Vieja escuela

Tobias Wolff

Fragmento

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Retrato de una clase

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Robert Frost nos visitó en noviembre de 1960, sólo una semana después de las elecciones generales. Dice algo sobre nuestro colegio que la perspectiva de su llegada suscitara más interés que la contienda electoral entre Nixon y Kennedy, la cual para la mayoría de nosotros no fue en absoluto una contienda. Nixon era un estrecho y un gruñón. Si hubiera sido uno de los nuestros le habríamos parado los pies. Kennedy, sin embargo... Ése sí que era luchador, irónico, preciso y nada histérico. Controlaba perfectamente la ropa. Su mujer era una preciosidad. Y había leído y escrito libros, de los cuales Por qué se durmió Inglaterra era lectura obligada en mi seminario avanzado de historia. A Kennedy lo reconocíamos; todavía podíamos ver en él al chico que hubiera sido aquí uno de los preferidos, travieso y listo, con esa desenvoltura tan comedida que dejaba a las claras, y al tiempo pasaba por alto, el hecho de su clase social.

Pero no habríamos admitido que la clase social desempeñaba el menor papel en el hecho de que Kennedy nos gustase. El nuestro no era un colegio esnob, o eso nos creíamos, y hacíamos todo lo que podíamos por que aquello pareciera verdad. Todo el mundo realizaba alguna tarea. Los becados podían declarar que lo eran o no, como les apeteciera; el propio colegio no hacía distingos. Se daba por sabido que algunos chicos podrían presumir de sus apellidos famosos o de su gran riqueza, pero si su situación privilegiada les proporcionaba de inmediato un puesto destacado, al resto de nosotros nos gustaba creer que era un puesto peligroso. A partir de él uno nunca podía progresar, sólo podía tratar de no perderlo por hablar demasiado de las puestas de largo a las que iba o de los Jaguar que le regalaban al cumplir los dieciséis años. Y entretanto, a falta de otras distinciones, uno se plegaba a un sistema de valores establecido que no tenía en cuenta más que lo que uno había hecho por sí mismo.

Ésa era la idea, arraigada tan profundamente que nunca se mencionaba; uno la respiraba con el olor a cera de los suelos y a chicos que viven muy cerca unos de otros en habitaciones recalentadas. Nunca se mencionaba, de modo que nunca se ponía en duda. Y el otro aspecto de la idea era que cualquier cosa que uno hiciera por sí mismo, el colegio la aceptaría como muestra de valor por encima de cualquier otra consideración. El terreno era muy amplio. Como en todos los colegios, se valoraba a los deportistas, y se les tenía en gran estima, especialmente a los que se dedicaban a la lucha libre, quienes machacaban alegremente a chicos ceñudos y esforzados de toda la Costa Este. En el colegio caían especialmente bien los luchadores y los jugadores de fútbol americano, pero también los que debatían implacablemente y los brillantes eruditos, los cantantes y campeones de ajedrez, los que animaban a los equipos y los actores y músicos y tipos ingeniosos y, sobre todo, los que escribían.

Si el colegio tenía algo esnob que se pudiera confesar, era su orgullo por ser un lugar donde se valoraba la literatura; y eso sin tener en cuenta los escritores tan interesantes que lo visitaban tres veces al año. El director había estudiado con Robert Frost, en Amherst, y había publicado hacía tiempo un libro de poemas, Sonetos contra la tormenta, que ahora le dolía que se le mencionase. Aunque incluido en el fichero de la biblioteca, el libro había desaparecido, y corrían rumores de que lo había hecho destruir el director. Puede que con razón; pero ¿cuántos directores de colegios más habían publicado tan siquiera un poema, bueno o malo, por no hablar de un volumen entero? El señor Makepeace, el decano, había sido amigo de Hemingway durante la Primera Guerra Mundial y se decía que había servido de modelo para Bill, el compañero de pesca de Jake en Fiesta. Los demás profesores de literatura se comportaban como si también ellos fueran íntimos de Hemingway, y de Shakespeare, Hawthorne y Donne. Aquellos hombres nos parecían una especie de orden de caballería. Hasta los chicos sin ansias librescas imitaban su descuidado estilo en el vestir y la esgrima ritual de sus exposiciones verbales. Y en los tés mensuales del director, me llamaba la atención el modo en que los demás profesores se movían por los bordes del círculo por ellos formado, como si se calentaran en una hoguera.

