Prólogo
La habitación permanecía sumida en el silencio, salvo por el sonoro tictac del viejo reloj de pie del rincón, que ponía a Kate todavía más nerviosa de lo que ya estaba. Aquel mueble macizo con su esfera dorada y sus pesos llevaba en la biblioteca de Daringham Hall desde que ella tenía uso de razón, y cuando reparaba en su presencia, aquella cadencia monótona y fiable le resultaba tranquilizadora. Pero hoy no, porque con cada movimiento del minutero el momento que temía se acercaba un poco más.
—No debería estar aquí —repitió en voz alta lo que llevaba pensando todo el tiempo, deseosa de ceder al impulso de levantarse del sofá y marcharse. Pero no era tan fácil. En aquel momento ya nada era fácil.
Vacilante, miró a Ralph Camden, que estaba sentado en una butaca, tan ensimismado que ya llevaba unos minutos sin pronunciar palabra. Kate creyó que tal vez no la había oído, pero de pronto él levantó la cabeza para mirarla.
A sus cincuenta y pocos años podría ser su padre, y había habido épocas en la vida de Kate en que había deseado que así fuera. De niña quería pertenecer a su familia a toda costa y vivir en Daringham Hall, para ella lo más parecido a un hogar que conocía. Allí no se limitaban a soportarla, sino que era bienvenida. Por eso les tenía tanto cariño a los Camden y se sentía tan unida a ellos. Eso no cambiaría nunca.
Y ese era justamente el problema.
Kate tragó saliva, pues Ralph no contestó a su objeción y se limitó a observarla con aquel sosiego tan propio de él.
Le tenía un afecto especial precisamente por eso. Siempre se comportaba con corrección y nunca montaba en cólera, o en todo caso Kate no recordaba haberlo oído gritar ni echar pestes con tanta vehemencia como su tía Nancy. No, Ralph Camden siempre se mostraba amable, y eso representaba un alivio para una niña que todos los días notaba lo poco deseada que era. De modo que a nadie podía extrañar que en la imaginación de Kate él ocupara a menudo el papel del padre ideal.
Sin embargo, distaba de serlo, ahora lo sabía. No era ningún héroe, y sus ademanes tranquilos solo lograban desviar la atención de su falta de fuerza y autoridad. De haber poseído esas dos cualidades, tal vez jamás hubiera ocurrido lo que tenía a todos tan preocupados desde hacía semanas y amenazaba el futuro de Daringham Hall. Ni ella tendría que estar sentada a su lado.
—A Ben no le gustará que esté presente —repuso de nuevo, y se encogió de hombros con impotencia—. Y en realidad tampoco me incumbe. —¿Es que no lo entendía?
Ralph suspiró pero no cambió de opinión.
—También te incumbe, Kate. Nos incumbe a todos. Además... —Dudó y se le quebró un poco la voz—. Quizá te resulte más fácil convencerlo que a mí. —Una débil sonrisa se dibujó en su pálido rostro—. Eres la más próxima a Ben de todos nosotros, y creo que significas mucho para él.
Kate notó un nudo en la garganta y por un instante deseó que fuera cierto. Sin embargo, ¿cómo iba a serlo tras los acontecimientos de los últimos días?
—Yo también lo pensaba, pero él... —Se interrumpió porque llamaron a la puerta.
Al cabo de un momento Kirkby apareció en el umbral. Llenaba el vano con sus hombros anchos, ligeramente inclinados hacia delante, y las mangas del traje negro que vestía se tensaban alrededor de los musculosos brazos, que no parecían propios de un mayordomo. Más bien semejaba un pugilista, algo que por lo visto había sido. Corrían muchos rumores sobre Kirkby, y Kate se había acostumbrado a creérselos todos. Le caía simpático aquel grandullón, y entendía su devoción leal por los Camden. Era algo que tenían en común.
—El señor Sterling ha llegado —anunció Kirkby, y Kate boqueó sin querer cuando él se apartó para dejar paso a Ben, que entró en la sala con semblante serio.
Era una de las pocas personas que no parecían menudas al lado de Kirkby, pero ese no era el motivo por el que resultaba imposible no fijarse en él, sino sus maneras arrogantes, su modo de caminar y la forma en que miraba con unos ojos gris ceniza. Kate nunca había tenido ocasión de esquivarlos, y en ese momento notó un escalofrío y que se le aceleraba el corazón.
