PRÓLOGO
Contra el lector cansado
E ste libro reúne, por primera vez en nuestro país, todos los relatos que escribió la norteamericana Flannery O’Connor, autora de una de las obras más extrañas, perturbadoras e inclasificables de la literatura universal. Es un libro divertido y terrible a la vez, ante el que no sabremos si reírnos o sentirnos horrorizados. Falsos profetas, niños perversos, criminales visionarios, idiotas, mentirosos inocentes, ancianos perversos, santos que deliran, se dan cita en sus páginas. Seres que caminan hacia la perdición sin saberlo, que parecen surgidos del libro de Job y en los que la depravación y la inocencia conviven con perturbadora naturalidad. Harold Bloom afirma que no tenemos un lenguaje apropiado para enfrentarnos con lo divino, y toda la obra de Flannery O’Connor parece ser la demostración palpable de que es así. Solo que sus personajes, al contrario que Job, no son pacientes y están dispuestos a lo que sea para mantener ese diálogo con la divinidad en busca de un sentido que siempre se les escapa. Su principal recurso es el mal. Es lo que hace el protagonista de «Un hombre bueno es difícil de encontrar», uno de sus cuentos más famosos. Se trata de un hombre extraño e impredecible, al que llaman el Desequilibrado, que se dedica a matar a cuantos se encuentra, sin manifestar la mínima vacilación, como si cualquier forma de conocimiento pasara inevitablemente por el mal. «Hay algunos que pueden vivir toa su vida sin preguntarse por qué y otros que tienen que saber el porqué, y este muchacho es d’estos últimos. ¡Va estar en to!», profetizaba su propio padre cuando era un niño. Todos los personajes de Flannery O’Connor quieren ver, quitarse la venda de los ojos. Su tarea no es contribuir a que se mantenga el equilibrio de las cosas, sino sacudir ese equilibrio tratando de que algo nuevo aparezca, algo que sea portador de esperanza en un mundo en que no parece haber un lugar para ella. El Desequilibrado, por ejemplo, cree imitar a Jesús con su conducta criminal. «Jesús es el único qu’ha resucitao a los muertos y no tendría qu’haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces solo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces solo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad.»
En «El negro artificial», un abuelo quiere dar una lección a su nieto y termina traicionándole; en «Partridge en fiestas» un chico quiere por encima de todo acercarse a un asesino loco para descubrir lo que siente; en «La espalda de Parker» un hombre cubre su espalda de tatuajes para intentar calmar su insatisfacción y su melancolía; en «El río» un niño busca un nuevo nombre y una nueva vida lejos de la casa oscura donde vive. El chico de «El pavo» persigue a un pavo salvaje para matarlo, lo pierde de vista y acaba por encontrárselo muerto. Se pavonea con el animal sobre los hombros, hasta que se lo roban unos chicos de los barrios pobres. Entonces se da cuenta de lo tardío de la hora y de que la noche está cayendo y tiene «la certeza de que a sus espaldas había algo con los brazos tendidos y las manos listas para aferrarlo».
En todos los cuentos de Flannery O’Connor asistimos a una transformación final del personaje, a un cambio que le permite abrirse, aunque solo sea por un momento, a un instante de libertad incomparable. «El cielo era de un rosa intenso, y la extraña luz que de él caía hacía resaltar cada color. Cada brizna de hierba que crecía entre la grava parecía un nervio de un verde vivo.» A Flannery O’Connor le gustaba hablar de la gracia. «Escribo para un auditorio que no sabe lo que es la gracia y que no la reconoce cuando la ve. Todos mis relatos tratan sobre la gracia en un personaje que no la desea, por eso la mayoría de la gente piensa que las historias son duras, sin esperanza, brutales.» Y ciertamente todos estos relatos nos conducen a una conversión. Flannery O’Connor sabe que incluso en los seres más egoístas y perversos siempre es posible un acto súbito e imprevisible de libertad, y en sus relatos siempre trata de encontrar ese momento único capaz de iluminar la escena llenándola de vida. Veamos lo que pasa en «Un hombre bueno es difícil de encontrar». Una familia que sale de excursión se encuentra con el Desequilibrado, un peligroso criminal. La abuela, que es una criatura vulgar y egoísta, ha oído hablar de sus fechorías por la radio y, cuando le identifica, a él no le queda otra solución que matarles. El Desequilibrado y sus secuaces van eliminando a todos los miembros de la familia, incluidos los niños. La última que queda es la abuela quien, tras un breve diálogo con él, se ve arrebatada por un movimiento súbito de ternura y tiende su mano para acariciarle. «¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!» El Desequilibrado se revuelve como si le hubiera picado una serpiente y dispara tres veces contra el pecho de la anciana. Luego pide a sus compañeros que la lleven al foso donde tiraron a los otros. Y, aún confuso por aquella caricia, añade: «Habría sido una buena mujer, si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida».
En Flannery O’Connor siempre está presente, como señaló Thomas Merton, el problema del valor. «¿Quiénes son las buenas personas? —pregunta—. Son muy difíciles de hallar. Entretanto, tendremos que contentarnos con las malas personas, tan respetables que resultan horribles, tan horribles que resultan cómicas, tan cómicas que resultan patéticas, pero tan patéticas que sería horroroso tener piedad de ellas. Tan cómicas que uno no se atreve a reír demasiado fuerte ante el temor de atraer a los demonios del desprecio.» Flannery O’Connor nos pide que suspendamos por un momento nuestro juicio sobre estos personajes y es entonces cuando descubrimos que, a pesar del horror que provocan, hay en ellos un resto de inocencia, como si se redimieran en cada acto brutal. «El que pierda su alma, ese la salvará», puede leerse en el Evangelio. No se trata en suma de seres patológicos, porque la patología no anuncia nada ni comporta conocimiento alguno. El mal es materia de elección, en tanto que la enfermedad no lo es. Y en estos relatos los personajes eligen, quieren ver más allá. Hay en ellos una especie de dignidad negra que les coloca más allá de la desgracia.
La literatura de Flannery O’Connor hunde sus raíces en la literatura grotesca norteamericana del siglo XIX. Una literatura que venía de la frontera, llena de personajes disparatados cuya comicidad no surgía de un defecto, sino de un exceso de energía. Así son todos sus personajes: tan cómicos como terribles. Personajes que parecen llevar una carga invisible, cuyo fanatismo es un reproche, no una excentricidad. Flannery O’Connor pensaba que el novelista no podía ser «la criada de su época» ni debía aspirar a hacer una literatura que cicatrizara las heridas. En uno de sus escritos nos cuenta cómo una señora le escribió desde California reprochándole el pesimismo y la negrura de sus relatos. «Lo que quiere el lector cuando llega a su casa —le dice—, es leer algo que eleve su corazón.» Flannery O’Connor le contesta que si su corazón hubiera estado en el lugar adecuado sí se habría elevado. Ella piensa que la gran literatura busca el acto redentor, solo que el mundo actual ha olvidado lo que significa ese acto, como ha olvidado el verdadero significado del mal. Vuelve a resonar en nuestra memoria la reflexión del Desequilibrado ante el cadáver de la anciana. «Habría sido una buena mujer, si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.» Los relatos de Flannery O’Connor tienen el poder supremo de agitar nuestra conciencia. No es posible permanecer indiferentes ante ellos, de la misma forma que no es posible mantener la calma cuando alguien te apunta con una pistola. Tienen el poder de hacernos despertar, desvelan a ese lector cansado que somos todos, exhortándonos a una especie de paciencia. «Continúen leyendo estas barbaridades —parece decirnos—, no abandonen prematuramente a estos seres depravados. Saldrán ganando, no sé cómo, no soy más que una escritora, pero ustedes saldrán ganando.»
John Huston rodó en 1978 una película basada en Sangre sabia, la primera de las novelas de Flannery O’Connor. Por la rareza de su argumento, la rebelión de un joven fanático religioso contra Cristo, tuvo muchos problemas de financiación, aunque finalmente pudo rodarse en el tiempo récord de cuarenta y ocho días. John Huston, en el último capítulo de su autobiografía, escribe: «Nada me haría más feliz que ver que esta película consiga aceptación popular y rinda beneficios. Demostraría algo. No estoy seguro qué…, pero algo».
La película pasó sin pena ni gloria, que es un poco el destino que corrió la obra de Flannery O’Connor durante los años setenta, que fue cuando Esther Tusquets la publicó en nuestro país casi en su totalidad. El lector tiene ahora, gracias a esta preciosa y renovada edición de sus cuentos, la oportunidad de conocer una de las obras más intensas, perturbadoras y bellas que se han escrito jamás. Nada me gustaría más que esta edición se agotara enseguida y que, una tras otra, se fueran sucediendo las reimpresiones en los próximos meses. Parafraseando a John Huston, «demostraría algo. No estoy seguro qué…, pero algo». Tal vez el fin de la era del lector cansado. No desaprovechen la oportunidad, les aseguro que merece la pena.
