Capitalismo progresista

Joseph E. Stiglitz

Fragmento

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PRÓLOGO

 

 

 

 

Crecí en la era dorada del capitalismo, en Gary, Indiana, una ciudad ubicada a orillas del lago Michigan, en su borde meridional, pero solo años después descubrí que esa había sido, en efecto, su época dorada. Por entonces, no parecía una época tan brillante y sí, en cambio, un periodo en que yo mismo presencié discriminaciones raciales y diversas formas de segregación por doquier, enormes desigualdades, conflictos laborales y recesiones episódicas, cuyos efectos era ineludible apreciar en mis compañeros de colegio y en las fachadas de la ciudad.

Mi ciudad de origen, industrial por los cuatro costados después de ser fundada en 1906 como emplazamiento de la mayor siderurgia integrada del mundo y bautizada en honor del presidente de US Steel, Elbert H. Gary, permite seguir la historia de la industrialización y la desindustrialización en Estados Unidos. Cuando volví años después, con motivo del LV reencuentro con mis excompañeros de curso en 2015, antes de que Trump se convirtiera en un elemento fijo dentro del paisaje, las tensiones eran palpables, y por buenos motivos. La ciudad se había plegado a la tendencia del país hacia la desindustrialización, contaba con solo la mitad de habitantes que durante mi niñez y estaba claramente desolada, hasta el punto de haberse convertido en el escenario de películas hollywoodenses ambientadas en zonas de guerra o escenarios posapocalípticos. Algunos de mis excompañeros se habían convertido en maestros, unos pocos en doctores y abogados, y muchos otros desempeñaban cargos administrativos de poca responsabilidad. Pero los relatos más conmovedores fueron los de quienes, después de haberse graduado, abrigaban la esperanza de conseguir un empleo en la siderurgia. El problema fue que el país vivía por entonces otra de sus recesiones transitorias y, en lugar de ello, terminaron integrándose en las fuerzas armadas, dirigiendo su vida hacia una trayectoria en los cuerpos del orden. Leer el listado de aquellos compañeros que habían fallecido y verificar, a la par de ello, la condición física de muchos de los que aún vivían fue un recordatorio adicional de las desigualdades existentes en el país en cuanto a la esperanza de vida y la salud. Incluso estalló una discusión entre dos de mis compañeros, un antiguo policía que criticó de manera virulenta al Gobierno y un exmaestro de escuela que le señaló que la protección social y los pagos por discapacidad de los que hoy dependía él mismo como expolicía provenían de ese Gobierno.

¿Quién hubiera previsto, cuando abandoné Gary en 1960 para estudiar en el Amherst College de Massachusetts, el curso que adoptaría la historia y lo que ella terminaría haciéndole a mi ciudad y a mis compañeros de clase? El lugar me había moldeado también a mí, el recuerdo corrosivo de las desigualdades y penurias circundantes fue lo que me indujo a sustituir mi interés apasionado en la física teórica por la economía. Deseaba entender por qué nuestro sistema económico le había fallado a tantas personas y qué podía hacer al respecto, pero mientras estudiaba el tema —llegando a entender mejor por qué ocurre tan a menudo que los mercados no funcionan como está previsto— los problemas empeoraban y la desigualdad aumentaba más allá de lo que nadie hubiese imaginado en mi juventud. Años después, en 1993, cuando pasé a formar parte de la Administración del presidente Bill Clinton, primero como miembro del Consejo de Asesores Económicos (CAE) y luego como su presidente, estos temas comenzaban a convertirse en el foco de atención; en algún punto entre mediados los setenta e inicios de los ochenta, la desigualdad siguió una desastrosa curva ascendente, de manera que en 1993 era mucho mayor que la que había existido en cualquier otro momento de mi existencia.

Mis estudios de economía me habían enseñado que la doctrina de muchos conservadores era errónea; su fe casi ciega en el poder del mercado —tan absoluta que, según ellos, para gestionar la economía bastaba con confiar en los mercados desregulados— no tenía base teórica ni empírica alguna. El reto no era persuadir a otros de ello, sino diseñar programas y políticas que revirtieran el peligroso incremento de la desigualdad y la inestabilidad potencial que trajo consigo la liberalización iniciada por Ronald Reagan en los ochenta. De manera igualmente problemática, en los noventa, la confianza en el poder de los mercados se había generalizado hasta tal punto que la liberalización financiera era impulsada por algunos de mis colegas dentro de la Administración, y al final también por el propio Clinton.[1]

Mi inquietud a raíz de la desigualdad creciente fue en aumento durante mi participación en el CAE de Clinton, pero, desde el año 2000 en adelante, el problema alcanzó cifras aún más alarmantes, y la situación va a peor, en la medida en que la desigualdad no ha hecho sino aumentar progresivamente. Desde antes de la Gran Depresión no había vuelto a suceder que el segmento más acaudalado del país se quedara con una fracción tan grande de los ingresos nacionales.[2]

Veinticinco años después de haber formado parte de la Administración Clinton, me descubro a mí mismo pensando: ¿cómo llegamos hasta aquí, hacia dónde vamos y qué podemos hacer para cambiar el curso de los acontecimientos? Me enfrento a estos interrogantes como economista y no me sorprende comprobar que la respuesta estriba, en parte, en nuestros fracasos económicos: al gestionar adecuadamente la transición de una economía industrial a otra de servicios, al controlar el sector financiero, al manejar como es debido la globalización y sus consecuencias y, lo más importante, al responder a la desigualdad creciente. Parece que evolucionamos de manera resuelta hacia una economía y una democracia del 1 por ciento, por el 1 por ciento y para el 1 por ciento.[3] Tanto la experiencia como los diversos estudios realizados me han dejado claro que no se pueden separar economía y política, y menos aún en el contexto de una política motivada por el dinero como es la de Estados Unidos. Así, aunque la mayor parte de este libro se centra en los aspectos económicos de nuestra situación actual, sería negligente por mi parte no abordar además la dimensión política del asunto.

Muchos elementos del diagnóstico son a estas alturas conocidos, incluida la financiarización desmedida, la globalización mal gestionada y el poder creciente del mercado. Aquí aspiro a mostrar cómo se hallan interrelacionados, y cómo explican en conjunto la condición anémica de nuestro crecimiento económico y que los frutos de este hayan sido tan desigualmente compartidos.

Este libro no es, con todo, solo un diagnóstico; además intenta pergeñar una receta sobre lo que podemos hacer y define el camino que hay que seguir. Para responder a tales requerimientos debo explicar la verdadera fuente de riqueza de las naciones, diferenciando su creación de su apropiación. Esta última es cualquier proceso mediante el cual un individuo toma riqueza de otros a través de una u otra forma de explotación. La verdadera fuente de la «riqueza de las naciones» descansa en la creación: en la creatividad y productividad de la gente que constituye una nación y las interacciones entre sus miembros. Descansa en los avances científicos, que nos enseñan a desentrañar las verdades ocultas de la naturaleza y a emplearlas para lograr avances tecnológicos. Asimismo, descansa en los progresos en nuestra comprensión de la organización social, a los que se llega a través del discurso razonado, los cuales conducen a instituciones a las que comúnmente se alude con términos como «imperio del derecho, sistemas de pesos y contrapesos, y garantías procesales». Ofrezco así los planteamientos básicos de una agenda progresista que representa la antítesis de la agenda enarbolada por Trump y sus seguidores. Es, en cierto sentido, una mezcla contemporánea de Teddy Roosevelt y Franklin Delano Roosevelt. El argumento central es que seguir estas reformas redundará en una economía que crezca más rápidamente, con una prosperidad compartida en que el tipo de vida al que aspira la mayoría de los estadounidenses no sea ya más un simple castillo en el aire sino una realidad alcanzable. En suma, si entendemos de veras cuáles son las fuentes de riqueza de una nación, podremos lograr una economía más dinámica, con un mayor índice de prosperidad. Esto requerirá que el Gobierno adopte un papel diferente y probablemente más relevante que el que desempeña hoy: no podemos replegarnos ante la necesidad de una acción colectiva en el complejo mundo del siglo XXI. Aquí aspiro a mostrar, a la vez, que hay un conjunto de políticas en esencia asequibles y capaces de hacer de una vida de clase media —una vida que parecía a nuestro alcance a mediados del siglo precedente y ahora parece cada vez más lejana— la norma en lugar de la excepción.

