Todo queda en casa

Alice Munro

Fragmento

Alice Munro en sus propias palabras*

Me interesé muy pronto por la lectura gracias a un cuento, La sirenita, de Hans Christian Andersen, que alguien me leyó. No sé si se acordará usted de La sirenita, pero es un cuento muy triste. La sirenita se enamora del príncipe, pero no puede casarse con él porque ella es una sirena. ¡Era tan triste…! No recuerdo los detalles. Pero en cualquier caso, en cuanto terminó el cuento salí fuera y estuve dando vueltas y vueltas alrededor de la casa donde vivíamos, una casa de ladrillo, e inventé un cuento con un final feliz, porque pensaba que la sirenita tenía derecho a ser feliz; me inventé un cuento distinto solo para mí, que no recorrería el mundo, pero pensé que lo había hecho lo mejor que pude; la sirenita se casaría con el príncipe y viviría feliz para siempre, lo que ciertamente se merecía, puesto que había hecho cosas terribles para ganarse la voluntad del príncipe. Había tenido que transformarse hasta conseguir unas piernas como las que tiene la gente corriente y caminar, ¡pero cada paso que daba era dolorosísimo! Estaba dispuesta a pasar por eso para conseguir al príncipe. Así que pensé que merecía algo más que morir en el agua. No me preocupó el hecho de que seguramente el resto del mundo no conocería el nuevo cuento, porque para mí era como si se hubiera publicado desde el primer momento en que pensé en ella. Así que ahí lo tiene. Fue un temprano inicio en la escritura.

Díganos: ¿cómo aprendió a contar una historia, y a escribirla?

Yo inventaba historias constantemente; el camino de casa a la escuela era largo, y por regla general durante ese trayecto inventaba historias. Conforme fui creciendo los cuentos versaban cada vez más sobre mí misma, era como una heroína en una u otra situación; no me molestaba que los cuentos no se publicaran enseguida y no sé si pensaba siquiera en que otras personas los conocieran o los leyeran. Lo importante era la propia historia, generalmente una historia muy satisfactoria desde mi punto de vista, teniendo en mente la valentía de la sirenita, que ella era inteligente, que era capaz de hacer un mundo mejor, porque actuaba y tenía poderes mágicos y habilidades por el estilo.

¿Era importante que la historia se contara desde la perspectiva de una mujer?

No creía que eso fuera importante, pero tampoco pensaba nunca en mí misma como en algo que no fuera una mujer, y hubo muchas buenas historias sobre niñas y mujeres. Quizá al llegar a la adolescencia el asunto tenía más que ver con ayudar al hombre a satisfacer sus necesidades, etcétera, pero de niña yo no tenía absolutamente ningún sentimiento de inferioridad por ser mujer. Y es posible que eso se debiera al hecho de haber vivido en una parte de Ontario donde eran sobre todo las mujeres las que leían, las que contaban la mayoría de las historias, mientras los hombres estaban fuera haciendo cosas importantes; ellos no se dedicaban a las historias. De modo que me sentía como en casa.

¿Cómo le inspiró aquel entorno?

No creo que necesitara inspiración alguna, pensaba que los relatos tenían mucha importancia en el mundo, y yo quería inventar algunos de ellos, quería seguir haciéndolo, y eso no tenía nada que ver con los demás, no tenía por qué decírselo a nadie, y hasta mucho después no comprendí que sería interesante que pudieran leerlos más personas.

¿Qué es lo importante para usted cuando cuenta una historia?

Bueno, en aquellos primeros días lo importante era, sin duda, el final feliz, pues yo no toleraba finales infelices para mis heroínas. Más adelante empecé a leer obras como Cumbres borrascosas, y había finales muy, muy infelices, de modo que cambié mis ideas por completo y opté por lo trágico, y me gustó.

¿Qué puede haber tan interesante en la descripción de la vida provinciana canadiense?

Hay que estar allí. Pienso que cualquier vida puede ser interesante, cualquier entorno puede ser interesante. Creo que no habría sido tan osada si hubiera vivido en una ciudad, compitiendo con personas con lo que puede denominarse un nivel cultural, en general, más alto. Yo no tuve que enfrentarme a eso. Era la única persona que conocía que escribía cuentos, aunque no se los contara a nadie, y hasta donde sabía, al menos durante un tiempo, la única persona capaz de hacerlo en el mundo.

¿Siempre ha tenido esa seguridad en su escritura?

La tuve durante mucho tiempo, pero me volví muy insegura cuando crecí y conocí a otras personas que también escribían. Entonces me di cuenta de que el trabajo era un poco más difícil de lo que creía. Pero nunca me rendí, aquello era mi vida.

Cuando empieza un cuento, ¿tiene siempre desarrollado el argumento?

Sí, pero luego a menudo cambia. Empiezo con un argumento y trabajo en él, y luego veo que sigue otro camino y que pasan cosas mientras escribo, pero tengo que empezar con una idea bastante clara de por dónde va la historia.

¿Hasta qué punto le absorbe la historia cuando está escribiendo?

¡Ah, por completo! Pero siempre daba de comer yo a mis hijos, ¿eh? Yo era un ama de casa, de modo que aprendí a escribir en los ratos libres, y creo que nunca lo dejé, aunque hubo momentos en que me sentí muy desalentada, porque empecé a ver que los cuentos que escribía no eran muy buenos, que tenía mucho que aprender y que era un trabajo muchísimo más difícil de lo que yo esperaba. Pero no me detuve, no creo que lo haya hecho nunca.

¿Qué parte es la más difícil cuando quiere contar una historia?

Creo que probablemente cuando terminas la historia y te das cuenta de lo mala que es. Ya sabe: la primera parte, entusiasmo; la segunda, ¡bastante bueno!; pero luego te levantas una mañana y piensas «Qué disparate», y es entonces cuando realmente tienes que ponerte a trabajar en ello. A mí siempre me parecía que eso era lo que tenía que hacer: si la historia no funcionaba era culpa mía, no de la historia.

Pero ¿cómo le da la vuelta a la historia si no se siente satisfecha?

Trabajando duro. Intento pensar en un modo mejor de contarla. Tienes personajes a los que no has dado una oportunidad, y tienes que pensar en ellos o hacer algo completamente distinto con ellos. En mis primeros días era propensa a utilizar una prosa muy florida, y poco a poco aprendí a eliminar muchas cosas. Solo hay que seguir pensando en ello y averiguar cada vez más de qué iba la historia, al principio creías que la habías entendido, pero en realidad tenías mucho más que aprender de ella.

¿Cuántas historias ha desechado?

¡Ja!, cuando era joven las desechaba todas. No tengo ni idea, pero en los últimos años no lo he hecho tan a menudo, por regla general sabía qué tenía que hacer para hacerlas vívidas. Pero siempre puede haber un error en algún sitio, del que yo soy consciente y que ustedes solo tienen que olvidar.

¿Alguna vez ha lamentado haber descartado una historia?

No creo, porque cuando lo hago ya he sufrido suficiente con ella, sabiendo que no funcionaba desde el principio. Pero, como digo, eso no ocurre muy a menudo.

¿Cómo ha ido cambiando su escritura con la edad?

De una manera muy predecible. Empiezas escribiendo sobre hermosas princesas jóvenes y luego escribes sobre amas de casa y niños, y más tarde sobre ancianas, y eso sencillamente ocurre, sin que intentes hacer algo a propósito para cambiarlo. Cambia tu visión.

¿Cree que ha sido usted importante para otras escritoras por ser ama de casa, por ser capaz de combinar el trabajo doméstico con la escritura?

En realidad no lo sé, aunque espero haberlo sido. De joven acudí a otras escritoras, y eso supuso un gran estímulo para mí, pero no sabría decirle si he sido importante para otras. Pienso que ahora las mujeres lo tienen no diría mucho más fácil, sino mucho mejor para hacer algo importante, no solo tontear con un juguete al que se dedican mientras todos los demás están fuera de casa, sino tomarse realmente en serio la escritura, como lo haría un hombre.

¿Qué impacto cree que produce en las personas que leen sus cuentos, sobre todo en las mujeres?

Quiero que mis cuentos conmuevan a las personas, no me importa si son hombres, mujeres o niños. Quiero que mis cuentos cuenten algo sobre la vida que haga que la gente diga: «¡No, eso no es verdad!», pero sentir una especie de recompensa de la escritura, y eso no significa que tenga que haber un final feliz, sino simplemente que todo lo que cuenta la historia conmueva al lector de tal modo que cuando haya terminado sienta que es una persona distinta.

¿Qué piensa de sí misma? ¿Qué ha significado para usted esa expresión?

Bueno, yo crecí en el campo, con personas que en general eran de origen escocés-irlandés, y era una idea muy común no esforzarse demasiado, no pensar nunca que se era inteligente. Esa era otra imagen popular: «¡Ah!, ¿te crees muy inteligente?». Y para hacer algo como escribir tenías que creer que eras inteligente pero yo era solo una persona peculiar.

¿Fue usted una feminista precoz?

Yo no conocía la palabra «feminismo», pero, desde luego, era una feminista, porque de hecho crecí en una parte de Canadá donde las mujeres podían escribir más fácilmente que los hombres. Los grandes escritores, los importantes, eran hombres, pero saber que una mujer escribía cuentos quizá era menos un demérito para ella que para un hombre. Porque esa no era una ocupación de hombres. Bueno, así era durante la mayor parte de mi juventud; ahora no es así, en absoluto.

¿Habría cambiado su escritura si hubiera terminado los estudios universitarios?

Podría haberlo hecho, podría haberme vuelto mucho más cauta y mucho más temerosa con respecto al hecho de ser escritora, porque, cuanto más sabía sobre lo que habían hecho otras personas, más desalentada me sentía. Quizá habría pensado que yo no podía hacerlo, aunque en realidad no creo que eso hubiera ocurrido, o tal vez solo durante un tiempo, porque yo deseaba tanto escribir que simplemente habría seguido adelante y lo habría intentado de todos modos.

¿Fue la escritura un don que se le dio?

No creo que las personas que me rodeaban lo pensaran, en cualquier caso, yo nunca he pensado en la escritura como en un don, simplemente creía que era algo que podía hacer si me esforzaba lo suficiente. De modo que, si fue un don, desde luego no fue un don fácil, no después de La sirenita.

¿Alguna vez ha dudado, alguna vez ha pensado que no era lo bastante buena?

¡Constantemente, constantemente! Siempre desechaba más material del que enviaba o finalizaba, y eso fue así más o menos hasta casi cumplir los treinta años. Pero todavía estaba aprendiendo a escribir como yo quería. Así que no, no era una tarea fácil.

¿Qué significó su madre para usted?

Mis sentimientos sobre mi madre eran muy complejos, porque ella estaba enferma, tenía la enfermedad de Parkinson; necesitaba mucha ayuda y le costaba hablar, la gente no entendía lo que decía, y sin embargo era una persona muy gregaria, a la que le gustaba muchísimo participar de la vida social, y, desde luego, eso no le era posible debido a sus problemas de habla. Yo me sentía avergonzada por ella, la quería, pero quizá no deseaba identificarme con ella, no deseaba levantarme y decir lo que ella quería que dijera a la gente; era difícil, del mismo modo que pensaría cualquier adolescente de alguna persona o de uno de sus padres que estuviera mermado en algún aspecto. Querrías que esa época estuviera totalmente desprovista de tales inconvenientes.

¿Ella le inspiró de algún modo?

Creo que probablemente lo hizo, pero no de un modo que yo pudiera percibir o entender. No me acuerdo de cuando no escribía las historias, quiero decir que no las ponía por escrito, sino que las contaba, no a ella, a cualquiera. Pero el hecho de que ella leyera, y mi padre también leyera… Mi madre, creo, habría sintonizado más con alguien que quería ser escritora. Habría pensado que era admirable serlo, pero las personas de mi alrededor no sabían que yo quería ser escritora, porque yo no dejé que lo descubrieran, ya que a la mayoría les habría parecido ridículo. Porque la mayoría de las personas que conocía no leían, se tomaban la vida de un modo muy práctico, y yo tenía que proteger mi idea de la vida de las personas que conocía.

¿Ha sido difícil contar una historia real desde la perspectiva de una mujer?

No, en absoluto, porque así es como pienso al ser mujer, y eso nunca me ha molestado. Es algo específico de las circunstancias en las que crecí: si alguien leía, eran las mujeres, si alguien tenía educación, solía ser la mujer; habría sido maestra de escuela o alguna profesión por el estilo, y, lejos de estar cerrado a las mujeres, el mundo de la lectura y la escritura estaba mucho más abierto a ellas que a los hombres, ya que estos eran granjeros o hacían otro tipo de trabajos.

¿Se crió usted en un hogar de clase trabajadora?

Sí.

¿Y ahí es también donde empiezan sus historias?

Sí, pero yo no era consciente de que aquel era un hogar de clase trabajadora: simplemente observaba dónde estaba y escribía sobre ello.

¿Y le gustaba el hecho de escribir siempre en momentos concretos, mirando el reloj, cuidando de los niños, preparando la cena?

Bueno, escribía siempre que podía, y mi primer marido me ayudó mucho; para él escribir era una cosa admirable. Él no lo veía como algo que una mujer no pudiera hacer, a diferencia de muchos de los hombres que conocí más tarde.

En la librería

Al principio fue muy divertido, porque nos mudamos aquí, decididos a abrir una librería, y todos pensaban que estábamos locos y nos moriríamos de hambre, pero no fue así. Trabajamos muy duro.

¿Qué importancia tuvo la librería para ustedes dos al principio, cuando empezó todo?

Fue nuestro sustento. Era todo lo que teníamos. No contábamos con ninguna otra fuente de ingresos. El día que abrimos ganamos ciento setenta y cinco dólares, y usted pensará que era mucho. Bueno, sí lo fue, porque tardamos mucho tiempo en volver a ganarlos.

Yo me sentaba detrás del mostrador y buscaba los libros para las personas que me los pedían, y hacía todo lo que uno hace en una librería; generalmente estaba sola, y entraba gente y hablaba mucho de libros, era más un lugar de reunión que un lugar donde comprar cosas, sobre todo por las noches, cuando me sentaba aquí sola y la gente entraba, me hablaban de una cosa u otra, y era estupendo, era muy divertido. Hasta ese momento yo había sido un ama de casa, y también era escritora; pero aquella era una maravillosa oportunidad de entrar en el mundo. No creo que ganáramos mucho dinero; posiblemente yo hablaba demasiado con la gente en lugar de darle los libros, pero fue una época fantástica de mi vida.

