
Vuelta a Torres de Malory
—¡Me lo he pasado genial estas vacaciones! —exclamó Darrell mientras subía al coche de su padre, impaciente por emprender el viaje de vuelta a su colegio—. Pero me alegro de poder volver a la escuela. ¡Ya hace ocho semanas que me fui de allí!
—¡Vaya…! ¡Parece realmente terrible! —opinó su padre—. ¿Viene tu madre o doy un bocinazo? Es increíble que sea siempre yo el primero en estar listo. Ah, mira, ¡ahí está!
La señora Rivers bajó apresuradamente los escalones.
—Oh, cariño, ¿llevas mucho rato esperando? —preguntó—. El teléfono se ha puesto a sonar en el último minuto. Era la madre de Sally Hope, Darrell. Quería saber a qué hora pasaríamos a recoger a Sally.

Sally Hope era la mejor amiga de Darrell. El señor Rivers, el padre de Darrell, iba a llevar a las dos niñas a Torres de Malory, el internado de Cornualles donde ambas estudiaban. Tenían que salir muy temprano para poder estar allí al anochecer, y Sally iba a ir con ellos.
—Me sabe mal dejaros, pero ¡me muero de ganas de volver a la escuela! —exclamó Darrell—. Este será mi segundo curso en Torres de Malory, mamá… ¡Segundo! ¡No es ninguna tontería!
—Bueno, ya tienes trece años, cariño. Ya no estarás en el curso de las pequeñas —observó su madre acomodándose en el asiento del copiloto—. Ahora mirarás a las de primero por encima del hombro, ¿verdad? ¡Te parecerán bebés!
—Supongo que sí —reconoció Darrell, echándose a reír—. Bueno, las de tercero nos miran así a nosotras… y así todas nos mantenemos en nuestro lugar.
—¡Mira, tu hermanita te dice adiós con la mano! —observó su padre mientras el coche descendía por el camino de grava—. Te echará de menos, Darrell.
Darrell agitó el brazo frenéticamente.
—¡Adiós, Felicity! —gritó—. ¡Algún día tú también irás a Torres de Malory, y haremos este viaje juntas!
El coche abandonó el camino y se incorporó a la carretera. Darrell contempló su casa una última vez. No volvería a verla hasta al cabo de tres meses. Se sintió algo triste. Pero era una niña sensata y, en lugar de dejarse llevar por las emociones, concentró sus pensamientos en Torres de Malory y enseguida se sintió mejor. Después de su primer curso, había acabado cogiéndole mucho cariño a la escuela, y estaba muy orgullosa de formar parte de ella. Llevaba a sus espaldas varios meses con la señorita Potts y tenía todo el curso de segundo por delante.
Al cabo de una hora, llegaron a casa de Sally. La niña los estaba esperando fuera, con la maleta de la escuela y la bolsa de viaje a sus pies. Su madre estaba junto a ella y, en el otro lado, agarrándose con fuerza de la mano de Sally, había una niña de unos dieciocho meses.
—¡Hola, Sally! ¡Hola, Daffy! —gritó Darrell, emocionada—. ¡Qué bien, ya estás lista!
Colocaron la maleta de Sally en el maletero del coche, junto a la de Darrell. La bolsa de viaje la ataron con una correa en el portaequipajes y el palo de lacrosse de Sally lo encajaron como pudieron entre los demás bultos. Luego Sally entró en el coche.
—¡Yo también quiero ir! —gimió Daffy con los ojos anegados en lágrimas al ver que su querida Sally estaba a punto de partir.
—¡Adiós, mamá! ¡Te escribiré en cuanto pueda! —dijo Sally—. Adiós, mi querida Daffy.
El coche arrancó de nuevo, y Daffy empezó a berrear. Sally parecía disgustada.
—No soporto tener que separarme de mi madre —musitó—, y ahora tampoco soporto separarme de Daffy. Es un encanto: ya se pasea por todas partes, y habla la mar de bien.
—¿Te acuerdas de lo mucho que la odiabas cuando aún era un bebé? —le recordó Darrell—. Seguro que ahora no podrías vivir sin ella. Es genial tener una hermana.
—Sí, me porté muy mal con ella —reconoció Sally, recordando—. El primer trimestre en Torres de Malory lo pasé fatal… Me sentía tan mal. Estaba convencida de que me habían mandado al internado para alejarme de casa y hacerle sitio a Daffy, mi nueva hermana. Y a ti tampoco te soportaba… ¿Verdad que es curioso?
—Y ahora eres mi mejor amiga —comentó Darrell con una sonrisa—. Oye, Sally, ¿quién crees que será la responsable del segundo curso este trimestre? Katherine está en tercero, así que no podrá ser ella. Tendrá que ser otra.
