Fui comunista.
Ya no lo soy.
Hay un montón de razones por las que dejé de ser comunista. No tienen mucho que ver con este libro y necesitaría unas cuantas páginas para argumentarlas. Me resulta más útil contar por qué sí lo fui.
Mis viejos y mis dos hermanas mayores militaron en el Partido o en la Fede, que es como siempre se llamó a la Federación Juvenil Comunista. Jorge, mi hermano, no. Fue el único de la familia que nunca se afilió.
La guerra de Malvinas me sorprendió al comenzar el colegio secundario. Tenía trece años y hacía solo días que había respirado por primera vez gases lacrimógenos en la marcha del 30 de marzo de 1982. En la cantina del club Defensores de Banfield, después de la clase de educación física, escribí mis datos en una servilleta de papel y se la entregué al Momo, el responsable de los secundarios comunistas de Lomas de Zamora. Así es como me afilié.
Milité durante el último año y medio de la dictadura que se instaló en la Argentina desde 1976 hasta 1983, y los primeros seis o siete de la democracia. Fui a todas las marchas. Hice pintadas, repartí volantes, afilié gente, estuve en cientos de reuniones, me bajaron línea, bajé línea, puse un puesto de libros marxistas en la plaza de Lomas y hasta organicé la rifa de un chancho vivo en una esquina de Temperley para juntar plata. A propósito: el chancho se nos escapó cuando ya teníamos varios números vendidos. Por suerte el compañero que atajaba en los partidos de fútbol se tiró de palomita y lo volvió a capturar. Si no, hubiera sido un desastre.
Cuando el 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín, trabajaba como periodista en el semanario del comité central del Partido. Me tocó ir a pedirles razones a los principales dirigentes para traducirlas en notas que explicaran qué era lo que pasaba en esos días. Hubo varias de esas notas que no llegué a publicar. A una, directamente ni la escribí. Después de varias argumentaciones, una integrante de la comisión internacional del comité central me explicó que “los compañeros alemanes cometieron algunos errores. En cambio en Rumania, el camarada Ceaucescu…”. Al otro día cayó el gobierno rumano y el “camarada Ceaucescu” fue fusilado junto a su esposa, previo paso a que se conocieran los crímenes que habían cometido. Ni llegué a desgrabar el reportaje que había hecho.
1989 fue un año de derrumbes para mí. En enero se había muerto mi viejo y yo estaba despedazado. Tenía veinte años entonces. Veintiuno recién cumplidos cuando se cayó el muro.
En 2014, cuando empezó la aventura que me significó este libro, ya había vivido más de la mitad de mi vida sin mi padre. Muchas veces me detuve a pensar y a contabilizar el mundo que no conoció. Mi viejo no llegó a conocer el dvd, la computadora de escritorio, ni el teléfono celular, por ejemplo. No supo de televisión satelital, ni siquiera del cable y la opción de ochenta canales para mirar. Cuando mi viejo murió había un “campo socialista”, y el máximo líder de los comunistas soviéticos era Mijail Gorbachov. Gorbachov… Gorbán… “somos primos por parte de abuelo”, le dijo una vez a uno que le preguntó.
Cuando me topé con la historia del Losojo, se me cambiaron las preguntas. No me detuve más en el mundo que mi padre no llegó a ver. De pronto me sorprendí buceando en el mundo que vivieron mi madre y él, el del anecdotario familiar. Volví a escuchar nombres que creí olvidados. Me enteré de eventos familiares que no conocía. Y me llené de búsquedas nuevas.
Entonces, me pregunté qué clase de comunistas fueron mis viejos. ¿Qué significó para ellos ser de izquierda? ¿Por qué se hicieron del PC? La primera respuesta fue sencilla: querían un mundo mejor y creyeron que ese era el camino. Y porque al igual que muchos de sus compañeros de militancia —y a diferencia de muchos otros que también eran compañeros de la misma militancia— estaban dispuestos a poner el cuerpo para ayudar a otros.
Por lo general, cuando se habla del PC argentino y de la dictadura militar, se citan las aberraciones de la que fueron capaces los dirigentes de ese entonces. Que Videla era más democrático que Pinochet, que el acuerdo cívico-militar, que hay que comprender la coyuntura… Pero aquellos no eran los militantes. Eran los dirigentes. Paradójicamente, también entre los comunistas había diferencia de clases. O de castas. Estaban los que iban a dialogar con los dictadores. Y estaban los que, como mis viejos, se movían para publicar solicitadas que denunciaran el secuestro y la desaparición de personas, refugiaban gente en sus casas jugándose la vida, se metían con el agua hasta el pecho para evacuar inundados, y no dejaron de militar ni un solo día.
