se acercaba un hombre mayor; un cazador, a juzgar por el arco que llevaba a la espalda, los tonos tierra de su vestimenta y los cepos que le colgaban de la cintura. A su lado iba un muchacho de no más de doce años con una indumentaria idéntica. Ambos avanzaban en la dirección de la criatura y, cuando repararon en ella, el hombre arrugó el entrecejo.

—Dios santo, ¿es un bebé? —El muchacho se acuclilló al lado de la canasta, pero el hombre mayor lo agarró del hombro y tiró de él con fuerza.

—No te acerques.

—Pero si no es más que un bebé, papá. Es tan pequeñito como Margaret.

Su padre señaló a la criatura con la barbilla.

—Fíjate en esos ojos. Es una aberración. —Miró en derredor y cogió la empuñadura de la daga que llevaba al cinto—. El mal atrae a los cuervos. Quien la haya dejado aquí tenía sus motivos, y nosotros seguiremos su ejemplo.

—Pero se la van a llevar los animales, ¿no, papá? ¿No le comerán los ojos los cuervos?

—Me temo que le espera una suerte mucho peor. Así lo ha dispuesto el dios rojo, muchacho. Deja al bebé.

—Se morirá de frío —alegó el chico.

—¡Que lo dejes! Muévete y termina de armar estas trampas. —Se las entregó a su hijo, que lanzó una mirada inquieta hacia los siniestros árboles que tenía a su espalda—. Ocúltalas entre los arbustos.

Tender trampas cerca del Bosque Voraz contravenía la ley y las doctrinas de la parroquia, pues se consideraba que el mal infestaba a los animales que vivían en las inmediaciones. Por desgracia, debido a la crudeza del invierno, los alimentos habían empezado a escasear, lo que obligaba a los cazadores a aventurarse a ir más allá de sus terrenos habituales. A quien era sorprendido cometiendo este delito se lo castigaba desterrándolo al Bosque Voraz, ya que se creía que la maldad anidaba en el estómago de quien consumiera esa carne.

—Yo voy a colocar algunas también y luego nos vamos a casa a dormir. Ven a buscarme cuando acabes.

—Sí, papá —respondió el muchacho con seriedad.

—No te acerques a ese arco y no toques al bebé, ¿entendido?

El chico agachó la cabeza y asintió.

El cazador se alejó a paso largo por la linde del bosque mientras el muchacho procedía a colocar la trampa en los arbustos, tal como le había indicado. En cuanto terminó se acercó al bebé y espantó al pájaro, que reaccionó graznando y batiendo las alas.

—¡Largo, alimaña inmunda! —Le lanzó varios golpes al cuervo con un bastón para ahuyentarlo y bajó la mirada hacia la criatura—. Papá dice que hay que dejarte ahí, pero tal vez sería más compasivo… —Desenvainó su daga, cuya afilada punta destelló—. Eres un monstruo horrible, con esos ojos. Tal vez debería arrancártelos de las cuencas.

La Arpía salió de su escondite. Se acercó al chico con sigilo y se detuvo justo a su espalda. Estaba tan cerca que los mechones rebeldes de su cabeza le hacían cosquillas en la nariz. Cuando el muchacho levantó la daga, como disponiéndose a apuñalar al bebé, la vieja bruja le agarró la muñeca desde atrás.

Con un jadeo, este se volvió y soltó un leve grito que se le ahogó en la garganta.

Sin soltarle el brazo, ella le tapó la boca con la otra mano, mirándolo con expresión severa.

—Así que querías arrancarle los ojos a una criatura inocente, ¿no? —Arqueando las cejas retiró la mano de su cara.

—No… No era mi intención, lo juro.

—Pero sí es tu intención dejar que el Bosque Voraz devore a esta criatura.

—Papá… Mi padre dice que es la voluntad del dios rojo.

La Arpía le apretó la muñeca con más fuerza, clavándole sus largas y puntiagudas uñas en la carne.

—La voluntad de tu dios será tu perdición, pues un día el desterrado serás tú. Maledicio tej’per nomed vetusza deosium.

«Te maldigo en nombre de los antiguos dioses».

El crepitar de la piel al quemarse la hizo sonreír mientras contemplaba cómo se grababa en la mano del chico el signo de los dioses: cinco estrellas y una luna. Los ojos del muchacho se fueron tornando de un color blanco lechoso conforme la maldición echaba raíces en su corazón.

—Por la diosa de la muerte —prosiguió ella con voz ronca—. En su nombre perecerás. Ese es tu destino.

—Dios… es… la muerte.

La Arpía suspiró.

—Algo así. —En cuanto soltó al muchacho, sus ojos recuperaron su aspecto.

Temblando, el chico soltó una exhalación trémula y, al alzar la mano maldita, se le escapó un gemido de los labios.

—¿Qué significa?

—Ya lo sabrás a su debido tiempo. Y ahora vete, corre. Tu padre te espera.

El chico respiraba agitadamente, despidiendo vaharadas blancas, mientras reculaba. Giró sobre los talones y, dando un traspié, se lanzó a la carrera en la dirección en que se había alejado su padre.

La Arpía soltó una risa nasal al verlo desaparecer en la oscuridad y se volvió hacia el bebé, en torno a cuya cesta se habían vuelto a reunir los cuervos.

—Tan insignificante y ya estás dando problemas. —Se llevó la mano al interior de la capa y sacó una cajita de madera que llevaba cerca del corazón desde hacía casi un milenio. Al levantar la tapa reveló un pequeño escaramujo negro. Cuando el cuervo más grande voló hacia ella, alargó el brazo y dejó que se posara en él. Le puso el escaramujo en el pico y el ave, tras descender al suelo, lo depositó sobre el pecho de la criatura.

Un suave brillo anaranjado reveló el calor que liberó sobre la piel de la criatura, que se propagó hasta sus pequeños huesos. La cáscara del escaramujo se partió y de la hendidura brotó un tallo espinoso que creció hasta convertirse en una rosa negra perfecta de puntas plateadas que se erguía sobre el bebé.

No se deformó ni siquiera cuando la criatura asió los pétalos con sus deditos.

—Ahora le perteneces a ella. Que los dioses tengan piedad. —La bruja se fijó en el cuervo que permanecía junto a la canasta mientras los otros montaban guardia a su alrededor—. Ojalá vea el día en que retorne tu corvugón. Que la diosa te bendiga. —Cuando asintió, el cuervo ladeó la cabeza, como absorbiendo sus palabras.

Dio media vuelta para regresar a su casucha, pero se detuvo al oír el graznido de un cuervo a su espalda. Haciendo caso omiso, reanudó la marcha, refunfuñando para sí.

—Dichoso pájaro.

La condenada alimaña voló hasta interponerse en su camino, batiendo las alas con agresividad.

—¡Largo! ¡He cumplido mi promesa! ¡Ya está! —Cuando intentó sortear al animal, este echó a volar hacia su cabeza y le asestó varios picotazos en la encanecida cabellera—. ¡Basta! ¡Déjame en paz! —Intentó ahuyentarlo a manotazos, pero el cuervo no cejaba en su ataque—. ¡Está bien! ¡Está bien! ¡Le encontraré cobijo!

El pájaro se posó de nuevo en el suelo al lado de la cesta.

La vieja Arpía gruñó.

—Bestezuela despreciable. —Con un resoplido, se acercó cojeando al bebé—. Me aseguraré de buscarle un techo, pero no será el de mi casa. No quiero saber nada de criaturas abandonadas. —Mascullando, recogió la cesta—. Ojalá los dioses me concedan el sueño eterno después para que no tenga que volver a ver ese repugnante pico que tienes.

Cargada con la canasta, se encaminó hacia una casa que se divisaba a lo lejos, la cual pertenecía a Godfrey Bronwick, el viejo vinatero de la aldea. Era un anciano bondadoso que tenía una nieta no mucho mayor que el bebé, alguien con quien la criatura podría jugar.

La vetusta madera de los escalones del porche crujió bajo sus pies cuando subió para dejar la cesta en el umbral. Unos gorgoritos suaves atrajeron su atención hacia el bebé tendido en su interior, cuyos ojos brillaban como los de un animal, lo que daba algo de miedo. Suspirando, la anciana deslizó su afilada uña por el pulgar, donde apareció una fina línea roja.

