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INTRODUCCIÓN
Este breve ensayo escrito a cuatro manos tiene un formato muy común en la música y el canto, que es en cambio raro en las letras, aunque las excepciones suelen ser famosas. Todos los capítulos han sido escritos en conjunto salvo el segundo, que abunda en anécdotas o experiencias personales de uno de los autores. Esa modalidad coral nos obligó, más de una vez, al aludir exclusivamente a uno de los autores a hacerlo en tercera persona.
El 28 de mayo la cuarentena llevaba ya diez semanas, los comerciantes mantenían sus negocios cerrados y los argentinos cumplían el aislamiento. Ese día, en una entrevista de Diego Sehinkman, Sebreli sostuvo que la corrección de una cuarentena indefinida que encerraba a personas sanas estaba ya prevista en tratados clásicos de la ciencia política: la desobediencia civil. Sugirió que todos los comerciantes que estaban fundiéndose levantaran las persianas al mismo tiempo, sin palos ni piedras y a la vez tomando todas las precauciones. Unos días después, trescientos intelectuales, artistas y científicos, entre los que estábamos los autores de este libro, firmamos un documento que alertaba sobre la gestión autoritaria de la cuarentena argentina. Se habló más del neologismo “infectadura” que contenía esa carta que de la carta en sí y se multiplicaron los llamados mediáticos. El primer día de junio en el programa Intratables Sebreli dijo que la democracia estaba en peligro y ratificó la necesidad de la desobediencia. El conductor, Fabián Doman, rechazó esa noción y otros integrantes del panel, incluso aquellos que por sus ideas tendrían que haber admitido dicha postura, prefirieron guardar un silencio cómplice. Estos sucesos y ciertas declaraciones posteriores del comediante Juan Acosta llevaron al fiscal Horacio Azzolín, bajo la inspiración de un insólito operativo de ciberpatrullaje de redes, a formular una denuncia penal que recayó en el juzgado de Daniel Rafecas, que si bien fue descartada de plano echó un intimidatorio cono de sombra sobre la libertad de expresión.
Fueron tres episodios, tres fricciones que funcionaron como un test. Lo más asombroso es que la sociedad no alcanzaba a metabolizar una idea tan simple: frente a normas absurdas no hay otro camino que la actitud insumisa. Las grandes culturas de la historia avanzaron rebelándose. De no haber sido así aún regirían la esclavitud y las monarquías absolutistas. Esa perplejidad probaba la ausencia de una pedagogía democrática y este libro va en dirección de llenar el vacío. Es indispensable poner en marcha dispositivos que disuelvan la unión entre el paternalismo autoritario y la sociedad infantilizada.
El propio presidente de la Nación, Alberto Fernández, terció en la controversia cuando, al inaugurar una tunelera en Bernal, munido de un casco blanco y repartiendo besos y abrazos que violaban sus propias recomendaciones se preguntó, aludiendo a Sebreli, cómo podía ser que “gente muy preparada” se manifestara de ese modo. Tal vez en estas páginas encuentre la respuesta. Creemos conveniente anticipar una contestación a esas críticas del presidente, quien además es docente universitario. Hemos participado con frecuencia en ese género subliterario que es la protesta o el manifiesto en diarios, revistas, radio, televisión y, ahora, Zoom. Las reflexiones objetadas y las respuestas que han obtenido pertenecen a dos tipos distintos de argumentación: lo que Max Weber ha llamado moral de la convicción y moral de la responsabilidad. La primera es la usual entre los intelectuales, la segunda corresponde al político. Ambos campos no son antagónicos pero sí distintos, y frecuentemente conflictivos. El político actúa y toma decisiones sobre circunstancias concretas. El oficio del intelectual, en cambio, es pensar e interpretar estas acciones desde el punto de vista de los valores, de la ética. No hay oposición irreductible entre estas dos órbitas, sino diferencias, que a veces son insalvables. Un ejemplo histórico de estas contradicciones se dio cuando los estudiantes norteamericanos quemaban las libretas de enrolamiento para no participar en la guerra de Vietnam mientras el gobierno alegaba que esa guerra era inevitable para frenar la expansión del estalinismo. Ambos tenían una parte de razón y constituyen un paradigma de los dilemas sin resolución. El político justificaba su posición en la razón de Estado y el estudiante en la razón sin aditamento alguno; el político actuaba y el estudiante reflexionaba y criticaba esa forma de actuar. En situaciones extremas como en una guerra se llega a la hegemonía de la política sobre el individuo y la sociedad civil, e incluso se niega a ambos la libertad, dejando en suspenso el pacto constitucional. Al impedir indefinidamente la libertad de circulación, la libertad de trabajar y las reuniones sociales se sustituyó la Constitución por decretos de necesidad y urgencia, que no son dictados contando con las mismas mayorías que exige una enmienda constitucional, por lo cual no le queda al individuo otra salida que la desobediencia civil basada en la libertad responsable. Esta desobediencia es difamada por el señor presidente como una transgresión a la legalidad, pero acá nos encontramos ante otro dilema, entre la legalidad y la legitimidad. La legalidad puede ser ilegítima: en un caso extremo, en la República del Tercer Reich había leyes y jueces que juzgaban de acuerdo a ellas. Aclarando que no estamos haciendo una identificación entre el nazismo y el kirchnerismo sino tan solo una analogía, la desobediencia civil, aunque contradiga la legalidad, siempre reclama la legitimidad.