Aquellos mismos dirigentes partidarios que asistían a los almuerzos que organizaba la dictadura censuraban al Che Guevara. No me lo contó nadie. Me lo dijeron a mí. Me explicaron que el Che fue “un aventurerista”, que padecía de “infantilismo revolucionario” y que estaba equivocado. Yo tenía catorce o quince años y militaba en la Fede. Necesitaba entender por qué se reivindicaba con tanto énfasis al General Pánfilov o a los héroes soviéticos y no al Che. Entonces hice lo que no se estilaba tanto en ese tiempo: pregunté.
El florido y repetitivo lenguaje de aquellos dirigentes tenía dificultades para explicar con claridad que había dos miradas. La de Cuba, encarnada por el Che, que hablaba de crear un foco guerrillero como el que se inició en la Sierra Maestra. Entendían que desde ahí se podían convocar adhesiones para crecer en medio de los combates, hasta desembarcar en la ciudad. La segunda mirada tenía que ver con el camino soviético y era la que alineaba a la mayoría de los partidos comunistas de América Latina. Para ellos, la sublevación la tenían que encabezar los obreros de las fábricas y se tenía que dar en la ciudad, no en el campo. Es obvio que esta es la simplificación más extrema y breve que puedo hacer. Trato de explicar de manera muy resumida las diferencias de aquel tiempo entre cubanos y soviéticos. En consecuencia, entre cubanos y comunistas argentinos.
Decía en el comienzo que ya no creo ser comunista. No considero que el sistema que alguna vez creí más humano y justo sea posible. Pasaron muchas cosas en el medio que me movieron la cabeza o me llevaron a cambiar el punto de vista. No viene al caso. Lo que sí viene es que sigo creyendo que un mundo mejor es posible. Y que la gente que pone el cuerpo y se la juega de manera desinteresada me sigue emocionando.
Por eso tengo ganas de dedicarles este libro a mis viejos y a los que, como ellos, hablaban de derechos humanos y de democracia pero no para ganar un subsidio o un premio cuando el tema se puso de moda, sino allá atrás en el tiempo, cuando quemaban las papas.
De qué se trató ser comunista, la moral y la agitación de los años sesenta, las diferencias que había entre los que hablaban de revolución en América Latina, y cómo era considerado el Che Guevara antes de que fuera un póster o un tatuaje, son elementos que explican algunas de las cosas que le pasaron al verdadero protagonista de este libro: el Losojo. O Fernando Escobar Llanos, como fue rebautizado por el Che. U Orlando, que es como le pusieron los padres cuando nació, por citar apenas los tres nombres que más usó a lo largo de su vida.
1
El problema es que fui por una historia y me encontré con dos. La segunda era mucho más compleja y tenía que ver conmigo, con mis raíces, con recuerdos desconocidos de mi familia y con algunos sucesos que tenía olvidados. Tanto que volver a recordarlos me movió algunos estantes.
Esto empezó como una aventura. Leía un libro que contaba historias secretas y pasadas del Partido Comunista. Un libro lleno de anécdotas que sucedieron cerca mío. A varios de los personajes de los que ahí se hablaba los conocí, o creí conocerlos bastante. De algunos otros oí con admiración y hasta con orgullo allá atrás, en mi adolescencia.
No sé por qué de entre tantas historias me atrapó justo la del Losojo. Puede que me haya seducido saber de su intimidad con el Che. Es posible. Hay otros pasajes que tratan de Guevara en ese libro y me llamaron menos la atención. Puede ser, también, que me haya enganchado el relato en primera persona que el propio Orlando escribió para publicar.
La historia a la que me refiero cuenta de Fernando Escobar Llanos, un ex militante de la Fede, que colaboró con el Che Guevara y que en ese trajín vivió siete años de aventuras clandestinas en tres continentes. Me lo representé ya viejo y retirado, sentado en la vereda de una casa de clase media baja, muy propia del conurbano bonaerense. Una casa de José León Suárez o de Aldo Bonzi, por ejemplo, con techo bajo, paredes sin revocar, con el ladrillo a la vista pero no por decoración sino por intemperie. Por esas cuestiones poéticas de la literatura o de la imaginación, me lo dibujé todavía fuerte, alto, flaco y capaz de disfrutar de la paz y del olor de los que son capaces las calles con árboles en las afueras de Buenos Aires. Así lo supuse. Y me dieron ganas de conocerlo.
