PRÓLOGO
(…) A menudo, una carta puede expresar más que una conversación extensa o que el rostro más expresivo, pues, en la seguridad del anonimato, nos atrevemos a develar hasta el pensamiento más íntimo (…).
Dama anónima
Fragmento de la carta enviada al Caballero desconocido
Costwold, Inglaterra. Julio, 1805.
El sol estaba en su esplendor aquella mañana de verano.
El almuerzo organizado por lady Honoria, duquesa de Stanton, había sido dispuesto en los jardines de Sweet Manor. Los adultos continuaban sentados sobre las mantas, conversando y observando a sus hijos jugar.
Lord Clayton, el duque, y lord Steven, conde de Baltimore, comentaban sobre caballos mientras lady Honoria y Rosalie, sus esposas, reían con sus cabezas rubias juntas. Los jóvenes Nicholas y Steven competían en una partida de ajedrez.
Y por último, lo más pequeños correteaban junto al lago.
—¡Daisy! Ya ven —le rogó lady Clarissa, moviendo su cabello rubio claro, frustrada.
—¡Sí, hermana, deja ese libro! —exigió, frunciendo el ceño, lady Violett.
Daisy las miró dudosa, apoyando el libro en sus piernas. Lady Clarissa, que tenía su misma edad, estaba muy bonita con su vestido celeste, al igual que las gemelas, Rosie y Violett, vestidas de rosa.
Pero el motivo de su indecisión no eran ellas, sino el delgado y alto niño parado un poco alejado de las niñas.
Con solo mirarlo, sus mejillas se colorearon. Siempre su timidez se intensificaba cuando debía interactuar con algún niño. No estaba acostumbrada, pues la familia Bladeston pasaba prácticamente todo el año en Londres, y ellos lo hacían en el campo.
Andy siempre estaba bromeando. Y eso la intimidaba, ya que su torpeza se acrecentaba y se volvía foco de sus pullas.
Las niñas continuaban llamándola, así que, indecisa, se puso en pie. Bajó con lentitud la colina, sintiendo su vestido floreado de volantes levantarse por la brisa. Al verla venir, las demás gritaron de emoción y corrieron en diferentes direcciones para ocultarse de su vista.
—¡Te toca contar! —aulló Violett desde alguna parte.
Daisy suspiró, otra vez la habían engañado y tendría que pasar el resto del día intentando atraparlas.
Odiaba correr, no se le daba bien. Era muy pesada para moverse con rapidez. Su madre le decía que no era pesada, solo algo robusta. Su madre la amaba demasiado, pues la verdad era que estaba tan redonda como un barril.
Lord Andrew la miró desde la orilla del lago, con una mueca de burla, y corrió tras unos árboles.
«Oh, no… Él también juega. Eso no predice nada bueno», pensó, contrariada, Daisy mientras contaba.
Al llegar a cien, abrió los ojos y, ajustando sus lentes sobre su pequeña nariz, comenzó la caminata. Luego de un rato de búsqueda infructuosa, dio con Rosie. Hallarla había sido fácil, debido a que la orilla de su vestido sobresalía de un arbusto. La niña chilló al verse descubierta; riendo, Daisy prosiguió con el juego.
A continuación, descubrió el escondite de lady Clarissa, estaba agazapada detrás de una enorme piedra, pero podía ver su pelo claro. Por último, encontró a Violett acostada debajo de una montaña de hojas. Esta bufó molesta, alegando que su escondite era muy bueno.
Solo le quedaba buscar a Andy.
Los minutos pasaron mientras Daisy rastreaba toda la zona. De repente, algo golpeó su cabeza suavemente. Aturdida, miró hacia arriba y vio al niño subido a la rama de un árbol. Él le había tirado una piedrecita y en ese momento la observaba hilarante.
—Has perdido —le dijo molesta, sobando su cabeza dolorida.
—No, tú has perdido. Tendrás que volver a comenzar el juego —le respondió con una sonrisa malévola.
Daisy lo miró boquiabierta, los ojos azules del niño brillaban con oculta intención.
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! ¡Te he encontrado! —protestó Daisy.
—¿Estás segura? —le dijo el niño de pelo claro, sonrió con maldad y levantó un libro en el aire.
Daisy jadeó de sorpresa al ver su amado libro en manos de Andrew.
—Por favor, no. Devuélveme mi libro —le suplicó la niña con la barbilla temblando.
—Te lo daré solo si admites que gané el juego —dijo Andy, bajó de un salto del árbol y se acercó al lago con deliberada lentitud.
