Cronología
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1930 |
El presidente Augusto B. Leguía es derrocado por un levantamiento militar. |
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1931 |
Luis Sánchez Cerro es elegido presidente después de unas cuestionadas elecciones contra Víctor Raúl Haya de la Torre, líder del APRA. |
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1932 |
Insurrección aprista en Trujillo, controlada por la fuerza por Sánchez Cerro. |
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1933 |
Sánchez Cerro es asesinado y asume la presidencia el general Óscar Benavides, quien recibe el poder del Congreso para que concluya el mandato de su predecesor. |
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1933 |
Benavides firma una nueva Constitución que reemplaza a la de 1920, y que se mantiene vigor hasta 1979, que prohibía los partidos internacionales (dirigida contra el APRA). |
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1935 |
Creación de los ministerios de Educación Pública y de Salud Pública, Trabajo y Previsión Social. |
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1936 |
Creación del Seguro Social Obrero. |
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1937 |
Se inaugura la empresa estatal Radio Nacional del Perú. |
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1938 |
La VIII Conferencia Internacional Americana se realiza en Lima y acuerda una política de apoyo mutuo ante la próxima posible guerra europea. |
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1939 |
Es elegido presidente Manuel Prado Ugarteche, expresidente del Banco Central de Reserva y miembro de un emporio familiar parte de la oligarquía. |
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1940 |
Según el Quinto Censo de Población, Perú cuenta con 7.023.111 habitantes. |
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1940 |
Un terremoto destruye gran parte de las viviendas de adobe de la ciudad de Lima. |
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1941 |
Guerra con el Ecuador, en la que el Perú triunfa militar y diplomáticamente. |
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1941 |
El escritor Ciro Alegría publica su novela El mundo es ancho y ajeno, que describe las luchas de los indígenas de una comunidad contra los abusos de un hacendado. |
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1941 |
Perú expresa su solidaridad con Estados Unidos después de Pearl Harbor. |
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1942 |
El presidente Prado visita Estados Unidos. |
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1945 |
Gana las elecciones presidenciales José Luis Bustamante y Rivero como candidato del Frente Democrático Nacional, en el que participa el APRA. |
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1947 |
Bustamante y Rivero decide que las 200 millas frente a las costas peruanas son parte del territorio nacional. |
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1947 |
Migrantes sin vivienda llegan a zonas del Agustino, a las afueras de Lima, y forman una de las primeras zonas urbanomarginales o «barriadas». |
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1948 |
Se aborta un levantamiento aprista en el Callao con la participación de miembros de la Marina. Se realizan acusaciones a ciertos líderes apristas de haber traicionado al movimiento. |
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1948 |
Bustamante es derrocado por un golpe de Estado encabezado por el general Manuel A. Odría. Persecución a los apristas. |
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1949 |
Haya de la Torre se asila en la Embajada de Colombia en Lima. |
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1950 |
Un terremoto en el Cuzco produce daños y destrucción de casas y edificios. |
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1950 |
Un levantamiento de la población en Arequipa en contra de Odría es reprimido violentamente. |
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1954 |
La armada peruana captura barcos balleneros del millonario griego Onassis. |
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1955 |
Gana las elecciones presidenciales Manuel Prado, con el apoyo del APRA. |
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1958 |
José María Arguedas publica una de sus principales novelas, Los ríos profundos. |
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1958 |
Se crea el Canal Estatal de Televisión gracias al apoyo de la UNESCO y del Ministerio de Educación. Poco después se crean canales de televisión privados. |
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1958 |
Protestas en Lima por la visita del presidente estadounidense Richard Nixon. |
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1961 |
El Sexto Censo de Población y el Primero de Vivienda y el Primer Censo Agropecuario mostraron una población de 10.420.357 habitantes y 1.985.859 viviendas. |
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1962 |
Prado es derrocado y empieza un gobierno militar, que durará poco más de un año. |
Las claves del periodo
Marcos Cueto
La mayoría de historiadores tiene claro cuáles son los años y los factores desencadenantes del periodo que comprende este volumen (fines de la década de 1920 y comienzos de la de 1930; periodo en que, entre otros acontecimientos, tienen lugar la Gran Depresión y la crisis económica internacional). Sin embargo, no ocurre lo mismo con los años que cierran esta etapa. Una opción sería fijar como clausura el año 1968, por ser el inicio de reformas estatales dirigidas por militares, que trataron de encontrar un balance entre el cambio y el control social. Una segunda posibilidad, que tiene sobre todo un sustento legal, es considerar como fin del periodo el año 1979 porque entonces se promulgó una nueva Constitución política que dio inicio a una década de gobiernos democráticos y que vino a reemplazar la que se elaboró en 1933, durante un gobierno autoritario. Finalmente, una tercera opción para dar por concluido este periodo sería 1990, por ser el inicio de las medidas de ajuste estructural y neoliberales del presidente Alberto Fujimori, que dieron fin a una larga fase en que se quiso construir algo parecido a un estado de bienestar que intervendría en la economía.