 

 

LAS POLÍTICAS ECONÓMICAS DE REAGAN Y TRUMP Y LA OFENSIVA CONTRA LA DEMOCRACIA

 

Al reflexionar sobre nuestra situación actual, es natural que pensemos en lo que sucedía cuarenta años atrás, cuando la derecha parecía de nuevo victoriosa. Por entonces, daba, a su vez, la impresión de ser un movimiento global, con Ronald Reagan a la cabeza de Estados Unidos y Margaret Thatcher en Reino Unido. Las políticas económicas keynesianas, que enfatizaban la forma en que el Gobierno podía mantener el pleno empleo gestionando la demanda (mediante la política monetaria y fiscal), fueron sustituidas por políticas económicas de subsidio a la oferta, haciendo hincapié en que la desregulación y la reducción de impuestos liberarían y dinamizarían la economía, lo cual aumentaría la oferta de bienes y servicios y, por ende, los ingresos individuales.

 

 

Déjà vu: la economía vudú

 

La política económica de subsidio a la oferta no le funcionó a Reagan ni le funcionará tampoco a Trump. Los republicanos se dicen a sí mismos y le dicen al pueblo estadounidense que el recorte de impuestos de Trump revitalizará la economía hasta tal punto que las pérdidas consiguientes en impuestos serán menores que las que vocean los escépticos. Ese es el argumento del subsidio a la oferta y a estas alturas ya deberíamos saber muy bien que no se cumple. El recorte impositivo de Reagan en 1981 dio pie a una era de enormes déficits fiscales, menor crecimiento y mayor desigualdad. Trump, en su reforma tributaria de 2017, nos está imponiendo una dosis aún mayor que la de Reagan de políticas basadas no en la ciencia sino en supersticiones egoístas. El mismo presidente George H. W. Bush llamó a la política económica de Reagan de subsidio a la oferta economía vudú. La de Trump es una economía vudú con esteroides.

 

 

Algunos de quienes apoyan a Trump admiten que sus políticas distan con mucho de la perfección, pero lo defienden señalando que, cuando menos, ha puesto su atención en aquellos sectores largo tiempo ignorados, concediéndoles la dignidad y la consideración de ser escuchados. Yo lo diría de otro modo: Trump ha sido suficientemente listo para detectar el malestar general, agitar las llamas de ese descontento y explotarlas de manera inmisericorde. Que esté dispuesto a empeorar la situación del estadounidense medio al despojar de cuidados médicos a trece millones de estadounidenses, en un país que se tambalea por el declive en la esperanza de vida, demuestra que no los respeta sino más bien que los desprecia; y lo mismo en cuanto a conceder exenciones tributarias a los ricos mientras incrementa los impuestos a la mayoría de los que se sitúan en los niveles intermedios.[4]

Quienes vivieron la era de Ronald Reagan verán que hay semejanzas asombrosas entre ambos procesos. Como Trump, Reagan explotaba el miedo y la intolerancia: en su caso, apuntaba que quien había despojado de su dinero a los estadounidenses mejor situados era la reina malvada del Estado de bienestar. El mensaje omitía, por cierto, a los afroamericanos. Tampoco Reagan daba muestras de sentir mucha empatía por los pobres. Reclasificar la mostaza y el kétchup como los dos vegetales requeridos en un almuerzo escolar nutritivo sería gracioso si no fuese porque es demasiado triste. Él también era un hipócrita que combinaba la retórica del libre mercado con las más sólidas políticas proteccionistas. Su hipocresía conllevaba eufemismos como «restricciones voluntarias a la exportación»: a Japón se le dio la opción de reducir sus exportaciones o verse expuesto a un recorte de ellas por terceros. No es casualidad que Robert Lighthizer, el representante de Comercio de Trump, entrenara sus habilidades cuarenta años antes como representante adjunto de Comercio de Estados Unidos, durante la Administración Reagan.

Y hay otras semejanzas entre Reagan y Trump: una de ellas es la voluntad abierta de servir a los intereses de las grandes corporaciones, en algunos casos exactamente los mismos que antaño. Reagan se las ingenió para subastar los recursos naturales, una liquidación que posibilitó a las grandes compañías petroleras exportar la enorme abundancia de crudo del país a una fracción de su valor. Trump llegó al poder prometiendo «drenar el pantano» y dio así voz a quienes creían que los poderosos grupos de presión de Washington los habían ignorado desde hacía mucho. Pero se diría que el pantano nunca ha estado tan cenagoso como desde que él asumió el cargo.

 

 

Y, sin embargo, con sus semejanzas, hay algunas diferencias profundas que han provocado desavenencias con algunos de los más venerables representantes del Partido Republicano. Como era de esperar, Reagan se rodeó de algunos de los tipos más rudos dentro del partido, pero contaba a su vez con funcionarios distinguidos, como George Shultz, en puestos claves de poder (Shultz sirvió bajo Reagan en distintos momentos, como secretario de Estado y luego como secretario del Tesoro).[5] Estamos hablando de personas para quienes la razón y la búsqueda de la verdad eran relevantes, que percibían el cambio climático, por ejemplo, como una amenaza a la vida y creían además en la posición de Estados Unidos como un líder global. Personas que, como los integrantes de todas las administraciones anteriores y posteriores, se habrían sentido incómodas de ser pilladas en una mentira flagrante. Puede que intentaran encubrir a veces la verdad, pero esa verdad era importante. No ocurre lo mismo con el actual inquilino de la Casa Blanca y quienes lo rodean.

 

 

Reagan mantuvo, cuando menos, una fachada de lógica y razón. Había una explicación para sus recortes impositivos: la política económica de subsidio a la oferta a la que nos hemos referido antes; sin embargo, durante cuarenta años, esa teoría ha sido refutada una y otra vez. Trump y los republicanos del siglo XXI no requirieron de ninguna teoría: lo hicieron porque podían.

Es este desdén por la verdad, la ciencia, el conocimiento y la democracia lo que diferencia a Reagan, y otros movimientos conservadores del pasado, de la Administración Trump y otros líderes similares. Es más, como expongo, Trump es en muchos sentidos más un revolucionario que un conservador. Podemos entender las fuerzas que hacen que sus concepciones distorsionadas resuenen entre tantos estadounidenses, pero eso no las hace más atractivas ni menos peligrosas.

 

 

La «reforma» tributaria introducida por Trump en 2017 ejemplifica lo lejos que se ha desviado el país de sus tradiciones y convenciones previas. Una reforma fiscal supone, por lo general, una simplificación de los procedimientos, la eliminación de los vacíos legales, asegurando que nadie eluda el pago justo de sus impuestos, y la garantía de que esos ingresos tributarios sean adecuados para financiar las cuentas del país. Incluso Reagan, en su reforma fiscal de 1986, hizo un llamamiento a la simplificación impositiva. La Ley de Reforma Tributaria de 2017, como contrapartida, añadió una serie de nuevas complejidades al asunto y dejó intacta la mayoría de los vacíos legales, incluido uno en virtud del cual quienes trabajan en fondos de capital de riesgo pueden ingeniárselas para pagar como máximo un 20 por ciento de la tasa impositiva en lugar de la que pagan los demás trabajadores estadounidenses, casi el doble de alta.[6] Derogó el impuesto mínimo diseñado para garantizar que los individuos y las corporaciones no utilicen en exceso los vacíos legales, y deban pagar en impuestos cuando menos un porcentaje mínimo de sus ingresos.

Esta vez no hubo ningún intento de aparentar que el déficit caería; la única pregunta fue en cuánto se incrementaría. Hacia finales de 2018, había estimaciones de que el Gobierno debería pedir en préstamo una suma extraordinaria de más de un billón de dólares el próximo año.[7] Incluso como porcentaje del PIB, resultaba una cifra excepcional para el país en una época donde no había ninguna guerra o recesión de fondo. Con la economía aproximándose al pleno empleo, los déficits fueron claramente contraproducentes, pues la Reserva Federal debería incrementar las tasas de interés, desincentivando la inversión y el crecimiento; y, con todo, un único senador republicano (el senador Rand Paul de Kentucky) se opuso de verdad al asunto. Sin embargo, desde los márgenes exteriores al sistema político estadounidense, las críticas llegaron de todas partes. Incluso el Fondo Monetario Internacional, siempre reacio a criticar a Estados Unidos, un país cuya voz ha sido largo tiempo dominante en esa entidad, sopesó la irresponsabilidad fiscal del país.[8] Los observadores políticos se quedaron asombrados con la hipocresía evidenciada: cuando la economía verdaderamente requería de un estímulo, de un impulso fiscal posterior a la crisis de 2008, los republicanos proclamaron que el país no podía sostenerlo, que ello conduciría a déficits intolerables.

