Los viajeros

Manuel Mujica Láinez

Fragmento

Los viajeros

I

¿De quién hablaré primero? ¿De Berenice? ¿De Tío Baltasar? ¿De Simón? ¿O hablaré de la quinta, de Los Miradores, de la Mesa del Emperador, del invernáculo?

Es difícil empezar un cuaderno de memorias, sobre todo cuando se presiente que habrá mucho que escribir, y cuando los recuerdos se agolpan, rumorosos, simultáneamente, para que no los olvidemos, porque cada uno de ellos puede ser una pieza, pequeña o grande, negra o multicolor, del rompecabezas, del puzzle que nos proponemos armar, y si faltara uno el cuadro quedaría incompleto… y quién sabe… quién sabe si no será la principal esa extraviada pieza diminuta. Todas las reminiscencias creen que son imprescindibles, y ni yo mismo estoy en condiciones de establecer ahora, al comienzo, cuáles resultarán verdaderamente necesarias, mientras las siento merodear en torno de mi silla, en este cuarto de hotel, como sombras susurrantes.

Berenice… Tío Baltasar… la quinta… Hace unos minutos descendí de la azotea del hotel: desde allí, a la distancia, por encima de las chatas construcciones del pueblo y de las tristes calles arboladas con paraísos, se avistan, en medio de una gran mancha de follaje, las ruinas de Los Miradores. El invernáculo sigue más o menos como lo conocí, enorme, esquelético, en la barranca. Estaba tan destruido cuando yo vivía en la quinta, cuatro años atrás, que por eso mismo casi no ha cambiado. Lo estuve observando largamente, acodado en el parapeto del hotel junto al águila de mampostería, y estuve observando el paisaje familiar que no me canso de ver, tan simple y tan hermoso, con los talas, los muros del caserón inútil, la trepidante refinería de petróleo en lontananza y, cerrando el horizonte, los sauces que se amasan sobre el río como un tropel sediento.

El invernáculo… sí… tal vez deba iniciar mi viaje (mi paradójico viaje retrospectivo de viajero condenado a no moverse) por ese testigo, por ese sobreviviente cruel, en esta exploración de claves, en este ensayo de ordenación de imágenes y de ideas cuyo término quizás me permita comprender por fin… El invernáculo… y Tío Baltasar… y aquella noche de mi adolescencia, tan secreta, tan aguda…

Simón y yo habíamos salido de tarde a pescar. Mis tíos y sus padres nos prohibían que anduviéramos juntos, y por reacción —y porque nos queríamos— íbamos el uno en pos del otro, buscándonos por los senderos intrincados de la quinta, que habitaban las lagartijas, los grillos y los bichos quemadores, llamándonos en voz baja junto a las rejas de los dormitorios, escapando hacia el pueblo o hacia el río.

Era una tarde quieta de verano, con un acantilado de pesadas nubes. Entre los sauces y los ceibos no temblaba una hoja. Y los pejerreyes no picaban. A veces sacábamos un bagre o una mojarrita, y volvíamos a tirarlos al agua inmóvil. Nos alejamos río arriba sin darnos cuenta. Remábamos lentamente. Como en otras ocasiones, Simón me pidió que le dijera mis últimos versos. Los escuchaba con gravedad, marcando el ritmo con la cabeza. Eran unos poemas bastante pobres, que se titulaban “El clavicordio de la abuela”, “El abanico” o “El halcón”. Pero mi amigo —y en su juicio no se equivocaba— prefería otros, más simples (más lógicos, también, pues ni él ni yo habíamos visto jamás ni un clavicordio ni un halcón), en los que yo me esforzaba por rimar la tristeza de los crepúsculos del río, con gran acopio de camalotes y de álamos. Quizás los prefería porque eran tan suyos como míos, porque nos pertenecían a los dos, porque ahí, en ese cotidiano paisaje, él no podía sentirse intruso y lo compartía, mientras que el inexistente clavicordio de la abuela, ubicado en una imaginaria sala celeste, solo me pertenecía a mí.

