Daringham Hall 3-El Retorno

Kathryn Taylor

Fragmento

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Prólogo

Nueva York

Cuando se abrieron las puertas del ascensor y Ben salió de la cabina al amplio pasillo, una abrumadora sensación de familiaridad se apoderó de él. No tenía ni idea de cuántas veces había recorrido aquel noble suelo de mármol oscuro hasta llegar al mostrador de recepción situado al fondo; en todo caso, las suficientes para ni siquiera fijarse en el logotipo de la empresa, Sterling & Adams Networks, que resaltaba en la pared con luz indirecta detrás de la recepción. Sin embargo, aquel día lo vio, incluso le impresionó de verdad, como si fuera algo que reconocía pero que observaba con una nueva distancia interior.

Por supuesto, seguía siendo su empresa, y se sentía orgulloso de haberla llevado tan lejos junto con Peter, que ahora pudieran permitirse tener empleados y un lugar en la décima planta de una elegante torre de oficinas en el centro de Manhattan. Aun así, al volver después de tanto tiempo, la sensación era distinta de la que esperaba. O tal vez él era una persona diferente...

—¡Señor Sterling! —La joven asiática de la recepción se levantó de un respingo, sorprendida de ver a Ben. Era obvio que Peter no había anunciado su llegada.

—Hola, Chen Lu —la saludó al pasar por su lado, y el gesto que hizo con la cabeza la sacó de su asombro.

—¡Bienvenido! —exclamó ella con una sonrisa radiante, mientras Ben atravesaba la puerta de cristal que conducía a los despachos de dirección.

Todo estaba exactamente igual que antes: las fotografías de Peter y él recibiendo premios de reconocimiento, el moderno vestíbulo que precedía a sus despachos. Sin embargo, de pronto, a Ben le parecía extraño.

—¡Ben! —Sienna Walker estaba sentada en su escritorio del vestíbulo y, a diferencia de Chen Lu, debía de contar con su llegada porque no parecía en absoluto sorprendida. De todas formas, esbozó una sonrisa comedida, lo que seguramente significaba que Peter ya le había informado del motivo de su viaje.

Sienna se dispuso a decir algo, pero primero Ben quería tener una conversación con su socio y señaló el despacho de Peter.

—¿Está ahí? —preguntó, escueto.

Sienna asintió y Ben llamó un momento a la puerta antes de entrar.

Peter estaba sentado tras su amplio escritorio, casi oculto por las dos pantallas de ordenador y los montones de papeles y carpetas que tenía esparcidos alrededor. También era una imagen conocida, pero Peter no lucía una sonrisa en el rostro, ni hizo amago de levantarse. Además, el caos no era ni de lejos tan grande como el que estaba acostumbrado a ver en el escritorio de Peter.

—Has ordenado —afirmó, sorprendido.

—Y tú has perdido la cabeza —contestó Peter con rabia, y se levantó de la silla. Se inclinó sobre la mesa con un brillo de furia en los ojos—. Para que te quede claro desde el principio: ¡la respuesta sigue siendo no!

Ben respiró hondo. Sabía que Peter se opondría, incluso lo entendía. Sin embargo, su amigo tendría que aceptar su decisión.

—No te estoy pidiendo permiso, Peter —le recordó—. La decisión está tomada.

Peter se quedó callado un rato, luego negó con la cabeza.

—Es culpa de esa chica, ¿verdad? ¡Esa veterinaria! ¡Te ha sorbido los sesos, no piensas con claridad!

Ben pensó en Kate, que le esperaba en su apartamento, y suspiró sin querer.

—Pienso con mucha claridad, Peter, créeme. Y también sé que ha sido un poco repentino. Aun así...

—¿Un poco repentino? —le interrumpió Peter, furioso, y se desplomó de nuevo en su silla, como si le fallaran las piernas—. ¿Un poco repentino? ¿En serio? Por el amor de Dios, Ben, el domingo me aseguraste que estabas ansioso por irte de Daringham Hall y alejarte de los Camden. No querías saber nada de tu elegante familia inglesa y estabas casi sentado en el avión de regreso a Nueva York. Y al cabo de unas horas me dices que has cambiado de opinión y que quieres renunciar a todo lo que hemos construido juntos durante todos estos años para invertir todos tus bienes en una casa vieja que está al borde de la bancarrota. Lo siento, socio, pero eso no es solo repentino, me hace dudar mucho de tu salud mental.