En la vida leí cientos de libros. Muchos estaban escritos o protagonizados por gente admirada. Me apasionan los relatos intrigantes, locos o vertiginosos. Me gusta leer de todo. De historia, de fútbol, de amor, de intriga, de política, de economía, biografías, relatos en primera persona de hechos que sacudieron a la humanidad… todo. Y nunca se me ocurrió llamar al autor para pedirle que me presente al protagonista de una historia. Esta vez lo hice.
Mucho menos suponía, cuando llamé al autor del libro para preguntarle si Losojo existía, que me iba a topar con una historia de mi familia. Jamás se me pasó por la cabeza que este personaje, al que imaginaba viejo y tomando mate en una vereda suburbana del norte de Buenos Aires, me iba a llevar con su relato a las mismas calles del sur en las que nací, a Lomas de Zamora y a Banfield. Que hurgándole en la memoria me iba a volver a encontrar con la militancia honesta, infatigable y desmesurada de mi vieja o con esa omnipotente y desconcertante camaradería de la que era capaz mi viejo. Que abría una puerta para reconstruir con mi hermana la noche de noviembre del ’76 en la que la secuestraron.
Quise conocer a un hombre que colaboró con el Che Guevara y terminé en Cuba, en la casa de los hombres en los que más confió el comandante guerrillero. En el corazón mismo del aparato de inteligencia que el propio Guevara montó, con la ayuda de Fidel Castro, para llevar a cabo la insurrección armada en Sudamérica.
Hablé con decenas de personas, hurgué en libros, documentos y archivos. No pude conseguir una sola prueba material que demuestre que la historia del Losojo es verdadera. Como se trata de una vida de secretos y de clandestinidad, es lógico que esas pruebas sean tan escasas. Porque fueron pocas, pero las hubo. Quienes las tenían las destruyeron o se las llevaron a la tumba. Todos los testimonios y los indicios indican que no miente. Que lo que dice que pasó, pasó. En los mismos lugares y con los mismos protagonistas que él cuenta. La cosa es si él estuvo o no. Nada lo ubica ahí. Pero nada y nadie lo desmiente. La clave está en los detalles. ¿Cómo pudo saberlos sino?
Se trata de creer o no creer.
Quizás se trate de marxismo mágico.
2
LA HISTORIA DE EL LOSOJO
PARTE I
Me llamo Fernando Escobar Llanos y me decían El Losojo.
Estos fragmentos son parte de una confesión personal.
Esta historia que voy a contar comienza en 1961 y llega hasta 1967. Tiene algunas lagunas propias de la clandestinidad, de la ilegalidad, y de algunos métodos aplicados por los militantes de los partidos comunistas de América Latina que, dada la época, tendían a ocultar y falsear datos para poder sobrevivir.
Eran tiempos en los que no se estilaba criticar las formas. Primero estaba salvar la vida. Después hablar de metodología.
No van a faltar exégetas, documentalistas, servicios de inteligencia, o historiadores que querrán saber nombres verdaderos o encontrar a determinados personajes en estas páginas. A todos les digo lo mismo: la mayoría de los protagonistas de esta historia ya están muertos. Los vivos están requeteviejos y no tienen nada que perder porque estamos hablando de historias de hace medio siglo. Además, algunos cambiaron su manera de pensar y hasta de ideología.
Todo comenzó el 18 de agosto de 1961, en Uruguay.
Ernesto Guevara de la Serna, el Che Guevara, asistía a la Conferencia de Temas Económicos en Punta del Este. En ese momento era ministro de Industrias de Cuba. Es sabido que después de esa conferencia cruzó el Río de la Plata de incógnito para visitar al presidente Arturo Frondizi en Buenos Aires.
Lo que no se sabe es que después pidió permiso para visitar a una tía, María Luisa de Castro Márquez, que estaba enferma y vivía en Beccar.
El punto es que aprovechó la ocasión para reunirse con un pequeño grupo de argentinos. Entre ellos estaba mi hermano mayor que era un importante dirigente del Partido Comunista de la zona en la que vivía. A mi hermano, a su vez, lo había enviado a esa reunión uno de los fundadores del Partido, el mítico dirigente del Comité Central, Rodolfo Ghioldi. Por lo menos así me lo contó él antes de morir, en 1978.
El Che le propuso a mi hermano que se sumara a otros argentinos y fuera con él a Cuba. Mi hermano le explicó que no podía porque estaba casado y tenía hijos muy pequeños. Entonces el comandante le pidió que le propusiera a alguien de suma confianza para que fuera en su lugar.
