PRÓLOGO
EL ENSAYO DE SU TIEMPO
A determinada distancia cualquier obra literaria parece fruto del azar: el de una vocación, el de la oportunidad, el que se deriva de las circunstancias históricas, el azar del propio nacimiento. Cuando examinamos de más cerca las vidas de los escritores el azar se reduce y enseguida se aprecia el esfuerzo de la voluntad: los años de lucha que invirtieron para dominar sus intuiciones juveniles en una obra propia. Al fin y al cabo se necesitan varios Enrique VI para formar a un Shakespeare.
Montaigne constituye una excepción a este segundo supuesto. Si atendemos a la primera mitad de su vida (en la que según los biógrafos de la escuela romántica se plantan las semillas de todo gran personaje) descubriremos que hizo cuanto estuvo en su mano para evitar el encontronazo con su propia obra.
Michel Eyquem, que se convirtió en señor de Montaigne tras la muerte de su padre, nació en 1533. Su carrera pública empezaría a los veintiún años como consejero en La Cour des Aides. En 1571 (cuando apenas le quedaban veinte años de vida) intentó retirarse de la vida pública, pero las guerras religiosas que asolaron literalmente Francia echaron por la borda sus planes. Montaigne se multiplicó en tareas diplomáticas y cosechó una fama de hombre juicioso que le valió para ser elegido alcalde de Burdeos, cargo que mantuvo hasta 1585.
Durante el desempeño de estos servicios públicos Montaigne se apoyó en los conocimientos de derecho que adquirió en la Universidad de Toulouse. Pero disfrutaba también de una sólida formación en los clásicos griegos y latinos, adquirida primero en casa, con el método pedagógico de su propio padre, y después en una escuela de la actual Aquitania, saberes que le valieron para mantener vivo un interés secundario por las letras. En Burdeos conoció a Étienne de la Boétie, irregular cultivador de versos e individuo filosofante a ratos perdidos, que ha pasado a la historia como humanista gracias a la devota amistad y al generosísimo juicio de Montaigne. Tras la temprana muerte de La Boétie, Montaigne se propuso compilar, editar y dar publicidad a las «obras» de su amigo, a quien nunca olvidó, y cuya presencia gravita en los Ensayos como una suerte de interlocutor fantasma.
Este es el bagaje con el que Montaigne emprendió la escritura de los Ensayos, que también fue accidentada. El primer volumen empezó a redactarlo en su primer intento de retiro y lo publicó nueve años después, en 1580. Trufado de citas de Plutarco y Séneca, autores a los que se había dedicado a leer en profundidad, el libro entero está empapado de una atmósfera pesimista derivada las guerras de religión que le inspiraron numerosos ensayos sobre asuntos bélicos y entretelas políticas. El segundo volumen apareció en 1581 y presumiblemente lo escribió en un intervalo de decaimiento físico, previo a su desempeño como alcalde. El tercer volumen, al que en buena medida debe su extraordinaria fama, empezó a escribirlo en 1586 y se publicó dos años después.
Una de las ideas que devastó el romanticismo, en cuya atmósfera seguimos respirando, fue la consideración del ejercicio de la poesía (entendida en un sentido amplio) como un adorno adecuado para un caballero respetable; un juego al que uno se entregaba con absoluta seriedad durante las pausas de su actividad pública (o cuando esta declinaba a causa de la edad o por un codazo rival) y sus responsabilidades familiares. Esta imagen se quedó sin contenido posible cuando los poetas románticos identificaron el ejercicio de su vocación con la existencia misma, entregada desde ese día al altar del arte y a los valores revolucionarios con los que algunos de ellos se invistieron. Poesía y cargos públicos empezaron a repelerse y ocuparon espacios distintos y bien delimitados como áreas de agua y aceite incapaces de emulsionar en una misma persona.
Apenas dos generaciones antes de que Wordsworth se pasease por el entorno de los lagos como una suerte de antena mística, hipersensible a los movimientos de la naturaleza, la secuencia de escritores ingleses que va de Milton a Gray, tuvieron que compaginar la escritura con la actividad pública hasta el extremo que Samuel Johnson convirtió en uno de los temas más importantes de Vidas de los poetas ingleses el escrutinio de cómo demediaron la poesía de estos hombres las truculentas guerras religiosas y de sucesión que pisotearon sus años.
Un siglo antes, en la época de Montaigne (atravesada por una guerra religiosa no menos cruenta), era casi inconcebible dedicar una vida entera al cultivo de la poesía. Las letras se valoraban como un buen ejercicio para aclarar la mente, sosegar las pasiones, afinar la sensibilidad y animar la conversación, una melodía secundaria en la sinfonía de la vida. Tanto es así que el principal referente artístico de Montaigne, el queridísimo La Boétie, apenas recurría a la composición de versos cuando no se le ocurría otra cosa con la que distraerse (un poco como a Juan Benet, que en alguna ocasión declaró que solo apelaba a la escritura cuando le fallaban el trabajo y los amigos).
De manera que las condiciones en las que Montaigne se retiró a escribir no eran tan extrañas para la época y, pese a que contaba con una biblioteca bien escardada, una profusión de citas que delatan un ojo certero, y precedentes tan queridos como el de Catón, el rasgo más característico de sus primeros ensayos es la viva conciencia que el propio autor tiene de ser un amateur.
El ánimo con el que Montaigne se lanza a escribir se parece al del ajedrecista que solo compite en un ambiente doméstico: convencido de que la partida es un asunto privado y que sus reglas son arbitrarias, y, al mismo tiempo, dispuesto a respetarlas y avanzar con plena seriedad hasta que se resuelva la victoria o la derrota. Dicho de otro modo: Montaigne escribe los ensayos sin la ambición de conseguir una resonancia pública, convencido de que sus páginas solo divertirán a un reducido círculo de amigos (ni siquiera entendidos, el autor da por hecho que muchos se sentarán a leerlos por compromiso), pero emprende la tarea dispuesto a desempeñarse lo mejor que sepa en cada página. Algo hay aquí de la obstinación tardía del jubilado a quien tras una vida de esfuerzo, donde se acostumbró a hacer las cosas «como dios manda», no ve ningún motivo para deponer en beneficio de la relajación que le sugieren hijos y nietos el criterio de exigencia con el que se desempeñó durante una prolongada vida laboral que todavía juzga como satisfactoria.
Las marcas del amateur se aprecian por lo menos de dos maneras en sus ensayos. El relativo diletantismo de Montaigne no se traduce en una locuacidad sin mesura como el de tantos cocineros, médicos o divulgadores actuales que, reconvertidos en gurús del espíritu, reinventan ufanos la sopa de ajo. Su temperamento no es temerario, y lo que asoma en estas primeras páginas es una respetuosa ingenuidad que le aconseja apoyar sus pensamientos incipientes en las muletas de las citas. Los versos y los argumentos seleccionados por Montaigne son atinados, pero como el lector no acude a estos Ensayos para leer una versión reducida del aurea dicta no es de extrañar que en las ediciones completas se impaciente ante tanto ejercicio de calentamiento. Una antología le facilita un acceso más rápido a los ensayos en los que Montaigne se revela como Montaigne (un escritor del que bien podría decirse que mejoraba todo el tiempo) sin necesidad de atravesar una estepa de citas parecidas y observaciones repetidas. Digámoslo de una vez: todas las páginas de Montaigne son interesantes, pero no todas están a la altura de su reputación.
Hay otro rasgo muy notable del Montaigne en formación que podemos atribuir a su amateurismo: rara vez aborda el asunto tratado desde un lado convencional, erosionado ya por el uso frecuente que hacen de él los eruditos profesionales (que también existían en sus tiempos). Incluso cuando estos primeros ensayos terminan desembocando en una conclusión previsible, Montaigne suele arrancar de una circunstancia personal. Lo que hoy nos parece un recurso corriente (apoyarse en un fragmento de vida personal) se estilaba poco en tiempos de Montaigne. Para los escritores clásicos con los que se formó, la vida personal era una suerte de oscuro soma al que apenas se recurría cuando uno pertenecía al dominio público y se debía a las obras constatables o a los cargos políticos. Uno puede avanzar por los libros de Tucídides sin enterarse (hasta que el silencio ya resulta alarmante) de que el propio historiador protagonizó un episodio importante de las guerras del Peloponeso. Platón esconde su vida tras una maraña de personajes. Los viajes de Herodoto son impersonales.
Si recorriésemos la secuencia de sus predecesores (historiadores, filósofos, redactores de epístolas, consolaciones y otros géneros) de Roma hasta 1500 podríamos escribir una historia del pudor, una especie de cerca o ciudadela que protege la intimidad (otro asunto es el comercio y la exposición de las vidas ajenas, como las violentísimas Vidas que escribieron Laercio y Suetonio) hasta tal punto que se da por hecho que los pensamientos individuales solo tienen validez si se expresan como pensamientos públicos.
Cuando a mitad del primero de sus tres volúmenes Montaigne empieza a desplegar las alas (un proceso que no culminará hasta que escriba el último de sus ensayos «Sobre la experiencia», donde el momento de alcanzar la máxima envergadura coincide con el de la muerte, igual que aquel raro pájaro del que habla Wallace Stevens: capaz de cantar en el filo de la mente, casi sin sentimiento humano) no abandona sus citas, pero ya no las emplea como muletas donde apoyar una exposición insegura, sino como golosinas para el lector, como descansos y ecos irónicos para un pensamiento que empieza a sentirse como en casa explorando el tono confesional.
Hacia el final de la Recherche, Proust empuja a su narrador a reflexionar cómo ha ido postergando su temprana ambición literaria en beneficio de actos sociales y amoríos estériles. Tras unos minutos de reproche el narrador repara en que estos episodios vulgares, todas las zonas aparentemente muertas de una vida, las que no se dejan vincular fácilmente a la literatura conocida, pueden recuperarse estéticamente en la escritura. Y que a diferencia de los pasajes que comparten todos los letraheridos, a diferencia del bagaje cultural común, tienen el poder de colorear con una tonalidad singular los asuntos de siempre: el crecimiento, la ambición, el amor, la envidia social, el desamor, la decrepitud, las despedidas. En ningún otro momento Proust fue tan discípulo de Montaigne como en este pasaje: ambos escritores son saprófagos, siempre bien dispuestos a rentabilizar los desperdicios cotidianos.
En los 26 ensayos que hemos seleccionado el lector no echará de menos ni uno de los grandes temas a los que debe enfrentarse el hombre, sea o no de letras, pero Montaigne se las arregla para que parezcan nuevos. Se aprovecha de la clase de material que un filósofo y un autor clásico desdeñarían, y que en el futuro serán preciosos para la tribu de los novelistas: circunstancias personales, errores, confusiones, irrelevancias, enfermedades íntimas, la caída de un caballo, una conversación trivial… Estas son las rutas de acceso preferidas. La singularidad del abordaje se traslada al plano de la exposición: Montaigne no está particularmente interesado en formular una declaración clara en cada frase; no pretende que el argumento progrese añadiendo informaciones nuevas que se apoyan en la afirmación precedente; sus párrafos no vinculan con fuerza las ideas ni forman pasarelas que desembocan en una conclusión contundente. El de Montaigne es más bien un pensamiento distraído que no pretende ahorrarnos los merodeos dubitativos que traza alrededor de un tema, despreocupado de las contradicciones puntuales y de los cambios de dirección, y que no drena el tono emocional del que brotan los enunciados (desconoce la gélida expresión que los filósofos aprenderán a dominar un par de siglos después para simular con este efecto retórico que a través de ellos habla la voz impersonal de la razón). La escritura de Montaigne ofrece sobre la página los movimientos espontáneos del pensamiento. A la mayoría de estos textos se les podría aplicar la idea de Adorno del ensayo como una forma abierta, renuente a concluir. Serpenteantes, juguetones, uno tiene la impresión de que se acaban porque a Montaigne le apetece tratar otro asunto que no hay manera de enlazar con lo que venía diciendo, o porque el escritor es demasiado caballeroso (una gentileza que se desdibujará con los años) para reclamar la atención de sus lectores más de veinte páginas.