¿Desea que sus libros inspiren a las mujeres jóvenes y que estas se sientan inspiradas a escribir?

No me importa lo que sientan mientras disfruten leyendo el libro. No deseo que la gente encuentre tanto inspiración como un gran placer. Eso es lo que quiero; deseo que la gente disfrute con mis libros, que los vea de algún modo relacionados con sus vidas. Pero eso no es lo principal. Intento decir que no soy…, supongo que no soy una persona política.

¿Es usted una persona cultural?

Probablemente. No estoy muy segura de lo que eso significa, pero creo que lo soy.

Parece usted tener una visión muy sencilla de las cosas…

¿Yo? Bueno, sí.

He leído en algún sitio que desea que las cosas se cuenten de una manera fácil.

Sí, es cierto. Pero no pienso que quiero contar las cosas fácilmente, es solo mi forma de escribir. Creo que escribo naturalmente de una manera fácil, sin pensar en que eso tenga que ser fácil.

¿Alguna vez ha pasado por períodos en los que no ha sido capaz de escribir?

Sí. Bueno, dejé de escribir, ¿cuándo fue?, hará cosa de un año; pero esa fue una decisión, eso fue porque no quería escribir y no me veía capaz de hacerlo; decidí que quería comportarme como el resto del mundo. Porque cuando escribes haces algo que los demás no saben que haces, y en realidad no puedes hablar de ello, siempre estás buscando tu camino en ese mundo secreto, y luego haces otra cosa en el mundo normal. Y estoy un poco cansada de eso, lo he hecho toda mi vida, absolutamente toda mi vida. Cuando entraba en contacto con escritores que eran en cierto modo más académicos me ponía un poco nerviosa, porque sabía que yo no podía escribir así, yo no tenía ese don.

Quizá sea una forma distinta de contar una historia…

Sí, y nunca he trabajado en ello, ¿cómo lo diría?, de una forma consciente; bueno, desde luego yo era consciente, trabajaba de una forma que me confortaba y me complacía más que siguiendo algún tipo de idea.

¿Alguna vez se había imaginado que ganaría el Premio Nobel?

¡No, qué va! ¡Yo era una mujer! Hay mujeres que lo han ganado, lo sé. Claro que me agrada ese honor, me agrada, pero simplemente no había pensado en ello, porque la mayoría de los escritores probablemente subestiman su trabajo, sobre todo cuando ya está hecho. Uno no va por ahí diciendo a sus amigos que probablemente ganará el Premio Nobel…

¿Alguna vez vuelve a aquellos tiempos y lee alguno de sus viejos libros?

¡No! ¡No! ¡Me temo que no! No, probablemente experimentaría un terrible impulso de cambiar solo un poquito aquí, un poquito allí, incluso lo he hecho en algunos ejemplares de mis libros que he sacado del armario, pero luego me doy cuenta de que no importa si los cambio, porque ahí fuera no han cambiado.

¿Hay algo que quiera decirle a la gente en Estocolmo?

Sí, quiero decir que estoy muy agradecida por este gran honor, ¡que nada, nada en el mundo podría hacerme tan feliz como esto! ¡Gracias!

Entrevistador: Stefan Åsberg.

Producción: Sveriges Utbildningsradio AB y Sveriges Television.

Grabado los días 12 y 13 de noviembre de 2013, en Canadá.

El amor de una mujer generosa

Desde hace un par de décadas hay un museo en Walley dedicado a conservar fotografías, mantequeras, arreos de montura, una vieja butaca de dentista, un engorroso artilugio para pelar manzanas y demás curiosidades, como aquellos pequeños aisladores de porcelana o vidrio tan bonitos que se ponían en los postes de telégrafo.

Hay también un estuche rojo en el que se lee D. M. WILLENS, OPTOMETRISTA en letras impresas, y al lado una nota donde dice: «Este estuche de instrumental óptico tiene un notable valor local, no tanto por su antigüedad como porque perteneció al señor M. D. Willens, que murió ahogado en el río Peregrine en 1951. El estuche se salvó del accidente, y al parecer fue recuperado por el donante anónimo que lo entregó para que formara parte de nuestra colección».

El oftalmoscopio podría hacer pensar en un muñeco de nieve. La parte superior, en concreto, la que está sujeta al mango hueco. Un disco grande, con un disco más pequeño encima. En el disco grande hay un orificio por el que se mira mientras se van moviendo las lentes. El mango es pesado, porque todavía lleva las baterías dentro. Si se sacaran las baterías y se colocara la correspondiente varilla, con un disco en cada extremo, se le podría conectar un cable eléctrico. Pero debía de darse la necesidad de utilizar el instrumento en sitios donde no había electricidad.

El retinoscopio parece más complicado. Debajo del arco donde se apoya la frente hay algo similar a la cabeza de un elfo, con una cara plana y redonda y un capuchón metálico. La pieza se sostiene en un ángulo de cuarenta y cinco grados sobre una fina columna, y en lo alto de esa columna se supone que ha de encenderse una lucecita. La cara plana es de cristal, una especie de espejo oscuro.

Todo el material es de color negro, pero solo por la pintura. En las zonas que la mano del optometrista debía de rozar más a menudo, la pintura ha saltado y se ve el brillo plateado del metal.

I
Jutland

Este lugar se llamaba Jutland. Antiguamente hubo aquí un molino y algún tipo de asentamiento, pero a finales del siglo pasado ya no quedaba nada, aunque a decir verdad nunca llegó a prosperar demasiado. Mucha gente creía que se llamaba así en honor a la famosa batalla naval de la Primera Guerra Mundial, pero en realidad todo estaba en ruinas antes de que esa batalla tuviera lugar.

Los tres chicos que subieron hasta aquí una mañana de sábado a principios de la primavera de 1951 creían, como casi todos los niños de la zona, que el nombre guardaba alguna relación con los viejos tablones de madera que sobresalían de la margen del río y los gruesos puntales que asomaban en el agua cerca de la orilla, formando una empalizada desigual. (En realidad eran los restos de un dique, construido antes de los tiempos del cemento). Los tablones, un montón de piedras angulares, un arbusto de lilo, varios manzanos enormes deformados por el nudo negro y la acequia del molino, una zanja poco profunda que se llenaba de ortigas cada verano, eran los únicos vestigios de aquella época.

Un camino comunicaba con la carretera del pueblo, pero nunca se había pavimentado de grava y aparecía en los mapas como una línea de puntos, una pista forestal. En verano circulaban bastantes coches, de la gente que iba a nadar al río o las parejas que buscaban un sitio donde aparcar. Había un claro donde se podía dar la vuelta justo antes de llegar a la acequia, pero solía estar tan invadido de zarzas y berros, y cicuta silvestre en los años lluviosos, que a veces los coches tenían que retroceder marcha atrás hasta la carretera.

Las huellas de coche hasta el borde del agua se distinguían a primera vista aquella mañana de primavera, pero estos chicos no las advirtieron porque solo iban pensando en nadar. Al menos ellos lo llamaban nadar; al volver al pueblo dirían que habían estado nadando en Jutland cuando aún quedaba nieve.

Aquí, río arriba, hacía más frío que en las vegas cerca del pueblo. En los árboles de la ribera todavía no había brotado ni una sola hoja, la única nota de verdor la ponían los puerros silvestres y las caltas palustres, frescas como espinacas, que crecían en todos los arroyuelos que bajaban hasta el río. Y en la otra orilla, bajo unos cedros, vieron justamente lo que buscaban: una franja alargada, fina y pertinaz de nieve gris como la piedra.

Aún no se había derretido del todo.

Así que saltarían al agua y sentirían el frío atravesándolos como puñales de hielo. Puñales de hielo que les salían por los ojos y se les clavaban desde dentro en la parte superior del cráneo. Aletearían unas cuantas veces y saldrían del agua temblando y castañeteando los dientes; embutirían los brazos y las piernas entumecidos en la ropa, sintiendo en las carnes la dolorosa y lenta reconquista de la sangre y el alivio de haber cumplido con el desafío.

Las huellas que no habían advertido cruzaban en línea recta la acequia, donde ahora no crecía nada y solo quedaba la hierba amarillenta muerta y aplastada del año anterior. Cruzaban la acequia y llegaban al río sin que se advirtiera ningún intento de dar la vuelta. Los chicos pasaron por encima, pero entonces se habían acercado lo suficiente al agua para que algo más extraordinario que unas huellas de neumáticos captara su atención.

Había un destello azulado en el agua que no era un reflejo del cielo. Era un coche totalmente hundido en la poza, medio inclinado, con las ruedas delanteras y el morro encajados en el cieno del fondo, y el maletero abombado casi rozando la superficie. El celeste era entonces un color poco común para un coche, y la carrocería redondeada tampoco era frecuente. Enseguida lo supieron. Aquel pequeño coche inglés, el Austin, seguramente el único en todo el condado. Era del señor Willens, el optometrista. Cuando iba sentado al volante parecía un personaje de historieta cómica, porque era un hombre corpulento pero de poca estatura, cargado de hombros y con la cabeza muy grande. Siempre parecía metido a presión en aquel pequeño coche como si fuera un traje a punto de reventar.

El coche tenía una escotilla en el techo que el señor Willens abría cuando hacía buen tiempo. Ahora estaba abierta. No se veía bien qué había dentro. El color del coche permitía distinguir perfectamente la silueta, pero el agua no estaba demasiado clara y las formas más oscuras se veían turbias. Los chicos se agacharon en la orilla, luego se tumbaron boca abajo sacando la cabeza como tortugas, intentando atisbar en el interior. Había algo oscuro y peludo, algo parecido a la cola de un animal grande, que salía por la escotilla del techo y se movía lánguidamente en el agua. Enseguida se dieron cuenta de que era un brazo, metido en la manga de una chaqueta oscura de un material grueso y afelpado. Todo indicaba que el cuerpo de un hombre —tenía que ser el cuerpo del señor Willens— estaba atrapado dentro en una postura extraña. La fuerza del agua (porque incluso en la represa del molino el agua llevaba bastante fuerza en esta época del año) debía de haberlo levantado del asiento y lo había empujado a su antojo, de manera que un hombro había quedado cerca del techo y el brazo libre. Seguramente la cabeza estaba encajada contra la puerta y la ventanilla del conductor. Una rueda delantera se notaba más hundida en el lecho del río que la otra, lo que significaba que el coche estaba ladeado, además de inclinado hacia delante. De hecho, probablemente la ventana estuviera abierta y la cabeza asomara por fuera, a juzgar por la posición del cuerpo, pero eso no alcanzaban a verlo. Podían imaginar la cara del señor Willens tal como la conocían: una cara grande y cuadrada que a menudo adoptaba una expresión ceñuda muy teatral, pero nunca amenazante de verdad. Tenía un pelo fino y crespo, rojizo o cobrizo en la coronilla y peinado en diagonal sobre la frente. Las cejas eran más oscuras que el pelo, tupidas e hirsutas como un par de orugas pegadas por encima de los ojos. A los chicos les parecía una cara grotesca de por sí, igual que las caras de tantos otros adultos, y no les daba miedo verla ahogada. Pero lo único que se distinguía era aquel brazo y la mano pálida. Consiguieron observar la mano con bastante nitidez una vez se acostumbraron a mirar a través del agua. Se mecía temblorosa y vacilante, como una pluma, aunque con una textura similar a la de la masa. Y también igual de ordinaria, una vez te acostumbrabas a verla allí. Las uñas parecían caritas limpias, con su mirada inteligente y cotidiana de saludo, ignorando sabiamente las circunstancias.

«La madre que lo parió —dijeron los chicos. Con voces cada vez más enérgicas y un tono de profundo respeto, incluso de gratitud—. La madre que lo parió.»

Era la primera salida que hacían este año. Habían cruzado el río Peregrine por el puente de doble arco y un solo carril que se conocía como Puerta del Infierno o Trampa de la Muerte, aunque el verdadero peligro, más que el puente en sí, era la curva cerrada que daba la carretera en el lado sur.

Había un arcén para los peatones, pero nunca lo utilizaban. No recordaban haber ido nunca por ahí. Quizá hacía años, cuando todavía tenían edad para que los llevaran de la mano. Pero para ellos esa época no existía; no habrían admitido que formaba parte de su pasado ni aunque les hubieran enseñado fotografías que lo probaban o los hubieran obligado a escuchar anécdotas en las conversaciones de la familia.

Cruzaron el puente caminando por el pretil de hierro que había al otro lado. Era un bordillo de un palmo de anchura que se levantaba más o menos un pie del suelo del puente. El río Peregrine arrastraba el hielo y la nieve derretida del invierno hasta el lago Hurón. Apenas empezaba a recuperar el caudal, después de las crecidas que cada año empantanaban las llanuras, arrancando los árboles jóvenes y arremetiendo contra cualquier bote o cabaña que encontraban a su paso. Con los riachuelos fangosos que seguían drenándose de los campos y el pálido reflejo del sol en la superficie, el agua parecía caramelo hirviendo. Pero si te caías dentro te congelaría la sangre y te arrojaría río abajo, si no te estampaba antes en los contrafuertes y te partía el cráneo.

Los coches tocaban el claxon, en señal de advertencia o de reproche, pero los chicos no hicieron caso. Avanzaron en fila india ensimismados como sonámbulos. Al llegar a la orilla norte se encaminaron hacia el valle por los atajos que recordaban del año anterior. La crecida era tan reciente que resultaba difícil seguir esos senderos. Había que ir pisoteando la maleza caída y saltar de un montículo de hierba fangosa al otro. A veces no ponían mucho cuidado al saltar y aterrizaban en el barro o en los charcos que aún quedaban, y cuando se les mojaron los pies dejaron de preocuparse. Siguieron chapoteando por el barro y los charcos, mientras el agua se les metía por el borde de las botas de goma. Soplaba un viento cálido, que deshacía las nubes en hilachas de lana vieja, y las gaviotas y los cuervos se peleaban y se lanzaban en picado hacia el río. Los halcones volaban en círculos en lo alto, ojo avizor; los tordos acababan de volver por primavera, y los mirlos de alas rojas revoloteaban en parejas, con un plumaje tan lustroso que parecía lacado.