Lanzó una mirada de reproche a Ben, que aguantó en apariencia, sin inmutarse.

Cuando Peter hablaba así, sonaba como un loco, muy poco razonable. No había motivo para hacerlo, y muchos para abandonar la idea; Ben lo tenía claro. Por mucho que los Camden fueran su familia, su abuela se había encargado de que no pudiera formar parte de ella. Aún estaba furioso por eso, y en realidad ahora tenía la ocasión perfecta para vengarse, pues la familia se encontraba al borde de la ruina económica. Podría contemplar con toda tranquilidad cómo Daringham Hall entraba en quiebra. Sin embargo, contra toda lógica, había decidido ayudar a los Camden.

—Digas lo que digas, no vas a detenerme, Peter —contestó, al tiempo que sostenía la mirada de desaprobación de su amigo—. Voy a hacerlo.

—Pero no puedes dejarme solo —protestó Peter, y Ben notó el pánico en su voz—. No puedo seguir aquí sin ti.

Ben no aceptó ese argumento.

—No es cierto. Con el acuerdo con Stanford acabas de demostrar lo bien que te las arreglas. Y si prefieres tener otro socio, haz que otro suba al barco. No dependes de mí.

Ben era consciente de lo duro que era presentarse delante de Peter con hechos consumados, pero no era de los que se andaban con rodeos. Además, en ese caso, era todo o nada.

—Lo sospechaba. —Peter soltó aire, y sonó como un gemido de resignación, pues conocía a Ben como nadie, y sabía perfectamente cuándo hablaba en serio—. ¿Por qué? —preguntó, y negó con la cabeza—. Explícamelo, Ben. ¿Por qué corres semejante riesgo por esos ingleses?

Ben se encogió de hombros; no estaba seguro de si su amigo entendería sus motivos. En realidad eran muy sencillos.

—Porque quiero saber si puedo lograrlo.

Recordó aquella tarde, dos días antes, cuando regresó a Daringham Hall del aeropuerto con Kate, incapaz de renunciar a ella. No sabía por qué con ella todo era distinto que con las demás mujeres de su vida, pero no soportaba la idea de no volver a verla. Quería estar con ella, y en su cabeza solo podía ser en un lugar: Nueva York.

Sin embargo, cuando se vio bajo la luz dorada del atardecer delante de los establos de Daringham Hall, con Kate entre sus brazos, comprendió que ella no podía dejar su vida en Inglaterra sin más. De pronto, se percató de que a él le ocurría algo parecido. Por eso pudo contestar a la pregunta de si realmente quería invertir todos sus bienes en hacerse cargo de la casa familiar. No quería irse, por mucho que lo afirmara con vehemencia todo el tiempo; quería quedarse y asumir ese reto que parecía imposible.

Tal vez no lograría salvar Daringham Hall, pero valía la pena intentarlo. Sin duda, estaba arriesgando su fortuna, pero nunca le había importado mucho el dinero. Simplemente quería volver a sentir ese cosquilleo, como cuando crearon la empresa de la nada con Peter, sin capital inicial pero con una idea y mucho ímpetu. Quería averiguar si estaba en posición de volver a conseguir semejante hazaña, y, de algún modo, también quería demostrar algo a los Camden y a sí mismo. Que era uno de ellos, digno de poseer el título que le correspondía tras la muerte de su abuelo. Que sería un digno baronet de Daringham Hall.

Pensó en la expresión desesperada de Ralph Camden en su último encuentro. «Hazte cargo, Ben. Por favor.» Fue un encargo, y aunque Ben no había querido reconocerlo durante mucho tiempo, no le resultaba tan fácil huir de la última voluntad de su padre.

—Además, se lo prometí a Ralph. —Se encogió de hombros—. Quiero probarlo con ese asunto familiar.

Le costaba confesarlo, y en realidad contaba con que Peter, que no era muy familiar, soltara un bufido de desdén. Sin embargo, Peter se limitó a observarlo, y por una fracción de segundo Ben leyó comprensión en los ojos de su amigo. Enseguida fue sustituida por un brillo de escepticismo.

—¿Y cómo te imaginas que va a ser? ¿Qué va a pasar?

