Un infierno

Lydia Carreras

Fragmento

1

Hace más de veinte años, cuando estaba todo por hacer, él tenía el sueño de viajar por el mundo, como muchos otros jóvenes. No estaba muy claro cómo o cuándo dejaría ese empleo aburrido y chato que le ajustaba más que un par de grilletes ni de qué forma lo reemplazaría, pero aquel pensamiento lo ayudaba con el tedio cotidiano.

Y un día, de causalidad, o algo así, apareció aquel “juego”. Duro, transgresor e increíblemente placentero. Y gratis, o casi. Era importante que así fuera. Todas esas mujeres, algunas verdaderamente jóvenes… ¿niñas? Durante un par de meses pudo entrar y salir de a ratos y pasarla bien sin problemas, de manera que, aunque no se atrevía a compartir el pasatiempo con sus compañeros, tampoco veía la razón de preocuparse. O así se lo repetía cada día. El único inconveniente era que él aún no tenía su propia computadora y debía ir a cibercafés, pagar por horas y soportar, o adivinar, las cejas arqueadas del encargado. Cuando le explicaron los horarios para determinados usos de la máquina —“Usted ya se habrá dado cuenta de que vienen niños acá”, decidió comprar una PC en doce cuotas.

Como era de esperar, el juego demandó algunas vueltas de tuerca, luego más tiempo, más participación, más tecnología y más precauciones, porque descubrió que no todo era legal. Y claro, finalmente la pantalla le indicó que a partir de ese momento, si quería seguir “jugando”, tenía que aceptar los términos de privacidad, darse por enterado de que el material era rigurosamente para adultos y pagar. Calculó que no era mucho si se lo mantenía bajo control. Entonces aceptó. Y aunque tuvo que renunciar a alguna otra cosa, decidió que valía la pena invertir su plata.

Cuando la cosa se transformó en compulsión angustiante y ya no tuvo el control —no solo del temblor de sus manos y su mente sino de su respiración, despierto o dormido—, cuando llegó a ese punto, encontró en las redes a aquel español que llevaba un tiempo recorriendo los mismos caminos y que le enseñó algunos trucos para renovar el placer y calmar la ansiedad.

Y lo mejor de todo: después de un par de meses le ofreció pagarle muy bien para hacer eso mismo a tiempo completo y respetando un par de normas más. Solo un par. Le ofreció convertir eso en un trabajo.

—Venga ya, chaval, basta de tontear con furcias —le dijo—. Podrías hacer lo mismo y ganar buena pasta. Que ya se nota que a ti que se te da esto natural, y lo que no sepas, pues, te lo enseño yo. Mi padrino en un año se ha comprado un coche que da gloria verlo. Y mi nuevo pisito, está feo que yo lo diga, pero es que te cagas de gusto, ¿eh?

—¿Y si te pescan?

—Que no, hombre, que para empezar no se la ponemos tan fácil, no son tantas las denuncias, y luego te escondes bien y ya. No te encuentra ni la madre que te parió.

—No sé, necesito pensarlo. Porque yo tengo un trabajo fijo y no es que me guste pero no quisiera…

—Yo en tu lugar dejaría todo y a ver si sales de pobre de una puta vez.

—Dame unos días.

—Vale, los que quieras, pero para esto hay que tener cojones, ya te lo digo yo.

Unos días después aceptó la propuesta. Lo hizo casi sin hacer preguntas, movido por una mezcla de codicia, la necesidad de dejar su trabajo a toda costa y el infantil deseo de mirar a su jefa a la cara cuando le dijese que se iba.

En unos pocos meses aparecieron la rutina, las largas horas de trabajo repetitivo, el aislamiento y la presión por cumplir las normas —que, dicho sea de paso, eran muchas más que un par—, y se tragaron la adrenalina y la diversión y escurrieron el placer por la alcantarilla.

También estaban los fantasmas, sí. Pero una buena cantidad de dinero los mantenía a raya durante la mayor parte del tiempo. O casi.

A la niña a la que está viendo en pantalla, porque esto es a lo que ahora se dedica, la ha visto ya mil veces —aunque no sea siempre la misma—, y no por repetido deja de resultarle magnético. ¿Cómo es posible —se pregunta, cada tanto, a medio camino entre la curiosidad y el desprecio— que una y otra vez los mismos estímulos produzcan las mismas respuestas en personas diferentes, criadas en ambientes que nada tienen en común y que nunca irán a encontrarse? ¿Cómo es posible que tantas veces una relación humana funcione de acuerdo a un manual? Porque sí, hay un manual impreso —de circulación restringida— con pasos a seguir, etapas meticulosas, un objetivo y una salida sin rastros. Sabe que esto último es vital, porque el menor error puede encender una alerta y acabar con el trabajo de varios meses, además de activar el riesgo de quedar atrapado. Así que, por un lado, le gusta que la receta funcione, porque eso le permite manejar varias situaciones paralelas, y por otro lo decepciona, porque apenas si hay lugar para vanagloriarse de algún talento. O para el asombro. Y allí, detrás de la pantalla, está el maldito exigente mercado, infinitamente creativo y ávido de caras y cuerpos nuevos y jadeos frescos, no importa de dónde vengan ni qué idioma hablen.

Catorce años, y ahí está la niña de la casa. Por momentos, mira la cámara de frente, casi desafiante. Luego, baja la vista, recatada. Bonita, sí, lindo pelo negro, espeso, largo hasta la cintura, buena piel y boca grande, pero no mucho más. Sin ángel, en un principio. No debió ser muy adulada de niña; más bien, debe de haber pasado desapercibida en casi todos los grupos. Y él ha aprendido a detectar la falta de autoestima, la grisura, y a transformarla de a poco en eso que está delante de sus ojos. Ya no es deslucida esa niña, no, señor. Ahora se la ve ilusionada y atrevida y… dispuesta. Sonríe satisfecho. El trabajo iniciado hace cinco meses y algunos días —un juego paciente de titubeos, risitas, roces virtuales, piropos y demandas— ha dado sus frutos. Aún necesita unos días, pero sabe que lo que falta marchará sobre ruedas.

2

Maxi dio dos golpes a la puerta entreabierta del cuarto de su hija y se asomó.

—Estefi, vamos a lo de los abuelos. ¿Venís?

—No, tengo que terminar un trabajo de Lengua. Estoy recomplicada…

Hizo un gesto de duda y arqueó las cejas.

—Mirá vos… qué urgente debe ser. ¿En serio no lo podés hacer más tarde?

—¡Papá! Es en equipo, y nada, no sabés lo que nos costó ponernos de acuerdo para encontrar un horario.

Desde el umbral de la habitación, el padre dudó

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