Volvamos por última vez a la Recherche. Mientras participa en una fiesta, donde el paso del tiempo ha encanecido y arrugado el pelaje de los hombres y mujeres con los que entró en el mundo como si fuera algo nuevo que fuese a durar siempre, el narrador descubre que la vejez es algo propiamente humano, y se interroga para qué sirve una vida: con todos sus momentos álgidos, las incertidumbres, los borrones del aburrimiento, y millares de pensamientos que se revuelven en la mente y que nunca llegan a expresarse. Uno sospecha que la respuesta de Proust le hubiese hecho torcer el gesto a Montaigne: toda esa vida informe sirve como material para elaborar una obra literaria, para salvar a los hombres que la tierra ya no puede retener mediante una sofisticada recreación estética; una ambición de raíz romántica. Para Montaigne los hombres prosiguen su vida en Dios y la escritura es un entretenimiento (aunque no por eso menos sofisticado), solo un majadero confundiría la literatura con el fin último del hombre en la tierra, su salvación contingente.
Claro que tampoco cuesta imaginar a un Cicerón o a un Séneca juzgando con severidad desconcertada los Ensayos de Montaigne. A fin de cuentas ¿para qué sirve abrirle al lector el libro de la propia vida, exponerle su intimidad, sus miedos, sus cólicos? ¿En qué nos beneficia saber tantos detalles de una vida que no es la nuestra, que no podremos volver a vivir, que ni siquiera, pues nuestro mundo ya no es el suyo, podremos tomar seriamente como modelo?
Como sucede con las vocaciones, observadas a determinada altura todas las vidas están sujetas a las mismas etapas, regidas por una pauta común que se resuelve de manera distinta en cada caso particular. Aunque gran parte del tiempo que tenemos asignado lo experimentamos en soledad, vivimos envueltos de opiniones, discursos, testimonios y recuerdos ajenos, que lo queramos o no nos suministran los hilos con los que tejemos nuestras expectativas, metas y objetivos. Existen dos discursos culturales que pese a estar situados en extremos opuestos del valor coinciden en tratarnos como a niños. La autoayuda (personal, empresarial, laboral, tanto da) se basa en transmitirnos amables mentiras sobre nosotros mismos y el funcionamiento del mundo, en renovar, libro a libro, el mismo cúmulo de esperanzas sin fundamento. En las escuelas filosóficas de la sospecha (que inspiraron mucha de la literatura escrita alrededor de las grandes guerras mundiales) percibimos cierta propensión morbosa a encontrar una explicación repugnante a cada emoción o pensamiento espontáneo e inocente (a la manera del padre que desconfía del hijo incluso cuando no encuentra ningún motivo artero a su comportamiento). Montaigne no trata de animarnos con falsas expectativas ni nos asusta como niños. Pese a que ni con tres vidas nos alcanzaría para pensar por nosotros mismos los Ensayos, Montaigne nos mira a la altura de los ojos. Quizá porque muchos de estos ensayos recuerdan a veces a una carta disimulada y dirigida al fantasma de La Boétie, en cuyo vacío nos sentamos cada uno de los lectores al pasar las páginas, el tono de Montaigne se parece al de una conversación entre amigos, más interesados en seguir y en deleitar, que en convencer e imponerse.
Los grandes libros forman una suerte de casas, de lugares donde nuestra mente habita un tiempo. Algunas de las casas más prestigiosas son subyugantes, amplían nuestra sensibilidad y nos maduran intelectualmente, pero Edipo rey, el Infierno de Dante o el Rey Lear no son sitios donde la mente debería quedarse. Montaigne está lejos de la jocosa brutalidad de Cervantes y del espectáculo de la hostilidad humana que despliega Shakespeare. Es el más acogedor de estos tres escritores que entre 1580 y 1616 sentaron las bases del ensayo, la novela y el teatro modernos. En estas coordenadas de intención y de tono podríamos decir que la lectura de Montaigne (en sus Ensayos, sobre todo, pero también en su diario de viaje y en sus cartas) nos aporta algo realmente estimable: compañía. Quizá la palabra esté en desuso, pero califica bien la experiencia de leer a Montaigne: encontraremos autores más intensos, un puñado de más imaginativos, pero me cuesta caer en la cuenta de otro escritor de quien, al leerlo, se desprenda una sensación parecida de cercanía, una proximidad inmaterial y desinteresada, la de una voz que se examina sin restricciones para que incrementemos nuestro conocimiento sobre la existencia humana, para nuestro provecho.
Volvamos ahora a formular la pregunta: ¿para qué sirve que alguien abra para nosotros el libro de su intimidad? La sabiduría que puede proporcionarnos la literatura es variable y amplísima, pero una de las peculiaridades distintivas de la existencia es que debemos atravesarla en primera persona. Pero aunque no podamos ni repetir los aciertos ni evitar los errores de ningún predecesor, supone un valor incalculable que una mente despierta se comprometa a relatarnos una larga secuencia de reflexiones verdaderas sobre su vida.
Febrero de 2014
UNA JUSTIFICACIÓN
A primera vista pocos libros necesitan menos justificación que una edición de los ensayos de Montaigne, toda vez que una larga tradición los ha instituido entre los textos ineludibles para cualquier lector curioso. Más justificación merece (y de aquí este breve texto) esta edición concreta, cuya particularidad principal es la de ser una antología de la obra completa (y no solo de los ensayos) de Montaigne.
«Antología» porque pese a la devoción que Montaigne despierta entre los lectores, la suya es una lenta maduración hacia la excelencia, con altos y bajos, y el mercado español carecía de una selección que facilitase un atajo hacia los principales tesoros que podemos encontrar en los ensayos sin tener que atravesar decenas de páginas menos inspiradas. Se presenta aquí una selección extensa y suficiente de los ensayos, siempre completos, con una sola excepción, la «Apología de Ramón Sibiuda», tan célebre como excesivamente prolijo en ejemplos, y que se ofrece extractado en reconocimiento de lo primero y alivio de lo segundo.
Y nos hemos decantado por ampliar la antología a la «obra completa» porque hay más Montaigne fuera de los ensayos: hemos recogido también los diarios de viaje escritos de su puño y letra, y una selección de su correspondencia personal (incluida la estremecedora carta que le envió a su padre). Con el propósito de ofrecer la presentación más amplia y útil para el lector, completamos la edición con las efemérides familiares de los Montaigne, recogidas por el propio Michel, y con las frases que adornaban su célebre biblioteca.
NOTA SOBRE LA EDICIÓN
La autoría de las notas, en esta edición, es siempre de los traductores si no se indica lo contrario. En cuanto a las versiones, hemos cotejado, revisado, corregido y completado la traducción clásica de Román y Salamero de los Ensayos con la edición de Naya, Reguig y Tarrête para Gallimard, que a su vez se basa en la edición de Burdeos (1588). Sobre el trabajo de Román y Salamero se han unificado y restituido los nombres propios y de lugar, la numeración de los ensayos y también los textos originales de las citas (relegados aquí al pie, con la traducción al castellano insertada en el cuerpo del texto), así como las procedencias y referencias bibliográficas. En la firma de las notas de los Ensayos convergen otras manos: la letra «C.» indica las de Pierre Coste (1725); «N.» se refiere a Jacques-André Naigeon (1802); «L.» es Lefèvre (1812); «E. J.» remite a notas de la edición de Eloy Johanneau (1818); «A. D.» es la firma de Amaury Duval (1820), y las iniciales «J. V. L.» corresponden a Joseph Victor LeClerc (1896). El texto de partida del Diario de viaje a Italia es el establecido por la crítica contemporánea, sobre todo por Garavini y Rigolot. Finalmente, la traducción de la Correspondencia (una selección), las Efemérides familiares y las Sentencias de la biblioteca tiene su origen en la edición de Claude Pinganaud para Arléa.
ENSAYOS
LIBRO PRIMERO
AL LECTOR
Este es un libro de buena fe, lector. Desde el comienzo te advertirá que con él no persigo ningún fin trascendental, sino solo privado y familiar; tampoco me propongo con mi obra prestarte ningún servicio, ni con ella trabajo para mi gloria, que mis fuerzas no alcanzan al logro de tal designio. Lo consagro a la comodidad particular de mis parientes y amigos para que, cuando yo muera (lo que acontecerá pronto), puedan encontrar en él algunos rasgos de mi condición y humor, y por este medio conserven más completo y más vivo el conocimiento que de mí tuvieron. Si mi objetivo hubiera sido buscar el favor del mundo, habría echado mano de adornos prestados; pero no, quiero solo mostrarme en mi manera de ser sencilla, natural y ordinaria, sin estudio ni artificio, porque soy yo mismo a quien pinto. Mis defectos, mis imperfecciones y mi manera de ser ingenua se reflejarán a lo vivo: en tanto que la reverencia pública lo consienta. Si hubiera yo pertenecido a esas naciones que viven todavía bajo la dulce libertad de las primitivas leyes de la naturaleza, te aseguro que me hubiese pintado de buen grado de cuerpo entero y completamente desnudo. Así, lector, yo mismo soy el contenido de mi libro, lo cual no es razón para que emplees tu vagar en un asunto tan frívolo y tan baladí. Adiós, pues.
DE MONTAIGNE, a 12 días del mes de junio de 1580
CAPÍTULO XV
DEL CASTIGO POR OBSTINARSE SIN
FUNDAMENTO EN LA DEFENSA DE UNA PLAZA
La valentía, como todas las demás buenas prendas, tiene sus límites; traspuestos estos, el hombre se encuentra en mal camino, de tal suerte, que un exceso de valor conduce a la temeridad, y a quien no conoce los linderos del bien obrar, que no son fáciles de precisar, a la obstinación y a locura. Nace de este principio la costumbre de castigar en nuestras guerras, a veces con la muerte, a los que se obstinan en defender una plaza que según los principios de la ciencia militar debe ser abandonada. Si tal costumbre no se practicara, la impunidad de la acción sería la causa de que cualquier bicoca[1] bastase para detener un ejército.
El condestable de Montmorency en el cerco de Pavía estuvo encargado de atravesar el Tesino para instalarse en los barrios de San Antonio; se oponía a la realización de la orden una torre con gente armada que había en el extremo del puente, y que se defendió obstinadamente hasta la derrota. El condestable hizo ahorcar a todos los que se hallaban dentro de la fortaleza. Después, el propio condestable acompañó al delfín en el viaje al otro lado de la frontera, y tras apoderarse por la fuerza de las armas del castillo de Villane, todo lo que guardaba la fortaleza fue destruido por la furia de sus soldados, menos el capitán y el enseña, a quienes hizo ahorcar y estrangular por su obstinación. Igual conducta siguió el capitán Martin du Bellay, siendo gobernador de Turín, en esta misma ciudad: el capitán Saint Bony y todas sus gentes fueron masacrados durante la toma de la plaza.
La idea del valor o cobardía del lugar se juzgan por la estimación y contrapeso de las fuerzas sitiadoras, y en esta idea entra también en juego la grandeza del príncipe conquistador, su reputación y el respeto que le rodea; se corre el riesgo de inclinar un poco la balanza de este lado, y este es el motivo por el que algunos tienen formada tan grande idea de sí mismos y de los medios con que cuentan, que no pareciéndoles ni verosímil que haya nada capaz de hacerles frente, pasan a cuchillo allí donde encuentran resistencia mientras les dura la buena fortuna; como se ve por las fórmulas de intimación y desafío que empleaban los príncipes de Oriente y sus sucesores actuales, fiera y altiva e inspirada por un despotismo bárbaro. En el lugar por donde los portugueses comenzaron la conquista de las Indias, encontraron algunos Estados en los cuales se practicaba la siguiente ley universal e inviolable: el enemigo que había sido vencido en presencia del rey o de su lugarteniente no tenía ningún derecho a gracia ni rescate.
Es preciso, sobre todo, guardarse, de ser posible, de caer en manos de un juez enemigo, victorioso y armado.