—Debería haberme traído el rifle del veintidós.

—Debería haberme traído la escopeta de cartuchos.

Eran demasiado mayores para levantar unos palos y hacer ruidos de disparos. Decían esas cosas lamentándose con naturalidad, como si pudieran disponer de las armas cuando quisieran.

Remontaron la orilla norte hasta un claro donde solo había arena. Supuestamente las tortugas enterraban allí los huevos. Todavía no era la temporada del desove, y en realidad la historia de los huevos de tortuga venía de años atrás, ninguno de estos chicos había visto nunca ninguno. De todos modos patearon y pisotearon la arena, por si acaso. Luego buscaron el sitio donde el año anterior uno de ellos había encontrado con otro chico un hueso de vaca, el hueso de la cadera, que la corriente había arrastrado de alguna pila de despojos. Cada año el río traía un buen número de cosas sorprendentes o aparatosas, objetos raros o domésticos, y los depositaba en lugares insospechados. Rollos de cable, un tramo de escalones intacto, una pala torcida, una olla para hacer palomitas de maíz. El hueso de vaca había quedado atrapado en la rama de un zumaque, que parecía el lugar ideal, porque las ramas lisas del árbol parecían astas de vaca o cornamentas de ciervo, algunas incluso rematadas en puntas de color rojizo.

Estuvieron un rato dando brincos y Cece Ferns les enseñó la rama en cuestión, pero no encontraron nada.

Fueron Cece Ferns y Ralph Diller los que hicieron el hallazgo, y cuando le preguntaron dónde había ido a parar, Cece Ferns dijo: «Se lo quedó Ralph». Los dos chicos que estaban con él ahora, Jimmy Box y Bud Salter, sabían por qué. Cece nunca se podía llevar nada a casa, salvo algo pequeño que pudiera esconder fácilmente de su padre.

Hablaron de otros hallazgos útiles que podrían aparecer o habían aparecido en años anteriores. Las estacas de las vallas servían para construir una balsa, se podían recoger troncos de las orillas para la choza o el bote que planeaban construir. Suerte de verdad sería hacerse con algunas trampas sueltas de rata almizclera. Con eso se podría montar un negocio. Podrían conseguir la madera para hacer los bastidores donde curtir las pieles y robar los cuchillos para despellejarlas. Hablaron de ocupar un cobertizo abandonado que conocían, en el camino sin salida detrás de las antiguas caballerizas. Había un candado en la puerta, pero seguramente podían colarse por la ventana, sacando los postigos por la noche y volviéndolos a colocar por la mañana. Podían llevarse una linterna para trabajar. No, un farol. Podían despellejar las ratas almizcleras y curtir las pieles y venderlas por un montón de dinero.

Se enfrascaron tanto en el proyecto que empezaron a preocuparse por dejar las valiosas pieles en el cobertizo todo el día. Uno de ellos tendría que hacer guardia mientras los demás iban a tender las trampas. (Nadie mencionaba la escuela.)

Así era como hablaban cuando se alejaban del pueblo. Hablaban como si fueran libres, o casi libres, como si no tuvieran que ir a la escuela, ni vivieran con sus familias ni sufrieran cualquiera de las humillaciones que su edad les imponía. Y también como si el campo y los establecimientos ajenos fueran a abastecerlos de todo lo que necesitaban para sus empresas y aventuras, con solo alguno que otro pequeño riesgo y esfuerzo por su parte.

Otra cosa que cambiaba cuando hablaban allí era que prácticamente dejaban de usar nombres. Tampoco es que cuando hablaban entre ellos se llamaran mucho por el nombre, ni siquiera con los diminutivos familiares, como Bud. Pero en la escuela casi todo el mundo tenía un apodo, a veces relacionado con el aspecto o la manera de hablar de alguien, como Gafotas o Parlanchín, y a veces, como Culo Escocido y Follagallinas, relacionados con incidentes reales o imaginarios de las vidas de los que recibían el mote, o incluso de las vidas (esos apodos pasaban de generación en generación durante décadas) de sus hermanos, padres o tíos. También dejaban de lado esos nombres cuando estaban en el bosque o en la orilla del río. Si tenían que avisarse de alguna manera, bastaba con decir «Eh». Incluso los apodos insultantes y obscenos y que supuestamente no llegaban a oídos de los adultos habrían estropeado la sensación de que en esos momentos las miradas, las costumbres, la familia y la historia personal de cada cual estaban de más.

Y aun así apenas pensaban en los otros como amigos. No se les habría ocurrido decir que uno de ellos era su mejor amigo, o el segundo mejor, o ir cambiando los posibles candidatos para esos puestos, como hacían las chicas. Cualquiera de entre por lo menos una docena de chicos podría ocupar el lugar de uno de estos tres, y los demás lo aceptarían exactamente igual. Casi todos en esa pandilla tenían entre nueve y doce años, demasiado mayores ya para quedarse encerrados en un patio o un barrio, pero demasiado jóvenes para trabajar, aunque fuese barriendo la acera delante de las tiendas o llevar pedidos por las casas en bicicleta. La mayoría de ellos vivían en el arrabal al norte del pueblo, así que era de esperar que se buscaran un trabajo por el estilo en cuanto tuvieran edad para hacerlo, y que ninguno de ellos fuera a estudiar al internado de Appleby o al del Alto Canadá. Y aunque ninguno vivía en una choza ni tenía un pariente en la cárcel, las diferencias entre las costumbres de cada casa y lo que se esperaba de ellos en la vida eran notables. Pero esas diferencias se atenuaban en cuanto perdían de vista la cárcel del condado, el silo y las torres de la iglesia, y estaban demasiado lejos para oír las campanadas del reloj del juzgado.

Volvieron al pueblo a paso ligero. A veces trotaban un poco, pero no corrían. Abandonaron los saltos, las distracciones, los chapoteos, y dejaron también de lado las risotadas y los alaridos que hacían en el camino de ida. Descubrían nuevos tesoros arrastrados por la corriente, pero pasaban de largo. Avanzaban como adultos, de hecho, a un ritmo sostenido y por el camino más razonable, sin perder de vista adónde tenían que ir y lo que había que hacer a continuación. Como si estuvieran muy cerca de algo y solo los separara del mundo la imagen que tenían delante de los ojos, que era lo que parecía sucederles a la mayoría de los adultos. La charca, el coche, el brazo, la mano. Barajaban la idea de que al llegar a un lugar determinado empezarían a gritar. Entrarían en el pueblo chillando y pregonando el suceso, y todo el mundo se quedaría paralizado, asimilando la noticia.

Cruzaron el puente como de costumbre, por el pretil, pero sin ninguna sensación de riesgo, ni de valentía, ni tampoco de descuido. Podrían haber cruzado lo mismo por el arcén.

En lugar de seguir la carretera serpenteante por la que se llegaba tanto al embarcadero como a la plaza, subieron directamente el terraplén por un sendero que salía cerca de los galpones del ferrocarril. El reloj dio la campanada del primer cuarto. Las doce y cuarto.

A esa hora la gente volvía a casa a comer. Los que trabajaban en una oficina tenían la tarde libre, pero los que trabajaban en las tiendas solían disponer de una hora a mediodía, porque los sábados abrían hasta las diez o las once de la noche.

La mayoría de la gente iba a casa a comer un plato caliente, una comida que llenara. Chuletas de cerdo, o salchichas, o ternera cocida, o pastel de carne. Siempre acompañado de patatas, fritas o en puré; o de tubérculos que se guardaban para el invierno, o col, o cebollas con bechamel. (Algunas amas de casa, más ricas o más despreocupadas, quizá hubieran abierto una lata de guisantes o alubias.) Pan, bollos, confituras, tarta. Incluso los que no podían ir a casa, o los que por alguna razón preferían no hacerlo, pedían una comida parecida en el Duke of Cumberland o en el hotel Merchant, o, por menos dinero, tras los ventanales empañados del Shervill’s Dairy Bar.

Los que volvían a casa a esa hora eran hombres en su mayoría. Las mujeres ya estaban allí, se pasaban allí todo el día. Pero algunas mujeres de mediana edad que trabajaban en una tienda o una oficina por alguna razón ajena a su voluntad (un marido muerto, o un marido enfermo, o directamente sin marido) eran amigas de las madres de los chicos, y los saludaron desde el otro lado de la calle (Bud Salter lo pasaba peor, porque le llamaban Buddy) con un aire divertido o cargado de intención que les hacía pensar en todo lo que sabían de los asuntos de la familia, o de las infancias lejanas.

Los hombres no se molestaban en saludar a los chicos por su nombre, ni aunque los conocieran bien. Los llamaban «chicos», o «jovencitos» o, alguna que otra vez, «señores».

«Que pasen un buen día, señores.»

«¿Vais ya para casa, chicos?»

«¿En qué travesuras andáis esta mañana, jovencitos?»

Todos estos saludos tenían un punto de socarronería, pero había diferencias. Los hombres que decían «jovencitos» estaban mejor dispuestos —o pretendían parecerlo— que los que decían «chicos». «Chicos» podía ser una señal de que se avecinaba una reprimenda, por fechorías que tanto podían ser imprecisas como concretas. Quien decía «jovencitos» era porque alguna vez también había sido joven. Llamarlos «señores» era burla y menosprecio en toda regla, pero no abría la puerta a ningún reproche, porque a alguien que hablaba así le traía sin cuidado.

Los chicos contestaban, sin levantar nunca la vista más allá del bolso de las señoras o la nuez de Adán de los hombres. Decían «Hola» alto y claro, porque, si no, ahí podían empezar los problemas, y en respuesta a una pregunta decían «Sí, señor» o «No, señor», o «No mucho». Incluso ese día en cuestión esas voces les provocaron cierta inquietud y confusión, y respondieron con la reticencia de costumbre.

En una esquina determinada tuvieron que separarse. Cece Ferns, siempre el más ansioso por llegar a casa, se marchó primero.

—Nos vemos después de cenar —dijo.

—Sí —dijo Bud Salter—. Luego tenemos que ir al centro.

Todos entendieron que quería decir «al centro, a la comisaría de policía». Por lo visto, sin necesidad de hablarlo entre ellos, habían acordado un nuevo plan de acción, una manera más discreta de dar la noticia. Pero no dijeron expresamente que no iban a contar nada en casa. No había ninguna razón de peso para que Bud Salter o Jimmy Box no lo hicieran.

Cece Ferns nunca contaba nada en casa.

Cece Ferns era hijo único. Sus padres eran más viejos que los de la mayoría de los otros chicos, o quizá solo parecían más viejos por la mala vida que llevaban. En cuanto se separó de los demás, Cece apretó el paso, como hacía normalmente en el último trecho hasta casa. No era que tuviera ganas de llegar, ni que pensara que iba a arreglar algo por apresurarse. Tal vez lo hacía para que pasara más rápido, porque ese último trecho siempre tenía que estar lleno de aprensión.

Su madre estaba en la cocina. Bien. Se había levantado de la cama, aunque todavía iba en bata. Su padre no estaba, y eso también era bueno. Su padre trabajaba en el silo y tenía el sábado por la tarde libre, y si no había llegado aún lo más probable es que hubiera ido directamente al Cumberland. Eso significaba que pasaría un rato largo hasta que tuviera que lidiar con él.

El padre de Cece se llamaba Cece Ferns, igual que él. Era un nombre conocido y en general apreciado en Walley, y cuando alguien lo mencionaba al contar una anécdota incluso treinta o cuarenta años más tarde, se daba por hecho que todo el mundo sabía que hablaban del padre, no del hijo. Si alguien relativamente nuevo en el pueblo comentaba «Me extraña que Cece haga eso», le decían que nadie se refería a ese Cece.

«No, él no, hablamos de su padre.»

Hablaban de cuando Cece Ferns fue al hospital, o lo llevaron, con una neumonía o alguna otra cosa grave, y las enfermeras lo envolvieron en toallas o sábanas húmedas para bajarle la fiebre. Sudó la calentura, y todas las toallas y las sábanas quedaron teñidas de marrón. Era la nicotina que llevaba dentro. Las enfermeras nunca habían visto nada igual. Cece estaba pletórico. Alardeaba de que fumaba tabaco y bebía alcohol desde los diez años.

Y aquella vez que fue a la iglesia. No se sabía bien por qué, pero era la iglesia baptista, y su mujer era baptista, así que quizá fue para complacerla, aunque eso todavía era más difícil de imaginar. Aquel domingo se daba la comunión, y en la iglesia baptista el pan es pan, pero el vino es mosto de uva. «¿Esto qué es? —exclamó Cece Ferns sin disimulo—. Si esta es la sangre del Cordero de Dios, debía de estar anémico perdido.»

Los preparativos para el almuerzo estaban en marcha en la cocina de los Ferns. En la mesa había una hogaza de pan cortado en rebanadas y una lata de dados de remolacha abierta. Unas cuantas lonchas de mortadela ya estaban fritas —antes de los huevos, aunque era preferible ponerlas después— y apartadas al lado de los fogones, para que no se enfriaran del todo. Y ahora la madre de Cece había empezado a preparar los huevos. Estaba encorvada delante de la cocina con la espumadera en una mano y la otra sujetándose el estómago para calmar algún dolor.

Cece le agarró la espumadera y bajó el fuego, que estaba demasiado fuerte. Tuvo que apartar la sartén mientras el hornillo se enfriaba, para evitar que las claras del huevo quedaran duras o se quemaran en los bordes. No había llegado a tiempo de limpiar la grasa rancia y poner un poco de manteca fresca en la sartén. Su madre nunca limpiaba la grasa rancia, la dejaba ahí entre una comida y la siguiente y añadía un poco de manteca si hacía falta.

Cuando le pareció que el hornillo estaba a la temperatura justa, volvió a poner la sartén al fuego y fue empujando los bordes de los huevos, que parecían puntillas, hasta darles forma redonda. Encontró una cuchara limpia y roció un poco de grasa caliente en las yemas para cuajarlas. A él y a su madre les gustaba tomar así los huevos, pero a veces a ella no le quedaban al punto. A su padre le gustaban los huevos vuelta y vuelta, aplastados como tortitas y duros como una suela de zapato, sazonados con mucha pimienta. Cece también podía prepararlos a su gusto, si quería.

Ninguno de los otros chicos sabía cuánta maña se daba Cece en la cocina; como tampoco sabían nada del escondite que se había preparado fuera de la casa, en la esquina donde acababa la ventana del comedor, tapada por el agracejo rojo.