Llegamos a una vuelta del río. Allí sí había pejerreyes. Cuando nos decidimos a regresar, la noche había descendido sobre nosotros y tuvimos que encender el farol del bote. El miedo que nos sobrecogía —mi miedo de Tío Baltasar y de Tía Gertrudis; su miedo del padre brutal que por cualquier cosa le pegaba— nos hermanaba más aún. Solos, hijos únicos ambos, viviendo en las dos alas enemigas de la misma casa, me encantaba pensar (aunque no se lo decía) que éramos hermanos, dos hermanos de igual edad, muy distintos, rubio el uno y el otro moreno, huérfano el uno —yo— de una señora aristocrática y de un despreciado prestidigitador vagabundo, inventor de juegos maravillosos, y el otro —él— hijo de dos ex mucamos altaneros y mandones: distintos, hijos de distintos padres, pero hermanos.

Me acuerdo que esa noche, mientras Simón y yo remábamos sin aliento y el parpadeo del farol alumbraba nuestras piernas desnudas, doradas, flacas, ¡tan parecidas!, sentí hondamente esa fraternidad, eso, más profundo que una amistad, que nos vinculaba. Tal vez él lo haya experimentado también, porque de repente soltó el remo y me palmeó la espalda, procurando disimular su timidez, y me dijo:

—No será nada… A lo mejor ni lo han notado…

Pero ambos sabíamos que era imposible, que nos estaban esperando, allá arriba, en la barranca, los dos grupos antagónicos —por un lado mis tíos, los mucamos por el otro— sin hablarse. Y aunque llevábamos cuatro pejerreyes que dividiríamos entre las dos familias, sabíamos que el cebo no sería suficiente, que nos reprenderían y luego se comerían el pescado. Pero por más que nuestra imaginación alerta trabajó al compás de los remos, al par que nos deslizábamos rozando las largas trenzas de los sauces, nunca pudimos conjeturar una escena tan extraña y tan terrible como la que se preparaba en el invernáculo.

Dejamos el bote en el muelle, cerca de la inmensa refinería, toda encendida ya y rechinante, que en la negrura, junto al río, semejaba con sus luces rojas y verdes y sus chimeneas y sus torres, una flota fondeada, lista para zarpar, y ascendimos hacia la casa a los saltos, por el senderillo que solo nosotros conocíamos y que se hundía entre los talas retorcidos, bajo la delirante enredadera de campanillas violetas que arropaba totalmente esa parte del jardín inculto con su abrigada funda. Cuando el resplandor de la luna daba en ellos, los pejerreyes espejeaban en nuestras manos, como espadas. En lo alto brillaba la claridad del invernáculo, tamizada por las persianas podridas. Allí estaría Tío Baltasar y acaso mis tías también, aunque no solían entrar en el estudio del escritor. Allí estarían, esperándonos, entre los libros de Victor Hugo.

Debo explicar cómo era ese invernáculo, para que quien me lea no considere absurdo que Tío Baltasar hubiera instalado en él su escritorio. De todas maneras, aun después de explicarlo, lo juzgará absurdo.

El invernáculo fue la primera obra suntuosa del constructor de Los Miradores, del fundador del pueblo, del padre de la Tía Ema, dueña de la quinta en la época que evoco, la invisible y omnipotente Tía Ema —tía de mis tíos— a cuya agria generosidad debíamos hacía muchos años el refugio hospitalario de esa casa. Lo hizo levantar en la barranca, a media cuadra del edificio, hacia 1880, y consistía en una desmesurada armazón de hierro, estúpidamente gótica, de unos siete metros de altura por diez de largo y cinco de ancho. Ese montaje sostenía los vidrios que formaban la gigantesca caja de cristal de techo combo, pero ya casi no quedaban vidrios. Ni tampoco quedaban plantas. De las orquídeas solo había allí la memoria gloriosa, repetida en las anécdotas de Tía Gertrudis. Había en cambio algunas “garras de león” que florecían en verano, y algunos filodendros grises de polvo cuyas amplias hojas agujereadas, que parecían espiar con los cien ojos transparentes de Argos, envolvían confusamente, hacia el fondo, una pequeña gruta de material, entre cuyas rocas que mostraban el rojo del ladrillo pasaban, antaño, cuando hubo agua, los pececitos veloces. En el centro permanecía una gran fuente rota, que comprendía tres platos de estaño, superpuestos, con recortadas figurillas de mujeres, de aves y de animales distintos, que en los tiempos de esplendor habían girado por los bordes a la cadencia de una música frágil, entre surtidores de hilos delicados. Pero ahora no funcionaba más que uno de esos platos curiosos y hacía años que nadie ponía en marcha su mecanismo.