—Pero eso no es justo. Por favor, devuélvemelo —volvió a suplicar ella abriendo los ojos como platos cuando adivinó su intención.
Él chasqueó la lengua.
—Respuesta equivocada —respondió, negando con la cabeza con fingida mueca de pesar.
—¡Noo! —gritó Daisy, pero ya era tarde.
Andrew había tirado su preciado tomo al agua, lanzando una carcajada cruel.
En ese momento, todo se volvió rojo a su alrededor y, con indignación y profunda cólera, Daisy arremetió contra el delgado niño. Andrew abrió los ojos conmocionado cuando el cuerpo de la nena impactó contra el suyo. Su sonrisa se borró y sus brazos se sacudieron en el aire buscando de qué agarrarse con desesperación. Lo siguiente fue que su cuerpo rodó por la corta pendiente y aterrizó con un chapoteo sobre el agua del lago; un grito agudo salió del niño segundos antes de que su cabeza se hundiera.
Alertados por la ruidosa pelea, aparecieron las niñas y el resto de la familia, quienes se quedaron observándolos atónitos. Nicholas se apresuró a sumergirse para ayudar a levantar a su hermano. Con dificultad, depositó al niño en tierra mientras este escupía y farfullaba, todo su cuerpo empapado y cubierto de lodo; una planta colgaba de su cabeza.
—¡Tú, adefesio, te mataré! —gritó, furioso y desencajado, Andrew.
Daisy lo miró de arriba abajo, indignada, y, encogiéndose de hombros, dio media vuelta.
—No te temo, ¡Andy el apestoso! —le respondió ella con voz altiva, levantado la barbilla.
Andrew palideció y abrió la boca, pasmado, justo cuando el grupo entero estallaba en carcajadas.
CAPÍTULO 1
(…) Debo confesarle que, a pesar de mi resistencia, no he podido evitar confiarle mis más íntimos secretos. Creo que no conocer su nombre ni su rostro es un aliciente a la hora de atreverme a confesar lo oculto (…).
Caballero desconocido
Extracto de una carta enviada a la Dama anónima
Londres, Inglaterra. Abril, 1811.
Llevaba semanas esperando ese día. Había preparado cada detalle con minuciosidad y, en el momento en que había llegado, sus nervios le estaban jugando una mala pasada.
«¡No puede ser! ¡Vamos, Andy, serénate, amigo!», se dijo a sí mismo, intentando alentarse, recuperar el equilibrio.
Su carruaje se detuvo frente a la fachada de una descuidada y despintada casa de dos pisos. La propiedad no estaba ubicada en la zona de los suburbios de Londres, pero sí fuera de los barrios elegantes que se ubicaban principalmente en Mayfair y Berkerley Square.
De inmediato, la desvencijada puerta se abrió y una figura delgada cubierta por un largo abrigo negro salió y cerró con sigilo. Su corazón se aceleró de emoción y anticipación con solo verla. Esta subió, se sentó frente a él y echó hacia atrás la capucha de terciopelo de su capa, inundando el interior con su atrayente fragancia floral. Un precioso y lacio cabello rubio platino quedó a la vista, y Andy volvió a quedar cautivado por esa belleza, como la primera vez que la vio.
Había asistido obligado por su madre a un baile de presentación en Almack’s. Cuando el mayordomo presentó a la señorita Amelia Wallace, él no se había interesado y prosiguió la conversación con un conocido, Colín Benett, conde de Vander. Pero al ver la expresión de pasmo que el conde había esbozado, volteó hacia la gran escalinata del salón y entendió la reacción de su amigo y del resto de los invitados masculinos.
La dama que descendía por esos escalones era la visión más magnífica que sus ojos habían visto. Cabello como el más fino oro, ojos resplandecientes como un cielo de verano, una figura esbelta y bien dotada en los lugares adecuados, como una seductora sirena. Ella era exquisita, perfecta, irreal, etérea. Y Andrew se sintió embelesado al segundo.
Esa misma noche, había logrado que los presentasen a través de su hermano, que conocía al padre de la muchacha, un hombre rechoncho que, a pesar de tener el título de barón, había perdido todo por su adicción al juego y, según le había advertido Nick, andaba buscando algún pez incauto que cayese en su red y así pudiera casar a su única hija.
Aun así, no le importó al vizconde. Solo quería conocerla, hablar con ella. Y al hacerlo y percibir su timidez, sencillez y nobleza, había pasado del embeleso a estar totalmente cautivado.