Su madre se sentó al lado de la ventana mientras él terminaba de cocinar. De vez en cuando miraba de reojo la calle. Aún cabía la posibilidad de que su padre volviera a casa a comer algo. Quizá no llegara borracho, aunque su comportamiento no siempre dependía de lo borracho que estuviera. Si entraba en la cocina en este momento podía pedirle a Cece que preparara unos huevos también para él. Entonces podía preguntarle dónde se había dejado el delantal y decirle que sería una mujercita estupenda para algún tipo con suerte. Así es como se comportaría si estaba de buen humor. Si estaba de peor humor empezaría por echarle a Cece una de aquellas miradas suyas —o sea, con una expresión exagerada, absurdamente amenazadora— y le diría que se anduviera con cuidado.

«Te crees muy listo, ¿eh? Bueno, más te vale andarte con cuidado.»

Si Cece le sostenía la mirada, o quizá si no lo miraba, o si soltaba la espumadera o la dejaba caer de golpe, o incluso si iba con pies de plomo para no dejar caer nada ni hacer ningún ruido, a su padre le daba entonces por enseñar los dientes y empezar a gruñir como un perro. Habría parecido ridículo —era ridículo— de no ser porque iba completamente en serio. Un minuto más tarde la comida y los platos estarían por el suelo, y las sillas o la mesa volcadas, y el padre podía estar persiguiendo a Cece por la cocina gritando que cuando lo atrapara le aplastaría la cara contra el hornillo caliente, ¿qué le parecía eso? Cualquiera que lo viera creería que se había vuelto loco. Pero si en ese momento llamaban a la puerta —si un amigo del padre pasaba a buscarlo, por ejemplo—, cambiaba la cara como si nada y abría la puerta y saludaba al amigo a voces en tono de chanza.

«Estoy contigo en dos patadas. Te invitaría a entrar, pero la mujer ha estado otra vez tirando los platos.»

No pretendía que nadie se lo creyera. Decía esas cosas para que todo lo que pasaba en su casa sonara a chiste.

La madre de Cece le preguntó si ya empezaba a hacer calor y dónde había estado por la mañana.

—Sí —dijo él—: Por ahí, en los llanos.

Ya le había parecido que traía el olor del viento fresco, comentó su madre.

—¿Sabes qué voy hacer en cuanto terminemos de comer? —dijo luego—. Me prepararé una bolsa de agua caliente y me meteré en la cama, a ver si así recupero fuerzas y me dan ganas de hacer algo.

Era lo que casi siempre decía, pero cada vez lo anunciaba como si fuera una idea que se le acababa de ocurrir, una decisión esperanzada.

Bud Salter tenía dos hermanas mayores que nunca hacían nada útil a menos que su madre las obligara. Y nunca se contentaban con arreglarse el pelo, pintarse las uñas, lustrarse los zapatos o maquillarse, ni siquiera cambiarse de ropa, dentro de los límites de su habitación o el cuarto de baño. Esparcían sus peines, sus rulos, sus polveras, sus pintaúñas y sus betunes por toda la casa. Además cargaban todos los respaldos de las sillas con sus vestidos y blusas recién planchados, y tendían sus rebecas a secar sobre toallas por todos los huecos libres del suelo. (Luego te chillaban si pasabas cerca.) Se apostaban delante de varios espejos: el espejo del perchero del recibidor, y el espejo al lado de la puerta de la cocina, con la repisa siempre atestada de imperdibles, horquillas, peniques sueltos, botones, cabos de lápices. A veces una de ellas se pasaba veinte minutos o más delante de un espejo, mirándose desde distintos ángulos, inspeccionándose los dientes, echándose el pelo hacia atrás y luego despeinándoselo hacia delante. Al final se alejaba, aparentemente satisfecha, o al menos lista, pero solo para ir a la siguiente habitación, al siguiente espejo, donde empezaba de nuevo como si le acabaran de entregar una cabeza nueva.

Ahora mismo la más mayor, la que se suponía que era la guapa, estaba quitándose las horquillas del pelo delante del espejo de la cocina. Tenía la cabeza cubierta de rizos relucientes como caracoles. Su otra hermana, por orden de su madre, estaba triturando las patatas para el puré. Su hermano de cinco años estaba sentado en su sitio a la mesa, golpeando el cuchillo y el tenedor rítmicamente al grito de «¡Quiero que me sirvan! ¡Quiero que me sirvan!».

Era lo que decía su padre a veces, cuando bromeaba.

Bud se acercó a su hermano y le habló en voz baja.

—Mira. Otra vez está poniendo grumos en el puré de patatas.

Su hermano dejó de cantar y empezó a quejarse.

—No me lo comeré si pone grumos. Mamá, no me lo comeré si pone grumos.

—Anda ya, no seas tonto —dijo la madre de Bud. Estaba friendo rodajas de manzana y aros de cebolla con las chuletas de cerdo—. Deja de lloriquear como un crío.

—Ha sido Bud—dijo la hermana más mayor—. Bud ha ido a decirle que está poniendo grumos en el puré. Siempre le dice lo mismo, y él no se da cuenta de que le toma el pelo.

—Creo que voy a hacerte puré la cara, Bud —dijo Doris, la hermana que trituraba las patatas. No siempre decía esas cosas por las buenas: una vez le dejó a Bud las uñas marcadas en la mejilla.

Bud se acercó a la alacena, donde había una tarta de ruibarbo enfriándose. Fue a buscar un tenedor y empezó a pincharla con cuidado a hurtadillas, dejando escapar el delicioso vapor, un dulce olor a canela. Trataba de abrir un hueco en uno de los bordes de la masa para probar el relleno. Su hermano lo vio, pero estaba demasiado asustado para decir nada. Era un niño muy consentido y sus hermanas lo defendían a cada momento; Bud era el único de la casa al que respetaba.

—Quiero que me sirvan —repitió, ahora en un tono más bajo y comedido.

Doris fue a la alacena a buscar el cuenco para el puré de patatas. Bud hizo un movimiento en falso y una parte de la masa se desmoronó.

—Y encima ahora está estropeando la tarta —dijo Doris—. Mamá, está estropeando tu tarta.

—Cierra la maldita boca —dijo Bud.

—Deja la tarta en paz —dijo la madre de Bud con severidad estudiada, casi serena—. Basta de maldecir. Basta de ir con el cuento. A ver si crecéis de una vez.

Jimmy Box se sentó a cenar a la mesa, apretujado con el resto de su familia. Jimmy, su padre, su madre y sus hermanas, de cuatro y seis años, vivían en casa de su abuela, con la abuela, la tía abuela Mary y un tío soltero. Su padre tenía un taller de reparación de bicicletas en el cobertizo de atrás de la casa, y su madre trabajaba en los almacenes Honeker.

El padre de Jimmy estaba lisiado, a raíz de un ataque de polio cuando tenía veintidós años. Caminaba doblado hacia delante desde las caderas, apoyándose en un bastón. No se le notaba mucho cuando estaba en el taller, porque ese trabajo requería estar encorvado de todos modos. Cuando iba por la calle sí se veía que andaba muy raro, pero nadie se metía con él ni lo imitaba para burlarse. De joven había sido una figura destacada del hockey y el béisbol en el pueblo, y aún conservaba un halo de la gracia y el coraje de sus tiempos de jugador, que daba perspectiva a su estado actual y permitía verlo como una etapa más (por definitiva que fuera). Él alentaba esa impresión gastando bromas tontas y adoptando un tono optimista, negando el dolor que delataban sus ojos hundidos y que muchas noches lo mantenía en vela. Y, a diferencia del padre de Cece Ferns, no cambiaba de humor en cuanto ponía un pie en su casa.

Aunque, claro, la casa no era suya. Su mujer se había casado con él después de que quedara lisiado, por más que estaban comprometidos desde antes, y pareció natural que se instalaran en la casa de su madre, para que la madre pudiera cuidar a los niños que llegaran mientras ella iba a trabajar. A la madre también le pareció natural hacerse cargo de otra familia; igual de natural que su hermana Mary se fuera a vivir con todos ellos cuando le falló la vista, y que su hijo Fred, que era extremadamente tímido, siguiera viviendo en casa hasta que encontrara un sitio mejor. Era una familia que soportaba las cargas con más resignación aún que los cambios del tiempo. De hecho en esa casa nadie se habría referido a la enfermedad del padre de Jimmy o de la vista de la tía Mary como si fueran una carga o un problema mayor que la timidez del tío Fred. Los reveses y la adversidad se encajaban como venían, no se distinguían de la otra cara de la moneda.

En la familia estaba arraigada la idea de que la abuela de Jimmy era una excelente cocinera. Y quizá lo fuera en otros tiempos, pero en los últimos años la cosa había decaído. Se practicaban economías que esa época no se justificaban. La madre y el tío de Jimmy ganaban un sueldo decente, y su tía Mary cobraba la pensión, y el taller de bicicletas tenía una buena clientela, pero se gastaba un huevo cuando había que poner tres, y el pastel de carne llevaba una taza extra de copos de avena. Luego trataba de compensarse regándolo todo generosamente con salsa inglesa o espolvoreando las galletas con mucha nuez moscada. Sin embargo, nadie se quejaba. Todo eran cumplidos. En aquella casa las quejas eran tan raras como los rayos globulares. Y todo el mundo decía «Disculpa», incluso las niñas decían «Disculpa», cuando chocaban unos con otros sin querer. Todo el mundo pasaba las cosas amablemente, y las pedía por favor, y daba las gracias en la mesa, como si cada día hubiera invitados. Así era como se las arreglaban para vivir tan apiñados, con ropas amontonadas en una misma percha, abrigos colgados en el pasamanos, y los catres desplegados permanentemente en el comedor para Jimmy y el tío Fred, y el aparador tapado bajo un montón de ropa por planchar o remendar. Nadie corría por las escaleras, ni daba portazos, ni ponía la radio alta, ni decía nada desagradable.

¿Eso explicaba que Jimmy mantuviera la boca cerrada aquel sábado durante el almuerzo? Todos mantuvieron la boca cerrada, los tres. En el caso de Cece se entendía. Su padre no habría soportado que Cece diera a conocer un suceso tan importante. Lo habría tachado de mentiroso, por sistema. Y la madre de Cece, que lo juzgaba todo por las reacciones del padre, habría pensado —con razón— que el mero hecho de ir a la comisaría de policía con aquella historia provocaría un trastorno en casa, así que le habría pedido que por favor se callara. Los otros dos chicos, en cambio, vivían en hogares medianamente razonables y podrían haber hablado. En casa de Jimmy habrían recibido la noticia con consternación y cierto recelo, pero enseguida habrían admitido que no era culpa de Jimmy.

Las hermanas de Bud le habrían preguntado si estaba loco. Puede que incluso tergiversaran las cosas para insinuar que era típico de él algo tan repugnante como encontrar un cadáver, pero su padre, que era un hombre sensato y paciente, acostumbrado a oír historias rocambolescas en la agencia de transporte ferroviario de mercancías donde trabajaba, habría hecho callar a las hermanas y, después de hablar seriamente con Bud para asegurarse de que decía la verdad y no exageraba, habría llamado a la policía.

Era simplemente que sus casas parecían demasiado llenas, había demasiadas cosas con las que bregar. Y eso tanto valía para la casa de Cece como para las demás, porque incluso cuando su padre no estaba persistía a todas horas la amenaza y el recuerdo de su presencia desquiciada.

—¿Lo has contado?

—¿Y tú?

—Yo tampoco.

Echaron a andar hacia el centro, sin pensar por dónde iban. Doblaron por Shipka Street y cuando se dieron cuenta estaban pasando por delante de la casa estucada de una planta donde vivían el señor y la señora Willens. Solo entonces la reconocieron. Tenía una pequeña ventana en voladizo a cada lado de la puerta de entrada y un pequeño porche con espacio para un par de sillas, que ahora no estaban pero donde solían sentarse el señor Willens y su mujer a tomar el fresco las noches de verano. Habían construido un anexo a un lado de la casa, con el tejado plano y salida a la calle, al que se accedía por un sendero independiente. En la placa que había junto a la puerta se leía: D. M. WILLENS, OPTOMETRISTA. Ninguno de los chicos se había visitado nunca en esa consulta, pero la tía de Jimmy, Mary, solía ir a buscar sus colirios, y su abuela se hacía allí las gafas. Igual que la madre de Bud Salter.

El estuco era de un color rosa palo, y las puertas y los marcos de las ventanas estaban pintados de marrón. Como en la mayoría de las casas del pueblo, aún no habían quitado los postigos. La vivienda no tenía nada de especial, pero el jardín era famoso por sus flores. La señora Willens era una consumada jardinera; ella no cultivaba sus flores en largas hileras bordeando el huerto, como la abuela de Jimmy y la madre de Bud. Las plantaba en macizos redondos o en forma de media luna, y por todas partes, y también en arriates alrededor de los árboles. En un par de semanas el jardín se llenaría de narcisos. Ahora mismo, sin embargo, lo único que estaba en flor era el arbusto de forsitia en la esquina de la casa. Llegaba prácticamente a la altura de los aleros y derramaba sus flores amarillas como una fuente.

La forsitia se meció, pero no por el viento: tras el arbusto apareció una figura encorvada vestida de marrón, que resultó ser la señora Willens. Era una mujer menuda, e iba enfundada en las viejas ropas que usaba para trabajar en el jardín, unos pantalones holgados y una chaqueta raída, además de una gorra de plato que quizá fuera de su marido, porque casi le tapaba los ojos. Llevaba unas tijeras de podar.

Los chicos aminoraron el paso; era eso o echar a correr. Tal vez pensaron que con suerte no los vería, que se podían confundir con postes, pero ella ya los había visto y se acercaba a ellos a paso rápido.

—Veo que os habéis quedado embobados con mi forsitia —dijo la señora Willens—. ¿Queréis unos ramos para casa?

Si estaban embobados no era por la forsitia, sino por la escena en conjunto: todo parecía igual que siempre, la placa junto a la puerta de la consulta, las cortinas abiertas para que entrara la luz. Nada lúgubre ni ominoso, nada que dijera que el señor Willens no estaba dentro y su coche guardado en el garaje detrás de la consulta y no en la poza de Jutland. Y la señora Willens trabajando en el jardín, donde cualquiera habría esperado encontrarla —todo el mundo en el pueblo lo decía— en cuanto se derritiera la nieve. Y llamándolos con aquella voz suya, áspera por el tabaco, brusca y desafiante pero en absoluto hostil, una voz que se podría reconocer de lejos o salir del fondo de cualquier comercio.