¿Por qué suscitaban tanto interés los profesores de literatura? Comparados con los hombres que enseñaban física o biología, ¿qué sabían en realidad del mundo? A mí me parecía, y no sólo a mí, que sabían exactamente lo que más merecía la pena saber. A diferencia de nuestros profesores de matemáticas y ciencias, que se limitaban a su materia, ellos tendían a ser omnicomprensivos. Aficionados como eran a la disección, nunca dejarían una novela o un poema esparcidos en trozos por ahí como una rana destripada apestando a formaldehído. Los volvían a coser con historia y psicología, filosofía, religión, e incluso, ocasionalmente, ciencia. Sin hacer concesiones a nuestro supuesto deseo de identificarnos con el héroe de un relato, te hacían sentir que lo que le importaba al escritor también te importaba a ti.

Digamos que acabas de leer «Quemar cobertizos», de Faulkner. Como el hijo del relato, has percibido los defectos en el carácter de tu padre. Pensar en ello te incomoda; si estuvieras solo probablemente cerrarías el libro y te pondrías a pensar en otras cosas. Pero en lugar de eso, te toma de la mano un hombre alto, protector, con una distinguida cojera, que hace que tú y un aula llena de otros chicos consideréis lo que significa ser hijo. La lealtad que es tu deber y tu dignidad y tu problema. Lo buena que es la lealtad, y sus dificultades y trampas, cómo la lealtad también se puede convertir en traición, a la propia identidad y al mundo fuera del vínculo de sangre.

Nunca has tenido una conversación así, con nadie. Y resulta que igual que entiendes que los problemas de tu padre con el mundo —fragilidad emocional, dudas sobre sí mismo, una insuficiente honradez—, y sólo ellos, no le llevarían a provocar un incendio, sabes que tu propia lealtad nunca será el motivo de la tragedia. Tú no te alejarás con dolor de tu padre como hace el chico del relato, sino que le abandonas sin pesar. Y cuando aceptas esa separación, parece que pasa esto: la cara triste y carnosa de tu padre se hace borrosa, y parpadeas para no seguir viéndola y luego alzas la vista hacia donde tu profesor se apoya en su mesa, una mano en el bolsillo de la chaqueta, la otra frotándose la rodilla inútil mientras escucha desolado al listillo tan aburrido de detrás de ti decir algo sobre imágenes de pájaros.

 

 

En mi colegio había una tradición según la cual un chico tenía derecho a una audiencia privada con cada escritor que nos visitara. Competíamos por ese honor presentando algo que hubiéramos escrito: poesía si el invitado era un poeta, prosa si era novelista. El escritor elegía al ganador una semana o así antes de su llegada. El ganador conseguía que se publicase en el periódico del colegio su poema o su relato y, posteriormente, una fotografía suya paseando por el jardín del director con el escritor de visita.

Por costumbre, sólo se les permitía participar a los de sexto, los chicos del último curso. Eso significaba que yo había pasado los tres últimos cursos contemplando con impotencia cómo un chico tras otro era elegido de entre el grupo de pretendientes e invitado a pasear entre las apreciadas rosas del director en la bendita y bienaventurada presencia de la propia literatura, para hablar de cuestiones profundas y recibir consejo, y después de eso ser capaz de decir: ¿Te gustó Brotes de pasión? Estás bromeando. Lo que quiero decir, Dios santo, es que deberías oír a Mary McCarthy referirse a Cozzens...

Era difícil de soportar, especialmente si el manuscrito ganador procedía de la mano de alguien que no te gustaba o, peor aún, de un chico que ni siquiera se sabía que participaba; aunque eso sólo había ocurrido una vez durante mis años de espera entre bastidores, cuando un evidente filisteo llamado Hurst ganó una audiencia con Edmund Wilson por una serie de odas satíricas en latín. Pero todos los demás ganadores procedían, como era predecible, del mismo rebaño: chicos que destacaban en las clases de literatura y que presentaban trabajos a la revista del colegio y andaban por ahí con otros chicos enloquecidos con los libros.