—Argenticulos tej cinere, sole fractir’per mortiz. —«Que la plata de tus ojos se vuelva ceniza». Era una maldición que solo se rompería con la muerte. Esparció la sangre sobre los labios de la criatura y notó que esta succionaba con suavidad la yema de su dedo. El bebé entrecerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, su intenso color plateado se había apagado hasta convertirse en un gris invernal—. Mucho mejor. —La vieja ladeó la cabeza y acarició la cálida mejilla de la criatura con el dedo.

A continuación llamó a la puerta y se alejó renqueando en la noche.

1

Maevyth

Nunca había sentido deseos de resucitar a una persona de entre los muertos solo para estrangularla después hasta arrancarle la vida, pero, si hubiera tenido cerca a la Arpía, sin duda la habría matado dos veces sin el menor remordimiento.

—¡Zevander, por favor! —Me abalancé hacia el agujero en el suelo donde estaba metida mi hermana, forcejeando con el fornido brazo que me sujetaba por el abdomen—. ¡Suéltame! —chillé arañando las tablas del suelo, desesperada por llegar hasta ella—. ¡Tengo que comprobar si está viva!

Sin mucho esfuerzo, Zevander me apartó de ahí, con mi espalda contra su pecho, mientras yo me retorcía para intentar liberarme.

—¡Como no me sueltes ahora mismo, te arranco el brazo a mordiscos! —Me agarró con más fuerza, lo que me provocó un estremecimiento de rabia. Le hinqué los dientes en el brazo y, al morder, noté que los músculos se le tensaban al tiempo que lanzaba un quejido.

—¡Me cago en la sangre de los dioses! ¡Espera un momento, mujer! Podría estar infectada.

Infectada, cierto. La parte racional de mi cerebro despertó al oír sus palabras, así que dejé de resistirme y retiré la boca de su brazo, dejándole un hilillo de saliva. Jadeando por el esfuerzo de luchar contra él, me rendí a su lógica. Por muy devastadora que me pareciera esa posibilidad, él estaba en lo cierto. No tenía la menor idea de en qué estado se encontraba mi hermana. Era muy posible que estuviera muerta.

Respiré hondo hasta que cesó el martilleo de mi corazón y, entonces, dejó de apretarme contra él.

—Déjame a mí.

Asentí de mala gana, pero, cuando se puso delante de mí, lo agarré del brazo.

—Zevander…, te lo ruego…, si está infectada… —Las palabras se me atragantaron.

—La trataré con delicadeza —prometió, claramente consciente de mi angustia.

Volví a asentir y, tras soltarlo, me arrodillé mientras él descendía al reducido espacio bajo las tablas del suelo. Los pocos estantes y los tarros de comida apilados que alcanzaba a ver indicaban que se usaba como despensa. A pesar de que el nivel del suelo le llegaba a Zevander justo por los hombros, el hueco parecía lo bastante alto para que yo pudiera caminar por él sin agacharme.

Un frío penetrante me tensó los músculos y me entraron temblores al imaginar a Aleysia ahí encerrada. Nadie sobreviviría mucho tiempo a esa temperatura.

Recé con la esperanza de que, si de verdad existía un dios, no fuera tan cruel de conducirme hasta el cadáver de mi hermana.

Con movimientos lentos y cuidadosos, Zevander la cogió en brazos. Se me aceleró el corazón al ver la languidez de su cuerpo sobre las robustas extremidades de él. Parecía muy menuda y frágil comparada con su envergadura. Estremeciéndome de expectación, me froté las manos.

«Por favor, que no esté muerta. Por favor, que siga con vida».

La depositó con suavidad en el suelo y, conteniendo el aliento, me acerqué a ella. Alargué la mano temblorosamente hacia mi hermana, sin atreverme a tocarla. Me había pasado semanas ansiando volver a verla, pero de pronto el temor a que hubiera fallecido se apoderó de mí y los ojos se me llenaron de lágrimas mientras contemplaba su frágil figura.

No mostraba señales de infección; ni deformidades extrañas en el rostro, ni patas de araña sobresaliendo de ninguna parte de su cuerpo. Parecía la Aleysia dormida que había visto tantas veces. Más delgada y pálida, sí, pero por lo menos humana.

Me aproximé a ella tambaleándome y apoyé la oreja en su pecho. El sonido de sus latidos lentos pero constantes hizo que me brotasen más lágrimas, pero, para asegurarme, acerqué los dedos a la vena de su cuello, aunque me detuve al fijarme en mis yemas ennegrecidas. Con esa misma mano había segado la vida de Elowen.

—Yo no… ¿Por favor, podrías…? —Aunque me costaba expresarle lo que quería, pues tenía la voz ahogada por la emoción, Zevander le puso los dedos en la garganta.

—Tiene pulso.

Solté un suspiro de alivio temblorosamente y sacudí la cabeza.

—No creo que esté infectada. Las tallas de la puerta los han mantenido alejados. Sin duda, habrán producido el mismo efecto en ella.

—Eso parece. A menos que ella encontrara otra forma de entrar.

La gelidez de la piel de mi hermana caló en la palma de mi mano cuando le di la vuelta hacia mí, con cuidado de no tocarla con los dedos, y se me encogió el corazón al ver su cara lívida.

—Aleysia, Aleysia, despierta. Por favor, tienes que despertar. —El delicado beso que le di en la frente no provocó la más mínima reacción en ella—. Por favor, abre los ojos, hermana. —Su aliento helado me acarició el rostro y, al pasarle la mano por los brazos, me sorprendió su tacto glacial—. Está demasiado fría. Tenemos que hacer que entre en calor lo antes posible.

Zevander se arrodilló junto a mí y alzó la mano, cuyo glifo emitió un resplandor tenue.

—Malditos sean los dioses. —Apretó el puño y, tras abrirlo de nuevo, sostuvo la palma encima de mi hermana. Mascullando para sí, se frotó las manos.

—¿Qué pasa? ¿Algo va mal?

—No consigo invocar el calor de la llama.

—¿Ni siquiera un poco?

—Prefiero no comprobar si es posible invocar la llama en sí. —Cerró el puño de nuevo y volvió a abrirlo, sacudiendo la cabeza.

Aunque sentía curiosidad por saber por qué le costaba tanto invocar su poder, estaba centrada en Aleysia.

—Tenemos que lograr subirle la temperatura de alguna otra manera.

Zevander levantó con cuidado su cuerpo exangüe y lo llevó hasta la cama de la Arpía, en el otro extremo de la cabaña. En cuanto la tendió sobre el jergón raído, recogí las mantas y las apilé encima de ella, pero, cuando me dispuse a acostarme a su lado, Zevander me agarró del brazo.

—Eso no es muy prudente.

Con expresión ceñuda, torcí el brazo para zafarme.

—Me da igual. Los mortales morimos cuando nuestro cuerpo se enfría demasiado.

Como si se hubiera dado cuenta de que había perdido la discusión incluso antes de que comenzara, profirió un gruñido.

—Aún puede resultar peligrosa —aseveró—. Te advierto que, si intenta hacerte el más mínimo daño, no vacilaré ni un momento en…

—Si intenta hacerme daño, yo misma me encargaré de ella —espeté con más brusquedad de la que pretendía—. Yo también he matado con mis propias manos. —Dejó escapar otro refunfuño de desaprobación—. Entiendo tu preocupación, no soy tonta —añadí con voz más tranquila—, pero es mi hermana, Zevander. Solo te pido que… no hables de matarla todavía, por favor.

No me hizo falta colarme en su mente para saber que en ese momento sus pensamientos se habían desviado hacia Rykaia, como delataba el conflicto que se reflejaba en sus ojos. Aun así, mantenía el puño apretado, lo que me recordaba que, si Aleysia me atacaba, poco podría hacer yo por detenerlo.

Me arrimé todo lo posible a ella, cerrando los puños también para impedir que las letales puntas de mis dedos la tocaran y le rodeé el vientre con los brazos con la esperanza de percibir el menor indicio de movimiento.

Si no hubiera oído los latidos de su corazón, sin duda la habría creído muerta.

Los segundos dieron paso a los minutos sin que su estado cambiara. No mostraba ninguna señal de vida, aparte del lento subir y bajar de su pecho. No paraba de darle vueltas a la cabeza, esforzándome por atar cabos, pero nada tenía sentido. Recordé mi visión, cuando Dolion había usado el espejo clarividente, en la que aparecía Aleysia, calentita y a salvo en la cama.