—Esperad —dijo—. Esperad, que os daré un poco.

Empezó a cortar con destreza, selectivamente, unas cuantas ramas, y cuando tuvo las que quería se acercó a ellos tapada por una cortina de flores de un vivo color amarillo.

—Tomad —dijo—. Llevádselas a vuestras madres. Siempre da gusto ver la forsitia, es lo primero que brota en primavera. —Estaba repartiendo las ramas entre los tres—. Como la Galia —dijo—. La Galia se divide en tres partes. Debéis de saberlo, si estudiáis latín.

—Todavía no estamos en secundaria —dijo Jimmy, a quien el trato diario en casa había preparado mejor que a los demás para hablar con las señoras.

—¿Ah, no? —dijo ella—. Bueno, os aguardan grandes cosas por delante. Decidles a vuestras madres que las pongan en agua templada. Bah, estoy segura de que ya lo saben. Os he dado ramas que aún no han brotado del todo, así que deberían durar muchísimo.

Le dieron las gracias —Jimmy primero, y los otros siguieron su ejemplo— y luego se encaminaron de nuevo al centro, con los brazos cargados de flores. No tenían ninguna intención de volver a casa a dejarlas, y confiaban en que la mujer tampoco sabría muy bien dónde vivían. Siguieron andando y se volvieron disimuladamente para ver si los estaba mirando.

No, no miraba. De todos modos la casa grande cerca de la acera tapaba la vista.

La forsitia les permitió concentrarse en otra cosa. La vergüenza de ir cargados de flores, cómo deshacerse de ellas. De lo contrario habrían tenido que pensar en el señor y la señora Willens. En cómo podía ella estar tan absorta en el jardín y él ahogado en su coche. ¿Sabría la mujer dónde estaba su marido? Daba la impresión de que no. ¿Sabía por lo menos que había salido? Actuaba como si no pasara nada, nada de nada, y eso fue lo que sintieron ellos también mientras la tenían delante. El hecho de que la mujer no lo supiera pareció desterrar y negar completamente lo que sabían, lo que habían visto.

Dos chicas en bicicleta aparecieron a la vuelta de la esquina. Una era Doris, la hermana de Bud. Nada más verlos, las chicas se pusieron a reír y chillar.

—Oh, mira esas flores —gritaron—. ¿Dónde es la boda? Mira qué damas de honor tan guapas.

Bud gritó lo peor que se le pasó por la cabeza.

—Tienes todo el culo manchado de sangre.

Era mentira, claro, pero una vez había pasado de verdad: Doris había vuelto de la escuela con la falda manchada de sangre. Todo el mundo la había visto, y el recuerdo perduraría para siempre.

Bud estaba seguro de que su hermana lo delataría cuando volviera a casa, pero no lo hizo. Se avergonzaba tanto por lo de aquella otra vez que no podía mencionar el tema, ni siquiera para crearle problemas a su hermano.

Se dieron cuenta de que tenían que deshacerse de las flores enseguida, así que simplemente tiraron las ramas debajo de un coche aparcado. Doblaron hacia la plaza sacudiéndose aún unos pocos pétalos de la ropa.

El sábado todavía era un día importante en aquella época; la gente llegaba al pueblo desde el campo. Ya había coches aparcados alrededor de la plaza y en las calles próximas. Había chicos y chicas del campo, y otros niños más pequeños, del pueblo y del campo, yendo a la matiné del cine.

Era inevitable pasar delante de los almacenes Honeker en la primera calle después de la plaza. Y allí, a la vista de la gente en uno de los escaparates, Jimmy vio a su madre. De vuelta ya al trabajo, estaba enderezando el sombrero de una maniquí, ajustándole el velo, y luego los hombros del vestido. Como era bajita, tenía que ponerse de puntillas. Se había quitado los zapatos para pisar la moqueta del escaparate. Las carnes rosadas de sus talones se transparentaban a través de las medias, y al estirarse se le veía la parte posterior de la rodilla por el corte de la falda. Más arriba había un trasero ancho pero bien formado, y la línea de las bragas o la faja. Jimmy imaginó sus resoplidos, y también el olor de las medias, que a veces se quitaba en cuanto llegaba a casa para que no se le hicieran carreras. Las medias y la ropa interior, incluso la ropa interior limpia de mujer, desprendía un olor íntimo que era a la vez atrayente y desagradable.

Jimmy deseó dos cosas. Que los demás no la vieran (la habían visto, pero la idea de que una madre saliera todos los días a la calle bien vestida y frecuentara la vida del pueblo les resultaba tan ajena que no podían hacer ningún comentario, solo dejarlo pasar) y sobre todo, por favor, que ella no se volviera y lo descubriera. Si eso ocurría, era capaz de ponerse a dar golpecitos en el vidrio y a saludarlo gesticulando con los labios. En el trabajo perdía la serena discreción, la estudiada delicadeza que solía tener en casa. Su talante servicial, normalmente dócil, se volvía efusivo. Antes a Jimmy le encantaba esa otra cara suya, esa chispa, tanto como le fascinaban los almacenes Honeker, con sus largos mostradores de vidrio y madera barnizada, sus grandes espejos en lo alto de las escaleras, donde uno podía mirarse mientras subía a la sección de ropa de señora, en la segunda planta.

«Aquí está mi pequeño vándalo», solía decir su madre, y a veces le deslizaba una moneda de diez centavos. Nunca podía quedarse más de un minuto; el señor o la señora Honeker podían estar vigilando.

Pequeño vándalo.

Palabras que antes eran tan gratas al oído como el tintineo de las monedas, ahora sonaban un poco maliciosas y lo avergonzaban.

Estaban a salvo, habían pasado de largo.

También había que pasar por delante del Duke of Cumberland, pero a Cece no le preocupaba. Si su padre no había ido a casa a almorzar, significaba que todavía seguiría varias horas allí. Aun así, siempre que oía «Cumberland» imaginaba unas tierras asoladas por la tristeza. Incluso cuando no sabía qué significaba, advertía en ese nombre ecos de pesadumbre. Un peso hundiéndose en aguas oscuras, profundas.

Entre el Cumberland y el ayuntamiento había un callejón sin asfaltar, y la comisaría de policía estaba en la parte de atrás del ayuntamiento. Se metieron por el callejón y no tardaron en oír un ruido nuevo, que rivalizaba con el bullicio de la calle. No venía del Cumberland, donde el sonido quedaba amortiguado dentro, porque el local solo tenía unas ventanitas pequeñas, altas, como unos servicios públicos. Venía de la comisaría. La puerta de la oficina estaba abierta, con el tiempo tan bueno que hacía, y desde el callejón se olía el tabaco de pipa y los puros. Normalmente no eran solo agentes de policía quienes estarían en la comisaría, y menos un sábado por la tarde, sentados con la estufa encendida en invierno, o el ventilador en verano, o la puerta abierta para que corriera la brisa en un agradable día de entretiempo como ese. También solía parar por allí el coronel Box; de hecho los chicos oyeron de lejos sus resuellos, las secuelas de una risa asmática que arrastraba desde hacía mucho. Era pariente de Jimmy, pero en la familia lo trataban con frialdad porque no aprobaba el matrimonio de sus padres. Cuando lo reconocía, hablaba a Jimmy en un tono irónico, de sorpresa. «Si alguna vez te ofrece veinticinco centavos, o lo que sea, di que no te hace ninguna falta», le había advertido a Jimmy su madre, pero el coronel Box nunca le había ofrecido nada.

También solía estar ahí el señor Pollock, que se había jubilado de la droguería, y Fergus Solley, que no era medio tonto pero lo parecía, porque lo habían gaseado en la Primera Guerra Mundial. Estos hombres y algunos más se pasaban el día jugando a cartas, fumando, contando historias y tomando café a expensas del pueblo (eso decía el padre de Bud). Quien quería presentar una queja o una denuncia tenía que hacerlo a la vista de todos ellos, que probablemente se enteraban de todo.

Había que aguantarse.

Los chicos se quedaron delante de la puerta abierta. Nadie se había percatado de que estaban allí. «Todavía no estoy muerto», dijo el coronel Box, repitiendo la última frase de alguna anécdota. Los chicos empezaron a alejarse despacio con la cabeza gacha, pateando la grava. Al dar la vuelta a la esquina del edificio empezaron a correr. Al lado de los servicios públicos de caballeros había un chorro de vómito reciente y pastoso en la pared, y un par de botellas vacías tiradas en el suelo. Tuvieron que pasar entre los bidones de basura y las ventanas altas y vigilantes de la oficina del secretario municipal, y así salieron del callejón de gravilla, de vuelta a la plaza.

«Tengo dinero», dijo Cece. Este mensaje práctico y desapasionado fue un gran alivio para todos. Cece hizo tintinear las monedas en su bolsillo. Era el dinero que le había dado su madre cuando fue al dormitorio a decirle que salía, después de lavar los platos. «Llévate cincuenta centavos del aparador», le había dicho. A veces tenía dinero, aunque Cece nunca veía que su padre le diera nada. Y cuando le decía que fuera a buscar unas monedas, o ella misma se las daba, Cece comprendía que su madre se avergonzaba de la vida que llevaban, se avergonzaba por él y además delante de él, y entonces no soportaba verla (aunque se alegraba por el dinero). Menos aún si ella le decía que era un buen chico y que no pensara que no le agradecía todo lo que hacía.

Bajaron por la calle del embarcadero. Al lado de la estación de servicio había un quiosco donde la señora Paquette vendía perritos calientes, helados, caramelos y cigarrillos. A ellos nunca había querido venderles cigarrillos, ni cuando Jimmy decía que eran para su tío Fred, pero no les echaba en cara que lo intentaran. Era una mujer rolliza y bonita, francocanadiense.

Compraron unos látigos de regaliz, negros y rojos. Dejaron el helado para más tarde, cuando les bajara un poco la comida. Se acercaron a un sitio donde había dos viejos asientos de coche apoyados en una valla, que en verano quedaban a la sombra de un árbol. Se sentaron en uno y repartieron los regalices.

En el otro asiento estaba el capitán Tervitt.

El capitán Tervitt había sido realmente capitán muchos años en los barcos que cruzaban el lago. Ahora trabajaba como agente municipal. Detenía el tráfico para que los niños cruzaran la calle delante del colegio y evitaba que se tiraran en trineo por la pendiente en invierno. Tocaba su silbato y levantaba una mano grande, que parecía la de un payaso, enfundada en un guante blanco. Aún era un hombre alto y ancho de espaldas, a pesar de la vejez y el pelo blanco. Los coches hacían lo que decía, y los niños también.

Por la noche recorría el pueblo comprobando que las puertas de las tiendas estuvieran bien cerradas y que no hubiera nadie robando. De día solía dormir en lugares públicos. Cuando hacía mal tiempo, en la biblioteca, y cuando hacía bueno elegía algún lugar al aire libre. No pasaba mucho tiempo en la comisaría, probablemente porque estaba demasiado sordo para seguir la conversación sin su audífono y, como la mayoría de los sordos, detestaba llevar audífono. Y sin duda era un hombre solitario, después de haber pasado tanto tiempo escrutando el horizonte por encima de la proa de los barcos.

Tenía los ojos cerrados y la cabeza recostada hacia atrás, para que el sol le diera en la cara. Cuando los chicos se acercaron a hablar con él (y la decisión se tomó sin necesidad de que lo consultaran, aparte de una mirada de reserva y resignación), tuvieron que despertarlo. Su cara tardó un momento en registrar cómo, cuándo y dónde estaba. Entonces sacó un reloj grande y anticuado del bolsillo, como si diera por hecho que los niños siempre quieren saber la hora, pero ellos siguieron hablándole atolondradamente y un poco avergonzados. «El señor Willens está en la poza de Jutland», dijeron, y «Hemos visto el coche», y «Ahogado». El capitán Tervitt había levantado la mano pidiendo con gestos que se callaran, mientras con la otra mano hurgaba en el bolsillo de los pantalones y sacaba el audífono. Asentía despacio y con seriedad, como alentándolos a tener paciencia, mientras se colocaba el aparato en el oído. Luego levantó las dos manos —Tranquilos, tranquilos— mientras lo comprobaba. Finalmente asintió, esta vez con un gesto seco, y con voz severa, aunque como si hasta cierto punto quisiera bromear con esa severidad, dijo: «Adelante».

Cece, que era el más callado de los tres —así como Jimmy era el más educado y Buddy el más respondón—, hizo que todo diera un vuelco.

«Se ha dejado la bragueta abierta», dijo.

Y entonces los tres chicos dieron un alarido y echaron a correr.

La euforia no desapareció inmediatamente, pero tampoco era algo que pudieran compartir o hablar entre ellos; tuvieron que separarse.

Cece se fue a casa a seguir preparando su escondite. El suelo de cartón, que se había helado durante el invierno, estaba empapado y había que cambiarlo. Jimmy subió al altillo del garaje, donde recientemente había descubierto una caja de las viejas revistas de Doc Savage que su tío Fred leía de jovencito. Bud llegó a casa y encontró a su madre sola, encerando el suelo del comedor. Se pasó una hora hojeando historietas y entonces se lo contó. Pensaba que su madre no tenía experiencia o autoridad más allá del territorio doméstico y que no sabría qué hacer hasta que telefoneara a su padre, pero para su sorpresa llamó inmediatamente a la policía. Luego llamó a su padre. Y alguien se encargó de ir a buscar a Cece y Jimmy.

Un coche de policía se desvió a Jutland desde la carretera municipal y la noticia se confirmó. Un agente y el pastor anglicano fueron a ver a la señora Willens.

—No quería molestarles sin necesidad —dijo la señora Willens, al parecer—. Iba a esperar hasta que anocheciera antes de dar parte.

Les contó que el señor Willens se había ido con el coche al campo a llevarle un colirio a un anciano ciego. A veces se demoraba, dijo. Visitaba a alguien, o el coche se quedaba atascado.

¿Había notado a su marido desmoralizado últimamente?, le preguntó el policía.

—Ni muchísimo menos —dijo el pastor—. Era el baluarte del coro.