CAPÍTULO XX
DE LA FUERZA DE IMAGINACIÓN
«Una imaginación robusta engendra por sí misma los acontecimientos»,[1] dicen las gentes resueltas. Yo soy de aquellos a quienes la imaginación avasalla: todos ante su impulso se tambalean, y algunos caen a tierra. La impresión de mi fantasía me afecta, y pongo todo esmero y cuidado en esquivarla, por carecer de fuerzas para resistir su influjo. De buen grado pasaría mi vida rodeado solo de personas sanas y alegres, pues la vista de las angustias del prójimo me angustia materialmente, y con frecuencia usurpo las sensaciones de un tercero. El oír una tos continuada irrita mis pulmones y mi garganta; me cuesta visitar más enfermos cuanto más me preocupa su estado: en fin, me apodero del mal que veo y lo guardo dentro de mí. No me parece una maravilla que la imaginación se baste para producir las fiebres y la muerte de los que no saben contenerla. En una ocasión me encontraba en Toulouse, en casa de un viejo enfermo del pulmón, de abundante fortuna. El médico que le asistía, Simon Thomas, facultativo acreditado, trataba con el enfermo de los medios que podían ponerse en práctica para curarle, y le propuso darme una ocasión para que yo gustase de su compañía; para que fijara sus ojos en la frescura de mi semblante y su pensamiento en el vigor y alegría que mi adolescencia rebosaba, y que llenase todos sus sentidos de tan floreciente estado. Así, decía el médico al enfermo, su situación podría cambiar, pero se olvidó de añadir que el mal podría trasvasarse a mi persona. Galo Vibio aplicó tan bien su alma a la comprensión de la esencia y variaciones de la locura que perdió el juicio; de tal suerte que fue imposible volverle a la razón. Pudo, pues, vanagloriarse de haber llegado a la demencia por un exceso de juicio. Hay algunos condenados a muerte en quienes el horror vuelve inútil la tarea del verdugo; y muchos se han visto también que al descubrirles los ojos para leerles la gracia murieron en el cadalso por no poder soportar la impresión. Sudamos, temblamos, palidecemos y enrojecemos ante las sacudidas de nuestra imaginación, y tendidos sobre blanda pluma sentimos cómo nuestro cuerpo se agita algunas veces hasta morir; la hirviente juventud arde con tal ímpetu que satisface en sueños sus amorosos deseos:
Ut, quasi transactis saepe, omnibus, rebus, profundant
Fluminis ingentes fluctus, vestemque cruentent.[2]
La historia de Cipo, rey de Italia, es de todo memorable. Había asistido el día anterior con gran interés a una lucha de toros, y toda la noche soñó que tenía cuernos en la cabeza, y el calor de su fantasía hizo que le salieran. La pasión le devolvió al hijo de Creso la palabra que la naturaleza le había privado. Antíoco tuvo recias calenturas a causa de la belleza de Estratonice, cuya hermosura se selló profundamente en su alma. Refiere Plinio haber visto cambiarse a Lucio Cosicio de hombre en mujer el mismo día de sus bodas. Pontano y otros autores cuentan análogas metamorfosis ocurridas en Italia en los últimos siglos. Y por vehemente deseo, propio y de su madre,
Ifis pagó siendo muchacho las promesas que hizo cuando doncella.[3]
En el Vitry francés vi a un sujeto a quien el obispo de Soissons había confirmado con el nombre de Germain; todas las personas de la localidad le conocieron como mujer hasta la edad de veintidós años, y le llamaban Marie. Era, cuando yo lo conocí, viejo, bien barbado y soltero, y contaba que tras esforzarse en un salto le habían aparecido sus miembros viriles. Aún hoy existe la costumbre entre las muchachas del Vitry de acompañar sus cantos con grandes saltos.
A la fuerza de la imaginación atribuyen algunos las cicatrices del rey Dagoberto y las llagas de san Francisco. Otros el que los cuerpos leviten. Refiere Celso que un sacerdote levantaba su alma en éxtasis tan grande que su cuerpo permanecía mucho tiempo sin respiración ni sensibilidad. San Agustín habla de otro a quien le bastaba solo con oír gritos lastimeros, para ser transportado instantáneamente tan fuera de sí, que era del todo inútil alborotarle, gritarle, achicharrarle y pincharle hasta que recobrase los sentidos. Entonces declaraba haber oído voces, que al parecer sonaban a lo lejos, y exhibía sus heridas y quemaduras. Que el accidente no era fingido sino natural, lo prueba el hecho de que mientras era presa de él, la víctima no tenía pulso ni exhalaba aliento.
Verosímil es que el crédito que se concede a las visiones, encantamientos y otras cosas extraordinarias provenga solo del poder de la fantasía; que obra principalmente sobre almas del vulgo, por ser más blandas e impresionables. Tan firmemente arraigan en ellas las creencias, que creen ver lo que no ven.
Casi estoy por creer que esos burlones maleficios que traban a algunas personas (no se oye hablar de otra cosa) proceden de la aprensión y el miedo. Por experiencia sé que cierta persona de quien puedo dar fe como de mí mismo, en la cual no podía haber sospecha alguna de debilidad ni encantamiento, tras escuchar a un amigo suyo el relato de la extraordinaria debilidad en la que había caído cuando más necesitado se hallaba de vigor y fortaleza, el horror del caso le asaltó de pronto la imaginación y le hizo atravesar situación análoga. En adelante experimentó repetidas veces tan desagradable accidente, porque el importuno recuerdo de la historia le agobiaba y tiranizaba constantemente. Pero encontró algún remedio a la ilusión de la que era víctima con otra parecida: al declarar de antemano la calamidad que le amarraba, mejoró la contención de su alma, pues al esperar el mal como algo irremediable, le pesaba menos la preocupación. Cuando tuvo ocasión, libremente (al encontrarse su pensamiento despejado y a sus anchas, y su cuerpo en la situación normal), de comunicar y sorprender el entendimiento ajeno, quedó curado por completo. La desdicha de que hablo no debe temerse sino en los casos en que nuestra alma se encuentre extraordinariamente embargada por el deseo y la aprensión, y también allí donde todo lo facilitó una urgencia precisa. Yo sé de alguien a quien le procuró un medio de satisfacer los ardores de su furor, y que por edad se encuentra menos impotente precisamente por ser menos potente; y de otro, a quien ha sido de utilidad grandísima el que un amigo le haya asegurado que se encuentra provisto de una contrabatería de encantamientos, que le protegerán seguro. Pero mejor será que refiera el caso con detalle.
Un conde de alcurnia distinguida, de quien yo era amigo íntimo, se casó con una hermosa dama que antes había sido muy solicitada y requerida por uno de los que asistían a la boda. El desposado hizo entrar con cuidado a sus amigos, principalmente a una dama de edad, parienta suya, en cuya casa tenía lugar la ceremonia, y que la presidía; mujer temerosa de estas brujerías, según me lo confesó. Por casualidad yo guardaba en mi cofre una piececita de oro delgada, que tenía grabadas algunas figuras celestes, y que era un remedio eficaz contra las insolaciones y el dolor de cabeza, si se colocaba en la sutura del cráneo; para que la medallita pudiera llevarse allí iba sujeta a un cordón suficientemente largo para rodear la cara, y anudarlo a la garganta. Jacques Peletier[4] me había hecho tan singular presente, cuando estuvo viviendo en mi casa. Se me ocurrió sacar algún partido, y le dije al conde que también él podía correr peligro de impotencia a causa del encantamiento de algún rival, añadiendo que se acostara enseguida, que yo me encargaría de prestarle un servicio de amigo, y que ponía a su disposición un milagro, cuyo poder residía en mis manos, siempre y cuando me jurase por su honor guardar el más profundo secreto. También le recomendé que durante la noche, cuando fuéramos a llevarles la colación al lecho, si las cosas no habían ido a la medida de sus deseos, me hiciera una señal, convenida previamente. Había tenido el alma tan intranquila y los oídos le chillaron tanto por mis palabras, que sufrió los efectos de su imaginación y me hizo la señal a la hora prescrita. Yo le dije entonces, sin que nadie nos oyera, que se levantara con el pretexto de salir de la alcoba, y que, como jugando, se apoderase de mi bata (éramos de estatura casi idéntica) y se cubriera con ella mientras practicaba mi consejo, cosa que hizo sin pensarlo dos veces. Añadí que cuando nos marcháramos saliera a orinar, recitara tres veces ciertas oraciones y ejecutara ciertos movimientos; que cada una de esas tres veces se ciñera el cordón que yo llevaba en la cintura y se aplicara la medalla que iba sujeta a los riñones, todo eso con el cuerpo en determinada posición; y por último que, después de seguir escrupulosamente todas mis instrucciones, sujetara bien el cordón, a fin de que no pudiera desatarse ni moverse del lugar donde lo tenía, y que se dirigiese con tranquilidad completa a su labor, sin olvidarse de tender mi traje sobre la cama, de modo que los cubriera a los dos. Todas estas patrañas constituyen lo principal del efecto; nuestra mente no puede rechazar el que medios tan extraños no procedan de alguna ciencia abstrusa; su insignificancia misma los reviste de autoridad, y nos obliga a respetarlos. En conclusión, es cierto que los signos de la medalla se mostraron más venéreos que solares, más activos que prohibitivos. Fue un capricho repentino y malicioso lo que me invitó a tal acción, alejado por lo demás de mi naturaleza. Soy enemigo de las acciones sutiles y fingidas; odio las sutilezas, no solo las recreativas, sino también las provechosas. Pues aunque el acto no sea vicioso por sí mismo, el procedimiento sí lo es.
Amasis, rey de Egipto, se casó con Laodice, hermosísima joven griega. Mas el soberano, que se había mostrado vigoroso con las demás mujeres, no acertó a disfrutar de Laodice, y la amenazó con darle muerte, creyendo que la causa de su debilidad era la brujería. Para remediar la desdicha la dama le recomendó la práctica de actos devotos, y tras ofrecerle a Venus ciertas promesas, se encontró divinamente fuerte la noche que siguió a las oblaciones y sacrificios. Hacen mal las mujeres en adoptar un papel melindroso y en expresar su contrariedad; todo eso nos debilita y acalora. Decía la suegra de Pitágoras que la mujer que se acuesta con un hombre debe dejar también la vergüenza con la ropa y recuperarla con las enaguas. El alma del varón, intranquila por alarmas diversas, se pierde fácilmente; aquel a quien la imaginación hizo sufrir una vez tal percance (no acontece esto sino en los primeros ayuntamientos, que son más hirvientes y rudos; y también por el recelo de que no se acierte con el disparo, miedo que disminuye con el ejercicio). Y cuando se empieza mal, el espíritu se altera y se vuelve temeroso de otro accidente, un miedo que persiste en adelante.
Los casados, como tienen por delante todo el tiempo, no deben buscar ni apresurar el acto si no están en disposición de realizarlo. Preferible es incurrir en falta en el estreno de la cópula nupcial, llena de agitación y fiebre, y aguardar una ocasión más propicia y menos revuelta, a caer en una perpetua miseria por la desesperación que acarrea el primer fracaso. Antes de la posesión debe el paciente hacer algunos ensayos sin acalorarse demasiado para asegurarse así de sus fuerzas. Y los que son en este punto de naturaleza fácil, procuren usar la imaginación para contenerse.