¿Había algo de cierto en ello? ¿Había estado prisionera de la Arpía desde el principio? ¿Por qué? No alcanzaba a imaginar qué podía querer de ella la anciana.

Zevander permaneció de pie, apoyado en el marco de la puerta. Observando. Esperando. Sin despegar la vista de nosotras.

—No le encuentro pies ni cabeza a esto. ¿Cómo puede haber sido tan cruel esa vieja bruja?

—Tal vez tuviese sus razones —dijo con voz más suave, aunque percibí un ligero dejo de tensión en él—. O tal vez no. Sé de muchas personas que son crueles sin motivo.

Me vinieron a la memoria las cicatrices que había visto en su cuerpo y, aunque me habría gustado ahondar en su comentario, estaba demasiado afectada en ese momento para mantener una conversación tan seria.

—Antes, cuando no has conseguido invocar tu magia…

—Creo que ahora mismo tienes preocupaciones mucho más importantes.

—Solo quiero asegurarme de que sean verdaderamente más importantes, dada la tendencia que tenéis los hombres a quitar hierro a los problemas graves.

A su pesar, se le escapó una sonrisa.

—Te lo aseguro. Casi no he consumido vivicanto desde que llegué aquí y mi organismo se está resintiendo un poco.

—¿No llevas nada de vivicanto?

—Solo una pequeña cantidad adulterada con estimulantes que le robé a tu amigo en la Ceremonia del Devenir.

Anatolis, el escriba al que yo había reconocido y a quien Zevander había interrogado y, al final, matado.

—Dadas las circunstancias, los estimulantes no me parecen muy recomendables —dijo.

—¿Y qué pasaría si no tuvieras nada?

Su adusta expresión le ensombreció la mirada.

—No pensemos en eso ahora. Como ya te he dicho, tienes preocupaciones más importantes.

—El problema es que esta en concreto podría agravarse con el tiempo. Prométeme que me avisarás si la cosa empeora.

—Por supuesto.

—Y, por los dioses, te juro que si intentas ocultármelo por mi bien… —Al notar la cadencia deliberada de unos golpecitos en el brazo, se me puso la carne de gallina. Dirigí de inmediato mi atención a Aleysia, que seguía durmiendo. Los toques habían cesado, como si ella no hubiera tensado ni un músculo.

—¿Qué ocurre?

—Se ha movido. Lo he notado en el brazo. Me ha dado golpecitos con el dedo.

—¿Estás segura?

—Sí…, casi segura. —¿O no lo estaba?

—Tal vez haya sido un movimiento reflejo.

—Tal vez, pero me ha parecido intencionado.

Se oyó un porrazo seco contra la pared y me llovió polvo en la cara. Con una mano en la empuñadura de la daga, Zevander salió de la habitación a toda prisa. Regresó al cabo de unos instantes, con la consternación reflejada en el rostro.

—Hay un grupo de infectados justo al otro lado de la puerta. Voy a montar guardia desde la ventana de la otra habitación. —En su mirada vacilante leí qué era lo que lo inquietaba—. Si se despierta…

—No me pasará nada.

Asintió con contundencia.

—Si me necesitas, estaré aquí al lado.

Cuando se volvió para marcharse, la luz incidió en su rostro de tal manera que las venas en las que se ramificaba su cicatriz parecieron oscurecerse aún más, si tal cosa era posible. También me dio la impresión de que la cicatriz en sí era más larga, aunque quizá me equivocara.

A lo mejor no era más que un efecto de la luz.

Me volví de nuevo hacia Aleysia y acurruqué el rostro contra su cuello.

—Por favor, despierta. Te prometo que, si lo haces, te llevaré lejos de este lugar.

Bajo el velo gris del crepúsculo, los árboles, retorcidos y nudosos, como esqueletos, permanecían silenciosos en medio de una niebla blanca escurridiza. El olor a muerte y descomposición, como el que emana de una tumba recién abierta, me cerraba la garganta mientras caminaba con cautela por la maleza. Unos bichos pequeños y negros similares a insectos correteaban por el suelo y el perturbador repiqueteo de sus patitas me producía picor en la piel. La sensación de que alguien me acechaba me cosquilleaba en la nuca, aunque no tenía idea de quién o qué era.

Avancé por aquel camino no marcado, adentrándome cada vez más en la espesura hasta que, al fin, divisé a lo lejos un árbol gigantesco, tan imponente que me imaginé que cumplía alguna función siniestra pero importante para el bosque. Al acercarme, me fijé en las ramas y arrugué el entrecejo al advertir que semejaban piernas y brazos humanos. Al pasar junto a una maraña de raíces que sobresalían del suelo, vi el rostro de una niña tallado en la corteza, con las manitas en alto como para intentar alcanzar algo que no había podido salvarla. Los detalles eran tan nítidos que me vino a la memoria un sueño lejano en el que un hombre con armadura despeñaba a esa misma muchacha por un barranco.

Y seguramente ese era el destino que había corrido.

Al mirar alrededor descubrí otras manos extendidas y rostros con expresión de sufrimiento y angustia, como si algo hubiera engullido a aquellas personas desde abajo.

Me aproximé al árbol siniestro, en cuya corteza estaba grabada la cara de una mujer que también tenía las facciones crispadas por el dolor. Cuando alargué el brazo para tocarla, sus párpados se abrieron, revelando unos globos oculares negros.

—Sole mortiz facje salvirun —dijo con voz áspera. «Solo la muerte nos puede salvar».

Sentí un escalofrío de terror por la espalda y el corazón me latía con tanta fuerza que me dolía. Me llevé la mano al pecho y noté los latidos en la palma.

—Sole mortiz facje salvirun.

Unos pasos más atrás capté un resplandor rojizo en el tronco, un pulso luminoso que recorría la superficie al ritmo de mi corazón.

—Sole mortiz facje salvirun.

La robusta raíz de un árbol se me enredó en el tobillo, de modo que me tambaleé hacia atrás y caí con fuerza sobre el trasero. La raíz se enrolló en el otro tobillo y me trepó por las piernas hasta la espinilla. Una oleada de pánico se adueñó de mí. Arañar el grueso apéndice que me sujetaba no sirvió para que redujera la presión sobre mis extremidades.

—¡Déjame! ¡Déjame! —La raíz ascendió por mis muslos, me rodeó el abdomen y serpenteó por mi espalda. Intenté arrancármela con las uñas, pero solo conseguí rasguñar la rugosa superficie—. ¡No! ¡Suéltame!

Las raíces secundarias se enrollaron alrededor de mi cuello y se me cortó la respiración por la histeria.

Me apretaba cada vez más fuerte.

Más y más fuerte.

Abrí la boca para gritar, pero no conseguí emitir más que un gemido ronco.

¡Por favor!

Abrí los párpados de golpe y vi dos iris negros mirándome fijamente; unos ojos oscuros vacíos enmarcados por unos largos mechones rubios llenos de mugre que pertenecían a mi hermana.

Movía los labios con rapidez y de ellos brotaba un torrente de palabras que no fui capaz de entender. La presión en la garganta me hacía lagrimear y tosí con suavidad. Los pulmones me palpitaban en el pecho anhelando una bocanada de aire y, con los ojos anegados de lágrimas, alcé las manos, con las puntas de los dedos ennegrecidas que la reducirían a polvo con una orden mía.

«Por favor, no me obligues a hacer esto. Te lo ruego, Aleysia. ¡No me obligues!».

«Mátala, Maevyth —dijo una voz que reconocí como la de Morsana—. ¡Mátala de una vez!».

El mundo se encogió hasta convertirse en un punto diminuto.

Luego las tinieblas lo envolvieron todo.

2

Zevander

Pasado

El padre de Zevander cojeaba unos pasos por delante de él, abriéndose paso entre la multitud del concurrido mercado. Para ser un carcamal con una pierna hecha polvo, el patriarca de los Rydainn se apañaba bien con esa muleta suya. Al joven Zevander le picaba la máscara que le cubría la parte inferior del rostro, pero su padre insistía en que la llevara en espacios públicos para no despertar sospechas entre quienes lo mirasen.

No tardaron en llegar a la taberna La Sal Negra, un establecimiento tranquilo situado a las afueras de Costelwick. Lord Rydainn padre empujó la pesada puerta de madera, que chirrió al abrirse hacia el mal iluminado interior, donde había poco más de una docena de hombres sentados en las mesas. El muchacho, que había acompañado a su madre y su hermana en visitas a Costelwick, se había acostumbrado a escrutar su entorno.