Ben suspiró.

—Ya te lo he explicado: te venderé mi parte de la empresa por un precio justo, por supuesto. Además, me desharé del piso, de eso se ocupará una agencia lo antes posible. Con ese dinero pagaré el crédito que el banco exige a los Camden que devuelva, y a cambio ellos ponen a mi nombre la finca.

—¿Y para qué la quieres? —preguntó Peter, indignado—. ¡Cielo santo, Ben, el negocio está casi en la ruina!

—Exacto. Pero yo pretendo sanearlo, y sé cómo hacerlo. —Había estado madurando el plan desde que conocía el penoso estado de las cuentas de la finca. Sin embargo, había necesitado algo más de tiempo para admitir que quería llevarlo a cabo él—. Habrá que hacer algunas reestructuraciones, pero luego le veo potencial.

Peter arqueó las cejas.

—¿Y los Camden están de acuerdo?

—No tienen elección. Si no me hago cargo yo de Daringham Hall, saldrá a subasta. —Ben se encogió de hombros—. Supongo que antes de que acabe en manos de un desconocido, soy su mejor opción.

—Eso no es una opción, Ben, es una locura —protestó Peter—. ¿Quieres sanear esa casucha destartalada? ¿Cómo? Ese edificio protegido es un maldito pozo sin fondo. —Hizo un gesto de desdén—. ¡Vamos, Ben, despierta! Tú no eres un hacendado, eres empresario, y lo último que necesitas es tener poco margen de maniobra. Saldrá mal, y al final te quedarás con las manos vacías.

Ben dudó un momento y se preguntó, y no era la primera vez, si estaba subestimando los riesgos. Era una osadía, de eso era consciente, y si no lo conseguía tendría consecuencias graves, no solo para él, también para los Camden. Pero en realidad Ben conseguía todo lo que se proponía. ¿Por qué iba a fracasar precisamente esta vez?

—Para mí vale la pena, luego ya veremos —dijo, furioso.

Peter guardó silencio un rato, y Ben notó su dilema interno. Finalmente, asintió.

—De acuerdo, capullo tozudo —masculló—. Lo haré. Pero con una condición.

Ben, que ya estaba esbozando una sonrisa de alivio, se puso serio de nuevo y escuchó la sorprendente propuesta de su amigo.

Kate, frente al enorme ventanal del salón, contemplaba Central Park. El piso de Ben estaba en la décima planta; en otras circunstancias habría disfrutado de las bonitas vistas que había de las copas de los árboles, ya teñidas de colores otoñales, que bajo el sol vespertino emitían brillos amarillos y naranjas. Sin embargo, estaba demasiado nerviosa para eso, así que se dio la vuelta y regresó al amplio sofá de piel, más cómodo de lo que parecía, la pieza central de la estancia. Estaba amueblada con un estilo muy moderno, igual que el resto del piso: todo refinado y al mismo tiempo cómodo, muebles de diseño y unos cuantos accesorios bien escogidos. Ben le explicó que había contratado a una interiorista, y a Kate le gustaba el resultado, de verdad. Aun así...

Kate no era capaz de expresar bien con palabras qué la inquietaba en realidad. No era el piso en sí, más bien era la diferencia abismal que lo separaba de su casita. O de Daringham Hall, con la multitud de antigüedades y tradiciones, adonde Ben quería mudarse con ella en cuanto estuvieran de regreso en East Anglia. ¿De verdad Ben se sentiría a gusto allí, acostumbrado a un entorno como aquel?

Mejor sería no pensarlo mucho, o regresaría el miedo que no dejaba de atormentarla desde que Ben se había ido dos horas antes a hablar con Peter.

Kate se levantó con un suspiro y volvió a la ventana. ¿Dónde se había metido tanto rato? ¿Era buena señal que la conversación con Peter durara tanto, o significaba que habían discutido?

«Por supuesto que discutirán», pensó. Peter se había enfadado mucho al conocer la decisión de Ben de quedarse en East Anglia y hacerse cargo de Daringham Hall. Seguro que tampoco se habría guardado su opinión en su conversación en persona con Ben. Peter quería evitar a toda costa que Ben abandonara la empresa, y sin duda haría todo lo posible para retenerlo.

Kate se frotó los antebrazos, pues de pronto sintió frío.