Con ser tan raro el invernáculo sin flores, cuya bóveda desaparecía bajo las telarañas, y la herrumbre de cuyos muros se vestía con el harapo de las persianas en jirones, lo más extravagante que encerraba no era ni la fuente musical, ni la gruta, ni los tumbados jarrones vacíos, ni siquiera las dos estatuas de mármol que fueron llevadas allí desde el parque alguna vez, y allí quedaron para siempre —la estatua de América y la de una misteriosa mujer mitológica que sostenía una cortada cabeza de caballo—: lo más extravagante, lo que al desheredado invernadero le otorgaba el orgulloso carácter de único, era el tinglado de madera que Tío Baltasar hizo armar en él, detrás de la fuente, cuando yo era apenas un niño y resolvió que necesitaba esa soledad para trabajar en su traducción de Victor Hugo y para vigilarme mientras yo estudiaba: un endeble cobertizo que protegía su mesa de trabajo, su despanzurrado diván; su brasero, los tomos de la Édition Nationale de Hugo que había pertenecido a su padre, sus cuadernos, sus revueltos diccionarios y el medallón de yeso del autor de Ruy Blas que ostentaba en el pómulo la equimosis de un golpe de escoba.

En ese sitio singular, en el que de día flotaba una luz verde, acuática, que contribuía a tornar más irreales los objetos disparatados que en él naufragaban, y que de noche, cuando Tío Baltasar encendía su lámpara de kerosene, se henchía de espectros que bogaban en la luz lechosa, transcurría buena parte de mi tiempo durante los meses tibios. Yo odiaba el invernáculo, como se comprenderá. Para mí, a pesar de su hermosura insólita, era lo más parecido a una cárcel. Tío Baltasar caminaba durante horas entre las estatuas y las macetas, hojeando el diccionario de rimas, y yo debía estarme sentadito en mi silla dura, anotando guías de excursiones —guías tan viejas que supongo que esas excursiones romanas, florentinas, flamencas o bretonas, han modificado sus itinerarios con el andar de los lustros—; mirando mapas; aprendiendo las rutas de Francia en Baedekers inauditamente arrugados; leyendo clásicos (y, como es natural, a Victor Hugo); analizando una, dos y veinte y cien veces, en láminas minuciosas, las fachadas de Notre-Dame de París, de la catedral de Chartres, del castillo de Blois, de San Marcos de Venecia; preparándome para el viaje a Europa como para un examen más temible que el de álgebra; preparándome para el gran viaje detestado que no realizaríamos nunca, que nunca haré.

Pero ya tendré ocasión de hablar más detenidamente sobre ese viaje proyectado, eje de la vida de mis tíos, sobre ese espejismo interminable que circundaba a Los Miradores con una decoración erudita de torres medievales y capillas renacientes, como si la propiedad estuviera rodeada de colosales biombos aislantes en los que habían sido pintados los edificios célebres del viejo mundo con la policromía de los affiches turísticos, unos biombos que rozaban el cielo y nos separaban de la realidad, del pueblo, del río, de las islas, de los tanques de petróleo, de nuestra propia mezquindad de parientes pobres, unos biombos que pretendían separarme de Simón.