En esta colección hemos decidido cerrar la etapa de la historia peruana que se estudia en este volumen a comienzos de la década de 1960, por los comprensibles motivos comparativos que guían la obra y con la justificación de que entonces se empezó a desmoronar la hegemonía económica y social de la élite (en realidad una alianza de varios grupos, como se explica más adelante) que rigió los destinos económicos y controló en gran medida el Estado. Un factor internacional que influenciaría al Perú a fines del periodo fue sin duda la revolución cubana, que llegó junto con el desprestigio de Estados Unidos y el progresivo opacamiento tanto de los defensores de la oligarquía como de los políticos liberales que prometían reformas sociales limitadas.
Las características del periodo
Son claros los acontecimientos que coincidieron en el comienzo del periodo: la grave crisis económica que se desató en 1929, que tuvo como consecuencias el desempleo, la recesión, la merma significativa en los salarios y un marcado deterioro de las condiciones de vida; las movilizaciones sociales y la crisis política que la sucedieron; la emergencia y represión del primer partido de masas, el APRA (la Alianza Popular Revolucionaria Americana), y el inicio de lo que el historiador Jorge Basadre llamó el «tercer militarismo» (siendo el primero el que llegó poco después de la independencia y el segundo el que sucedió a la guerra con Chile). Ninguno de los partidos de la antigua República Aristocrática pudo reconstituirse y tampoco quedaron herederos del presidente Leguía con cierta legitimidad por las críticas de corrupción y peculado que llevaron a que se realizara un juicio y una condena (la primera y única del siglo XX en contra de un mandatario peruano). Sin embargo, los integrantes de la élite económica mantuvieron su poder económico, especialmente en términos de la propiedad de la tierra, así como de la sobreexplotación a los trabajadores de las mismas.
La Gran Depresión de 1929 acabó con la bonanza efímera de la década anterior, en la que la economía de exportación había crecido y se había diversificado gracias a productos agroindustriales como el azúcar, el algodón, las lanas y, en parte, los minerales. Sin embargo, los años comprendidos entre 1929 y 1932, es decir, los más duros de la crisis internacional, significaron, como analiza Alfonso Quiroz en «El proceso económico», una marcada disminución de la capacidad importadora del país siguiendo los vaivenes de los mercados internacionales y una menor recaudación del Estado (ya que estaba ligada a las exportaciones). El Perú sintió con dureza la crisis y la depresión estadounidenses, especialmente porque durante el régimen de Leguía la economía se había norteamericanizado, lo que desató, por un lado, movilizaciones sociales y políticas y, por el otro, la reconfiguración de las alianzas de las élites.
Existe cierto consenso entre los especialistas con respecto a las principales claves del periodo: una sucesión de regímenes autoritarios (con por lo menos una excepción saltante, la del gobierno de José Luis Bustamante y Rivero inaugurado en 1945); la amenaza de inflaciones; políticas económicas dirigidas a favorecer un crecimiento primario exportador; la disminución de la importancia de los mercados y de la cultura europeas, a la vez que la progresiva norteamericanización de las élites y de la política exterior peruanas; la exclusión y persecución de los grupos políticos y sindicales disidentes, y un limitado populismo estatal en parte dirigido a crear una clientela en grupos sociales urbanos. En los ámbitos social y cultural también se producen cambios importantes: crece la población en las zonas rurales y costeñas, pero sobre todo en las ciudades ubicadas en la costa, y empieza a disminuir el peso de la población de los Andes. Asimismo, muchas expresiones artísticas, como estudia Rolando Rojas en su ensayo, dejan de ser elitistas y estar basadas en modelos extranjeros y, al compás de la radio y la televisión, se van transformando en una cultura de masas que celebra con cierto entusiasmo los motivos nacionales y de un Estado que adopta algunas políticas indigenistas. En esta renovación de la cultura peruana motivos y personajes de los Andes y de las clases medias aparecen en las ciudades haciendo desaparecer el «hispanismo» que hasta entonces sobrevivía.