¿Y si Ben cambiaba de opinión? Entonces solo podría estar con él si se mudaba a Nueva York. Estaba dispuesta a hacerlo si era necesario, al fin y al cabo allí también hacían falta veterinarias, y seguro que encontraría trabajo. Sin embargo, mientras contemplaba la enorme ciudad y sus millones de habitantes, tuvo que reconocer que el cambio le resultaría difícil. Seguro que a Ben le ocurría lo mismo al revés. No había ningún punto en común en sus vidas. Uno de ellos tendría que renunciar a todo lo que conocía y amaba, sin garantías de que al final funcionara...

Kate se dio la vuelta al oír un ruido en la puerta. Salió corriendo al pasillo y vio que Ben acababa de entrar.

—¿Y? ¿Qué ha dicho Peter?

Ben lanzó la llave del piso a una pequeña fuente que había sobre el aparador situado junto a la puerta. Luego estrechó a Kate entre sus brazos y le dio un abrazo.

—Me compra mi parte —contestó, pero su sonrisa no era tan radiante como Kate esperaba.

—¿Así de fácil? —insistió ella—. Por lo que conozco a Peter, seguro que te ha estado torturando, ¿no?

Ben suspiró.

—Sí que lo ha hecho, créeme.

—¿Pero al final ha tragado y ha accedido? —Kate observaba en tensión su rostro, y por un momento tuvo la sensación de que le rehuía la mirada. Luego Ben sonrió de nuevo, esta vez diver­tido.

—¿Acaso lo dudabas?

—No. —Kate le rodeó el cuello con los brazos y lo observó: el pelo rubio oscuro, los rasgos marcados y ya tan conocidos, y los ojos de color gris tormenta, en los que se perdía desde el principio. Estaba perdidamente enamorada de él, quería alegrarse de que su futuro juntos ya no fuera un obstáculo, pero era incapaz de deshacerse del miedo a que Ben estuviera arriesgando demasiado.

—¿Y de verdad quieres hacerlo? —Necesitaba preguntárselo otra vez; era un paso enorme—. ¿Estás completamente seguro?

Algo brilló en los ojos de Ben, una sombra que por un momento le oscureció el gesto. Cuando ya se estaba preguntando qué significaba, Ben sonrió de nuevo y la abrazó.

—¿Y tú, estás segura de querer intentarlo conmigo? —le devolvió la pregunta, y mientras Kate asentía feliz, recordó por un instante que Ben no le había contestado.

Entonces Ben se inclinó hacia delante y, cuando sus labios se rozaron, Kate olvidó las silenciosas dudas que la acosaban. Se arrimó a él con un profundo suspiro y decidió no tomarse siempre al pie de la letra todo lo que Ben decía.

«Solo tendremos que permanecer juntos», pensó Kate, y le devolvió el beso apasionado. Así nada podía salir mal.

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1

East Anglia, seis meses después

—¡Otra vez no! —Ben sonaba tan furioso que el mayordomo, Kirkby, se quedó petrificado. También Kate, que acababa de entrar en el despacho, se detuvo, asombrada.

—¿No le apetece el té? —preguntó Kirkby con educación pero molesto, y sin saber si debía dejar la taza llena sobre el escritorio como pretendía.

—¿Qué? —Con expresión ausente, Ben dejó el móvil a un lado y en ese momento advirtió la presencia de los demás—. No, sí que me apetece, claro. Perdone, Kirkby, no me refería a usted.

El fornido mayordomo asintió y sirvió el té. Luego se volvió hacia Kate.

—¿Quiere que traiga otra taza?

—No, gracias. —Kate rechazó la oferta con una sonrisa, y se acercó al escritorio de Ben mientras Kirkby salía de nuevo de la habitación y cerraba la puerta.

—Pensaba que aún estabas en la consulta. —Con el entrecejo fruncido, Ben echó un vistazo al reloj que había encima de la chimenea—. Solo son las cuatro, ¿has cerrado antes?

Kate asintió.

—Ya no había mucho que hacer, y de todos modos tengo que ir a ver a Devil.

Al oír aquel nombre, Ben hizo un gesto de desesperación.

—Kate, ya no arreglarás a ese caballo salvaje. Es una pérdida de tiempo, y además es peligroso. —Suspiró—. De verdad, ojalá lo hubieras dejado donde estaba.