Con razón se ha advertido la indócil rebeldía de este órgano, que se subleva importunamente, cuando no lo necesitamos, y se aplaca, más importunamente todavía, cuando tenemos necesidad de lo contrario. Tan imperiosamente se opone a nuestra voluntad, que rechaza con altivez y obstinación indomables tanto nuestras solicitaciones mentales como las manuales. Sin embargo, si se la enjuiciase, y se quisiera culpabilizar por ello, y me tocase a mí encargarme de la defensa acaso señalaría como cómplices a los otros miembros, sus compañeros, de haberle motejado por pura envidia de la importancia y dulzura de sus funciones; de haber todos juntos conspirado contra él y de hacerle cargar con la responsabilidad de una culpa común. Considerad, si no, si hay siquiera una sola parte de nuestro cuerpo que no se oponga con frecuencia más que excesiva a la determinación de nuestra voluntad. Cada cual tiene sus pasiones propias que se despiertan o adormecen sin nuestro consentimiento. ¡Cuántas veces declara nuestro rostro los pensamientos que guardamos en secreto y nos traiciona ante las personas que nos rodean! La misma causa que vivifica el órgano del que hablo anima también, sin que nos demos cuenta, el corazón, el pulmón y el pulso; la vista de un objeto grato esparce imperceptiblemente en nosotros la llama de una emoción febril. ¿Acaso son solo los músculos y las venas los que se aplacan o se ponen rígidos, sin licencia, no ya solo de nuestra voluntad, sino tampoco de nuestro pensamiento? No ordenamos a nuestros cabellos que se ericen, ni a nuestras carnes que tiemblen por el deseo o el temor; la mano se dirige con frecuencia donde nosotros no ordenamos que vaya; la lengua enmudece y la voz se apaga cuando se les antoja; en una ocasión en la que no tenemos ni viandas ni agua a nuestro alcance le prohibiríamos de buen grado a nuestro apetito la excitación y haríamos que nuestra sed se aplacara, pero no alcanza a tanto nuestro poder; nos ocurre lo mismo que con el otro apetito de que antes hablé: las ganas de comer nos abandonan cuando se les antoja. Los órganos que sirven a descargar el vientre se dilatan o contraen por su propia voluntad, e igualmente los que desocupan los riñones. San Agustín escribe para demostrar el poderío de nuestra voluntad de alguien que ordenaba a su trasero expeler tantos pedos como quería, y Vives, glosador del santo, apoya con otro ejemplo de su época, diciendo que algunos tienen la facultad de expeler vientos musicales, que concuerdan con el tono de voz que se les impone. Son dos ejemplos excelentes pues, en general, puede decirse que no hay órgano más impertinente y tumultuario. Sé de uno tan turbulento y rebelde que lleva ya cuarenta años obligando a su dueño a peer de manera constante y sin descanso, y que le llevará de seguir así al sepulcro. Y a Dios pluguiera que hubiese tenido noticia por las historias de semejante monstruosidad. ¡Cuantísimas veces por oponernos a la salida de un solo pedo nuestro vientre nos coloca en el dintel de una muerte angustiosísima! El emperador que nos dio libertad absoluta de peer[5] en todas partes, no nos hubiera podido otorgar la facultad de hacerlo cuando lo tuviéramos por conveniente. Pero nuestra voluntad, a la que acusamos de impotencia en este particular, podríamos igualmente censurarla por rebelión y sedición en otros puntos por su desorden y desobediencia. ¿Quiere en toda ocasión lo que desearíamos que quisiera? ¿No sucede muchas veces que anhela aquello que le prohibimos, justo lo que nos daña? ¿Acaso se deja conducir por los principios de nuestra razón? En conclusión diré, en beneficio de mi defendido,[6] que me place considerar que su causa está inseparable e indistintamente unida a la de un consocio; pese a que, en contra de los argumentos y las pruebas, él carga con toda la culpa por los vidrios rotos. De todos modos, quiero dejar constancia de que los abogados y los jueces pierden el tiempo al emitir quejas y formular sentencias, la naturaleza seguirá la marcha que mejor se acomode a ella y habrá obrado acertadamente aun cuando haya dotado a este miembro de algún privilegio particular, pues ella es la autora de la única obra inmortal entre los mortales. Por eso consideraba Sócrates la generación como un acto divino, y el amor como un deseo de inmortalidad.
Hay quien a causa de su imaginación deja aquí las escrófulas[7] que su compañero llevará a España. Por eso, para tales casos se acostumbraba a recomendar que el espíritu esté en buena disposición. Por idéntica razón preparan los médicos de antemano la fe de sus pacientes en los medicamentos, con tantas promesas falsas de curación, a fin de que el efecto de la fantasía supla la inutilidad de sus pócimas. Saben bien que uno de los maestros de su arte dejó escrito que hubo personas a quienes hizo efecto solo la vista de la medicina. Me ha venido esto a la memoria mientras recordaba la relación que me hizo un boticario que estaba al servicio de mi difunto padre, hombre sencillo, suizo de nacionalidad, un pueblo nada charlatán ni embustero. Me contó que tuvo mucho tiempo trato en Toulouse con un comerciante enfermizo, sujeto al mal de piedra, que tenía con suma frecuencia necesidad de darse lavativas y se las hacía preparar por los médicos, según las alternativas del mal; después que le presentaban el líquido con todos los adminículos comprobaba que no estuviera demasiado caliente, y ya tenemos a nuestro enfermo tendido boca abajo, con todos los preparativos admirablemente dispuestos, aunque después de todo no tomaba ninguna lavativa. En cuanto el médico se alejaba de la alcoba, el paciente se instalaba como si realmente se hubiese aplicado el remedio y experimentaba el mismo efecto que sienten los que lo practican. Jura mi testigo que para economizar el gasto, pues el enfermo pagaba como si las hubiera recibido, la mujer de este le presentó varias veces solo agua tibia; el efecto nulo descubrió el engaño, y al encontrarlas inútiles, fue necesario volver a las preparadas por la farmacopea.
Una mujer que creía haberse tragado un alfiler con el pan que comía, gritaba y se atormentaba como si sintiera en la garganta un dolor insoportable, donde, a su entender, se había clavado; pero como no había hinchazón ni alteración en la parte exterior, una persona hábil que estaba junto a ella consideró que la cosa no era más que aprensión, que obedecía a algún pedacito de pan que la había arañado al pretender tragarlo; hizo vomitar a la mujer y puso a escondidas en lo que arrojó un alfiler torcido. La paciente, convencida de haberlo expulsado, se sintió de pronto libre de todo mal y dolor. Sé que un caballero que había dado un banquete a varias personas de la buena sociedad se vanagloriaba, por pura broma, pues la cosa no era cierta, de haber hecho comer a sus invitados un pastel de gato; una señorita de las convidadas se horrorizó tanto al saberlo que cayó enferma con calenturas, perdió el estómago y fue imposible salvarla. Los animales mismos se ven como nosotros sujetos al influjo de la imaginación: lo acreditan así los perros que sucumben de dolor a causa de la muerte de sus amos; los vemos ladrar y agitarse en sueños, y a los caballos relinchar y desasosegarse. Todo puede explicarse por la estrecha unión de la materia y el espíritu, que se comunican entre sí sus estados mutuos; por eso la imaginación actúa a veces, no ya contra el propio cuerpo, sino también contra el ajeno. De la misma suerte que un cuerpo comunica el mal a su vecino, como se ve en las epidemias y en los males de los ojos, que pasan de unos en otros:
Mirando los ojos de una persona que los tiene malos el mal se comunica a la que los mira, y las enfermedades pasan a veces de unos cuerpos a otros,[8]
así la imaginación, sacudida con vehemencia, lanza dardos que alcanzan a otro cuerpo que no es el suyo. La antigüedad creía que ciertas mujeres de Escitia, cuando tenían a alguien mala voluntad, podían matarle con la mirada. Las tortugas y los avestruces incuban sus huevos solo con la vista, prueba evidente de que poseen alguna virtud ocular. Se dice que los brujos tienen dañina la mirada:
No sé quién fascina mis tiernos corderillos con su mirada maligna;[9]
pero yo no doy crédito a la ciencia de magos y adivinos. Por experiencia vemos que las mujeres producen en el cuerpo de las criaturas que paren los signos de sus caprichos, como la que parió un moro. A Carlos, emperador y rey de Bohemia, se le presentó una muchacha cubierta de pelos erizados, cuya madre decía haberla concebido bajo el influjo de una imagen de san Juan Bautista que tenía colgada junto al lecho.
Lo mismo acontece a los animales, como vemos en las ovejas Jacob y en las perdices que la nieve blanquea en las montañas. Hace poco vi en mi casa un gato que acechaba a un pájaro situado en lo alto de un árbol; los ojos de uno estuvieron clavados en los del otro un corto espacio, y luego el pájaro se dejó caer como muerto entre las patas del gato, bien trastornado por su propia imaginación, bien atraído por alguna fuerza peculiar del felino. Los amantes de la caza con halcón conocen el cuento del halconero, que fijando obstinadamente su mirada en la de un milano que volaba, apostaba que lo arrojaría a tierra por virtud de la sola fuerza de su mirada, y ganaba la apuesta, según cuentan; pues debo advertir que las historias que traigo aquí a colación las dejo sobre la conciencia de aquellos que me las contaron. Mías son las reflexiones, que pueden demostrarse por la razón, sin echar mano de casos particulares. Cada cual puede acomodar a la doctrina sus ejemplos, y quien no los tenga, que no sea incrédulo, en atención al número y variedad de los fenómenos de la naturaleza. Si me sirvo de ejemplos que no cuadran exactamente con los asuntos de que hablo, que otro los acomode más pertinentes. De manera que, en el estudio que aquí hago de nuestras costumbres, los testimonios fabulosos, siempre y cuando sean verosímiles, me sirven como si fuesen auténticos. Acontecido o no, en Roma o en París, a Juan o a Pedro, siempre ejemplificará un rasgo de la humana capacidad que yo utilizo. Los leo y los aprovecho, de las historias que citan me sirvo de las que son más raras y dignas de memoria. Hay autores cuyo único fin es relatar los acontecimientos; el mío, sería escribir, no lo acontecido, sino lo que puede acontecer. Lícito es en las discusiones de filosofía atestiguar con cosas verosímiles cuando no existen las reales; yo no voy tan allá, sin embargo; y sobrepaso en escrupulosidad a las historias mismas. En los ejemplos que saco de lo que he leído, oído, hecho o dicho, tengo por sistema no alterar ni modificar siquiera las más inútiles circunstancias: mi conciencia no falsifica ni una coma; de mi falta de ciencia no puedo responder lo mismo.
Creo yo que la ocupación de escribir la historia conviene bien a un teólogo o a un filósofo, y en general a los hombres prudentes, de conciencia exacta y exquisita. Solo ellos pueden deslindar su fe de las creencias del pueblo, responder de las ideas de personas desconocidas y mostrar sus conjeturas como moneda corriente. De las acciones que pasan ante su vista y que se prestan a interpretaciones varias se opondrían a prestar juramento ante un juez, y por íntimo trato que tuvieran con un hombre rechazarían igualmente responder con plenitud de sus intenciones. Tengo por menos aventurado escribir sobre las cosas pasadas que sobre las presentes, entre otras razones porque en las primeras el escritor no tiene que dar cuenta sino de una verdad prestada.
Me invitan algunos a relatar los sucesos de mi tiempo, considerando que los veo con ojos menos desapacibles que los demás, y más de cerca, por la proximidad en que la fortuna me ha puesto de los jefes de los distintos partidos. Pero no saben aquellos, que por alcanzar la gloria de Salustio no me procuraría ningún mal rato, como enemigo jurado que soy de toda obligación asidua y constante; ni que nada hay tan contrario a mi estilo como una narración dilatada. Falto de aliento, me detengo a cada momento. Ignoro más que una criatura los vocablos y frases que se aplican a las cosas más comunes; por eso he tomado a mi cargo el escribir solo sobre aquellas materias que se acomodan a mis fuerzas. Si me impusieran un asunto determinado, mi medida podría faltar a la suya, y como la libertad mía es tan grande, emitiría juicios que, en mi sentir y conforme a las luces de la razón, serían injustos y censurables.
Plutarco nos diría seguramente que no se responsabiliza de que todos los ejemplos de sus obras sean auténticos; que fueran útiles a la posteridad y estuvieran presentados de modo que nos encaminaran a la virtud fue lo que procuró. No ocurre lo mismo que con las medicinas de los cuentos antiguos: en estos es indiferente que la cosa pasara así, o de otro modo diferente.
CAPÍTULO XXII
EL BENEFICIO DE UNOS ES UN PERJUICIO
PARA OTROS
El ateniense Demades condenó a un hombre de su ciudad, cuyo oficio era vender las cosas necesarias para los entierros, so pretexto de que de su comercio quería sacar demasiado provecho y de que tal beneficio no podía alcanzarlo sin que mediase la muerte de muchas personas. Esta sentencia me parece desacertada, tanto más, cuanto que ningún provecho ni ventaja se alcanza sin el perjuicio de los demás. Según el dictamen de Demades habría que condenar, como ilegítimas, toda suerte de ganancias. El comerciante no logra beneficio sino merced a los desórdenes de la juventud, el labrador se aprovecha de la carestía de los trigos; el arquitecto de la ruina de las construcciones; los auxiliares de la justicia de los procesos y querellas que constantemente tienen lugar entre los hombres; el propio honor de los ministros de la religión se debe a nuestra muerte y a nuestros vicios; a ningún médico le es grata ni siquiera la salud de sus propios amigos, según nos dice un autor cómico griego; ni a ningún soldado el sosiego de su ciudad, y así sucesivamente. Más aún puede añadirse: si cada uno se examina en lo más recóndito de su espíritu, hallará que nuestros más íntimos deseos nacen y se alimentan a costa de nuestros semejantes. Si considero todo esto en conjunto me convenzo de que la naturaleza no se contradice en este punto de su marcha general, pues los naturalistas aseguran que el nacimiento, la nutrición y la multiplicación de cada especie tienen su origen en la corrupción y la extinción de otra.