La Ley de Reforma Tributaria de Trump nació del más profundo cinismo político. Incluso las migajas que este plan diseñado por los republicanos arrojaba al ciudadano común, pequeñas reducciones en impuestos durante unos pocos años, eran transitorias. La estrategia del partido de Gobierno parecía inspirada en dos hipótesis que, en rigor, suponían malos augurios para el país: que los ciudadanos de a pie son tan miopes que solo se centrarán en las pequeñas reducciones inmediatas de sus impuestos, ignorando su naturaleza temporal y el hecho de que para una mayoría de la clase media los impuestos subirán; y que lo que verdaderamente importa en la democracia estadounidense es el dinero. Mantén felices a los ricos y ellos colmarán al Partido Republicano de donativos, que comprarán los votos necesarios para sostener las políticas. Todo ello evidenció lo lejos que había quedado Estados Unidos del idealismo sobre el que fue fundado como nación.

Los intentos descarados de suprimir a algunos votantes y el fraude electoral desbocado, el sabotaje a la democracia, constituyen a su vez un caso aparte en la Administración actual. No es que estas cosas no se hicieran en el pasado —por desgracia, son casi inherentes a la tradición estadounidense—, sino que nunca se habían hecho de manera tan implacable, con tanta precisión y tan flagrantemente.

Y, lo que es quizá más importante, los líderes del pasado, de ambos partidos, han intentado siempre unir al país. Al fin y al cabo, habían jurado todos la Constitución, que se abre con un: «Nosotros el pueblo…». La idea subyacente a esto era la confianza en el principio de un Dios común. Por el contrario, Trump se ha dedicado a explotar las divisiones y ahondarlas.

El civismo requerido para forjar un orden civilizado ha quedado de lado, así como cualquier pretensión de decencia en el discurso o las acciones.

 

 

Por supuesto, el país y el mundo se hallan hoy en una posición muy distinta a la de hace cuatro décadas. Entonces acabábamos de empezar el proceso de desindustrialización y, de haber adoptado Reagan y sus sucesores las políticas adecuadas, tal vez la devastación que hoy vemos en el seno del Estados Unidos industrial no sería del grado que es. Eran además los días iniciales de la gran brecha, esa escisión enorme entre el 1 por ciento del país y el resto. Se nos había enseñado que, una vez que una nación alcanza cierto estado de desarrollo, la desigualdad disminuye, y Estados Unidos había sido el ejemplo de esa teoría.[9] En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cada segmento de nuestra sociedad había prosperado, pero los ingresos de aquellos en la base de la pirámide aumentaban más rápido que los de la cúpula. Habíamos creado la mayor sociedad de clase media que el mundo hubiera conocido nunca. En las elecciones de 2016, por el contrario, la desigualdad había alcanzado niveles no vistos desde la llamada era Dorada, a finales del siglo XIX.

 

 

Un vistazo a la situación que atraviesa hoy el país frente a dónde se hallaba hace cuatro décadas pone en evidencia que, pese a lo muy disfuncionales e ineficaces que las políticas de Reagan fueron en su día, las de Trump resultan aún más inadecuadas en el mundo actual. Ya entonces no habríamos podido volver a los días en apariencia idílicos de la Administración Eisenhower; incluso en aquella época, nos estábamos desplazando de una economía industrial a otra de servicios. Hoy, cuarenta años después, tales aspiraciones parecen carecer absolutamente de un mínimo de realismo.

Con todo, la demografía cambiante de Estados Unidos ha puesto a quienes añoran ese pasado «glorioso» —un pasado de cuya prosperidad estaban excluidas vastas porciones de la población, incluidas las mujeres y la gente de color— en un dilema de carácter democrático. No es solo que la mayoría de los estadounidenses será dentro de muy poco gente de color, o que un mundo y una economía del siglo XXI sean irreconciliables con una sociedad dominada por los varones. Ocurre además que nuestros centros urbanos, ya sea en el norte o el sur del país, en los que vive la mayoría de los estadounidenses, han aprendido a valorar la diversidad. Los que residen en esos puntos de crecimiento y dinamismo conocen el valor de la cooperación y aprecian el papel que el Gobierno puede, y debe, desempeñar si se desea que la prosperidad sea compartida. Han desechado los dogmas del pasado, a veces casi de la noche a la mañana. Y si esto es así, la única forma de que la minoría en una sociedad democrática —ya sean las grandes corporaciones intentando explotar a los consumidores, los bancos intentando explotar a los prestatarios o quienes permanecen varados en una era pretérita anhelando recrear un mundo ya desfasado— pueda mantener su hegemonía económica y política es reprimiendo la democracia de una u otra forma.

No tiene que ser así: no debería ocurrir que en Estados Unidos, siendo un país tan rico, haya tanta gente pobre y luchando por salir adelante. Aun cuando hay fuerzas —entre ellas, los saltos tecnológicos y la globalización— que incrementan la desigualdad, los patrones marcadamente distintos entre países demuestran que las políticas que se adopten tienen importancia. La desigualdad es una opción, no algo inevitable. Pero, a menos que variemos nuestra trayectoria, es probable que la desigualdad se ensanche y nuestro crecimiento siga estancado en sus bajos niveles actuales; lo cual es todo ello un enigma, pues supuestamente somos la economía más innovadora en la era más innovadora que la historia del mundo haya conocido.

Trump no cuenta con un plan para ayudar al país; tiene uno para que los situados en la cúpula continúen saqueando a la mayoría. Este libro aspira a demostrar que la agenda de Trump y el Partido Republicano tiene muchas probabilidades de empeorar todos los problemas a que se enfrenta actualmente nuestra sociedad: aumentando la brecha económica, política y social, acortando aún más la esperanza de vida, deteriorando las finanzas del país y conduciéndolo a una nueva era de crecimiento aún menor.

No se puede culpar a Trump de muchos de los problemas de nuestro país, pero él ha contribuido ciertamente a cristalizarlos: las brechas mencionadas estaban allí desde antes, a disposición de cualquier demagogo para que las explotara. Si Trump no hubiese entrado en escena, dentro de pocos años lo habría hecho algún otro demagogo. Al echar una ojeada al resto del mundo, vemos que hay una amplia oferta de ellos: Le Pen en Francia, Morawiecki en Polonia, Orbán en Hungría, Erdogán en Turquía, Duterte en Filipinas y Bolsonaro en Brasil. Aunque sean distintos, tales personajes comparten el mismo desprecio por la democracia (Orbán hablaba orgullosamente de las virtudes de las democracias iliberales), con su imperio del derecho, la prensa libre y una judicatura independiente. Todos creen en «líderes fuertes» —en ellos mismos—, un culto a la personalidad que ha pasado de moda en buena parte del mundo restante. Además, todos se afanan por culpar de sus problemas a los extranjeros; son nativistas, nacionalistas que abogan por las virtudes innatas de su pueblo. Es una generación de autócratas y aspirantes a autócratas que parecen estar unidos por una misma crudeza, y en algunos casos una intolerancia y misoginia declaradas.

La mayoría de los problemas que he descrito infestan a otros países avanzados, pero Estados Unidos ha liderado la marcha, como veremos, con mayor desigualdad, peor sanidad y una brecha social mayor que las de los demás. Trump sirve como un recordatorio importante de lo que puede ocurrir si se deja que esas llagas permanezcan demasiado tiempo enconadas.

 

 

Pero, como dice el viejo refrán, no es posible combatir un mal con las manos vacías. Igual ocurre en la economía: solo se puede derrotar un plan pernicioso demostrando que hay una alternativa. Aun cuando no hubiéramos caído en el actual lodazal, había necesidad de una visión alternativa a esa que Estados Unidos, y buena parte del mundo, habían abrazado durante las tres décadas precedentes. Esta visión de la sociedad situó la economía en el centro de todo y percibía a la propia sociedad a través del prisma del «libre» mercado. Pretendía estar inspirada en los avances en nuestra comprensión de los mercados, pero la verdad era justamente la opuesta: los progresos en la economía durante los últimos setenta años han servido para identificar los límites del libre mercado. Cualquiera, por cierto, con una visión lo bastante aguda podría haber apreciado esto por sí mismo: el desempleo episódico —a veces masivo, como sucedió en la Gran Depresión— y una contaminación tan nociva en ciertos lugares que el aire era irrespirable fueron solo dos de las «pruebas» más obvias de que los mercados por sí solos no necesariamente funcionan bien.