GUSTAVO MARTÍN GARZO
El geranio
E l viejo Dudley se dobló en la silla que poco a poco iba amoldando a su cuerpo, miró por la ventana y, unos cuantos metros más allá, vio otra ventana enmarcada en ladrillos rojos manchados de tizne. Esperaba el geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los nuestros sí que son geranios —pensó el viejo Dudley—, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol. Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios. Esa maceta no tenía que haber estado donde estaba. Al viejo Dudley se le hizo un nudo en la garganta. Lutish era capaz de conseguir que arraigara lo que le echasen. Y Rabie también. Notó una opresión en la garganta. Echó la cabeza hacia atrás y trató de aclararse las ideas. No se le ocurrían muchas cosas en las que pensar que no le hicieran sentir el nudo en la garganta.
Entró su hija y le preguntó:
—¿No quieres salir a dar un paseo? —Se la veía molesta.
No le contestó.
—¿Sales o no sales?
—No salgo.
Se preguntó cuánto tiempo iba a seguir su hija allí de pie. Hacía que los ojos se le pusieran como la garganta. Se le iban a nublar y entonces ella se daría cuenta. Se había dado cuenta otras veces y había sentido pena por su padre. También había sentido pena por sí misma. «Se lo podría haber ahorrao —pensó el viejo Dudley—, si lo hubiese dejao en paz, si hubiese dejao que se quedara allá en el pueblo y no se hubiese empeñao en cumplir con su maldito deber.» Ella salió de la habitación lanzando un fuerte suspiro, y ese suspiro le fue subiendo por el cuerpo y le recordó otra vez el momento aquel —de eso ella no tenía la culpa— en que, de repente, le habían entrado ganas de ir a Nueva York a vivir con su hija.
Podía haberse librado de ir. Podía haberse puesto firme, haberle dicho que viviría su vida donde había vivido siempre, le enviara o no dinero todos los meses, se las arreglaría con la jubilación y lo que sacara haciendo chapuzas. Que se quedara con el maldito dinero, lo necesitaba más que él. Se hubiera alegrado de que liquidaran su deber de hija de aquella manera. Entonces, si él se moría solo, lejos de sus hijos, ella podía decir que la culpa la tenía su padre; y si llegaba a ponerse enfermo y no tenía quién lo cuidara, ella podía haber dicho que se lo había buscado él solito. Pero, claro, llevaba dentro aquella cosa y le habían entrado ganas de conocer Nueva York. Cuando era niño había estado en Atlanta una vez, y había visto Nueva York en una película. Big Town Rhythm se llamaba. Las grandes ciudades eran lugares importantes. Aquella cosa que llevaba dentro le salió de repente, lo agarró por sorpresa. ¡El lugar igualito al que había visto en el cine tenía un sitio para él! ¡Un lugar importante y tenía sitio para él! Y había dicho que sí, que iría.
Enfermo debía estar cuando aceptó. Porque, sano, seguro que no decía que sí. Él estaba enfermo y ella tan empeñada en cumplir con su maldito deber que al final consiguió convencerlo. Vamos a ver, ¿por qué tuvo su hija que ir al pueblo a darle la tabarra? Con lo bien que se arreglaba él. La jubilación le alcanzaba para comer, y con las chapuzas que iba haciendo se pagaba el cuarto de la pensión.
Por la ventana de aquel cuarto veía pasar el río, denso y rojo, lo veía superar con esfuerzo las piedras y las curvas. Trató de pensar cómo era, además de rojo y lento. Añadió las manchas verdes de los árboles en las dos orillas, y en algún punto, río arriba, una mancha marrón para indicar la basura. Él y Rabie iban hasta ahí todos los miércoles a pescar en una barca. Rabie se conocía el río de arriba abajo en un tramo de treinta kilómetros. En todo el condado de Coa no había ni un solo negro que lo conociese como él. A Rabie le encantaba el río, pero al viejo Dudley no le decía nada. A él lo que le interesaban eran los peces. Le gustaba volver por la noche con una larga ristra de pescados y echarlos en el fregadero. «Traigo unos cuantos qu’he pescao», decía. «Hacía falta un hombre para pescar unos pescaos así», comentaban siempre las viejecitas de la pensión. Él y Rabie salían los miércoles bien temprano y pescaban todo el día. Rabie se encargaba de encontrar los sitios buenos y de remar; el viejo Dudley se encargaba de pescarlos. A Rabie no le interesaba demasiado pescar, a él lo que le gustaba era el río.
—¿Pa qué le vale echar el sedal ahí, jefe? —decía—. Si ahí no queda ni un pescao. Este viejo río no esconde nada por aquí, no señor.
Reía como un tonto y llevaba la barca río abajo. Así era Rabie. Para robar tenía más arte que las comadrejas, pero sabía dónde había buena pesca. El viejo Dudley siempre le regalaba los pescados chicos.
El viejo Dudley había vivido en la planta de arriba de la pensión, en el cuarto de la esquina, desde la muerte de su esposa en el año 1922. Protegía a las ancianitas. Era el hombre de la casa y hacía las cosas que se supone que debe hacer el hombre de la casa. La tarea era aburrida por las noches, cuando las viejecitas se sentaban en la sala a rezongar y a hacer ganchillo y el hombre de la casa estaba obligado a escuchar y a hacer de juez en las guerras de cotorreos y chillidos crispantes. Pero durante el día estaba Rabie. Rabie y Lutisha vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba de la limpieza y del huerto, pero menudo era para escaquearse con la faena a medio hacer e irse a echarle una mano al viejo Dudley en alguna de sus empresas: construir un gallinero, pintar una puerta. Le gustaba escuchar, que le contaran cosas de Atlanta, de cuando el viejo Dudley estuvo allí, y de cómo se montaban los fusiles y un montón de cosas más que el viejo sabía.
A veces, por las noches, iban a cazar zarigüeyas. Nunca cogían ni una zarigüeya, pero, de vez en cuando, al viejo Dudley le gustaba librarse de las señoras y la caza era una buena excusa. A Rabie no le gustaba ir a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ni una zarigüeya, ni siquiera conseguían hacer que alguna se subiera a un árbol; además, Rabie era más bien un negro de río.
—Esta noche no vamo a cazar zarigüeyas, ¿eh, jefe? Tengo algo que hacer —decía cuando el viejo Dudley se ponía a hablar de sabuesos y escopetas.
—¿A quién le vas a robar las gallinas esta noche? —preguntaba Dudley sonriendo.
—Me parece qu’esta noche toca cazar zarigüeyas —suspiraba Rabie.
El viejo Dudley sacaba la escopeta, la desmontaba y, mientras Rabie limpiaba las piezas, le explicaba el mecanismo. Después volvía a montarla. A Rabie le maravillaba la forma en que conseguía volver a montarla. Al viejo Dudley le hubiera gustado explicarle a Rabie cosas de Nueva York. Si hubiera podido enseñársela a Rabie, la ciudad no habría sido tan grande y él no habría notado aquella presión cada vez que salía, «Tan grande no es —le habría dicho—. No te dejes agobiar, Rabie. Es una ciudad com’otra cualquiera, y a la final las ciudades tampoco no son tan complicadas».
Lo eran. De pronto Nueva York era todo bullicio y actividad y al cabo de nada lo veías sucio y sin vida. Su hija ni siquiera vivía en una casa. Vivía en un edificio, en medio de una hilera de edificios todos iguales, grises y rojos, manchados de tizne, con gentes de boca agria asomadas a las ventanas para ver otras ventanas y otras gentes que las miraban a su vez. Y dentro, subías y bajabas, y solo veías corredores, como cintas de medir donde las puertas indicaban los centímetros. Recordó que la primera semana aquel edificio lo había dejado aturdido. Se despertaba con la esperanza de que durante la noche los corredores hubiesen cambiado, se asomaba a la puerta y ahí estaban, alargados como pistas para pasear perros. Y las calles, tres cuartos de lo mismo. Se preguntaba adónde llegaría si caminaba hasta el final de alguna de ellas. Una noche soñó que lo hacía y que acababa al final del edificio: en ninguna parte.
A la semana siguiente tomó algo más de conciencia de su hija, su yerno y su nieto: se pusiera donde se pusiera, siempre estaba en medio. Su yerno sí que era curioso. Era camionero y solo estaba en casa los fines de semana. Decía «naa» en lugar de «no» y en la vida había oído hablar de zarigüeyas. El viejo Dudley dormía en el cuarto con su nieto de dieciséis años, con el que no se podía hablar. Algunas veces, cuando el viejo Dudley y su hija se quedaban solos en el apartamento, ella se sentaba y hablaba con él. Primero tenía que pensar en qué iba a decirle a su padre. Normalmente la conversación se terminaba antes de que ella considerase llegado el momento de levantarse y ponerse a hacer otra cosa, y entonces él se veía obligado a decir algo. Siempre trataba de pensar en algo que no le hubiese dicho ya. Ella nunca lo escuchaba la segunda vez. Lo que ella veía era que su padre pasaba sus últimos años con su familia y no en una pensión de mala muerte, llena de viejas a las que les temblaba la cabeza. Ella cumplía con su deber. No como sus hermanos.
