Historia prodigiosa
Yo siempre digo: no hay nadie como Dios.
UNA SEÑORA ARGENTINA
I
Lo que me mueve a escribir no es el agrado de hablar de estas cosas ni el instinto profesional, que ávidamente debería registrar y aprovechar acontecimientos como los que después ocurrieron, no sólo melancólicos, sino portentosos y terribles. De verdad la conciencia me exige, y Olivia me pide, que deje aclarados algunos episodios de la vida de Rolando de Lancker, episodios que determinados sectores últimamente comentaron, difundieron y tergiversaron. Sin duda porque la mente humana trabaja con frivolidad, lo primero que el nombre Rolando de Lancker evoca para mí son las imágenes del interior, oscuro y de cuero, de un break que rueda por un camino barroso, de los leves cartuchos celestes de los Bay Biscuits, de una estudiosa muchacha rubia, de un parque simétrico y abandonado, con dos leones de piedra y, más lejos, tres calles de altos eucaliptos que se estremecen en la tormenta. Nada aciago hay en todo esto, o apenas la luz con que retrospectivamente lo veo. Sin embargo el destino para el que tales imágenes sirven de inadecuado emblema, recogido por una pluma menos inepta que la mía, depararía a muchos una lección aterradora.
Como todo el mundo en Buenos Aires —me refiero al mundo de nuestra profesión— yo sabía quién era Rolando de Lancker. No digo que supiera nada concreto, sino vagamente que existía, que había publicado tal libro, que estaba enemistado con tales colegas. Por intercesión de su primo Jorge Velarde llegué después a conocerlo.
He aquí, pues, el comienzo de la historia. Una mañana yo estaba trabajando en la editorial, se abrió la puerta y percibí el inconfundible olor a valijas de cuero y a correas. Levanté los ojos. Por cierto ahí estaba, aureolado por ese olor tan típicamente suyo, Jorge Velarde, que firma Aristóbulo Talasz y despotrica semanalmente sobre los estrenos del cinematógrafo desde la notita de Criterio. Yo sospecho que debe a su olor y a su formato que lo apoden el Dragón; pero como algunos amigos de infancia lo llaman San Jorge, cabe tal vez inferir que un apodo haya salido de otro. «Carga manuscrito», me dije y encomendé el alma. Increíblemente, el Dragón no extrajo, del lugar más inesperado, la compilación de poemas, algo nuevo, en verso libre, que yo temía, ni el nutrido ensayo, lo que la masa lectora reclama, una interpretación psicoanalítica de los caracteres de La Bruyère, ni siquiera la novela policial a publicarse con seudónimo, pues el autor guardó silencio por más de un año y qué va a decir la gente cuando vea que ahora sale con esta sandez: porque todo esto hay que sobrellevar en las editoriales. No, con apreciado buen gusto, mi visitante omitió cualquier referencia a su obra inédita, habló del calor que iba a concluir en una tormenta de padre y señor nuestro, pasó a temas de actualidad, tan opresivos como el calor, y desembocó bastante pronto en su primo Lancker. Hablándome de cerca y obligándome, para evitar el olor a cuero, a empotrar la nuca en el respaldo de mi sillón funcional, me dijo que el primo había organizado, o proyectado, una suerte de academia de literatura y que deseaba mi colaboración. En aquellos años, los más fervorosos de la vida, me aquejaba la temeraria certidumbre de que todo lo podía la lógica y de que el arte era plenamente comprensible y transmisible. Como además de su futura academia, Rolando de Lancker disponía de un casco de estancia en Monte Grande, le había pedido al Dragón que me invitara a pasar allí el fin de semana. Creo que me desagrada vivir en casa ajena, pero acepté en el acto.
El sábado a la noche gruesas gotas golpeaban los vidrios del viejo vagón del Ferrocarril del Sud (que así todavía se llamaba) en que viajé a Monte Grande. Miré las gotas, pensé: «A lo mejor me resfrío», me acurruqué en el asiento, noté la levedad de mi traje y, maravillado, me perdí en Magic de Chesterton: un tomito verde que en esos días había llegado a las librerías. Hacia el fin del trayecto, en la comedia de Chesterton se había desatado una tormenta y en Monte Grande había cesado de llover. Entre las sombras del andén divisé al atlético Velarde, alias el Dragón, que murmuró: «Ni siquiera trae los diarios»; después, a un hombrecito perfecto y con capa, de trazos delicados, de pensativos ojos de fuego; después, a una muchacha rubia, considerablemente más alta y más gruesa que el hombrecito, con pelo lacio, estirado hacia atrás, con ojos verdes, con facciones hermosas y cutis que no parecía limpio, con suelto pullover, con andar sereno. Velarde me presentó al hombrecito:
—Rolando de Lancker.