Mi objetivo aquí es, primero y antes que nada, dar a conocer cuáles son las verdaderas fuentes de riqueza de las naciones y cómo asegurarnos, a medida que fortalecemos la economía, de que sus frutos se comparten de manera equitativa.

Ofrezco aquí una agenda alternativa a aquellas propiciadas por Reagan, por un lado, y Trump, por el otro; una agenda basada en las conclusiones de la economía moderna y que habrá de conducirnos, según creo, a una prosperidad efectivamente compartida. Al hacerlo, busco clarificar por qué el neoliberalismo, las ideas basadas en el libre mercado, fracasaron, y por qué las medidas económicas de Trump, esa combinación peculiar de recortes impositivos para los ricos y desregulaciones financieras y ambientales con nativismo y proteccionismo —es decir, una globalización altamente regulada— están también destinadas al fracaso.

Antes de embarcarnos en este viaje singular, puede ser de utilidad resumir las nociones modernas de economía en las que se basa gran parte dicha agenda.[10]

Primero, por sí solos los mercados no logran la prosperidad compartida y duradera. Los mercados desempeñan un papel inestimable en cualquier economía que funcione bien y, pese a todo, no suelen generar resultados justos y eficientes: producen demasiado de algunas cosas (contaminación) y demasiado poco de otras (investigación básica). Y como bien demostró la crisis financiera de 2008, los mercados no son por sí mismos estables. Más de ochenta años atrás, John Maynard Keynes explicó la razón por la que en las economías de mercado ha subsistido a menudo el desempleo, y nos enseñó cómo el Gobierno podía mantener el pleno empleo, o casi, en la economía.

Si hay grandes discrepancias entre los beneficios sociales de una actividad —el beneficio para la sociedad— y los réditos privados de la misma —los beneficios para un individuo o empresa—, los mercados solos no harán su trabajo. El cambio climático representa el ejemplo por excelencia: los costes sociales globales de las emisiones de carbono son enormes —las emisiones excesivas de gases de efecto invernadero son una amenaza para la vida del planeta— y exceden con mucho a los costes atribuibles a una empresa o incluso un país. Ya sea a través de reglamentaciones o poniendo precio a las emisiones de carbono, estas deben frenarse.

Los mercados tampoco funcionan bien cuando la información disponible es imperfecta y faltan algunos de los principales indicadores (por ejemplo, para asegurarse contra riesgos importantes, como el del desempleo), o cuando la libre competencia se ve limitada de algún modo. Pero estas «imperfecciones» lo impregnan todo y son, por cierto, especialmente relevantes en ciertas áreas, como la de las finanzas. Ello implica, a la vez, que los mercados no producirán suficientes de los denominados «bienes públicos», como la protección contraincendios o la defensa nacional: bienes que usa toda la población y que son difíciles de cobrar por otra vía que no sean los impuestos. Para lograr un mejor funcionamiento de la economía y la sociedad, con ciudadanos que se sientan más prósperos y seguros, el Gobierno debe gastar dinero —para mejorar, por ejemplo, los subsidios de desempleo y financiar la investigación básica— y establecer regulaciones con el fin de evitar que la gente se perjudique entre sí. Por ende, las economías capitalistas siempre han supuesto una mezcla de mercados privados y sector público; la pregunta no es si optar por uno u otro, sino cómo combinar los dos con las mayores ventajas. Aplicada al tema de este libro, vemos que hay una necesidad de acción gubernamental para lograr una economía eficiente y estable, con crecimiento rápido, y asegurar que los frutos de este estén repartidos equitativamente.

Segundo, debemos reconocer que la riqueza de una nación descansa en dos pilares. Las naciones se enriquecen —y alcanzan una mayor calidad de vida— haciéndose más productivas, y la fuente más importante de aumentos en la productividad es fruto de los aumentos en el conocimiento. Los progresos tecnológicos dependen de fundaciones científicas financiadas con fondos gubernamentales para la investigación básica. Y las naciones se enriquecen como consecuencia de una buena organización general de la sociedad, que permita al pueblo interactuar, comerciar e invertir con seguridad. El diseño de una buena organización social es el producto de varias décadas de razonamiento y deliberación, observaciones empíricas de lo que ha funcionado y lo que no. Ello ha conducido a conclusiones sobre la importancia de las democracias donde imperan el derecho, el debido proceso legal, los sistemas de pesos y contrapesos y una miríada de instituciones implicadas en descubrir, evaluar y decir la verdad.

Tercero, no hay que confundir la riqueza de una nación con la riqueza de determinados individuos en ese país. Algunas personas y compañías tienen éxito con nuevos productos que los consumidores anhelan, y esta es la buena forma de hacerse rico. Otros tienen éxito valiéndose de su poder dentro del mercado para explotar a los consumidores o a sus trabajadores. Esto no es más que una redistribución de los ingresos; no aumenta la riqueza total de una nación. El término técnico para ello en economía es «renta»: la búsqueda de renta se asocia al intento de conseguir una porción mayor de la tarta económica de la nación, en oposición a la creación de riqueza, que trata de aumentar las dimensiones de dicha tarta. Los legisladores deberían centrarse siempre en cualquier mercado con rentas excesivas, pues son un indicador de que la economía podría funcionar más eficientemente: en realidad, la explotación inherente a estas termina debilitando la economía. Una batalla exitosa contra la búsqueda de renta redunda en redirigir los recursos hacia la creación de riqueza.

Cuarto, una sociedad menos dividida, una economía con mayor equidad, funciona mejor. Particularmente nefastas son las desigualdades basadas en la raza, el género y los factores étnicos. Esto es un giro notable en el enfoque antes dominante en la economía, que sostenía que había una compensación: que solo podía haber mayor igualdad sacrificando el crecimiento y la eficiencia. Los beneficios de reducir la desigualdad son especialmente grandes cuando esta llega a los extremos que ha alcanzado en Estados Unidos y cuando se genera de la forma en que lo hace, por ejemplo, explotando el poder de mercado o la discriminación. Por lo tanto, el objetivo de una mayor igualdad en los ingresos no implica un coste asociado.

También debemos abandonar la confianza errónea en la economía del goteo, según la cual todo el mundo se beneficiará del crecimiento económico. Esta noción subyace a las políticas económicas de subsidio a la oferta de mandatarios republicanos, de Ronald Reagan en adelante. Los datos son claros: los beneficios del crecimiento simplemente no gotean. Baste considerar las desigualdades amplísimas en la población estadounidense y en otros lugares del mundo desarrollado, donde una parte de los ciudadanos vive sumida en la ira y la desesperación después de décadas de estancamiento en sus ingresos, un estancamiento generado por las políticas de subsidio a la oferta, pese a haber aumentado el PIB. Los mercados por sí solos no ayudarán a esta gente, pero sí hay programas gubernamentales que podrían marcar la diferencia.

Quinto, los programas de Gobierno para conseguir una prosperidad compartida deberían enfocarse a la vez en la distribución de los ingresos de mercado —lo que a veces se denomina predistribución— y la redistribución, los ingresos de que disfrutan los individuos tras los impuestos y pagos. Los mercados no existen en el vacío; deben ser estructurados, y la forma en que lo hagamos afecta tanto a la distribución de los ingresos de mercado como al crecimiento y la eficiencia. Así, las leyes que permitan los abusos de poder de monopolio de las corporaciones o permitan a los consejeros delegados de una empresa apropiarse de grandes sumas de los ingresos corporativos conducirán a una mayor desigualdad y un menor crecimiento. Lograr una sociedad más justa requiere de igualdad de oportunidades, pero a la vez esta requiere de mayor igualdad de ingresos y riqueza. Siempre se transmitirán ciertas ventajas de una generación a otra, de manera que las desigualdades excesivas de ingresos y patrimonio de una generación se convierten en desigualdades importantes en la siguiente. La educación es parte de la solución, pero solo una parte. En Estados Unidos hay mayor desigualdad de oportunidades educativas que en muchos otros países, y proporcionar una buena educación a todos podría reducir la desigualdad general y aumentar el rendimiento económico. Al agravar los efectos de la desigualdad de oportunidades educativas, junto con unos impuestos de sucesiones demasiado bajos, Estados Unidos está creando día a día una plutocracia hereditaria.