Y me propuso a mí.
Yo tenía veinticinco años. Me había alejado de la Federación Juvenil Comunista —la Fede— porque no estaba de acuerdo con el manejo de algunas personas del sector en el que militaba. Cuando mi hermano me propuso ir a Cuba en su lugar, yo andaba suelto y sin tarea.
El Che se iba a quedar unos días más en Montevideo. Me esperaba para reunirse conmigo en el hotel donde se hospedaba.
Fue sencillo. Acepté y se hicieron los arreglos para que viajara de inmediato. Pedí licencia en la óptica en la trabajaba y crucé a Montevideo con mi libreta de enrolamiento. Viajé en un destartalado buque de carga, lo único que puede conseguir con el apuro.
El Che alquilaba una habitación en un hotel que estaba sobre la avenida 18 de Julio. Me dijo que siempre que lo necesitara usara ese hotel porque los dueños eran simpatizantes de Fidel Castro y de la revolución. El personal parecía conocer al Comandante. Nos servían café de a litros.
La entrevista duró más de seis horas. Él quería saber de todo. Preguntó sobre mis ideas políticas. Le dije que era anarquista y medio comunista. Le conté toda mi vida y me preguntó todavía más. Se detuvo con mucho interés cuando le dije que me gustaba la vida militar, la historia y la geografía, que escribía poesías y también que a veces escribía en un diario argentino llamado El Mundo. Eso le llamó mucho la atención y me preguntó si conocía a la gente de Radio El Mundo. Le dije que solo a algunos y de vista. Más tarde, en Cuba, me di cuenta por qué me lo preguntaba. En El Mundo había trabajado Jorge Ricardo Masetti, el Comandante Segundo, fundador de Prensa Latina y hombre de máxima confianza del Che. Masetti murió un par de años después en los montes de Salta. En ese momento dirigía el Ejército Guerrillero del Pueblo e intentaba hacer base en la zona.
Cuando le conté que en el servicio militar había trabajado en la armería, me pidió que profundizara en detalles. Mientras duró mi instrucción militar, algo más de un año, trabajé en la limpieza, mantenimiento y reparación de todas las armas del regimiento. Disparé con todo tipo de fusil y ametralladora que había hasta ese momento. Yo era el que las probaba y las tenía que mantener en perfecto estado. Aprendí mucho de armas. Y me gustó.
En un momento de la charla me dijo que me necesitaba en Cuba, y me dio dinero para que viajara lo antes posible. Me preguntó si sabía inglés o francés, y me adelantó que cuando llegara a la isla me iba a poner un profesor de francés. Me comentó que él ya lo estudiaba.
Sus últimas recomendaciones fueron:
—Volvé a la Argentina. No hables con nadie salvo con tu hermano. Como todavía estas limpito, sacá urgente el pasaporte. Andá a las embajadas de Francia, España, México, Estados Unidos, Cuba, Checoslovaquia, Unión Soviética, Canadá y a cuantas se te ocurran de América Latina. Siempre con la misma excusa: sos periodista y necesitás conocer el mundo. Creo que vas a estar un mes en Cuba o más. Hasta ahora te necesito como educador, todavía estamos con el Plan de Alfabetización y si se me ocurre otra idea te la digo allá…
Me pidió que lo esperara y fue a otra habitación. Volvió con un cubano grandote que era parte de su escolta permanente y me dijo:
—Este hombre te va a esperar en el aeropuerto de Cuba cuando nos avises el día que llegás, supongo que será más o menos dentro de un mes. Él te va a llevar a mi casa o a una casa. Cuando tengas todo listo llamá a este número de teléfono y en clave decile cuándo llegás y la hora… por ejemplo si llegás el 20 de octubre a las 17 decís: “el campo está valuado en $ 710 102” que al revés es el 201017. Es solo una precaución. Llamá desde un teléfono público e identificate como el dueño de una inmobiliaria cualquiera.
Nos despedimos con un abrazo.
Hice todos los deberes y en noviembre llegué en Cuba. Ahí estaba el escolta que había conocido en Montevideo y sin hacer aduana, ni llenar papel alguno subí a un Jeep y me llevó a una casa en la zona de El Vedado. Un caserón inmenso, quizás una mansión expropiada por los revolucionarios.
Ahí me fue a ver el Che y se quedó a dormir con otros cubanos que eran parte de su custodia. Pasamos dos días conversando mucho. Tomábamos mate y fumábamos. Él se iba todo el día al Ministerio de Industria y a la noche volvía a la residencia. Todo lo que sucedía ahí tenía una especie de tono conspirativo.