Ben dudó solo un instante cuando se encontraron sus miradas y Kate vio la sorpresa en su rostro. No esperaba verla allí, y por un segundo ella creyó que le iba a decir algo. Pero luego sus rasgos se endurecieron de nuevo y se convirtieron en la máscara tras la que se ocultaba a todo el mundo. Se acercó en silencio a Ralph y Kate, que estaban sentados en medio de la sala, y se detuvo mientras Kate se levantaba con las rodillas temblorosas. Ralph también se puso en pie.
—Ben. —Pronunció el nombre con cautela, como inseguro sobre si podía utilizarlo.
No podía.
—Señor Sterling para usted. —La voz grave de Ben sonó fría, pero Kate la conocía lo suficiente para percibir la ira reprimida. Miró alrededor de la sala con sorna, con una ceja levantada, luego clavó la mirada de nuevo en Ralph—. ¿Dónde está su hermano? ¿Hoy no necesita asesoramiento legal?
—No. —Algo ocurría en el rostro de Ralph, y cuando miró a Kate un instante ella leyó la preocupación en sus ojos. El hecho de que esta vez Timothy no estuviera presente suponía un riesgo, ambos lo sabían. Pero era la única manera de, tal vez, convencer a Ben y hacerlo cambiar de opinión.
Mientras Ralph se afanaba en buscar las palabras adecuadas, Kate confirmó de nuevo en silencio lo poco que se parecían aquellos dos hombres. Aparte del cabello, del mismo tono rubio oscuro, no parecían tener nada en común.
Ralph se aclaró la garganta.
—Bueno... tengo una propuesta. Mejor dicho, una petición —explicó.
Kate intentó prepararse, pues si Ben rechazaba la oferta, y era muy probable que así fuera, sería una amenaza no solo para Daringham Hall, sino para todo lo que era importante en su vida. Entonces tendría que odiarle.
¿Y si la aceptaba?
Kate tragó saliva con dificultad mientras Ben la escudriñaba y comprendía que entonces ella se vería en apuros mucho más graves.
1
Cuatro semanas antes
—¡Espero que no lo digas en serio!
Ben sonrió al percibir temor en la voz de Peter, que sonaba un poco distorsionada a través del dispositivo de manos libres del Jaguar de alquiler. Fuera acababa de desatarse una tormenta de verano y llovía a cántaros, lo que perjudicaba la cobertura. Aun así, el despacho de Sterling & Adams Networks se encontraba en la lejana Nueva York, donde Peter sin duda estaría sentado ante el ordenador. De hecho, Peter siempre estaba delante de un ordenador y para obligarle a abandonarlo se requerían ciertas artes de persuasión. O aportar hechos consumados, algo que en principio Ben prefería. Por eso no se dejó impresionar por la reacción de Peter, pues ya contaba con ella.
—Tampoco me montes un drama por eso, Pete, ¿me oyes? Solo está tardando un poco más de lo que esperábamos.
—¡Pero ese no era el plan, maldita sea! Tenías que quedarte tres días en Inglaterra, no una semana entera. Y ahora, cuando pensaba que por fin había terminado, vas tú y añades otro maldito día entero. Mañana probablemente me comunicarás que has decidido mudarte para siempre a esa isla lluviosa.
—Antes muerto —replicó Ben, furibundo, y acto seguido se enfadó por haberlo dicho. No hacía falta que Peter supiera cómo lo alteraba su estancia allí.
—Espero que seas consciente de que tienes que estar aquí como mucho el lunes por la tarde; de lo contrario me veré obligado a dirigir yo la reunión con Stanford y su gente, y tú no quieres que eso pase, ¿no?
Ben soltó una risita.
—No si se puede evitar. —Peter era un genio de la informática y, gracias a su extraordinaria capacidad como programador, su compañía, antes pequeña y con sede en un garaje, se había convertido en una empresa de software de éxito y a esas alturas de prestigio internacional. Pero todo lo bueno que era con los números y códigos, plataformas y gráficos lo tenía de pésimo en el trato con la gente. Por eso habían acordado desde el principio un estricto reparto del trabajo: Ben era la cara visible de Sterling & Adams Networks y representaba a la empresa de puertas afuera, mientras que Peter se encargaba del área técnica. En realidad, aquello no cambiaba el hecho de que ambos eran administradores del negocio con igualdad de derechos, y por eso Peter tenía que representarle en Nueva York mientras él estuviera en Inglaterra. No era la solución ideal, pero sí inevitable. Ben no estaba seguro de poder regresar al cabo de dos días a Nueva York. Dependía de cómo transcurrieran las horas siguientes—. En caso de que aun así no pueda, envía a Sienna. Seguro que estará encantada de encargarse de todo.