Una vez lo llevó de compras, pero él estuvo de lo más torpe. Fueron en el «metro», un ferrocarril que iba por debajo de la tierra, por una especie de cueva inmensa. La gente salía de los trenes como hormigas, subían las escaleras y llegaban a las calles. Y dejaban las calles, bajaban las escaleras y se metían en los trenes: blancos, negros, amarillos, mezclados como verduras en la sopa. Aquello era un hormiguero. Los trenes entraban como flechas en los túneles, iban por canales y de repente se detenían. Los que bajaban se abrían paso a empujones entre los que subían y el tren salía otra vez disparado. El viejo Dudley y la hija tuvieron que tomar tres distintos antes de llegar a donde iban. Él se preguntó para qué salía la gente de su casa. Notaba como si se hubiese tragado la lengua. Ella lo sujetaba de la manga y tiraba de él entre el gentío.
También viajaron en un tren que iba por encima del suelo. Ella lo llamaba «elevado». Para tomarlo tuvieron que subir a un andén muy alto. El viejo Dudley se asomó por encima de la barandilla y, allá abajo, vio a la gente y los coches pasar muy, muy rápido. Le entraron ganas de vomitar. Se agarró de la barandilla y se dejó caer sobre el suelo de madera del andén. La hija lanzó un grito y lo apartó del borde.
—Pero ¿qué haces, quieres caerte y matarte? —le gritó.
Por una rendija en las tablas entrevió el fluir de coches en la calle.
—No m’importa —murmuró—. No m’importa si vivo o si muero.
—Anda, vamos —le dijo ella—, te sentirás mejor cuando lleguemos a casa.
—¿A casa? —repitió.
Allá abajo, los coches avanzaban a su ritmo.
—Anda, vamos —repitió ella—, que ya viene; estamos justo a tiempo de pillarlo.
Les hubiera dado tiempo de pillarlos todos.
Consiguieron subirse a ese. Volvieron al edificio y al apartamento. En el apartamento estaban demasiado apretados. Te pusieras donde te pusieras, siempre había alguien. La cocina daba al lavabo y el lavabo daba a todo lo demás, así que siempre estabas en el lugar de partida. Allá en el pueblo tenías la planta de arriba, el sótano, el río y el centro, delante de Fraziers… y dale, otra vez la garganta.
Hoy el geranio se retrasaba. Eran las diez y media. Normalmente, a eso de las diez y cuarto ya lo habían sacado.
En alguna parte del corredor una mujer chilló algo ininteligible a la calle; una radio gemía con la música cansina de una radionovela; un cubo de basura cayó con estrépito por la escalera de incendios. Se oyó un portazo en el apartamento de al lado y unos pasos decididos se alejaron por el corredor.
—Será el negro —masculló el viejo Dudley—. El negro de los zapatos relucientes.
Llevaba allí una semana cuando el negro se mudó. Ese jueves, cuando se asomó a la puerta para mirar por los corredores largos como pistas para pasear perros, vio al negro entrar en el apartamento de al lado. Llevaba un traje gris mil rayas, y una corbata color habano. El cuello duro y blanco le dibujaba una línea bien definida en la piel. Los zapatos relucientes también eran color habano, a juego con la corbata y la piel. El viejo Dudley se rascó la cabeza. No sabía que la gente que vivía apretada en un edificio pudiera pagarse un sirviente. Rió entre dientes. Para lo que les iba a servir un negro endomingado. A lo mejor este negro conocía el campo de los alrededores… o a lo mejor sabía cómo se llegaba al campo. En una de esas podían ir de caza. Podían buscar un arroyo en alguna parte. Cerró la puerta y fue al cuarto de la hija.
—¡Oye! —le gritó—, los d’aquí al lao tienen un negro. Será pa que limpie. ¿Tú crees que lo van a hacer venir to los días?
Sin dejar de hacer la cama, su hija levantó la cabeza y le preguntó:
—¿Se puede saber de qué me estás hablando?
—Digo que los d’aquí al lao tienen un criado, un negro, va to endomingao.
La hija se fue al otro lado de la cama y le dijo:
—A ti te falta un tornillo. El apartamento de al lado está vacío, además, en este edificio nadie puede pagarse un criado.
—Te digo que lo vi —insistió el viejo Dudley riendo burlón—. Entró derechito en l’apartamento y llevaba corbata, cuello blanco y zapatos con punta.
—Si entró en el apartamento de al lado, seguro que se lo limpia él —masculló.
Se fue hasta el tocador y empezó a revolver las cosas. El viejo Dudley lanzó una carcajada. Cuando quería, la hija resultaba bien cómica. Y le dijo:
—Bueno, me parece que voy ir a ver cuándo le dan el día libre. En una d’esas lo convenzo que le gusta la pesca. —Y se dio una palmada en el bolsillo haciendo tintinear las dos monedas de veinticinco centavos.
Antes de que consiguiera salir del todo al corredor, ella salió corriendo a buscarlo y tiró de él para hacerlo entrar.
—¿Es que no me oyes? —le gritó—. Te hablo en serio. Si entró en el apartamento es que lo tiene alquilado para él. Ni se te ocurra preguntarle nada ni hablar con él. No quiero líos con estos negros.
—¿Quieres decir que va vivir aquí al lao? —murmuró el viejo Dudley.
—Supongo —contestó ella encogiéndose de hombros—. Y tú no te metas en lo que no te importa —agregó—. Tú con ese no tienes nada que ver.
Se lo dijo tal cual. Como si él no tuviera sentido común. Pero ahí mismito le echó la bronca. Se las cantó bien claritas y bien que lo entendió.
—¡No es así como t’han educao! —le dijo con voz atronadora—. No t’han educao pa vivir apretujada con estos negros del norte que se creen que valen lo mismo que tú, ¡y encima te piensas que yo tendría tratos con un tipo así! Si te piensas que me quiero mezclar con ellos, estás loca.
Tuvo que calmarse un poco porque se le hacía un nudo en la garganta. Ella se puso tiesa y le dijo que vivían donde podían permitírselo y que hacían lo que podían. ¡Con sermones a él! Después salió toda tiesa sin decir una palabra más. Así era ella. Trataba de mostrarse solemne echando los hombros hacia atrás y estirando el cuello. Ni que él fuera un tonto. Ya sabía que los yanquis dejaban entrar a los negros por la puerta principal y sentarse en sus sillones, pero lo que no sabía era que su propia hija, educada como estaba mandado, se iría a vivir justo al lado de ellos, y que después pensaría que él tenía tan poco sentido común para mezclarse con esa gentuza. ¡Justo él!
Se levantó y cogió un diario que había en otra silla. Ya puesto, cuando ella volviera a entrar, haría como que estaba leyendo. No tenía sentido que se estuviera ahí parada, mirándolo fijamente, convencida de que debía buscarle alguna ocupación. Miró por encima del periódico la ventana al otro lado del callejón. Todavía no estaba el geranio. Nunca había tardado tanto. El primer día que lo había visto estaba sentado ahí mismo, asomado a la ventana, mirando la otra ventana, y entonces le había echado un vistazo al reloj para calcular cuánto tiempo había pasado desde el desayuno. Al levantar la vista, lo vio. Dio un respingo. No le gustaban las flores, pero el geranio no parecía una flor. Se parecía a Grisby, el chico enfermo del pueblo, y era del mismo color que las cortinas que las ancianas tenían en la sala, y el lazo de papel de la maceta se parecía al que Lutish llevaba en la espalda del uniforme de los domingos. Lutish era aficionada a los lazos. «Como la mayoría de las negras», pensó el viejo Dudley.
La hija volvió a pasar. Él se había propuesto que cuando pasara lo viera leyendo el diario.
—Hazme un favor, ¿quieres? —le dijo ella como si acabara de inventarse un favor para que él tuviera que hacérselo.
Ojalá no lo mandara otra vez a la tienda de comestibles. La última vez se había perdido. Esos malditos edificios eran todos iguales. Asintió con la cabeza.
—Baja al tercer piso y pídele a la señora Schmitt que me preste el patrón de la camisa que usa para Jake.
¿Por qué no lo dejaba quedarse ahí sentado? No necesitaba el patrón de la camisa.
—De acuerdo —le dijo—. ¿Qué apartamento es?
—El diez… y está en el mismo sitio que este. Justo aquí debajo, bajando tres pisos.
El viejo Dudley siempre temía que al salir a aquellas pistas para pasear perros se abriera de repente una puerta y uno de los hombres de morro fino que se sentaban en camiseta en los alféizares de las ventanas le gruñeran: «¿Y tú qu’haces aquí?». La puerta del apartamento del negro estaba abierta y vio a una mujer sentada en una silla, al lado de la ventana. «Negros yanquis», masculló. La mujer llevaba unas gafas sin montura y sobre el regazo tenía un libro. «Las negras no se sienten elegantes hasta que no llevan gafas», pensó el viejo Dudley. Se acordó de Lutish y de sus gafas. Había ahorrado trece dólares para comprárselas. Y entonces fue al médico, le pidió que le revisara la vista y le dijera cómo de gruesas tenían que ser las gafas. El hombre la mandó mirar unos dibujos de animales a través de un espejo, le puso una luz muy cerca de los ojos y le observó la cabeza por dentro. Y después le dijo que no necesitaba gafas. Lutish se enojó tanto que durante tres días seguidos se le quemó el pan de maíz, y después de todos modos se compró unas gafas en la tienda de baratillo. No le costaron más que un dólar con noventa y ocho centavos y se las ponía todos los sábados. «Así eran las negras», rió entre dientes el viejo Dudley. Se dio cuenta de que había hecho ruido y se tapó la boca con la mano. A ver si lo oía alguno de los que vivían en los apartamentos.