Me hizo miles de preguntas y en un momento el que quiso saber fui yo.
—¿Cuándo me sumo a la campaña de alfabetización?
Me miró un largo rato y me contestó:
—Después de conocerte tengo otros planes para vos. Espero que estés de acuerdo en ayudarme.
Asentí. Entonces me propuso una tarea:
—Vas a ir con el oficial que te esperó en el aeropuerto. Vas a recorrer con él una parte de la isla. Quiero que veas cómo es nuestra geografía. En un momento, él te va a dejar solo en un pueblo cerca de La Habana, y vos vas a tener que regresar a esta casa, solo, sin preguntarle a nadie. Lo vamos a hacer esta misma noche. Te vamos a dar algo de dinero. Si te perdés, preguntás adónde queda La Habana y me buscás en el Ministerio de Industria. ¿Estás de acuerdo?
Por supuesto que lo estuve. Ya sabía dónde estaba viviendo. Las veces que salí, había hecho mentalmente el plano para regresar. En la puerta estaba el nombre de la calle y en el fondo había una especie de polígono de tiro.
Sentí que la prueba no era difícil. Y sabía que habría más.
Salimos. Primera mala medida: íbamos en un Jeep descubierto. Tomamos la carretera central y fuimos para el lado de Pinar del Río. Mentalmente tomé la hora de salida, el primer cartel decía Marianao. Llegamos a las cercanías de un pueblo llamado Artemisa. Nos internamos en una zona de montañas y desde allí, y antes de entrar en los altos cerros, pegamos la vuelta y fuimos en dirección contraria, o sea hacia Santiago de Cuba. Al cabo de un rato me fijé en el reloj, miré hacia mi izquierda y vi nítidamente los edificios altos de La Habana. Imposible perderse. Seguimos una hora más y el capitán dio otras vueltas en un pueblo desconocido. Me hizo bajar y se fue. Era un pueblo bastante solitario. Había algunos bohíos y casas muy bajas. Calculé que estaba a unas dos horas de La Habana.
Caminé con rumbo sur, me encontré con un pantanal que supuse lleno de cocodrilos y me volví. Tomé una calle de “macadam” y la seguí. Un avión pasó cerca. Seguí caminando a tientas pero siempre hacia el sur. No le erré. Encontré la Carretera Central. Deduje que ahí debía tomar hacia el oeste, y así llegué caminando a La Habana y al barrio El Vedado.
Todavía tengo clara y presente la sensación de incertidumbre y de miedo. Pero sobre todo la bronca que me daba pensar que podía perder la vida ahí en la montaña o que podría haber sido atacado por cocodrilos.
Todo eso se me cruzó en la cabeza varias veces. Pensé en volver a mi país, a mi casa. En irme para que nadie se mofara de mí o me pusiera pruebas tontas y tan peligrosas.
Encima mi hermano me había dicho que iba a Cuba como educador y ahora estaba metido en cosas que no tenía del todo claras.
No me perdí en el campo, pero sí me costó bastante encontrar la residencia porque no sabía cuáles eran las calles laterales. Di un montón de vueltas hasta que distinguí ese descampado que había en la parte de atrás de la casa.
El Che y el capitán me estaban esperando. Me felicitaron entre risas y me palmearon la espalda. Había demorado cuatro horas en volver. Me confesaron que estaban seguros de que lo haría bien, pero que calculaban que lo iba a lograr recién con la claridad del día.
Cuando bajó la euforia, me clavó una mirada profunda y me dijo:
—Bueno, che… sos callado, reservado, inteligente y tenés una mirada de distraído que engaña. Pero estás muy atento a todo. Te voy a encargar algunos trabajos especiales. Vamos a comenzar en la Argentina. Allí será el teatro de acción por el momento y después avanzaremos. Pero primero hay que bautizarte y te vamos a enrolar en el ejército cubano. Ya veremos cómo y cuándo tendrás que volver.
Nos pusimos a buscar un nombre nuevo para mí. Acordamos que iba a usar el mismo nombre de pila que había usado en el PC de la Argentina. El apellido de un camarada ferroviario que era muy amigo mío, y también el apellido de mi madre.
Creo que fue la única vez que el Che se nombró a sí mismo en tercera persona. Se puso firme y formal. Me clavó esa mirada tan del Che cuando se ponía serio, y en un tono entre emocionado y compañero me rebautizó.