Peter soltó un bufido.
—Seguro —dijo—. Pero no sé qué le parecerá a Stanford que lo despachemos con tu asistenta. Eres el único al que respeta, lo sabes perfectamente. Si faltas a la cita no cerraremos esa operación. —Hizo una pausa, como a la espera de que Ben le asegurara su asistencia. Al advertir que no ocurría, soltó un profundo suspiro y agregó en tono de reproche—: En serio, Ben, no lo entiendo. Llevas siglos trabajando en esta operación, ¿y ahora que llega el momento dices que es probable que no asistas? Ese asunto privado tuyo no puede ser tan importante, ¿verdad?
Ben torció el gesto; sabía que Peter tenía razón: si se quedaba ponía en peligro la operación con Stanford. Pero aquello era más urgente. Tenía que resolverlo antes.
—Sí lo es —replicó a su amigo—. Y tampoco sé exactamente cuánto va a durar.
Oyó un gruñido áspero al otro lado de la línea, pero Peter no insistió y colgó después de murmurar:
—Entonces haz el favor de darte prisa. —Y se despidió brevemente.
Eso era lo que tanto le gustaba a Ben de él. Probablemente su estrecha amistad con aquel estadounidense diez años mayor se basaba solo en eso. Peter siempre había respetado que Ben no fuera de esa gente a la que gustaba explicar su vida a los demás, pues en ese sentido era muy parecido. En aquella ocasión Ben se lo agradeció especialmente porque en realidad solo le incumbía a él...
Una ráfaga de viento azotó el Jaguar y lo empujó con tanta fuerza que Ben tuvo que concentrarse para no salirse de la estrecha carretera. Tras dominar el coche, miró asombrado al cielo. Entonces comprendió que el tiempo estaba a punto de empeorar aún más. El manto de nubes, antes ya espeso y abrumador, había adquirido un amenazador color gris oscuro, y la lluvia caía con tanta intensidad que el limpiaparabrisas apenas daba abasto. Además, los rayos y truenos se sucedían cada vez más rápido: era evidente que se adentraba en una tormenta de verano.
Ben incrementó la presión sobre el volante. La guía que había comprado aseguraba que East Anglia era la zona más soleada de Inglaterra. «Hoy por lo menos no», pensó, y en realidad incluso le pareció bien. El tiempo encajaba a la perfección con su estado emocional, porque en su interior también se iba alterando algo a medida que se acercaba a su destino.
Ya no podía estar muy lejos, se lo confirmó el indicador que acababa de pasar: un kilómetro hasta Salter’s End, el pueblo más cercano a la vieja casa familiar a la que se dirigía.
Seguramente en Daringham Hall estarían sentados a la mesa para cenar, como todos los domingos a esa hora. Con un poco de suerte ya habrían recibido la carta de su abogado neoyorquino, y tal vez en ese mismo momento estarían sopesando las consecuencias que tendría todo aquello para ellos. Probablemente pondrían en duda lo que él les había comunicado, y seguro que estaban convencidos de que encontrarían una solución. Ben esbozó una sonrisa maliciosa. En eso se equivocaban. Había pasado los últimos días investigándolo todo con exactitud, y haría que la refinada familia Camden se enfrentara al resultado. Personalmente. Cara a cara.
No estaba planeado así, en realidad todo tendría que haberse gestionado a través de su abogado. Ben no quería hacer acto de presencia, sino saborear el triunfo en la distancia. Sin embargo, cuando ya estaba en el aeropuerto para regresar a Nueva York, de pronto sintió que no le bastaba. Lo asaltó la urgente necesidad de enfrentarse a los Camden cara a cara. Quería mirarlos a los ojos cuando se enterasen de quién era y qué iba a hacer. Por eso no embarcó y se dirigió al mostrador de la empresa de alquiler de vehículos, donde se había decidido por el más caro. Ya que lo hacía, aquella gente tenía que saber a primera vista con quién estaba tratando.