Un cuerpo no puede abandonar su naturaleza sin que deje de ser lo que antes era.[1]
CAPÍTULO XXIII
CONSECUENCIAS DISTINTAS PARA LA MISMA ACCIÓN
Jacques Amyot, limosnero mayor de Francia, me contó un día la relación siguiente, que recae en honor de uno de nuestros príncipes (y bien nuestro era, aunque su origen fuese extranjero). Durante nuestros primeros trastornos civiles, en el sitio de Rouen, habiendo sido informado el príncipe por la reina madre de que se tramaba una conspiración contra su vida, e instruido además muy al detalle por las cartas de la reina sobre qué persona debía llevar a cabo la conjura: era un noble de Anjou que frecuentaba, para lograr su intento, la casa del príncipe; este no comunicó a nadie la advertencia, pero paseándose al día siguiente por el monte de Santa Catalina, donde estaba emplazada nuestra batería contra Rouen, teniendo a su lado al gran limosnero y a otro obispo, vio al noble que atentaba contra su vida y le hizo llamar. Cuando le tuvo ante su presencia, le habló así, mientras temblaba y palidecía a causa de su intranquila conciencia: «Señor, de no sé qué lugar; bien conocéis de lo que quiero hablaros, y vuestro semblante mismo lo declara. Nada tenéis que ocultarme, pues informado estoy de vuestro intento, en tan alto grado, que no haríais más que empeorar vuestra situación si tratarais de encubrir vuestro designio. Bien conocéis tal y tal cosa (que eran los medios, propósitos y todos los secretos más recónditos de la empresa); no dudéis, por vuestra vida, confesarme la verdad toda de la conspiración». Cuando el pobre hombre se encontró convicto y confeso (pues había sido descubierto ante la reina por uno de los cómplices), juntó las manos pidiendo gracia y misericordia al príncipe, a los pies del cual quería arrojarse, pero este impidió su propósito siguiendo de este modo: «¿Acaso os he disgustado? ¿He ofendido a alguno de los vuestros con mi odio personal? Solo tres semanas hace que os conozco; ¿qué razón os ha podido impeler a conspirar contra mi vida?». El noble respondió a estas preguntas con voz temblorosa que ninguna razón personal tenía para desear su muerte, sino el interés general de su partido, y que algunos le habían persuadido de que sería una acción piadosa dar muerte a un enemigo tan poderoso de su religión. «Pues bien —añadió el príncipe—, quiero mostraros que la religión que yo profeso es menos dura que la vuestra, la cual os ha conducido a darme la muerte sin oírme, sin haber recibido de mí ofensa alguna; mientras que la mía me aconseja que os perdone, aun cuando estoy convencido de que habéis querido matarme sin razón. Idos, pues; retiraos, que no os vea más por aquí; y si queréis obrar con prudencia en vuestras empresas, tratad en lo sucesivo de rodearos de personas más honradas de las que os impulsaron a vuestra acción.»
Encontrándose en la Galia el emperador Augusto, tuvo noticia de una conspiración que tramaba contra él Lucio Cinna. Augusto decidió vengarse, y para realizarla pidió al día siguiente consejo a sus amigos. Mas la noche de aquel día la pasó muy inquieta considerando que iba a ocasionar la muerte a un mozo de eximia familia, sobrino del gran Pompeyo, y sostuvo consigo mismo y en voz alta diversos razonamientos. «¿Sería procedente —se decía— que yo permaneciera con temor y alarma y que dejara a mi asesino libre y a sus anchas? ¿Es justo que le deje tranquilo, atentando contra mi vida, yo que he librado tantas guerras civiles, tantas batallas sostenidas por mar y tierra, y después de haber logrado asentar la paz más cabal en el mundo? ¿Será absuelto, habiendo decidido no solo asesinarme, sino también sacrificarme?», pues la conjura había decidido matarle cuando estuviera haciendo algún sacrificio. Después de haber hablado así permaneció mudo algunos minutos, y luego pronunció con voz más fuerte el siguiente monólogo: «¿Por qué vives si tantas personas tienen interés en que mueras? ¿Tus crueldades y venganzas no acabarán alguna vez? ¿Es tan grande el valor de tu vida que merezca que tantas personas sean sacrificadas para conservarla?». Livia, su esposa, al verle en una situación tan angustiada, le dijo: «¿Me será permitido darte un consejo? Sigue la conducta de los médicos, quienes cuando las recetas que emplean no producen efecto, echan mano de las contrarias. Nada has conseguido hasta ahora valiéndote de la severidad; Lépido ha seguido a Salvidenio; Murena a Lépido; Caepio a Murena; Egnacio a Caepio. Ensaya el resultado que te darían la dulzura y la clemencia. Cinna, es verdad, quiere darte la muerte; perdónale; ya no podrá ocasionarte nuevos perjuicios, y tus bondades hacia él recaerán en provecho de tu gloria». Augusto experimentó un gran placer al encontrar un abogado de su mismo parecer, y después de darle las gracias a su mujer y congregar a sus amigos en consejo, ordenó que hicieran comparecer solo a Cinna ante su presencia, hizo que todo el mundo se retirase de su habitación, mandó sentar a Cinna y le habló así: «En primer lugar, escúchame sin interrumpir mis palabras; momento tendrás de hacerlo más tarde; tú sabes, Cinna, que te han encontrado en el campo de mis adversarios; que no solo te hiciste mi enemigo, sino que tu condición es la de haber nacido tal, y que a pesar de todo te he salvado, he puesto en tus manos todos tus bienes, y que, en fin, te he dejado en una situación tan holgada y floreciente, que los vencedores mismos envidian la condición del vencido: el oficio de sacerdote que me pides te lo concedo, a pesar de habérselo rechazado a otros cuyos padres habían combatido siempre conmigo; y habiéndote dejado tan deudor de mí te propones matarme». Cinna repuso a las palabras de Augusto que estaba bien lejos de abrigar tan perverso propósito. «No cumples —añadió Augusto—, lo prometido; me habías asegurado que no me interrumpirías. Sí, has decidido matarme en tal lugar, tal día, en presencia de tal compañía y de tal manera.» Augusto, al verle transido al escuchar las últimas palabras, en un silencio que no era deliberado sino impuesto por su conciencia, añadió: «¿Por qué quieres darme la muerte? ¿Acaso para ser emperador? Los negocios públicos van realmente mal si soy yo solo quien te impide llegar a gobernar el imperio. No pudiste siquiera defender tu casa y perdiste hace poco un proceso contra un simple liberto. ¿Pues qué, no tienes otro medio de prosperar que chocar contra César? Abandono de buen grado el trono si de eso depende que realices tus esperanzas. ¿Piensas acaso que Paulo, Fabio, los Cosos y los Sevillanos te soportarían, como también un número considerable de nobles, que no lo son solo de nombre, sino también por su virtud?». Después de otras consideraciones, pues Augusto habló más de dos horas enteras, concluyó: «Ahora vete; aunque traidor y parricida, guarda tu vida, de la que te hago merced hoy y de la que te hice antes como enemigo; que la amistad comience hoy entre nosotros; veamos cuál de los dos procede en lo sucesivo con mayor lealtad: yo que te he dado la vida o tú que la has recibido». Tras pronunciar estas palabras, se separó de él. Algún tiempo después le concedió el consulado, y se lamentó de que Cinna no hubiera osado pedírselo. Después le tuvo como un gran amigo y fue el heredero de sus bienes. Después de este accidente, que aconteció a Augusto a los cuarenta años, no hubo nunca conjuras ni atentados contra su vida, recibió así un justo premio su conducta clemente. Pero no le ocurrió lo mismo al duque de Guisa, pues su dulzura no le libró de caer en los lazos de una conjuración. ¡Tan frívola y tan vana es la humana prudencia! Y a través de todos nuestros proyectos, de todos nuestros cuidados y precauciones, la circunstancia gobierna siempre el desenlace de los acontecimientos.
Decimos que los médicos son diestros cuando logran curar a un enfermo, como si solamente su arte, que por sí mismo no tiene fundamento, bastara sin el concurso que las circunstancias le prestan para alcanzar un resultado dichoso. Yo creo, en cuanto al arte de curar, todo lo mejor o todo lo peor que quieran decirme; pues, a Dios gracias, ningún comercio existe entre la medicina y yo. En este punto practico lo contrario que los demás; pues siempre rechazo su concurso, y cuando caigo malo, en vez de transigir con la enfermedad, más la detesto y más la temo; y digo a los que me invitan a tomar medicamentos que aguarden a que haya recuperado mis fuerzas y mi salud para contar con mejores medios de soportar el influjo de los brebajes. Dejo obrar a la naturaleza, suponiendo que se encuentra provista de dientes y garras para defenderse de los asaltos que la acosan y para mantener vivo este organismo por cuya conservación aquella pugna. Temo que, en lugar de socorrerla, se socorra el mal que la mina y que se la procuren nuevos males.
No solo en la medicina, sino en otras artes más seguras, la fortuna juega siempre su papel. Los arranques poéticos que arrastran al poeta fuera de sí, ¿por qué no atribuirlos a su buena estrella, puesto que el artista mismo declara que sobrepasan su capacidad y sus fuerzas, y reconoce que no se originan en su persona y que tampoco dependen de su voluntad? ¿No confiesan los oradores también que le deben a la fortuna los movimientos y las agitaciones extraordinarios que los impelen más allá de su designio? Acontece lo propio con la pintura, que a veces deja escapar de la mano del pintor rasgos que sobrepasan la ciencia y la concepción del artista, a quien admiran y sorprenden. Pero la fortuna muestra de un modo todavía más palmario su papel en todas las obras artísticas, en las bellezas y gracias que encontramos en ellas, y que no podemos atribuir no ya al propósito sino ni siquiera a la conciencia de su ejecutor: un lector inteligente descubre a veces en el espíritu de otro perfecciones distintas de las que el autor puso y advirtió, y les encuentra sentidos y matices diversos.
En cuanto a las empresas militares, cualquiera puede ver cómo la casualidad desempeña siempre un papel importante. En nuestros acuerdos y deliberaciones, se precisa igualmente la intervención de la suerte y de las circunstancias, pues nuestra penetración no alcanza demasiado; cuanto más vivo, cuanto más agudo es nuestro juicio, mayor debilidad reconocemos en él y tanto mayor desconfianza nos inspira.
Soy del parecer de Sila, que alejó la envidia que suscitaban sus expediciones afortunadas achacándolas a su buena estrella. Cuando considero con detenimiento las empresas más gloriosas de la guerra, me convenzo de que los que las dirigen no deliberan ni reflexionan sino por cubrir las apariencias; la parte principal de la empresa se la encomiendan a la fortuna, y merced a la confianza que esta les inspira sobrepasan todos los límites trazados por la razón. Sobrevienen inspiraciones inesperadas, extraños furores en medio de los planes mejor guiados, que impelen las más de las veces a los caudillos a tomar la determinación en apariencia menos fundada, pero que aumenta su valor muy por encima de la razón. Muchos esclarecidos capitanes de la antigüedad, con objeto de justificar sus temerarias determinaciones, declararon a sus huestes que estaban iluminados por la inspiración, o por algún signo o augurio.
Por eso en medio de la incertidumbre y de la perplejidad de no poder elegir lo más ventajoso, a causa de las incalculables circunstancias que acompañan a cada causa que nos solicita, lo adecuado, aunque la razón no nos invite a ello, es encaminarse a la solución más justa y honrada; ya que el verdadero camino se ignora, seguir siempre el más derecho. En los dos ejemplos de los que hablé antes no cabe duda de que fuera más generoso y más hermoso que el ofendido perdonase la ofensa en lugar de proceder de distinto modo. Si con esta prudente conducta le sobreviniere alguna desdicha no debe culpar a su buen designio, pues tampoco se sabe si, en caso de actuar de manera distinta, hubiese eludido el destino que le esperaba, y, en cambio, habría perdido la gloria de tan humanitaria conducta.