Los escritores no nos conocían, de modo que nadie les podía acusar de favoritismo, pero eso no impedía que discutiéramos sus decisiones. ¿Cómo podía preferir Robert Penn Warren el sencillo relato de Kit Morton sobre la abuela moribunda al monólogo interior de Lance Leavitt desde el punto de vista de un condenado que fuma su último pitillo mientras suelta un torrente de desprecio desafiante, insultante, sobre un mundo que te castiga por un ínfimo asesinato mientras ignora el asesinato de millones? No parecía justo que Lance, que desafiaba el decoro del lenguaje y la moral burguesa, tuviera que ver cómo Robert Penn Warren paseaba por el jardín con un sensiblero como Kit (cuyo relato, por medio de su vulgar desnudez sentimental, me había conmovido hasta hacerme llorar a escondidas).

No estoy exagerando la importancia que tenían para nosotros esos encuentros. Nos importaban. Y a mí me importaban tanto como a los demás, porque no sólo leía a escritores, leía sobre escritores. Sabía que Maupassant, cuyos relatos yo adoraba, de joven había sido protegido por Flaubert y Turgueniev; Faulkner por Sherwood Anderson; Hemingway por Fitzgerald y Pound y Gertrude Stein. Todos esos escritores habían sido apadrinados por otros escritores. De ello parecía deducirse que uno necesitaba que lo apadrinaran otros escritores, pero antes de que te pasara eso, de alguna manera, como fuera, tenías que conocer al escritor que te iba a apadrinar. Mi idea de cómo funcionaba aquello era muy elevada y poco práctica. Nunca se me ocurrió establecer contactos. Mis aspiraciones eran místicas. Yo quería que me impusieran las manos los que habían escrito relatos y poemas, manos que hubieran tocado las manos de otros escritores. Quería ser ungido.

 

 

La visita de Frost estaba anunciada para primeros de octubre. Al principio la noticia me produjo vértigo, pero aquella noche me dominó el miedo a la derrota. No podía dormir. Finalmente me levanté y me senté ante mi mesa con dos cuadernos llenos de poemas que había escrito cuando descansaba de los relatos. Mientras mi compañero de habitación murmuraba en sueños, me incliné sobre las páginas y leí una cosa tras otra del tipo:

 

Canción (número 8)

 

para los desesperados de la noche desesperada

entono mi canción y desesperado termino mi canción

y ninguna piedad para mí porque estoy sin esperanza y

ninguna piedad para ellos porque están sin esperanza y

 

Ahí terminaba el poema. Debajo yo había escrito fragmento. Había escrito fragmento debajo de la mayoría de los poemas de los cuadernos, y esa descripción era exacta en todos los casos. Cada uno de ellos había sido compuesto dominado por un enfebrecido ardor o filosofía que me abandonó antes de que pudiera llevarla hasta un punto que adquiriera significado. Los pocos poemas que había terminado parecían, en el duro círculo de luz lanzado por el flexo, incluso más decepcionantes. La belleza de un fragmento es que todavía contiene la esperanza de que sea brillante al terminarse. Pensé en unir varios de ellos en una secuencia, a lo «Tierra baldía», pero que por eso adquirieran significado parecía ser esperar demasiado.

Tendría que escribir algo nuevo. Faltaban tres semanas para la fecha límite de presentación. En ese tiempo podía escribir un poema, pero ¿qué tipo de poema escribiría? Aparte de que fuera bueno, tendría que sobresalir entre los de mis competidores. Pero al menos yo sabía —salvo que surgiera un caballo que no fuera favorito como Hurst— quiénes eran mis competidores.

Había tres.

 

 

George Kellogg era el director de nuestra revista literaria, Troubadour. La revista era muy antigua y todavía se publicaba con su formato original, en páginas tiesas y pesadas, y unos caracteres tipográficos que hacían que todos los poemas y relatos parecieran clásicos gastados por el tiempo. Yo había querido ser el director y perdí por un solo voto del equipo de redacción saliente, lo que me dejó con un premio de consolación insípido: el puesto de encargado de publicaciones. Aquello fue una decepción, pero no un golpe. George había conseguido el cargo y solicitaba incansablemente manuscritos de los otros chicos, quemándose las pestañas para tener listo el número siguiente antes de la fecha tope. Yo no hacía ninguna de esas cosas. Troubadour era la única tribuna que tenía para lo que estaba escribiendo; nunca se me ocurrió cederles terreno a los rivales.