Recordó la imagen de su madre, como tantas veces durante los últimos días. La vio como si la tuviera delante, pálida y débil en la cama, marcada por el cáncer y desesperada porque no quería dejar solo a su hijo, de apenas doce años. Tenía su muerte grabada en la memoria, tan ardiente y dolorosa que durante mucho tiempo había huido del recuerdo. Pero el pasado nunca lo abandonó, le había corroído tanto el subconsciente que ahora, con treinta y cuatro años, por fin necesitaba tener la certeza.
Por eso había contratado a un detective privado en Londres, para buscar las respuestas que su madre nunca había querido darle. Cuando al poco tiempo llegaron los primeros resultados de la investigación, Ben se puso tan furioso que su abogado envió acto seguido una carta en su nombre a East Anglia. Los documentos que la agencia de detectives le había remitido por correo a Nueva York le sorprendieron por insuficientes, de modo que decidió ir a Inglaterra para ocuparse en persona del asunto.
Un rayo atravesó el cielo, seguido de un trueno ensordecedor, y Ben, tras reprimir una maldición, se concentró de nuevo en la carretera. La tormenta estaba ahora justo encima de él. En cierto modo tenía la sensación de que ese maldito país se había conjurado contra él. No solo por lo agotador que resultaba conducir por el lado equivocado de la carretera, sino también porque se arrepentía de haber alquilado un coche tan grande. Maniobrar con el Jaguar por la costa del sudeste de Inglaterra, que a cada minuto parecía estrecharse más, tampoco habría sido un auténtico placer aunque hiciera buen tiempo. Pero en las actuales circunstancias era extraordinariamente estresante. Además, el GPS parecía haber dejado de funcionar de repente. Ben no tenía ni idea de por dónde conducía, pues el ordenador de a bordo hacía unos minutos que indicaba off-road, y en la pantalla del navegador el punto que debería ser el Jaguar se movía sobre una superficie negra. Ya no había señal. Para rematar, justo entonces la carretera se bifurcó delante de sus narices.
Ben detuvo el vehículo y cogió su móvil para activar el GPS, esperando que este funcionara mejor. No fue así. De hecho, el móvil ni siquiera se encendió, lo que tampoco era de extrañar, pues Ben recordó que durante la conversación con Peter ya tenía muy poca batería.
—Vaya, genial —masculló, y arrojó el aparato al asiento.
A continuación, frustrado, observó la bifurcación entre la lluvia. No tenía ni idea de cuál era el camino correcto, pero como la paciencia nunca había sido una de sus virtudes, hizo lo que hacía siempre en situaciones parecidas: tomó una decisión. A la izquierda. Bien, si se equivocaba siempre podría dar media vuelta.
Pasados trescientos metros entendió cuán complicada sería una simple maniobra para girar. La carretera se transformaba por momentos en una especie de camino rural asfaltado, invadido por una espesa maleza. Solo había sitio para un vehículo, y si alguien se acercaba de frente se vería obligado a ir marcha atrás todo ese tramo... una idea que no le ayudó a ponerse de mejor humor. Maldita Ingla...
—¡Mierda! —Pisó a fondo el freno para no embestir al cochecito amarillo que apareció de pronto delante, en el camino. El Jaguar chirrió y todavía avanzó unos metros dando bandazos, pero Ben consiguió detenerlo antes de chocar contra la trasera del otro coche.
Se quedó sentado al volante un momento como paralizado, mientras el corazón se le acompasaba. Luego el cerebro volvió a funcionarle y advirtió que el otro coche no se movía, que estaba parado. Por eso casi había chocado con él, porque ese idiota por lo visto aparcaba ahí.
Ben se disponía a hacerle saber al conductor lo que pensaba de su conducta cuando a la luz de los faros reconoció que en el asiento trasero del otro coche había tres personas sentadas. Chicas jóvenes, si no le engañaba la vista, una de ellas con un llamativo pelo violeta. Las tres lo miraban por el cristal y hablaban exaltadas. ¿Estarían ahí porque habían tenido una avería y necesitaban ayuda?
Ben bajó del coche sin ponerse la chaqueta del traje. Llovía tanto que enseguida se le empapó la camisa, una capa más de tela no habría cambiado nada. Se acercó a la puerta del conductor del otro coche.
