El corazón de Yamato

Aki Shimazaki

Fragmento

cap-1

I

Estoy yendo hacia la empresa Goshima.

Son las siete y media de la mañana. Bostezo. Anoche regresé de un viaje de negocios a Singapur y todavía me noto cansado.

Pasé allí dos semanas haciendo un estudio de mercado: nuestra empresa piensa vender un nuevo modelo de climatizador de la firma S. Trabajé en colaboración con el jefe adjunto de nuestra sucursal, un chino. El estudio progresó sin problemas gracias al buen conocimiento que tiene del mercado de su país. Conversamos en mandarín, y nos llevamos muy bien. Él y su mujer me invitaron a comer a su casa, y él mismo se encargó de preparar la cena. Le gustan los deportes y jugamos al tenis.

Allí me confiaron otra tarea, completamente inesperada: hacer de guía para el presidente del banco Sumida. Es una persona de suma importancia para nuestra empresa, que no habría podido sobrevivir sin su apoyo durante la crisis del petróleo de 1973. Como nuestra sede central en Tokio me comunicó la orden de la misión en el último momento, no tuve tiempo de pensar adónde llevar al señor Sumida. De modo que le pedí al jefe adjunto chino que me acompañara. Nos pasamos todo un día enseñándole la ciudad de Singapur.

El señor Sumida había ido a visitar una empresa china que quería financiar. Me contó lo mucho que Japón debía a los comerciantes chinos de allí; durante la posguerra habían comprado los productos japoneses que los occidentales despreciaban. Es un hombre bastante franco. Llegó incluso a hablarme de su único hijo, que no quiere casarse aunque ya esté promediando la treintena. En realidad, acompañar a semejante personaje me resultaba mucho más pesado que el estudio de mercado mismo, pues había que cuidarse de no ofenderlo. Todo eso me puso los nervios de punta. Como sea, el atendo también es una tarea muy importante para los shōsha-man, y yo di lo mejor de mí.

Miro el edificio Goshima, que reluce bajo el sol matinal.

Ubicado en medio de un hermoso barrio de Tokio, destaca por la modernidad y la altura de sus veinte pisos. Miles de empleados fieles trabajan allí montando una red de información gigantesca. Es una sōgō-shōsha muy conocida en todo el mundo, que trabaja sobre todo con productos eléctricos y petroleros. En los años sesenta progresó notablemente. Hoy tiene sucursales en los cuatro puntos del planeta.

Yo entré a la compañía en 1974, hace siete años. Ahora ya soy un shōsha-man a todos los efectos. Es una profesión exigente, pero estoy contento de mi decisión. El dinamismo incomparable de la sōgō-shōsha sigue resultándome apasionante. Además, me enorgullece pertenecer a una de las principales empresas que sostienen gran parte de la economía japonesa. Pienso seguir en ella hasta que me jubile.

El sol de marzo derrama su luz con suavidad. «¡Qué buen tiempo!» Me desperezo y bostezo. En la solapa de mi chaqueta brilla la insignia de nuestra compañía. La gente que repara en ella me mira con respeto o envidia. Contemplo el cielo límpido y pienso en mi padre, que murió hace ya once años. Ojalá pudiera hablarle de mi trabajo. Estoy seguro de que estaría orgulloso de mí.

Tengo casi treinta años y las cosas me van muy bien, salvo por el hecho de que todavía no tengo una novia con la que formar una familia. Mis parientes cercanos y la gente de la empresa intentan presentarme a chicas núbiles. El señor Toda, uno de mis superiores, me ofreció un día que conociera a una chica recomendada por su mujer, que es maestra de ceremonia del té. Otra vez, Nobu, uno de mis colegas, casi me arregla un encuentro con una chica. Como no tengo ningún interés en ese tipo de matrimonio concertado, no acepté las propuestas. Sin embargo, Nobu insistió tanto que terminé enojándome:

—Es una gentileza que no necesito. Sabes bien que no quiero casarme por miai. De modo que no tengo la menor intención de verme con esa chica ni con ninguna otra.

—Qué lástima —dijo Nobu, decepcionado—. Sería perfecta para ti.

En realidad, hay una chica que me gusta mucho. Es recepcionista en nuestra empresa. Se llama Yūko Tanase. A veces me la encuentro en un café. Me doy cuenta de que durante mi viaje a Singapur pensé sin cesar en ella: en el avión, en el hotel, en el restaurante, en el taxi... Dondequiera que fuera, deseaba que estuviera a mi lado, sobre todo cuando miraba el cielo en una noche hermosa.

Yūko nació en Kobe. En Tokio vive con sus padres. Tiene un hermano de mi edad, ya casado. Su padre es jefe de una sucursal de una empresa especializada en fibras sintéticas que está financiada por el banco Sumida, como la nuestra.

La primera vez que hablé con Yūko fue en la academia Kanda, una escuela de lenguas extranjeras donde yo estudiaba francés una vez por semana. En octubre pasado me crucé en el pasillo con una muchacha de nuestra empresa. Era ella. Yo solo la conocía de vista. Por esa época Yūko trabajaba en la oficina del departamento de asuntos corporativos. Me reconoció y me sonrió con distinción. Hablamos unos minutos y me enteré de que también hacía un curso de francés de nivel medio. Enseguida me gustó su manera de hablar. Su voz era suave y clara, y su japonés tan distinguido como su sonrisa. Me pareció que era una chica bien educada.

Esa noche la invité al café después de nuestras clases, que terminaban al mismo tiempo. Caminábamos por una callejuela que llevaba a la estación de metro y nos detuvimos frente a un café llamado Torēhuru. Las letras estaban escritas en katakana, verticalmente, sobre un rótulo con los bordes verde.