La sin igual belleza de la señorita Wallace había ocasionado que decenas de caballeros la asediasen en cada baile, y su lista de admiradores y pretendientes no tardó en crecer.
Pero esto no había desanimado a Andrew que, con solo ese encuentro, pudo sentir que una gran conexión había surgido entre ambos, por lo que recurrió a buscar su propia manera de acercarse a la joven sin tener que preocuparse por la competencia, y lo había logrado apareciendo cada mañana en Hyde Park, donde ella daba un paseo matinal acompañada por su doncella.
Dos semanas después, el lazo entre ellos se había fortalecido, pero lo que parecía ser color de rosa se había oscurecido cuando una mañana Amelia apareció alterada y llorando profusamente.
Andrew se había preocupado y, tras insistirle en que confiara en él, la dama le confesó que su padre había aceptado una petición de matrimonio y que la casarían con un duque treinta años mayor, extremadamente adinerado.
Andy se horrorizó y sintió su corazón dolorido con el solo pensamiento de que la alejasen de su lado. Así que se armó de valor y, a pesar de no haber mostrado ante ella ninguna segunda intención ni insinuación alguna, le confesó que la amaba. Amelia lloró más, se lanzó a sus brazos y le dijo que correspondía sus sentimientos.
Una semana después, tras ella asegurarle de que su padre no lo aceptaría como candidato y que estaba decidido a casarla con el viejo duque, Andrew le había propuesto matrimonio y habían decidido que se fugarían a Gretna Green. Ese día fue el más feliz de su vida, no podía creer que esa mujer tan bella se hubiese fijado en él. Y nadie lo sabría, por lo menos hasta que todo estuviese hecho. Por supuesto, nadie podía conocer su plan, pues podrían impedirlo o arruinar la reputación de Amelia.
A los pocos días de cumplir un mes desde la primera vez que vio a su prometida, Andrew estaba en el carruaje de la familia con todos sus ahorros y las tres mesadas que Nicholas le había adelantado cuando le dijo que saldría de viaje por unos días.
—Drew… —dijo ella con su voz suave y delicada. Su rostro estaba sonrosado y su respiración, tan acelerada como la suya.
—Amelia, no te preocupes. Tengo todo bajo control —le aseguró él, tomando sus manos enguantadas y besándolas con embeleso.
—Debemos darnos prisa, he logrado escabullirme de mi nana. Mis padres no han regresado del baile al que debían asistir hoy, pero mi doncella puede entrar a mi cuarto con cualquier pretexto y dar la alarma al no encontrarme durmiendo —le informó la joven, con sus enormes ojos celestes abiertos con aprehensión.
—Ahora mismo partimos, todo saldrá bien. Estoy seguro de que tu padre terminará por darte su bendición cuando sepa quién soy —le prometió Andy.
Golpeó el techo del carruaje y este arrancó, él miró a su novia y procedió a sentarse a su lado. Tomó su cara entre sus manos y la besó con pasión. Cuando se separaron para tomar aire, ella le sonrió con dulzura y Andy acarició su cabello atado en un moño, con ternura.
—¿Dónde viviremos?, supongo que en tu mansión está la actual duquesa y tu hermano, pero una vez que te cases, ¿ellos ocuparán otra propiedad? —lo interrogó Amelia con expresión curiosa.
—¿Qué? No, es decir, la mansión es la residencia de la familia. Nicholas, mi madre y Clarissa viven allí, al igual que yo, claro. Pero es muy grande, podremos hospedarnos allí, si no te molesta, hasta que pueda hablar con mi hermano al respecto. He pensado que podríamos ocupar alguna de las casas más pequeñas, que no pertenecen al ducado —respondió él, perplejo ante su pregunta.
—Pero… pero ¿cómo llevarás los asuntos del ducado desde otra residencia? —balbuceó, con gesto confundido, la joven.
—¿Cómo? ¿Acaso estás de broma? —inquirió, entre risas, Andy, más al ver cómo su semblante se oscurecía, se quedó mirándola sin entender—. Amelia, yo no me ocupo de la administración de la herencia familiar. Eso lo hace mi hermano —le aclaró.
—No… no, no lo entiendo. ¿Por qué es tu hermano el que administra tu herencia? —dijo, en un resuello, la dama.
—Pues porque es su deber, es su fortuna. Nicholas es el duque de Stanton —afirmó, desorientado por las dudas de ella.
—¡Oh, por Dios! —exclamó ella con gesto desencajado y la cara pálida.
—¿Amelia…? ¿Qué te sucede? —dijo, preocupado, el vizconde, tomando su mano.