Las necesarias fuentes periodísticas empleadas en este libro tal vez conformen la idea de George Steiner, cuando decía que el pensamiento actual debería ser la conversación entre un intelectual y un periodista, superando así la frecuente pedantería de uno y la superficialidad del otro.
El concepto de epidemia permea este libro, pero el tercer capítulo aborda la historia de las pestes en forma específica. Los grandes escritores han visto en dicha historia algo intrínseco a la condición humana, que va más allá de la enfermedad e incluso de lo político, sin duda por eso se sintieron fascinados por el tema. No por nada en pleno siglo XX, aun cuando imperaba un optimismo cientificista, dos de sus más grandes escritores lo abordaron: Albert Camus en La peste y Jean-Paul Sartre en un guion cinematográfico llamado Tifus. Este último, escrito en 1943, originalmente ambientado en una colonia malaya, no llegó al cine sino diez años después y con grandes cambios, bajo el título Los orgullosos, una película de Yves Allégret de la que Sartre abjuró1 al punto de no reconocerla como un desprendimiento de su obra2.
El tema central será la defensa de los derechos individuales y el abordaje de ideas que, a partir de esos tres episodios, provocaron un entramado de perplejidades y derivas. En el centro de la reflexión estará el viejo concepto político de los liberales del siglo XIX: la desobediencia civil. En el capítulo cuatro trazamos la contraposición entre dos personajes de la antigüedad: Antígona, como precursora de la desobediencia, y Sócrates, como ejemplo de la sumisión al Estado. El siguiente capítulo desarrolla a los teóricos de la desobediencia en la modernidad, Locke y Thoreau. Luego abordamos los contornos de la desobediencia civil ya en el siglo XX y explicamos por qué la democracia, lejos de verse afectada, se nutre y estabiliza con su ejercicio disruptivo. Más adelante tocamos una cuestión ardua que es la frontera entre dos conceptos que se mimetizan: desobediencia civil y objeción de conciencia. El capítulo ocho se centra en la pandemia y las distintas respuestas en el mundo. Nos abocamos a la gestión de la cuarentena argentina, coercitiva e ineficaz, y, como contrapartida, a una noción de cuarentena democrática elaborada por el presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, y defendida por el ex presidente Julio María Sanguinetti: la “libertad responsable”. Por fin, en los últimos dos capítulos del libro desarrollamos las peripecias posibles de la pospandemia.
Los términos “libertad” y “responsabilidad” deben ir necesariamente juntos: defendemos toda lucha contra las restricciones estatales coercitivas, pero no convalidamos comportamientos irresponsables como, por ejemplo, la manifestación de Berlín del sábado 1 de agosto (sin ninguna precaución sanitaria y en respuesta al gobierno de una demócrata muy meritoria como Angela Merkel, que enfrentó la pandemia con mínimos recortes a la libertad), en la que se amontonaron grupos heterogéneos de conspiracionistas, antivacunas y populistas de derecha bajo el lema nazi “Día de la libertad”, aludiendo al documental de Leni Riefenstahl de 1935 y otorgando de paso un sello sospechoso a su crítica.
Cabría agregar la expresión dictadura o terrorismo sanitario, que ya se infería de la carta de los trescientos intelectuales pero que luego fue desarrollada de un modo dramáticamente personal por el actor Marcelo Mazzarello, cuyo padre murió durante la cuarentena, según sus declaraciones, no por la desidia del personal de salud sino por el abandono de una institución hospitalaria que quedó acorralada por el plan maestro del Estado dirigido a la atención casi excluyente de enfermos de Covid-19.
Este ensayo tiene una peculiaridad adicional: lo escribimos en el presente, mientras discurren los sucesos. Como sabemos, el búho de Minerva solo levanta vuelo al anochecer, de modo que corremos el sugestivo riesgo de que el futuro más o menos inmediato nos desmienta. Lo asumimos con gusto al advertir el valor iconográfico de brindar un testimonio en carne viva: reflexionar sobre la trama misma del devenir.
JUAN JOSÉ SEBRELI – MARCELO GIOFFRÉ
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LAS CRISIS QUE VIVÍ
A veces pienso que me ha tocado vivir una época turbulenta; cuando leo libros de historia advierto que todas las épocas lo fueron. Nací en medio de un gran colapso planetario: la crisis económica de 1929 y 1930. Mi familia, descendiente de inmigrantes pobres llegados no hacía mucho tiempo y recién ascendidos a la clase media, temía caer nuevamente en la pobreza. En mis padres esto era aún más acuciante porque ambos habían perdido su trabajo y su casa a raíz de la crisis. Aunque al poco tiempo el panorama cambió, el trauma de la pobreza me acompañó toda la infancia y parte de mi juventud.