—Esa palabra no estaba dentro de su vocabulario —añadió la señora Willens.

Se habló bastante en el pueblo de que los chicos se sentaran a comer y no dijeran una sola palabra. Y que luego se compraran un puñado de látigos de regaliz. Alguien inventó un nuevo apodo —Salvavidas— y los tres cargaron con él a partir de entonces. A Jimmy y a Bud siguieron llamándolos así hasta que se marcharon del pueblo, y Cece —que se casó joven y empezó a trabajar en el silo— vio cómo el mote pasaba a sus dos hijos. A esas alturas ya nadie pensaba en lo que significaba.

El insulto al capitán Tervitt quedó en secreto.

Los chicos esperaban algún tipo de recriminación, alguna mirada altiva de agravio o de condena, la próxima vez que tuvieran que pasar bajo su brazo levantado al cruzar la calle para ir a la escuela. Pero el capitán Tervitt mantuvo en alto la mano enguantada, la noble mano blanca de payaso, con su benevolencia y serenidad de costumbre. Y dio su consentimiento.

Adelante.

II
Fallo del corazón

«Glomerulonefritis», anotó Enid en su cuaderno. Era el primer caso que veía. La cuestión era que a la señora Quinn le estaban fallando los riñones y que no se podía hacer nada. Sus riñones se irían secando poco a poco hasta convertirse en unos nódulos granulosos, duros e inútiles. Su orina era escasa y de color parduzco, y su aliento y su piel despedían un olor acre que no hacía presagiar nada bueno. Además había otro olor, más débil, como a fruta podrida, que Enid relacionaba con las manchas moradas que le habían brotado por todo el cuerpo. Sufría dolorosos calambres en las piernas e intensos picores en la piel, que Enid calmaba con friegas frías. Envolvía hielo en toallas y aplicaba las cataplasmas en las zonas que más la martirizaban.

—¿Y puede saberse cómo se contrae esa enfermedad? —preguntó la señora Green, la cuñada de la señora Quinn. Se llamaba Olive Green, y decía que no se había parado a pensar en cómo sonaría su nombre de casada hasta que vio que todo el mundo se mondaba de la risa. Vivía en una granja a unas pocas millas, cerca de la carretera, y acudía cada pocos días a recoger las sábanas, las toallas y los camisones para lavarlos en su casa. Se llevaba también la ropa de las niñas, y luego la devolvía toda recién planchada y doblada. Planchaba incluso las cintas de los camisones. Enid le estaba agradecida; había trabajado en sitios donde además le tocaba lavar la ropa, o peor aún, cargársela a su madre, que acababa pagando para que se lo hicieran en el pueblo. Sin ánimo de ofenderla, pero viendo hacia dónde se encaminaban las preguntas, contestó:

—Es difícil saberlo.

—Porque una oye de todo —dijo la señora Green—. Por lo visto hay mujeres que toman pastillas. Les dan esas pastillas para cuando les falta el período, y si las toman como les dice el médico y por una buena razón no hay problema, pero si toman demasiadas y por una mala razón, se les fastidian los riñones. ¿Me equivoco?

—Nunca me he encontrado con un caso así —dijo Enid.

La señora Green era una mujer alta y corpulenta. Igual que su hermano Rupert, que era el marido de la señora Quinn, tenía una cara redonda, arrugada y simpática, de nariz respingona, una de esas caras que la madre de Enid llamaba «de patata irlandesa». Pero mientras que en la jovialidad de Rupert se advertía recelo y contención, la expresión de la señora Green ocultaba un anhelo. Enid no sabía de qué. Hasta en la conversación más intrascendente la señora Green imponía siempre una enorme exigencia. Quizá fueran solo un anhelo de novedades. Novedades trascendentes. Un suceso.

Y desde luego se aproximaba un suceso, un hecho trascendente, por lo menos para la familia. La señora Quinn iba a morir, a la edad de veintisiete años. (Esa era la edad que ella se ponía; Enid le habría echado algunos años más, pero con enfermedades tan avanzadas la edad era difícil de adivinar.) Cuando los riñones dejasen de funcionar completamente, se le pararía el corazón y moriría. El médico le había dicho a Enid: «La cosa se puede alargar hasta entrado el verano, pero es muy probable que le den algún tipo de respiro antes de que se vaya el calor».

—Rupert la conoció cuando estuvo en el norte —dijo la señora Green—. Se fue solo, a trabajar en el monte. Ella estaba empleada en un hotel. No sé muy bien qué hacía. Era camarera de habitaciones, creo. Pero ella tampoco era de allí, dice que se crió en un orfanato en Montreal. Eso no es culpa suya. Lo normal sería que hablara francés, pero si lo habla, se lo tiene muy bien guardado.

—Una vida interesante —dijo Enid.

—Ya lo puedes decir.

—Una vida interesante —repitió Enid. A veces no podía evitarlo, trataba de hacer una broma a sabiendas de que seguramente caería en saco roto. Enarcó las cejas con gesto alentador, y finalmente la señora Green sonrió.

Pero ¿estaría dolida? Era así como Rupert sonreía cuando iban al instituto, esquivando posibles burlas.

—Nunca había tenido novia, antes que ella —dijo la señora Green.

Enid había ido a la misma clase que Rupert, aunque eso no se lo mencionó a la señora Green. Ahora le daba un poco de vergüenza, porque Rupert era uno de los chicos a los que ella y sus amigas ridiculizaban y martirizaban en la escuela; al que más, de hecho. «Chinchar», solía decirse entonces. Chinchaban a Rupert, siguiéndolo por la calle y gritándole: «Hola, Rupert. Hola, Rupert», mortificándolo y viendo cómo el cogote se le ponía colorado. «Rupert tiene la escarlatina», decían. «Rupert, tendrías que ponerte en cuarentena.» También fingían que una de ellas —Enid, Joan McAuliffe, Marian Denny— estaba loca por él. «Quiere hablar contigo, Rupert. ¿Por qué no la invitas a salir? Al menos podrías llamarla por teléfono. Se muere de ganas de hablar contigo.»

En realidad no esperaban que respondiera a estas insinuaciones suplicantes, pero qué alegría si lo hubiera hecho. Le habrían dado calabazas a la primera de cambio y habrían hecho que se corriera la voz por toda la escuela. ¿Por qué? ¿Por qué lo trataban así, por qué ese deseo de humillarlo? Sencillamente porque podían.

Imposible que él lo hubiera olvidado. Pero trataba a Enid como si acabara de conocerla, como si la enfermera de su mujer hubiera llegado a su casa de cualquier parte. Y Enid le siguió la corriente.

Las cosas estaban muy bien organizadas para ahorrarle trabajo. Rupert dormía en casa de la señora Green, y también comía allí. Las dos niñas podrían haberse quedado asimismo con la tía, pero entonces habrían tenido que cambiar de escuela; aún faltaba casi un mes de colegio antes de las vacaciones de verano.

Rupert iba a casa por la noche y hablaba con sus hijas.

—¿Os estáis portando bien? —decía.

—Enseñadle a papá lo que habéis hecho con los cubos —decía Enid—. Enseñadle a papá vuestros dibujos en el cuaderno para colorear.

Los cubos, las ceras, los cuadernos de colorear, se los llevaba Enid. Había telefoneado a su madre para pedirle que mirara en los baúles viejos a ver qué encontraba. Su madre lo hizo, y llevó además un viejo libro de muñecas recortables que le dio alguien, de las princesas Isabel y Margarita y su colección de trajes. Enid no consiguió que las niñas dieran las gracias hasta que lo guardó todo en lo alto de una estantería y anunció que lo dejaría ahí hasta que lo hicieran. Lois y Sylvie tenían siete y seis años, y estaban tan asilvestradas como unos gatitos de granja.

Rupert tampoco preguntaba de dónde salían esas cosas. Les decía a sus hijas que se portaran bien y le preguntaba a Enid si necesitaba algo del pueblo. Una vez ella le dijo que había cambiado la bombilla de la escalera del sótano y que podría comprar algunas de repuesto.

—Eso podría haberlo hecho yo —dijo él.

—No tengo ningún problema con las bombillas —dijo Enid—. Ni con los fusibles, ni con poner clavos. Hace mucho que mi madre y yo nos arreglamos sin un hombre en casa. —Trataba de bromear un poco, de ser cordial, pero no funcionó.

Al final Rupert preguntaba por su mujer, y Enid le decía que todavía tenía la tensión un poco baja, o que había cenado un poco de tortilla y se le había asentado bien, o que las compresas heladas parecían aliviarle los picores de la piel y que dormía mejor. Y Rupert decía que si estaba durmiendo más valía no entrar a verla.

—Tonterías —contestaba Enid. A una mujer le sentaría mucho mejor ver a su marido que cualquier siesta. Entonces se llevaba a las niñas arriba y las acostaba, para que el matrimonio dispusiera de un poco de tiempo a solas. Aun así Rupert nunca se quedaba más de unos minutos en el dormitorio. Y cuando Enid bajaba de nuevo e iba al salón —ahora la habitación de la enferma— a preparar a la señora Quinn para dormir, la encontraba recostada en las almohadas, visiblemente alterada pero no afligida.

—Mi marido no se queda mucho por aquí, ¿verdad? —diría la señora Quinn—. Qué gracia me hace. Ja, ja, ja, ¿cómo estás? Ja, ja, ja, ya nos vamos. ¿Por qué no la sacamos afuera y la echamos al montón de estiércol? ¿Por qué no la tiramos por ahí, como a un gato muerto? Eso debe de estar pensando, ¿a que sí?

—Lo dudo —dijo Enid, acercando la palangana y las toallas, el alcohol para las friegas y los polvos de talco.

—Lo dudo —repitió la señora Quinn con bastante malicia, pero se rindió de buena gana mientras Enid le quitaba el camisón, la peinaba hacia atrás para despejarle la cara, le deslizaba una toalla bajo las caderas.

Enid estaba acostumbrada a que la gente hiciera aspavientos por estar desnuda, incluso con personas muy mayores o muy enfermas. A veces solo después de mucho insistirles y persuadirlos conseguía que entraran en razón. «¿Cree que son las primeras partes bajas que veo? —les decía—. Partes bajas, partes altas, todo se vuelve muy aburrido al cabo de un tiempo. Al final resulta que todos estamos hechos solamente de dos maneras.» La señora Quinn, en cambio, no mostraba vergüenza, abría las piernas y se alzaba un poco para facilitarle la tarea. Era una mujer menuda con huesos de pájaro, un poco contrahecha a estas alturas, porque tenía el abdomen, las piernas y los brazos hinchados, mientras que los pechos eran poco más que dos pellejos caídos con los pezones arrugados como uvas pasas.

—Hinchada como un cerdo —dijo la señora Quinn—. Salvo las tetas, que siempre han estado ahí sin dar mucho servicio. Yo nunca he tenido unas ubres como las tuyas. ¿No estás harta de mí? ¿No te alegrarás cuando me muera?

—Si pensara eso no estaría aquí —dijo Enid.

—Ahí te pudras —dijo la señora Quinn—. Eso es lo que diréis todos. Ahí te pudras. A él ya no le sirvo para nada, claro. A ningún hombre le serviría. Seguro que cuando sale de aquí por la noche se va en busca de mujeres, ¿a que sí?

—Que yo sepa, va a casa de su hermana.

—Que tú sepas. Pero tú no sabes gran cosa.

Enid creía entender el porqué de esa actitud, de ese rencor y esa ponzoña, de las energías que reservaba para despotricar. La señora Quinn necesitaba desesperadamente un enemigo. Los enfermos acaban detestando a la gente que está sana; a veces ocurría entre maridos y mujeres, o incluso entre madres e hijos. O tanto con el marido como con las hijas, como en el caso de la señora Quinn. Un sábado por la mañana Enid hizo entrar a Lois y Sylvie, que jugaban en el porche, para que vieran lo guapa que estaba su madre. Acababa de asearla y ponerle un camisón limpio, y tenía el pelo claro y liso recién cepillado hacia atrás y prendido con una cinta azul. (Enid siempre llevaba un buen acopio de esas cintas cuando iba a cuidar a una mujer, además de un frasco de colonia y una pastilla de jabón perfumado.) Y estaba guapa de verdad, o al menos se veía que en otros tiempos había sido guapa, con su frente ancha y sus pómulos altos (que ahora casi le atravesaban la piel, como pomos de porcelana), y sus grandes ojos verdosos, sus dientes translúcidos y su barbilla pequeña y tenaz.

Las niñas entraron en el cuarto obedientemente, aunque sin entusiasmo.

—Que no se acerquen a mi cama —dijo la señora Quinn—. Están hechas un asco.

—Solo querían verla —dijo Enid.

—Bueno, pues ya me han visto —dijo la señora Quinn—. Ahora que se vayan.

Las niñas no parecieron sorprendidas o decepcionadas por su actitud. Miraron a Enid, y ella les dijo:

—Muy bien, ahora será mejor que vuestra madre descanse.

Y las niñas salieron corriendo y cerraron de un portazo la puerta de la cocina.

—¿Es que no hay manera de que dejen de hacer eso? —dijo la señora Quinn—. Cada vez que dan un portazo siento como si me golpearan el pecho con un adoquín.

Cualquiera pensaría que en lugar de sus hijas eran un par de huérfanas bulliciosas que le hubieran endosado de visita indefinidamente. Y sin embargo había gente que se comportaba así antes de hacerse a la idea de que iba a morir, o a veces incluso hasta que le llegaba la hora. A personas más dulces de carácter que la señora Quinn —al menos en apariencia— les daba por decir que sus hermanos, maridos, mujeres e hijos los habían odiado toda la vida, cuánto habían defraudado a los demás, y los demás a ellos, y cómo se alegrarían todos de que murieran. Quizá dijeran esas cosas al final de una vida apacible y de provecho, en el seno de familias que se querían, donde no había ninguna explicación para ese tipo de arrebatos. Y normalmente los arrebatos pasaban. Pero a menudo también, en las últimas semanas o días de vida, se rumiaban rencillas y desaires del pasado, o quejas por un castigo injusto de hacía setenta años. En una ocasión una mujer le pidió a Enid que le llevara una bandeja de porcelana inglesa del aparador, y ella pensó que quería consolarse contemplando aquel precioso objeto por última vez. La mujer, en cambio, derrochó sus últimas fuerzas en hacerlo añicos contra el pilar de la cama.