—¡Detén el carruaje! —gritó la joven, liberó su mano y se pasó al otro asiento como si él tuviese una enfermedad contagiosa.
—¡¿Qué?! Pero… ¡¿por qué?! —protestó él, incrédulo.
—¡Detenlo ahora! ¡Y llévame a mi casa! ¡No puedo casarme contigo! —vociferó, furiosa, la dama.
—No comprendo… Tú… ¿Qué está pasando? ¿Es por lo de la mansión? Puedo ver la manera de… —comenzó a decir Andrew acelerado y nervioso.
—¡Basta! ¡No es por eso! No querrás saberlo, solo pide que el coche regrese —repuso, envarada y tensa, apartando la vista con irritación.
Andrew, estupefacto, observó su postura inflexible y ordenó a su cochero volver.
Durante el camino, intentó sin éxito convencer a la joven de hablar con él, pero ella lo ignoró todo el trayecto. Cuando llegaron a su vivienda, la muchacha se precipitó hacia afuera. Andrew sintió su corazón desgarrarse y se odió por haber molestado a su amor de alguna forma. No soportaba verla alejarse, así que, con sus emociones a flor de piel y negándose a aceptar su rechazo, corrió tras ella y la alcanzó justo en la puerta.
—Espera, Amelia…, por favor, al menos dime por qué… qué hice para que cambiaras de opinión —le suplicó Andrew, sujetándola y mirándola con el corazón en la mano.
—Escucha, Drew, lo siento. No has hecho nada, solo nacer demasiado tarde. Olvídate de mí, no puedo casarme contigo —contestó ella con frialdad y tono cortante, tirando de su brazo con brusquedad. Y, a continuación, entró en la casa sin mirar atrás y cerró la puerta de un golpe.
El sonido rebotó en el pecho de Andrew tan fuerte como el estruendo de sus sueños, sentimientos e ilusiones haciéndose añicos.
Más tarde, Andy subía la escalera de la mansión, dispuesto a encerrarse en su alcoba, cuando una mano se posó sobre su hombro y lo detuvo.
—¡Andy! ¿Qué haces aquí? Te hacía en Bristol —comentó, asombrado, su hermano.
—El viaje se canceló —respondió, con sequedad, Andrew y, sintiendo su pecho arder al igual que sus ojos, se giró para seguir el ascenso.
—Pero ¿estás bien? Ya habrá otra oportunidad —lo consoló Nick creyendo que su semblante decaído se debía a que lo habían rechazado para formar parte de una expedición de estudiosos.
—No lo creo. Por lo que me dijeron, esperaban reclutar a un duque y, como sabes, solo soy un vizconde —repuso él con desazón.
Su hermano no contestó, solo se limitó a darle una palmada en la espalda, y Andrew se lo agradeció en silencio. Era obvio que Nick sospechaba algo, y le agradecía que respetara su necesidad de callar.
Al entrar en su habitación, recordó que no había bajado su equipaje, enviaría a un criado a hacerlo. Con la ira ardiendo en su interior, Andrew se quitó su saco y lo aventó contra una silla. Al hacerlo, un objeto cuadrado salió despedido de uno de los bolsillos internos. Airado, lo levantó y observó el sencillo anillo de un diamante que había comprado con muchísimo esfuerzo. Y al sentir otra vez ese nudo en la garganta, caminó hasta la chimenea encendida y lanzó la caja de terciopelo azul al fuego.
La traición de Amelia Wallace le había causado un gran daño, eso no podía negarlo. Lo que sí podía era asegurarse de que eso no se repitiera. Nunca más le daría el poder a una mujer de jugar con sus sentimientos, no volvería a exponerse de esa manera. Ya había aprendido la lección y no la olvidaría en lo que le quedase de vida.
A partir de ese día, viviría regido por una única regla: nunca confiar en una mujer.
CAPÍTULO 2
(…) He descubierto, no sin sorpresa, que se ha convertido en mi nuevo confidente. Creo que mis flores estarán muy celosas de usted (…).
Dama anónima
Extracto de una carta enviada al Caballero desconocido
Inglaterra, Costwold. Junio, 1815.
El jardín de Great Palace era una obra de arte para la vista. Inicialmente, había sido plantado por la última condesa, mas desde su muerte diez años atrás, era su hija quien se encargaba a diario de él. Allí se encontraba Daisy, enlodada, sucia y desarreglada, pero feliz.