El mismo hecho de que George hubiera llegado a director hacía parecer el cargo menos deseable. Yo no iba detrás de un sobresaliente en educación cívica. No era que George no supiera escribir. Era un escritor preparado, competente, principalmente de poesía. Siempre escribía dentro de formas tradicionales, en concreto la villanelle, y su tema era la soledad: un viejo feriante que se dispone a emprender el camino la mañana después de la feria; un chico que espera junto a una estación de autobuses un autocar que no llega; un teatro a oscuras del que se han marchado todos excepto una anciana que recoge lentamente sus cosas, con miedo a la larga caminata hasta su habitación desierta.

 

La mujer se pone la bufanda, se pone sus pieles peladas;

eso le lleva su tiempo, y al final el Tiempo se la lleva a ella.

 

Uno diría, al leer los poemas de George, que conocía su oficio. Los versos bien medidos, usaba aliteraciones y personificaciones. Metonimias. Sus poemas siempre tenían un tema y estaban llenos de simpatía por la gente desdichada del mundo. Me aburrían hasta decir basta, pero George tenía habilidad y ocasionalmente dejaba intuir que tenía cierta energía en reserva.

La verdad, no creía que ganara él. Parecía más un profesor que un escritor, con su reloj de bolsillo y su gorra de tweed, y aquel hablar lento, comedido. En definitiva, se le admiraba menos de lo que se le quería, y ése era el problema de George; era demasiado querido, demasiado amable. Nunca le oí decir nada contra nadie, y era evidente que le dolía cuando los demás nos burlábamos de nuestros compañeros, en especial de los que tenían esperanzas de publicar en Troubadour. En nuestras reuniones del consejo de redacción defendía casi todo lo presentado, aunque supiera que sólo podíamos aceptar una pequeña parte. Aquello era enloquecedor. Uno no podía decir si de verdad le gustaba algo o sólo aborrecía rechazarlo. Eso hacía que los demás nos mostráramos más violentos en nuestras opiniones de lo que por naturaleza ya éramos.

La benevolencia de George no le sentaba bien a lo que escribía. Con toda su gran simpatía, carecía de garra. Yo tenía unas fotos de revista de Ernest Hemingway sujetas con chinchetas encima de mi mesa. En una enseñaba los dientes a la cámara de un modo que no dejaba duda de su capacidad de cortar y desgarrar, lo que parecía perfectamente relacionado con su fuerza como escritor.

Con todo, no era capaz de eliminar a George. Si aunque sólo por una vez dejara que un sentimiento intenso se impusiera a sus buenas maneras, podría conseguir algo bueno. Podría ganar.

Como podría hacerlo Bill White, mi compañero de habitación. Bill ya había escrito la mayor parte de una novela, cuyo primer capítulo se había publicado en Troubadour. Dos hombres y una mujer están aislados en un refugio de caza durante una tormenta. El narrador no explica quiénes son, cómo han llegado allí, ni por qué están juntos. Pero según se sigue leyendo, uno empieza a hacerse una idea: uno de los hombres es un actor famoso, la mujer es su esposa, y el segundo hombre es un cirujano. Los hombres son viejos amigos, pero se deduce que la mujer del actor está teniendo una aventura con el cirujano, el cual resulta que una vez salvó la vida del actor con una traqueotomía improvisada durante un safari.

 

Tengo que quitarme el sombrero ante ti, dijo Montague. Un buen dominio del oficio, dadas las circunstancias. Con la maldita tienda de campaña medio hundida por la tormenta, y los batidores bebidos. No lo olvidaré.

Nada de eso, nada de eso, dijo el doctor Coates. Cualquier interno lo habría hecho igual de bien... probablemente mejor.

No lo olvidaré, repitió Montague. Estoy en deuda contigo para siempre, añadió fríamente.