—Tal vez Alicia —opinó Sally—. Creo que es de las mayores.
—Sí, pero ¿crees que sería una buena responsable de curso? —preguntó Darrell con aire dudoso—. Es muy inteligente, y saca buenas notas en todo, pero ¿no te parece que hace demasiadas tonterías?
—Puede que dejara de hacerlas si fuera responsable del curso —observó Sally—. Creo que lo que Alicia necesita es asumir alguna responsabilidad. No quiere comprometerse a nada. El último trimestre le pidieron que se encargara de dirigir las excursiones de la clase de naturales, y se negó. Además, se me ocurre otro motivo por el que no sería una buena responsable de curso.
—¿Cuál? —preguntó Darrell, encantada de charlar sobre sus antiguas compañeras de clase.
—¡Pues que no es lo bastante comprensiva con las demás! —repuso Sally—. No se molestaría en ayudar a alguien que se encontrara en apuros, ni en ser amable con las demás: se limitaría a dar órdenes a diestro y siniestro y a esperar que se cumplieran, eso es todo… Pero todas buscamos algo más en una responsable de curso, ¿verdad?
—Supongo que sí. Entonces ¿quién crees que tiene las cualidades para ser la responsable? —quiso saber Darrell—. ¿Qué me dices de ti? Enseguida calas a las personas, y siempre te ocupas de la gente cuando tiene problemas. Y eres muy… muy juiciosa. No pierdes los estribos como me ocurre a mí, ni te dejas llevar por las emociones cuando te entusiasmas por algo. Me encantaría que fueras tú.
—Pues a mí no me gustaría serlo —replicó Sally—. Además, no creo que tenga ninguna oportunidad. Creo que la encargada de curso deberías ser tú, de verdad que sí: todas te quieren y confían en ti.
Por un momento, Darrell dejó volar su imaginación y pensó en la posibilidad de salir elegida. Era verdad: la mayoría de las niñas, salvo una o dos, la querían y confiaban en ella.
—Pero a veces no puedo controlar mi mal genio —reconoció con pesar—. Recuerda cómo me enfurecí con Marigold cuando se confundió y me riñó por una falta que no había cometido. Es verdad que yo no sabía que se había confundido, pero me puse a gritarle como una loca, arrojé la raqueta al suelo y me largué. No entiendo cómo pude comportarme así.
—Ese día hacía un sol de justicia, Darrell —la reconfortó Sally—. No acostumbras a perder los estribos por tonterías como esa. Estás aprendiendo a reservar esos arranques para cosas que valgan realmente la pena. ¡Como darle su merecido a esa sabandija de Gwendoline Mary, por ejemplo!
Darrell se echó a reír.
—Sí, la verdad es que es una estúpida. ¿Te acuerdas de cómo se comportó con la señorita Terry, la que sustituyó al señor Young durante esos dos meses del último trimestre? La señorita Terry no debería habérselo consentido.
—Oh, Gwendoline siempre tiene que dar la nota con alguien —observó Sally—. Es su forma de ser. Supongo que este curso también elegirá a alguien a quien adorar y perseguir por todas partes. ¡Gracias a Dios que no seré yo!
—Supongo que habrá niñas nuevas —dijo Darrell—. Será divertido ir adivinando de qué pie cojean, ¿verdad? Y ver cómo son.
—Seguro que habrá alguna —afirmó Sally—. Oye, ¿te imaginas que eligen a Mary-Lou de responsable? ¡Sería increíble!
Las dos niñas se echaron a reír. Mary-Lou las adoraba a las dos, pero Darrell era su heroína, y tanto Darrell como Sally la querían mucho. Sin embargo, era una niña muy tímida a la que asustaba asumir cualquier responsabilidad, y resultaba muy divertido imaginarse la cara que pondría si salía elegida responsable del curso.
—Seguro que le daría un ataque y desaparecería como por arte de magia —dijo Darrell—. Pero la verdad es que ha mejorado mucho, Sally. ¿Te acuerdas de cómo le temblaban las rodillas cuando se asustaba por algo? Ya no le ocurre. Todas nos portamos mejor con ella, y no la asustamos. Eso la ha ayudado a ganar confianza en sí misma. Ha cambiado, y ya no volverá a ser la niñita asustadiza que era antes.
El viaje hasta Cornualles era largo, y en varias ocasiones se detuvieron junto a la carretera para comer algo sentados sobre la hierba. La señora Rivers se puso una vez al volante para que su marido pudiera descansar. Las niñas seguían con sus charlas en el asiento trasero, y de vez en cuando se quedaban dormidas.