La sucesión de regímenes autoritarios tuvo que ver con la vigencia, hegemonía y legitimidad (muchas veces precaria) de la alianza entre la élite agroexportadora (u oligarquía); las grandes empresas extranjeras; los hacendados de los latifundios del sur, que no siempre se dedicaban a la exportación; los altos mandos de las fuerzas armadas, y los directivos de las instituciones financieras. Éstos se acomodaron bien y de alguna manera cooptaron a los incipientes grupos industriales y comerciales que nunca llegaron a desarrollarse por completo ni a hacer crecer significativamente un mercado interno. Los motivos de cada uno de los grupos para participar en esta alianza eran diferentes. Para los agroexportadores y los hacendados se trataba de mantener su poder económico. Lo mismo puede decirse de las corporaciones internacionales, como W. R. Grace, que trabajaba en el sector agroindustrial; la minera de origen estadounidense Cerro de Pasco Corporation, y la empresa petrolera estadounidense y considerada un caso clásico de enclave, International Petroleum Company. Para los industriales y comerciantes era vital llevarse bien con el poder, ya que requerían crédito y prestigio. Las fuerzas armadas entraron en una dinámica marcada por su enfrentamiento con el APRA, que fue percibido como una amenaza a esta alianza, especialmente para la oligarquía. Algo en común que tuvieron los miembros de esta alianza fue mantener una política económica ortodoxa (que no podría ser considerada como plenamente liberal) y una cultura conservadora, y que bloquearon reformas sociales, como la reforma agraria o el control de las empresas extranjeras.
Una excepción importante a lo anterior fue la del gobierno del prestigioso jurista José Luis Bustamante y Rivero (1945-1948), democráticamente elegido por una abrumadora mayoría, que intentó realizar una política económica heterodoxa —y a veces populista—, iniciar algunas reformas sociales e incorporar al APRA a la vida política legal y al gobierno. Es importante tener en cuenta que este gobierno ocurrió en un contexto internacional muy especial; el final de la II Guerra Mundial y el breve interregno de cordialidad entre la Unión Soviética y Estados Unidos; es decir, antes que se desatase la Guerra Fría. En ese fugaz contexto donde la lucha contra el autoritarismo y la defensa de la democracia parecían valores universales, el Perú pudo tener un régimen democrático en el que en la práctica cogobernó un partido, el APRA, que estaba fuera de la ley por ser considerado de izquierdas. Sin embargo, no logró asentar las bases de un régimen democrático ni contener la inflación, que fue especialmente preocupante en 1947, de una forma eficaz.
Los regímenes autoritarios practicaron un populismo estatal limitado dentro de los parámetros de conservadurismo, clientelismo y lealtad con la hegemónica política exterior estadounidense de la Guerra Fría. Esto fue una reelaboración del paternalismo que había primado en periodos anteriores, en los que se priorizaba la búsqueda de clientelas y la cooptación de sectores sociales emergentes. Ello se reflejó en la creación entre 1935 y fines de la década siguiente de los ministerios de Salud Pública, Trabajo y Previsión Social; del Seguro Social del Obrero; del Seguro Social del Empleado, y, posteriormente, del Ministerio de Trabajo y Asuntos Indígenas. Asimismo, este tipo de populismo justificó formas de empleo temporal a través de la construcción de obras públicas como carreteras, proyectos de irrigación, escuelas públicas, brigadas y campañas de sanidad, comedores populares, y viviendas para obreros y sectores de la clase media baja. Sobre el crecimiento de la educación pública y su percepción como un canal efectivo de ascenso social se ha escrito bastante. Como señala Rojas en «La cultura», el periodo estudiado en este volumen fue sin duda una etapa en que se multiplicaron las escuelas estatales, primarias y secundarias principalmente. Muchas veces las autoridades que promovieron estas escuelas creyeron que eran la mejor forma de asimilar a la población indígena y mestiza, así como de crear vínculos de solidaridad en una sociedad que hasta entonces tenía marcados rasgos de fragmentación. Sin embargo, esta solidaridad tenía más características de asimilación, incluso para algunos indigenistas, que creían que existía un solo ideal del mestizo peruano y de su cultura, lo que obliteraba la heterogeneidad de las etnias del país.