¿No lo estamos todos?, dijo Ashley, sirviéndose otro whisky. La mujer miró la nieve que caía. ¿Qué podríamos hacer sin la buena ayuda del médico?

Eres una zorra, dijo Montague. Eres una zorra perfectamente hermosa.

 

Aunque Bill no me había dejado leer el resto de la novela —la estaba dejando reposar antes de los toques finales— dudaba que los rifles de la partida de caza meticulosamente descritos siguieran en sus fundas demasiado tiempo.

Los personajes de Bill no sólo eran gentiles, refinados; eran gentiles, no judíos. Lo mismo, suponía yo, que Bill. Tenía unos brillantes ojos verdes y una piel pálida que se sonrojaba fácilmente con el calor o el frío. Sus modales eran educados, divertidos, y por algún motivo yo parecía divertirle especialmente, lo que me gustaba y a la vez no me gustaba. Jugaba en el equipo de squash. Nunca se me había ocurrido que pudiera ser judío hasta que su padre vino a verle, la primavera del año anterior. El señor White era viudo y vivía en Perú, donde era dueño de una empresa textil. Hizo que Bill me invitara a cenar en el restaurante del hotel, y verles a los dos juntos producía cierta impresión: los dos eran altos y rubios y de ojos verdes, el señor White una versión en adulto de su hijo en todos los aspectos excepto en su acento de Brooklyn y una cordialidad casi excesiva. Se refirió a menudo a su familia, y pronto quedó claro que eran judíos. Yo por entonces llevaba dos años compartiendo habitación con Bill y éste nunca me lo había insinuado. Aunque yo disimulaba bastante por mi parte, nunca había sospechado que Bill también lo hacía. Le consideraba sincero, aunque reservado. ¿Quién era en realidad? Todo aquel tiempo juntos y resultaba que yo no le conocía más de lo que él me conocía a mí.

El señor White nos invitó a una buena cena aquella noche. Era un hombre simpático y agradable, pero yo seguía tratando de calarle, y estoy seguro de que le miraba con algo más que una amable curiosidad. Si Bill lo notó, no lo demostró, y después no dio señales de que se sintiera afectado porque me hubiese enterado de que no era el que parecía ser. Lo que me llevó a preguntarme si quizá nunca había intentado no parecer judío; si mi sorpresa era simplemente efecto de mi propia estrechez de miras y ansiedad.

La verdad es que yo creía que no, claro. Creía que Bill había tratado de engañar, y que su aplomo ante el descubrimiento no era inocencia sino otro artificio con el que disimular su intranquilidad y, de modo intencionado o no, me obligaba a considerar mi propia actitud. ¿Y por qué no? Eso sería lo que hubiera hecho yo. Nunca hablamos de la cuestión, por supuesto. Durante un tiempo me preocupó que Bill pudiera esgrimir en mi contra lo que yo sabía, pero no pareció hacerlo. Puede que sintiera alivio porque lo supiera alguien. Algo que yo podía entender, y muy bien.

Cuando llegó el momento de elegir compañero de habitación para el último curso ni siquiera me molesté en discutirlo. Claro que compartiríamos habitación. Nadie se llevaba mejor, aunque la auténtica amistad nos eludiese.

Bill sí era un rival. Sus personajes resultaban envarados pero él tenía seguridad en sí mismo y sus narraciones estaban llenas de acción y cuidadosos detalles. La mayor parte de lo que se publicaba en Troubadour respondía a generalidades. Lo más general, lo más universal, ése parecía ser el principio orientador. El talento de Bill era la particularidad. Cómo crujía la nieve bajo los pies un día gélido y claro, o qué aspecto tenía el sol blanco y bajo entre una maraña de ramas negras. Lo pegajosa que era la culata de un rifle recién engrasado, el sonido lacerante de una mujer aburrida que se cepilla la larga melena delante de una hoguera. Todo en su obra era concreto y auténtico excepto las personas. Eso estropeaba las historias más extensas, pero en los relatos más breves y con más sobreentendidos, en sus poemas ocasionales, la exactitud y el equilibrio de su escritura podían entusiasmarle a uno. Bill me tenía preocupado.