—Ya no falta mucho —informó el señor Rivers con las manos al volante—. Pronto nos encontraremos con otros coches que también se dirigen a la escuela. A ver si veis alguno.
No tardó en aparecer el primero: era un coche rojo. Lo conducía el padre de Irene y circulaba justo detrás de ellos. Pronto vieron a Irene, que las saludaba moviendo efusivamente los brazos desde el asiento trasero. Estuvo a punto de sacarle las gafas a su padre de un manotazo. El coche describió una ese.
—Típico de Irene, ¿verdad? —comentó Sally con una sonrisa—. ¡Eh, Irene! ¿Cómo te han ido las vacaciones?
Los coches avanzaban más o menos juntos, y Sally y Darrell pudieron ver el rostro radiante de Irene. Les caía muy bien. Era una niña muy inteligente. Se le daba muy bien la música, y las matemáticas, pero era terriblemente despistada, olvidaba las cosas y lo perdía todo por todas partes. Pero estaba siempre de tan buen humor que nadie se enfadaba con ella.
—¡Ahí viene otro coche! ¿De quién es? —preguntó Sally cuando un tercer vehículo se incorporaba a la carretera desde un camino lateral, cargado con un baúl enorme. Los adelantó.
—Debe de ser una de las chicas mayores —opinó Sally—. Creo que era Georgina Thomas. Me pregunto quién será la responsable de toda la escuela este año. Pamela ya ha terminado sus estudios. Espero que no sea Georgina. Es demasiado mandona.
Ya estaban muy cerca de la escuela y, de pronto, tras una curva, la vieron aparecer ante sus ojos. Las niñas la contemplaron en silencio.
Las dos adoraban su escuela y estaban muy orgullosas de ella. Vieron la enorme construcción gris, con una torre en cada vértice: la Torre Norte, la Torre Sur, la Este y la Oeste. Una enredadera, que empezaba a adquirir un tono rojizo, trepaba por la fachada hasta el tejado.
—¡Nuestro castillo! —exclamó Darrell, orgullosa—. Torres de Malory. La mejor escuela del mundo.
El coche no tardó en alcanzar los escalones que conducían a la puerta principal. Ya había otros coches aparcados en el camino de entrada, y grupos de niñas que hablaban animadamente junto a los vehículos. Aquí y allá, alegres voces gritaban desde el otro lado del camino:
—¡Hola, Lucy! ¡Mira, ahí viene Freda! ¡Qué morena está! ¿Cómo te han ido las vacaciones? ¡Parece que te has pasado el día en el agua! ¡Estás negra!
—¡Hola, Jenny! ¿Recibiste mis cartas? Mira que eres vaga, ¡no me has contestado ni una! ¡Eh, Tessie! ¡Ten cuidado con mi bolsa de viaje! ¡Quita tus enormes pies de encima!
—¡Adiós, mamá! ¡Adiós, papá! Os escribiré en cuanto me haya instalado. No os olvidéis de darle de comer a mi ratoncito, ¿vale?
—¡Apártate! ¡Te va a atropellar ese coche! Oh, pero si es Betty Hill. ¡Betty, Betty! ¿Has preparado nuevas travesuras para este curso?
Un par de ojos traviesos miraban desde detrás de la ventana de un coche, y un mechón de pelo cayó encima de una frente morena.
—¡Es posible! —respondió Betty saliendo del vehículo—. ¡Nunca se sabe! ¿Alguien ha visto a Alicia? ¿Sabéis si ha llegado ya?
—¡Las niñas que vienen en tren aún no han llegado! ¡El tren lleva retraso, como siempre!
—¡Darrell! ¡Darrell Rivers! ¿Cómo estás? ¡Y Sally! ¡Eh, vamos adentro! ¡A ver si encontramos nuestro dormitorio!
¡Qué griterío! ¡Qué bullicio! Darrell no podía contener la emoción. Era estupendo estar de vuelta a la escuela… de nuevo en Torres de Malory.

Tres alumnas nuevas
Darrell se despidió de sus padres, que enseguida se subieron al coche y se alejaron por el camino de grava. Darrell les agradecía que fueran tan prudentes a la hora de despedirse de ella. No se echaban a llorar desconsoladamente, como hacía siempre la madre de Gwendoline, ni tampoco esperaban que Darrell se comportara como un alma en pena y no se despegara de ellos en ningún momento. Todo lo contrario: se reían y se comportaban con naturalidad, le prometían que irían a visitarla a mitad de trimestre, la besaban en la mejilla, y luego se iban agitando alegremente la mano en señal de despedida.