Lancker, hablando con rapidez y energía, en tono machacado, me presentó a la muchacha:
—Olivia, mi discípula.
Y en el acto, con eficacia irreprimible, me desembarazó de mi valijita. Olivia, a su vez, quiso tomarla, pero adelantando una mano con anillos, entrecerrando los ojos, ladeando la cabeza, Lancker la disuadió. Con alguna solemnidad nos encaminamos hacia la salida. Afuera aguardaban tres o cuatro automóviles y un enorme break, al que estaba atada una yunta de espumosos caballos oscuros. Los caballos levantaron las orejas; desde el pescante descendió laboriosamente un anciano, de cara roja, de ojos redondos, de paso inestable. Cargó la valijita, me interrogó con la mirada. Balbuceé una excusa por traer tan poco equipaje.
—Olivia y Jorge a un lado —dijo Lancker, señalando la portezuela—, nosotros del otro, el señor a mi derecha.
Ceremoniosamente escalamos el vehículo y nos distribuimos en su interior. El cochero, con la aparatosa torsión de un hombre aquejado de tortícolis, miró a Lancker. Éste dijo:
—Vogue la galère!
La fugitiva luz de un automóvil que partía entró en el coche e iluminó las piernas de Olivia. Parodiando a nuestro querido amigo el filósofo de La Emiliana, ese infatigable comentarista del sexo femenino, me dije: «Parecen torneadas por un dios voluptuoso». Francamente, aquella noche las piernas de Olivia me dejaron impresionado. Con un sacudón arrancamos, reflexioné que arrullado por los redobles de los cascos viajaría indefinidamente y nos detuvimos. Habíamos rodeado la plaza. Lancker miró pausadamente a Olivia y como quien intenta grabar un precioso precepto en la mente de un niño pronunció:
—Cuatro docenas de Bay Biscuits.
La muchacha bajó del vehículo; yo la seguí, murmurando palabras, principalmente el verbo acompañar y el sustantivo damas. En el bar, Olivia me preguntó:
—¿Vio los árboles?
—Hermosísimos —repliqué instintivamente.
—No —corrigió Olivia—. Nunca lo fueron y ahora, con la poda, están horrorosos. Pero no me refería a eso. Me refería a los letreros que les han pegado.
Nos entregaron el paquete. Pagué. Olivia me previno:
—Son para Rolando.
—Qué le vamos a hacer —contesté.
A la luz de los faroles de la plaza, blancos y con globos redondos, miramos los árboles. Cada uno tenía un papel ovalado, con una inscripción. Riendo, Olivia leyó algunas. Creo recordar estas dos: Mujer ¡más decencia! e Indecencia en el vestir = indecencia en el vivir. Entre las ramas, cortas como muñones, vi un cielo complejo y tormentoso. Había olor a tierra mojada.
—Rolando espera —dijo Olivia.
Ya en el coche, mencioné los letreros. El Dragón, sacudiendo la cabeza y entornando benignamente los ojos, explicó:
—Las brigadas del padre O’Grady. Esos muchachos son el diablo.
—Bajo su aspecto más nauseabundo —contestó Lancker.
—No se detienen en nada —aseguró el Dragón.
—Ni siquiera en recordarnos su tontería mediante versitos mnemotécnicos —agregó Lancker—. Las otras tardes leí en los árboles que hay frente a la iglesia:
Si no observas decoro en el vestir,
Si provocas miradas atrevidas,
Del Cristo sangran todas las heridas
Y Belcebú triunfal se echa a reír.
El Dragón observó:
—Perdoname, viejo, pero el último verso no está mal.
—Poeta nascitur —contestó enigmáticamente Lancker—. Oigan esta copla que leí en otro árbol:
En verano y en invierno
Cubre con medias las piernas,
No sea que a esas carnes tiernas
Las tueste el diablo en su infierno.
(Ahora, que he conocido a Lancker, sospecho que él improvisó los versitos; hasta creo recordar que la muchacha se ruborizó, como si esas locuras de su maestro la avergonzaran un poco.)
El camino era largo y, en partes —como entonces entreví y luego confirmé—, a través de campo tendido. Muy pronto llovió furiosamente. Evoco, aún hoy con íntima exaltación, el arreciar de la lluvia contra las cortinas de cuero del break y el chapalear de los caballos. Cruzamos un portón.
—Los Laureles —anunció Lancker.
