El rastro de la canela

Liliana Bodoc

Fragmento

El rastro de la canela

Don Hernando Encinas dejó su mirada en Inés, una joven de buena familia y de cabello rojizo. Esta última resultaba ser una característica inusual entre la población de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Y tal vez por eso, tal vez por otras razones, don Hernando Encinas la quiso y la pidió por esposa.

El consentimiento fue otorgado sin objeciones por los padres de la joven. Pero, como si lo inusual fuera parte de estos destinos, también Inés aceptó gustosa porque un amor casi impropio se había apoderado de ella no bien conoció de cerca a su pretendiente.

Casados y con la mayor felicidad nació una niña a la que llamaron Clara, y esto ocurrió en el año 1769. La hija del matrimonio Encinas no heredó el cabello rojizo de su madre ni su porte exquisito. Sin embargo, no carecía de cierta elegancia y de un estilo sobrio que la hizo aparentar más edad de la que tenía. Con el tiempo, algo más la diferenciaría de su madre: la dicha matrimonial.

Un tercer hecho que en mucho se apartaba de lo común intervino en el cristiano hogar de los Encinas. Casi veinte años después del nacimiento de Clara, y cuando todos la daban como hija única, doña Inés concibió nuevamente. Fue otra niña y la llamaron Amanda. Esta segunda hija sí heredó el cabello de su madre. Y fue tan semejante a ella como la imagen de un espejo que reflejara el pasado de quien se pusiera delante.

Tanta era la diferencia de edad entre las hijas del matrimonio Encinas que, el mismo año en que nació su hermana menor, Clara tomó esponsales con un caballero de posición, don Eladio Torrealba. El amor no tuvo parte en este pacto. Y nadie lloró por eso.

Pronto, Clara dio a luz un niño demasiado endeble para lo que se esperaba de una joven saludable y fuerte. En fin, ya se pondría bueno con la teta de las esclavas y el agua de mazamorra gruesa.

Por consejo sacerdotal, el niño fue bautizado como Fausto, con el propósito de que la dicha lo acompañara.

Así las cosas, cualquiera hubiese dicho que Amanda y el pequeño Fausto crecerían juntos y en amistad, porque no parecían tía y sobrino sino prima y primo.

Pero eso no fue posible porque, promediando el año 1790, don Hernando Encinas decidió tomar a su mujer y a su hija menor y partir a las lejanas tierras de Río de Janeiro, donde se hablaba otro idioma, se comían otros alimentos y donde las ganancias serían ciertas como el aroma de los frutos.

Doña Inés había recibido de su último tío materno una herencia demasiado vigorosa como para dejarla en manos ajenas. No fue sencillo adquirir los permisos y las cédulas que posibilitaban el traslado a otro reino. Pero la hacienda de Río de Janeiro más una importante propiedad en la región del oro fueron estímulos suficientes para insistir en el pedido que, finalmente, fue otorgado.

Don Hernando, Inés y Amanda partían a Brasil.

Clara tendría que separarse de su familia puesto que, casada y con un hijo, su sitio estaba en Buenos Aires.

Por entonces, dos eran las mejores esclavas domésticas del matrimonio de don Hernando Encinas y doña Inés, ambas excelentes cocineras y nanas virtuosas. Una de ellas, María. La otra, Fátima.

Doña Inés eligió llevar consigo a la primera y dejar a la segunda a su hija mayor a modo de obsequio.

La esclava Fátima tenía un carácter hosco, pero era más joven que María, lo que garantizaba mejor ayuda a la recién casada: Clara Encinas de Torrealba.

La distancia deshizo el ritmo animoso de la vida familiar. Sola en la enorme casa mientras su esposo pasaba el día atendiendo los asuntos comerciales, impedida de realizar tantas visitas como hubiese deseado a causa de la precaria salud de su hijo, los años pasaron lentos para Clara.

Las cartas llegaban con meses de demora de Río de Janeiro a Buenos Aires.

Mi adorada hija Clara:

Grato es decirte que estamos bien en esta hacienda frondosa y que tu hermanita crece como los pastos. Mucho me gustaría saber sobre Fausto, mi amado nieto, y sobre su salud…

De Buenos Aires a Río de Janeiro.

Madre:

Cuánto me alegra saber que están ustedes bien. Por estos días, Buenos Aires es un lodazal por el que resulta imposible andar usando los zapatos costosos que mi esposo, don Eladio, hace traer de la Metrópoli para que yo luzca en las misas y las reuniones sociales, que aquí tanto abundan. En cuanto a nuestro Fausto, él crece con cierta dificultad y, cada tanto, es menester auxiliarlo con su respiración. Pero confío en Dios…

En esas cartas, Clara se cuidaba muy bien de relatarle a su madre que una gran vergüenza había empañado la vida matrimonial. Una ofensa que ella soportaba y soportaría en silencio. Pero que la llenaba de rencor.

Un día llegó una carta diferente, desde Río de Janeiro a Buenos Aires.

Queridísima Clara:

Te sorprenderá que sea yo, tu padre, quien escribe esta vez, porque te habrás acostumbrado a recibir noticias familiares mediante tu madre. Pero ella ha enfermado y de mala manera. Lamento decirte que tememos por su vida. Y aunque María la socorre muy bien, la pobrecita pide por ti. Desea verte y ver a su nieto. Amanda, lo sabes, tiene seis años apenas. Y casi no comprende lo que ocurre. Perdona este dolor que te ocasiono, pero es el mismo que nosotros sentimos. Tu madre es la luz de esta casa y no sé qué ocurrirá sin ella…

La respuesta demoró más de lo previsto, de Buenos Aires a Río de Janeiro.

Padre:

No sé cómo pedirte perdón, pero luego de mucho hablar co

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