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El lado de la sombra

Adolfo Bioy Casares

Fragmento

El lado de la sombra

El lado de la sombra

En cuanto cruzas la calle

estás del lado de la sombra.

Más acá, más allá, milonga de

JUAN FERRARIS, 1921

Tan acostumbrado estaba a los crujidos de la navegación, que al despertar de la siesta oí el silencio del buque. Me asomé por un ojo de buey. Vi abajo el agua tranquila y a lo lejos, pródiga en vegetación verde, la costa, donde identifiqué palmeras y probablemente bananos. Me puse el traje de brin y subí a cubierta.

Habíamos atracado. A babor estaba el puerto, con negros hormigueando por el empedrado, entre los rieles, las altas grúas y los interminables galpones grises; más allá se desparramaba la ciudad, cercada por cerros de empinada ladera selvática; diligentemente, según advertí, entraba carga en el barco. A estribor —si estribor es el lado derecho, cara a proa— encontré la costa que había observado por el ojo de buey, una isla que me recordó factorías donde nunca estuve, parajes de novelas de Conrad. Algo he de haber leído sobre un personaje que por paulatina muerte de la voluntad, contra el anhelo de su alma, va quedándose en un lugar así, en la Península Malaya, en Sumatra o en Java. Me dije que no bien desembarcara entraría en el mundo de tales libros y tuve un escalofrío de júbilo y miedo: una gota de cada uno, porque la credulidad no era mucha. Estampidos monótonos del motor de una suerte de canoa que navegaba rumbo a la isla atrajeron mi atención. Tripulaba la canoa un negro que levantaba en alto una jaula de mimbre, con un pájaro azul y verde; riendo nos gritaba a los del barco palabras que no entendí, apenas audibles.

Al entrar en el salón de fumar (una placa sobre la puerta así rezaba, amén de Fumoir y Smoking Room) noté con alivio la penumbra, la frescura, el silencio. El hombre del bar preparó mi habitual vaso de menta.

—Es increíble —comenté—. Voy a dejar esto para meterme en el infierno de allá abajo. Todo sea por el turismo.

Laboriosamente emprendí una tirada sobre el turismo como única fe universal, cuando el barman me interrumpió:

—Ya bajaron todos —dijo.

—Hay excepciones —objeté.

Miré significativamente hacia la mesa donde el viejo general Pulman, un polaco exiliado, se tiraba las cartas.

—La vida acabó para él —apuntó el hombre del bar—, pero el general no se cansa de probar la suerte en la baraja.

—Sólo en la baraja —respondí.

Sorbí la menta hasta que el granizado del fondo cambió de verde a cristalino, murmuré: «Me la anota» y me dispuse a bajar. Junto a la planchada, en letras de tiza, en un pizarrón, leí que zarpábamos al día siguiente, a las ocho de la mañana. «Sobra tiempo. Por una vez», me dije, «estaré libre del temor de perder el barco.»

Cubriéndome los ojos con una mano, porque afuera la luz era demasiado blanca, pisé tierra firme. Más allá de la aduana, mientras buscaba en vano un automóvil de alquiler y un negro repetía la palabra taxi y ademanes negativos, un chaparrón se desató. Bordeando los almacenes apareció un antiguo tranvía descubierto (descubierto a los lados, pero con techo, se entiende). Para no empaparme lo tomé. Tampoco el boletero, un negro descalzo, quería mojarse y, para vender los boletos, no empleaba el estribo; pisando asientos y saltando respaldos, por el interior recorría el vehículo. El aguacero acabó muy pronto. La luz lechosa en ningún momento se había alterado. Por una callejuela lateral bajaba a pique un negro con una cargazón de colores en la cabeza. Atraído, miré: la carga consistía en un ataúd recubierto de orquídeas. El negro era un cortejo fúnebre.

El griterío de la calle me tenía apabullado (sin duda yo lo notaba tan particularmente por ser extraños para mí el acento y el idioma). Populosa en todo el trayecto, ahora la ciudad rebosaba de gente.

—¿El centro, verdad? —pregunté al boletero.