Trabajar en el jardín la ayudaba a descargar sus inquietudes, ansiedades y problemas. Una pasión que no compartían sus hermanas gemelas, quienes la consideraban un poco loca por su costumbre de conversar con las flores. Algo que no le afectaba, puesto que ellas también hacían gala de sus excentricidades. Violett era amante de los caballos y el esgrima, y Rose pasaba largas horas durante el invierno realizando en el hielo peligrosas acrobacias sobre sus patines. Así que Daisy COMPENSABA dedicando cada primavera a su pasión, poniendo nombre a cada flor y confiándole sus tristezas y esperanzas.
Inclinándose para cortar unas raíces, pensó que ese tiempo de paz pronto acabaría, ya que sus hermanas y ella serían presentadas en sociedad en la próxima temporada. Tendrían que abandonar Costwold y el hogar donde residían desde niñas, y tal vez no volviesen en mucho tiempo. No si lograba conseguir un marido, como su hermano esperaba y su círculo social pretendía.
Aquel pensamiento la llenaba de desazón e incertidumbre, pues no sabía lo que el futuro le depararía y no lograba imaginar una vida lejos de sus hermanas, para quienes, a pesar de la corta diferencia de edad y de que jamás podría ser como una madre, se había convertido en su apoyo y protectora incondicional, y, en ocasiones, las sentía más como hijas que como las hermanas que eran.
Esa era la única vida que conocía; encargarse de la crianza de dos niñas junto a su hermano Steven, quien además de ser el cabeza de familia por ser mucho mayor que ellas, había tomado el puesto vacío que la muerte de sus padres había dejado.
Sin embargo, si todo salía según lo planeado, al terminar el verano, viajaría a Londres y, en unos meses, ella sería una mujer casada y ya no podría cuidar el jardín de su madre.
Londres, Inglaterra. Julio de 1815.
Daisy, junto a las gemelas, daba un paseo por Hyde Park. La tarde era muy calurosa, pero corría una suave brisa que aliviaba el sofoco de la concurrencia noble al parque.
Las hermanas caminaban saludando con la cabeza, pero no se detenían a conversar con nadie, pues no se les estaba permitido hasta que fueran presentadas en sociedad oficialmente. Debido a esto, no eran muchas las posibilidades en las que podían codearse con sus pares; sus salidas estaban limitadas al parque, museos o ir de compras a Bow Street. Por lo que, mientras caminaban, las seguían decenas de ojos curiosos e intrigados.
—Esto es realmente renovador, ¿no creen? —dijo Rose con su habitual tono suave, suspirando feliz.
—Ya lo creo, me estaba desesperando encerrada en esa casa. Extraño el campo, no me acostumbro a esta apestosa ciudad —respondió, enérgica y ofuscada, Violett.
—Violett —advirtió, severa, Daisy—. Debemos disfrutar de nuestro poco tiempo de libertad. En otoño, cuando comience la temporada y seamos presentadas en sociedad, todo cambiará.
—Eso es cierto, aunque por mi parte no puedo evitar sentirme emocionada. Además, Londres tiene un innegable encanto —adujo, con los ojos brillantes, Rose, ignorando el bufido incrédulo que soltó Violett.
Daisy negó con la cabeza. Sus hermanas no tenían remedio, una era una soñadora incurable y la otra, una escéptica empedernida. Eso sí, nadie podía negar su belleza y encanto. Rose estaba especialmente guapa con su vestido de muselina rosa y la capelina rosada envuelta por una cinta de seda color crema. Por su parte, Violett derrochaba belleza embutida en un vestido verde manzana, con su capelina y sombrilla a juego. Después estaba ella que, si bien presentaba un aspecto inmejorable, no podía competir con el encandilante atractivo de las gemelas. Y tampoco aspiraba a ello, pues estaba muy orgullosa de sus hermanas, las gemelas eran la razón por la que había seguido en pie tras la trágica muerte de sus padres. Eran sus pequeñas lucecitas, su paz y felicidad.
—Daisy, ¿crees que Steven se repondrá del todo? —la interrogó, nerviosa, Rose, volviéndose a mirarla cuando llegaron hasta La Serpentine.
Días atrás, un mensajero había llegado a Great Palace con una misiva del duque de Stanton, quien además de su vecino era el mejor amigo de su hermano. En este les informaban que Steven había sufrido un accidente. Alarmadas y desesperadas, las tres salieron hacia Londres y encontraron al conde inconsciente por una herida de bala. Por gracia de Dios, y bajo el estricto cuidado de lady Clarissa, hermana menor del duque y por lo que parecía, la futura esposa de su hermano, Stev había despertado, pero lamentablemente con la terrible consecuencia de haber perdido la visión.