—¿Hola? —Dio golpecitos en el cristal, tras el cual vio con claridad a la conductora, una joven rubia oxigenada. Junto con la morena del asiento del copiloto eran cinco, todas muy jóvenes, como mucho de unos veinte años, calculó Ben. Pero no parecía que necesitaran ayuda, más bien estaban nerviosas por su aparición, porque la rubia le lanzó una mirada hostil antes de bajar una rendija la ventanilla.
—¿Qué quieres, tío? —Esa pregunta desafiante resultó casi engullida por el rugido de un trueno.
Él se acercó más a ella y arrugó la frente. No estaba seguro, pero parecía tener restos blancos alrededor de la nariz. Y también parecía un poco... exaltada. Colocada.
Ben puso cara de pocos amigos cuando entendió que ese era el motivo por el que las chicas habían aparcado en aquella carretera apartada. Habían esnifado cocaína y no querían que nadie las molestara. No estaba claro si creían que con ese tiempo nadie iba a pasar por ahí o si ya estaban bajo el influjo de las drogas cuando decidieron parar.
En cualquier caso, no era buena idea. De joven Ben ya había cometido errores suficientes para saberlo. Pero últimamente nada le afectaba, solo le importaba una cosa.
—¿Puedes mover el coche? Estás bloqueando la carretera.
—¿Ah, sí? ¿Y si no lo hago?
La rubia oxigenada se mostraba cada vez más agresiva y lo miraba con aire desafiante. Ben estaba perdiendo la paciencia. Encima de que por culpa del maldito GPS no sabía a ciencia cierta si iba por buen camino, ahora estaba calado hasta los huesos y tenía que tratar con unas adolescentes obstinadas pasadas de vueltas. Basta.
Se limpió la lluvia del rostro, apoyó el brazo en el techo del coche y se inclinó.
—También podéis quedaros aquí —dijo, no con intención de ser educado, y respondió a la mirada de la conductora con una firmeza gélida. Normalmente lo habría probado con el encanto, porque con las mujeres una sonrisa facilitaba llegar antes al objetivo. Pero ya estaba cansado de la situación, así que señaló una entrada en el camino que vio unos metros más allá—. Poned el coche allí y dejadme pasar. Tengo prisa.
Sus empleados de Nueva York no habrían tardado nada en obedecerlo porque lo conocían lo suficiente para saber cuándo tensaban demasiado la cuerda. La rubia oxigenada, en cambio, no parecía impresionada. Se volvió hacia las demás y dijo algo a media voz que Ben no pudo oír por el crepitar de la lluvia. Luego abrió de golpe la portezuela con rabia de manera que Ben tuvo que apartarse a un lado rápido para que no le diera, y bajó. También se abrió la puerta del otro lado y al instante las cinco chicas estuvieron delante de él en el camino.
—¿Es que no se puede estar aquí tranquilamente? ¡La carretera no es tuya ni de tu cochazo de lujo, capullo! —La rubia oxigenada dio un paso hacia Ben, que no retrocedió. ¿Qué se creía esa mocosa, que le daba miedo?
—Solo quiero pasar —repitió, y le sostuvo la mirada a la chica, que ahora estaba justo delante de él.
Ambos estaban empapados, pero ella no parecía notarlo, y a sus amigas tampoco parecía molestarles que la ropa se les pegara al cuerpo, ropa barata y muy ceñida. Todas estaban concentradas en él, y ninguna sonreía.
Ben suspiró para sus adentros. Jo, las cosas no paraban de mejorar.
—Oye, de verdad que no tengo ganas de discutir —dijo, esforzándose por conservar la calma pese a su impaciencia. ¿No podían ser un poco razonables esas chicas y dejarle pasar?
La rubia se volvió hacia sus amigas como si quisiera cerciorarse de nuevo. Luego volvió a mirar a Ben con una expresión de complacencia, casi triunfal.
—Tú puede que no, gilipollas. Pero nosotras sí —espetó, y le dio un puñetazo tan fuerte en el estómago que se tuvo que doblar, sorprendido.
2
Toby levantó la cabeza y soltó un gruñido flojo y grave, como si fuera hubiese oído algo que le provocara desconfianza, y Kate, que estaba de rodillas a su lado, sonrió sin querer. No tenía ni idea de qué podía haber llamado la atención del airedale terrier, pues fuera ya hacía un buen rato que rabiaba una fuerte tormenta de verano, y para los oídos de ella el estruendo de los truenos y los golpes de los postigos azotados por el viento eran demasiado potentes para percibir algo más. Pero era una buena señal que Toby se hubiera alterado.