No pensaba en el viaje, por cierto, cuando trepaba por la barranca detrás de mi amigo, cuya suelta camisa flotaba como una bandera. Simón me tomó de la mano. Faltaba poco para que alcanzáramos la cumbre: no sé si quería infundirme valor o si esperaba que yo le transmitiera alguno. Al desembocar de los matorrales entrelazados y lanzarnos como el viento por la escalinata quebrada que en ellos se hundía, toda nudosa del serpentear de las raíces, la casa —la “villa” de la Tía Ema, orgullo del pueblo— apareció en la oscuridad como un grabado. Supe de inmediato que mis tíos estaban en sus dormitorios, porque vi recortarse sus siluetas a contraluz, en los balcones: Tía Gertrudis, Tío Fermín, Tía Elisa… Me aguardaban, pero se dijera que tomaban el fresco, indiferentes, y el abanico de Tía Elisa era lo único que oscilaba en la quietud… También había luz en el cuarto de los caseros, en la parte donde vivía Simón… Y el invernáculo, donde Tío Baltasar acechaba nuestro regreso con seguridad, semejaba la osamenta de un monstruo fosforescente… qué sé yo… de un megaterio, de un diplodoco, de un tracodonte, con su costillar de hierro iluminado apenas como brillan de noche los esqueletos de animales abandonados en la llanura… un monstruo echado en la loma lunar entre las araucarias…

En la cochera, Zeppo y Mora, los caballos, relincharon, inquietos. Cocearon contra los pesebres. No tuve tiempo de reflexionar mucho, porque la puerta del invernáculo se abrió violentamente y Tío Baltasar surgió de su interior, dibujado en el rectángulo radiante pero sin que pudiéramos verlo, todo negro, como si lo cubriera una negra malla. Pegó con su mano de madera, la mano izquierda —jamás olvidaré el sonido de ese toque breve e imperioso en la pared— y gritó, como Gertrudis cuando llamaba a sus perros:

—¡Miguel! ¡Simón! ¡Aquí! ¡Vengan aquí!

Tuve la sensación de que en los balcones las figuras se movían, borrosas, aéreas, como en un sueño, como si se hallaran a mil leguas, en un palacio de una ciudad lejana, y sin soltarnos —sin advertir que nuestras manos temerosas continuaban unidas— entramos en el invernáculo. Pero no bien —fue cuestión de unos segundos— nuestros ojos se acomodaron a la semiclaridad de acuario, retrocedimos hacia la cerrada puerta, porque en el cobertizo de Tío Baltasar, debajo del medallón de Hugo, acostado en el diván donde el traductor solía estirarse para declamar los poemas de La Légende des Siècles, había un cuerpo blanco, el cuerpo de una mujer desnuda, y ni Simón ni yo habíamos visto antes jamás a una mujer así, a una mujer desnuda, fuera de las láminas de los libros de los museos, y para mí una mujer desnuda era algo que no existía, algo pintado, del Ticiano, del Giorgione o del Veronés.

Tío Baltasar se aproximó a nosotros por detrás y de un golpe de su mano de madera postiza nos separó, como quien corta una cuerda. Y entonces se puso a insultarnos, locamente, bárbaramente, pero ni yo ni Simón —luego me lo dijo— prestamos atención a sus palabras, porque la presencia de esa mujer desnuda, que desde el diván nos observaba en silencio, nos impedía escucharlo y nos fascinaba como una lámpara exótica.

Recuerdo que pasó por mi memoria un diálogo, unas frases, que había oído tres años antes en la cocina. Úrsula, la cocinera, hablaba quedamente con el cartero, y yo, que acertaba a cruzar junto a la ventana, los sorprendí sin querer.

—Sí… —decía el cartero burlón— en el pueblo cuentan que el señor Baltasar hace venir de noche a una mujer… una mala mujer… una (y bajaba la voz)… una prostituta… y que se encierra con ella…

—¡Cállese, Don Víctor, que me enojo!