En las historias descubrimos a muchos personajes agobiados por ese temor. La mayor parte optaron por anticiparse a las conjuras que se tramaron contra ellos echando mano de suplicios y venganzas; mas en realidad se vieron muy pocos a quienes este proceder ayudara, como lo prueban los emperadores romanos. El soberano cuya vida está amenazada no debe confiar demasiado ni en su fuerza ni en su vigilancia, pues es bien difícil librarse de un enemigo encubierto bajo el velo del amigo más entregado, y conocer la voluntad y las ideas ocultas de quienes nos rodean. Inútil es que las naciones extranjeras se empleen en su guarda, inútil que se rodee de hombres armados. Quien menosprecia su propia vida se hará dueño siempre de la del prójimo. El sobresalto continuo que hace dudar de todo el mundo al soberano constituye para él un tormento supremo. Advertido Dión de que Calipso esperaba el momento para darle muerte, careció de valor para informarse de cuándo sería, y dijo que mejor prefería morir que vivir en la triste condición de tener que guardarse no ya solo de sus enemigos, sino también de sus amigos. Situación de espíritu de la que Alejandro nos da la más viva muestra cuando al ser informado por una carta de Parmenión de que Filipo, su médico preferido, había sido corrompido por el oro de Darío para envenenarle, al mismo tiempo que mostraba la carta a Filipo, tomó el brebaje que le había presentado, demostrando así que si los propios amigos trataban de arrebatarle la vida la entregaría de buen grado. Alejandro es el modelo soberano de las acciones arriesgadas, pero a mi entender ningún otro rasgo de su vida revela mayor entereza que este ni es tan hermoso.
Los que pregonan a los príncipes una desconfianza perenne y atentísima a favor de su seguridad personal, les arrojan a la ruina y la deshonra; nada noble puede sin riesgo llevarse a cabo. Yo sé de un soberano de valor marcialísimo por naturaleza y de complexión animosa, cuya buena fortuna se corrompe todos los días merced a reflexiones del tenor siguiente: «Que se proteja entre los suyos; que no consienta jamás en reconciliarse con sus antiguos enemigos; que se mantenga distante y no se encomiende a manos más vigorosas que las que lo gobiernan, sean cuales sean las promesas que le hagan y las ventajas que crea apreciar». Conozco a otro cuya fortuna se acrecentó inesperadamente por haber seguido la conducta en todo contraria.
El arrojo, cuya gloria buscan los soberanos con avidez, se prueba tan espléndidamente cuando es necesario en traje de corte como cubierto con los arreos guerreros; lo mismo en un gabinete que en un campo de batalla, así cuando el brazo está caído como cuando está levantado.
La prudencia meticulosa y circunspecta es mortal enemiga de las grandes empresas. Supo Escipión, para ganar la voluntad de Sifas, separarse de su ejército, y tras abandonar España de cuya conquista no estaba muy seguro, pasar a África con dos barquichuelos endebles para entregarse en tierra enemiga al poderío de un rey bárbaro, a una fe dudosa, sin obligación ni seguridad, merced al esfuerzo único de la grandeza de su propio valor, de su buena fortuna y de lo que le prometían las esperanzas que alentaba. «Muchas veces la confianza que inspiramos a los demás hace que estos nos procuren la suya.»[1] Una vida espoleada por la ambición y la fama precisa desechar las sospechas y menospreciarlas. El temor y la desconfianza atraen a las ofensas y las invitan. El más receloso de nuestros reyes[2] normalizó los negocios de su Estado tras haber abandonado y encomendado su vida y su libertad a manos de sus enemigos, mostrándoles una confianza cabal a fin de inspirarla también él. A sus legiones indisciplinadas y armadas en su contra, César oponía la mera autoridad de su semblante y la altivez de sus palabras; y era tal la confianza que tenía en sí mismo y en su buena estrella que no temió nunca abandonarse ni entregarse a un ejército rebelde y sedicioso:
Apareció sobre un cerro rodeado de césped, con el rostro intrépido; y sin que abrigara temor ninguno mereció ser temido.[3]
Es verdad que semejante presencia de ánimo no la pueden mostrar sin ingenuidad más que aquellos para quienes la idea de la muerte y de todas las desdichas que puedan sobrevenirles no les produzca ningún sobresalto. Temblar en el momento de reconciliarse como respuesta a un desplante o a la indisciplina es del todo absurdo. Para ganarse el corazón y la voluntad ajenos son medios excelentes someterse y fiarse, siempre y cuando se haga libremente, sin verse obligado por la necesidad; de manera que se albergue una confianza íntegra y pura en el medio elegido, y que el cuerpo esté descargado de toda inquietud. Siendo niño vi a un caballero, que mandaba una gran ciudad, trastornado por el pueblo en rebeldía; para que las cosas no pasaran a mayores, decidió abandonar el lugar segurísimo en que se hallaba para meterse entre las insubordinadas turbas, donde encontró la muerte. A mi juicio el error no estuvo tanto en salir, como suele decirse cuando se comenta el suceso, como en la sumisión y blandura que demostró; en la pretensión de adormecer la revuelta siguiendo la corriente en vez de encauzarla, empleando las súplicas en lugar de las reconvenciones. Creo yo que si hubiera echado mano de una severidad templada, escudado en el mando militar que debía inspirarle confianza y seguridad plenas, conforme con el rango y la dignidad de sus funciones, hubiera tenido mejor fortuna; por lo menos su muerte habría sido más digna de un caudillo. Lo que nunca debe esperarse de ese monstruo agitado es humanidad y dulzura; mejor reaccionará ante la coacción y el temor. Censuraría además que habiendo decidido lanzarse desarmado, a mi juicio de manera más temeraria que valerosa, en medio de aquel tempestuoso mar de hombres iracundos, debió sostener con resolución su papel en lugar de seguir la conducta que siguió, pues después de reconocer el peligro de cerca se amilanó y adoptó una actitud débil y sumisa, se horrorizó y trató de esconderse, con lo que enardeció más a las masas, y él mismo las lanzó sobre su persona.
Un día se deliberaba sobre llevar a cabo una formación de diversas tropas armadas (generalmente la milicia es el lugar donde se organizan las venganzas secretas, en ninguna otra parte pueden realizarse con seguridad mayor), y había casi la seguridad completa de que corrían malos vientos para quienes les tocaba el papel de reconocer y señalar a los de la conjura. Como era una situación difícil y que podía acarrear consecuencias graves, se propusieron muchas posibilidades para atajarla; la mía fue que se disimulara la duda; que aquellos que eran objeto de la conspiración se dirigieran a las filas con la cabeza erguida y el rostro sereno; y que en lugar de hacer acusaciones, se ordenase únicamente a los capitanes que los soldados disparasen en honor de los asistentes, y que no se economizara la pólvora. Esta conducta nos congració con las tropas, y engendró en adelante una mutua y provechosa confianza.
El proceder de Julio César creo que es entre todos el más hermoso que pueda adoptarse. Primero intentaba, valiéndose de la clemencia, hacerse amar hasta por sus propios enemigos, cuando conocía de una conjura se limitaba a declarar que ya estaba advertido; tomó la nobilísima resolución de aguardar sin miedo ni inquietudes lo que le pudiera sobrevenir, abandonándose y encomendándose a la custodia de los dioses y de la fortuna. Y era esta la conducta que seguía cuando fue asesinado.
Un extranjero propagó la voz de que podría instruir a Dionisio, tirano de Siracusa, de un medio seguro para conocer y descubrir con cabal certeza las tramas y maquinaciones que sus súbditos idearan contra él, y que se lo contaría a cambio de una fuerte suma. Advertido Dionisio le mandó llamar a fin de instruirse en un arte tan necesario para su supervivencia: entonces el extranjero le dijo que no tenía otra novedad que comunicarle, sino que le entregara un talento, y se envaneció luego de haber comunicado al monarca un secreto singular. No encontró Dionisio desdichada la invención e hizo donativo al farsante de seiscientos escudos. No es verosímil que hubiera hecho un obsequio tan importante a un desconocido sin que fuera la recompensa de una enseñanza utilísima. Efectivamente, la argucia sirvió para contener los planes de sus enemigos y mantenerlos en una tensión saludable. Por eso los príncipes obran cuerdamente cuando hacen públicos los avisos que reciben de las conjuras que se urden contra sus vidas, para demostrar que están bien advertidos, y que ni un paso puede darse sin que lo olfateen. El duque de Atenas cometió varias torpezas al establecer su reciente tiranía en Florencia; y fue la principal de todas que tras ser informado por Matteo di Morozo, uno de los conspiradores, de un atentado que el pueblo tramaba contra él, le asesinó para borrar la noticia, con el propósito de que no se supiera que alguien en la ciudad podía estar a disgusto con su paternal gobierno.
Recuerdo haber leído antaño la historia de un romano, sujeto de dignidad, que huyendo de la tiranía del triunvirato, había logrado escapar mil veces de entre las manos de sus perseguidores merced a la ingeniosidad de los recursos que adoptó. Ocurrió un día que unas personas a caballo, encargadas de prenderle, pasaron junto a unos matorrales donde se había guarecido, y estuvo a punto de ser descubierto; entonces el perseguido consideró las fatigas y trabajos a los que durante tanto tiempo había recurrido, calculó el mezquino placer que podía aguardar de semejante vida, y se preguntó si no sería mejor franquear el paso de una vez que permanecer constantemente sufriendo trances tan duros. Después él mismo llamó a los que iban en su busca, descubrió el escondrijo y se abandonó voluntariamente a su crueldad para evitarse una pena más dilatada. Lanzarse sobre las manos enemigas es un proceder algo extraño; de todos modos lo considero preferible a permanecer sumido en la fiebre continua de un mal que carece de remedio. Mas como las medidas que pueden adoptarse están llenas de inquietud e incertidumbre, mejor es prepararse con serenidad a cuanto pueda sobrevenir y consolarse pensando que también entra dentro de lo posible que la desdicha no sobrevenga.
CAPÍTULO XXXI
DE LOS CANÍBALES
Cuando el rey Pirro pasó a Italia, luego que hubo reconocido la organización del ejército romano que iba a batallar contra el suyo dijo: «No sé qué clase de bárbaros serán estos (sabido es que los griegos llamaban así a todos los pueblos extranjeros), pero la disposición de los soldados que veo no es bárbara en modo alguno». Otro tanto dijeron los griegos de las tropas que Flaminio introdujo en su país, y también Filipo al contemplar desde un cerro el orden y disposición del campamento romano, bajo mandato de Publio Sulpicio Galba. Esto prueba que es bueno guardarse de abrazar las opiniones comunes, y que hay que juzgar según la razón y no por la opinión corriente.
He tenido conmigo mucho tiempo un hombre que había vivido diez o doce años en ese mundo que ha sido descubierto en nuestro siglo, en el lugar en que Villegaignon tocó tierra, al cual puso por nombre Francia Antártica.[1] Este descubrimiento de un inmenso país bien vale la pena de ser tomado en consideración. Ignoro si en lo venidero tendrán lugar otros, en atención a que tantos y tantos hombres que valían más que nosotros no tenían ni siquiera presunción remota de lo que en nuestro tiempo ha acontecido. Yo recelo a veces que acaso tengamos los ojos más grandes que el vientre, y más curiosidad que capacidad. Lo abarcamos todo, pero solo atrapamos viento.
Platón nos muestra que Solón decía haberse informado de que según los sacerdotes de la ciudad de Saís, en Egipto, en tiempos remotísimos, antes del diluvio, existía una gran isla llamada Atlántida, a la entrada del estrecho de Gibraltar, la cual comprendía más territorio que Asia y África juntas; y que los reyes de esta región, que no solo poseían esta isla, sino que por tierra firme se extendían tan adentro que eran dueños de la anchura de África hasta Egipto, y de la longitud de Europa hasta la Toscana, quisieron llegar a Asia y subyugar todas las naciones que bordean el Mediterráneo, hasta el golfo del Mar Negro. A este fin atravesaron España, la Galia e Italia, y llegaron a Grecia, donde los atenienses los rechazaron; pero que andando el tiempo, los mismos atenienses, los habitantes de la Atlántida y la isla misma fueron sumergidos por las aguas del diluvio. Es muy probable que los destrozos que este produjo hayan ocasionado cambios extraños en las diferentes regiones de la Tierra, y algunos dicen que del diluvio data la separación de Sicilia de Italia:
Dícese que en lo antiguo estas tierras eran un mismo continente; por un empuje violento las separó el mar embravecido…[2]
la de Chipre de Siria y la de la isla de Negroponto de Beocia, y que también juntó territorios que estaban antes separados, cubriendo de arena y limo los fosos intermediarios.