—No podía hacer eso —repuso Kate al ins­tante.

Nunca tenía estómago para rechazar a los animales perdidos que la gente le llevaba. Normalmente eran perros o gatos que vivían con ella un tiempo, hasta que, con suerte, les encontraba un nue­vo hogar. Sin embargo, ahora que Kate también disponía del establo al vivir en Daringham Hall, hacía poco que también había incluido a un pura sangre negro entre sus pacientes. Kate lo había aceptado porque no se aguantaba bien, y ahora trabajaba con paciencia, pues se había vuelto completamente salvaje y podía reaccionar con agresividad si se sentía acorralado. Sin embargo, estaba segura de que con mucho entrenamiento conseguiría volver a convertirlo en un buen caballo de carreras, y ya se veían los primeros pequeños progresos.

—Poco a poco va cogiendo confianza —afirmó con cierto orgullo—. La última vez que estuvo conmigo se mostró muy tranquilo, hasta se dejó acariciar.

Ben soltó un bufido entre frustrado y diver­tido.

—Yo también me dejaría acariciar por ti. Si luego puede ser, podrías invertir tu tiempo mejor conmigo.

El reproche estaba justificado, tenían un auténtico problema de tiempo. Durante el día se veían como mucho un momento, deprisa y corriendo. Kate tenía que atender la consulta y hacer visitas a domicilio, y Ben tenía tanto trabajo con la gestión de la finca que a menudo solo les quedaba el desayuno y las horas de la noche para estar juntos. A veces ni siquiera eso, pues las reformas en Daringham Hall y los planes de reestructuración tenían a Ben tan en vilo que con frecuencia debía trabajar hasta bien entrada la noche.

En ese momento estaba ocupado con un texto que por lo visto lo inquietaba, pues lo observaba con el entrecejo fruncido. Kate miró por encima de su hombro cuando se acercó a él por detrás del escritorio y vio que se trataba de la factura de un taller por un importe espeluznante.

—¿Tanto tienes que pagar por las reformas en la primera planta? —le preguntó, asustada.

Ben asintió.

—Por lo visto, eso hay que invertir cuando se reforman las habitaciones de un edificio protegido. Y eso no es lo peor. —Dejó la hoja con un suspiro en una de las casillas y Kate notó que se le encogía el estómago.

—¿Ha pasado algo?

Ben se reclinó en la silla.

—No, al contrario. Por desgracia, no pasa nada —comentó, frustrado—. La entrega de las ripias para el tejado que tanto tiempo llevamos esperando se retrasará dos días más. Y el electricista que iba a venir hoy me acaba de enviar un mensaje para darme largas hasta principios de la semana que viene. Es la segunda vez que aplaza la cita. Si sigue así, tendremos que celebrar la inauguración de nuestro café al aire libre y a la luz de las velas.

—¡Oh, no! —Kate posó una mano en el hombro de Ben y lo masajeó con suavidad para aliviar la tensión de los músculos. Realmente las noticias no eran nada buenas.

El «café», como Ben lo llamaba, se estaba construyendo justo al lado de las caballerizas, en un granero que había sido reformado y ampliado con todo lujo. A partir de principios de mayo, es decir, en unas dos semanas, los visitantes de la casa deberían poder entrar y comprar. Los preparativos iban a toda velocidad, y ese retraso era más que molesto.

—¿No puedes encargárselo a otra empresa?

—Me encantaría —contestó Ben—. Pero las ripias del tejado hace ya tiempo que están pagadas, y para cuando consiguiera anularlo todo ya sería demasiado tarde para la inauguración. Además, según Rupert, anular el encargo de electricidad a Aldrich & Sons se convertiría en un asunto político. Dice que hace tres generaciones que la empresa está establecida en Salter’s End.

Kate no podía más que confirmar lo que decía el viejo baronet.

—Es cierto. Además, Adam Aldrich está muy implicado en la parroquia. Es muy amigo del padre Morton.

Ben suspiró.

—Precisamente por ese motivo Rupert considera poco inteligente hacerle un desplante. Cree que podría poner a la gente en mi contra, y como necesitaremos mucho personal para el café, no sería una jugada inteligente. —Se encogió de hombros—. Bien pensado, podría echar a ese tipo tan poco formal. A fin de cuentas la fama que tengo en el pueblo no puede ser mucho peor.