Avanzamos entre árboles, primero sinuosamente, después en línea recta. Se oyó el crujir de canto rodado bajo las ruedas y muy pronto el coche se detuvo. Lancker abrió la puerta, saltó, de pie en la lluvia ofreció el brazo a Olivia; ésta saltó y ambos corrieron a guarecerse en el corredor. Los seguimos. El break, lentamente, giró y se perdió en la noche. Nos quedamos unos instantes mirando las tinieblas. Ocasionales relámpagos iluminaban el mundo y entonces aparecían, no lejanos, trémulos, altísimos eucaliptos.
Alguien dijo:
—Con tal que uno de esos rayos no caiga aquí.
Manejando gallardamente la capa, Lancker me contestó:
—El laurel que te abraza las dos sienes
Llama al rayo que evita, y peligrosas
Y coronadas por igual las tienes.
Pensé que provisto de una nariz más larga Lancker sería un irreemplazable Cyrano en una compañía pueril. Él concluyó:
—El resto del soneto, en Quevedo. Las virtudes del laurel, en Plinio.
Se volvió, abrió una puerta que daba a un pasillo y a una escalera con barrotes de hierro, globo de bronce y pasamanos de caoba, golpeó las manos.
—¡Ave María! —gritó.
Después gritó Olivia:
—¡Pedro!
Nadie apareció.
Olivia y Jorge siguieron gritando. Estas afanosas invocaciones produjeron finalmente a un hombre de saco blanco, de cara roja, de ojos redondos que expresaban alegría impávida, de nariz con punta levantada, de acento incompatible con toda sutileza: Pedro.
Lancker me preguntó si había comido.
—No —respondí—, pero no importa…
Con un ademán de todo el brazo acalló mis protestas. A Pedro le ordenó:
—El señor va a tomar té.
El criado se alejó con mi valija. Nosotros nos internamos por largos y oscuros corredores, por un vítreo jardín de invierno, con jarrones de porcelana azul, con plantas con hojas como pantalla, por una sala sesgada, con muebles enfundados. Llegamos al comedor, donde había una mesa rodeada por más de veinte sillas, con una sopera de plata en el centro; en el extremo del cuarto, simétricamente se levantaba, se amontonaba y se distribuía, arquitectónica como un palacio, la chimenea, de madera labrada y rubia; en las restantes paredes, el zócalo, de igual madera, alcanzaba alturas excesivas para que uno pudiese mirar, sin estirarse en puntas de pie y sin forzar la nuca, los tenebrosos cuadros enmarcados en oro. En esa actitud tensa contemplé uno que misteriosamente me atrajo desde que penetré en el comedor. Asistido por Olivia, no tardé en descubrir que representaba el infierno: desde una fosa en que hormigueaban los réprobos alzábase una llama en cuyo ápice bailaba, diminuto y de color naranja, el demonio.
—Los amantes de Teruel de Benlliure —explicó Lancker.
Reconocí a los amantes. Él, con levita negra, con puños de encaje, con pantalones abrochados debajo de la rodilla, saltaba, con un movimiento de piernas enérgico pero acaso vulgar, por encima de otro réprobo y llevaba o empujaba a ella, con vestido blanco, de novia ¿hacia dónde? En este mundo no lo sabremos. Volví a mirar la llama que surgía de la fosa; ladeé la cabeza, como un entendido que aprecia una obra de arte. Por una operación inexplicable, ante mis ojos la llama se convirtió en Satanás y el diminuto demonio, en un violín de color naranja. Lancker dijo:
—El demonio toca el violín para los condenados.
—Atenti, Rolando, vos que te aburrís en los conciertos —gritó el Dragón, con esa vulgaridad trivial que le era tan propia.
De nuevo ladeé la cabeza: de nuevo el violín fue un demonio, Satanás, una llama. Precavidamente, con la esperanza de haber descubierto algo, con el temor de que mi descubrimiento fuera una simpleza, comenté lo que pasaba con el cuadro.
—Eso parece indicar —Lancker declaró con indiferencia— que Benlliure pintó una llama y un violín diabólicos; pequeña sabiduría que, pictóricamente hablando, le resultó un arma de doble filo.
Pedro apareció de saco negro, trayendo una bandejita de plata en la que había una hermosa y brevísima tetera, también de plata, labrada en espirales, dos tazas, un plato con pocos paquetes de Bay Biscuits.
—Lo acompañaré al señor a tomar té —afirmó Lancker.
—Ya le traje taza —dijo Pedro.
—El señor lo toma con tostadas —afirmó Lancker—. Con tostadas de pan francés. Los bizcochitos son para mí.
Dijo bizcochitos, en diminutivo, con esa ternura peculiar, mezclada de voracidad, con que nombramos algunos alimentos.