Bajó el primer tramo de escaleras. En el segundo, oyó unos pasos que subían. Se inclinó por encima del pasamanos y vio que era una mujer, una gorda con el delantal puesto. Desde arriba se parecía un poco a la señora Benson, la del pueblo. Se preguntó si la mujer iba a hablarle. Cuando los separaban apenas cuatro escalones, él la miró de reojo, pero ella no lo estaba mirando. Cuando se cruzaron en el mismo escalón, le echó un vistazo rápido y comprobó que lo miraba a la cara, como si nada. Entonces lo adelantó. No le había dicho una sola palabra. El viejo Dudley sintió un peso en el estómago.
Bajó cuatro pisos en vez de tres. Volvió a subir uno y encontró el número 10. La señora Schmitt dijo que bueno, que esperara un momento, que iría a por el patrón. Mandó a uno de los niños a que se lo llevara a la puerta. El chico ni abrió la boca.
El viejo Dudley empezó a subir las escaleras. Tenía que ir más despacio. Se cansaba al subir. Se cansaba con todo, o eso parecía. Claro que cuando Rabie corría por él la cosa era distinta. Rabie era un negro ágil de pies. Capaz de meterse en un gallinero sin que ni siquiera las gallinas se enteraran y de sacar el pollo más gordo de todos sin darle tiempo a pipiar. Rápido, además. Dudley siempre había sido pesado de pies. En los gordos era natural. Se acordó de una vez, cuando él y Rabie estaban cazando codornices cerca de Molton. Llevaban entonces un sabueso que te encontraba los nidos más rápido que el más lindo de los pointers. Eso sí, no servía para traértelas de vuelta, pero las encontraba siempre, y después se quedaba más tieso que un palo mientras tú apuntabas a los pájaros. Aquella vez el perro se paró en seco.
—Va ser grand’el nido ese —susurró Rabie—. Lo noto.
El viejo Dudley levantó la escopeta despacio a medida que caminaban. Tuvo que poner cuidado al andar sobre la pinaza. Con tanta pinaza, el suelo se volvía resbaladizo. Rabie pasaba el peso de una pierna a la otra, levantaba y apoyaba los pies sobre la pinaza blanda como la cera con un cuidado instintivo. Miraba al frente y avanzaba deprisa. El viejo Dudley miraba con un ojo hacia delante y con el otro el suelo, que empezaría a bajar y él resbalaría peligrosamente hacia delante, o, cuando quisiera subir con esfuerzo una pendiente, resbalaría hacia atrás.
—Jefe, ¿no vale más qu’esta vuelta coja yo los pájaros? —sugirió Rabie—. Los lunes no anda usté muy ligero de pies. Si se cae en una d’esas pendientes, los pájaros se desparramarán antes que pueda usté apuntar con l’escopeta.
El viejo Dudley quería coger toda la nidada. Habría podido darle a cuatro sin problema.
—Los cogeré yo —masculló.
Levantó la escopeta para apuntar y se inclinó hacia delante. Patinó con algo y se deslizó con los pies por delante. La escopeta se disparó y toda la nidada salió volando.
—Aah, dejamos escapar unos pájaros maníficos —suspiró Rabie.
—Encontraremos otra nidada —dijo el viejo Dudley—. Y ahora sácame de este maldito agujero.
Podría haber cazado cinco de esos pájaros si no se hubiera caído. Podría haberlos volteado como latas en una verja. Acercó una mano a la oreja y extendió la otra hacia delante. Podría haberlos volteado como en el tiro al plato. ¡Pum! Un crujido en la escalera lo obligó a volverse, mientras con los brazos seguía sosteniendo una escopeta invisible. El negro subía las escaleras que parecía que se comía los escalones, iba hacia él, una sonrisa divertida le estiraba el bigote cuidado. El viejo Dudley se quedó boquiabierto. El negro hacía muecas, como aguantando la risa. El viejo Dudley fue incapaz de moverse. Tenía la vista clavada en la línea bien definida que el cuello de la camisa marcaba sobre la piel del negro.
—¿Qué está cazando, veterano? —le preguntó el hombre con una voz que recordaba la risa de un negro y la sorna de un blanco.
El viejo Dudley se sintió como un crío con una pistola de aire comprimido. Se había quedado con la boca abierta y la lengua inmóvil en el centro. Notó una flojera justo debajo de las rodillas. Perdió pie, resbaló tres escalones y cayó sentado.
—Será mejor que tenga cuidado —le dijo el hombre—. Podría lastimarse en estas escaleras.
Le tendió la mano para que pudiera agarrarse y levantarse. Era una mano larga y estrecha, de uñas limpias y cortadas rectas. Daban la impresión de estar limadas. Las manos del viejo Dudley colgaban inertes entre sus rodillas. El negro lo agarró del brazo y tiró de él.
—¡Uff! —soltó—, ¡cómo pesa! Venga, colabore un poquito.
Al viejo Dudley se le destrabaron las rodillas y se levantó con dificultad. El negro lo tenía agarrado del brazo.
—De todas maneras voy para arriba —le dijo—. Lo ayudo.
El viejo Dudley echó una ojeada desesperada a su alrededor. A sus espaldas, las escaleras parecían echársele encima. Subía las escaleras con el negro. El negro lo esperaba en cada escalón.
—¿Así que caza? —le preguntó el negro—. Déjeme pensar. Una vez fui a cazar ciervos. Me parece que usamos una Dodson calibre treinta y ocho para coger esos ciervos. ¿Usted qué usa?
El viejo Dudley miraba sin ver los relucientes zapatos color habano.
—Escopeta —farfulló.
—Me gustan las armas, más que ir de caza —le decía el negro—. Nunca se me dio bien matar nada. Da pena acabar con la reserva de caza. Eso sí, si tuviera tiempo y dinero, coleccionaría armas.
En cada escalón esperaba a que el viejo Dudley lo subiera. Mientras, le iba hablando de armas y marcas. Llevaba unos calcetines grises con motas negras. Terminaron de subir las escaleras. El negro lo acompañó por el corredor, agarrándolo del brazo. Seguro que daba la impresión de que iba enlazado al brazo de aquel negro.
Fueron derechitos a la puerta del viejo Dudley. Y ahí el negro le preguntó:
—¿Es de por aquí?
El viejo Dudley negó con la cabeza, la vista clavada en la puerta. Todavía no había mirado al negro. Mientras subían las escaleras, no había mirado al negro.
—Ya verá —le dijo el negro—, es un sitio estupendo… cuando se acostumbre.
Le dio una palmada en la espalda al viejo Dudley y entró en su apartamento. El viejo Dudley entró en el suyo. El dolor de la garganta se le extendió por toda la cara y le empañó los ojos.
Se acercó arrastrando los pies a la silla junto a la ventana y se dejó caer en ella. La garganta estaba a punto de estallarle. La garganta estaba a punto de estallarle por culpa de un negro yanqui… un negro condenado que le daba palmadas en la espalda y lo llamaba «veterano». A él que sabía que eso no podía ser. A él que había venido de un lugar decente. Un lugar decente. Un lugar donde eso no podía ser. Notó algo raro en los ojos. Le estaban creciendo dentro de las órbitas y de un momento a otro se iban a quedar sin sitio. Estaba atrapado en ese lugar donde los negros te llamaban «veterano». No se dejaría atrapar. No se dejaría. Movió la cabeza contra el respaldo de la silla para estirar el cuello, lo notaba agarrotado.
Un hombre lo miraba. Desde la ventana, al otro lado del callejón, un hombre lo miraba fijamente. El hombre estaba viendo cómo lloraba. En ese lugar era donde tendría que haber estado el geranio, pero no, allí había un hombre en camiseta, que lo veía llorar y esperaba a que se le reventara la garganta. El viejo Dudley le sostuvo la mirada a aquel hombre. En ese lugar tendría que haber estado el geranio. Ese era el sitio del geranio y no del hombre.
—¿Y el geranio, dónde está? —le gritó pese a que se le cerraba la garganta.
—¿Pa qué llora? —le preguntó el hombre—. En mi vida no había visto a un hombre llorar así.
—¿Y el geranio, dónde está? —preguntó el viejo Dudley, tembloroso—. Ahí tendría que estar el geranio y no usté.
—Esta ventana es mía —le aclaró el hombre—. Tengo derecho a sentarme aquí, si me da la gana.
—¿Dónde está? —chilló el viejo Dudley. La garganta se le había abierto un poco.
—Se cayó pa abajo, si tanto l’interesa —le contestó el hombre.