—En nombre de Camilo Cienfuegos, de Fidel Castro y en nombre del Che Guevara, yo te bautizo Fernando Escobar Llanos.
3
Me permito disentir con el Che. Bueno, disentir si es verdad lo que dice Orlando. Porque Orlando cuenta que cuando el Che le ofreció colaborar con él, le dijo a modo de elogio que tenía una mirada distraída que era capaz de engañar a cualquiera. Y para mí no tiene una mirada distraída. Más bien diría que es una mirada picante, buscadora, llena de picardía, desafiante y, sobre todo, desconfiada. Eso es lo que me transmite la mirada de este hombre que no puede ser considerado viejo por más que ya esté cerca de llegar a los ochenta. No sé cómo habrá mirado cuando tenía veinticuatro o veinticinco años. No sé cómo habrá sido antes de transitar por tantos peligros, tantos países y tanta gente. Es posible que ya no tenga la misma mirada que creyó ver el Che cuando lo conoció en 1961. Pero si la tiene, si es la misma, de distraída no tiene nada. Si de verdad el Che creyó ver eso, para mí que se equivocó.
Otra cosa es saber si de verdad el Che le dijo eso. No hay manera de probarlo. Pero así es como lo recuerda Orlando. O como cree recordarlo. Y esto no es un juego de palabras o el divertimento de relativizarlo todo para que el libro parezca interesante. Orlando es un tipo de barrio con un apellido español que omito por su expreso pedido. Un hombre que nació en el conurbano bonaerense y que un día que no se había imaginado jamás, se tuteaba con varios de los protagonistas del siglo XX. Esto sucedió hace más de cincuenta años y solo queda la certeza de aceptar que lo que se recuerda no fue exactamente como se lo recuerda.
Pero si descansamos en la honestidad de quien nos lo cuenta, es probable que no estemos demasiado lejos. Paradójicamente, convenimos en que la memoria y los años pueden ser amigos, pero no siempre confiables. Y eso no quiere decir que se nos mienta.
También sucede que todos vivimos momentos que nos quedan impresos a lo largo de la vida. Y de esos momentos es que habla Orlando. Como aquella madrugada habanera en la que pudo volver a la casa de El Vedado, por ejemplo.
Cuenta que el Che lo esperaba con mate en la cocina, acompañado por los más íntimos de su escolta. Amanecía en Cuba. Y para él era el primer día de una vida nueva. Una vida que tenía que ocultarles a todos los demás. Hasta a su propia familia.
El Che quiso probar esa madrugada si Orlando era capaz de orientarse solo y en la noche en un lugar desconocido. Orlando no lo sabía, pero tenía por delante un par de años en los que iba a jugar un juego parecido al de esa noche en la Argentina, en Bolivia, en Paraguay, en Chile, en Francia, en Checoslovaquia, en África…
Por eso el Che estaba radiante esa mañana. Por lo que venía. Orlando insiste cada vez que puede en recordar que en esa intimidad que se inauguraba, él lo llamaba Ernesto. Ni Comandante ni Che, Ernesto. Y que a partir de ese día iban a tejer una relación de confianza y respeto.
Vaya uno a saber cómo habrá sido cuando tenía veinticuatro años. Lo cierto es que hoy la mirada de Orlando no se parece a lo que el Che dijo ver en él y por la que le dio la tarea de ser —nada menos— como sus propios ojos.
4
En el invierno del 2014 me escribió un mensaje Alberto Nadra. Me contaba que había publicado un libro y que me lo quería regalar, a pesar de que hacía más de veinte años que no nos veíamos.
Siempre le tuve mucho cariño a Alberto. Es el menor de los hijos de Fernando Nadra, aquel legendario dirigente que fuera la cara visible del Partido Comunista Argentino durante casi tres décadas. Alberto fue también dirigente del Partido y de la Fede. Lo conocí a mis diecinueve años. Él era subdirector de Qué Pasa, el periódico del PC. Fui a verlo para pedirle trabajo.
Me citó en la redacción que en ese momento tenía el periódico, sobre la calle Río de Janeiro al doscientos, en el límite entre Almagro, Villa Crespo y Caballito. Tres años antes, en esa misma casa, me había pasado un enero completo en una escuela intensiva de marxismo, dialéctica e instrucción política.
Me recibió en su oficina. Conversamos un rato. No recuerdo de qué, pero sí tengo clara la sensación de comodidad que me hizo sentir. Esa era una entrevista importante: por fin iba a trabajar de periodista y estaba bastante nervioso.