«Ahora sé que mi hermana no va a ponerle nunca la mano encima», dijo la mujer.

Y a menudo esa gente comentaba que las visitas venían solo para regodearse en su desgracia, y culpaban al médico de sus padecimientos. Ni siquiera soportaban a Enid, detestaban su brío a pesar de la falta de sueño, y sus manos pacientes, y el mero hecho de que la vida fluyera dentro de ella en admirable equilibrio. Enid estaba acostumbrada a esas cosas, y entendía el mal trago por el que pasaban, el mal trago de morir, y también los malos tragos de la vida, que a veces ensombrecían ese final.

Con la señora Quinn, sin embargo, se sentía perdida.

No se trataba solo de que no podía ofrecer ningún consuelo, sino que tampoco quería hacerlo. Por más que lo intentara no conseguía vencer la repugnancia que sentía hacia aquella pobre mujer, joven y condenada. Le repugnaba aquel cuerpo que tenía que lavar y empolvar, y calmar con hielo y friegas de alcohol. Ahora entendía a la gente que decía que no soportaba la enfermedad y los cuerpos enfermos; entendía a las mujeres que le habían dicho, no sé cómo puedes, yo nunca sería enfermera, es la única cosa que sería incapaz de hacer. A ella le disgustaba ese cuerpo en particular, todos y cada uno de los estragos que iba dejando la enfermedad. El olor que desprendía y la piel macilenta, los pequeños pezones de aspecto maligno y los patéticos dientes de hurón. Enid veía en todo eso la manifestación de una corrupción deliberada. Se sentía tan mala como la señora Green, husmeando en busca de la impureza rampante. A pesar de ser enfermera y de saber que eso no estaba bien, y a pesar de que ser compasiva formaba parte de su trabajo —y desde luego de su carácter—. No entendía el porqué de esa aversión. En cierto modo la señora Quinn le recordaba a algunas chicas que había conocido en el instituto, chicas de aspecto enfermizo, vestidas con ropa vulgar y con un futuro sombrío por delante, que aun así se paseaban muy ufanas con un descaro increíble. Solían dejar los estudios al cabo de uno o dos años, se quedaban embarazadas, la mayoría se casaban. Enid había atendido años después a algunas de ellas, en partos en casa, y se dio cuenta de que se les había agotado aquella antigua confianza en sí mismas y que el descaro se había convertido en mansedumbre, o incluso devoción. Sintió lástima por ellas, aunque no olvidaba que se habían ganado a pulso lo que tenían.

La señora Quinn era un caso más difícil. La señora Quinn podía resquebrajarse y resquebrajarse, pero de su interior no saldría más que resentimiento y maldad, más que podredumbre.

Peor aún que esa repulsión que despertaba en Enid, era que la señora Quinn lo sabía. Por mucha paciencia, dulzura o ánimos que Enid lograra reunir, nada podría impedir que ella lo supiera. Y para la señora Quinn el hecho de saberlo era un triunfo.

Ahí te pudras.

Cuando Enid tenía veinte años y le faltaba poco para acabar su formación como enfermera, su padre se estaba muriendo en el hospital de Walley. Fue entonces cuando le dijo:

—No sé si estoy muy conforme con esa carrera tuya. No quiero que tengas que trabajar en un sitio como este.

Enid se acercó y le preguntó en qué clase de sitio creía estar.

—Solo es el hospital de Walley —le dijo.

—Ya lo sé —dijo su padre, con la misma voz serena de siempre, cargada de sensatez (era agente inmobiliario y corredor de seguros)—. Sé lo que me digo. Prométeme que no lo harás.

—¿Que no haré qué? —dijo Enid.

—Que no harás este tipo de trabajo —dijo su padre. No consiguió arrancarle más explicaciones. Apretaba la boca, como si sus preguntas lo disgustaran. Lo único que repetía era: «Promételo».

—¿Se puede saber qué pasa? —le preguntó Enid a su madre.

—Ah, vamos —dijo su madre—. Vamos, prométeselo. ¿A ti qué más te da?

A Enid le pareció espantoso que hablara así, pero no hizo ningún comentario. Se ajustaba al modo en que su madre veía muchas cosas.

—No voy a prometer algo que no entiendo —dijo—. De todos modos tampoco creo que prometa nada, pero si sabes de qué está hablando, deberías contármelo.

—Es solo que se le ha metido esa idea en la cabeza —dijo su madre—. La idea de que ser enfermera vuelve ordinaria a una mujer.

—Ordinaria —repitió Enid.

Su madre dijo que el rechazo de su padre era más que nada por la familiaridad que adquirían las enfermeras con el cuerpo de los hombres. Su padre pensaba —había decidido— que esa familiaridad acababa por cambiar a una chica, y que además cambiaba la idea que los hombres se hacían de esa chica. Estropearía las buenas oportunidades y le daría muchas otras oportunidades que no serían buenas. Algunos hombres perderían el interés, y otros se interesarían en el mal sentido.

—Supongo que todo se mezcla con el deseo de que te cases —dijo su madre.

—Pues peor para él —dijo Enid.

Al final, sin embargo, lo prometió. Y entonces su madre dijo: «Bueno, espero que eso te haga feliz». No «que le haga feliz», «que te haga». Como si hubiera sabido antes que Enid hasta qué punto sería tentadora esa promesa. La promesa en el lecho de muerte, la renuncia, el sacrificio total. Y cuanto más absurdo, mejor. A eso era a lo que había cedido, a fin de cuentas. Y no por amor a su padre, ni mucho menos (insinuaba su madre), sino dejándose llevar por la emoción. Pura y noble perversidad.

—Si te hubiera pedido que renunciaras a algo que no te importaba en un sentido o en otro, probablemente le habrías dicho que ni hablar —dijo su madre—. Si por ejemplo te hubiera pedido que dejaras de usar carmín. Seguirías usándolo.

Enid la escuchó con gesto paciente.

—¿Has rezado por ello? —preguntó su madre secamente.

Enid dijo que sí.

Abandonó los estudios de enfermería; se quedó en casa y se mantuvo ocupada. Podía permitirse vivir sin trabajar, porque en casa no había apuros de dinero. De hecho su madre al principio no quiso que Enid estudiara enfermería porque decía que eso era para chicas pobres, una salida cuando los padres no podían mantenerlas o mandarlas a la universidad. Enid no le recordó aquella contradicción. Pintó una valla, ató los rosales para el invierno. Aprendió repostería y aprendió a jugar al bridge, ocupando el lugar de su padre en la partida semanal que su madre organizaba con los vecinos de al lado, el señor y la señora Willens. En muy poco tiempo se convirtió en una jugadora escandalosamente buena, o eso aseguraba el señor Willens, que empezó a llevarle bombones, o una rosa, según decía para compensarla por ser un compañero tan incompetente.

Iba a patinar las tardes de invierno. Jugaba a bádminton.

Nunca le habían faltado amistades, y ahora tampoco. La mayoría de los que habían acabado con ella el instituto estaban a punto de terminar la universidad, o ya trabajaban fuera, como maestros de escuela, enfermeras o contables jurados. Pero hizo amistad con otra gente que había dejado los estudios para ponerse a trabajar en bancos, tiendas u oficinas, para ser fontaneros o confeccionar sombreros de señora. Las chicas del grupo estaban cayendo como moscas, o eso decían unas de otras. Caían en el matrimonio. Enid organizaba la fiesta en que las amigas llevaban los regalos a la novia, y siempre echaba una mano para preparar la merienda el día en que mostraban el ajuar. Un par de años después llegarían los bautizos, y ella siempre sería la madrina predilecta. Niños con los que no tenía ningún parentesco crecerían llamándola «tía». Y para las mujeres de la edad de su madre, e incluso mayores, era ya una especie de hija honorífica, la única joven de su edad que tenía tiempo para frecuentar la tertulia literaria y la sociedad de horticultura. Y así, rápidamente y sin esfuerzo, todavía en la flor de la edad, adoptó ese papel tan esencial y relevante como solitario.

A decir verdad, sin embargo, era el papel que había tenido toda la vida. En el instituto era siempre la delegada de la clase o la que organizaba los actos sociales. Contaba con el aprecio de los compañeros y era una chica vivaz, atractiva y bien vestida, si bien un poco distinta de las demás. Tenía amigos, pero no salía con ningún chico. No se trataba de una decisión premeditada, aunque tampoco le daba importancia. La preocupaban otra clase de aspiraciones: primero quería ser misionera, y luego, pasada esa vergonzosa etapa, quiso ser enfermera. Nunca se lo planteó como algo en lo que entretenerse hasta que se casara. Aspiraba a ser buena, y a hacer el bien, y no necesariamente cumpliendo con el modelo de la esposa convencional.

En Fin de Año fue al baile del ayuntamiento. El hombre que más la sacó a bailar, y que luego la acompañó a casa y le dio las buenas noches estrechándole la mano, era el gerente de la fábrica de productos lácteos, un cuarentón soltero, excelente bailarín, que solía ser un amigo paternal de chicas que lo tenían difícil para encontrar pareja. Ninguna mujer lo tomaba nunca en serio.

—A lo mejor deberías hacer un curso de administrativa —le sugirió su madre—. O ¿por qué no vas a la universidad?

Seguramente pensaba que quizá allí los hombres apreciarían más sus cualidades.

—Soy demasiado mayor —dijo Enid.

Su madre se echó a reír.

—Eso solo demuestra lo joven que eres —dijo. Parecía aliviada de descubrir que su hija tenía ese punto de insensatez propia de su edad, al creer que había un salto abismal entre los dieciocho años y los veintiuno.

—No pienso empezar a hacer el ganso con críos recién salidos del instituto —dijo Enid—. Hablo en serio. Además, ¿por qué quieres librarte de mí? Aquí estoy perfectamente.

Esos arranques de malhumor o brusquedad también parecían complacer y tranquilizar a su madre. Aun así, al cabo de un momento suspiró y dijo:

—Te parecerá increíble ver lo rápido que pasan los años.

Aquel mes de agosto hubo un brote de sarampión que se juntó con varios casos de polio. El médico que había atendido a su padre, y que había observado la desenvoltura de Enid en el hospital, le preguntó si quería echar una mano una temporada cuidando a pacientes a domicilio. Ella dijo que lo pensaría.

«¿Querías decir que vas a pedir por ello en tus oraciones?», le preguntó su madre, y Enid adoptó una expresión tozuda y reservada, la cara que otro tipo de chica hubiera puesto si no la dejaran quedar con su novio.

—Lo que yo prometí —le dijo a su madre al día siguiente— era no trabajar en un hospital, ¿verdad?

Su madre dijo que así lo había entendido, sí.

—Y no licenciarme ni ser enfermera titulada, ¿verdad?

Sí, sí.

Así que si había gente que necesitaba cuidados en casa, que no podían permitirse ir al hospital, o no querían, y Enid los atendía no como enfermera colegiada sino a domicilio, no podía decirse que rompiera su promesa, ¿verdad? Y puesto que la mayoría de los que necesitarían sus cuidados serían niños o mujeres parturientas, o gente moribunda, no habría mucho riesgo de volverse ordinaria, ¿a que no?

—Si los únicos hombres que cuidas no se van a levantar nunca más de la cama, supongo que tienes razón —dijo su madre.

Aun así, no pudo dejar de añadir que eso significaba que Enid abandonaría la posibilidad de un puesto decente en un hospital por un trabajo miserable en casas miserables y rudimentarias, donde tendría que deslomarse para cobrar nada y menos. Habría de bombear el agua de pozos contaminados, y romper el hielo de las palanganas en invierno, y combatir las moscas en verano, y utilizar el retrete del patio. Tablas de lavar y lámparas de queroseno en lugar de lavadoras y luz eléctrica. Intentaría cuidar a gente enferma en esas condiciones, mientras cargaba además con las tareas domésticas y con chiquillos pobres y escurridizos como comadrejas.

—Pero si esa es tu meta en la vida —dijo—, veo que cuanto peor te lo pinto más decidida estás a seguir adelante. Así que solamente voy a pedirte que me prometas dos cosas a mí también. Prométeme que hervirás el agua que vayas a beber. Y que no te casarás con un granjero.

—Qué locuras se te ocurren —dijo Enid.

Habían pasado dieciséis años desde entonces. Coincidió con que a partir de ese momento la gente empezó poco a poco a empobrecerse, con lo que cada vez eran menos los que se podían permitir ir al hospital, y las casas donde Enid iba a trabajar se deterioraron hasta tal punto que prácticamente cumplían los pronósticos de su madre. Había casas donde tenía que lavar a mano las sábanas y los pañales porque la lavadora estaba estropeada y no podía repararse, o porque habían cortado la luz, o porque nunca habían tenido electricidad. Enid no trabajaba de balde, porque eso no habría sido justo para las mujeres que atendían a domicilio y no disponían de los recursos que ella tenía, pero de una u otra manera devolvía la mayor parte de ese dinero, ya fuera en forma de zapatos y abrigos para los niños, visitas al dentista o juguetes por Navidad.

Su madre daba voces entre sus amigas para recolectar cunas, tronas y mantas, y conseguía también sábanas gastadas, que ella misma cortaba y pespuntaba para hacer pañales. Todo el mundo decía qué orgullosa debía de estar de Enid, y ella decía que sí, que por supuesto lo estaba.

«Pero a veces es agotador, esto de ser la madre de una santa», decía.

Luego vino la guerra, y hubo mucha escasez de médicos y enfermeras, y la ayuda de Enid se agradeció más que nunca. Y también durante un tiempo después de la guerra, con el nacimiento de tantos niños. Solamente ahora, con las ampliaciones de los hospitales y la bonanza de muchas de las granjas, parecía que sus responsabilidades podían quedar relegadas al cuidado de personas con enfermedades raras e incurables, o tan cascarrabias que los hospitales los habían echado.

Ese verano caía un aguacero cada pocos días, y después salía el sol con fuerza, llenando de destellos las hojas y la hierba mojada. Por las mañanas se levantaba mucha bruma —estaban tan cerca del río, allí—, pero cuando escampaba tampoco se podía alargar mucho la vista en ninguna dirección, por la exuberancia y la espesura del verano. Los árboles frondosos, los matorrales enmarañados con vides silvestres y parras vírgenes, las cosechas de maíz, cebada, trigo y heno. Todo iba adelantado, por lo que decía la gente. En junio el heno ya estaba a punto para la siega, y Rupert tuvo que apresurarse para guardarlo en el granero antes de que una lluvia lo estropeara.