—Cuentan que la mete en el invernáculo y la desnuda… Cuentan que Don Giácomo los ha visto…

—¡Cállese, Don Víctor! Don Giácomo es un viejo loco… Así nos paga la caridad… Y además el Niño Baltasar puede hacer lo que le guste, que para eso es soltero…

Esas palabras me impresionaron mucho, y durante algún tiempo anduve espiando, para tratar de corroborarlas, pero luego, ante la falta de indicios, las olvidé. Aunque no… no era eso lo único… Otra vez, de tarde, estaba yo en el corredor leyendo, y Tía Gertrudis y Tío Baltasar llegaron de su diaria cabalgata. Venían furiosos. No sé qué les habría pasado en el camino, pero aunque eran los más unidos de los hermanos a menudo discutían. Cuando desmontaron, Tío Baltasar murmuró entre dientes:

—Conmigo no te metas, Gertrudis. No me busques. Tú tienes tus cosas, ¡Dios sabe lo que serán!, y yo las mías.

—¡Pero a esa mujer no puedes traerla aquí! —replicó Tía Gertrudis, azotando la hierba con su fusta—. Si se entera Elisa se volverá loca. Además —agregó misteriosamente, con una de sus sonrisas irritantes—, si en verdad la necesitaras, lo comprendería, pero yo creo que la traes porque sí, por dar que hablar…

Y ahora esa invisible mujer estaba frente a mí, recostada en el diván. Su cara era irregular, sin gracia, pero su largo cuerpo extendido, casi celeste de tan blanco, con unas venas sutiles en los pechos, tenía una belleza alucinante, como si despidiera claridad en la penumbra de los libros, de los filodendros que la vigilaban, de las estatuas tenebrosas.

—¡Yo les voy a enseñar! —imprecaba Tío Baltasar, rojo de cólera—, ¡tapujeros, mentirosos! ¡Les voy a enseñar a obedecerme! ¡Van a aprender que el que aquí manda soy yo! ¡Escondiéndose, como dos ladrones! ¡Maricas! ¡Escondidos por ahí, entre los talas! ¡Imbéciles! ¿Se creen que me engañan? ¡Aprendan lo que es una mujer! ¡Miren a esa mujer! (y la señalaba con su mano negra, su bonita y horrible mano de maniquí, y como en ese instante yo me volviera hacia él, desesperado, en un relámpago recogí, al verlo de pie, vibrante, estremecido, pálido, todo él ceñido por vetusto traje de montar, la noción de algo que hasta entonces no se me había ocurrido, y es que Tío Baltasar, a los cuarenta y cinco años, era un hombre hermoso, un ser que poseía una elegancia natural, más fuerte que la ropa deslucida, pasada de moda, algo como un ritmo; pero sobre eso medité más tarde, cuando la escena rápida se decantó y afirmó en mí, pues el miedo, la vergüenza y el asombro no dejaban sitio para otras emociones).

—¡Hablen! ¡Digan algo! ¡Defiéndanse! —continuaba mi tío.

Y nosotros permanecíamos mudos, ignorando de qué teníamos que defendernos, abrumados por la desproporción exorbitante que separaba la levedad de nuestra falta de muchachos pescadores, distraídos en el río, y el castigo indescifrable e injusto que se nos imponía.

—Trajimos —acertó a tartamudear Simón— estos pejerreyes…

Los alzó en dirección a la mujer desconocida, con un ademán imprevistamente antiguo, casi ritual (¡y era tan joven, el pobrecito, éramos tan jóvenes los dos, tan chicos. tan nada!), y como si presentara una ofrenda, hace miles de años, ante una diosa yacente de mármol, en un templo lleno de estatuas y de grandes hojas.

De un manotón, Tío Baltasar los arrojó al suelo:

—Pero… ¿no entienden?… ¿no entienden lo que les quiero decir?… mírenla, es una mujer… aprendan lo que es una mujer… lo que vale un cuerpo de mujer…

La mujer se puso de pie entonces, quizás para sosegarlo, y me pasmó que estando desnuda delante de nosotros pudiera caminar, como si un cuadro de Pablo Veronés, el único desnudo posible, se pusiera a andar en el invernáculo. En ese momento, Tío Baltasar me pegó. Su mano negra cayó, rígida, sobre mi hombro. Nunca me había maltratado antes, así que me incliné más asustado todavía, y fui hacia atrás con Simón, derribando algunas macetas. La mujer se apiadó de nosotros, o quizás se turbó ante lo desagradable de la escena de la cual era cómplice. Lo cierto

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