Por otro lado surgieron partidos que apelaron directamente a la movilización de las masas urbanas y, en el caso de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), a los proletarios de las grandes plantaciones azucareras del norte del país. Los apristas giraron en torno a la carismática figura de su líder, Víctor Raúl Haya de la Torre, y enarbolaban demandas antiimperialistas y en favor de una «nacionalización» de las grandes propiedades rurales e industriales, que inicialmente colocaban al partido a la izquierda del espectro político. Aunque el APRA tampoco tuvo claras banderas indigenistas, tenía una propuesta populista que calzó con las aspiraciones de movilidad social y apertura democrática de gran parte de las clases trabajadoras y medias, sobre todo en Lima y en el norte del Perú. Su movimiento era continental, por lo que incorporó algunas sentidas demandas latinoamericanas, como la nacionalización del Canal de Panamá, y llego a tener seguidores en Costa Rica, Venezuela, Chile, Cuba y República Dominicana, que posteriormente se identificarían con la socialdemocracia europea. Sin embargo, el APRA fue básicamente un fenómeno peruano y el argumento de que era una entidad continental fue usado posteriormente en su contra.
El núcleo socialista que se había formado alrededor del intelectual José Carlos Mariátegui sufrió tanto de la prematura muerte de su creador como de una política sectaria dictada desde Moscú, que le daba poca importancia a la movilización política de los campesinos, al pensamiento indigenista y a la diversidad de las culturas indígenas en el país, para priorizar, en cambio, el trabajo en los sindicatos de un incipiente proletariado industrial. Después de la temprana muerte de su fundador en 1930, el Partido Socialista que había creado Mariátegui se transformó en el de Partido Comunista Peruano, sección de la III Internacional, y aunque llegó a desempeñar un papel en algunas movilizaciones sindicales mineras, no llegaría a encarnar el descontento popular contra la oligarquía, un papel que correspondió al APRA.
En parte en respuesta al APRA, y en parte con inspiración en el fascismo italiano como un modelo de respuesta autoritario a la conflictividad social, la oligarquía alentó la formación de la Unión Revolucionaria (UR), un grupo de extrema derecha que giraba en torno al comandante Luis Sánchez Cerro. Aunque en el Perú el fascismo no llegó a cobrar la envergadura de otros movimientos afines al fascismo europeo, como en Brasil o Chile, el conservadurismo católico de las élites limeñas y el interés por controlar las movilizaciones sociales y sindicales explican por qué llegó a tener grandes simpatías entre los gobernantes, los militares y muchos grupos de poder hasta poco antes de la II Guerra Mundial. Lo mismo llevó a una simpatía del poder con el franquismo español, así como a la marginación a los exilados españoles y judíos europeos, con lo que el Perú desaprovechó una oportunidad de enriquecer profesional y laboralmente sus clases media y trabajadora.
El APRA y la UR se enfrentaron en una elección en 1931, en la que vencieron los segundos, lo que convirtió a Sánchez Cerro en presidente, aunque los primeros se quejaron de que había habido fraude. Más intensa fue la dramática revolución de Trujillo de 1932, en la que militantes apristas se levantaron después de que el régimen aprobara una la Ley de Seguridad Interior para justificar la clausura de locales apristas, el encarcelamiento y destierro de la célula parlamentaria aprista y la detención de Haya de la Torre. En su levantamiento, los apristas, que tenían entre sus líderes a un hermano de Haya, se enfrentaron a las fuerzas armadas, con un alto costo de muertos, lo que alimentó acusaciones mutuas de genocidio (ya que militantes apristas habían ajusticiado a oficiales desarmados y por el fusilamiento sumario de miles de apristas en las ruinas de la ciudad precolombina de Chan Chan).