Una vez dentro, su padre se detuvo un instante y fijó la vista en una figura oscura sentada al fondo y sumida en sombras. Se dirigió renqueando hacia ella, seguido por Zevander, y se paró al lado de la mesa.

La figura, con el rostro oculto bajo una capucha raída más grande de lo habitual, no levantó la mirada.

—Me mentiste —dijo lord Rydainn con la voz ronca de ira—. Llevo dos semanas viajando en busca de ese hombre, pero solo he encontrado a más víctimas suyas. ¿En qué clase de persecución me has embarcado?

La figura no se molestó en responder, en alzar los ojos de la jarra de cerveza que tenía delante ni en dar señales de haber reparado en la presencia del hombre.

Lord Rydainn asestó un puñetazo a la mesa, derramando un poco de la bebida de la figura desconocida, quien, aun así, siguió sin mover un músculo.

—¡Exijo una respuesta! ¡Mi hijo está cada día peor!

Lord Rydainn padre agarró a Zevander del pescuezo y tiró de él hacia la mesa mientras se sentaba frente a la figura. Aunque la tenía justo delante, Zevander no alcanzaba a verle la cara, pues permanecía oculta por la capucha.

—Estás jugando conmigo. Quiero que me devuelvas mi dinero —prosiguió su padre, a su lado.

—No —respondió una voz áspera que solo podía pertenecer a una mujer mucho mayor que el padre de Zevander.

—Pues entonces dime dónde encontrar a Cadavros. He de dar con él antes que los hombres del rey, que lo ejecutarán por sus crímenes. Dímelo o te llevaré a rastras a mi casa para que las arañas de mi hijo te devoren.

La desconocida dejó escapar una risita.

—Invoqué una visión para ti. Tú no supiste aprovecharla.

—¿Es que no sabes quién soy yo ni quién es mi esposa? Bastaría una palabra nuestra para que el rey te…

—Si fueras tan poderoso, no estaríamos hablando ahora mismo, ¿no, crees, lord Rydainn? Tu rey te ha abandonado. Sospecho que, de lo contrario, estarías en casa, celebrando la víspera del solsticio con tu amada esposa. —Agarró la jarra, que desapareció en el interior de la capucha mientras tomaba un sorbo de ella—. No puedes acudir a tu rey, y menos aún después de haberlo traicionado.

—Te lo ruego. Ayúdame. Concédeme otra visión.

—Y si lo encuentras, ¿qué? ¿Qué lo obligarás a hacer?

—¡Fíjate! —Lord Rydainn le arrancó la máscara a Zevander—. ¡Mira cómo se está extendiendo!

La figura encapuchada se inclinó lo suficiente hacia atrás como para que Zevander distinguiera un ojo verde pálido que parecía brillar desde las oscuras profundidades.

—La maldición está causando estragos —agregó su padre con los dientes apretados.

—No es el fuegoscuro lo que ha estropeado su apuesto rostro.

—Entonces ¿qué es? ¡Si lo sabes, dímelo!

Por el rabillo del ojo, Zevander vio que dos hombres se aproximaban a la mesa. Guardias del rey, a juzgar por sus lustrosas armas y coraza. Tironeó de la camisa de su padre, pero este le dio un manotazo.

—¿Sabes que intentó devorar a mi hijo cuando era recién nacido? ¡Pretendía tragárselo entero!

Las palabras del patriarca de los Rydainn le habrían provocado un estremecimiento a Zevander de no ser por los guardias que se les acercaban; había oído varias veces la historia de que lo habían arrojado a las llamas, pero no conocía esa otra parte. Se le tensaron los músculos al ver que su padre no prestaba atención a los recién llegados hasta que estaban plantados junto a ellos. Entonces volvió a tirarle de la camisa.

—Lord Rydainn de Eidolon —anunció uno de los guardias, lo que ocasionó que las voces de la clientela cesaran y todos los ojos se volvieran hacia su mesa.

Su padre miró al soldado de arriba abajo.

—¿A qué viene esto?

Uno de los guardias agarró a Zevander del hombro y lo derribó del asiento, de modo que se golpeó las rodillas contra la madera podrida del suelo. Otro lo cogió con sus rudas manos y lo forzó a ponerse de pie mientras él se resistía.

—¡Basta! ¡Esto es una ignominia! ¡Fui capitán de maleficieros y exijo una explicación! —Su padre se las arregló para salir de detrás de la mesa y se levantó de golpe, pero el otro guardia lo asió.

—Queda detenido por orden del rey. —El guardia dirigió su atención a la extraña mujer encapuchada—. ¿Este es el muchacho?

—En efecto.

—Pues queda detenido también.

—El muchacho no. —La mujer apoyó sus arrugadas manos mutiladas sobre la mesa—. Él se queda conmigo.

—El rey ha ordenado su arresto.

—¡No! —gruñó la mujer poniéndose de pie como un resorte, de manera que se le bajó la capucha, revelando las deformidades más grotescas que Zevander había visto jamás. Parecían salidas de las pesadillas más terroríficas. Cicatrices aún más profundas que las suyas le surcaban el rostro y los maltrechos labios. El ojo que el muchacho no había llegado a vislumbrar bajo la capucha semejaba una esfera de obsidiana, negra como la tinta—. ¡Es mío! ¡Me jurasteis que se quedaría conmigo!

—Ve a quejarte al rey. —Con estas palabras, los hombres se llevaron a rastras tanto a Zevander como a su padre.

3

Maevyth

Presente

Me incorporé de golpe con un grito ahogado y me llevé la mano a la garganta. Al volverme vi que Aleysia seguía dormida, como si no hubiera movido un músculo. «¿Un sueño? ¿No ha sido más que un mal sueño?».

Respirando de forma agitada, repasé mis recuerdos.

«Mátala». La palabra me envolvió como una serpiente y, en mi mente, adoptó la forma de una silueta esbelta. Morsana.

Fría y despiadada. Cruel.

Sacudí la cabeza con los ojos apretados.

«Mátala mientras duerme. Será más fácil así».

La busqué por la habitación, pasando la vista por las mismas paredes de arcilla y paja, respirando el mismo hedor a barro y humedad. A mi lado, Aleysia seguía sumida en un sueño profundo, ajena a todo. Se la veía tan tranquila, tan inocente…

—No. No voy a hacerlo.

«Está podrida por dentro. El único remedio es la muerte».

—No vas a tocarle ni un pelo, ¿me oyes? —No tenía claro si la orden iba dirigida a ella o a mí misma.

La voz no respondió.

Esperé, escudriñando las sombras, preguntándome si la diosa de la muerte había cruzado por alguna razón el límite entre la caligorya y este mundo. La voz permanecía callada. Aún jadeando, me pasé la mano temblorosamente por la frente, luego eché a un lado las mantas y salí corriendo hacia la puerta. Necesitaba distanciarme físicamente de esa maldita pesadilla.

En la otra habitación, Zevander estaba sentado en una silla frente a la ventana, con las botas apoyadas en el alféizar. Cuando se dio la vuelta y me vio, juntó las cejas.

—¿Va todo bien?

—Una pesadilla. —Lancé una mirada a la habitación de Aleysia y la posé de nuevo en él—. ¿No se ha movido mientras dormía? ¿Para nada?

—Que yo haya oído, no. —Fijó la vista en mis manos, que tenía entrelazadas frente a mí, como si percibiera mi temblor, y se inclinó hacia delante para estudiarme—. ¿Seguro que va todo bien?

A pesar del martilleo de mi corazón en el pecho, asentí.

Me contempló unos momentos más y se volvió otra vez hacia la ventana. Al otro lado, la luna resplandecía alta en el cielo.

—Habrá sido una pesadilla.

—Ha sido espantoso. —Presa aún de un dolor punzante en la garganta, me dirigí hacia la pequeña mesa, sobre la que había una jarra de agua al lado de una taza de hojalata, y me serví un poco. El intenso calor de la chimenea desterró poco a poco el frío que aún me calaba los huesos—. ¿Has…? —Titubeé, deseando preguntarle (a él, un hombre entrenado para matar) si alguna vez había oído una vocecita incitándolo a arrebatarle la vida a alguien; si había ocasiones en que su conciencia se desmandaba y le exigía que cometiera alguna atrocidad. Sin embargo, lanzar esa pregunta al universo se parecía demasiado a hacer una confesión—. ¿Has visto muchos? —inquirí en cambio—. Me refiero a esos seres de ahí fuera.