Me encargó una nota sobre el fenómeno de las radios libres que junto con la democracia habían empezado a florecer en todo el país. Explicó lo que quería de esa investigación y me presentó a Horacio, el jefe de redacción del periódico a quien se la tenía que entregar cuando la tuviera lista.
Esa fue la primera nota que publiqué. La edición en la que salió hablaba de la silbatina al presidente Alfonsín en el acto inaugural de la Sociedad Rural de Palermo. Era agosto de 1988.
Hace años que Alberto dejó el Partido. Se fue un poco antes que yo, a comienzos de los ’90. Nos citamos en un bar de Palermo porque quería regalarme Secretos en Rojo, en el que cuenta aventuras, heroicidades, miserias y tragedias de un PC que él conoció desde bien adentro. En esas páginas me topé con la historia de Orlando, o de Fernando Escobar Llanos, o mejor dicho: del Losojo.
Alberto lo conoció a mediados de los ochenta, cuando trabajaba como secretario de Athos Fava, el dirigente más encumbrado del PC argentino de aquel entonces. En medio de un viraje político e ideológico, el Partido revisaba la posición que había tenido respecto al Che cuando peleaba en Bolivia. Ya no querían decir, como decían hasta entonces, que era un aventurero o que tenía actitudes de ultraizquierda. Ahora, con el nuevo rumbo, se lo quería reivindicar. Para ello se necesitaba gente que pudiera dar testimonio confiable y de primera mano sobre las pasiones de aquellos días. Fava le dio a Alberto la misión de contactar a un compañero que hacía mucho se había desvinculado de la estructura partidaria, pero del que sabían que además de ser militante propio, también había sido hombre de Guevara.
Con el correr de las charlas, entraron en confianza y Orlando le contó más. Cosas que nunca antes había contado. Quedaron amigos. Y de alguna manera también confidentes. Cuando Alberto decidió publicar Secretos en Rojo le pidió que le escribiera algo sobre lo que había vivido, y el hombre, que también presume de haber sido periodista y escritor, se sentó frente a la computadora y le regaló el texto con el que yo me topé.
—Alberto, ¿este hombre sigue vivo? —le pregunté apenas pude—. Lo quiero conocer.
Estaba vivo, sí. Pero había que preguntarle si aceptaba exponerse ante otra persona que no gozase de su máxima confianza. Era comprensible. Las historias de secretos, nombres de guerra y clandestinidad abundan entre los comunistas. Sobre todo entre los viejos comunistas, los que militaron en dictadura, durante la guerra fría o en los tiempos en que la vida valía menos que el periódico que tenían que repartir.
Nadra me llamó un mes después con la gran noticia. “El viejo” aceptaba entrevistarse conmigo.
—Parece que conoció a alguien de tu familia— dijo Alberto.
La cita fue a mediados de septiembre en su departamento, cerca de aquella casona en la que alguna vez funcionó el periódico del PC. Pregunté si podía llevar conmigo a César, uno de mis sobrinos, que también es productor de televisión y conoce mucho mejor que yo de la vida del Che.
Si no era verdadera la historia que me iban a contar, necesitaba alguien que me ayudara a despegar y a separar “lo que es” de lo que a mí me gustaría que fuera. Si era cierta, en cambio, necesitaba con quien compartirla y sopesarla para saber qué hacer.
Alberto, César y yo nos citamos a las diez de la mañana en una esquina de la avenida Rivadavia y caminamos hasta el departamento de Orlando, no muy lejos de ahí. Él mismo bajó a abrirnos y cuando le tendí la mano para saludarlo, me sorprendió con un beso y una palmada en la espalda. Subimos los cuatro en el mismo ascensor.
Ancho de espaldas y bastante grueso aunque no gordo, noté que si bien parecía bajo, era de estatura mediana. Tenía el cabello escaso y canoso peinado para atrás. El bigote también era canoso, pero más tupido que la cabellera. Mirada de espada. Quería ser agradable y cálido. Cuando se lo proponía, también podía ser bastante ácido. De lo que nunca se pudo desprender fue de la desconfianza. Estudiaba al otro en permanente estado de alerta. Se cuidaba de no hablar de más y por eso muchas veces exageró en hablar de menos. No le importaban las pausas, y si tenía que pensar las respuestas, las pensaba. No le molestaba el silencio que se instalaba en la mesa en esos momentos, mientras jugueteaba con la pipa que fumaba de vez en cuando, entre cigarrillo y cigarrillo.