—¿Torēhuru? ¡Qué nombre tan extraño! —exclamé.

—Creo que viene de una palabra de origen francés, trèfle, trébol —me dijo Yūko. Tenía razón. El café estaba en el primer piso—. ¡Vamos, señor Aoki! —Y se puso a subir la escalera sin esperar mi respuesta.

La decoración no tenía nada que ver con el término de origen francés. No había más que algunas plantas verdes. Era un café como cualquier otro.

Decepcionada, Yūko murmuró:

—Me siento engañada, pues el trébol es el símbolo de la promesa...

Sin embargo, la joven camarera que atendía el local nos recibió con amabilidad, y eso nos gustó. Nos instalamos en una mesa cerca de la ventana, al fondo del salón.

Esa misma noche me enteré de que Yūko planeaba un viaje de tres meses a Montreal, donde ya había estado durante los Juegos Olímpicos de 1976. Le pregunté cómo se las arreglaría para tomarse unas vacaciones tan largas. Me respondió con franqueza:

—¡Antes de viajar dejaré la empresa, por supuesto!

En efecto, ya había presentado su renuncia, cuya fecha se había fijado para el 17 de marzo del año siguiente.

—¡Menuda vida! Me gustaría ser mujer. La vida sería más fácil —la provoqué.

—¡A usted le queda mucho que aprender sobre las mujeres, señor Aoki! —dijo fingiéndose enfadada. En realidad, era una persona muy activa: además de francés, estudiaba inglés e ikebana después del trabajo, y los fines de semana enseñaba koto en casa de sus padres—. El 17 de marzo, además, es mi cumpleaños —añadió sonriendo.

Desde entonces solemos ir al café Torēhuru cuando acabamos las clases en la academia Kanda.

Yūko es popular entre los solteros, sobre todo desde que la destinaron a la recepción, hace ya un mes. En realidad, está sustituyendo a una recepcionista recientemente hospitalizada. Dicen que muchos hombres intentan invitarla a salir, le dejan mensajes escritos en el buzón de encuestas-cuestionarios que hay en el mostrador de la recepción. Una vez, los empleados nuevos la eligieron como la mujer ideal. Por desgracia, ella no quiere casarse con un shōsha-man. Cuando le pregunté por qué, me contestó con un sarcasmo:

—¡Los shōsha-man ya están casados con la empresa!

En el trabajo, en todo caso, no hablo con nadie de nuestra cita en el café, no quisiera despertar celos en mis colegas.

Yūko no solo es guapa, también sus modales son encantadores. He notado que respeta la lengua japonesa y las artes tradicionales. Hablar con ella es muy agradable. Cada vez que nos vemos, su curiosidad, su espíritu de iniciativa y sus dotes para las lenguas extranjeras me atraen más y más. Realmente creo que es una mujer ideal para un shōsha-man. Podría ser una buena diplomática en la vida privada. Pero entiendo muy bien sus sentimientos negativos para con los shōsha-man. Por eso no me atrevo todavía a considerar la posibilidad de un «futuro» juntos.

Observo el calendario que hay sobre mi escritorio. Es jueves 4 de marzo. Mi mirada se queda clavada en el día 17, rodeado de rojo. Es el cumpleaños de Yūko. Y es también el día en que dejará oficialmente la empresa. Por lo general, las chicas renuncian para casarse, pero ese no es su caso, pues quiere viajar al extranjero. Me pregunto qué hará cuando regrese.

Estoy redactando mi informe sobre el mercado de Singapur, que debo terminar a lo largo de la jornada. Miro el reloj: la una menos cuarto de la tarde. A las dos debo asistir a una reunión de mi departamento. Me preparo para ir a comer a un restaurante cercano.

Mientras despejo el escritorio de papeles, vuelvo a mirar el calendario. Me doy cuenta de que no he programado nada para mañana por la noche, lo cual es raro. Pienso en Yūko. Debido a mi viaje de negocios a Singapur falté dos veces a mi curso de francés y tampoco acudí al café Torēhuru, donde suelo verla. Como no puedo esperar al próximo encuentro del martes, decido invitarla a cenar mañana. Después del trabajo suele estar ocupada todos los días, pero ojalá esté libre y acepte mi primera invitación en un sitio diferente al café.

Voy a la planta baja, donde se encuentra la recepción.

«¡Está ahí, sola!» Siempre hay dos recepcionistas, pero la otra debe de haberse tomado la pausa del mediodía. En el mostrador, reparo en un jarrón de ikebana con flores de ciruelo elegantemente dispuestas. Yūko me ve y sonríe. Por desgracia, también tiene que atender a un visitante que acaba de llegar. Por un instante, me quedo delante del ascensor.

El visitante se pone a charlar con Yūko. Lleva un traje elegante. ¿Quién será? Con curiosidad, echo un vistazo a su rostro, tan distinguido como su atuendo. Rondará la treintena. Me acerco. Oigo que Yūko le explica cómo ir a la oficina del presidente-director general. Parece alguien importante. El hombre tarda en despedirse de ella.

—¡Ha llegado la primavera! —exclama de repente—. Las flores de ciruelo liberan su perfume. —Mira el ikebana. Yūko sonríe. Él pregunta—: ¿Quién ha hecho este arreglo floral?

—Yo.

—¿De veras? ¡Es muy refinado!

—Gracias, señor.

—A propósito...

Tengo la impresión de que alarga la charla. Renuncio a esperar mi turno y voy al extremo del mostrador donde está el buzón de las encuestas. Escribo mi mensaje en un espacio en blanco del cuestionario:

¿Puedes encontrarte conmigo mañana a las siete de la tarde en el café Mitsuba? ¿Y si luego cenamos en algún sitio?

Lo meto en el buzón y me voy, esperando que lo abra ella misma.