Vaya uno a saber qué explicó. Me descolgué del tranvía porque vi una iglesia e imaginé que adentro haría fresco. A la entrada me rodearon pordioseros con la cara empavesada de lacras azules, blancuzcas y rojas. Llegué por fin al fondo del templo, a un altar cargado de oro. Vagué por las naves; torpemente descifré epitafios. A despecho del mármol, los muertos de aquel lugar me persuadían de la soledad y pobreza de la muerte. Para no deprimirme los comparé a los habitantes de pueblos que uno ve desde la ventanilla del tren que se aleja.

De nuevo en la calle, retomé a pie el rumbo de mi tranvía. Algún encanto tenía la ciudad, con sus edificios victorianos, tan de otra época. No bien formulé la idea, enfrentó mi vista un pabellón moderno, de volumen considerable y catadura de pacotilla, no terminado del todo y ya viejo. Para mis adentros opiné que se trataba de un tinglado levantado para alguna exposición, una de tantas obras provisorias que perduran por negligencia burocrática. Frente al pabellón, círculos y semicírculos verduzcos, en un pedestal de piedra, conformaban un monumento de bronce y de huecos, vagamente triste. Me entró la desazón y, para echarla a la broma, jugué a que yo era un vecino. «Escribiré una carta al diario», me dije, «para que por fin retiren estas reliquias de la Exposición de nuestro Primer Aniversario de Independencia y Dictadura, que no se avienen con el estilo de la ciudad.» Tan incalculable es el alma que esta broma anodina ahondó mi abatimiento.

Me detuve frente a un escaparate que exhibía, entre sapos, lagartos y escuerzos, una admirable colección de serpientes embalsamadas.

—¿Dónde las obtienen? —pregunté a un señor que tenía todo el aire de pertenecer a la colectividad británica.

—En cualquier parte —contestó en inglés—. Por aquí no más.

Me envolvieron los acordes de una animosa marcha. Divisé gente reunida y, sin pensarlo, por los senderos de una plazoleta con macizos ferazmente floridos, me encaminé hacia allá. Desde un puente rústico, sobre un arroyuelo que serpenteaba entre rocas de mampostería, plantas y pasto, miré burbujas amarillentas en el agua verdosa y opaca. «Esto no es para mí», reflexioné. «Demasiadas víboras, demasiadas flores, demasiadas enfermedades. Qué miedo si algo lo agarra y uno se queda.» Caminé rápidamente. Una banda militar, de la que no olvido las polainas blancas, vapuleaba bronces y bombos frente a un busto diminuto. Pensé: «Lo mejor es volver al barco y tirarme en un diván con la novelita de Rider Haggard que descubrí en el salón de lectura».

Fue entonces cuando me entró la duda de haber visto o haber recordado un rato antes a mi amigo Veblen. Con su amalgama de selva, las clamorosas calles, cambiantes y alucinatorias como un calidoscopio, bajo aquel sol febril podían deparar, desde luego, cualquier visión, pero la del Inglés Veblen parecía la menos probable. «Nadie tan fuera de lugar», me dije. «Lo habré recordado; su presencia aquí sería absurda.» Quería volver al barco, pero me hallé un poco desorientado. Busqué alrededor a algún gendarme. Había uno —por lo holgado, el uniforme tenía algo de disfraz de alquiler— fuera de alcance, en un punto donde los vehículos convergían rápidamente.

—¿El puerto? —pregunté al diarero.

El hombre miró perplejo. Niñitas —quizá fueran mujeres y prostitutas— riendo me indicaron un rumbo. Pensar que volvía al barco bastó para entonarme. No había caminado cuatrocientos metros cuando pasé frente a un cinematógrafo cubierto de carteles que anunciaban El gran juego. Minutos antes hubiera seguido de largo, pues la verdad es que en la plazoleta me asusté. No debía de estar bien; atribuí al trópico una irreprimible actividad envolvente contra presas marcadas, entre las que fatalmente me encontraba yo.