El viejo Dudley se levantó y se asomó por encima del alféizar de la ventana. Seis pisos más abajo, en el callejón, alcanzó a ver una maceta hecha añicos sobre un montón de tierra desparramada y algo de color rosa que asomaba en medio de un lazo verde de papel. Seis pisos más abajo, destrozado.
El viejo Dudley miró al hombre que mascaba chicle y esperaba a ver cómo se le reventaba la garganta.
—No tenía qu’haberlo puesto tan cerca del borde —murmuró—. ¿Por qué no lo recoge?
—¿Por qué no lo recoge usté, agüelo?
El viejo Dudley se quedó con la vista clavada en el hombre que ocupaba el sitio donde debería haber estado el geranio.
Eso haría. Bajaría y lo recogería. Lo pondría en su ventana, y, si le daba la gana, se quedaría todo el día mirándolo. Se alejó de la ventana y salió del cuarto. Caminó despacio por la pista para pasear perros y llegó a las escaleras. Las escaleras se abrían hacia abajo como una herida en el suelo. Penetraban por un agujero como una caverna y bajaban, bajaban en picado. Y él había subido un tramo de esas escaleras un poco por detrás del negro. Y el negro lo había ayudado a levantarse y lo había llevado agarrado del brazo y había subido con él las escaleras y le había contado que cazaba ciervos, «veterano», y lo había visto empuñar una escopeta que no existía y lo había visto sentado en la escalera como un niño. Llevaba zapatos relucientes, color habano, y hacía muecas para no reírse y todo aquello era de risa. A lo mejor, en cada escalón había un negro con motas negras en los calcetines, haciendo muecas para no reírse. Las escaleras bajaban y bajaban en picado. No podía bajar y arriesgarse a que los negros le dieran palmadas en la espalda. Volvió al cuarto y a la ventana, se asomó y, allá abajo, vio el geranio.
El hombre seguía sentado donde debería haber estado la planta.
—Oiga usté, que no l’he visto recogerlo —le dijo.
El viejo Dudley lo miró fijamente.
—A usté lo tengo visto de otras veces —le dijo el hombre—. Lo veo ahí sentao, to los días en esa silla vieja, mirando por la ventana, mirando lo qu’hacemos en mi apartamento. Lo que yo hago en mi apartamento es asunto mío, ¿s’entera? No me gusta que la gente mire lo que yo hago.
Estaba tirado allá abajo, en el callejón, con las raíces al aire.
—Y mucho cuidao, yo aviso una sola vez —dijo el hombre, y se apartó de la ventana.
El barbero
E n Dilton los liberales lo tienen crudo.
Después de las elecciones primarias del Partido Demócrata, reservadas solo para los blancos, Rayber se cambió de barbero. Tres semanas antes, mientras lo afeitaba, el barbero le preguntó:
—¿Por quién vas a votar?
—Por Darmon —contestó Rayber.
—¿Qué? ¿Aficionao a los negros?
Rayber se revolvió en el sillón. No había esperado un planteamiento tan brutal.
—No —dijo.
De no haberlo pillado desprevenido, le habría contestado: «No soy aficionado ni a los negros ni a los blancos». Eso mismo le había dicho en otra ocasión a Jacobs, el de filosofía, y, para demostrarte lo crudo que lo tienen en Dilton los liberales, Jacobs, un hombre preparado como él, había mascullado: «Vaya postura más tibia la tuya».
«¿Por qué?», había preguntado Rayber a bocajarro. Sabía que era capaz de ganarle la discusión a Jacobs.
Jacobs le había contestado: «Dejémoslo». Tenía clase. Rayber se dio cuenta de que, con frecuencia, las clases de Jacobs empezaban justo cuando le iba a ganar una discusión.
«No soy aficionado ni a los negros ni a los blancos», le habría dicho Rayber al barbero.
El barbero dibujó una senda limpia en la capa de espuma y luego apuntó a Rayber con la navaja.
—Te lo digo yo —le comentó—, ahora no hay más que dos bandos, los blancos y los negros. En esta campaña lo ve to el mundo. ¿Sabes lo que dijo Hawk? Qu’hace ciento cincuent’años los negros se perseguían pa comerse, que a los pájaros los mataban con piedras preciosas y a los caballos l’arrancaban el pellejo con los dientes. Un día va un negro a una barbería blanca de Atlanta y dice: «Córteme’l pelo». Lo echaron a patadas, pa que veas, es como yo te digo. Y te cuent’otra, el mes pasao, en Mulford, tres hienas negras se cargaron a un blanco y se llevaron la mitá de las cosas que tenía en la casa, ¿y sabes ande están ahora? Sentaos en la cárcel del condao, jalando como el presidente de Estados Unidos… ¿en la cadena de presos ellos?, eso sí que no, porque ojo que podrían ensuciarse o podría venir uno d’esos aficionaos a los negros y morirse de pena viéndolos juntar piedras. Te voy a decir una cosa… Na volverá estar en su sitio hasta que nos saquemos d’encima a esos parapocos y consigamos un hombre que ponga estos negros en su sitio. Te lo digo yo.
»¿M’has oído, George? —le gritó al chico moreno que limpiaba el suelo alrededor de los lavabos.
—Sí —contestó George.
Era hora de que Rayber dijese algo, pero no se le ocurría nada adecuado. Quería decir algo que George entendiera. Se quedó asombrado de que hubiesen metido a George en la conversación. Se acordó de Jacobs cuando le contó que había dado clases durante una semana en una universidad para negros. No podían decir «negro, moreno, gente de color». Jacobs le contó que todas las noches, cuando volvía a casa, se asomaba a la ventana de atrás y gritaba: «NEGRO, NEGRO, YNEGRO». Rayber se preguntó cuál sería la tendencia de George. Era un chico de aspecto limpio y ordenado.
—Si un negro entra en mi barbería con esa prepotencia y me pide un corte de pelo, ya verías tú cómo se lo cortaba. —El barbero hizo un ruido con los dientes—. ¿Qué? ¿Y tú tamién eres un parapoco? —le preguntó.
—Voto por Darmon, si a eso te refieres —contestó Rayber.
—¿Y de Hawkson no oístes hablar nunca?
—Tuve ese placer —respondió Rayber.
—¿Escuchastes s’último discurso?
—No, tengo entendido que sus declaraciones no cambian de un discurso a otro —comentó Rayber, tajante.
—¿Ah, no? —dijo el barbero—. ¡Pues s’último discurso fue pa alquilar balcones! El viejo Hawk les cantó las cuarenta a esos parapocos.
—Hay mucha gente —dijo Rayber— que considera que Hawkson es un demagogo.
Se preguntó si George sabría qué significaba «demagogo». Debería haber dicho «político mentiroso».
—¡Demagogo! —El barbero se dio una sonora palmada en la rodilla y gritó—: ¡Justo lo que dijo Hawk! —aulló—. ¡Vaya patada les dio! «Amigos —les dice—, estos parapocos andan diciendo que soy un demagogo.» Después da un paso atrás y pregunta así, suavito: «Decidme vosotros, ¿soy un demagogo?». Y la gente grita: «¡Nooo, Hawk, no eres ningún demagogo!». Y ahí s’adelanta gritando: «¡Claro que sí, soy el mejor demagogo del estado!». ¡Tenías que ver cómo rugía la gente! ¡Pa alquilar balcones!
—Todo un espectáculo —comentó Rayber—, pero eso no quiere decir que…
—Parapoco —masculló el barbero—. Te has dejao engañar por ellos, y cómo. Deja que te diga una cosa…
Hizo un repaso del discurso que Hawkson había pronunciado el Cuatro de Julio. También había sido para alquilar balcones y había terminado con una poesía. ¿Y quién era Darmon? Quiso saber Hawk. Eso, ¿y quién era Darmon?, había rugido la multitud. Pero ¿cómo? ¿No lo sabían? Era el pastorcito del cuento que toca el cuerno. Sí. Los niños van al prado y los negros al infierno. ¡Ja! Rayber tendría que haber oído ese discurso. Ni un solo parapoco habría aguantado aquel chaparrón.
Rayber pensó que si el barbero leyera unos cuantos…
Pues no, no tenía por qué leer nada. Lo único que tenía que hacer era pensar. Ese era el problema de la gente de hoy en día, que no pensaba, no usaba el sentido común. ¿Por qué no pensaba Rayber? ¿Dónde estaba su sentido común?
«¿Para qué me agobio así?», se dijo Rayber, irritado.
—¡No, señor! —exclamó el barbero—. Las grandes palabras no le sirven de na a nadie. Lo qu’hay qu’hacer es pensar.
—¡Pensar! —gritó Rayber—. ¿Y lo que haces tú es pensar?
—Escúchame —le dijo el barbero—, ¿sabes lo que le dijo Hawk a la gente en Tilford?
En Tilford, Hawk les había dicho que a él los negros le caían bien siempre que se quedaran en su sitio, y que, si no se quedaban en su sitio, él sabía dónde mandarlos. ¿Qué tal?
Rayber quiso saber qué tenía aquello que ver con pensar.