Voy a un pequeño restaurante del barrio, uno de mis preferidos, que sirve buenos menús japoneses a precios razonables. Siempre que vuelvo de un viaje al extranjero, acudo allí. Como está un poco apartado de la avenida, los empleados de nuestra empresa no lo frecuentan demasiado.

Así que me sorprende encontrarme allí con Nobu. De hecho, no había vuelto a hablar con él desde que quiso presentarme a una chica. Está solo en la mesa del fondo. Apenas me ve, me hace señas para que me acerque.

—¡Hola, Nobu!

—Acabo de llegar. Si quieres, podemos comer juntos.

Acepto su invitación. Al sentarme frente a él advierto que no lleva la insignia de Goshima.

Nobu es un sobrenombre, en realidad se llama Nobuhiko Tsunoda. Somos de la misma promoción. Él trabaja en el departamento de personal, se encarga de contratar estudiantes. Me acuerdo de que es natural de Kobe, como Yūko. Es cristiano. Está casado y tiene dos niños, el segundo nació hace poco. Su mujer es enfermera. Se conocieron en el club de lectura de la Biblia que organiza su congregación.

—¿Qué hay de nuevo? —le pregunto.

—Ahora me encargo de los estudiantes en prácticas. Hay dos: uno trabaja en nuestra sede central y el otro en la sucursal de Osaka.

Una camarera viene a apuntar el pedido. Nobu elige el menú tempura y yo el menú sushi. Sigue hablando de los becarios, en especial el de Osaka, que parece más divertido que el otro. Luego me pregunta por mi viaje a Singapur. Le resumo mi estancia haciendo hincapié en la presencia del presidente del banco Sumida, de quien tuve que ocuparme. Me escucha distraído. Decido cambiar de tema:

—¿Cómo está tu mujer?

—Bien, gracias —contesta con aire satisfecho.

Me muestra unas fotos en las que se la ve con el recién nacido en brazos. El bebé está bostezando. Mi mirada se fija en la sonrisa de su mujer. Por un segundo pienso en Yūko.

—Los niños dan mucho trabajo —dice—. Por suerte, estoy en el departamento administrativo y no tengo necesidad de viajar ni de vivir en el extranjero.

—Claro —murmuro.

Lo consideran un aisaika. Desde que se casó vuelve a su casa directamente desde la oficina, mientras que la mayoría de nosotros frecuenta bares o restaurantes hasta bien entrada la noche. No juega al golf ni al majong. Es evidente que eso lo aísla de sus colegas. Aunque es eficiente con sus asuntos, su actitud distante, por lo que he oído, no le ha hecho ganarse el aprecio de su superior. Por otra parte, a ese mismo superior no le gusta que Nobu sea cristiano. En realidad, la palabra aisaika se usa para ironizar sobre alguien como Nobu, que está poco interesado en progresar profesionalmente.

La camarera nos trae los platos. Mientras se guarda las fotos en el bolsillo, Nobu me pregunta:

—¿Por qué no te casas?

—Me gustaría mucho, pero no es fácil encontrar a una chica capaz de soportar la vida de un shōsha-man como yo. Tendría que entender la naturaleza de mi oficio, ser sociable y hablar al menos inglés para vivir en el extranjero.

—¡Por eso solo hay una chica perfecta para ti! —exclama, serio.

—Ya empezamos... Te repito que no me gusta el miai.

—No seas tan terco, Takashi. De verdad que es una buena chica. Tú también la conoces.

¿La conozco? Reflexiono. Aunque no tenga ninguna intención de aceptar la propuesta, pregunto con curiosidad:

—¿Quién es?

—¡La señorita Yūko Tanase! —contesta esbozando una gran sonrisa—. ¡La recepcionista!

—¿Cómo?

Estoy molesto. «¡De modo que Nobu quería presentarme a Yūko!» No sé qué decir. Estoy seguro de que él no está al tanto de nuestros encuentros en el café.

—Es una buena opción, ¿no crees? —insiste.

—Sí... —tartamudeo—, pero todos los solteros de la empresa sueñan con ello.

No me hace caso y se come con ganas su tempura de quisquillas grises.

—A decir verdad —continúa—, conozco a su familia desde hace años.

—¿Y eso? —digo, sorprendido.

Nobu me explica que en Kobe eran vecinos y que él era amigo del hermano de Yūko. Cuando Nobu contaba dieciséis años, sus vecinos se mudaron a Tokio. Yūko tenía en aquella época diez. Ahora, como él también vive en Tokio, mantiene el contacto con la familia Tanase, sobre todo con el hermano de Yūko. Fue Nobu, de hecho, quien le recomendó a ella que entrara en Goshima. Cuando el padre de Yūko le preguntó si conocía a alguien que fuera ideal para su hija, Nobu pensó en mí. Por desgracia, dijo, rechacé su propuesta de conocerla. Como sigo mudo, me provoca:

—Creo que Yūko y tú haríais muy buena pareja. ¡Piénsalo bien, Takashi!

Nos despedimos delante del restaurante, pues Nobu debe comprar un periódico. Son las dos menos diez. Me apresuro, la reunión de mi departamento está a punto de empezar.

Mientras camino, pienso en el mensaje que le dejé hace un rato a Yūko. Me gustaría que aceptara mi invitación para declararle mis sentimientos. Ahora es a Nobu a quien le estoy agradecido, pues me alienta a casarme con ella. No le he hablado de nuestros encuentros en el café, pero si mañana por la noche todo sale bien, muy pronto lo pondré al tanto.

Abro la puerta de entrada. En la recepción, Yūko está hablando por teléfono. Su colega, la otra recepcionista, charla con dos muchachos. Al acercarme reconozco un acento de Kansai. Debe de ser el del becario de Osaka, el que Nobu me ha mencionado en el restaurante. Yūko cuelga y me saluda con gentileza:

—Buenos días, señor Aoki.