Por ser de nuevo un hombre normal, me detuve a leer los carteles. Un tanto azorado, me enteré de que esa misma tarde pasaban la primera versión del Gran juego, cuyos protagonistas eran Françoise Rosay, Pierre Richard-Willm, Charles Vanel. Me comparé con un bibliófilo que por azar encuentra en una librería de mala muerte el precioso libro largamente buscado. Por algún motivo oscuro, o por haberla visto sin que mis amigos la vieran, la película fue, durante años, la muletilla que en nuestras conversaciones yo esgrimía. Si querían de noche arrastrarme al cinematógrafo, petulantemente preguntaba: «¿Van a mostrarme otro Gran juego?». Cuando llegó la nueva versión, lo reconozco, perdí los estribos, me enconé contra una obra que no carecía, posiblemente, de méritos, la denuncié como ejemplo de la decadencia de todo.

La función empezaba a las seis y media. Aunque eran apenas las cinco, tenía ganas de esperar, pues de esa película, recordada como un momento feliz de mi vida, había olvidado gran parte de la trama (dirán algunos que la circunstancia de figurar entre nuestros mejores recuerdos una película cinematográfica arroja sobre la vida una curiosa luz; tienen razón). Mientras dudaba entre quedarme o no, retomé el camino. Enfrenté luego otro cinematógrafo, llamado Myriam, donde exhibían una película que debía de tratar, a juzgar por los cartelones, de gente pobre, de abrigos viejos, de máquinas de coser y de un montepío. Como había recuperado mi buena voluntad de turista, lo examinaba todo y advertí un hecho anómalo: el local tenía dos entradas, la del frente y una lateral, sobre el café contiguo. Me introduje en este último, porque de nuevo me apretaba la sed; me dejé caer en una silla, ante una mesita de mármol y, a la larga, cuando me atendieron, pedí una menta. En la pared de la izquierda se abría la entrada, sobre la penumbra del cinematógrafo, tapada en parte por un cortinado de raído terciopelo verde. De tanto en tanto ondeaba el cortinado, azotado por el ir y venir de mujeres, por lo general negras, que entraban solas, para volver de allí acompañadas. Junto al mostrador, sobre la pared de la derecha, dos o tres mujeres conversaban con un papagayo, que inopinadamente replicaba con graznidos. Al fondo prolongábase el local en un nítido patio de baldosas anaranjadas, descubierto al cielo, limitado por tres paredes moradas, con estrechas puertas que llevaban, sobre la banderola, un número. Regadera en mano, entre las mesas del café circulaba muy calladamente un hombre, aparentemente jardinero, vestido con un enorme sombrero de paja, un trajecito de dril azul y alpargatas; con fluido de acaroína rebajado regaba los flojos tablones del piso, dejando negro lo que era polvoriento y gris. Francamente, la menta que me sirvieron resultó inferior a las del barco.

Volví a recordar al Inglés Veblen. Yo no lo imaginaba sino en lugares muy civilizados —Nueva York para él configuraba la jungla—, en termas, como Aix-les-Bains o Évian, en Montecarlo, en la via Veneto de Roma, en el octavo arrondissement de París o en el West End de Londres. De mis palabras nadie infiera que Veblen fuera snob, aunque algo de ello debía tener, pues fingía aborrecimiento, en broma desde luego (no de otro modo se manifiesta, salvo en ejemplares raros, el snobismo), por cuanto se apartaba del canon de sus costumbres. La verdad es que llevó siempre una suerte de doble vida, una de cuyas mitades resulta, si no la atribuimos a un veleidoso snobismo, relativamente inexplicable: mi amigo entendía de gatos y más de una vez lo vi, en increíbles fotografías periodísticas, rodeado de las viejas que lo secundaban en su tarea de jurado de la Real Exposición de Gatos de tal o cual paraje. Esta actividad no contaminaba el resto de su vida; Veblen era un hombre leído, en cuya educación, más que la voluntad, intervino el agrado, conocedor de la rama profana de la arquitectura y de las artes decorativas francesas del siglo XVIII, versado en las obras de Watteau, de Boucher y de Fragonard. Según quieren algunos, no carecía de discernimiento para la pintura moderna del mil novecientos veintitantos, que perduró hasta bien entrada la decena del sesenta.