—Debería, teniendo en cuenta que el médico dijo que su cuadro es netamente mental, pues sus globos oculares no presentan anomalías —intervino Violett, sacó de su bolso una hogaza de pan y comenzó a dejar caer migas en el agua artificial para ver a los patitos comer presurosos.
—No se preocupen, Steven recuperará su visión. Solo necesita descansar y estar tranquilo —las calmó Daisy.
Sin embargo, no fue del todo sincera con ellas, puesto que tenía muchas sospechas sobre el cuadro de Steven. Más bien tenía la certeza de que su hermano había recuperado la vista, sino en su totalidad, lo suficiente como para robarse su pudín favorito de la bandeja que subían para ella cuando permanecía a su lado cuidándolo.
El conde veía desde hacía tres días por lo menos. Pero, al parecer, él quería ocultar ese hecho, y ella no lo delataría, debía respetar su voluntad y esperar a que decidiera admitirlo. Aunque la curiosidad sobre los motivos de su encierro y negativa a confesar su recuperación la estuviera matando. Claro que Daisy podía hacerse una idea, ya que estaba claro que Steven tenía problemas con determinada dama.
—¡Oh, miren!, por allí viene lady Clarissa. ¡Lady Clarissa, aquí! —gritó, contenta, Violett, alzando la mano en un gesto nada femenino pese al susurro enojado de Daisy y el rostro sonrojado de Rose.
—Hola, qué alegría encontrarlas aquí —las saludó, sonriente, Clarissa, dándoles un beso en la mejilla a cada hermana.
—Oh, Clarissa. Qué hermoso atuendo —dijo Rose admirando el vaporoso vestido color durazno de la joven rubia.
—Gracias, pero ustedes no se quedan atrás. Están hermosas las tres, Londres les sienta perfecto —respondió Clarissa apretando sus manos.
—Lady Clarissa, la hemos extrañado, ¿por qué no volvió a nuestra casa? —la interrogó Violett con su acostumbrado modo directo.
—¡Violett!, no seas impertinente… Lady Clarissa debe hab… —la reprendió, tartamudeando incómoda, Daisy.
—No se incomode, lady Daisy, somos amigas. Yo también las extrañé, pero su hermano necesitaba un tiempo a solas —interrumpió, amablemente, ella.
La gemela iba a contestar, pero un graznido enojado la interrumpió.
Todas voltearon hacia el lago, donde la mamá pato y una larga fila de patitos exigían a Violett más alimento. Cuando la joven, solícita, les acercó el pan, un ansioso patito se lo arrebató, lo que hizo sobresaltar a Violett, que saltó hacia atrás y soltó un pequeño gritito alarmado; las jóvenes prorrumpieron en divertidas e hilarantes carcajadas.
En otro sector del Hyde Park, un elegante carruaje se detuvo para dejar descender a sus nobles ocupantes.
—Puede regresar a la mansión con el coche, volveremos a pie —dijo, con un ademán elegante a su cochero, el hombre más joven.
—Entonces, estimado amigo, ¿fue benevolente la travesía? —preguntó el acompañante mientras iniciaban la caminata y se quitaban sus sombreros para saludar a las damas que cruzaban y los miraban boquiabiertas y ruborizadas.
—Puede decirse que sí. El barco ancló a la madrugada en el puerto y agradecí poder pisar por fin algo que no se moviera bajo mis pies —respondió el serio joven, escudriñando con la vista el terreno del parque.
—Es bueno tenerte de vuelta, yo regresé hace poco de Francia. Todavía no he asistido a ningún evento, por lo que agradezco tener una cara amiga entre las fieras que se lanzarán sobre nosotros —bromeó el hombre más maduro.
—No me lo recuerdes, Prescot. Ni bien me vio la cara, mi madre me endosó la invitación para el para el baile de lady Tiger. Así que hui de allí antes de que me comprometiera en matrimonio —arguyó, molesto, el conde, recordando su escapada al club, donde se había reencontrado con su amigo.
—No lo dudo, camarada, toda madre sueña con ver atrapado en la prisión del matrimonio a sus hijos. De más está decir que las masas debutantes y damas en edad casadera serán implacables con nosotros por ser una novedad nuestro regreso al redil —respondió, con una mueca divertida, el yanqui, y él se estremeció ante su augurio.