Apenas pudimos conocer a la esposa: una mujer agradable, simpática y algunos años menor que él. Cuando entramos al departamento se preparaba para salir y terminaba de acomodar una bandeja con diferentes saquitos de té, una cafetera llena y una pava caliente para el mate. Nos dejaba a solas. En el living, un poco más allá, entre dos sillones que se veían tan viejos como cómodos, había una mesita ratona sobre la que estaba suspendida una partida de ajedrez.
—Ella juega muy bien —nos dijo el viejo—, me gana bastante seguido.
La disposición de las piezas en el tablero parecía darle la razón. Si es que ella jugaba con las blancas.
Como suele suceder entre la gente que se tantea cuando recién se conoce, la charla comenzó sobre gustos e infusiones. Pidió permiso para fumar como si no fuera su propia casa y de pronto se largó a contar. Me llamó la atención que se dirigiera sobre todo a mí. Alrededor de la mesa éramos cuatro, pero el foco parecía ser yo.
—En el año 62, a la vuelta de un entrenamiento en Cuba, llegué con el tobillo muy inflamado. Apenas podía caminar. Los compañeros me mandaron a que me atendiera tu viejo. Me acuerdo que sacó una jeringa enorme, con una aguja como de diez centímetros de largo, y me hizo una infiltración. Yo soy medio llorón para eso de las agujas… je… así que me acuerdo que grité un poco. Pero también que el dolor se me pasó casi enseguida…
—Y mi viejo, ¿sabía quién eras?
—No. Nunca lo supo. Era un gran tipo tu viejo. No me quiso cobrar.
—¿Y por qué no te quiso cobrar? —El tuteo se instaló desde el primer momento.
—Después de ponerme la inyección, cuando ya me había calmado el dolor, me dijo: “Andá tranquilo. Con lo flaco que estás y la cara de pobrecito que tenés, no puedo sacarte ni un peso”.
El sarcasmo y la falta de diplomacia, tan típicos en mi padre.
Entendí que ese era el motivo por el que aceptó recibirme y contar de sus aventuras con el Che. Me emocionó toparme de una manera tan inesperada con el recuerdo de mi viejo, y sentí que con aquel gesto solidario me había abierto las puertas de este personaje. Pero no. No tenía ni idea de todo lo que me iba a enterar en las próximas entrevistas. No sabía que esa mañana empezaba una experiencia que al mismo tiempo iba a ser un viaje hacia mi propia historia y a la de mi familia. Un viaje, en definitiva, hacia algunos rincones de mi propia identidad.
5
Curiosidad. Ansiedad. No sabía por dónde empezar a preguntar. Cuando sin querer alguien lo trataba de “usted”, volvía a pedir que lo tuteáramos.
—¿Quiénes más conocen tu historia?
—¿Acá en la Argentina? Solo Alberto. Bueno, y ahora también ustedes dos. Aunque a fondo a fondo… nadie.
—¿Y tu mujer? ¿Y tus hijos?
—No. No la conocen. Saben que estuve en Cuba y que viajé mucho. Y saben que hice algo, sí. Pero exactamente qué… no lo saben. Creen que trabajé de exportador, y eso es todo.
—¿Estás dispuesto, entonces a que ahora lo sepan?
—Y… supongo que sí.
Con César cruzamos las miradas. Fueron apenas unas décimas de segundo. De productores que somos nomás, imaginamos la escena en la que el Losojo se sienta ante los hijos y los nietos para contarles la parte de su vida que no conocen. Una cámara lo toma a él que cuenta la historia. Otra clavada en la cara de los familiares para verles la reacción.
—¿Tenés fotos con él?
—Solo hay una. Y la tengo guardada en un lugar seguro. Dejé esa foto e instrucciones claras de qué hacer con ella el día que me vaya.
César le preguntó entonces si se había guardado algún objeto que hubiera pertenecido al Che. Nos contó que Guevara solía llevar siempre con él un equipo de mate y que tenía varios equipos iguales. Un día cualquiera, como si nada, le dio algunos de esos mates a Orlando para que se deshiciera de ellos. Creía que no necesitaba tantos y le empezaban a incomodar. Orlando los repartió y se quedó con uno.
—…es ese de ahí —dijo y señaló con simpleza una pequeña repisa al lado de la mesa en la que estábamos.
Sobre una fuentecita de plata había un mate con una terminación de metal trabajado. Nos quedamos en pausa, mirándolo absortos y sorprendidos. No nos atrevimos ni a tocarlo. César cortó el silencio, emocionado:
—¿Ese mate no es el que tiene en una de las fotos más conocidas? Esa en la que tiene una boina… es la