Por un momento, los hombres me miran y se inclinan levemente. La colega de Yūko les indica que suban en ascensor al tercer piso, donde está la oficina de personal. Mirándome con dulzura, Yūko me pregunta:

—¿Fue bien la misión de Singapur?

—Sí, muy bien.

Se levanta y dice con discreción:

—Un mensaje para usted, señor Aoki.

Con aire elocuente, me tiende un papel en el que está escrito:

De acuerdo. Mañana por la noche, a las siete, en el café Mitsuba.

Me siento entusiasmado. «¡Ha aceptado!» Me esfuerzo por mantener la calma.

—¡Gracias, señorita Tanase!

Me meto el papel en el bolsillo de la camisa y me encamino a los ascensores. Los dos hombres me siguen.

—Es guapa, ¿no? —cuchichea uno de ellos detrás de mí.

—¿Cuál de ellas?

—¡La señorita Tanase, por supuesto! Qué modales tan distinguidos...

—En efecto. ¿Cómo se llama?

—Yūko. Es bonito, ¿no?

—Dios mío... ¡Ya te has enamorado de ella!

El corazón me da un vuelco.

—A propósito —prosigue—, me he enterado de que nació en Kobe.

—¡Claro! ¡Ahora se entiende por qué es tan encantadora! ¡Me gustan las chicas de Kobe!

Nunca he estado en esa ciudad marítima conocida por sus paisajes nocturnos, sus barrios elegantes, su Kobe-beef, etcétera. Espero ir con Yūko algún día.

Se abre la puerta de un ascensor. Entro y los dos becarios me siguen. Me sitúo en el fondo y miro al que sigue hablando de Yūko. Lleva una corbata verde oscuro que llama mi atención, porque el color me recuerda al del trébol. Saco la nota que Yūko me ha dado y observo la palabra «Mitsuba». Es la primera vez que usamos esa palabra en lugar del verdadero nombre del café, Torēhuru. Las palabras de Nobu, «¡Es una chica perfecta para ti!», dan vueltas en mi cabeza. Sonrío.

Cuando llego a la oficina, el jefe de sección me dice que vaya enseguida a ver al señor Toda, jefe del departamento de asuntos extranjeros. Agrega que puedo llegar tarde a la reunión, que empezará dentro de unos minutos. Le pregunto de qué se trata, pero él se limita a contestar:

—¡Espero que sean buenas noticias para ti!

El señor Toda me recibe con una gran sonrisa y me invita a sentarme en el sillón. No entiendo qué sucede.

—¿Disfrutaste acompañando al señor Sumida por Singapur? —me pregunta.

—¿Perdón? —Reflexiono un instante—: ¡Fue usted quien me asignó la misión!

Estalla en una carcajada franca.

—¡Exactamente, amigo mío!

Está de buen humor. Con curiosidad, lo observo sentarse frente a mí.

—Esta mañana hemos recibido la visita del hijo del señor Sumida —dice con cautela.

«¿El hijo del señor Sumida?» Debe de tratarse del hombre que he visto en la recepción poco antes de salir a comer, el que pedía a Yūko la dirección de la oficina del presidente-director general. Pero no entiendo qué relación puede haber entre él y yo. El señor Toda prosigue:

—Ha venido en nombre de su padre a agradecer los servicios que le brindó la sucursal, en especial tu compañía.

—¿De veras?

—Sí. Según él, su padre se ha alegrado mucho de haber conocido a un joven como tú, que habla chino y es tan bien recibido en Singapur.

—¡Entonces mi misión fue todo un éxito! —exclamo.

—¡Por supuesto!

Muy contento, el señor Toda me pregunta sobre el tiempo pasado con esa persona que es tan importante para nuestra empresa. Al responderle, hago hincapié en que si pude proporcionarle al presidente una buena información sobre la ciudad fue gracias al jefe adjunto chino. El señor Toda escucha con aire satisfecho. Cuando me interrumpo, me pregunta:

—A propósito, ¿haces progresos con el francés?

—Sí, bastantes —contesto, sin saber por qué me hace semejante pregunta, que no tiene nada que ver con mi misión en Singapur.

Llevo cinco años estudiándolo. Debido a mis viajes de negocios, no puedo asistir regularmente a la academia Kanda, pero puedo encargarme de los clientes franceses que acuden a nuestra firma y no entienden japonés ni inglés.

Siempre de buen humor, el señor Toda continúa:

—Escucha, querido amigo. De cara a la próxima redistribución del personal están pensando en enviarte tres años a la filial de París. Aún es una noticia extraoficial. La decisión final se anunciará el 17 de este mes.

—¡Qué honor! —exclamo emocionado.

Es una noticia completamente inesperada, como la orden que recibí en el último momento en Singapur. Esta vez, sin embargo, me alegro mucho de saberlo. Quería vivir en París al menos por un tiempo.

El señor Toda se pone a hablar de la filial, que ahora es un ente con personalidad jurídica, la mitad de cuyos empleados son franceses. Básicamente venden productos electrónicos, como en la de Singapur. Señala que aunque solo representa el cinco por ciento de nuestros beneficios, es la sucursal más importante después de la de Düsseldorf; en efecto, nuestra empresa desea ampliar sus mercados en Europa con tanta fuerza como en Asia y Estados Unidos. Y mi puesto, dice sonriendo, será el de subjefe de sección. Buen motivo para estar entusiasta.

—¡Qué suerte! ¡Qué ganas de ir!

Añade que el señor Sumida viaja con regularidad a París, donde hay una sucursal del banco y donde vive su hija, casada con un biólogo que trabaja como investigador en la Universidad de París. En esos casos, como es natural, visita nuestra sucursal, donde se ocupan de atenderlo cuando es necesario.