De este modo se creó una grieta difícil de cerrar y se instauró una dinámica antagónica durante el resto del siglo XX (interrumpida a fines de la década de 1950). Cada cierto tiempo medían sus fuerzas, por un lado, los seguidores del APRA —y sólo a veces sus dirigentes— en repudio a las élites locales, los militares y el imperialismo estadounidense, sin llegar a una propuesta de tipo socialista. Por otro lado, las clases dirigentes enfatizaban una combinación entre represión y control del APRA para mantener el orden, una cooptación de cualquier exaprista, la defensa de los privilegios en los ámbitos económico y social, y una actitud abierta a la influencia estadounidense. Esta clase, así como los altos mandos militares, «demonizaron» al APRA, al que se veía no sólo como opositor, sino como una amenaza a la sociedad y a sus «buenas costumbres», que eran, en realidad, la cultura conservadora que glorificaba la familia, el machismo y la «patria».
Como estudia Jorge Lossio en «La vida política», el APRA fue perseguido y vetado varias veces del poder con el argumento seudonacionalista de que era una organización internacional (el mismo argumento que usaron algunos gobiernos autoritarios para ilegalizar a los comunistas). Asimismo, la prensa adicta a la oligarquía alimentó la imagen de que los apristas estaban en contra del catolicismo, supuestamente un valor esencial al país desde la colonización española (un argumento en parte basado en el papel que desempeñó Haya de la Torre en la oposición a la consagración del Perú a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús durante el segundo gobierno de Leguía). Según estudios recientes, fueron más bien los militantes del APRA los que empujaban a su liderazgo a tomar posturas radicales, pero la mayoría de éstos fue progresivamente «traicionando» sus enunciados reformistas originales bajo la justificación de que primero era necesario alcanzar la legalidad.
El ensayo «Perú en el mundo» de Cueto describe cómo ocurrió, durante los años de gobierno de Sánchez Cerro, una de las disputas de fronteras amazónicas con su vecina Colombia, que acabó ganando este último país. Aunque inicialmente Sánchez Cerro buscó una guerra y la recuperación de Leticia (un territorio reclamado por peruanos pero cedido por un tratado casi secreto a Colombia por Leguía), al final el Perú llegó a un acuerdo pacífico con Colombia, en parte gracias a la mediación de Brasil, y Colombia tomó posesión del territorio en disputa sin que se llegase a un conflicto de armas significativo o duradero. Esta experiencia marcó un primer momento en la historia de las relaciones exteriores peruanas en el que el Perú empezó a modificar su tradicional perfil bajo y poco desafiante. Algo que sin duda cambiaría en las siguientes décadas.
El desenlace político, es decir la derrota del movimiento social que dirigía e impulsaba el APRA, contribuyó a la solución que se le dio al impacto de la crisis financiera internacional. La respuesta económica y política que se dio en el Perú fue diferente a la de otros países de la región, donde se inició o reconfirmó la tendencia hacia el populismo, una industrialización nativa y la creación de mercados internos. El colapso que significó la crisis de 1929 y que dio al traste con el modelo de desarrollo a través de las exportaciones permitió que algunas dirigencias políticas (especialmente en Argentina, México y Brasil) apostaran por un nuevo modelo que no requería tanto de productos extranjeros y sí, en cambio, de la consolidación de mercados nacionales y de sectores medios y trabajadores que pudiesen consumir productos producidos en casa. Un factor adicional que explica la relativa singularidad del Perú fue el hecho de que los países de la región que más rápido se sumaron al proceso de «industrialización por sustitución de importaciones» y en los que se dieron algunas reformas sociales fueron aquellos que antes de la crisis de 1929 ya tenían un grado de industrialización nativa. Éste no era el caso del Perú.