—Van y vienen. Parecen lo bastante espabilados para saber que estamos aquí, pero no han intentado echar la puerta abajo. Me da la sensación de que son cazadores nocturnos.

Sus palabras me provocaron un escalofrío. Me venían a la mente imágenes de esas cosas engullendo carne nacidas de mis peores pesadillas.

—Rezo por que despierte por la mañana para que podamos irnos de aquí.

—Maevyth… —Se dio la vuelta en la silla con expresión tensa y, si no me equivocaba, sombría.

—¿Qué pasa?

En el momento en que movió la cabeza de un lado a otro, supe que lo que iba a decir era mentira.

—Nada.

—No, no me lo creo en absoluto, así que dime la verdad. —Alcancé a distinguir una maldición y la palabra «idiota» en sus refunfuños—. Dímelo.

—Aleysia no conseguirá atravesar el Valle Umbrío. Los mortales no pueden cruzar a Etiria. —Su tono, cortante como una navaja, hizo trizas cualquier esperanza que yo albergara mientras asimilaba esa información en silencio. El pesar que ardía en sus ojos contrastaba con el veneno de sus palabras, que me helaron la sangre.

—¿Qué? —pregunté con incredulidad, sin esperar respuesta. Al fin y al cabo, Zevander no se mordía la lengua—. Yo sabía que ella no podía cruzar sola, pero… ¿conmigo tampoco? ¿Ni contigo?

—No puede cruzar a Etiria, punto. El Valle Umbrío lo impide. —A pesar de todo, mantenía la voz firme, como desconectado del remordimiento que claramente sentía, el cual lo llevó a restregarse el rostro con la mano.

—No es posible. —Retrocedí tambaleándome y me dejé caer en el asiento situado a mi espalda—. Pero si… yo soy mortal.

—Tienes sangre etiria.

Abrí la boca para replicar, pero no fui capaz de encontrar las palabras. Ningún argumento cambiaría la dura realidad.

—¿Cómo vamos a…? No podemos quedarnos aquí. Nuestro hogar, la aldea, todo ha quedado destruido. —Se me quebró la voz al recordar que la cabaña del abuelo Bronwick se había quemado por completo.

—Llevo casi toda la noche reflexionando sobre ello. —Dirigió de nuevo la vista hacia la ventana.

—¿No hay otra solución?

—Tal vez, si alguien forjara un vínculo con ella… En ese caso, se produce un intercambio de sangre. —Suspirando, me lanzó una mirada desalentadora—. No creo que nos encontremos con muchos etirios en este lado, pero aun así el riesgo es demasiado alto. Si el intento fracasara, se precipitaría hacia su muerte en el gran abismo. Solo a los etirios de sangre e intenciones puras se les permite cruzar esa frontera.

«¿De sangre e intenciones puras?».

—¿Qué narices significa eso?

—Un intercambio de sangre no la convertiría en una etiria auténtica. Y, si resultara que su sangre está infectada, sería rechazada. No se le permite el paso a nada que se perciba como una amenaza.

Solté un bufido de exasperación y me tapé la cara con las manos mientras un dolor palpitante me castigaba la cabeza.

—No puedo dejarla aquí sola. —Apretando las mandíbulas, parpadeé para contener las lágrimas que empezaban a escocerme en los ojos—. Y menos aún con esas cosas. Por otro lado, la idea de quedarnos aquí me aterra. —Estaba tan aliviada por haberla encontrado que ni se me había pasado por la cabeza que tal vez ella no pudiese regresar a Etiria con nosotros; no me planteé la posibilidad de que se viera obligada a quedarse en la tierra de los mortales.

—No pienses en ello ahora. —Se puso de pie, agarró una manta que estaba colgada en el respaldo de la mecedora de Elowen y atravesó la habitación con paso resuelto. Tras cubrirme los hombros con ella, hincó una rodilla en el suelo y ladeó la cabeza como para atraer mi mirada—. Voy a cortar un poco de leña. Tenemos alimentos suficientes para unos días. Y, si se nos acaban, puedo salir a cazar.

Me volví hacia el fuego con la esperanza de que no viera mis pensamientos reflejados en mis ojos, el enorme alivio que se había apoderado de mí al saber que no pensaba dejarme sola con Aleysia y aquellos terroríficos monstruos.

—No te pido que hagas esto, Zevander. No te pido que te quedes, teniendo a tu familia en otro lugar…

Me asió el mentón con fuerza, en un gesto que me sobresaltó, y al levantar los ojos lo vi erguido ante mí, imponente, con una ceja arqueada.

—No me estás pidiendo que haga nada. Y, ahora, descansa un poco. No pienso permitir que te obsesiones con eso esta noche. De hecho, me maldigo por habértelo dicho, pero temía que, si te enterabas más tarde, fuese peor.

—Suponiendo que despierte algún día. —Las lúgubres palabras me atoraron la garganta.

—Despertará. Deja de preocuparte.

Habría querido preguntarle qué sucedería si no despertaba, pero temía su brutal franqueza tanto como la necesitaba.

Al echar otro vistazo al dormitorio, me asaltó la imagen de Aleysia sentada encima de mí con aquellos espeluznantes ojos negros hablando en lenguas extrañas.

—Creo que dormiré aquí, si te parece bien.

—Por supuesto. —Se acercó a la chimenea y atizó las llamas, que empezaron a despedir un calor abrasador que no consiguió arrancarme el frío que me reptaba bajo la piel.

Me acomodé en el suelo y me arropé bien con la manta, y no reparé en que Zevander había salido de la habitación hasta que lo vi regresar con una almohada que me colocó bajo la cabeza.

—Gracias.

Con la mandíbula tensa y una breve inclinación de cabeza, se enderezó, pero lo agarré del brazo.

—¿Te acuestas a mi lado? Solo hasta que me quede dormida.

Una leve sonrisa asomó a sus labios mientras se tendía a mi espalda; su voluminoso cuerpo era como una montaña sombría.

—Ojalá no me pidieras cosas tan difíciles —dijo poniéndome la mano en el vientre.

Aunque no alcanzaba a ver a Aleysia por encima de sus anchos hombros, era bien consciente de que la puerta de su dormitorio se había quedado abierta. Me di la vuelta hacia él y, con la cara apretada contra su fornido pecho, inspiré el tenue aroma al licor de Elowen que había tomado hacía un rato. Me faltó valor para decirle que su presencia era un bálsamo para el caos que reinaba en mi cabeza. No era justo por mi parte esperar que se quedara, pero, joder, qué gran alivio fue para mí.

—¿Y qué ocurrirá cuando se te acabe el vivicanto?

—No me pasará nada. Tal vez me ponga un poco de mal humor. Desde luego no podré engatusarte con mis encantos, pero… sobreviviré unos días más sin él.

Se me borró la sonrisa.

—¿Y si tenemos que quedarnos más de unos días?

Me acarició la frente con el pulgar.

—¿Tú te has oído? Estás preocupándote por algo que aún no ha sucedido.

—Me gusta ser previsora.

—Le estás dando vueltas a demasiadas preocupaciones a la vez. Duérmete o me veré obligado a lanzarte otro hechizo.

Me quedé de una pieza al oír su comentario.

—¿Me has lanzado un hechizo de sueño?

—Sí, la noche que te saqué a rastras de Guardahueso y no parabas de incordiarme con tus preguntas.

Conservaba el vago recuerdo de haber experimentado una somnolencia irresistible mientras iba montada en su caballo. Respecto a lo ocurrido entre ese momento y la mañana siguiente tenía lagunas, claro.

—¿Es posible que Elowen le lanzara un hechizo a Aleysia?

—No sé de ningún hechizo que dure días, pero supongo que sí.

—¿Habrá alguna manera de romperlo?

—Los hechizos acaban por romperse solos. Son una forma de magia menor, usada sobre todo por entecos, tal vez también por mortales. —Me recolocó un mechón detrás de la oreja, un gesto que me distrajo ligeramente de los pensamientos que había despertado en mí.

—Pero Elowen me cambió el color de los ojos, y eso me duró casi toda la vida, hasta que ella murió —repuse, esforzándome por ignorar la delicadeza con que jugueteaba con mi cabello.