En la vida cotidiana el tiempo pasa monótonamente, cada día es igual a otro, pero cada tanto surge un hiato que rompe con el pasado y pasa a ser el comienzo de algo nuevo. Los estudiosos de la historia lo llaman crisis. En el siglo XX uno de esos momentos fue la Segunda Guerra Mundial. Esta transcurría en otro continente y yo tenía por entonces entre nueve y quince años. Viví esa época a distancia pero con gran intensidad: por radio El Mundo el periodista Carlos A. Taquini transmitía cada hora las últimas novedades de la guerra, y todos los fines de semana iba al cine donde pasaban noticiosos ingleses y norteamericanos, en los que se veían dramáticas escenas de la guerra. Hitler, Mussolini, Stalin, Roosevelt, Churchill y la reina consorte de Inglaterra fueron para mí figuras tan familiares como los actores de cine o los personajes de novelas.
La primera crisis económica marcó el comienzo de la inflación en 1949, durante el primer gobierno de Perón3; no sabíamos aún que había llegado para quedarse. Este fue el huevo de la serpiente de todas las crisis que sobrevendrían. En el devenir de una decadencia económica crónica se produjeron algunos puntos nodales, sucesivamente en tiempos de gobiernos civiles o militares. El “Rodrigazo” —así bautizado por el ministro de Economía Celestino Rodrigo— en 1975, bajo el gobierno de Isabel Perón, provocado por la reiteración, con José Ber Gelbard, de los mismos errores del pasado. Mis padres revivieron entonces la incertidumbre económica de 1930, cuando perdieron sus pequeños ahorros colocados en un banco. Siento pena por toda la clase media de aquella época que se sacrificó toda su vida: fueron cumplidores, ahorrativos y respetuosos, pero no les sirvió de nada y terminaron sin un centavo, sus magros ahorros habían sido devorados por las inflaciones, las devaluaciones y otras “estafas legales” como la Circular 1050 que sirvieron para enriquecer a esa lumpenburguesía que, tres décadas después y con los Kirchner a la cabeza, llegaría al poder.
Ya en la agonía de la dictadura, en 1981, se produjo la gran devaluación de Lorenzo Sigaut, después de lanzar su frase famosamente cínica: “El que apuesta al dólar pierde”. Raúl Alfonsín terminó en 1983 con treinta años de poder militar y amplió las libertades civiles, pero se equivocó con la política económica, fruto de la atávica creencia populista de que la emisión es inofensiva, a punto tal que en entrevistas posteriores a su salida anticipada del gobierno siguió predicando la errónea idea de que un poco de inflación no hace mal. Llegó a decir que su modelo de ministro de Economía no era el más liberal Juan Vital Sourrouille sino el más populista Bernardo Grinspun. Terminó así sumido en la primera hiperinflación, que suscitó escenas tragicómicas: llegué a ver a un señor de clase media que había ido a retirar su pedido a una casa de comidas y al sacar los billetes para pagar, seguramente la misma cantidad que había empleado unos días antes para un consumo similar, recibió la respuesta del cajero: “No, señor, esto no sirve para nada”, y el hombre se retiró sin el paquete y quizá esa noche se quedó por primera vez en su vida sin comer. Épocas en que brotaban casas de cambio en todas las manzanas y los clientes hacían fila a última hora para cambiar cuando el dólar estaba más alto y poder comprar algo de apuro al día siguiente a primera hora, en un vértigo de opereta.
Luego llegarían la segunda hiperinflación, en 1991, antes de la convertibilidad; el default y el colapso en 2001; la gran recesión internacional de 2008 (con la bancarrota de Lehman Brothers), que simultáneamente con la crisis del campo provocó el pasaje de un populismo frío a un populismo radicalizado a pesar de la declinación económica; y la crisis cambiaria de 2018 durante el gobierno de Macri, en gran medida subproducto del déficit heredado del segundo gobierno de Cristina Kirchner y los desatinos de su ministro Axel Kicillof, que previsiblemente se agravó, haciendo eclosión un día después de las PASO de 2019, no bien los mercados advirtieron el peligro de la recaída del país en el populismo. Estadísticamente, la Argentina es el país que mayor cantidad de crisis macroeconómicas ha tenido en el mundo, el segundo lugar lo ocupa el Congo.
Estos cimbronazos no son simples números para economistas, sino que afectan la vida diaria de los individuos. Yo mismo fui víctima, con Eduardo Duhalde de presidente y Jorge Remes Lenicov de ministro de Economía, de la expoliación de los modestos ahorros derivados de la venta de mis libros, mediante el llamado “corralito” y la pesificación asimétrica de los depósitos bancarios, al mismo tiempo que Duhalde se burlaba de toda la sociedad diciendo que “al que depositó dólares se le devolverán dólares”. En el imaginario colectivo quedó estampada la culpa de aquella defraudación sobre Fernando de la Rúa y Domingo Cavallo, pero no es más que un mito urdido por quienes falsifican la historia: el robo recién se produjo en 2002, cuando ya ellos habían sido expulsados del poder con el objetivo de beneficiar a empresarios y amigos endeuda