El barbero creía que estaba más claro que el agua lo que aquello tenía que ver con pensar. Y creía unas cuantas cosas más y se las dijo a Rayber. Le dijo que debería haber escuchado los discursos de Hawkson en Mullin’s Oak, Bedford y Chickerville.
Rayber volvió a reclinarse en el sillón y le recordó al barbero que estaba allí para que lo afeitaran.
El barbero puso otra vez manos a la obra. Le dijo a Rayber que debería haber escuchado el de Spartasville.
—No quedó un solo parapoco en pie, y a tos los pastorcitos se les rompieron los cuernos. Y Hawk dijo —comentó el barbero— que había llegao la hora de pararles los…
—Tengo una cita —dijo Rayber—. Tengo prisa.
¿Qué necesidad tenía de quedarse a escuchar todas esas sandeces?
Por más paparruchas que fuesen, aquella sarta de necedades lo acompañó el resto del día, y esa noche volvió a oírlas con machacona insistencia cuando ya se había metido en la cama. Comprobó indignado que repasaba la conversación e iba intercalando lo que habría dicho si hubiera podido prepararse. Se preguntó cuál habría sido la reacción de Jacobs. Jacobs tenía un modo de comportarse que inducía a la gente a pensar que sabía más de lo que Rayber creía que sabía. Era un buen truco en su profesión. Rayber se divertía analizándolo. Jacobs se habría enfrentado al barbero con mucha calma. Rayber volvió a repasar la conversación pensando de qué manera lo habría hecho Jacobs. Y acabó haciendo lo mismo que él.
Cuando le tocó ir otra vez a la barbería, ya se le había olvidado la polémica. Al parecer, al barbero también se le había olvidado. Liquidó el tema del tiempo y se quedó callado. Rayber se preguntaba qué habría esa noche para cenar en su casa. A ver... era martes. Los martes, su mujer preparaba conserva de carne. Abría una lata de carne y la horneaba con queso, un trozo de carne y un trozo de queso, quedaba a rayas, ¿por qué todos los martes tenemos que comer siempre lo mismo? Si no te gusta, nadie te…
—¿Qué? ¿Sigues siendo un parapoco?
Rayber volvió la cabeza de sopetón.
—¿Cómo?
—Que si sigues a favor de Darmon.
—Sí —contestó Rayber, y su mente acudió rauda a la reserva de respuestas.
—A ver, vosotros, los maestros, sois… no sé…
Lo notaba confundido. Rayber se dio cuenta de que no estaba tan seguro de sí mismo como la vez anterior. Probablemente se sintiera en el deber de hacer hincapié en una nueva cuestión.
—Se comenta que, después de lo que Hawk dijo sobre los sueldos de los maestros, a lo mejor lo votáis a él. Bueno, parece que ahora os conviene. ¿Por qué no? ¿No quieres más dinero?
—¡Más dinero! —rió Rayber—. ¿Es que no sabes que un gobernador de porquería me haría perder más dinero del que puede llegar a darme? —Se dio cuenta de que finalmente se había puesto a la misma altura del barbero—. Vaya, que son demasiados los tipos de personas que no le gustan —adujo—. Me costaría el doble que Darmon.
—¿Y qué si costara el doble? —le soltó el barbero—. Yo no soy un agarrao con el dinero cuando es pa algo bueno. Aquí donde me ves, pagaría por la calidá sin problemas.
—¡No me refería a eso! —intentó explicarse Rayber—. ¡No es…!
—De tos modos, el aumento que prometió Hawk no es pa los maestros como él —aclaró alguien desde el fondo de la barbería. Un gordo con el aire y la seguridad de un ejecutivo se acercó a Rayber—. Él enseña en la universidad, ¿no?
—Sí —contestó el barbero—, es verdá. A él no le tocaría el aumento de Hawk, pero tampoco le tocaría aumento si ganara Darmon.
—Baah, algo le tocaría. Toas las escuelas están a favor de Darmon. Pueden llegar a sacar tajada… libros gratis, escritorios nuevos, cosas d’esas. Así son las reglas del juego.
—Unas escuelas mejores —farfulló Rayber, indignado—, beneficiarían a todos.
—Huy, eso lo vengo oyendo yo desde hace un montón de tiempo —adujo el barbero.
—Ya lo ves —explicó el hombre—, no hay manera que las escuelas carguen con nada. Y después, pasa lo que pasa… benefician a tos.
El barbero se echó a reír.
—Si alguna vez pensaras en… —comenzó a decir Rayber.
—A lo mejor a ti te ponen un escritorio nuevo en el aula —se carcajeó el hombre—. ¿Tú cómo lo ves, Joe? —Le dio un codazo al barbero.
A Rayber le entraron ganas de darle una patada en la mandíbula a aquel hombre.
—¿Tú tienes idea de lo que es razonar? —masculló.
—Tú habla to lo que quieras —le dijo el hombre—. Pero de lo que no te das cuenta es qu’esto es un asunto serio. ¿Qué tal te sentaría tener un par de caras negras mirándote desd’el fondo del aula?
Rayber tuvo un momento de ceguera cuando notó como si algo invisible lo hubiese derribado a golpes. Entró George y se puso a limpiar los lavabos.
—Estoy dispuesto a enseñarle a cualquiera que esté dispuesto a aprender, sea blanco o negro —contestó Rayber. Se preguntó si George había levantado la vista del suelo.
—Pos muy bien —convino el barbero—, pero no revueltos, ¿eh? ¿A ti te gustaría ir a una escuela pa blancos, George? —gritó.
—Ni loco —contestó George—. S’han acabao los polvos. Los d’aquí son los últimos. —Los esparció por el lavabo.
—Ves a por más —le ordenó el barbero.
—Ha llegao la hora —prosiguió el ejecutivo—, tal como dijo Hawkson, de pararles los pies a base de bien.
A continuación, hizo un repaso del discurso que Hawkson había pronunciado el Cuatro de Julio.
A Rayber le entraron ganas de estamparlo contra el lavabo. El día estaba bochornoso y las moscas no daban tregua, lo único que le faltaba era tener que escuchar a un gordo imbécil. Por el cristal ahumado de la ventana, alcanzaba a ver la plaza del juzgado envuelta en un frescor azul verdoso. ¿Por qué no se daría prisa el barbero? Se concentró en la plaza de allá fuera y se imaginó que estaba justo allí donde, tras mirar a los árboles, adivinaba que corría algo de brisa. Varios hombres recorrieron tranquilos el sendero que iba al juzgado. Rayber miró con más atención y creyó reconocer a Jacobs. Pero Jacobs tenía una clase a última hora de la tarde. Pero era Jacobs, seguro. ¿O no? Si era él, ¿con quién estaría hablando? ¿Con Blakeley? ¿Sería Blakeley? Entrecerró los ojos. Tres muchachos de color, vestidos con trajes de barbilindos, se paseaban por la acera. Uno de ellos se agachó de manera que Rayber solo alcanzó a verle la cabeza, y los otros dos se repantigaron contra la ventana de la barbería y le taparon la vista. «¿Por qué diablos no se irán a otra parte?», pensó Rayber con rabia.
—Date prisa —le ordenó al barbero—, que tengo una cita.
—¿A qué viene tanta prisa? —le preguntó el gordo—. Mejor te quedas a defender al pastorcito.
—Por cierto, todavía no nos dijistes por qué vas a votar por él. —El barbero se rió entre dientes mientras le quitaba a Rayber la toalla que llevaba alrededor del cuello.
—Es verdá —comentó el gordo—, a ver si lo esplica sin decir que va hacer un buen gobierno.
—Tengo una cita —insistió Rayber—. No puedo quedarme.
—Lo que pasa es que ya sabes que Darmon es un desastre y no vas a poder decir na bueno d’él —aulló el gordo.
—Escúchame bien —dijo Rayber—, la semana que viene voy a volver y te daré todas las razones que quieras para votar por Darmon… mejores de las que me diste tú a mí para votar por Hawkson.
—Ya me gustaría a mí verlo —intervino el barbero—. Porque te digo una cosa, no vas a poder.
—Eso ya lo veremos —dijo Rayber.
—Y no te olvides —le recordó el gordo, insidioso—, na d’hablar de buen gobierno.
—No diré nada que no puedas entender —masculló Rayber, y a continuación se sintió como un idiota por mostrarse irritado. El gordo y el barbero sonreían—. Os veré el martes. —Se despidió y salió.
Estaba disgustado consigo mismo por haber dicho que les daría razones. Habría que elaborar esas razones… sistemáticamente. Las ideas no le venían a la cabeza en un pispás como a ellos. Ojalá le vinieran así como así. Ojalá el término «parapoco» no fuera tan acertado. Ojalá Darmon mascara tabaco y lanzara salivazos. Habría que elaborar esas razones… Le costaría tiempo y esfuerzo. ¿Qué diablos estaba pensando? ¿Por qué no iba a elaborarlas? Si se lo proponía, era capaz de poner de vuelta y media a todos los de la barbería.
Cuando llegó a casa, ya tenía un esquema de la argumentación. Debía completarlo sin palabras superfluas, sin palabras grandilocuentes… No era tarea fácil, ya lo veía.