—Eso fue un vínculo sanguíneo, seguro. Dudo que recurriera a algo así para someterla a un hechizo de sueño.

—¿Por qué?

—Es demasiado arriesgado vincular tu sangre con la de otra persona. Además, al parecer su muerte lo rompió. A no ser que…

—¿A no ser que qué?

Suspirando, se puso bocarriba, con la cabeza apoyada en el brazo.

—Que la sangre no fuera suya.

Su cambio de postura me permitió ver con claridad la habitación de Aleysia, y la oscuridad que imperaba en su interior me provocó otro escalofrío.

—Y, si no lo era, entonces Aleysia seguirá dormida hasta que averigüemos a quién o a qué está vinculada.

—Sí, en esencia.

—¿Hace falta matar a la otra persona para romperlo?

Se encogió de hombros.

—No necesariamente, siempre y cuando pronunciara el hechizo para despertarla. De todos modos, por el momento, no son más que especulaciones. Si se estableció un vínculo sanguíneo, buscar aquello a lo que está vinculada sería como intentar encontrar una hoja concreta en el bosque. Podría ser cualquiera, o cualquier cosa. Ni siquiera sabemos si se encuentra bajo un hechizo. Podría estar en coma por el frío extremo.

—O sea, que sí sabes lo que ocurre cuando los mortales nos enfriamos. —Me incorporé apoyándome en el codo y suspiré al advertir su mueca de suficiencia—. Entonces no nos queda otra opción que esperar.

Como si no pudiera contenerse, se volvió hacia mí, deslizó la mano por la curva de mi cadera y me agarró posesivamente para atraerme hacia él.

Apoyé la mejilla contra su pecho, pero la sensación fue distinta que la de la noche anterior. A pesar del alarido de angustia de mi corazón, del insoportable deseo que sentía por él y que me desgarraba por dentro, mi cabeza ya había empezado a distanciarse. Cerré con fuerza los ojos y lo estreché contra mí, luchando por aferrarme al momento, por impedir que mi mente se viera arrastrada a una espiral de desesperanza sobre el futuro.

«Todo saldrá bien. Al final, las cosas se arreglarán. Como siempre».

—¿Estás bien? —La pregunta de Zevander interrumpió mis cavilaciones—. Parece que tus uñas estén intentando atravesarme las costillas —añadió en tono socarrón, y yo aflojé un poco la presión.

—Debería estar feliz por haberla encontrado, pero ahora mismo todo se me hace cuesta arriba.

—El mundo no siempre juega limpio. A veces te devuelve algo, pero te quita otra cosa a cambio.

—Tengo la sensación de que me ha quitado más de lo que me ha dado. —Con la mandíbula rígida, sacudí la cabeza—. No dejaré que vuelva a arrebatarme nada. Quiero que retomemos mi entrenamiento durante el tiempo que estemos aquí. Tengo que aprender a defenderme a mí y a mi hermana de esas cosas.

—Sí, deberías. Pero hablas como si planearas enfrentarte a ellos sola. —Me acarició la mejilla con el pulgar y vi sus ojos brillar con una férrea determinación—. No te abandonaré. —Me rodeó la nuca con los dedos y me besó en la frente—. Podemos empezar a entrenar mañana por la mañana, si te sientes con fuerzas.

Asentí, deslizando el dedo por el contorno de su pecho y, cuando me topé con una protuberancia, arrugué el entrecejo y me incliné hacia delante para ver qué era. Tenía en la piel un extraño símbolo que parecía grabado a fuego; al examinarlo más de cerca descubrí que este, a su vez, contenía símbolos más pequeños que recordaban glifos diminutos.

No me había fijado antes en aquello, seguramente porque pasaba inadvertido en su piel surcada de cicatrices.

—¿Qué es? —pregunté acariciándola con suavidad. Noté un extraño calor en la punta del dedo.

—Una cicatriz, cortesía del fuegoscuro.

—¿Una quemadura?

—Una marca. Eso que estás toqueteando es, según dicen, la raíz de mi maldición —dijo y, cuando retiré la mano, me la atrapó soltando una risa—. He intentado arrancármelo de la piel tantas veces…

Palpé las cicatrices que rodeaban el símbolo y supuse que se trataba de heridas infligidas con un cuchillo.

—¿Es esto lo que te vincula con la llama?

Me acarició los nudillos con la palma, se llevó mi mano a los labios para besarme las yemas de los dedos y volvió a dejarla apoyada sobre su pecho.

—Según mi padre, Cadavros me arrojó a una veta cuando era solo un bebé. Creía que había sobrevivido solo gracias a la marca. Casi nadie puede acercarse a menos de un par de metros de la llama sin acabar derretido.

El horror de lo que acababa de decir me embargó y se me coló bajo la piel.

—¿Te arrojó a una veta cuando eras pequeño? ¿Por qué querría alguien hacerle eso a una criatura?

—Al parecer, esta marca lo puso furioso.

—¿Quién te rescató?

—Cadavros.

—Dices que la llama derrite a la mayoría de la gente. ¿Hay otros capaces de soportarla aparte de ti? —Me vino a la memoria el brujo del anillo, el que había tratado de sacrificarme. Había sostenido el fuego en la mano y luego me lo había metido por la garganta.

—Sí. Hay algunos brujos que saben manejarla, pero solo hasta cierto punto. Tengo entendido que Cadavros sufrió una quemadura justo antes de sacarme de las llamas. Mi madre estaba convencida de que los dioses lo habían castigado por el ritual. —Un ligero deje irónico en su voz parecía indicar que esa explicación no lo convencía.

—Tú no lo crees así.

—Les importamos una mierda a los dioses. Encuentran diversión en nuestro sufrimiento, alegría en nuestro dolor. —Puso la palma contra la mía y me agarró los nudillos para besarlos de nuevo—. Prefieren contemplar cómo un recién nacido es consumido por las llamas que hacer el menor esfuerzo por salvarlo.

—Entonces ¿por qué te sacó de la veta?

—Creo que albergaba otras intenciones. Quiere que me una a él con algún fin.

—Eso no tiene sentido. ¿Por qué intentó matarte de pequeño si quería que te unieras a él?

Zevander se encogió de hombros.

—En cierta ocasión, mi padre dijo que Cadavros había intentado devorarme.

Su comentario despertó en mí recuerdos del ser que había devorado a Moros y adoptado su forma.

—¿Habría adquirido tu poder si te hubiera devorado? —Las palabras se me atragantaron como una mucosidad viscosa que no quería tragarme. La imagen de Cadavros devorando a un bebé me dejó un poso inquietante en la mente.

—Supongo que sí. Poseo el elemento más antiguo y peligroso del mundo. —Me rozó los hombros con el dorso de los dedos y me besó la curva de la clavícula—. Tiene lógica que buscara reclutarme para su causa.

—¿Y qué causa es esa, exactamente?

—Su poder va aumentando a medida que se propaga la vaticinada Peste Negra. Nunca he conocido un brujo, aparte de Dolion, que no ansiara ser el más poderoso y venerado.

—Y quiere que lo ayudes a acumular más poder —dije. La conversación no conseguía distraerme de las suaves caricias y la voz serena por las que anhelaba dejarme llevar. En vez de ello, sus palabras me hicieron recordar la preocupación que había arrumbado en un rincón de mi mente—. Como argumento en favor de quedarte en Mortasia, no es muy convincente.

Zevander se rio entre dientes al oír eso.

—Ya hemos quedado en que no voy a dejarte aquí sola.

—Es verdad. —Aun así, mi obsesiva cabeza no se daba por vencida—. ¿Hay manera de matarlo?

—Comparte un vínculo sanguíneo con el príncipe Dorjan. Están unidos por un amuleto. Si muriera, Dorjan moriría también y una plaga azotaría Etiria.

—Como la de aquí.

—Sí, pero mucho peor.

—¿Cómo podría ser peor?

—Imagínate que esos seres pudieran defenderse con magia de sangre.

Solo de pensarlo, un temblor me recorrió los músculos. En Mortasia se comportaban simplemente como arañas descomunales y, aunque eran veloces y escurridizos, se los podía matar.

—No tendríamos la menor posibilidad de sobrevivir. —No me percaté de que me estaba royendo los dedos hasta que Zevander me los apartó de la boca con delicadeza—. Hipotéticamente hablando, ¿qué implicaría que te unieras a él?