Es decir, esta crisis no fue una oportunidad para un cambio en el Perú en la dirección de una política económica heterodoxa y populista de industrialización por sustitución de importaciones y democratización del país —como se estaba intentando en otros países—; en el Perú no se siguió un camino económico o político desafiante a Estados Unidos o autónomo de dicho país. Tampoco quiere decir que se siguieran al pie de la letra las recomendaciones ortodoxas liberales (enfatizadas por una misión de asesores financieros estadounidenses liderados por Edwin Kemmerer, que estuvo en el país poco después de la crisis de 1929). Las autoridades peruanas tomaron un camino ecléctico que básicamente reafirmó que la sustentabilidad del país estuviera en la exportación de materias primas. La decisión tomada en 1931 de suspender el servicio de la deuda externa estaba en disonancia con lo propuesto por Kemmerer, que recomendaba el pago de la deuda externa. Esta decisión duraría casi veinte años (sólo durante el primer gobierno de Alan García, en 1985, el Estado peruano tomó una decisión similar y desconoció la deuda externa). El impago de la deuda no fue un caso único en la región. Hacia 1935 eran 14 los países de América Latina que habían decidido suspender la cancelación de sus deudas, parcial o totalmente, y otros países europeos también suspendieron el reembolso de las deudas pendientes con los estadounidenses por la I Guerra Mundial. Los estadounidenses tuvieron que aceptar la situación.
La relativa recuperación económica del país después de la crisis internacional, como señala Quiroz en «El proceso económico», se produciría sobre todo porque algunos productos agrícolas de exportación, especialmente el algodón, empezaron a ser demandados nuevamente en los mercados mundiales. El renovado poder de los exportadores, sumado a la recuperación de la exportación de minerales, confirmó a la oligarquía como un grupo de interés o control del Estado. Justo es reconocer que, aunque nunca en la dimensión de otros países de la región, el incipiente sector industrial existió, exigió mayor protección del Estado y logró algún desarrollo. Sin embargo, su dependencia de créditos de los exportadores explica en parte su subordinación al poder.
En otro plano de la realidad social, la cultura peruana también empezó a expresar cambios que bien pueden ser entendidos como eclécticos o híbridos porque nunca llegaron a hegemonizar la cultura oficial. Éstos tuvieron que ver con la emergencia de indigenismos académicos, literarios y artísticos. En términos generales los indigenismos peruanos fueron una reivindicación de la riqueza cultural y estética del Perú andino y precolombino y una ingenua aspiración a que esta cultura —supuestamente era sólo una— pudiera ser incorporada o, mejor dicho, asimilada, al Perú oficial. En ese sentido, trabajaron durante el periodo estudiado en este volumen notables provincianos, como el antropólogo Luis E. Valcárcel, el pintor José Sabogal, el educador José Antonio Encinas y los escritores José María Arguedas y Ciro Alegría. Como analiza Rojas, ellos llegaron a ocupar cargos en el Estado y a influir en algunas políticas públicas (es importante mencionar que el primero de estos escritores fue cercano al comunismo y el segundo militante aprista). Sin embargo, es necesario puntualizar que el indigenismo peruano fue no tan intenso ni articulado como en México, a pesar del peso de la población indígena, la presencia de la historia precolombina y el desarrollo de un discurso social crítico desde fines del siglo XIX. También tuvo que ver el hecho de que muchos miembros de la élite limeña, descendientes de familias inmigrantes europeas, mantuvieron su fascinación con las modas culturales extranjeras (primero europeas y después estadounidenses) y sintieran cierto desprecio, sino un abierto racismo, hacia las poblaciones y las culturas andinas.
La norteamericanización del Perú
El año de inicio de la II Guerra Mundial, 1939, coincide con la elección como presidente de Manuel Prado, parte de un emporio familiar oligárquico, quien concilió una marcada tendencia proestadounidense en la política exterior, ciertos visos de proteccionismo heterodoxo (en el año de 1940 se dio una Ley de Fomento a la Industria Nacional) y el control autoritario del APRA. Los cambios en la política exterior y económica se explican en gran parte por el práctico colapso de los mercados europeos durante la guerra y por una actitud más agresiva del Departamento de Estado estadounidense. Ello contribuyó a que se dejara de lado cualquier acercamiento con la Alemania nazi o