—No puedo esperar, Prescot —contestó, con sarcasmo, el joven—. Por ahora, disfrutaré de la compañía de la única mujer con la que viviría gustoso y feliz —siguió diciendo, observando cada grupo en busca de la dama—. Si la encuentro, claro.
—¿Lady Clarissa, no? No tengo el placer de conocerla, pero puedo imagin… —comenzó Brandon, pero Andy no siguió escuchando, sus ojos habían dado con su hermana por fin, pero no estaba sola.
Un grupo de jóvenes reían estrepitosamente, lo que no era propio de una dama, pero tampoco tremendamente escandaloso. Como sí lo era encaramarse a un tronco y equilibrarse peligrosamente sobre el profundo lago artificial, tal como lo estaba haciendo una regordeta joven vestida de color azul cielo. Una joven que conocía desde niño y que, además de insufrible, al parecer, era una insensata.
—¡Pero qué está haciendo! —siseó, furioso, el vizconde, arrugando aún más su ceño mientras la mujer se tambaleaba sobre el tronco, se estiraba hacia adelante y pinchaba algo dentro del agua con una larga rama, animada por las demás jóvenes, todas altas delgadas y rubias.
—¿Ella es lady Clarissa? —preguntó su amigo detrás de él, que se dirigía hacia ellas, airado, pero el grito eufórico que se oyó respondió por él.
—¡Andy! Volviste, no lo puedo creer —dijo, alegre y emocionada, la joven más alta y de cabello más claro, alejándose un poco de las demás cuando lo vio acercarse.
—Buenos días, hermana —respondió todavía tenso, pero correspondiendo el beso de su hermana menor.
—Déjame presentarte a un querido amigo, viene de América, allí lo conocí. Sir Brandon Preston, ella es mi hermana, lady Clarissa Bladeston. —Su hermana, que esbozaba una preciosa sonrisa, volteó sorprendida de ver a otra persona.
—Un placer, lady Bladeston —le dijo su amigo, dedicándole una sonrisa y enderezándose ágilmente.
—Gracias, sir. Y Andrew, como ves, estoy con nuestras viejas vecinas. Todavía no pueden departir en sociedad, pero puesto que ya las conoces, podemos prescindir del protocolo social —dijo señalando a las tres jóvenes, la más baja seguía sobre el tronco y las otras intentaban infructuosamente acercarlo a la orilla, riendo sin parar.
—Sí, ya las vi —dijo, con acritud, el vizconde, regresando el gesto hostil a su cara.
—Ven, debes auxiliarla antes de que caiga al lago —contestó Clarissa y caminó, ansiosa, hacia ellas.
—Ohh, lady Clarissa, Daisy logró librar al patito de las ramas, pero el tronco se alejó de la orilla y no puede bajar —explicó, preocupada, la joven de cabello rubio dorado y ojos verdes, mientras su hermana, ligeramente más delgada, asentía con su rostro asombrosamente idéntico, salvo por un lunar sobre su labio superior, que las diferenciaba.
—Yo me ocuparé —intervino, adusto, Andrew y dio grandes zancadas hacia la joven de pelo rojizo. Daisy Hamilton no había cambiado nada, su cabello rizado se le había escapado del moño y era un revoltijo, y todavía llevaba aquellos espantosos y enormes lentes.
Las gemelas agrandaron los ojos al verlo y lo saludaron con una reverencia rápida. Mientras se acercaba, Andy vio en los ojos de Daisy, abiertos por la sorpresa, el reconocimiento inmediato. Pues, si bien hacía por lo menos cuatro años que ellos no se veían, de niños, ellas habían jugado con Andy a menudo, y a pesar de que él había crecido y sus formas eran más definidas y masculinas, su cara no había cambiado mucho.
Seguía siendo endemoniadamente apuesto, y Daisy no daba crédito a lo que veía. El hombre de gesto adusto no era otro que su pesadilla de la infancia, Andrew Bladeston. Llevaba su pelo castaño claro algo largo, su piel estaba bastante tostada, seguramente por sus viajes en alta mar, lo que hacía destacar sus ojos azules enmarcados por gruesas pestañas claras.
Sin mediar palabra, Andrew se quitó su sombrero y se arremangó las mangas de su chaqueta gris y el pantalón y se sumergió con las altas botas de caña en la fangosa agua. Daisy, que estaba en precario equilibrio, se puso evidentemente tensa y nerviosa. Lo vio abrirse camino hacia ella, por lo que comenzó a tambalearse justo cuando el vizconde alcanzaba el tronco.
—No, no, ¡no se mueva! —gruñó Andy impaciente.