Lo mismo pasaba con Jeff Purcell, conocido por Jeff el Pequeño porque había otro Jeff Purcell en nuestro curso, primo suyo: Jeff el Grande. En realidad Jeff el Pequeño no era pequeño y Jeff el Grande no era grande, sólo un poco más grande que Jeff el Pequeño, al que le fastidiaba Jeff el Grande en parte, indudablemente, por haberle impuesto inadvertidamente su odioso apodo. Jeff el Pequeño era amigo mío y, como sus demás amigos, le llamaba Purcell.

Purcell habitualmente mantenía los brazos cruzados sobre el pecho como un general de la Guerra de Secesión en un daguerrotipo. Esa pose belicosa le iba bien. Bajo su pelo de punta cortado a cepillo mantenía una actitud muy ácida, centrada en la invectiva y el desdén. Era el Herodes de nuestras reuniones del consejo de redacción, dispuesto a echar abajo a cualquier inocente que se atreviera a presentarnos un manuscrito. Tenía unas normas rigurosas: morales, políticas, estéticas. Purcell incluso pasaba por alto la regla protocolaria establecida de hacer como que admiraba las obras de los compañeros del consejo de redacción. En una de nuestras reuniones declaró que un relato mío titulado «Nota de suicidio» parecía que había sido escrito después de que el narrador se saltara la tapa de los sesos.

Purcell procedía de una familia adinerada, conocida, pero uno no lo habría supuesto a juzgar por sus relatos y poemas; o puede que sí. Siempre trataban de la injusticia en las relaciones entre ricos y pobres. Había escrito una balada sobre un minero enviado a las profundidades de la tierra donde pereció en un derrumbamiento mientras el dueño de la mina daba de comer filet mignon a sus perros de caza, hablándoles como si fueran niños pequeños; y lo último que había publicado en Troubadour era un relato epistolar en el que un general escribe cartas a diversas mujeres afligidas porque les han matado a sus maridos e hijos.

 

Debe alegrarse usted por su héroe caído, por saber que su corazón fue perforado en favor de nuestra gloriosa causa, y usted y sus pequeños pueden descansar tranquilos porque su cabeza, que se ha perdido, se encuentre donde se encuentre, está llena de orgullo por el sacrificio y los recuerdos luminosos de la madre patria por la que murió con tanto entusiasmo.

 

Ese relato, tenía yo la sensación, se inspiraba en cierto pasaje de Adiós a las armas, pero cuando se sometió a nuestra consideración me mordí la lengua y no dije nada. No estaba mal. Caricaturesco, claro, como todo lo que escribía Purcell, excesivo y recargado, por supuesto, pero ponzoñosamente vivo. En cualquier caso, yo mismo estaba en deuda con Hemingway; y hasta arriba. Lo mismo que Bill. Incluso hablábamos como personajes de Hemingway, aunque en tono de parodia, como para negar que éramos discípulos suyos: Ésa es tu cama, y es una cama buena, y debes hacerla y debes hacerla como es debido. O: Hoy toca comer filete de carne. El filete de carne es fabuloso. Es fabuloso pero, cuando haya desaparecido, no tener filete de carne será trágico y el carnicero no vendrá nunca más.

 

 

Todos le debíamos algo, a Hemingway o a cummings o a Kerouac; o a todos ellos, y a más. No lo habríamos admitido, pero la evidencia estaba sin duda allí, pues la imitación era el único defecto que nunca sacábamos a relucir en contra de los originales presentados de los que nos burlábamos con tanta crueldad. No había ningún provecho en ello. Una vez cristalizada, la conciencia de la influencia habría echado a perder la fantasía colectiva y necesaria de que nuestra obra era pura y solamente nuestra. Incluso Purcell guardó silencio al respecto.

Purcell suponía una amenaza. Su ataque era abierto, incluso brutal, pero uno podía apreciar lo incómodo que se sentía con el colchón de plumas en el que había nacido, y el miedo que le daba que eso le convirtiera en una de las sanguijuelas fatuas sobre las que escribía. Si humanizase sus objetivos, apagase la voz, usase un cuchillo en lugar de un garrote... Con todo, no tenía necesariamente que hacer nada de eso. En un mu

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