Una laguna, estéril mucho tiempo, que hundían los remos de la barca, conoce hoy el arado y alimenta las ciudades vecinas.[3]
Mas no hay ninguna posibilidad de que esta isla sea el mundo que acabamos de descubrir, pues tocaba casi con España, y habría que suponer que la inundación había ocasionado un trastorno enorme en el globo terráqueo, apartados como se encuentran los nuevos países por más de mil doscientas leguas de nosotros. Las navegaciones modernas, además, han demostrado que no se trata de una isla, sino de un continente o tierra firme con la India oriental de un lado y las tierras que están bajo los dos polos de otro; y que, de estar separada, el estrecho es tan pequeño que no merece por ello el nombre de isla.
Parece que hay movimientos naturales y fuertes sacudidas en esos continentes y tantos ríos como agua en nuestro organismo. Cuando considero la acción que el río Dordoña ocasiona actualmente en la margen derecha de su curso, el cual se ha ensanchado tanto que ha llegado a minar los cimientos de algunos edificios, me formo una idea de aquella agitación extraordinaria que, de seguir en aumento, cambiaría la configuración del mundo; mas no acontece así, porque los accidentes y movimientos, se originen en un sitio o en otro, no suponen ya cambios significativos en la orografía. Y no hablo de las repentinas inundaciones que nos son tan conocidas. En Médoc, a lo largo del mar, mi hermano, el señor de Arsac, ha visto una de sus fincas enterrada bajo las arenas que el mar arrojó sobre ella; todavía se ven los restos de algunas construcciones; sus dominios y rentas se han convertido en miserables tierras de pastos. Los habitantes dicen que, de algún tiempo acá, el mar se les acerca tanto, que ya han perdido cuatro leguas de territorio. Las arenas que arroja son a manera de vanguardia. Se ven grandes dunas de tierra movediza, distantes media legua del océano, que van ganando el país.
El otro antiguo testimonio que pretende relacionarse con este descubrimiento lo encontramos en Aristóteles, dado que el libro de las Maravillas lo haya compuesto el filósofo. En esta obrilla se cuenta que algunos cartagineses, navegando por el océano Atlántico, fuera del estrecho de Gibraltar, bogaron largo tiempo y acabaron por descubrir una isla fértil, poblada de bosques y bañada por ríos importantes, de profundo cauce; estaba la isla muy lejos de tierra firme, de manera que los primeros navegantes y otros que los siguieron, atraídos por la bondad y la fertilidad de la tierra, llevaron consigo a sus mujeres e hijos y se aclimataron en el nuevo país. Viendo los señores de Cartago que su territorio se despoblaba poco a poco, prohibieron, bajo pena de muerte, que nadie emigrara a la isla, y arrojaron a los habitantes de esta, temiendo, según se cree, que andando el tiempo alcanzaran poderío, suplantasen a Cartago y ocasionaran su ruina. Este relato de Aristóteles tampoco se refiere al novísimo descubrimiento.
El hombre de que he hablado era sencillo y rudo, condición adecuada para ser verídico testimonio, pues los espíritus cultivados, si bien observan con mayor curiosidad y mayor número de cosas, suelen glosarlas en exceso, y a fin de poner de relieve la interpretación de que las acompañan, las adulteran; jamás muestran lo que ven al natural, siempre lo truecan y desfiguran conforme al aspecto bajo el cual lo han visto, de modo que para dar crédito a su testimonio y ser agradables, deforman de buen grado la materia, alargándola o ampliándola. Se precisa, pues, de un hombre fiel, o tan sencillo, que no tenga para qué inventar o acomodar a la verosimilitud falsas relaciones, un hombre ingenuo. Así era el mío, el cual, además, me hizo conocer en varias ocasiones marineros y comerciantes que en su viaje había visto, de suerte que a sus informes me atengo sin confrontarlos con las relaciones de los cosmógrafos. Habríamos menester de geógrafos que nos relatasen circunstanciadamente los lugares que visitaran; mas las gentes que han estado en Palestina, por ejemplo, juzgan por ello poder disfrutar el privilegio de darnos noticia del resto del mundo. Yo quisiera que cada cual escribiese sobre aquello que conoce bien, no precisamente en materia de viajes, sino en toda suerte de cosas, pues tal puede hallarse que posea particular ciencia o experiencia de la naturaleza de un río o de una fuente y que en lo demás sea absolutamente lego. Sin embargo, si le viene a las mientes escribir sobre el río o la fuente, englobará con ello toda la ciencia física. De este vicio surgen varios inconvenientes.
Volviendo a mi asunto, creo que nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones, según lo que se me ha referido; lo que ocurre es que cada cual llama «barbarie» a lo que es ajeno a sus costumbres. Como no tenemos otro punto de vista para distinguir la verdad y la razón que el ejemplo e idea de las opiniones y usos del país en que vivimos, en él tienen su asiento la perfecta religión, el gobierno más cumplido y el más irreprochable uso de todas las cosas. Así son salvajes esos pueblos como los frutos a los que aplicamos igual nombre por germinar y desarrollarse espontáneamente; en verdad creo yo que más bien deberíamos nombrar así a los que por medio de nuestro artificio hemos modificado y apartado del orden a que pertenecían; en los primeros se guardan vigorosas y vivas las propiedades y virtudes naturales, que son las verdaderas y útiles, las cuales hemos bastardeado en los segundos para acomodarlos al placer de nuestro gusto corrompido; y sin embargo, el sabor mismo y la delicadeza se avienen con nuestro paladar, que encuentra excelente, en comparación con los diversos frutos de aquellas regiones, que se desarrollan sin cultivo. El arte no vence a la madre naturaleza, grande y poderosa. Tanto hemos recargado la belleza y riqueza de sus obras con nuestras invenciones, que la hemos ahogado; de manera que allí donde su belleza resplandece, la naturaleza deshonra nuestras invenciones frívolas y vanas.
La hiedra crece sin cultivo; el árbol no es nunca más frondoso que cuando prospera en los abismos solitarios; el canto de las aves es más dulce sin el concurso del arte.[4]
Todos nuestros esfuerzos juntos no logran siquiera edificar el nido del más insignificante pajarillo, no reproducen su belleza ni su utilidad; ni siquiera acertarían a formar el tejido de una mezquina tela de araña.
Platón dice que todas las cosas son obra de la naturaleza, de la suerte o del arte. Las más grandes y magníficas proceden de una de las dos primeras causas; las más insignificantes e imperfectas, de la última.
Esas naciones me parecen, pues, solamente bárbaras, en el sentido de que en ellas ha dominado escasamente la huella del espíritu humano, y porque permanecen todavía en los confines de su ingenuidad primitiva. Las leyes naturales dirigen su existencia muy poco bastardeadas por las nuestras, de tal suerte que, a veces, lamento que no hayan tenido noticia de tales pueblos los hombres que hubieran podido juzgarlos mejor que nosotros. Siento que Licurgo y Platón no los hayan conocido, pues se me figura que lo que por experiencia vemos en esas naciones sobrepasa no solo las pinturas con que la poesía ha embellecido la edad de oro de la humanidad, sino que todas las invenciones que los hombres pudieran imaginar para alcanzar una vida dichosa, juntas con las condiciones mismas de la filosofía, no han logrado representarse una ingenuidad tan pura y sencilla, comprable a la que vemos en esos países, ni han podido creer tampoco que una sociedad pudiera sostenerse con tan poco artificio, y, como si dijéramos, sin complicaciones humanas. Es un pueblo, le diría a Platón, en el cual no existe ninguna especie de tráfico, ningún conocimiento de las letras, ningún conocimiento de la ciencia de los números, ningún nombre de magistrado ni de otra suerte, que se aplique a ninguna superioridad política; tampoco hay ricos, ni pobres, ni contratos, ni sucesiones, ni particiones, ni más profesiones que las ociosas, ni más relaciones de parentesco que las comunes; las gentes van desnudas, no tienen agricultura ni metales, no beben vino ni cultivan los cereales. Las palabras mismas que significan la mentira, la traición, el disimulo, la avaricia, la envidia, la detractación, el perdón, les son desconocidas. ¡Cuán distante hallaría Platón la república que imaginó de la perfección de estos pueblos!
Tales fueron las primitivas leyes de la naturaleza.[5]
Viven en un lugar del país pintoresco y tan sano que, según atestiguan los que lo vieron, es muy raro encontrar un hombre enfermo, legañoso, desdentado o encorvado por la vejez. Están situados a lo largo del océano, defendidos del lado de la tierra por grandes y elevadas montañas, que distan del mar unas cien leguas aproximadamente. Tienen gran abundancia de carne y pescados, que en nada se asemejan a los nuestros, y que comen cocidos, sin aliño alguno. El primer hombre que vieron montado a caballo, aunque ya había tenido con ellos relaciones en anteriores viajes, les causó tanto horror que le mataron a flechazos antes de reconocerlo. Sus edificios son muy largos, capaces de contener doscientas o trescientas almas; los cubren con la corteza de grandes árboles, están fijos al suelo por un extremo y se apoyan unos sobre otros por los lados, a la manera de algunas de nuestras granjas; la parte que los guarece llega hasta el suelo y les sirve de flanco. Tienen madera tan dura que la emplean para cortar, y con ella hacen espadas y parrillas para asar la carne. Sus lechos son de un tejido de algodón, y están suspendidos del techo como los de nuestros navíos; cada cual ocupa el suyo; las mujeres duermen separadas de sus maridos. Se levantan cuando amanece, y comen, luego de haberse levantado, y les vale para todo el día, pues hacen una sola comida; y en esta no beben; así dice Suidas que hacen algunos pueblos de Oriente: solo beben fuera de la comida varias veces al día y abundantemente; preparan el líquido con ciertas raíces, tiene el color del vino claro y no lo toman sino tibio. Este brebaje, que no se conserva más que dos o tres días, es algo picante, pero no se sube a la cabeza; es saludable al estómago y sirve de laxante a los que no tienen costumbre de beberlo, pero a los que están habituados les es muy grato. En lugar de pan comen una sustancia blanca como harina azucarada; yo la he probado, y tiene el gusto dulce y algo desabrido. Pasan todo el día bailando. Los más jóvenes van a la caza de montería armados de arcos. Una parte de las mujeres se ocupa en calentar el brebaje, que es su principal oficio. Siempre hay algún anciano que por las mañanas, antes de la comida, predica a todos los que viven en una granjería, paseándose de un extremo a otro y repitiendo muchas veces la misma exhortación hasta que acaba de recorrer el recinto, que tiene unos cien pasos de longitud. No les recomienda sino dos cosas el anciano: valor contra los enemigos y buen trato con sus mujeres, y a esta segunda recomendación añade siempre que ellas son las que les suministran la bebida templada y en sazón. En varios lugares pueden verse, yo tengo algunos de estos objetos en mi casa, la forma de sus lechos, cordones, espadas, brazaletes de madera con que se preservan los puños en los combates, y grandes bastones con una abertura por un extremo, con los que dirigen la cadencia de sus danzas. Llevan el pelo cortado al rape, y se afeitan mejor que nosotros, sin otro utensilio que una navaja de madera o piedra. Creen en la inmortalidad del alma, y que las que lo han merecido van a reposar al cielo de los dioses donde el sol nace, y que las malditas van al sitio donde el sol se pone.
Tienen unos sacerdotes y profetas que se presentan muy poco ante el pueblo, y que viven en las montañas. A la llegada de ellos se celebra una fiesta y una asamblea solemne, en la que toman parte varias granjas; cada una de estas, según queda descrita, forma un pueblo, y se encuentran situados a una legua francesa de distancia. Los sacerdotes les hablan en público, los exhortan a la virtud y al deber, y toda su ciencia moral se encuentra comprendida en dos artículos, que son la proeza en la guerra y el afecto hacia sus mujeres. Los mismos sacerdotes les pronostican el porvenir y el resultado que deben esperar en sus empresas, encaminándolos o apartándolos de la guerra. Mas si son malos adivinos, si predicen lo contrario de lo que acontece, se les corta y tritura en mil pedazos, caso de atraparlos, acusados de falsos profetas. Por esta razón, aquel que se equivoca una vez desaparece luego para siempre.