Puso manos a la obra enseguida. Trabajó hasta la hora de la cena y consiguió escribir cuatro oraciones… las cuatro llenas de tachones. En mitad de la cena, se levantó para ir a su escritorio y cambiar una. Después de la cena, tachó la corrección.
—¿Se puede saber qué te pasa a ti? —le preguntó su mujer.
—A mí nada —contestó Rayber—. ¿Por? Tengo que trabajar, es todo.
—No seré yo quien te lo impida —dijo ella.
Cuando su esposa hubo salido, le dio una patada a la placa suelta del fondo del escritorio. A las once de la noche había escrito una página. A la mañana siguiente, le resultó más fácil y a mediodía lo había terminado. Le pareció que era bastante categórico. Empezaba así: «Hay dos razones por las que los hombres eligen a otros para que manden». Y terminaba así: «Los hombres que usan las ideas sin medirlas caminan en el viento». Le pareció que la última frase era bastante efectiva. Le pareció que todo el conjunto era bastante efectivo.
Por la tarde llevó lo que había escrito al despacho de Jacobs. Blakeley también estaba, pero se fue. Rayber le leyó el trabajo a Jacobs.
—Bien —dijo Jacobs—. ¿Y? ¿Qué es lo que te propones?
Mientras Rayber le leía su trabajo, Jacobs anotaba cifras en un registro. Rayber se preguntó si no estaría ocupado.
—Defenderme de los barberos —le contestó—. ¿Alguna vez intentaste discutirle a un barbero?
—Yo nunca discuto —le dijo Jacobs.
—Eso es porque no has topado con este tipo de ignorancia —le explicó Rayber—. Nunca la has experimentado.
—Por supuesto que sí —bufó Jacobs.
—¿Y cómo te fue?
—Yo nunca discuto.
—Pero sabes que tienes razón —insistió Rayber.
—Yo nunca discuto.
—Pues yo sí, yo voy a discutir —le dijo Rayber—. Voy a decir lo apropiado con la misma rapidez que ellos dicen lo que no deben. Entiéndeme —aclaró—, no se trata de convertir a nadie, sino de defenderme.
—Te entiendo —dijo Jacobs—. Ojalá lo consigas.
—¡Ya lo he hecho! Lee mi trabajo. Aquí lo tienes. —Rayber se preguntó si Jacobs era un poco burro o si estaría preocupado.
—De acuerdo, déjamelo por aquí. No se te vaya a estropear el cutis de tanto discutir con los barberos.
—Se ha de hacer —dijo Rayber.
Jacobs se encogió de hombros.
Rayber había confiado en poder analizarlo a fondo con él.
—Yo me voy, hasta la vista —lo saludó.
—Adiós —contestó Jacobs.
Rayber se preguntó para qué se habría molestado en leerle su trabajo.
El martes por la tarde, antes de ir a la barbería, Rayber estaba nervioso y se le ocurrió que, para ir practicando, ensayaría con su mujer. Lo ignoraba, pero ella estaba a favor de Hawkson. Cada vez que él le hablaba de las elecciones, ella se las arreglaba para decirle: «El hecho de que enseñes no significa que lo sepas todo». ¿Alguna vez había dicho que sabía algo? Tal vez fuera mejor no llamarla. Pero quería oír qué tal sonaría dicho así, como quien no quiere la cosa. No era largo; no la entretendría demasiado. Probablemente a su mujer le iba a molestar que la llamara. Pese a ello, tal vez lo que le dijera podía ejercer algún efecto en ella. Tal vez… La llamó.
Su mujer le dijo que sí, pero que tendría que esperar a que acabara lo que estaba haciendo; daba la impresión de que siempre estaba ocupada con algo, o tenía que marcharse o hacer algún recado.
Él le dijo que no podía esperar todo el día, faltaban tres cuartos de hora para que la barbería cerrara, le pidió que le hiciera el favor de darse prisa.
Su mujer llegó secándose las manos y le dijo que de acuerdo, que ahí estaba, ¿o acaso no estaba ahí? Adelante.
Empezó a decirlo con fluidez, como quien no quiere la cosa, mirando por encima de la cabeza de su mujer. El sonido de su voz al pronunciar las palabras no estaba mal. Se preguntó si eran las palabras o su tono lo que las hacía sonar como sonaban. Hizo una pausa en mitad de una frase y de reojo observó a su mujer para ver si su expresión le daba alguna pista. Ella tenía la cabeza ligeramente vuelta hacia la mesa que estaba junto a su silla, donde había una revista abierta. En cuanto se calló, ella se levantó.
—Ha estado bien —dijo, y volvió a la cocina.
Rayber salió para la barbería. Caminaba despacio, pensando en lo que iba a decir, de vez en cuando se detenía para mirar distraídamente algún escaparate. En el de Block’s Feed Company exponían unos matagallinas automáticos, «Para que hasta el más tímido pueda matar sus propias aves», rezaba el cartel colocado en lo alto de los aparatos. Rayber se preguntó si lo utilizarían muchos tímidos. Cuando ya estaba cerca de la barbería, por la puerta vio de refilón que el tipo con la seguridad de un ejecutivo estaba sentado en el rincón, leyendo el periódico. Rayber entró y colgó el sombrero.
—¡Hola! —lo saludó el barbero—. No es el día que ha hecho más calor, ¿verdá?
—Ya hace bastante —contestó Rayber.
—Pronto s’acaba la temporada de caza —comentó el barbero.
Pues muy bien, tuvo ganas de decir Rayber, empecemos de una vez. Pensó que elaboraría sus razones a partir de los comentarios de ellos. El gordo ni se había fijado en él.
—Si hubieras visto el nido de codornices que encontró mi perro el otro día —siguió diciendo el barbero mientras Rayber ocupaba el sillón—. Salieron volando la primera vez y cogimos cuatro, luego volvieron a levantar el vuelo y cogimos dos. No’stá mal.
—Nunca he cazado codornices —comentó Rayber con voz ronca.
—No hay na mejor qu’ir a cazar codornices con un negro, un sabueso y una escopeta —dijo el barbero—. Te has perdío mucho en la vida si no lo has probao.
Rayber carraspeó y el barbero siguió trabajando. En el rincón, el gordo pasó una página. «¿Para qué se piensan que he venido?», se preguntó Rayber. No era posible que se hubiesen olvidado. Esperó, y, mientras tanto, escuchaba el zumbido de las moscas y el murmullo de los hombres que conversaban en el fondo. El gordo pasó otra página. Rayber oyó a George barrer el suelo en algún lugar del local, detenerse, volver a barrer y entonces…
—Esto… ¿Sigues apoyando a Hawkson? —le preguntó Rayber al barbero.
—¡Sí! —rió el barbero—. ¡Claro! Se m’había olvidao. Ibas a esplicarnos por qué vas a votar a Darmon. ¡Eh, Roy! —le gritó al gordo—, vente pa acá. Nos va contar por qué tenemos que votar al pastorcito.
Roy gruñó, pasó otra página y murmuró:
—Ya voy, déjame terminar este artículo.
—¿A quién tienes ahí, Joe? —preguntó a los gritos uno de los hombres del fondo—, ¿a uno de los muchachos q’hacen un buen gobierno?
—Sí —dijo el barbero—. Nos va dar un discurso.
—Anda que no me he tragao yo discursos —dijo el hombre.
—Pero ninguno de Rayber —dijo el barbero—. Rayber es buen tipo. Votar no sabe, pero es buen tipo.
Rayber se puso colorado. Dos de los hombres se acercaron.
—No es ningún discurso —pretextó Rayber—. Yo solo quiero discutirlo con vosotros… con sensatez.
—Anda, Roy, vente pa acá —gritó el barbero.
—¿En qué tratas de convertir esto? —masculló Rayber; y luego añadió de sopetón—: Si llamas a todo el mundo, ¿por qué no llamas también a tu chico, a George? ¿Tienes miedo de que se entere?
El barbero miró a Rayber un momento sin decir nada. Rayber sintió como si se hubiese tomado demasiadas libertades.
—Ya se entera —dijo el barbero—. Desde ande está ya se entera.
—He pensado que a lo mejor le podía interesar —dijo Rayber.
—Ya se entera —repitió el barbero—. Ya se entera de lo que se entera y es capaz de enterarse del doble. Es capaz de enterarse de lo que dices y tamién de lo que no dices.
Roy se acercó doblando el periódico.
—Hola, muchacho —saludó poniéndole la mano en la cabeza a Rayber—, a ver ese discurso.
Rayber se sintió como si estuviera atrapado en una red y luchara por salir. Lo miraban desde arriba con las caras rojas y sonrientes. Oyó las palabras salir con dificultad… «Pues bien, tal como yo lo entiendo, los hombres eligen…» Sintió que le salían de la boca como vagones de carga, traqueteando, atropellándose, frenando despacio, deslizándose con un chirrido hasta detenerse de repente, bruscamente, como habían empezado. Se había acabado. A Rayber le crispó que acabara tan pronto. Por un segundo, todos se quedaron en silencio, como si esperasen que continuara.