Lo dijo a la ligera, pero Kate sabía que no se lo tomaba con tanta tranquilidad. Su difícil posición como nuevo propietario de Daringham Hall le traía de cabeza. Mucha gente no se fiaba «del americano» y observaban todo lo que hacía con gran escepticismo. No paraba de encontrar resistencia, y Kate notaba que esa situación lo desmoralizaba cada vez más.

Ben había conseguido logros increíbles. Desde que había asumido la gestión, parecía que Daringham Hall había despertado de un sueño profundo. Antes la familia solo abría la casa al público durante el verano, dos jueves al mes, y el resto de días llegaban casi a diario autobuses de turistas que paseaban por la parte de la casa que se podía visitar. Esperaban que llegaran más. Ben pretendía convertir la casa señorial en una atracción que ofreciera algo más a los visitantes que muebles viejos y cuadros bonitos. Quería reorientar la agricultura de la finca hacia los productos ecológicos. Además de ser la base de las comidas del café, los visitantes podrían comprarlos luego en la tienda, que también estaba ubicada en el granero. Además de alimentos y artesanía, también se vendería el vino producido en Daringham Hall. Ya se vendía en una zona reconvertida de la planta baja, y cuando hacía buen tiempo, fuera, en una carpa. Pero aún era todo demasiado improvisado, y Ben ansiaba que el café estuviera listo. Además, a la larga tenía pensado aceptar huéspedes para pernoctar y organizar bodas o celebraciones de otro tipo para utilizar la casa a pleno rendimiento. Kate estaba segura de que las ideas de Ben beneficiarían a Daringham Hall, pero, por supuesto, comportaban cambios que no eran del agrado de todo el mundo.

—Tienes que darle un poco de tiempo a la gente, para que se acostumbre a la nueva situación —dijo Kate—. Al final todos se alegrarán de lo que habrás conseguido.

Ben murmuró algo ininteligible que no sonó a que estuviera muy de acuerdo. Estiró un brazo hacia Kate y la sentó en su regazo, y ella se dejó hacer, encantada.

—Si ha venido usted a animarme, señorita Huck­ley, hay otro método muy eficaz de conseguirlo —le explicó con una sonrisa, y Kate notó que se le aceleraba el corazón.

—¿Ah, sí? —Le rodeó el cuello con los brazos con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Y cuál sería, señor Sterling?

Ben contestó atrayéndola un poco más hacia sí, metió una mano debajo del pelo y le acarició con la punta de los dedos la sensible piel de la nuca. Fue solo un roce muy sutil, pero provocó un hormigueo en la espalda de Kate.

—Ya lo sabes —insistió Ben, y, cuando sus labios se encontraron, Kate se dejó llevar por el beso y por un momento olvidó dónde estaba. El timbre del teléfono se lo recordó con brusquedad al cabo de un segundo.

Ben reprimió una palabrota, se separó de Kate y cogió el auricular.

—¿Diga? —masculló tan a regañadientes que a Kate no le habría extrañado que la persona que estaba al otro lado de la línea colgara enseguida. Quiso levantarse para dejar que Ben hablara a solas, pero él la retuvo en su regazo. Así que se quedó sentada y observó la estancia que antes era el despacho de Ralph, el padre de Ben.

Los muebles seguían siendo los mismos, apenas había cambiado nada. En general, Ben solo había sustituido el equipo electrónico. En vez del ordenador ya avejentado que utilizaba Ralph, ahora había un moderno ordenador portátil sobre el escritorio, y el teléfono también era nuevo. Además faltaban las fotografías enmarcadas de David y Olivia que antes decoraban el escritorio de Ralph. Ben tampoco las había sustituido por otras imágenes; no había en ningún sitio objetos que le pertenecieran. Solo había papeles y carpetas sobre la superficie de trabajo, y, de pronto, a Kate le pareció horrible, impersonal. Parecía que Ben quisiera evitar dejar su impronta en aquel lugar. Con los espacios que compartían en la casa hacía algo parecido. Cuando se trasladó, Kate llevó cosas de su casa: unos cuantos muebles, recuerdos y fotografías que eran importantes para ella. Ben, en cambio, ni siquiera parecía tener ese tipo de cosas...