El hombrecito del sombrero de paja había cumplido una vuelta de riego por el salón y ahora descansaba en una silla, junto a una de las mesas. De pronto vi entre sus piernas un gato sentado, gato casero a mi entender, de pelaje blanco en el fondo, con grandes manchas café con leche y negras. Nos miramos con ese gato; tenía la máscara en dos mitades, un ojo en la mitad negra, otro en la blanca. «Esto es un jardín zoológico», me dije. «Un papagayo, un gato, un cisne.» Yo había dicho un cisne, porque el hombrecito, al sacar el pañuelo para enjugarse la frente, descubrió en el lado izquierdo de la camisa un monograma que representaba aquel animal. «Cuántos recuerdos», murmuré sin comprender nada. Perceptibles, aún indefinidos, agolpábanse recuerdos de toda una época de la juventud. Sí, reflexioné, yo estaba seguro de que Veblen tenía un monograma idéntico. Porque el gato seguía mirándome como si quisiera comunicarme una noticia, bajé los ojos. Cuando los levanté, en la mesa estaba el sombrero de paja, en el hombrecito la cara del Inglés Veblen. Consideré que era extraño encontrar en un individuo la cara de otro. Los azares del viaje me revelaban, quizá, que había varios ejemplares de una misma cara, perdidos por el mundo.

—¡Hermano! —gritó Veblen, viniendo, los brazos abiertos, a mi encuentro.

—¡Hermano! —contesté.

Nos abrazamos conmovidos. Tenía olor acre.

Yo lo miraba atónito, inseguro todavía, un poco mareado ante el misterio vertiginoso que ocultaba aquella cara familiar. Identificamos la cara con la persona; ante mí tenía la cara de Veblen, no las otras circunstancias de Veblen. Recapacité: En mi amigo, tales circunstancias —ropa, atildamiento corporal, lugares en que se movía, actitud un poco pedante y petulante— eran los elementos principales de la personalidad. (Cambiadas las circunstancias, algo análogo acaso ocurra con cualquiera.)

Había que vernos, dos hombres medio viejones, uno en brazos del otro, a punto de lagrimear. Cuando dije la majadería de que él estaba muy bien, replicó sonriendo:

—Tienes razón, doy envidia, pero te aseguro que me preguntas, con los ojos redondos, qué me ha pasado.

—Y, no es para menos —respondí—. No esperaba encontrarte acá.

—Parece novela ¿no es cierto? ¿Quieres que te diga qué me pasó?

—Naturalmente, Inglés.

—Entonces —continuó—, como en las novelas, me pides una copa y yo te cuento la historia mientras me emborracho.

—¿Qué quieres? —pregunté, después de llamar al mozo.

—Para mí todo es igual —dijo.

Quedó mirándome. El mozo trajo un vaso y una botella.

—¿La dejo? —preguntó en su lengua.

—La deja —respondió Veblen.

Tomé la botella entre las manos; la olí por el cuello. Tenía un olor muy alcohólico, que por momentos me pareció dulzón y por momentos amargo; examiné la etiqueta, con un paisaje de montañas nevadas, la luna y una araña en su tela; leí el nombre: Silvaplana.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Un brebaje que te sirven aquí —contestó—. No te lo recomiendo.

—¿Pido otra cosa, Inglés?

—Ni soñarlo. Para mí todo es igual —repitió—. El episodio empezó en Évian, hará cuestión de tres años. O un poco antes, en Londres. Por aquel tiempo yo era un hombre afortunado, y Leda me quería. ¿Supiste mi historia con Leda?

—No —dije—. No la supe.

Mi respuesta no lo alegró.