Darrell y Sally enseguida comenzaron a subir los escalones que llevaban al vestíbulo, cargadas con sus bolsas de viaje. Los palos de lacrosse que también llevaban consigo se enredaban con las piernas de las niñas que se movían apresuradamente de un lado a otro.
La señorita Potts esperaba en el vestíbulo. Había sido su tutora durante el curso anterior, y seguía siendo su tutora en la Torre, porque era la encargada de la Torre Norte, donde dormían las niñas. Todos los dormitorios de las alumnas estaban repartidos en las cuatro Torres, y en cada una había una profesora encargada, y también una gobernanta.
La señorita Potts vio a Sally y a Darrell y les gritó:
—¡Sally! ¡Darrell! Ayudad a esta niña nueva en mi lugar, ¿queréis? También es de segundo, y dormirá en vuestro dormitorio. Acompañadla a ver a la gobernanta.
Darrell vio a una niña alta plantada junto a la señorita Potts. Parecía asustada y nerviosa. Darrell recordó lo perdida que se había sentido la primera vez que había puesto los pies en Torres de Malory, y se apiadó de la pobre chica. Se le acercó seguida de Sally.
—¡Hola! Vamos, ven, nosotras cuidaremos de ti. ¿Cómo te llamas?
—Ellen Wilson —respondió la niña.
Tenía la piel muy pálida, y parecía muy cansada. En medio de la frente, entre las cejas, tenía una arruga profunda, como si estuviera continuamente frunciendo el ceño. A Darrell no le gustó mucho su mirada, pero le dedicó una sonrisa amable.
—Supongo que debes de sentirte muy confundida con tanto jaleo —le dijo—. Cuando yo llegué el año pasado, me sentía igual. Me llamo Darrell Rivers. Y esta es mi amiga Sally Hope.
La niña les sonrió educadamente y las siguió en silencio. Avanzaban entre un tumulto de niñas alborozadas.
—¡Ahí está Mary-Lou! —exclamó Darrell—. ¡Hola, Mary-Lou! ¡Cuánto has crecido!
—¡Eso espero! —repuso Mary-Lou con una sonrisa—. Estoy harta de ser la más bajita de la clase. ¿Quién es esta?
—Ellen Wilson. Es nueva. De segundo —informó Darrell.
—Duerme con nosotras —añadió Sally—. La acompañamos a ver a la gobernanta. Eh, mira, ahí está Irene. ¡Irene, has estado a punto de mandar a hacer puñetas las gafas de tu padre cuando nos has saludado desde el coche!
Irene se rió.
—Sí. Es la tercera vez que me pasa. Mi padre se ha enfadado un poco. ¿Vais a ver a la gobernanta? Voy con vosotras.
—¿Traes el certificado médico? —inquirió Sally con malicia.
Era sabido por todas que Irene siempre se olvidaba del certificado, por mucho que su madre lo hubiera metido cuidadosamente en su bolsa de mano, o se lo hubiera entregado en un sobre para que Irene se lo guardase en el bolsillo, y siempre era motivo de broma.
—¿Has traído el tuyo? —le preguntó Darrell a Ellen Wilson—. Hay que entregárselo a la gobernanta en cuanto llegamos. ¡Y pobre de ti como pilles el sarampión o la varicela o algo así, si le has entregado un certificado en el que decías no haber estado cerca de ningún enfermo! No me lo puedo creer, Irene: ¿no lo tienes?
Irene rebuscaba por todos sus bolsillos con una divertida expresión de desconcierto en el rostro.
—Bueno, ahora mismo no lo encuentro —repuso—. Debo de tenerlo en la bolsa de viaje. No, no… Ahora recuerdo que mamá me ha dicho que no volvería a meterlo allí, porque siempre desaparecía. ¡Qué mala suerte!
—La gobernanta dijo que te pondría en cuarentena si volvías a aparecer sin el certificado —le recordó Sally—. Tendrás que quedarte unos días en la enfermería hasta que tu madre mande otro. ¡Mira que eres inútil, Irene!
Irene continuó hurgando frenéticamente en sus bolsillos mientras seguía a Sally, Darrell y Ellen, camino de la Torre Norte. El dormitorio de las niñas de segundo no estaba muy lejos del de las de primero, donde Darrell había dormido durante el curso anterior. Estaba en el segundo piso, y era una hermosa habitación con diez camas, cada una cubierta con una bonita colcha.
Las niñas dejaron sus bolsas de viaje en el dormitorio y fueron a buscar a la gobernanta. Ah, ahí estaba, acompañando a una niña nueva al dormitorio. Darrell se fijó en la chica. Debía de ser de