Ben colgó y Kate comprobó que estaba tan ensimismada que ni siquiera se había enterado del motivo de la llamada. Miró a Ben preocupada.

—¿Más malas noticias?

Ben esbozó una media sonrisa.

—Diría que muy malas. Era la arquitecta. Hay un problema en la construcción con la distribución prevista. Tengo que salir para ir a verlo.

—Está bien —dijo Kate con resignación—. Entonces dejamos la sesión de ánimos para más tarde.

Se levantó, pero cuando estuvieron los dos de pie Ben la atrajo de nuevo hacia sí.

—Pero no lo olvides —dijo, y la besó hasta que a Kate le temblaron las rodillas. Luego la soltó con una expresión lastimera en el rostro, reunió deprisa unos papeles y los metió en una carpeta—. Ah, por cierto, también hay una buena noticia —comentó cuando ya estaban en la puerta—. La mujer de la productora de cine ha llamado esta mañana. Dentro de poco enviará a un observador que volverá a examinarlo todo con más detenimiento. —Sonrió—. Así que seguimos en la carrera.

—¡Es genial! —exclamó Kate, entusiasmada. Ben estaba en contacto con un canal de televisión británico que estaba considerando usar Darin­g­ham Hall como escenario para una serie. Había varias mansiones candidatas a la ajustada selección, y la decisión aún no estaba tomada, pero como mínimo todavía tenían esperanzas.

—Sí, es genial —la secundó Ben—. De todos modos, seguro que a Timothy y a Olivia no les hará gracia si nos lo acaban adjudicando. Además de los turistas, un gran equipo de televisión entrando y saliendo de la casa... tendría que mantener largas conversaciones para hacerles comprender que Daringham Hall necesita con urgencia cualquier tipo de fuente de ingresos. Parece que aún creen que pueden vivir sin limitaciones.

A Kate le habría gustado contradecirle, pero por desgracia tenía toda la razón. Su tío se oponía con vehemencia al centro de visitas previsto porque temía que un exceso de turistas destruyera el encanto de Daringham Hall, y sin duda no le entusiasmaría tener a un equipo de televisión en la casa. Olivia también se oponía siempre que tenía ocasión; tenía alguna objeción a todas las propuestas de Ben. A veces Kate se preguntaba cómo conseguía Ben conservar la paciencia con ellos.

Sin embargo, hizo un gesto de despreocupación, no quería estropear la alegría por la buena noticia.

—Bah, da igual. En cuanto vean que es un ir y venir de estrellas de la tele durante un tiempo, todos se volverán locos de alegría, sobre todo Olivia. Entonces todos te adorarán, ya lo verás.

Ben torció los labios en un gesto que pretendía ser una sonrisa.

—Me bastaría con que me dejaran hacer, sin más. No hace falta que me adoren —repuso, y su voz transmitía tal rencor que Kate sintió una punzada en el corazón.

A Ben no le gustaba hablar de sus sentimientos, a esas alturas ya lo sabía, y por principio evitaba todo lo que podía el tema del amor. También con ella. Vivían juntos, y en realidad todo iba bien entre ellos, pero nunca le contestaba cuando Kate le decía que lo quería, ni hablaba jamás sobre su futuro juntos, solo sobre el aquí y ahora. A veces eso la inquietaba, pero se consolaba pensando que tal vez Ben necesitaba un poco más de tiempo para abrirse del todo. A fin de cuentas era la única sombra en su felicidad, y seguro que en algún momento todo se arreglaría.

Acompañó a Ben abajo, al gran salón.

—¿Quieres que te lleve al establo? —preguntó Ben, pero Kate negó con la cabeza y señaló el paso a la cocina, de donde se oían voces. Si no se equivocaba, eran de la cocinera, Megan, y de Olivia, la viuda de Ralph, que mantenían una fuerte discusión.

—Gracias, pero creo que primero voy a ir a ver un momento qué pasa ahí —contestó ella, y le dio un beso de despedida a Ben. Luego se dirigió a la cocina, pero antes de llegar a la puerta salió una de las sirvientas llorando.

—¿Alice? —Kate agarró del brazo a la joven antes de que se le escapara—. ¿Qué pasa?

—La señora Camden nos ha... —Alice estaba sollozando y tuvo que recomponerse para terminar la frase—. ¡Nos acaba de despedir a todas!

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