Levantando la voz, que resultó aguda, echando hacia atrás la cabeza, Pedro anunció animadamente:
—Se acabó el pan.
Nos sentamos, yo a un lado, Lancker junto a la bandeja, en la cabecera; desde allí me alcanzó una taza y un paquete de Bay Biscuits. Era extraordinaria la voracidad con que el hombre devoraba esos leves bizcochos; particular afición que impresionó mi recuerdo con relieves durables.
Pedro me preguntó:
—¿Con qué desayuna el señor?
—Té, nomás. Con tostadas —respondí.
—¿Está seguro que no prefiere café solo con pan negro? —solícitamente inquirió Lancker.
Le contesté que prefería el té, pero que tomaría de buen grado el desayuno que me trajeran.
La taza de té y el casi aéreo bizcocho que fueron mi única cena no aplacaron el hambre. Suspirando me dejé sacar del comedor. Me llevaron por corredores laterales, progresivamente más pobres, por dependencias con olor a trapo de rejilla, por recovecos de techo inmediato, con acre olor a betún, donde se amontonaba calzado, especialmente botas de montar, por una escalera de madera gris, en cuyo descanso había una pequeña ventana de vidrios de colores, condenada por una tabla transversal, hasta el piso alto y hasta el cuarto de huéspedes. Allí, junto a la mesa de luz con vaso de agua, me dejaron solo. ¡Qué nochecita, amigos míos! Fue como el presagio, demasiado wagneriano para mi gusto, de la molesta querella de sacrilegios y de portentos que nos abrumaría a continuación. La tormenta estremecía los vidrios en las ventanas y diríase que el colérico dios del mundo quisiera arrancarme de ese cuarto en que yo velaba, intimidado no sé por qué, entre muebles de sombras desconocidas. Menos mal que el mosquitero, como una casita familiar y polvorienta, me amparaba y aun me abrigaba, lo que era oportuno porque desde el principio noté alguna levedad, alguna insuficiencia de ropa, sobre las piernas. Por fin debí dormirme. Lo cierto es que al día siguiente habían dado las once cuando bajé al corredor, donde estuve sentado con Lancker, en sillas de paja pintadas de color violeta, mirando la lluvia, mirando el césped, de dibujo francés, con una fuente en el centro, con las Gracias, rodeado por caminos flanqueados por dos leones de piedra; fumando cigarrillos Imparciales; mirando los eucaliptos, mirando las inestables pagodas que formaban las últimas ramas y, para nuestra desgracia, conversando. ¿De la proyectada academia literaria? En modo alguno.
Mi culpa, mi grandísima culpa. Yo empecé, como dicen los chicos refiriéndose a una pelea (no; los chicos dirían: él empezó). Pregunté por Olivia e, inocentemente, provoqué ese diluvio de horrores. Creo que las primeras palabras de Lancker fueron:
—Está en Monte Grande, en misa, con el Dragón, que no se cansa de comer hostias. Cómo son las mujeres. A mi lado, usted sabe, nunca ha faltado una discípula. Una muchachita sucia, con el pelo rubio y lacio atado atrás y con pullover. Bueno, de todas las que tuve ninguna mereció como ésta el honroso calificativo. Sin embargo, ahí tiene.
—¿Ahí tengo? —inquirí.
—Sí, ahí tiene, fue a misa. ¿Le parece poco? Olivia sabe que me hiere, pero no le importa. Yo creo que estos católicos creen que en el fondo uno cree; que uno se hace el esprit fort, pero cree. Si no, serían menos tercos. ¿A que no sabe cómo se me presentó?
—No sé.
—Con medias.
—Peccato! —exclamé irresistiblemente—. Con esas piernas tan lindas.
En seguida me ruboricé. Lancker me miró en silencio, con desdeñosa curiosidad. Vivamente continuó:
—Yo le dije que había un límite. Si quería observar las convenciones, de acuerdo, que fuera a misa: no soy yo quien va a refutar a Confucio. Pero, agregué con la solemnidad que mis palabras reclamaban, si no trataba deliberadamente de apenarme debía sacarse en el acto las medias. Usted no lo creerá: titubeó. Miedo, tal vez, de enojar al cura o a la curia o a lo desconocido, vaya uno a saber. Le ordené que bajo mi responsabilidad las sacara. La pobrecita obedeció. Fui muy duro, lo sé, pero ¿podía permitir que las brigadas del padre O’Grady me batieran en mi propia casa?
Y ahora yo titubeo. No hay escapatoria para el dilema. Si no repito las palabras de Lancker, la historia moral que estoy contando perderá su significado. Si las repito… No es el miedo a lo desconocido lo que me re