La adivinación es solo don de Dios, y por eso debería ser castigado como impostor el que de ella abusa. Entre los escitas, cuando los adivinos se equivocaban, se les tendía, amarrados con cadenas los pies y las manos, en carros llenos de retama, tirados por bueyes, y así se los quemaba. Los que rigen la conducta de los hombres son excusables de hacer para lograr su misión lo que pueden; pero a esos otros que nos vienen engañando con las seguridades de una facultad extraordinaria, cuyo fundamento reside fuera de los límites de nuestro conocimiento, ¿por qué no castigarlos a causa de que no mantienen el efecto de sus promesas, al par que por lo temerario de sus imposturas?
Los pueblos de los que voy hablando hacen la guerra contra las naciones que viven del otro lado de las montañas, más adentro de la tierra firme. En estas luchas todos van desnudos; no llevan otras armas que arcos, o espadas de madera afiladas por un extremo, parecido a la hoja de un venablo. Es cosa sorprendente el considerar estos combates que siempre acaban con la matanza y derramamiento de sangre, pues la derrota y el pánico son desconocidos en aquellas tierras. Cada cual lleva como trofeo la cabeza del enemigo que ha matado y la coloca a la entrada de su vivienda. A los prisioneros, después de haberles dado buen trato durante algún tiempo y de haberlos favorecido con todas las comodidades que imaginan, el jefe congrega a sus amigos en una asamblea, sujeta con una cuerda uno de los brazos del cautivo, y por el extremo de ella le mantiene a algunos pasos, a fin de no ser herido; el otro brazo lo sostiene de igual modo el mejor amigo del jefe; en esta disposición, le destrozan a espadazos. Hecho esto, le asan, se lo comen entre todos y envían algunos trozos a los amigos ausentes. Y no se lo comen para alimentarse, como antiguamente hacían los escitas, sino para conducir la venganza hasta el último límite; y así es en efecto, pues tras advertir que los portugueses que se unieron a sus adversarios ponían en práctica otra clase de muerte contra ellos cuando los cogían, que consistía en enterrarlos hasta la cintura y lanzarles luego en la parte descubierta gran número de flechas para después ahorcarlos, creyeron que estos hombres del otro mundo, igual que habían sembrado su territorio con el conocimiento de muchos vicios, estaban más ejercitados que ellos en todo género de malicia, y que no realizaban sin motivo aquel género de venganza, de manera que desde entonces la consideraron una muerte más cruel que la suya; así que abandonaron su antigua práctica por la nueva de los portugueses. No dejo de reconocer la barbarie y el horror que supone comerse al enemigo, mas sí me sorprende que comprendamos y veamos sus faltas y seamos ciegos para reconocer las nuestras. Creo que es más bárbaro comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente, y echarlo luego a los perros o a los cerdos; esto, no solo lo hemos leído, sino que lo hemos visto recientemente, y no es que se tratara de antiguos enemigos, sino de vecinos y conciudadanos, con la agravante circunstancia de que para la comisión de tal horror sirvieron de pretexto la piedad y la religión. Esto es más bárbaro que asar el cuerpo de un hombre y comérselo después de muerto.
Crisipo y Zenón, maestros de la secta estoica, opinaban que no había inconveniente alguno en servirse de nuestros despojos para cualquier cosa que nos fuera útil, ni tampoco en servirse de ellos como alimento. Sitiados nuestros antepasados por César en la ciudad de Alesia, determinaron, para no morirse de hambre, alimentarse con los cuerpos de los ancianos, mujeres y demás personas inútiles para el combate.
Se cuenta que los vascones prolongaron su vida nutriéndose con carne humana.[6]
Los mismos médicos no tienen inconveniente en emplear los restos humanos para las operaciones que practican en los cuerpos vivos, y los aplican, ya interior, ya exteriormente. Jamás se vio en aquellos países opinión tan relajada que disculpase la traición, la deslealtad, la tiranía y la crueldad, que son nuestros pecados ordinarios. Podemos, pues, llamarlos bárbaros en función de los preceptos que la sana razón dicta, mas no si los comparamos con nosotros, que los sobrepasamos en todo género de barbarie. Sus guerras son completamente nobles y generosas; son tan excusables y abundan en acciones tan hermosas como esta enfermedad humana puede admitir. No luchan por la conquista de nuevos territorios, pues gozan de una fertilidad tan natural que pueden alimentarse sin trabajo ni fatigas cuanto les es preciso, y de manera tan abundante que les sería inútil ensanchar sus límites. Se encuentran en la situación dichosa de no codiciar sino aquello que sus naturales necesidades les ordenan; todo lo que a estas sobrepasa es superfluo para ellos. Generalmente los de una misma edad se llaman hermanos, hijos los menores, y los ancianos se consideran como padres de todos. Estos últimos dejan a sus herederos la plena posesión de sus bienes en común, sin más títulos que el que la naturaleza da a las criaturas al echarlas al mundo. Si sus vecinos trasponen las montañas para sitiarlos y logran vencerlos, el botín del triunfo consiste únicamente en la gloria y superioridad de haberlos sobrepasado en valor y en virtud, pues de nada les servirían las riquezas de los vencidos. Regresan a sus países, donde nada de lo preciso les falta, y donde saben además acomodarse a su condición y vivir contentos con ella. Igual virtud adorna a los del bando contrario. A los prisioneros no les exigen otro rescate que la confesión y el reconocimiento de haber sido vencidos; pero no se ve ni uno solo en todo el transcurso de un siglo que no prefiera antes la muerte que mostrarse cobarde ni de palabra ni de obra; ninguno pierde un adarme de su invencible esfuerzo, ni se ve ninguno tampoco que no prefiera morir y ser devorado antes que solicitar el perdón. Los tratan con entera libertad a fin de que la vida les sea más grata, y les hablan de las amenazas de una muerte próxima, de los tormentos que sufrirán, de los preparativos que se disponen a este efecto, del magullamiento de sus miembros y del festín que se celebrará a sus expensas. De todo se echa mano con el propósito de arrancar de sus labios alguna palabra blanda o alguna bajeza, y también para hacerlos entrar en deseos de huir para de este modo poder vanagloriarse de haberles metido miedo y quebrantado su firmeza, pues consideradas las cosas rectamente, solo en esto reside la victoria verdadera:
La sola victoria verdadera es la que fuerza al enemigo a declararse vencido.[7]
Los húngaros, combatientes belicosísimos, no iban tampoco en la persecución de sus enemigos más allá de ese punto de reducirlos a pedir clemencia. En cuanto alcanzaban semejante confesión, los dejaban libres, sin ofenderlos ni pedirles rescate; lo más a que llegaban las exigencias de los vencedores era a obtener la promesa de que en lo sucesivo no se levantarían en armas contra ellos. Bastantes ventajas alcanzamos sobre nuestros enemigos, que no son comúnmente sino prestadas y no peculiares nuestras. Más propio es de un mozo de cuerda que de la fortaleza de ánimo el tener los brazos y las piernas duros y resistentes; la buena disposición para la lucha es una cualidad estéril y corporal; de la fortuna depende que venzamos a nuestro enemigo, y que nos impongamos. Se trata de habilidad y destreza, y puede estar al alcance de un cobarde o de un mentecato ser un consumado maestro de la esgrima. La estimación y la valía de un hombre residen en el corazón y en la voluntad; allí reside el verdadero honor. La valentía es la firmeza, no de las piernas ni de los brazos, sino del vigor y del alma. No consiste en el valor de nuestro caballo ni en la solidez de nuestra armadura, sino en el temple de nuestro pecho. El que cae lleno de ánimo en el combate, «si cae en tierra combate de rodillas»;[8] el que desafiando todos los peligros ve la muerte cercana y por ello no disminuye un punto en su fortaleza; quien al exhalar el último suspiro mira todavía a su enemigo con altivez y desdén, son derrotados no por nosotros, sino por la mala fortuna; muertos pueden estar, mas no vencidos. Los más valientes son a veces los más infortunados, así que puede decirse que hay pérdidas triunfantes que equivalen a las victorias. Ni siquiera aquellas cuatro hermanas, las más hermosas que el sol haya alumbrado sobre la tierra, las de Salamina, Platea, Micala y Sicilia, podrán jamás oponer toda su gloria a la derrota del rey Leónidas y de los suyos en el desfiladero de las Termópilas. ¿Quién corrió nunca con gloria más viva ni ambiciosa pese a vencer en el combate que el capitán Iscolas en su derrota? ¿Quién logró con su salvación más fama que él de su ruina? Estaba encargado de defender cierto paso del Peloponeso contra los arcadios, y como se sintiera incapaz de cumplir su misión a causa de la naturaleza del lugar y de la desigualdad de fuerzas, convencido de que todo cuanto los enemigos quisieran hacer lo harían, y por otra parte, considerando indigno de su propio esfuerzo y magnanimidad, así como también del nombre Lacedemonio el ser derrotado, adoptó la determinación siguiente: a los más jóvenes y mejor dispuestos de su ejército los reservó para la defensa y servicio de su país, y les ordenó que partieran; con aquellos cuya muerte era de menor trascendencia decidió defender el desfiladero, y con la muerte de todos hacer pagar cara a los enemigos la entrada, como sucedió efectivamente, pues viéndose de pronto rodeado por todas partes por los arcadios, entre quienes hizo una atroz carnicería, él y los suyos fueron luego pasados a cuchillo. ¿Existe algún trofeo asignado a los vencedores que no pudiera aplicarse mejor a estos vencidos? El vencer verdadero tiene por carácter no tanto preservar la vida, sino el batallar, y el honor reside más en combatir que el derrotar.
Volviendo a los caníbales, diré que, lejos de rendirse los prisioneros por las amenazas que se les hacen, ocurre lo contrario; durante los dos o tres meses que permanecen en tierra enemiga están alegres, y meten prisa a sus amos para que se apresuren a darles la muerte, desafiándolos, injuriándolos, y echándoles en cara la cobardía y el número de batallas que perdieron contra los suyos. Guardo una canción compuesta por uno de aquellos, en que se advierten los rasgos siguientes: «Que vengan resueltamente todos cuanto antes, que se reúnan para comer mi carne, y comerán al mismo tiempo la de sus padres y la de sus abuelos, que antaño sirvieron de alimento a mi cuerpo; estos músculos, estas carnes y estas venas son los vuestros, pobres locos; no reconocéis que la sustancia de los miembros de vuestros antepasados reside todavía en mi cuerpo; saboreadlos bien, y encontraréis el gusto de vuestra propia carne». En nada se asemeja esta canción a las de los salvajes. Los que los pintan moribundos y los representan cuando se los sacrifica, muestran al prisionero escupiendo en el rostro a los que le matan y haciéndoles gestos. Hasta que exhalan el último suspiro no cesan de desafiarlos de palabra y por obras. ¿Son aquellos hombres, que no conocen la mentira, completamente salvajes comparados con nosotros? Preciso es que lo sean a sabiendas o que lo seamos nosotros. Hay una distancia enorme entre su manera de ser y la nuestra.
Los varones tienen allí varias mujeres, en tanto mayor número cuanta mayor es la fama que gozan de valientes. Es cosa hermosa y digna de notarse en los matrimonios, en lugar de los celos a los que recurren nuestras mujeres para impedirnos comunicación y trato con las demás, las suyas ponen cuanto está de su parte para que ocurra lo contrario. Abrigando mayor interés por el honor de sus maridos que por todo lo demás, emplean la mayor solicitud de que son capaces en recabar el mayor número posible de compañeras, puesto que tal circunstancia prueba la virtud de sus esposos. Las nuestras tendrán esta costumbre por absurda mas no lo es en modo alguno, sino más bien una buena prenda matrimonial, de la cualidad más relevante. Algunas mujeres de la Biblia: Lía, Raquel, Sara y las de Jacob, entre otras, facilitaron a sus maridos sus hermosas sirvientes. Livia secundó los deseos de Augusto en perjuicio propio. Estratonicia, esposa del rey Dejotaro, proc