—Parece que ha recuperado el ánimo. —Se levantó de su sitio junto a la manta del perro delante de la chimenea y sonrió a Amanda Archer, que estaba sentada muy cerca en una butaca—. Pronto volverá a estar en forma.
—¿Está segura? —La anciana no parecía creérselo, pues seguía mirándolo con preocupación.
Kate lo entendía. Toby estaba en un estado deplorable cuando ella había llegado unas horas antes. Enseguida vio que tenía todos los síntomas de una intoxicación y tuvo que tratarlo rápido para salvarlo. Por suerte, la terapia le había sentado muy bien y era obvio que lo peor ya había pasado.
—Sí, estoy segura —confirmó, y se inclinó de nuevo para acariciar la piel rizada del terrier, tumbado de nuevo en la manta—. ¿Verdad, bonito? Te vas a poner bien.
El gran perro movió la cola levemente e intentó lamer la mano de Kate, que lo consideró otra buena señal. Amanda pareció creerse por fin que el perro se había recuperado. Aunque solo por un momento. Luego volvieron los reproches hacia sí misma.
—No debería haber comprado ese nuevo fertilizante —dijo, y se remetió el cabello con destellos grises detrás de la oreja en un gesto maquinal—. ¡Pero quién iba a pensar que hoy en día hasta las virutas de cuerno están envenenadas con productos químicos!
—No podía saberlo —la tranquilizó Kate mientras guardaba sus instrumentos y los medicamentos en la bolsa—. Ya está recuperado.
—¡Gracias a usted! —dijo la anciana, muy seria—. Si no hubiera venido tan rápido... —Se le humedecieron los ojos, y Kate le apretó la mano para consolarla.
—Eso es lo mínimo.
—No, no es verdad —insistió Amanda—. Hoy es sábado, pero aun así usted ha venido; nunca lo olvidaré. Es una bendición su vuelta a Salter’s End. Sabía que Toby saldría de esta si lo trataba usted. Usted nunca se rinde.
Kate se alegró del cumplido, pero no pensaba que hubiera hecho nada extraordinario. Al fin y al cabo, precisamente por eso era veterinaria. No le había resultado fácil porque hizo la carrera contra la voluntad expresa de su tía, y sin ninguna ayuda económica. Pero en días como ese sabía que el esfuerzo había merecido la pena.
En cuanto a su regreso, nunca le había sido tan fácil tomar una decisión. Aunque no todos los recuerdos vinculados a aquel lugar fueran buenos, seguía teniendo la sensación de pertenecer allí. Tenía cariño a esas tierras y sus gentes, y le daban seguridad. Por eso se había ido de mala gana a estudiar y había aceptado sin vacilar cuando el viejo veterinario del pueblo le ofreció entrar en su consulta.
Amanda aún tenía lágrimas en los ojos.
—No sabe cuánto significa para mí —dijo con voz quebrada—. Solo me queda Toby.
No añadió más, pero Kate leyó en su rostro lo mucho que le había afectado la muerte de su marido. John Archer, que había trabajado durante muchos años como guardabosques en Daringham Hall, había fallecido a principios del año anterior de forma súbita de un infarto. Desde entonces Amanda vivía sola en aquella casa que ya no utilizaba el nuevo guardabosques, pues este prefería vivir más cerca del pueblo. Hasta entonces Kate nunca se había detenido a pensar cuánto tiempo podría estar bien allí, en el bosque, la vieja señora. A sus setenta y pocos años aún estaba ágil, pero sufría de artritis en las rodillas, y eso a veces le dificultaba caminar. Tarde o temprano iba a necesitar ayuda.
—¿Su hija no puede venir a ayudarla un poco?
Amanda se encogió de hombros.
—Kent está muy lejos. Pero viene de visita con mi nieta siempre que puede. —Sonrió—. No me mire así, Kate. Aún no soy una vieja desvalida. De verdad —aseguró, y Kate asintió.