Él comenzó a arrastrar despacio el tronco hacia la orilla; cuando llegó a tierra, estiró su mano hacia ella que, inestable y ruborizada, la aceptó, saltó torpemente al suelo y lo soltó. Pero al descargar su peso del tronco, este se elevó, salió impulsado hacia adelante y golpeó con fuerza, de improviso, en la parte posterior de la cabeza de Andrew que, visiblemente desconcertado, se llevó la mano a la nuca y en su cara se leyó que no esperaba ese infortunio.
Acto seguido, las cuatro jóvenes, desde la orilla, soltaron una exclamación horrorizada al ver hundirse boca abajo el cuerpo desmayado del vizconde de Bradford.
CAPÍTULO 3
(…) Espero no espantarle con lo que diré, pero tengo la necesidad de confesarle que a diario me sorprendo pensando en cómo serán sus labios, e imaginando cuán dulce me sabrían sus besos (…).
Caballero desconocido
Extracto de una carta enviada a la Dama anónima
El lodo y la contaminada agua se colaron por los orificios nasales de Andy que, aturdido y mareado, sintió cómo muchas manos lo tocaban y lo arrastraban fuera del lago. Su cabeza dolía mucho y sentía el cuerpo entumecido, por lo que permaneció boca arriba sobre el césped, inmóvil y con los ojos cerrados.
—¡Andy! —escuchó gritar, alarmada, a su hermana, pero antes de poder juntar fuerzas para responder, otras voces se sumaron e iniciaron una acelerada conversación.
—¡Por Cristo, está inconsciente! —agregó una de ellas con tono enérgico.
—Oh… y está tan quieto que no parece estar respirando —comentó otra dama con voz suave.
—¡Diantres!, tal vez le entró agua los pocos segundos en los que estuvo sumergido. ¡Debo llamar a un médico! —dijo, exaltada, su hermana, revisando su cabeza.
Andrew abrió la boca para tranquilizarla, pero nuevamente lo interrumpieron.
—La acompaño —dijo una de las hermanas de Steven, y la respuesta de la de él se oyó lejos.
—¡Daisy, haz algo, tú sabes cómo reanimarlo. Tal vez funcione el truco que hiciste cuando Rosie cayó al agua hace unos años. ¡Hazlo antes de que se muera! —apremió la voz enérgica que reconoció como la de lady Violett.
Su cráneo le martillaba y no se atrevía a abrir los párpados, pero debía avisar que estaba consciente.
«O tal vez no, mejor haré sufrir un poco a la insufrible lady Daisy. Por su insensatez y torpeza he hecho el ridículo en pleno Hyde Park; además, me duele la cabeza como el infierno», pensó con secreta satisfacción, reprimiendo una sonrisa sardónica.
—¡Diablos, diablos, diablos! Está bien, Violett, ve por unas sales o algo para intentar reanimarlo —habló por primera vez esa voz ronca y melodiosa.
—Claro —aceptó la gemela y pareció marcharse.
—¡Esto solo me sucede a mí! Espero que no muera. Aunque no sería una gran pérdida para el mundo —rezongó la joven, inclinándose sobre él.
Andrew pudo percibir el aroma a limón que ella despedía y unas manos delicadas tocar su pecho. Estas apartaron su pañuelo para posar sus dedos, sin guantes en ese instante, sobre el lugar donde su pulso latía.
Por extraño que pareciera, ese toque le causó un estremecimiento, y eso, sumado a la exquisita fragancia que rozaba su nariz, porque ella había apoyado la cabeza en su pecho, provocó que su deseo se despertara.
«¡Maldición, no puedo estar así por esta mujer insoportable que ni siquiera me atrae!», se reprendió, tratando de calmar su pulso desbocado. «¡Sí, claro, dile eso a tu emocionado amiguito!», le contestó su inoportuna conciencia, lo que hizo que se atragantara incrédulo.
—¡No, no, se está ahogando! —dijo, con desesperación, ella, y lo que siguió paralizó al vizconde.
Las manos de la joven tomaron su barbilla, lo instaron a abrir la boca y, antes de poder entender qué estaba haciendo, sintió posarse sus labios abiertos sobre los suyos y su cálido aliento soplar en su cavidad.
«¡¿Pero qué rayos hace?!», pensó, impresionado y locamente excitado, Andy.
Daisy repitió la acción varias veces, alternando movimientos frenéticos de sus palmas sobre su pecho, que seguramente le dejarían una marca. Cuando su boca volvió a cubrir la de él, no pudo contin