—Se te abrirá un horizonte nuevo —dice el señor Toda—, pero creemos que te las apañarás bien, como siempre. Eres una de las promesas de nuestra empresa. ¡Buena suerte!

Me siento tan halagado que no sé qué decir. Me repite la fecha en que se comunicará la decisión final sobre mi traslado: el 17 de marzo. ¡El mismo día en que Yūko dejará el trabajo! Faltan solo trece días. Tengo sentimientos confusos. Deseo con todas mis fuerzas que acepte mi petición de matrimonio.

Precisamente, el señor Toda me dice:

—Sería ideal que te casaras. Ya sabes que en la sociedad occidental las personas se mueven en pareja.

Guardo silencio, pensando siempre en Yūko.

—¿Ya has pensado en alguien? —me pregunta.

—No, pero... —murmuro.

—¡Yo podría arreglarte un miai! —añade de inmediato—. Como sabes, mi mujer es maestra en la ceremonia del té y entre sus alumnas hay varias chicas núbiles.

—Le agradezco su interés, pero sigo sin sentirme cómodo con la idea del miai.

—Ah, bueno... —No insiste, pero me pincha—: ¡Tal vez termines casándote con una francesa!

En el momento en que salgo de su oficina, el señor Toda me mira con aire conmovido.

—Si viviera, tu padre sería feliz.

Hago una profunda reverencia. Dentro de tres meses cumplirá sesenta años y se jubilará. Contengo las lágrimas al pensar que ya no estará aquí cuando yo vuelva de París.

En realidad, mi padre también fue un shōsha-man en Goshima. Nunca se lo he contado a mis colegas, y no sé si alguien como Nobu, que trabaja en el departamento de personal, está al tanto. En cuanto a Yūko, solo le dije que murió de una enfermedad hace once años.

La desgracia acaeció durante un viaje de negocios en Londres. Cuando salía de un restaurante, cayó fulminado a causa de un ataque cardíaco. Murió al instante. La noticia nos conmocionó a todos: a mi abuelo, mi madre, mi hermana menor y yo. Mi padre apenas tenía cuarenta y cinco años. Yo estaba en el último año del instituto, y mi hermana, en primero de secundaria.

El día del funeral recibimos una postal de mi padre. Raras veces nos escribía cuando viajaba. Mi madre me dijo que quizá había tenido una premonición. El sello llevaba la fecha de la mañana en que murió.

Son las diez de la noche. Estoy en un hotel en Düsseldorf, en Alemania. Mañana por la mañana, temprano, debo partir hacia Londres. Estoy cansado, ahora voy a acostarme. Pero sigo sufriendo insomnio y no podré dormirme enseguida... En un quiosco de la estación he visto unas bonitas postales. He comprado algunas para escribiros...

En el funeral me encontré con el señor Toda, entonces jefe adjunto del departamento de asuntos extranjeros. Me presentó sus sinceras condolencias y dijo lo agradecida que estaba la empresa con mi padre.

—Dio su vida no solo por nosotros, sino también por nuestra nación. Trabajó con todas sus fuerzas, en particular durante el difícil período de la posguerra. Siempre se entregaba en cuerpo y alma por el futuro de Japón.

El señor Toda añadió que la empresa me contrataría con gusto cuando acabara mis estudios universitarios, si yo lo deseaba.

Mi madre no pudo cobrar el dinero del seguro por accidentes de trabajo, pero recibió de la firma una suma equivalente a la indemnización por despedido prevista por mi padre. Me dijo que con ese dinero yo podría ir a la universidad estatal, mucho menos cara que una privada. Ella misma empezó a trabajar en una empresa de alimentos como empleada de la limpieza. Aunque en Goshima le habían ofrecido un puesto, y esta oferta fuera mucho mejor que la otra, lo rechazó sin dudar. Pese a la desgracia de mi padre, yo estaba impresionado por las atenciones que la empresa dispensaba a la familia de un difunto.

Me tomé muy en serio la propuesta del señor Toda de entrar en Goshima. Pero no quería que me contrataran por mi padre. De modo que decidí estudiar economía en la universidad y lenguas extranjeras en una escuela privada. Ajenos a mis planes, mi madre y mi abuelo estaban contentos de verme estudiar con tesón para el examen de ingreso de la universidad que había elegido.

Durante mi cuarto año en la universidad mi abuelo murió de un cáncer de estómago. Fue una muerte bastante repentina, y por un tiempo me quedé desorientado. Él siempre había velado por nosotros, y había estado junto a mi hermana y junto a mí. Cuando nuestro padre se ausentaba, se ocupaba de nosotros en su lugar. Su presencia nos era preciosa. Entonces pasé a ser el único hombre de la familia, me sentía responsable de mi hermana y mi madre. Las ayudé cuanto pude hasta que terminé mis estudios.

En 1974 me presenté al examen de ingreso en Goshima, que seguía siendo una de las empresas más conocidas entre los estudiantes que querían convertirse en shōsha-man. Solicité un puesto de representante de ventas. En aquel tiempo, el señor Toda era ya jefe del departamento de asuntos extranjeros. Fue el año siguiente a la crisis del petróleo. Como la mayoría de las empresas ya habían reducido el número de nuevas contrataciones, la competencia fue muy dura. Muchos de los aspirantes que se presentaron no tuvieron suerte.

En la entrevista, el director de personal valoró mis excelentes calificaciones y mi aptitud para hablar dos lenguas extranjeras: inglés y mandarín. También reparó en mi personalidad enérgica. Yo había jugado al tenis en el instituto y había ganado una vez un campeonato regional. Y en la universidad seguí practicando ese deporte como afición.