Cada noche volvía más tarde a casa, después de apurar las horas de luz hasta el último momento. Una noche cuando entró la casa estaba a oscuras, salvo por una vela encendida en la mesa de la cocina.

Enid fue rápidamente a abrir la puerta de mosquitera.

—¿Se ha ido la luz? —preguntó Rupert.

—Chist —susurró Enid. En murmullos le explicó que había dejado a las niñas dormir abajo, porque en los cuartos de arriba hacía demasiado calor. Había juntado las sillas y había preparado unas camas encima con edredones y almohadas. Y lógicamente había tenido que apagar las luces para que pudieran dormir. Había encontrado una vela en uno de los cajones, y con eso se las arreglaba para escribir en su cuaderno.

—Siempre se acordarán de haber pasado la noche aquí —dijo—. Uno siempre recuerda las veces que de pequeño dormía en sitios diferentes.

Rupert dejó una caja en la que había un ventilador de techo para la habitación de la enferma. Había ido a Walley a comprarlo. También llevaba un periódico, y se lo ofreció a Enid.

—Pensé que te gustaría saber lo que pasa en el mundo —dijo.

Ella desplegó el periódico en la mesa, al lado del cuaderno. Había una fotografía de una pareja de perros jugueteando en una fuente.

—Dice que hay una ola de calor —dijo—. Vaya, no nos habíamos enterado.

Rupert estaba sacando con cuidado el ventilador de la caja.

—Eso irá muy bien —dijo Enid—. Ahora ha refrescado un poco, pero mañana seguro que a la señora Quinn le parecerá un gran alivio.

—Vendré temprano a colocarlo —dijo él. Luego le preguntó cómo había pasado el día su mujer.

Enid dijo que los dolores de las piernas se le estaban calmando, y parecía que con las nuevas píldoras que le había dado el médico descansaba mejor.

—El único problema es que se queda dormida tan pronto —dijo— que se hace difícil que la veas despierta.

—Vale más que descanse —dijo Rupert.

Esta conversación en susurros hizo que Enid recordara las conversaciones del último año en el instituto, cuando las burlas del principio, o coqueteos crueles, o lo que fueran, habían quedado atrás hacía mucho tiempo. Ese año Rupert se sentó todo el curso detrás de ella, y solían intercambiar algunas frases, siempre con algún propósito inmediato. ¿Tienes goma de borrar tinta? ¿Cómo se escribe «incriminar»? ¿Dónde está el mar Tirreno? Normalmente era Enid, medio girada en la silla, sintiendo muy cerca la presencia de Rupert pero sin llegar a verlo, la que iniciaba estas conversaciones. Quería que le prestara la goma, realmente necesitaba la información, pero también quería ser sociable. Y quería compensarlo: se avergonzaba de lo mal que ella y sus amigas lo habían tratado. Pedir disculpas solo serviría para incomodarlo de nuevo. Únicamente se relajaba cuando estaba sentado allí detrás y sabía que ella no podía mirarlo cara a cara. Si se encontraban por la calle apartaba la vista hasta el último momento, y farfullaba un saludo apenas audible cuando ella decía en voz alta y cantarina: «Hola, Rupert», y oía en sus palabras los ecos atormentadores del pasado que quería olvidar.

Pero cuando él se decidía a tocarle el hombro con un dedo para avisarla, cuando se inclinaba hacia delante y casi rozaba, o rozaba —no podía estar segura—, su melena abundante, que incluso recogida en un moño era ingobernable, entonces se sentía perdonada. En cierto modo se sentía honrada. Restituida al terreno de la seriedad y al respeto.

¿Dónde, dónde exactamente, está el mar Tirreno?

Se preguntaba si él se acordaría ahora de algo de todo aquello.

Separó las primeras secciones del periódico de las páginas interiores. Margaret Truman estaba de visita en Inglaterra y había saludado con una reverencia a la familia real. Los médicos del rey estaban tratando su enfermedad de Buerger con vitamina E.

Enid le ofreció a Rupert las noticias más destacadas.

—Yo le echaré un vistazo al crucigrama —dijo—. Me gusta hacer crucigramas, siento que me relaja al final del día.

Rupert se sentó a leer el periódico, y ella le preguntó si le apetecía una taza de té. Naturalmente él dijo que no se molestara, y ella fue a prepararlo de todos modos, entendiendo que esa respuesta bien podía ser un sí en la jerga del campo.

—Es de temática sudamericana —dijo Enid, echando un vistazo al crucigrama—. Temática sudamericana. El uno horizontal es un militar… de repostería. ¿Militar de repostería? Militar. Un montón de letras. Ah. Ah. Esta noche estoy de suerte. ¡Cabo de Hornos! —Y, levantándose para servir el té, añadió—: Ya ves qué tontas son estas cosas.

Si se acordaba, ¿le guardaría rencor? ¿Y si su simpatía desenfadada del último año en el instituto le parecía a Rupert tan inoportuna y condescendiente como las burlas previas?

La primera vez que volvió a verlo, en esta casa, pensó que no había cambiado demasiado. Había sido un chico alto, robusto, de cara redonda, y ahora era un hombre alto, fornido, de cara redonda. Siempre había llevado el pelo tan corto que poco importaba que tuviera menos y en lugar de castaño claro ahora fuera entrecano. La piel curtida por el sol había sustituido el rubor de sus mejillas. Y fuera cual fuese la preocupación que se traslucía en su expresión, podía ser la misma de antes, el hecho de ocupar espacio en el mundo y que la gente pudiera llamarte por tu nombre, ser alguien a quien creían conocer.

Enid se recordaba sentada delante de Rupert en la clase de último curso. Una clase pequeña, a esas alturas, después de que los cinco años de la secundaria hubieran cribado a los que no estudiaban, a los despreocupados y a los indiferentes, y quedaran solo estos niños demasiado grandes, formales y dóciles, aprendiendo trigonometría, aprendiendo latín. ¿Para qué clase de vida creían que se preparaban? ¿Qué clase de personas creían que serían?

Aún podía ver la cubierta verde y manoseada de un libro titulado Historia del Renacimiento y la Reforma. Era de segunda mano, o décima, porque nadie compraba nuevos los libros de texto. Dentro se leían los nombres de los antiguos dueños, algunos de los cuales ahora eran amas de casa de mediana edad o vendedores del pueblo. No te los imaginabas aprendiendo esas cosas, o subrayando «Edicto de Nantes» en rojo y escribiendo «N. B.» en el margen.

Edicto de Nantes. La propia inutilidad, el carácter exótico de las cosas que había en esos libros y en la cabeza de aquellos estudiantes, las que ella misma y Rupert tenían entonces, enternecía y maravillaba a Enid. No porque hubieran pretendido ser algo en lo que no se habían convertido. Nada de eso. Rupert no podría haber imaginado otro futuro que llevar la granja de la familia. Era una buena granja, y él era hijo único. Y ella había acabado haciendo exactamente lo que quería. No podía decirse que se hubieran equivocado al elegir un camino en la vida, o que hubiesen decidido en contra de su voluntad, o que no fueran conscientes de sus posibilidades. Simplemente que no habían comprendido que el tiempo pasaría y no les dejaría algo más, si acaso algo menos, de lo que ya habían sido.

—«Pan del Amazonas» —leyó Enid—. ¿«Pan del Amazonas»?

—¿Mandioca? —dijo Rupert.

Enid contó.

—Seis letras —dijo—. Seis.

—¿Cazabe? —dijo él.

—¿Cazabe? ¿Con be? Cazabe.

La señora Quinn cada día estaba más caprichosa con la comida. A veces decía que quería tostadas, o plátanos mojados en leche. Un día pidió galletas de manteca de cacahuete. Enid preparaba todas esas cosas —por lo menos las niñas se las comerían— y cuando estaban listas a la señora Quinn le repugnaba el aspecto o el olor que tenían. Incluso el olor de la gelatina le parecía repugnante.

Había días que cualquier ruido la irritaba; ni siquiera podían encender el ventilador. Otros días quería poner la radio, la emisora donde retransmitían peticiones de cumpleaños y aniversarios y llamaban a la gente para hacerles preguntas. Si acertabas la respuesta ganabas un viaje a las cataratas del Niágara, un depósito de gasolina lleno, una cesta de comestibles o entradas para el cine.

—Está todo amañado —decía la señora Quinn—. Hacen como que llaman a una casa, pero en realidad tienen a alguien en la habitación de al lado que ya sabe la respuesta. Conocía a uno que trabajaba en una radio, y es así.

Esos días su pulso estaba acelerado. Hablaba muy rápido, con voz jadeante.

—¿Qué clase de coche tiene tu madre?

—Un coche de color granate —dijo Enid.

—Ya, pero ¿qué marca? —le preguntó la señora Quinn.

Enid dijo que no lo sabía, porque era la verdad. Se le había olvidado.

—¿Lo compró nuevo?

—Sí —dijo Enid—. Sí. Pero hace tres o cuatro años.

—Vive en esa casa grande de piedra al lado de los Willens, ¿no?

Sí, dijo Enid.

—¿Cuántas habitaciones tiene? ¿Dieciséis?

—Demasiadas.

—¿Fuiste al funeral del señor Willens cuando se ahogó?

Enid dijo que no.

—No soy mucho de ir a funerales.

—Yo pensaba ir. Entonces aún no estaba tan enferma, iba a ir con los Hervey en coche, me dijeron que podían llevarme, pero al final la madre y la hermana de ella quisieron ir y no cabíamos todos atrás. Resulta que Clive y Olive fueron en la camioneta y me podía haber apretujado con ellos, pero no se les ocurrió avisarme. ¿Crees que se ahogó a propósito?

Enid pensó en el señor Willens ofreciéndole una rosa. Aquella galantería jocosa que a ella le daba calambre en los dientes, como tomar demasiado azúcar.

—No lo sé. No creo.

—¿Se llevaba bien con la señora Willens?

—Por lo que yo sé, se llevaban de maravilla.

—Vaya, ¿no me digas? —dijo la señora Quinn, tratando de imitar el tono reservado de Enid—. De ma-ra-vi-lla.

Enid dormía en el sofá de la habitación de la señora Quinn. Los tremendos picores prácticamente habían desaparecido, igual que las ganas incontenibles de orinar, y ahora la señora Quinn dormía casi toda la noche de un tirón, aunque tuviera rachas de respiración dificultosa, irritada. Pero no era eso lo que despertaba a Enid y la mantenía en vela. Había empezado a soñar cosas feas, completamente distintas de las que solía soñar. Hasta entonces un mal sueño podía consistir en encontrarse en una casa desconocida donde las habitaciones cambiaban constantemente de lugar y siempre había más trabajo por hacer del que ella podía abarcar, trabajo pendiente que creía que ya había hecho, innumerables distracciones. Y luego estaban, naturalmente, los sueños que podrían llamarse románticos, en los que un hombre la estrechaba en sus brazos, o incluso la besaba. Podía ser un extraño o un conocido, a veces un hombre en quien era gracioso pensar en ese sentido. Esos sueños la dejaban pensativa o un poco triste, pero en cierto modo la reconfortaba saber que podía experimentar esa clase de emociones. Quizá resultaran vergonzosos, pero no eran nada, nada de nada, en comparación con los sueños de ahora. En los sueños que la asaltaban ahora aparecía copulando, o intentando copular (a veces lo evitaban intrusos o giros inesperados), en situaciones completamente prohibidas e inconcebibles. Con bebés gordos que se retorcían, o con pacientes vendados, o con su propia madre. Ella estaba lúbrica de lujuria, gimiendo con una lascivia vacía, y se entregaba a la tarea con brusquedad, poseída por un pragmatismo perverso. «Sí, habrá que conformarse con esto —se decía—. A falta de algo mejor, esto servirá.» Y esa frialdad de corazón, esa depravación pura y dura, simplemente espoleaba su lujuria. Se despertaba sin remordimientos, sudorosa y agotada, y se quedaba inerte como un cadáver hasta que la vergüenza y la perplejidad la hacían volver poco a poco en sí. El sudor se enfriaba y se pasaba la noche temblando a pesar del calor, con escalofríos de repugnancia y humillación. No se atrevía a volver a dormirse. Se acostumbraba a la oscuridad y los largos rectángulos de los visillos en las ventanas se iluminaban con un resplandor muy tenue. Y entretanto la respiración de la enferma chirriaba machaconamente y luego casi desaparecía.

Si fuera católica, pensaba, ¿sería el tipo de cosas que podrían salir a la luz en una confesión? Ni siquiera le parecía apropiado plantearlas en sus oraciones íntimas. Apenas rezaba ya, salvo como mera formalidad, y hacer a Dios partícipe de semejantes experiencias se le antojaba completamente inútil, además de una falta de respeto. Sería un insulto. Ella misma se sentía insultada, por su propia mente. Su actitud hacia la religión era cabal y optimista, y no había lugar para dramas baratos como que el demonio invadía sus sueños mientras dormía. Era ella quien tenía la mente sucia, y no tenía sentido hacer un drama por eso ni darle importancia. De ninguna manera. No era más que la porquería de la mente.

En la pequeña pradera entre la casa y la orilla había vacas pastando. Alcanzaba a oírlas mientras rumiaban y deambulaban por la noche. Imaginaba sus siluetas grandes y mansas entre las malvas y la achicoria, los pastos en flor, y pensaba: Qué vida tan apacible tienen las vacas.

Acaba en el matadero, por supuesto. El final es siniestro.

Para todos es lo mismo, a fin de cuentas. El mal nos apresa mientras dormimos; el dolor y la desintegración acechan a la espera. Los horrores de los animales, mucho peores de lo que se pueda imaginar de antemano. El refugio de la cama, el aliento de las vacas, la disposición de las estrellas en el firmamento: todo puede darse la vuelta en un instante. Y ahí estaba ella, ahí estaba Enid, dejándose la vida en el empeño como si importara. Tratando de procurar alivio a la gente. Tratando de ser buena. Un ángel de misericordia, como decía su madre, cada vez con menos ironía a medida que pasaba el tiempo. Los pacientes y los médicos también lo decían.

Y todo ese tiempo, ¿cuántos habrían pensado que era una pobre idiota? La gente por la que se tomaba tantos desvelos quizá en

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