Entendía el deseo de Amanda de quedarse en la casa donde había vivido tantos años con su marido. Seguro que estaba llena de recuerdos a los que no quería renunciar. Y si llegaba el día en que no podía más, se mudaría a una casa en el pueblo. Muchas de ellas pertenecían a los Camden, y seguro que no dejarían en la estacada a la viuda de su viejo guardabosques.
—De acuerdo, entonces volveré a ver a Toby mañana a primera hora —dijo Amanda—. Solo por si acaso...
Un relámpago iluminó la ventana, seguido de un fuerte trueno que hizo vibrar toda la casa y provocó un estremecimiento en ambas mujeres.
—No debería salir ahí fuera ahora mismo —dijo Amanda casi sin aliento—. Puede quedarse aquí hasta que pase la tormenta.
Kate miró el reloj.
—Es usted muy amable, pero no puedo. Aún tengo que pasar por Daringham Hall. —Incluso era urgente, pues la yegua de Anna, la sobrina de Ralph Camden, estaba a punto de parir, y Kate tendría que haber ido a verla ya por la tarde. No lo había hecho debido a Toby, pero seguro que ya la estaban esperando—. La ayudaré en un momento a cerrar los postigos.
—No tiene por qué hacerlo. Siempre los dejo abiertos —repuso Amanda, y Kate frunció el entrecejo, no era una buena idea.
—Pero es más seguro —insistió, y no se refería solo al tiempo. Últimamente había habido en la zona una serie de robos en que las casas y viviendas resultaban bastante destrozadas. La policía suponía que el o los autores eran muy agresivos. Hasta entonces los dueños nunca habían estado en casa durante los asaltos, pero nunca se sabe.
Como si quisiera confirmar sus temores, de pronto Toby alzó de nuevo la cabeza y gruñó, esta vez con más insistencia, antes de volver a desplomarse sobre su cojín y cerrar los ojos. Kate estaba segura de que habría ido corriendo a la puerta de no haberse sentido tan flojo, y eso reforzó su decisión de asegurar la casa lo mejor posible antes de irse. El perro aún tardaría un rato en servir como guardián.
Salió al pasillo, se puso los zapatos y la chaqueta y se plantó en la puerta antes de que Amanda pudiera detenerla.
Fuera llovía y la tormenta era tan fuerte que Kate tuvo que afianzarse bien contra el viento para conseguir cerrar los postigos, viejos y desgastados. Cuando acabó con el último, oyó aliviada que Amanda echaba el cerrojo.
Presurosa, dobló la esquina de la casa y se quedó paralizada al ver una silueta oscura que entraba en la casa a hurtadillas, agazapada, a la luz de un relámpago palpitante.
A Ben le costó volver a abrir los ojos. Debió de quedarse inconsciente un momento, pues cuando se incorporó gimiendo comprobó que se encontraba entre los arbustos del margen de la carretera. Y solo. No había ni rastro de las chicas, y su coche también había desaparecido, igual que el Jaguar.
Tomó conciencia muy despacio de lo ocurrido. No podía creer la sangre fría y la brutalidad con que aquellas chicas le habían atacado. De pronto empezaron a caerle golpes y patadas incesantes de las cinco a la vez. Aún había tenido suerte de que uno de los golpes le diera con fuerza en la cabeza y lo derribara. Quién sabe si habrían parado de no haberse desplomado. No tenía ni idea de qué las había empujado a actuar así, pero él estaba bastante maltrecho.
Se rozó con cuidado los labios ensangrentados y soltó un gemido, pues aquel movimiento le provocó una punzada en las costillas. Seguramente recibió la mayoría de los golpes en el torso, por eso le costaba un poco respirar cuando se levantó. La pierna izquierda tampoco estaba del todo bien, algo le pasaba en la rodilla.
Se quedó allí parado, mirando a través de la intensa lluvia los campos y el bosque que lo rodeaban. Luego soltó una maldición para desahogar su frustración. Estaba en medio de una tormenta de verano, extremadamente incómoda, en una maldita carretera rural inglesa y sin coche. Y ese no era el mayor de sus problemas. En el Jaguar estaban todas sus cosas: la maleta, el móvil, el dinero, la documentación... y las copias de los documentos que quería enseñarles a los Camden. Todo había desaparecido.
¿Y ahora qué? Furioso consigo mismo por haber sido tan arrogante y haber calculado tan mal el peligro, miró alrededor al resplandor de los relámpagos que se sucedían iluminando el entorno. Odiaba sentir