Me puso la palma en la coronilla para inclinarme la cabeza hacia atrás.

—Antes me degollaría yo mismo —dijo con los labios pegados a la curva de mi cuello, donde me dejó un beso.

Cerrando los ojos, exhalé por la nariz, presa de una debilidad repentina por el ansia de más, pero permanecí inmóvil, esforzándome por mostrarme impasible. No es que quisiera rechazarlo; al contrario, necesitaba su afecto más que nunca. Era una necesidad y, a la vez, un capricho para mí, como cuando a Agatha, mi despreciable abuelastra, le daba por tratarnos con más crueldad de la habitual y Aleysia y yo nos refugiábamos en la bodega de mi abuelo para solazarnos con vino y ri­sas.

Durante unos momentos disfrutábamos de una felicidad absoluta.

Aunque las caricias de Zevander tuviesen la capacidad de sacarme de mi ensimismamiento, eso no cambiaba el panorama al que nos enfrentábamos. Seguíamos ante un dilema sin solución en lo que respectaba a Aleysia.

Sentí su sonrisa contra mi piel.

—Intentas aparentar indiferencia, pero noto cómo se te acelera el pulso bajo mis labios.

Aclarándome la garganta, bajé la barbilla.

—Sé que no te unirías a Cadavros de forma voluntaria —dije cambiando de tema—. Solo te pregunto, por curiosidad, qué consecuencias tendría que lo hicieras.

Resignado ante mi resistencia, volvió a tenderse bocarriba.

—¿En el mejor de los casos? La destrucción total. Como ya te he dicho, el poder de la llama negra es muy antiguo. Se creó con el objetivo de purificar, de arrasar para volver a empezar de cero. Al menos eso nos enseñan las crónicas.

—¿Y en el peor de los casos?

Bajó las cejas y dirigió la mirada hacia la ventana.

—No lo sé. No he explorado mi magia en toda su extensión. Es una puerta que siempre he mantenido cerrada.

—¿Temes su poder?

—Como cualquiera en sus cabales. Es el elemento más destructivo que existe. Por desgracia, creo que Cadavros no lo teme tanto como debería.

—Por lo que quizá no tengas más remedio que marcharte, al fin y al cabo. Si está dispuesto a conseguir ese poder a cualquier precio, quedarte sería peligroso para ti. —Una nueva oleada de pánico me atravesó el pecho al pensar en las posibles consecuencias de eso.

Se volvió hacia mí con una mirada intensa y firme.

—Por si no quedó claro la primera vez que lo dije, te lo repetiré: no voy a dejarte aquí sola. Y no se hable más.

Ni se imaginaba el alivio que me invadía cada vez que me aseguraba que permanecería a mi lado; las ganas que tenía de entregarme a sus brazos y no moverme de ahí.

Pero ¿cómo iba a pedirle que se quedara por mí si eso implicaba poner en peligro dos mundos?

No podía. No iba a hacerle eso.

—Eres el hombre más terco que conozco.

—Y eso lo dice la mujer más terca que conozco. Por lo visto, somos tal para cual. —Cuando acercó la cabeza a mis labios, le puse la mano en el pecho para frenarlo.

—Creo que no deberíamos… —Apartarlo de mí me producía dolor en todo el cuerpo. Me moría por que me besara.

Dirigió la mirada hacia la habitación en que dormía Aleysia y después la posó de nuevo en mí.

—¿Ella nunca ha tenido relaciones íntimas con un hombre mientras tú dormías cerca? —preguntó, dando por sentado que esa era mi preocupación en aquel momento. ¿Y cómo no iba a pensarlo? Era él quien estaba empeñado en quedarse, pasara lo que pasara.

En su cabeza no había conflicto alguno. Había dejado clara su postura.

—Aunque lo hubiera hecho, diría que las circunstancias son bastante distintas. —Bajé la vista a su pecho y jugueteé con un hilo de su camisa—. Pero eso no es lo que me preocupa. Aún no sabemos qué va a suceder y creo que deberíamos esperar por lo menos a que despierte, si es que despierta algún día. —Era inútil discutir con él sobre el tema, pero uno de los dos tendría que tomar una decisión difícil, ya fuese que él se viera obligado a regresar (pese a su insistencia en quedarse) o que yo tuviera que decidir qué hacer si Aleysia no se despertaba.

—Es evidente que no tienes idea de lo irresistible que eres si crees que puedo acostarme a tu lado, aunque solo sea una noche, sin morirme por tocarte. —Se tendió de espaldas, apoyando de nuevo la cabeza sobre el brazo doblado—. ¿Cómo voy a convencerte de que lo único que podría separarme de ti es la muerte? E, incluso en ese caso, encontraría la manera de volver junto a ti.

—No necesito que me convenzas. El hecho de que estés aquí demuestra la clase de hombre que eres. Pero no controlamos el destino y mi corazón no lo resistiría si murieras por protegerme, así que tal vez sea yo quien se vea obligada a tomar una decisión difícil. Por el momento, solo te pido que nos tomemos las cosas con calma hasta que lo veamos todo un poco más claro.

Esbozó una sonrisa apagada.

—No sé qué me impresiona más, si tu belleza o tu lógica. —Su sonrisa se desvaneció cuando se volvió para mirarme. Por todos los dioses, qué poco sospechaba que detrás de esa «lógica», como él la llamaba, detrás de la resignación, se escondía una chica que solo anhelaba verse envuelta por la seguridad de su abrazo, saborear la dulzura de sus primeras experiencias con él, sin todo el caos y la confusión—. Lo que me matará no será quedarme para protegerte, sino no poder estar contigo.

La angustia me carcomía el pecho.

—Será algo temporal, te lo prometo. —Eché una ojeada rápida a la habitación de Aleysia—. Además, ¿no te cohibiría hacerlo con público?

Frunció el entrecejo al tiempo que apartaba los ojos de los míos. Una sombra de intranquilidad le oscureció la mirada y fue entonces cuando una lúgubre sospecha me encogió el estómago por el remordimiento. Al recordar las cicatrices, esas marcas de los malos tratos que había sufrido, no se me ocurría una sola razón por la que un hombre tan frío y apático como Zevander hubiera reaccionado de otro modo. Habría deseado ser lo bastante descarada y cruel para preguntárselo directamente, pero me tragué la duda, que me dejó un regusto como de tiza en la lengua.

—Perdona…

—No hay nada que perdonar. Tienes razón. Sugerir que me dejaras tocarte así ha sido un error.

¿Un error?

En un abrir y cerrar de ojos, su semblante había cambiado por completo. Se levantó del suelo, pero lo agarré del brazo.

—No has cometido ningún error. Por favor, no te vayas. Túmbate conmigo.

Juntó las cejas, como debatiéndose por dentro, pero me dio la espalda para avivar de nuevo el fuego.

Mis palabras lo habían turbado. Quizá hubiesen despertado algún recuerdo de su pasado. En vez de presionarlo y arriesgarme a decir alguna inconveniencia, cambié de tema.

—Voy a lavarme un poco. No he tenido ocasión desde lo de antes.

Puso una mueca de dolor y se llevó la base de la mano a la sien, cerrando los ojos. Cuando los abrió de nuevo, ardían de hostilidad.

—¿Qué has dicho?

Desconcertada, repasé mentalmente lo que acababa de decir.

—Que no he tenido ocasión de lavarme.

—Después de eso.

Volvió a dejar el atizador de hierro en el soporte situado junto a la chimenea.

—Nada. ¿Qué has entendido? —Al bajar la mirada, advertí que la mano que le colgaba al costado le temblaba y que apretaba el puño y volvía a abrirlo una y otra vez.

—No importa.

No despegué la vista de su puño.

—Pero claramente estás disgustado por algo que crees que he dicho. ¿Qué es?

Quizá consciente de que lo miraba con fijeza, se pasó la mano por el mentón, sin suavizar la expresión.

—Por favor, dímelo.

Con un tic nervioso en la mandíbula y los labios crispados de rabia, desvió los ojos.

—Sordesz vet signe da’servio —dijo con los dientes apretados—. «La suciedad es la marca del esclavo».

Fruncí el ceño al oír sus palabras.

—¿Eso es lo que crees que he dicho? —Como no respondía, proseguí—. ¿No debería ser yo quien se ofenda por esta frase, teniendo en cuenta que soy la que está sucia?

Bajó la mirada a mi vientre y la volvió a subir.