Sexto, visto que las reglas del juego y tantos otros aspectos de nuestra economía y sociedad dependen del Gobierno, lo que haga este es vital; la política y la economía no pueden ir separadas. Pero la desigualdad económica se traduce inevitablemente en poder político y quienes lo ejercen lo utilizan en beneficio propio. Si no reformamos nuestras políticas, nuestra democracia se convierte en una burla, e iremos evolucionando hacia un mundo caracterizado por la premisa de «un dólar, un voto», en lugar de «una persona, un voto». Si hemos de tener, como sociedad, un sistema efectivo de pesos y contrapesos ante los abusos potenciales de los muy ricos, debemos crear una economía con una mayor igualdad en cuanto a riqueza e ingreso.

Séptimo, el sistema económico hacia el cual nos hemos desviado desde principios de los años setenta —el capitalismo al estilo americano— está modelando de maneras poco afortunadas nuestra identidad individual y como nación. Lo que aflora es un conflicto con nuestros valores más elevados: la codicia, el egoísmo, la abyección moral, la disposición a explotar a otros y la deshonestidad que la Gran Recesión puso de manifiesto en el sector financiero se evidencian hoy en todos lados, no solo en Estados Unidos. Las convenciones, lo que consideramos un comportamiento aceptable o no, han ido cambiando de formas que socavan el tejido social, la confianza y hasta el desempeño económico.

Octavo, aunque Trump y los nativistas de todo el mundo busquen culpar a otros —los inmigrantes y los malos acuerdos comerciales— de nuestros apuros, y especialmente los de quienes sufren a causa de la desindustrialización, la culpa la tenemos nosotros: podríamos haber gestionado mejor la globalización y el proceso de cambio tecnológico, de manera que al perder su empleo la mayoría de los individuos obtuviera uno nuevo en otro frente. Para seguir adelante, deberemos hacerlo mejor y lo que busco es describir cómo puede hacerse. Lo más importante, con todo, es que el aislacionismo no es una opción. Vivimos en un mundo muy interconectado y, por tanto, debemos gestionar nuestras relaciones internacionales —tanto económicas como políticas— mejor que en el pasado.

Noveno, existe una agenda económica exhaustiva que podría restaurar el crecimiento y la prosperidad compartida. Es la combinación de rebajar los obstáculos al crecimiento y la igualdad, como los que plantean las corporaciones con excesivo poder de mercado, y de restaurar el equilibro otorgando, por ejemplo, mayor poder de negociación a los trabajadores. También supone brindar mayor apoyo a la investigación básica y mayor estímulo al sector privado para que se comprometa en la creación de riqueza en lugar de la búsqueda de renta.

La economía es, sin duda, un medio para alcanzar un fin, no un fin en sí mismo. Y la vida de la clase media, que parecía un derecho de nacimiento para los estadounidenses en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, parece estar quedando fuera del alcance de una gran parte de la población. Somos un país mucho más rico ahora que entonces, podemos garantizar que esa vida sea asequible para la vasta mayoría de nuestros conciudadanos. Este libro muestra cómo puede hacerse.

Finalmente, esta es una época de cambios fundamentales. El gradualismo —las escasas modificaciones en nuestro sistema político y económico— es inadecuado para la tarea que tenemos entre manos. Lo que se necesita son cambios drásticos del tipo que este libro propone. Pero ninguna de tales innovaciones económicas será posible sin una democracia sólida que refrene el poder político de la riqueza concentrada en pocas manos. Antes que una reforma económica habrá que hacer una reforma política.

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PRIMERA PARTE


Perdiendo el rumbo

 

 

Un hogar dividido y contra sí mismo no puede sostenerse.

 

MARCOS 3:25;

ABRAHAM LINCOLN

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1

INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

Decir que las cosas no van bien en Estados Unidos y muchos otros países avanzados es un eufemismo. Hay un vasto malestar en la escena contemporánea.

No estaba previsto que así ocurriera, según el pensamiento dominante en las ciencias económicas y políticas del último cuarto de siglo. Tras la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, Francis Fukuyama proclamó El fin de la historia: la democracia y el capitalismo habían triunfado al fin, y una nueva era de prosperidad global, con un crecimiento más rápido que nunca antes, parecía estar al alcance de la mano, una era en la que Estados Unidos iba supuestamente a la vanguardia.[11]

En torno a 2018, estas ideas optimistas parecieron desplomarse al fin. La crisis financiera de 2008 demostró que el capitalismo no era todo aquello que se suponía: no parecía ser ni eficiente ni estable. Luego vino un aluvión de estadísticas que mostró que los principales beneficiarios del crecimiento durante el último cuarto de siglo eran aquellos situados en lo más alto de la pirámide. Y, por último, votaciones contrarias al sistema a ambos lados del Atlántico —el Brexit en Reino Unido y la elección de Donald Trump en Estados Unidos— plantearon dudas respecto a la sabiduría de los electorados democráticos.

Nuestros expertos han ofrecido una explicación fácil a todo ello, correcta hasta cierto punto. Las élites ignoraron los apuros de demasiados estadounidenses mientras pujaban por la globalización y la liberalización de la economía, incluida la de los mercados financieros, prometiendo que todos se beneficiarían de estas «reformas», pero dichos beneficios jamás se materializaron para la mayoría de los ciudadanos. La globalización aceleró la desindustrialización, y dejó atrás a la mayor parte de la población, especialmente a los menos formados y, entre ellos, sobre todo a los varones. La liberalización del mercado financiero condujo a la crisis de 2008, la peor recesión económica mundial desde la Gran Depresión de 1929. Con todo, mientras decenas de millones de personas en todo el mundo perdieron sus empleos y millones de estadounidenses perdieron sus casas, a ninguno de los principales ejecutivos financieros que llevaron la economía global al borde de la ruina se le exigieron responsabilidades. Ninguno cumplió condena; más bien se los recompensó con bonificaciones desorbitadas. Los banqueros fueron rescatados, pero no así aquellos a quienes habían expoliado. Aun cuando las políticas económicas evitaron con éxito otra Gran Depresión, no es de extrañar que este rescate tan poco equilibrado haya tenido consecuencias políticas.[12]

Puede que calificar de «deplorables» a aquellos en las áreas desindustrializadas del país que apoyaban a su oponente fuese un error político fatal por parte de Hillary Clinton (decir eso fue, en sí, deplorable): para ellos, sus palabras reflejaban la actitud desdeñosa de las élites. Varios libros posteriores, entre ellos Hillbilly Elegy: A Memoir of a Family and Culture in Crisis, de J. D. Vance,[13] y Strangers in Their Own Land: Anger and Mourning on the American Right de Arlie Hochschild,[14] documentaron los sentimientos de quienes habían experimentado este proceso y los muchos otros que compartían su malestar, dando cuenta de lo muy alejados que estaban todos de las élites del país.[15]

Uno de los eslóganes de campaña de Bill Clinton en 1992 fue «Es la economía, estúpido». Esta es una simplificación reduccionista y los estudios aludidos sugieren la razón: ante todo, la gente quiere respeto, sentir que se la escucha.[16] Desde luego, tras más de tres décadas de charlas a cargo de los republicanos diciendo que el Gobierno no puede resolver ningún problema, la gente no espera que lo haga. Pero sí quiere que «dé la cara» por sus ciudadanos; sea lo que sea que esto signifique. Y cuando el Gobierno da la cara, no quiere que este castigue a la gente por ser parte de «los que han quedado en el camino». Eso es degradante. Son personas que han tomado decisiones difíciles en un mundo injusto y esperan que algunas de las desigualdades sean abordadas. Sin embargo, en la crisis de 2008, generada por políticas impulsadas por la élite para liberalizar el mercado financiero, el Gobierno pareció dar la cara únicamente por dichas élites. Ese fue, cuando menos, un relato que resultaba creíble y, como aclararé, hay una pizca de verdad en todo ello.[17]

Aunque el eslogan del presidente Clinton simplificaba en exceso las cosas al sugerir que la economía lo era todo, puede que esa simplificación no fuera tan rotunda. Nuestra economía no ha funcionado bien para vastas porciones del país, pero entretanto ha sido inmensamente gratificante para los que están en la cúpula. Sin duda, esta brecha cada vez más profunda es la raíz del actual dilema del país y el de muchos otros países avanzados.

 

 

Desde luego, no es solo la economía lo que ha fallado, también nuestra política. Nuestra brecha económica ha conducido a una brecha política, que a su vez ha venido a reforzar la brecha económica. Aquellos que tienen dinero y poder lo han empleado en la política para escribir las reglas del juego económico y político de formas que refuercen su ventaja.