—La conocí en Londres, en un baile. Me deslumbró en seguida y, mirando sus largos guantes blancos, le dije —yo no debería contar estas idioteces— que ella era el cisne y era Leda. Rio sin entender. Te aseguro que era la más joven y la más linda de la fiesta. ¿Cómo describirla? Muy correcta e impecable, con graves rulos rubios y ojos azules. Ella misma me reveló algún límite de su perfección: tenía sucias las rodillas. «Cuando las lavo —o cuando me pongo la mejor ropa interior— me persigue la mala suerte con los hombres.» (La verdad es que habló con mayor crudeza.) Era muy alegre. No conocí mujer a quien la vida divirtiera tanto. Digo mal la vida: su vida, sus amores y sus engaños. No hay duda de que estaba notablemente centrada. No tenía paciencia con los libros, y de lo que se llama cultura no sabía una palabra; pero si te imaginas que era tonta, te equivocas. A mí, por lo menos, me daba veinte vueltas. Entendía su especialidad. Había pensado en el amor, en los amores, en el amor propio de hombres y mujeres, en engaños, en intrigas, en lo que la gente dice y en lo que la gente calla. Te aseguro que oyéndola yo recordaba a Proust. A los dieciséis años la habían casado con un viejo diplomático austriaco, un hombre culto, astuto y desconfiado, a quien engañaba con entera facilidad. Parece que el hombre creyó que se casaba con una suerte de gatito y desde el principio la trató como amo, pretendió educarla y dirigirla; desde el principio ella procuró conformarlo, sobre todo con engaños. Como los padres pensaban que el marido no era rival para Leda —en esta guerra de sustraerse ella, de sujetarla él— la vigilaban como otros dos maridos celosos. No te imagines que en estos afanes ella perdía la alegría o el afecto por los padres o por el austriaco. Quería a todos, mentía a todos. Era admirable el júbilo con que planeaba sus complicados embustes.

»Antes de que me presentara al marido (después lo traté bastante), al comienzo de nuestros amores, una noche le pregunté: “¿No desconfiará? Siempre nos encuentra juntos”. Recuerdo que contestó: “No te preocupes. Mi marido es de ese tipo de hombres muy masculinos, buenos fisonomistas de mujeres, que jamás recuerdan una cara de hombre, porque no la ven”.

»Lo que me deslumbraba —además de su belleza, de su juventud, de su encanto, de su inteligencia (particular y limitada, pero finísima, mucho más lúcida que la mía)— era el hecho increíble, repetidamente probado, de que estaba enamorada de mí. Me contaba todo, no me ocultaba nada, como si estuviera segura —yo la respetaba, admitía la madurez de su criterio, no me permitía dudar (pero dudaba un poco)—, como si estuviera segura de que nunca emplearía contra mí aquella prodigiosa máquina de embustes. Yo agradecía la generosidad del destino, y una noche, en una especie de borrachera de amor y vanagloria, le dije: “Aunque me engañaras a mí, no podría menos que admirarte”. De buena fe me suponía dotado del requerido temple filosófico. Por otra parte, no había mala acción ejecutada por Leda que no fuera principalmente graciosa.

—Me olvido de Lavinia —dijo el Inglés Veblen, palmoteando la cabeza del gato sentado entre sus piernas—. Lavinia, la gatita de Leda, era una gata casera, de pelaje muy suave, con manchas café con leche y negras, con la máscara en dos mitades, una negra y una blanca. Con ese aire de gato de pobres, tenía el alma de Leda. No sabes cómo se parecían. Muy compradora y falsa, te embaucaba siempre, y cuando descubrías el engaño te deslumbraba el animalito. Era delicada, enemiga de la suciedad. Después de comer la señorita tenía que limpiarse, como toda gran dama, los bigotes. Un día me recibió con pruebas de afecto, lo que me halagó sobremanera, porque entendí que Lavinia me extendía un certificado de admisión en la casa. En ocasión de mandar el traje azul a la tintorería, comprendí que la gata me engañó con su cordialidad para usar mi pantalón como servilleta. De nadie le importaba a Lavinia, salvo de Leda. A lo mejor Leda fue igual, también tuvo un solo amor.

»No recuerdo quién, Leda o yo, habló primero de pasar juntos unos días en algún paraje de Francia. Estoy seguro, eso sí, de que Leda eligió a Évian. Esta elección me sorprendió, pues yo creía conocer a Leda y descontaba que optaría por un lugar extremadamente mundano; también me defraudó un poco, porque me había imaginado del brazo de mi amiga, en pleno brillo de Montecarlo y de Cannes. Lo pensé mejor y me dije: “¿Qué más quiero? No andaremos de fiesta en fiesta, yo angustiado por sus inevitables conquistas. La tendré para mí solo”.

»Contarnos el viaje que haríamos era uno de los agrados de aquella época; sin embargo, cuando hubo precisiones y fechas, cuando todo fue real, me enc

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