Por segunda vez esa tarde me quedé sin palabras al comprender de pronto lo que ocurría. Me llevé la mano al abdomen, donde, debajo de la blusa, los restos de la última vez que habíamos estado juntos se me habían secado en la piel.

—¿Crees que te estoy llamando sucio a ti por lo que…?

Se dirigió hacia la ventana a paso largo.

—Montaré guardia mientras te lavas.

Sin embargo, la idea de que él creyera que yo lo había insultado así me resultaba insoportable. No estaba dispuesta a dejar que esas palabras se interpusieran entre nosotros. Me acerqué a él, con un ardor en las mejillas fruto del resentimiento.

—¿Me consideras capaz de decir algo tan cruel?

El fuego del conflicto brillaba en sus ojos y tenía las cejas fruncidas.

—Pero alguien te lo ha dicho alguna vez.

No se molestó en mirarme.

—Esta conversación se ha terminado. Ve a lavarte.

—No, no pienso hacerlo. No mientras pongas en duda mis intenciones.

Sin mediar palabra, me dio la espalda.

—¡Zevander!

—¡Basta! —Se le desencajó el rostro, visiblemente arrepentido de haber alzado la voz, aunque su cuello y su mandíbula seguían tan rígidos como antes—. Me lo habré imaginado.

—Y, aun así, no te dignas mirarme siquiera, lo que significa que sigues sin tener muy claro si lo he dicho o no.

Silencio.

Avancé hacia él, retorciéndome las manos.

—Zevander, lo que pasó entre nosotros ha sido la experiencia más increíble de mi vida.

—Te he mancillado en cuanto te he tocado. —Se contempló las palmas—. Con las asquerosas manos de un esclavo… —murmuró en voz tan baja que apenas alcancé a oírlo.

¿Un esclavo?

Me quedé atónita al oír esta afirmación, tan alejada de su tono habitual, que destilaba seguridad e incluso algo de arrogancia. Era como si estuviera hablando con una persona totalmente distinta.

—No me has mancillado, pero, si te empeñas en creerlo así, has de saber que lo he disfrutado mucho. Estaría encantada de dejar que me mancillases de nuevo si no fuera un momento tan inoportuno. —Di un paso hacia él—. No tengo ni idea de qué se cuece en esa cabeza tuya ahora mismo, pero, por favor, no pienses ni por un instante que siento el menor arrepentimiento por lo de antes. Puede que me falte experiencia, pero no la capacidad de elegir por mí misma. Y no me gusta la insinuación de que soy una damisela indefensa que se deja engatusar tan fácilmente por el lobo.

Con un suspiro, posó la vista en mí.

—No pretendía insultarte.

—Ni yo a ti.

—Entonces estamos de acuerdo en dejar esta discusión.

—Sí. —Por el momento.

4

Zevander

Pasado

Zevander nunca había visto la sala del trono del rey Sagaerin antes de ese día. Aunque cuando era más pequeño había pasado tiempo en el palacio, la sala del trono siempre estaba reservada para asuntos que no le atañían, hasta ese momento.

Con las manos engrilletadas, avanzaba cautelosamente por el largo pasillo de baldosas negras, cuyas vetas plateadas formaban un mapa cósmico en el que los ciclos lunares y varias estrellas despedían un fantasmagórico resplandor blanco. Columnas de ópalo ennegrecido se elevaban hacia el techo abovedado con relieves de rostros que le habían enseñado a reconocer —los lunadéi—, los cuales parecían a punto de escapar de la piedra. Encima y debajo de las escalofriantes caras había esculpidos glifos lunares que simbolizaban a las familias reales cuyo linaje, según decían, descendía de los dioses. A los lados, las vidrieras de unas elevadas ventanas ojivales mostraban los ciclos de la luna, mientras que otras representaban a cada uno de los miembros de los lunadéi, con su tez pálida y sus ricas vestiduras azules y plateadas.

Los artesanos debieron de tardar siglos en completar aquella obra.

Lord Belthane, el consejero del rey Sagaerin, se encontraba de pie junto al trono vacío. Flanqueado por media docena de guardias, torció el gesto con desagrado cuando Zevander y su padre se detuvieron al lado de lady Rydainn, que sin duda había acudido para implorar clemencia al soberano.

El entrecejo arrugado y los labios fruncidos con los que esta recibió al padre de Zevander eran garantía de que habría una riña más tarde, pero, cuando posó los ojos en su hijo, suavizó la expresión con ternura, como de costumbre, y se abalanzó hacia él, pero un guardia la frenó agarrándola del brazo.

A Zevander se le tensaron los músculos.

—No se acerque a los prisioneros —bramó el guardia con voz bronca.

—Ese «prisionero» es mi hijo. —Se volvió hacia lord Belthane con un centelleo de indignación en los ojos—. He solicitado audiencia con el rey. Tratándose de una amiga de la familia real de toda la vida, sin duda podría hacer una excepción.

Lord Belthane se arregló la manga de su larga túnica de terciopelo, se quitó una pelusa y la tiró con ademán despreocupado.

—El rey está agotado, por lo que se ha retirado a descansar. Ha delegado en mí la gestión de estos asuntos.

Lady Rydainn echó los hombros hacia atrás.

—Muy bien. Le pido a Su Majestad que conceda el perdón tanto a mi marido como a mi hijo.

—Tengo entendido que su familia cerró un trato con Cadavros antes de su ejecución. ¿Cuál fue la índole de dicho acuerdo?

—Nos ofreció protección contra los soláceos a cambio de una muestra de la magia de nuestro hijo para usarla con fines académicos, según nos explicó.

—¿Conocía usted la naturaleza oscura de sus estudios?

—Verá…

Belthane alzó la mano para interrumpirla.

—Le advierto, lady Rydainn, que, a pesar de esa amistad a la que alude, no toleraré que me mienta, y menos aún a la cara.

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—Había oído rumores.

—¿Y no dudaron en pactar con él, aun sabiendo que la demutomancia está prohibida por orden del mismo rey ante cuyo trono se encuentra ahora suplicando misericordia?

—Estábamos desesperados.

Una mueca de desprecio deformó el rostro de Belthane.

—¡Infringieron la ley! ¡La ley dictada por el soberano!

—Apelo a su indulgencia. —Levantándose la falda, le dedicó una profunda genuflexión—. Si los perdona, juro que no volveré a presentarme ante esta corte en busca de un favor o un indulto.

—Creo que no es consciente de la gravedad de los crímenes de su esposo. —Al oír esta acusación, tanto lady Rydainn como Zevander se volvieron hacia lord Rydainn, que tenía las cejas contraídas en un gesto de preocupación—. El dracoferro que se extrae en Draconysia, nada menos que el elemento con el que forjamos las armas que usamos para defendernos, debe transportarse a través del canal de Australius, a menos que estemos dispuestos a enfrentarnos a los dragones tan hostiles que anidan ahí. Dicho canal pertenece a los soláceos, que aseguran que nos negarán el paso si no les entregamos a su marido y su hijo de inmediato.

—¿Qué? —Lady Rydainn intercambió una mirada inquieta con su hijo—. ¿Son… son capaces de hacer algo así solo por un hurto?

—¿Por un hurto? —Belthane torció la boca con desdén y la miró con los párpados entornados—. No. Su amado marido cometió un acto de traición al…

—Por favor, milord… —El padre de Zevander agachó la cabeza y dejó escapar un leve quejido—. No soy un traidor, y usted lo sabe.

—Como vuelva a interrumpirme, ordenaré que le arranquen la lengua en el acto. —Devolvió su atención a la madre de Zevander—. Como decía, asesinó a una solácea inocente, esposa de un potentado naviero llamado lord Vanhelm, que resulta que tiene lazos estrechos con el rey de los soláceos.

Lady Rydainn palideció y en su mirada se reflejaba la misma traición que estaba sintiendo Zevander en aquel momento al oír las palabras de lord Belthane.

—¿Es eso cierto?

—Lynara, no lo entiendes…

Ella apretó la mandíbula.

—¿Le quitaste la vida a una mujer inocente?

—Le quité la vida, sí, pero no…

—¡No vuelvas a dirigirme la palabra! —le espetó ella. Aunque a Zevander le dolía que sus padres se pelearan, comprendía la rabia de su madre—. Si no fuera por nuestros hijos, no me importaría verte sufrir. Siempre me pareció extra

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