Estados Unidos cuenta con una élite muy reducida, que controla una fracción creciente de la economía, y una base amplia y en aumento, casi sin recursos:[18] un 40 por ciento de los estadounidenses no puede cubrir un gasto imprevisto por encima de los cuatrocientos dólares, ya sea que un hijo enferme o el coche se estropee.[19] Los tres estadounidenses más acaudalados, Jeff Bezos (Amazon), Bill Gates (Microsoft) y Warren Buffett (Berkshire Hathaway), tienen una fortuna equivalente a la mitad del total que posee la base de la población estadounidense; sirva de testimonio para apreciar cuánta riqueza hay en la cúpula y cuán poca en ese nivel base.[20]

Buffett, el legendario multimillonario inversionista, acertó cuando dijo que «existe una lucha de clases, de acuerdo, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está haciendo la guerra, y la vamos ganando».[21] No lo dijo en una vena beligerante, sino porque lo consideraba una descripción precisa de la situación en Estados Unidos. Y dejó bien claro que para él eso no está bien, e incluso que es poco americano.

Nuestra nación surgió como una democracia representativa, y a los Padres Fundadores les preocupaba la posibilidad de que la mayoría oprimiera a la minoría. Para ello, dispusieron salvaguardas en la Constitución, incluidos límites a lo que el Gobierno podía hacer.[22] Sin embargo, en los más de doscientos años siguientes, las cosas evolucionaron de otro modo. Hoy Estados Unidos cuenta con una minoría política que, si bien no oprime a la mayoría, cuando menos la domina, e impide que actúe en interés del país como un todo. Una vasta mayoría del electorado querría que hubiese un mayor control de las armas de fuego, un salario mínimo más elevado, regulaciones financieras más estrictas y mejor acceso a la atención sanitaria y la enseñanza superior, sin incurrir por ello en una deuda onerosa. La mayoría de los estadounidenses votó por Al Gore en lugar de George Bush, por Hillary Clinton en vez de Donald Trump. La mayoría de los estadounidenses ha votado en varias ocasiones por los demócratas para el Congreso, pero en parte por los fraudes electorales, los republicanos han retenido normalmente el control: al final, en el año 2018, los demócratas recuperaron dicho control con la suficiente diferencia de votos. Una abrumadora mayoría de estadounidenses votó por senadores demócratas y,[23] así y todo, puesto que estados con escasa población como Wyoming eligen los mismos dos senadores que los estados más poblados, Nueva York y California, los republicanos han mantenido el timón en el Senado, tan relevante por su papel en la aprobación de los jueces integrantes del Tribunal Supremo. Este, desgraciadamente, ha dejado, por esa razón, de constituir un arbitrador imparcial e intérprete de la Constitución y se ha transformado en otro campo de batalla político más. Nuestras salvaguardas constitucionales no han funcionado para la mayoría, en tanto una minoría ha llegado a dominar la escena.

Las consecuencias de esta economía y este Estado deformados trascienden con mucho a lo económico: están afectando no solo a nuestra política, sino a la naturaleza misma de nuestra sociedad e identidad. Una economía y un Estado desequilibrados, egoístas y miopes generan individuos desequilibrados, egoístas y miopes, lo que refuerza las debilidades de nuestro sistema económico y político.[24] La crisis financiera de 2008 y sus consecuencias posteriores evidenciaron que muchos de nuestros banqueros sufren de lo que solo cabe denominar abyección moral, pues mostraron un alto nivel de deshonestidad y la intención de aprovecharse de los más vulnerables. Estos deslices resultan incluso más sorprendentes en un país cuyo discurso político ha estado obsesionado durante décadas con el tema de los «valores».

 

 

Para entender cómo podemos recuperar el crecimiento compartido, debemos entender antes cuáles son las auténticas fuentes de riqueza de nuestra nación, o de cualquier otra. Esas fuentes son la productividad, la creatividad y la vitalidad de la población; los avances en ciencia y tecnología, tan destacados en los dos últimos siglos y medio; los avances en la organización económica, política y social habidos en ese mismo periodo, incluidos el imperio de la ley, la competitividad, los mercados bien regulados y las instituciones democráticas con mecanismos de pesos y contrapesos, y un gran número de instituciones que «dicen la verdad». Esos avances han aportado la base de los enormes incrementos en la calidad de vida que se han dado en los dos siglos precedentes.

Sin embargo, el próximo capítulo describe dos cambios perturbadores que han aflorado en las últimas cuatro décadas y que ya hemos acusado: el crecimiento se la ralentizado y los ingresos de grandes segmentos de la población se han estancado o incluso se han reducido. Una gran brecha se ha abierto entre la cúpula y el resto.

No basta con describir la trayectoria que nuestra economía y sociedad han tomado. Tenemos que entender mejor la fuerza de las ideas e intereses que nos han desviado tanto de nuestro curso en las cuatro décadas pasadas, por qué controlan a tantos y por qué están tan erradas en lo fundamental. Dejar que la agenda económica y política sea articulada por los intereses corporativos ha conducido a una mayor concentración de sus poderes, y seguirá haciéndolo. Entender por qué han fallado nuestros sistemas económico y político es el preámbulo para demostrar que otro mundo es posible.

He aquí la nota optimista: hay reformas fáciles —económica, que no políticamente, fáciles— que podrían conducirnos a una mayor prosperidad compartida. Como veremos, podemos crear una economía más afín a lo que, a mi parecer, son ciertos valores fundamentales y compartidos: no la codicia y la improbidad tan manifiestas de nuestros banqueros, sino los valores más elevados y tan a menudo explicitados por nuestros líderes políticos, económicos y religiosos. Una economía así nos modelará, nos hará más parecidos a los individuos y la sociedad que aspiramos a ser. Y, al hacerlo, nos ayudará a crear una economía más humana, capaz de brindar a la vasta mayoría de nuestros conciudadanos la «vida de clase media» a la que aspiran pero que ha quedado cada vez más lejos de su alcance.

 

 

LA RIQUEZA DE LAS NACIONES

 

Un buen punto de partida para comprender cómo prosperan las naciones es el conocido texto de Adam Smith, La riqueza de las naciones, publicado en 1776, un libro considerado habitualmente como el inicio de la economía moderna. Smith criticaba de manera acertada el mercantilismo, la escuela de pensamiento económico que dominaba en Europa durante el Renacimiento y el periodo industrial temprano. Los mercantilistas abogaban por exportar mercancías para conseguir oro, creían que así enriquecerían a sus respectivas economías y harían a sus naciones más poderosas en lo político. Hoy podemos reírnos entre dientes de esas políticas absurdas: disponer de más oro acumulado en una bóveda no proporciona mejores niveles de vida. Con todo, el mismo error de concepción prevalece hoy, especialmente entre quienes argumentan que las exportaciones han de superar a las importaciones y buscan imponer políticas erróneas para lograrlo.

La verdadera riqueza de una nación se mide por su capacidad de brindar, de una forma sostenida, altos niveles de vida a todos sus ciudadanos. Esto guarda relación, a su vez, con aumentos continuos en la productividad, basados parcialmente en la inversión en instalaciones y maquinaria, pero, más importante aún, también en conocimientos, así como en gestionar nuestra economía con niveles de pleno empleo, asegurándonos de que los recursos de que disponemos no se malgasten o queden simplemente sin aprovechar. No tiene nada que ver solo con la acumulación de riqueza financiera u oro. De hecho, demostraré que el interés por la riqueza financiera ha resultado más bien contraproducente: ha crecido a expensas de la verdadera riqueza del país, lo que ayuda a explicar la ralentización del crecimiento en esta era de financiarización.

Al redactar su obra en los albores de la Revolución industrial, Smith no podría haber comprendido por completo lo que hoy da pie a la auténtica riqueza de las naciones. Buena parte del patrimonio de Gran Bretaña en aquella época y en el siglo que siguió procedía de la explotación de sus muchas colonias. Smith, con todo, no se centraba en esto ni en las exportaciones, sino en el papel que desempeñaba la industria y el comercio. Hablaba de las ventajas que suponían los grandes mercados para la especialización.[25] Esto resultó acertado hasta cierto punto, pero no abordó el tema de cuál era, en una economía moderna, la base de la riqueza de un país: no hablaba de investigación ni desarrollo, ni siquiera de progresos en el conocimiento derivado de la experiencia, lo que los economistas denominan «aprendizaje práctico».[26] La razón era muy simple: los avances tecnológicos y el aprendizaje desempeñaban un papel escaso en la economía del siglo XVIII.