Más tarde, el señor Toda me contó que yo ocupaba el primer lugar entre los candidatos finales.

—¡Qué orgulloso estaría tu padre de ti! —me repitió.

Mi madre, sin embargo, parecía molesta por el hecho de que fuera un shōsha-man en la misma empresa que mi padre. Pero varios miembros de la familia Aoki trabajaban allí desde hacía mucho, y eso me enorgullecía.

Por fin, hacia las nueve de la noche termino el informe sobre el estudio de mercado en Singapur. Llamo por teléfono a mi madre, que me pregunta:

—¡Ah, Takashi! ¿Dónde estás?

—En la oficina. Tengo mucha hambre. Tomo un taxi y llego dentro de media hora —contesto.

Mi madre vive sola desde el año pasado, cuando mi hermana menor se casó. Sigue trabajando en la misma empresa alimentaria. Lleva una vida modesta. Ya no viaja. No entiendo por qué no aceptó el empleo en nuestra empresa, mejor pagado y con más ventajas. Pero admito que me habría molestado entrar en la empresa si mi madre trabajara en ella.

Me ha preparado una cena caliente. Como sentado a la mesa de la cocina, mientras escucho las noticias de mi hermana menor, que está embarazada de tres meses. Cuando termino, abordo el tema de mi traslado.

—¿A París? —Me mira con estupefacción y me pregunta—: ¿Cuántos años te quedarás? ¿Más de uno?

—Tres.

—¡Tres años! ¡Es mucho! —exclama.

—Te invitaré a ir.

—¿Cuándo te marchas?

—En cuanto consiga el visado.

Le explico brevemente mi misión.

—¿Semejante ascenso a tu edad? ¿No es un poco pronto para que te asciendan? —dice con expresión preocupada.

—Los tiempos han cambiado, mamá. Los ascensos no siempre son por orden de antigüedad. Cada vez tenemos más relaciones comerciales con el extranjero. Es lógico que la empresa promueva a gente como yo, capaz de negociar con clientes en un idioma extranjero.

—Ve con cuidado para no despertar la antipatía o los celos de tus colegas.

—Lo sé.

Después le cuento lo que hice en Singapur más allá del estudio de mercado: acompañar al presidente del banco Sumida, algo que a este le gustó mucho. Mi madre me escucha, curiosa. Sabe que esa persona es importante, pues mi padre ya le hablaba de él. Por otro lado, mi tío, el hermano menor de mi padre, trabaja en ese gran banco. Lo ha oído hablar de la familia Sumida. Sin embargo, cuando se entera de que fue el señor Toda quien me confió esa misión, su rostro se ensombrece.

—Siempre el señor Toda... —murmura.

Hago hincapié en que la gente sabe que el señor Toda me dispensa un trato privilegiado, pero que yo no lo adulo ni busco su ayuda. Sin duda se compadece de mí porque no tengo padre. Pero es evidente que la empresa me eligió en pie de igualdad con los demás y que valora mi competencia, sobre todo mi capacidad para hablar tres lenguas extranjeras. Mi madre me escucha sin decir nada y luego pregunta bruscamente:

—¿Piensas seguir soltero?

El corazón me da un vuelco. Es raro que mi madre me haga preguntas tan directas sobre el matrimonio. A diferencia de los padres de mis amigos, siempre es discreta en ese tema.

—¡Por supuesto que no! —contesto con la imagen de Yūko en mi mente.

—Entonces, ¿tienes relaciones con alguien?

No sé qué responder. Sin decir su nombre, menciono mi reencuentro con Yūko en la academia Kanda.

—¿Cómo es ella? —pregunta vacilando.

Miro su rostro severo.

Mi madre no es como Yūko, que está interesada en irse al extranjero. Me acuerdo de la época en que vivíamos en Helena, en Estados Unidos. Yo tenía ocho años y mi hermana tres. Mi madre solía recibir invitaciones de vecinas muy simpáticas, pero como era demasiado tímida era incapaz de aceptarlas. No entendía bien el inglés y hasta tenía miedo de contestar al teléfono. Poco a poco empezó a sufrir una neurosis. Al cabo de dos años regresamos a Japón sin mi padre, que debía quedarse allí dos años más. Después de aquella amarga experiencia, teme que yo elija a alguien como ella.

—No te preocupes, mamá. Es una chica abierta. Además, habla inglés y francés. Es maestra de koto.

—¿En serio?

Sigo hablando de Yūko, y cuando se ha hecho una idea más precisa de su personalidad, su expresión se suaviza.

—Parece una chica con personalidad.

—Mañana por la noche pienso proponerle matrimonio —confieso aliviado.

Se emociona, los ojos le brillan de alegría.

—¿Mañana por la noche? Espero que me des una buena noticia. Estoy ansiosa por conocerla.

Al día siguiente estoy muy inquieto. En el trabajo pienso todo el tiempo en la cita de esa noche con Yūko. Es viernes 5 de marzo. Si acepta mi propuesta de matrimonio, el 17 podremos celebrar juntos su cumpleaños. Pero sigo preguntándome cómo abordar un tema tan delicado, sabiendo que no piensa casarse con un shōsha-man.

Paso toda la jornada ocupado. Por fin, hacia las seis y cuarenta salgo de la oficina declinando de plano todas las invitaciones a beber, incluso la del señor Toda. No me siento a gusto. En efecto, es la primera vez que actúo de ese modo.

Cuando llego al café Mitsuba ya son las siete y diez.

La joven camarera de siempre me recibe sonriendo.

—Su amiga está esperándolo.

Sigue hablando de manera agradable. Según Yūko, que charla a menudo con ella, esta estudiante es sobrina del propietario. Sus padres murieron en un accidente de coche cuando ella muy joven. Cada vez que la veo, recuerdo el momento en que murió mi padre.

