Lecciones de Aristóteles

John Sellars

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

En 1996, comenzaron las obras del nuevo Museo de Arte Moderno de Atenas. Se había conseguido un emplazamiento ideal, cerca del Parlamento Helénico, junto al Museo Bizantino y Cristiano y al otro lado de la calle donde se encuentra el Museo de Arte Cicládico. I. M. Pei, arquitecto de renombre internacional, fue el encargado de diseñar el edificio. Cuando empezaron los trabajos para acondicionar el terreno, se convocó a un equipo de arqueólogos para que estudiaran y evaluaran todo lo que pudiera salir a la luz con las excavaciones. En una ciudad como Atenas, las probabilidades de hallar objetos interesantes son siempre bastante altas. Pero nadie se esperaba lo que allí encontraron. A primera vista, lo que desenterraron no era nada especial: los cimientos de un patio rectangular rodeado, en tres de sus lados, por paseos porticados, con algunas estancias más pequeñas detrás. El tamaño y la disposición de los edificios eran muy similares a los restos del gimnasio de la Academia, uno de los tres que existieron extramuros de la antigua ciudad de Atenas. El nuevo yacimiento, situado justo al este de la ciudad antigua, no tardó en identificarse como el lugar donde se alzaba el Liceo, a juzgar por las descripciones de varios escritores de la Antigüedad. Todos los planes para el museo se suspendieron y se dejó el yacimiento a la vista. En la actualidad, está abierto al público.

En Atenas, como en muchas ciudades históricas de Europa, es habitual que casi todas las obras de construcción saquen a la luz capas arqueológicas importantes. Aun así, no todas se dejan al descubierto. ¿Por qué se consideró esta tan especial? En uno de los paneles informativos del yacimiento se dice: «Debido a la escasez de los restos arqueológicos del yacimiento, cuesta ser conscientes de que nos encontramos ante uno de los lugares más significativos de la historia de la humanidad». Y es que el Liceo no era solo un gimnasio, un lugar consagrado al ejercicio físico, sino también la sede de la escuela filosófica de Aristóteles, uno de los más grandes pensadores que han existido jamás. Era aquí donde Aristóteles, en los últimos años de su vida, se reunía con pensadores de ideas afines y con sus discípulos para reflexionar sobre una abrumadora variedad de temas, desde cuestiones filosóficas abstractas, o el estudio del mundo natural y los fundamentos de la lógica, hasta retórica, teatro, política y mucho más. Allí, en el Liceo, vivían absortos en la indagación intelectual, en la vida de la mente.

Aristóteles habla, en una de sus obras, del inmenso placer que puede obtenerse de este tipo de investigaciones; salta a la vista que amaba lo que hacía. Sin embargo, no era el placer el único motivo por el que dedicaba su vida a ello. Para él, la búsqueda del conocimiento, la investigación, era la actividad más elevada que podía realizar el ser humano, y sostenía que es algo a lo que todos deberíamos dedicarnos, al menos de vez en cuando. En su Protréptico. Una exhortación a la filosofía —una obra temprana de la que se conservan únicamente unos cuantos fragmentos— no solo afirma esto, sino también que la filosofía es el único camino hacia una vida plena y feliz. En su opinión, una vida desprovista de este tipo de actividad intelectual apenas merece la pena vivirse. Porque la filosofía es una manifestación de nuestra curiosidad natural en tanto que seres humanos y, en consecuencia, si la descuidamos, la vida que vivamos no será propiamente humana. Aunque a pocos de nosotros nos haya sido dado alcanzar las alturas intelectuales de Aristóteles, la mayoría nos paramos de vez en cuando a pensar en las grandes cuestiones, como en qué consiste la verdadera felicidad o qué es lo más importante en la vida. Muchos nos maravillamos ante la belleza y complejidad del mundo natural, aunque solo sea a través de los documentales de la televisión. Pero, pese a que lo hagamos así, de esta forma tan modesta, estamos participando en la misma actividad que realizaban Aristóteles y sus compañeros del Liceo hace casi dos mil quinientos años.

Desde aquel entonces, las ideas y conceptos de Aristóteles han ido impregnando nuestra forma natural de pensar hasta hacerse imperceptibles. Sus trabajos sobre los animales de la isla de Lesbos y otros lugares a mediados del siglo IV a. C. sentaron las bases de la biología y, junto con sus vastas reflexiones sobre la naturaleza del conocimiento, de todas las ciencias empíricas. También fue el primero en estudiar las estructuras del pensamiento racional, lo que dio pie a que inventara, durante el proceso, la lógica formal y a que articulara por primera vez principios lógicos clave, como la ley del medio excluido: cualquier proposición solo puede ser verdadera o falsa. Esta división binaria es la idea fundamental sobre la que se asienta el mundo digital en el que vivimos cada vez más hoy en día. Su examen de los distintos tipos de organización política y de las constituciones de las ciudades antiguas inauguró la disciplina de las ciencias políticas. Su análisis del drama griego estableció los elementos básicos para que una narración funcionara; unas ideas y preceptos que siguen teniendo en cuenta los guionistas de Hollywood de la actualidad.

La influencia de Aristóteles ha sido inmensa: no solo moldeó la filosofía y la ciencia a lo largo de la Edad Media en las tradiciones griega, siriaca, árabe, hebrea y latina, sino que sigue determinando de forma indirecta nuestro modo actual de pensar y de vivir. Su reputación ha sufrido altibajos a lo largo de los años, algo inevitable. Cuando los filósofos y teólogos de la Europa latina redescubrieron un gran número de sus obras en los siglos XII y XIII a través de traducciones del árabe y del griego, se lo consideró un radical peligroso y la Iglesia no tardó en condenar muchas de sus ideas. Pero cuando, unos siglos más tarde, estas ideas se acomodaron a la teología cristiana y el estudio de sus obras se convirtió en el pilar de la educación universitaria, pasó a ser considerado una figura de autoridad poderosa, asfixiante, que sofocaba la libre investigación y frenaba el auge de la ciencia moderna. Los críticos más perspicaces se dieron cuenta, sin embargo, de que el problema radicaba en la excesiva devoción que los aristotélicos de la época rendían a las palabras de Aristóteles, más que en el propio Aristóteles. Aun así, aquella imagen del filósofo como figura de una aut

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