Y luego:
—¡A ver! ¿De tos los qu’estáis aquí cuántos vais a votar al pastorcito? —gritó el barbero.
Algunos de los hombres se volvieron y rieron por lo bajo. Uno se desternilló.
—Yo —contestó Roy—. Yo me voy ahora mismo pa allá, mañana quiero ser el primero en votar al pastorcito.
—¡Un momento! —gritó Rayber—, yo no trato de…
—George —aulló el barbero—, ¿has oído ese discurso?
—Sí, jefe —contestó George.
—¿Por quién vas a votar, George?
—Yo no trato de… —chilló Rayber.
—Y… me se ocurre que a lo mejor no me dejan votar —continuó diciendo George—. Si me dejan, yo por el señor Hawkson.
—¡Un momento! —chilló Rayber—, ¿os pensáis que trato de haceros cambiar de parecer? ¿Quién os creéis que soy? —Agarró al barbero del hombro y lo obligó a darse la vuelta—. ¿Te crees que yo iba a hacer algo para tratar de remediar vuestra maldita ignorancia?
El barbero se quitó la mano de Rayber del hombro.
—No te pongas nervioso —le dijo—, a tos nos ha parecío un buen discurso. Lo vengo diciendo desde el principio… tienes que pensar, tienes que…
Se echó hacia atrás cuando Rayber lo golpeó y acabó sentado en el reposapiés del sillón de al lado.
—Nos ha parecío un buen discurso —concluyó el barbero sin apartar la vista de la cara blanca y medio enjabonada de Rayber, que lo miraba colérico desde arriba—. Es lo que vengo diciendo desd’el principio.
Rayber se encendió; se le puso el cuello rojo. Se dio la vuelta, se abrió paso rápidamente entre los hombres que lo rodeaban y fue a la puerta. Fuera, el sol hacía que todo flotara en un charco de calor; y antes de que acabara de doblar la primera esquina, casi corriendo, la espuma comenzó a colársele por el cuello y a caer sobre el peinador que le colgaba a la altura de las rodillas.
El lince
E l viejo Gabriel cruzó el cuarto arrastrando los pies, moviendo el bastón al frente, despacio y de lado.
—¿Quién and’ahí? —susurró asomándose a la puerta—. Güelo cuatro negros.
Sus risas suaves, apagadas, se elevaron por encima del murmullo de la rana y se transformaron en voces.
—¿Eso es to lo que sabes hacer, Grabiel?
—¿Vas a venir con nosotros, agüelo?
—Tendrías qu’oler mucho mejor pa decir quiénes somos.
El viejo Gabriel avanzó un poco por el porche.
—Está el Matthew y el George y el Willie Myrick. ¿Y el otro quién es?
—El Boon Williams, agüelo.
Gabriel tanteó con el bastón hasta dar con el borde del porche.
—¿Qu’estáis haciendo? Sentaros conmigo un rato.
—Esperamos al Mose y al Luke.
—Vamos a cazar a ese lince.
—¿Y con qué lo vais a cazar? —masculló el viejo Gabriel—. No tenéis na que sirva pa matar un lince. —Se sentó en el borde del porche con las piernas colgando—. Ya se lo dije al Mose y al Luke.
—¿Y cuántos linces matastes tú, Grabiel?
Sus voces le llegaron a través de la oscuridad, cargadas de leve burla.
—Cuando era niño, hubo una vez un lince —empezó Gabriel—. Andaba por aquí buscando sangre. Una noche entró por la ventana d’una cabaña y diun salto se metió en la cama con un negro y liabrió el gaznate al negro antes que le diera tiempo a gritar.
—Ese lince está en el bosque, agüelo. Sale na más pa matar vacas. El Jupe Williams lo vio un día cuando iba pa l’aserradero.
—¿Y qué hizo?
—Salir corriendo. —Sus risas se elevaron otra vez por encima de los ruidos de la noche—. Pensó qu’iba a por él.
—Iba a por él —murmuró el viejo Gabriel.
—Iba a por las vacas.
Gabriel husmeó el aire.
—Sale del bosque a por algo más que las vacas. Ese va buscando sangre de hombre. Y, si no, al tiempo. Y vosotros queréis ir a cazarlo, pero no lo vais a conseguir. El que va ir de caza es él. Lo vengo oliendo.
—¿Y cómo sabes qu’es a él que güeles?
—Por como güele el lince. No se confunde con na. Por aquí no pasaban desde que yo era chico. ¿Por qué no os sentáis tos un rato? —insistió.
—Agüelo, ¿no tienes miedo d’estarte aquí sentao tú solo?
El viejo Gabriel se puso tenso. Tanteó en busca del poste para levantarse.
—Si esperáis al Mose y al Luke —dijo—, mejor qu’os pongáis en camino. Se fueron tos pa tu casa hace una hora.
II
—¡Entra d’una vez, te digo! ¡Qu’entres ara mismo!
El niño ciego estaba solo, sentado en los escalones, con los ojos clavados al frente.
—¿Ya se fueron tos los hombres? —gritó él.
—Tos menol viejo Hezuh. Entra.
Le daba mucha rabia tener que entrar… con las mujeres.
—Yo lo güelo —dijo.
—Entra ara mismo, Grabiel.
Entró y caminó hasta la ventana. Las mujeres le rezongaban.
—Quédate en la casa, niño.
—Sentao ahí fuera vas hacer qu’el lince venga hasta aquí adentro.
Por la ventana no entraba nada de aire, rascó el postigo en busca del pestillo para abrirlo.
—No abras la ventana, niño. Que nosotras no queremos qu’el lince entraquí diun salto.
—Podía haberm’ido con ellos —dijo él, resentido—. Como lo güelo, podía’visarles. No tengo miedo.
Encerrao con ellas, ni que fuera una mujer.
—Reba dice qu’ella tamién lo güele.
Él oyó a la vieja refunfuñar en el rincón.
—De na les va servir ir a cazarlo —se quejó—. Anda por aquí. Dando vuelt’ahí fuera. Si entra aquí diun salto, me cogerá a mí primera, después va ir a por el chico, después va ir a por…
—Cierra la boca, Reba —oyó decir a su madre—. Qu’a mi niño lo cuido yo.
Él sabía cuidarse solito. No tenía miedo. Olía al lince… Reba y él lo olían. Primero iba a saltar sobre ellos dos; primero sobre Reba y después sobre él. Era como un gato normal, pero un poco más grande, decía su madre. Las zarpas de un gato normal pinchaban cuando las palpabas, las del lince cortaban como cuchillos, y los dientes también cortaban como cuchillos, soltaba fuego por la boca y escupía cal viva. Gabriel notaba esas zarpas en los hombros, y esos dientes en la garganta. Pero no iban a quedarse ahí. Con los dos brazos, lo iba a agarrar del cuerpo al lince, le iba a buscar el cogote y le iba a dar un tirón a la cabeza así, para atrás, hasta hacer que los dos se cayeran al suelo e iba a hacer que le sacara las zarpas de los hombros. Y entonces le iba a dar un mamporro en la cabeza y otro, y otro, y otro más…
—¿Quién va con el viejo Hezu? —preguntó una de las mujeres.
—Solo la Nancy.
—Tendría qu’haber alguien más —dijo su madre en voz baja.
Reba gimió.
—Al que salga l’agarrará antes que llegue a ninguna parte. And’ahí fuera, os lo digo yo. Se v’acercando más y más. Me va agarrar a mí, seguro.
Él lo olía mucho.
—¿Y cómo va entrar? Estáis alborotando pa na.
Esa era la flaca Minnie. Esa no le tenía miedo a na. Le habían echao el mal de ojo desde chiquita, bruja había salío.
—Va entrar muy fácil si quiere —resopló Reba—. Va romper esa gatera y va entrar.
—Cuando pas’eso podemos estar en casa de la Nancy —dijo Minnie, desdeñosa.
—Vosotras sí podéis —masculló la vieja.
Él y ella no iban a poder, lo sabía. Pero él se quedaría y pelearía. ¿Ves a ese cieguito d’ahí? ¡Es el que mató al lince!
Reba empezó a refunfuñar.
—¡Cállate! —ordenó su madre.
El refunfuño se transformó en canto… Le salía bajito de la garganta.
Señor, Señor
Hoy veré a tu peregrino.
Señor, Señor,
Hoy veré a…
—¡Calla! —siseó su madre—. ¿Qué s’oye ahí fuera?
Gabriel se inclinó hacia delante, envuelto en el silencio, rígido, alerta.
Era un golpecito y otro más, seguido quizá a lo lejos de un gruñido, y luego un grito, muy lejos, cada vez más fuerte, más fuerte, más cerca, más cerca, subía la colina y bajaba al patio y llegaba al porche. La cabaña se sacudió al embestir un cuerpo contra la puerta. Dentro del cuarto se notó una ráfaga y entró el grito. ¡Nancy!
—¡L’agarró! ¡L’agarró, entró diun salto por la ventana y se le tiró al cuello! Al Hezuh —lloró Nancy—, al viejo Hezuh.
Los hombres regresaron más tarde, esa misma noche, con un conejo y dos ardillas.
III