Busco a Yūko con la mirada. «¡Ah, allí está!» Lee un libro sentada a una mesa junto a la ventana. Veo su abrigo de primavera y color naranja colgado del perchero. Apenas levanta la cabeza, me ve y sonríe.

—Lo siento —digo un poco nervioso—, el señor Toda me llamó justo cuando salía de la oficina. Quería invitarme a comer tempura.

—¿Cómo se atreve a rechazar semejante invitación? —replica con expresión sorprendida—. ¡Es jefe de departamento!

Me trata todo el tiempo de usted, como si estuviéramos en el trabajo. También es por mi edad, tengo seis años más que ella. Me siento. Ella guarda el libro en su bolso. Echo un vistazo a la portada; se titula Quebec y en la portada hay una gran iglesia. Es una guía turística.

—Le he dicho al señor Toda que esta noche tenía que hacer un examen de francés muy importante.

—¡Vaya mentira! —exclama ella—. Podría haberme llamado para cancelar la cita. Conozco muy bien el mundo de los empleados, que es el de mi padre y mi hermano.

No parece que hable del todo en serio. Tiene razón. Ir a beber después del trabajo es una costumbre que no puede pasarse por alto. Si uno quiere permanecer en la misma empresa, hay que aceptarla como un mal necesario, pues en la sociedad japonesa es una obligación que rige las relaciones humanas. Francamente, no comprendo el comportamiento de Nobu. Sonrío con amargura.

—Gracias por el consejo, pero no te preocupes. El señor Toda lo ha entendido, fue él quien me alentó a aprender francés. Así que aquí estoy, frente a mi profesora Tanase.

Pone cara de estupor.

—¡Qué descaro! Encima se aprovecha de mí, ¡lo que es aún peor!

Me echo a reír. La camarera nos trae dos cafés, como de costumbre. Yūko habla un poco con ella. La chica le cuenta que la han aceptado en la universidad que había elegido como primera opción. Yūko la felicita. Yo las oigo hablar con placer. Cuando la chica se aleja, Yūko me pregunta, imitando a un profesor severo:

—Bien, señor Aoki, cuénteme cómo fueron sus dos semanas en Singapur.

—Con sumo gusto, señora Tanase. El estudio de mercado me tuvo ocupado todos los días. Y una tarde me sucedió algo inesperado.

Yūko abre mucho los ojos. Su mirada rebosa curiosidad.

—¡Se enamoró de una malaya encantadora! —bromea.

—Ojalá —replico con tono irónico.

—¿Qué sucedió?

Le hablo del presidente del banco Sumida, a quien tuve a mi cargo.

—¡Qué honor! —exclama enseguida.

Ella sabe cuán importante es la persona, que apoya no solo nuestra empresa sino también la de su padre. Cuando explico por qué fue a Singapur, ella me interrumpe:

—A propósito, su hijo se presentó esta mañana para ver a nuestro presidente-director general.

—Lo sé. Lo envió su padre a agradecernos la acogida que le dispensamos en Singapur. ¿Cómo es?

—Es un gentleman. Elogió el ikebana que hice para el mostrador de la recepción. Se dio cuenta enseguida de que estaba inspirado en la escuela Sōgetsu. Me impresionó.

—Ah, bueno...

—Según mi colega, rechaza todas las propuestas de miai que le hacen sus padres. Ella se pregunta si tendrá problemas de salud o qué.

—Tal vez tenga una novia, pero por alguna razón no puede presentársela a su familia... —murmuro.

—Es muy posible —responde ella con franqueza.

—¿Cómo se llama?

—Takashi. Me resulta fácil recordarlo, porque se llama igual que usted —responde Yūko con certeza.

La miro. Mi corazón late con fuerza. Me digo: «Es preciso que saque el tema ahora». Respiro hondo y le anuncio la decisión extraoficial de mi traslado a París.

—¡Enhorabuena! —exclama de nuevo ella—. Imagino que es un ascenso excepcional.

No parece triste por mi partida. Al contrario, me sonríe.

—Yo también tengo una buena noticia.

—¿Cuál?

—Se la contaré dentro de un rato. Ahora salgamos de aquí. Tengo ganas de comer tempura para celebrar su éxito.

—¿Tempura? Buena idea, pero temo que nos encontremos con el señor Toda en el mismo restaurante.

Ella sonríe con aire sumamente pícaro.

—No se preocupe, señor Aoki. Si nos ve juntos, le diré que soy su profesora de francés y que esta noche usted debe hacer un examen importantísimo para su trabajo. El tema del examen es: «¿Cómo rechazar la invitación imprevista de su superior cuando uno se ha dado cita con una amiguita?».

—¡Me rindo!

Ella se levanta y toma su abrigo de primavera. Al seguirla siento una vaga inquietud respecto de su buena noticia, aunque no tenga idea de lo que pueda ser.

Me meto en la cama cansado. Es la una de la mañana del sábado 6 de marzo.

Yūko se despidió de mí hace tres horas, en la estación de metro Kanda. Tenía prisa, debía prepararse para un corto viaje a Kobe, donde su primo ha sido hospitalizado. Lo que significa que se marchará hoy después del trabajo. Me enteré de que iba a tomar el shinkansen de las seis de la tarde.

—¡La tempura estaba deliciosa! —me dijo—. Muchas gracias, y enhorabuena una vez más por su traslado a París. ¡Hasta mañana! —Se dirigió hacia el acceso a las taquillas sin volverse, mientras yo miraba el color naranja de su abrigo desaparecer en la multitud.

Estoy totalmente desilusionado por lo que me contó Yūko en el restaurante. El entusiasmo por el éxito de mi misión en Singapur y la noticia de mi traslado a París se evaporó por completo. Ahora ni siquiera recuerdo qué sabor tenía la tempura.