Durante siglos, antes de que Smith escribiera su obra, los niveles de vida habían permanecido estancados.[27] Poco después, el economista Thomas Robert Malthus postulaba que el crecimiento de la población provocaría que los salarios se mantuvieran en el nivel de subsistencia. Si alguna vez sobrepasaban ese nivel, la población aumentaría, retrotrayendo de nuevo los salarios al nivel de subsistencia. No había, pura y simplemente, ninguna perspectiva de incrementar la calidad de vida. Resultó que Malthus estaba muy equivocado.

 

 

La Ilustración y sus secuelas

 

El propio Smith formaba parte de un gran movimiento intelectual de finales del siglo XVIII designado como la Ilustración. A menudo relacionada con la revolución científica, la Ilustración se forjó sobre los avances habidos en los siglos precedentes, partiendo de la Reforma protestante. Antes de sobrevenir la Reforma del siglo XVI, inicialmente liderada por Martín Lutero, la verdad era algo conocido por orden de las autoridades. La Reforma vino a cuestionar la potestad de la Iglesia y, en una guerra que duró treinta años y que comenzó en 1618, los europeos lucharon a favor de paradigmas alternativos.

El hecho de que se cuestionara su autoridad forzó a la sociedad a hacerse algunas preguntas, y a la vez a responderlas: ¿cómo conocemos la verdad? ¿Cómo podemos aprender del mundo a nuestro alrededor? ¿Y cómo podemos y deberíamos organizar nuestra sociedad?

Surgió así una nueva epistemología, que regía todos los aspectos de la vida excepto el mundo espiritual: la de la ciencia, y su confianza en lo verificable, donde cada avance se apoyaba en la investigación previa y los progresos de los que habían llegado antes.[28] Con el correr de los años, surgieron a la vez universidades y otras instituciones que amparan la investigación para ayudarnos a evaluar la verdad y descubrir la naturaleza de nuestro mundo. Infinidad de cosas que hoy damos por sentadas, desde la electricidad, pasando por los transistores y ordenadores, hasta los teléfonos inteligentes, los rayos láser y la medicina moderna, son fruto de hallazgos científicos apoyados en la investigación básica. Y no solo se dieron estos avances en alta tecnología: incluso nuestras carreteras y edificios provienen de los progresos científicos; sin ellos, no tendríamos rascacielos ni autopistas, ni podríamos disfrutar de las ciudades modernas.

 

 

La ausencia de una autoridad real o eclesiástica que dictara la forma en que debía organizarse la sociedad implicó que la propia sociedad tuviera que deducirlo por sí misma. Ya no se podía contar con la autoridad —ya fuera en la tierra o los cielos— para asegurarse de que las cosas funcionaran bien o tan bien como fuera posible. Había que crear sistemas de gobierno. Descubrir las instituciones sociales que garantizaran el bienestar de la sociedad era más complicado que descubrir las verdades naturales. En general, no se podía hacer a este respecto experimentos controlados. Así y todo, un estudio minucioso de las experiencias pretéritas podía resultar muy revelador. Había que apoyarse en el razonamiento y el discurso, y asumir que ningún individuo tenía el monopolio en nuestra comprensión de la organización social. A partir de este razonamiento se empezó a valorar, por su importancia, el imperio de la ley, el debido proceso y los sistemas de pesos y contrapesos, apoyado todo ello en valores fundacionales como el de justicia para todos y libertad individual.[29]

Nuestro sistema de gobierno, en su compromiso con un trato justo para todos, exigía que se verificara la verdad.[30] Cuando se implantan los sistemas de gobierno adecuados, es más probable que se tomen decisiones buenas y justas. Puede que no sean perfectos, pero es más probable que se los pueda corregir cuando exhiban fisuras.

Con el tiempo, evolucionó un provechoso conjunto de instituciones que dicen la verdad, descubren la verdad y verifican la verdad, y a ellas debemos buena parte del éxito alcanzado por nuestras economía y democracia.[31] Entre ellas ocupan un lugar relevante unos medios de comunicación activos. Como todas las instituciones, son falibles, pero sus indagaciones son parte del sistema general de la sociedad de pesos y contrapesos, y aportan un bien público relevante.

Los avances en ciencia y tecnología, al igual que los cambios en la organización social, política y económica asociados a la Ilustración, condujeron a un aumento de la producción que superó el aumento de población, de modo que los ingresos per cápita comenzaron a aumentar también.[32] La sociedad aprendió a reducir el crecimiento demográfico y, en los países avanzados, la gente resolvió cada vez más limitar el número de hijos, en especial cuando mejoró la calidad de vida. La catástrofe malthusiana había quedado anulada, lo cual dio pie a los enormes incrementos en la calidad de vida de los últimos doscientos cincuenta años (véase el Gráfico 1: después de siglos en que esos niveles habían permanecido en buena medida estancados, comenzaron a desarrollarse rápidamente, primero en Europa, hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX, y luego en otras regiones del mundo, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial),[33] así como el aumento de la longevidad del cual nos hemos beneficiado tanto.[34] Fue un cambio impresionante en el destino de la humanidad. Mientras en el pasado la mayoría de los esfuerzos iban destinados solo a cubrir las necesidades básicas de la vida, ahora eso podía obtenerse con unas pocas horas de trabajo a la semana.[35]

Sin embargo, en el siglo XIX, los frutos de ese progreso estaban distribuidos de manera muy desigual.[36] De hecho, para muchos individuos, la vida parecía ir a peor. Como bien había resumido Thomas Hobbes más de un siglo antes, «la vida era sucia, brutal y corta», y para muchos la Revolución industrial pareció incluso empeorar las cosas.[37] Las novelas de Charles Dickens describían vívidamente ese sufrimiento en la Inglaterra de mediados del siglo XIX.

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En Estados Unidos, la desigualdad alcanzó nuevas cotas a finales del siglo XIX: en la Edad Dorada y los «locos años veinte». Por fortuna, hubo una respuesta del Gobierno a estas profundas inequidades: la legislación de la Era Progresista y el New Deal moderaron la explotación del poder de mercado e intentaron abordar los errores que había dejado en evidencia, incluidos los niveles inaceptables de desigualdad e inseguridad a que había dado pie.[38] Bajo la presidencia de Franklin D. Roosevelt, Estados Unidos promulgó su programa estatal para la vejez y la discapacidad (la Seguridad Social, oficialmente llamada OASDI u Old Age, Survivors and Disability Insurance). Más adelante en ese mismo siglo, el presidente Lyndon B. Johnson instituyó la atención médica para la vejez y libró una guerra contra la pobreza. En Reino Unido y la mayor parte de Europa, el Estado aseguró que todos tuviesen acceso a la sanidad, pero Estados Unidos se convirtió en el único país de los más avanzados que no consideró el acceso a la atención sanitaria como un derecho humano básico. A mediados del siglo pasado, los países avanzados dieron lugar a lo que entonces se denominó «sociedades de clase media», en las que los frutos de ese progreso eran compartidos, al menos en un grado razonable, por la mayoría de la ciudadanía; y si no hubiera sido por políticas excluyentes del mercado laboral basadas en la raza y el género, incluso más individuos habrían participado de ese progreso. Los ciudadanos vivían más y mejor y tenían acceso a mejores viviendas y vestimentas. El Estado brindaba educación a sus hijos, cumpliendo así la promesa de una vida cada vez más próspera de cara al futuro y mayor igualdad de oportunidades. Ese Estado les ofrecía a su vez un mínimo de seguridad en la vejez y protección social contra otros riesgos como el desempleo y la discapacidad.

El progreso dentro del mercado y las instituciones políticas que evolucionó a partir del siglo XVIII no fue siempre fluido. Hubo crisis económicas episódicas, la peor de las cuales fue la Gran Depresión iniciada en 1929, de la que Estados Unidos no se recuperó hasta la Segunda Guerra Mundial. Antes de la guerra, el Gobierno garantizaba un subsidio de desempleo a quienes estaban temporalmente sin trabajo. Después de la guerra, los países avanzados asumieron a su vez la obligación de mantener el pleno empleo en sus respectivas economías.

Tampoco la dinámica para garantizar que los frutos del progreso se distribuyeran por igual fue siempre sostenida. Como ya vimos antes en este mismo capítulo, las cosas empeoraron mucho a finales del siglo XIX y en la década de 1920, pero luego mejoraron de manera significativa en los decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Aunque todos los grupos sociales vieron aumentar sus ingresos, los de quienes estaban en la base de la pirámide social crecieron más rápidamente que los de quienes se encontraban en la cúpula. Sin embargo, a finales de los años setenta y principios de los ochenta, las cosas adquirieron un cariz muy negativo. Los grupos en la base comenzaron a ver que sus ingresos se estancaban o incluso disminuían, mientras que los de otros aumentaban. Para los ricos, la esperanza de vida siguió aumentando, pero para los sectores con menos formación empezó a reducirse.

 

 

EL CONTRAATAQUE

 

El progreso asociado a la Ilustración siempre tuvo sus detractores. Al listado se añadieron los conservadores religiosos, que no gustaban de ideas como la de la evolución, y algunos sectores a los que inquietaba la tolerancia y el liberalismo predicados por la Ilustración.(1) A estos cabe sumar a gente que ha descubierto que sus intereses económicos entraban en conflicto con los hallazgos de la ciencia; por ejemplo, los propietarios de empresas del carbón y sus obreros, enfrentados todos a la perspectiva de verse forzados a cerrar a la luz de la evidencia abrumadora de que suponen un aporte fundamental al calentamiento global y el cambio climático. Pero esta coalición de los conservadores religiosos y sociales y aquellos cuyo interés personal iba directamente contra los hallazgos científicos no solía ser tan amplia como para conseguir el poder político. Ese poder requería del apoyo de la mayor comunidad empresarial, que solía ir asociado a un quid pro quo, la desregulación y los recortes tributarios. En Estados Unidos, el nuevo adhesivo para esta alianza es alguien al que se consideraba un presidente altamente improbable: Donald Trump. Ha sido doloroso observar el apoyo silencioso otorgado a un mandatario caracterizado por su intolerancia, misoginia, nativismo y proteccionismo —tan contrario todo ello a los valores por los que muchos dentro de la comunidad empresarial dicen abogar—, solo con el fin de disfrutar de un ambiente más favorable para los negocios y con mínimas regulaciones, y en especial con reducciones tributarias para ellos y sus respectivas corporaciones. Evidentemente, el dinero seguro en sus bolsillos —la codicia— se impuso sobre todo lo demás.

Desde que lanzó su campaña, y sobre todo desde que asumió el cargo de presidente, Donald Trump ha ido bastante más allá de la tradicional agenda económica «conservadora». En cierto sentido, como ya hemos señalado, resulta de hecho revolucionario: ha arremetido con fuerza contra las principales instituciones de nuestra sociedad, esas mediante las cuales procuramos adquirir conocimientos y constatar la verdad. Sus objetivos incluyen a nuestras universidades, la comunidad científica y nuestra judicatura. Sus ataques más virulentos han sido, por supuesto, contra los informativos tradicionales, que él mismo rotula como fake news. La ironía es que, mientras para esos medios la verificación de datos desempeña un papel fundamental, Trump miente descarada y regularmente.[39]

Tales ataques no solo carecen de precedentes en Estados Unidos, sino que son a la vez corrosivos y socavan nuestra democracia y nuestra economía. Y aun cuando cada elemento de la arremetida es bien conocido, es crucial entender qué los motiva y lo vasto que es su objetivo. Es relevante a la vez reconocer que lo que está en juego aquí trasciende con mucho a Trump; si él no hubiera presionado una tecla tan resonante, sus ataques a las instituciones que buscan establecer la verdad no habrían tenido tanta incidencia. Vemos otros similares en otras latitudes. Si Trump no hubiera resuelto librar esta guerra, lo habría hecho otro.

Especialmente en este contexto, el apoyo de la comunidad empresarial al presidente Trump resulta cínico y descorazonador, sobre todo para quienes guardan aunque sea un débil recuerdo del surgimiento del fascismo en la década de 1930. El historiador Robert O. Paxton ha establecido un paralelo entre las prebendas otorgadas por Trump a los más ricos y las estrategias tras el auge del nazismo en Alemania.[40] Igual que el apoyo fundamental al primero proviene de una clara minoría, el apoyo fundamental a los segundos era demasiado bajo para lograr el poder democráticamente: en rigor, nunca obtuvieron nada parecido siquiera a la mayoría de los votos. El éxito de Trump ha sido el de formar una coalición con la comunidad empresarial, igual que entonces: los fascistas solo llegaron al poder con el apoyo de una amplia coalición conservadora que incluía al empresariado.

 

 

Ataques a las universidades y la ciencia

 

Los ataques a nuestras universidades no han sido objeto de la misma atención que las embestidas contra la prensa, pero son igualmente peligrosos para el futuro de nuestra economía y nuestra democracia. Las universidades son el manantial del cual fluye todo lo demás. Silicon Valley —el epicentro de la economía innovadora del país— es lo que es y está donde está gracias a los avances tecnológicos generados por dos de nuestras mayores universidades: Stanford y la Universidad de California, en Berkeley. El MIT y Harvard han engendrado de manera similar un gran centro de biotecnología en Boston. Todo el prestigio de nuestra nación como líder en innovación se debe a fundamentos del saber que emanan de nuestras universidades.

A su vez, estas y los centros de investigación científica han hecho más que solo contribuir al avance del saber: han atraído hacia nuestras costas a algunos de los emprendedores más destacados. A muchos de ellos les llamó la oportunidad de estudiar en esas grandes universidades. Entre 1995 y 2005, por ejemplo, los inmigrantes fundaron el 52 por ciento de todas las nuevas compañías de Silicon Valley.[41] Y fundaron, a su vez, más del 40 por ciento de las empresas incluidas en 2017 en el listado Fortune 500 de Estados Unidos.[42]

Y, pese a todo, Trump intentó eliminar drásticamente los fondos gubernamentales para la investigación básica de su presupuesto para 2018.[43] Es más, quizá por primera vez en la historia, en la reforma tributaria republicana de 2017 se fijó un impuesto a algunas de nuestras universidades privadas sin ánimo de lucro, muchas de las cuales han sido fundamentales para generar avances en el conocimiento, esenciales tanto para aumentar la calidad de vida de Estados Unidos como para crear sus ventajas competitivas.

Algunos republicanos critican a nuestras universidades por ser políticamente correctas e intolerantes con el fanatismo y la misoginia. Es cierto que, por lo general, los académicos enseñan que el cambio climático es real, y que muchos de ellos generan dudas respecto a la economía de subsidio a la oferta. Las universidades tampoco dan el mismo peso a la teoría de que la Tierra es plana que a la del flogisto en química o los devotos del oro en la ciencia económica. Hay algunas ideas que merecidamente no reciben la misma atención en la enseñanza superior.[44] Sería un gesto de negligencia profesional enseñar ideas que han sido desmentidas una y otra vez por el método científico.

Hasta aquí, las universidades han resistido al asedio, pero solo cabe imaginar lo que ocurriría con la economía estadounidense y nuestra posición en el mundo si Trump y otros que libran esta guerra tuvieran éxito. Nuestra posición en la vanguardia de la innovación retrocedería con rapidez. De hecho, otros están aprovechando la postura de Trump contra la inmigración y la ciencia: Canadá y Australia, por ejemplo, están activamente empeñados en reclutar estudiantes talentosos y crear instituciones y laboratorios de investigación que ofrezcan alternativas viables a Silicon Valley.

 

 

Ataques a la judicatura

 

En toda sociedad hay disputas y, cuando las partes discrepan, ya sean dos individuos, dos corporaciones o los ciudadanos y su Gobierno, la tarea de nuestros tribunales es evaluar la verdad, en la medida que sea posible. Casi por definición, no es fácil resolver esas disputas: si fuese así, las partes podrían haberlo intentado por su cuenta y sin recurrir a tribunales costosos, que además consumen muchísimo tiempo. Cuando estos tribunales emiten fallos que disgustan a Trump, este alude a los «llamados jueces». Su desprecio por la judicatura queda bien demostrado por su voluntad de nombrar jueces decididamente no aptos para el cargo: un nominado al Tribunal del Distrito de Estados Unidos en el distrito de Columbia, Matthew Spencer Petersen, no tenía siquiera experiencia previa en ningún juicio. Al final, se retiró después de un humillante interrogatorio en su audiencia de confirmación, pero solo fue el menos cualificado de los muchos sin la preparación necesaria designados por Trump.

 

 

La explicación de los ataques: defensa propia

 

Hay un patrón aquí que se repite. Desde la perspectiva de Trump y sus partidarios, el peligro de todas esas instituciones que es

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