Yūko ha encontrado en Montreal una familia de Quebec en cuya casa podrá quedarse tres meses. Ya ha fijado la fecha de partida: el 15 de mayo. A principios de ese mes, según ella, por fin la naturaleza empieza a reverdecer en Quebec. Lo que me decepcionó terriblemente es que, cuando le pregunté qué haría después de ese viaje, me respondió de manera pragmática:

—Me casaré.

—¿Con... con quién? —tartamudeé, perturbado.

—Con un ingeniero del Ministerio de la Vivienda que me propusieron mis padres.

Tras acompañarla a la estación Kanda, deambulé sin rumbo. Luego entré en un bar tranquilo, donde había apenas tres clientes. Tocaban jazz moderno. Me senté a la barra y pedí un whisky con agua. Debía de tener mal aspecto, porque el camarero me preguntó:

—¿Ha sufrido un desengaño amoroso?

Era casi medianoche cuando salí del bar. Vagué por una calle donde se sucedían los nomiya. Mujeres de alterne en quimono o vestidas al estilo occidental entraban y salían acompañadas por hombres. Exageradamente maquilladas, soltaban gritos extraños. La mayoría de los hombres parecían empleados como yo. Todos estaban borrachos.

—¡Eh, usted! Le digo a usted.

Me volví hacia la voz. Era un ekisha de barba blanca. Estaba sentado a una pequeña mesa cubierta por una tela blanca.

—Pronto viajará al extranjero, ¿verdad? —me dijo.

Asombrado, me acerqué y le pregunté con curiosidad:

—¿Cómo lo ha adivinado?

—Yo no adivino. Veo —dijo sonriendo.

—Entonces dígame a qué país iré.

—Si quiere saber más, debe pagar cinco mil yenes.

«¡Qué caro!» Dudé un segundo, luego pagué. El ekisha me invitó a sentarme en el taburete frente a la mesa. Fijó los ojos en mi cara y dijo:

—Veo una gran iglesia junto a un gran río. Delante, hay unos turistas sacando fotos. Es curioso, los hay de todas las razas: blanca, amarilla, negra. Lo siento, no puedo darle el nombre del país, pero debe de tratarse de Europa.

Imaginé el Sena y la catedral de Notre Dame, que había visitado una vez con mi familia.

—Veo un desfile —continúo el ekisha—. La gente camina con abrigos verdes, sombreros verdes, bufandas verdes... y el motivo del trébol está por todas partes. Nieva.

«¿Trébol?» No entendí de qué hablaba.

—¿Dónde estoy? —pregunté.

—Está usted en la ventana con su mujer y su hija. Los tres contemplan el desfile. Tiene otra hija, que pronto se reunirá con usted.

—¿Mi mujer es japonesa?

—Quizá. Tiene el pelo negro y rasgos asiáticos.

«Ridículo», murmuro en mi cama. No me gustan nada los ekishas ni las personas que los consultan. Debía de estar muy deprimido. Me levanto para ir al baño. Mientras me lavo la cara recuerdo que Yūko decía que el trébol es el símbolo de la promesa.

Voy al rincón de la pequeña sala donde están mis diccionarios y enciclopedias. Los abro uno tras otro buscando esa palabra. «El símbolo nacional de Irlanda. [...] San Patricio (17 de marzo) es la fiesta nacional. [...] En irlandés, trébol se dice shamrock.» Siento curiosidad. «¿Significará que la empresa me enviará también a Irlanda?» Me fijo en la fecha del 17 de marzo, el cumpleaños de Yūko.

Ya son casi las dos. Estoy demasiado nervioso, no consigo dormir. Sigo preguntándome si Yūko realmente ha decidido casarse con un ingeniero del Ministerio de la Vivienda. Por un instante pienso en el camarero, que al oír mi historia de amor frustrado exclamó:

—Pero ¡si usted nunca le confesó sus sentimientos!

Por la mañana voy a la oficina con un fuerte dolor de cabeza. Me arrepiento de haber bebido tanto anoche. En cuanto llego recibo una llamada de mi madre.

—Anoche te llamé a tu apartamento, pero no estabas... —dice.

Sé que le gustaría saber si mi amiga, cuyo nombre no conoce, aceptó mi propuesta de matrimonio.

—Estaba en el bar, solo —digo.

—Ah, bueno. —Se calla un instante, debe de estar decepcionada. Como no digo nada, me pregunta—: ¿Cuándo volverás a casa?

Reflexiono.

—Tal vez... el 17 de este mes, después del anuncio oficial de mi traslado a París.

Su voz se alegra.

—¡Entonces te esperaré con manjares!

Como hoy es sábado, la empresa cierra a las cuatro de la tarde. Los trabajadores no especializados, sobre todo las mujeres, se marchan puntuales. Los de nuestra sección nos quedamos hasta las siete. Después algunos se dirigen juntos al bar, otros a un restaurante o a casa de alguien a jugar al majong, por ejemplo, y otros, como Nobu, vuelven a sus casas, lo que es menos común.

El jefe de nuestra sección me llama. Me pide que mañana por la tarde vaya al aeropuerto Narita a recibir a un cliente francés y su mujer, los señores Bodin. El departamento de personal quiere que me ocupe de ellos, dado que la pareja no entiende japonés ni inglés. El jefe me tiende una fotocopia de su agenda con todos los detalles: la hora de llegada del vuelo, el nombre del hotel donde se hospedarán, los lugares que quieren visitar... Una típica tarea de atendo. Espero que me distraiga de mi desengaño amorosa.

—En París tendrás que hacer negocios con este cliente —añade el jefe—. Esta es una buena oportunidad para conocerlo.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos