Aráoz baja del tren y mira la hora, primero en el enorme reloj de la estación y después en el de su muñeca. En ambos acaban de dar las nueve. Cerciorarse de que los relojes estén en hora es una de sus módicas obsesiones, y le sorprende un poco que, en semejante páramo, las agujas del que cuelga del techo del andén no estén oxidadas y detenidas.
Camina unos metros hacia los vagones traseros, hasta la parte de la estación que no tiene techo y es apenas una banquina de cemento con un par de árboles mal podados. “O’Connor”, lee, escrito en mayúsculas blancas sobre el fondo negro y rectangular de uno de esos típicos carteles de las estaciones construidas por los ingleses. Gira sobre sus pasos y vuelve adelante. Aunque sea ridículo, la soledad le pesa más en esa intemperie del fondo.
Ve que desde la locomotora se acerca el guarda con la gorra en la mano. El hombre de gris, de repente, extiende el brazo hacia lo alto en lo que a primera vista puede interpretarse como un gesto de saludo. Pero Aráoz entiende que, en realidad, lo hace para olerse el sobaco y comprobar cuán hediondo está. Le llama la atención semejante delicadeza.
Unas horas atrás, mientras todavía era de día, el guarda pasó por su vagón controlando los boletos y despidiendo un olor insoportable. Para peor no tuvo mejor idea que detenerse junto al asiento de Aráoz con la intención de conversar. “O’Connor... ¡qué raro! Yo hago siempre este recorrido y casi nunca veo pasajes con ese destino”. Aráoz, que tenía un montón de razones para desear quedarse solo y en silencio, recibió de vuelta su boleto, esbozó una sonrisa mínima a modo de agradecimiento y clavó la vista en la pampa sembrada que parecía correr, incansable, al otro lado de la ventanilla.
Ahora que sus pasos van a cruzarse en el andén, Aráoz finge un repentino interés por la pizarra de horarios y avisos que cuelga en la pared de la oficina. De todos modos en su fuero íntimo sabe que es en vano, porque el guarda pertenece a esa raza —incomprensible para alguien como Aráoz, criado en la discreción y el recato— de seres humanos que disfrutan de la charla con desconocidos. No se ha equivocado.
—¿Esperando a que lo vengan a buscar, mi amigo?
Aráoz repasa las respuestas que puede darle. “A usted no le importa” le parece la más adecuada, pero al mismo tiempo inadmisible. “No me espera nadie, así que no tengo ni idea de cómo salir de acá” implica compartir una información que prefiere guardar para su coleto, y que además lo pone en el riesgo de verse sometido a toda una batería de nuevas preguntas. “Ajá” suena cortés y al mismo tiempo puede constituir una muralla detrás de la cual protegerse de la curiosidad de ese gordo maloliente.
—Ajá —responde sin dejar de mirar la cartelera, que de todos modos a la distancia a la que se halla resulta ilegible. El guarda hace silencio. Aráoz se permite una recóndita esperanza: tal vez lo ha obligado a batirse en retirada.
—La verdad que hace años que cubro esta línea, y muy de tanto en tanto veo bajar acá algún pasajero.
Es un combatiente empedernido, al que no se lo disuade con dos o tres disparos al aire. Aráoz sigue mirando la pizarra, como si se hubiera quedado solo en este y en todos los mundos.
—¿Viene por trabajo?
Pregunta directa. Aráoz entiende que si sigue mudo queda como un maleducado. Al mismo tiempo lo fastidia encontrarse elaborando ese planteo: tiene cuarenta y dos años pero lo preocupa pasar por desatento. ¿Es posible que los mandatos de su niñez sigan gobernándolo sin escape y sin desmayo? Se promete apuntar ese detalle en la lista de sus derrotas.
—Ajá —a falta de mejor plan, tal vez alcance con repetirse hasta que el otro se canse y se vaya.
—¿Y en qué trabaja, si se puede saber, mi amigo? Digo, porque, por lo que se ve, por acá mucha gente no anda, ¿no?
Aráoz considera la situación. Quince horas atrás estaba tirado a la bartola sobre su cama, con los zapatos puestos y fumando un cigarrillo detrás de otro. Si ahora, a las nueve y diez de la noche, se halla a cuatrocientos cincuenta kilómetros de su casa, ha sido por seguir un impulso. Minúsculo tal vez, pero un impulso. Y puesto contra el fondo del horizonte llano y sin marcas en que se ha convertido su vida, no ha querido desperdiciarlo. Pues bien. Ahora tiene otro impulso. El de ser cruel. El de burlarse del tipo inocente y locuaz que inunda el aire de la noche con una fetidez de pantano.
—Soy ingeniero de Agua y Energía —suelta, y el guarda lo mira sin entender—. La empresa del gobierno que construye represas para producir electricidad, ¿vio?
Aráoz se pregunta si esa empresa seguirá existiendo o si la han privatizado. De todos modos su vecino asiente, porque ha comprendido o para no quedar como un idiota. Eso lo alienta a seguir:
—Vamos a construir una represa hidroeléctrica por acá. Tenemos que hacer el dique.
Acompaña esas últimas palabras con un lento desplazamiento horizontal de su brazo derecho, extendido a la altura del hombro, con la palma abierta hacia el frente, como dando a entender la amplísima extensión que tendrá la muralla del dique.
—Cuarenta y tres kilómetros de frente. El dique. No sabe lo que va a ser ese murallón. Vamos a crear el lago artificial más grande de Sudamérica.
Los ojos del guarda brillan con súbito interés. Aráoz decide aderezar el asunto con una pizca de patrioterismo.
—Los brasileños están que trinan. Ellos ya tienen dos o tres bastante grandes, pero comparados con este van a parecer piletas de lona, vea.
—Noooo —el guarda alarga la vocal en una expresión de asombro incrédulo. Incrédulo y feliz.
—Según nuestros planes va a tener el tamaño de la provincia de Tucumán, mínimo.
—Pero Tucumán es la provincia más chica —acota el guarda, interrumpiendo, como si no pudiese evitar la tentación de exhibir, orgulloso, la perduración de sus aprendizajes escolares.
—Cierto —concede apresuradamente Aráoz—. De tierra es poco. Pero de lago artificial... imagínese.
El otro demora en responder.
—Mierda —musita.
Es casi palpable la manera en que, en la mente del guarda, va tomando forma la monumental represa. Aráoz recuerda un dato que le parece tan inútil como casi todos los que guarda en su cabeza, pero lo agrega llevado por el entusiasmo de su repentino sadismo.
—Dicen que el único invento humano que se ve a simple vista desde la Luna es la Muralla China. Los astronautas que fueron, dicen eso. Bueno —remata triunfante, en el tono de un publicista esclarecido—: ahora se van a ver dos cosas.
Lo mira. Lo único que le falta al gordo es largarse a aplaudir, alborozado. ¿Lo compadece? No. Ni siquiera en ese momento en que el tipo y su expresión maravillada son un canto a la inocencia y la ingenuidad.
—Bueno, para estar seguros capaz que hacemos el paredón del dique más grande todavía. Póngale... no sé... sesenta, sesenta y cinco kilómetros. Como si fuera Tucumán con un pedazo de Santiago del Estero... pero un buen pedazo.
—Pero vio que los santiagueños y los tucumanos se llevan para el traste... —objeta el guarda.
Aráoz lo considera con la serena indulgencia de un profesor chapado a la antigua, aunque afectuoso. Da resultado. El ferroviario se apresura a enmendar:
—¡Pero qué pelotudo que soy, usted lo dice como ejemplo, nomás! —termina con una risita de disculpa.
Ahora es el momento de atacar a fondo y estrujarle la alegría:
—Eso sí: el asunto complicado va a ser con el tren, porque vamos a dejar un lindo tramo de vías debajo del agua.
Al ferroviario se le ensombrece el rostro. Mira a los ojos del experto como para cerciorarse de que lo que está diciendo es cierto, y Aráoz le sostiene la mirada.
—Pero... ¿cómo...?
El guarda no sabe de qué manera preguntar lo que teme, como si ponerle palabras aproximase su futuro al precipicio. Echa un involuntario vistazo al tren. Aráoz intuye que esa mole de acero viejo debe ser, para ese tipo, una especie de ángel de la guarda, a la vez bestial y plácido. Algo en su interior le dice que aún está a tiempo de apiadarse de ese sujeto; pero no le da la gana.
—Toda la zona desde Trenque Lauquen y Pehuajó para acá, ¿vio? Bueno: no va a quedar nada. De ahí hasta la ruta 7, por lo menos. Y no sabemos si a la 8 habrá que correrla más al norte, y todo.
El tono en el que el guarda consigue hablar es de profundo abatimiento:
—Pero... y entonces los trenes...
—Olvídese de los trenes, mi amigo. Una represa es una represa. Electricidad. Progreso.
Aráoz se lanza a caminar por el pequeño andén describiendo círculos, como si el nerviosismo del progreso en ciernes se le hubiera contagiado. Él mismo está sorprendido con ese despliegue de energía. De todos modos se conoce lo suficiente como para distinguir la manía del entusiasmo genuino. Mira el reloj y después los extremos de la estación, que se pierden en la negrura.
—El país crece. Avanza. No podemos detenernos por un par de trenes o por cuatro o cinco pueblos. ¿No le parece?
—Claro...
La máquina lanza un bocinazo profundo. El guarda sale de su consternación para preguntar:
—¿Seguro que lo vienen a buscar, don?
Es una pregunta compleja. Si dice que sí y por algún motivo el tren sigue demorándose, se hará evidente que ha mentido. Tampoco puede decir que no, después de haber dicho que sí cuando el tipo lo interrogó de entrada. “Repreguntar”, se dice. “Lo mejor cuando uno no quiere que lo jodan con preguntas es devolverlas”.
—¿Por qué me dice, usted?
—No, por nada. ¿Sabe qué? En O’Connor la estación está lejos del pueblo. Ahora que nos vamos nosotros, el encargado apaga todo y se las toma para su casa en el coche. Hasta mañana no pasa otro servicio. Pero, si quiere, le pregunto si lo puede alcanzar hasta allá.
—¿El pueblo está muy lejos?
—Y... serán como seis o siete kilómetros, calculo. O más.
Aráoz palidece, porque la perspectiva inminente de dormir al sereno en un apeadero de mala muerte le quita las ínfulas, y los aires de superioridad se le desprenden como una cáscara.
—¿No será molestia? —logra preguntar con la ansiedad prendida de la voz.
—Nooo, qué va. Aguánteme.
Aráoz lo ve alejarse hacia la oficina. Ya no le molesta tanto el olor a sudor del gordo. La bocina del tren vuelve a sonar y le actualiza las urgencias.
En un santiamén se apagan todas las luces de la estación. De la oficina a oscuras sale, además del gordo, un hombre alto. Aráoz se siente sacudido por una rabia súbita. ¿Cuántas veces se ha jurado no volver a sentir ese desvalimiento, esa ansiedad temerosa frente a las inminentes acciones de los otros?
—Buenas —suelta el desconocido. Aráoz le retribuye el saludo con una inclinación de cabeza—. ¿Así que necesita que lo tiren hasta el pueblo, ingeniero?
—Sí, si fuera posible... —alcanza a balbucear.
—Pero cómo no —el hombre alto se vuelve hacia el guarda, al tiempo que le alarga un paquete que trae bajo el brazo—. Larrosa, esta encomienda va para Laboulaye.
—Ahora la tiro en el furgón, para no olvidarme. Nos vemos. Bueno, ingeniero... lo dejo en buenas manos.
Aráoz se pregunta si en algún momento de su perorata se ha autotitulado ingeniero o si ha sido ocurrencia de esos dos. Se le cruza la posibilidad de decirle al tal Larrosa una palabra que lo tranquilice sobre su futuro. ¿En qué otro sitio puede conseguir trabajo ese bisonte? Además se ha portado como un buen samaritano, consiguiéndole transporte. Se lo debe. Pero precisamente por eso se jura no desdecirse. Entre las decisiones que ha tomado en los últimos meses está la de dejar de ser una buena persona.
—Gracias. Y tenga en cuenta que de acá al otoño tenemos todo en marcha —alumbra una maldad de último momento—, yo que usted voy pensando algo... no sé...
—Gracias... —apenas masculla Larrosa; no porque quiera pasar por desatento, sino porque el futuro acababa de rajársele de punta a punta como un parabrisas alcanzado por un cascote.
Ezequiel Aráoz tiene ocho años recién cumplidos. Es de noche y hace frío. Mucho, mucho frío. Sobre todo a la intemperie. Como está él. Como están todos. El frío es un dolor en la punta de la nariz y en la parte superior de las orejas. También es un escozor odioso en el cuello, porque cuando hace mucho frío le ponen ese sobretodo rígido, cuyas solapas le raspan y le irritan la garganta y la nuca. Eso es lo feo de las noches de frío. Lo lindo es el humito que sale de la boca cuando uno respira. Y si hay mucha humedad el humito sale por la boca y por la nariz.
Hay que largarlo despacio, al humito, para que se vea. Si uno respira fuerte, no se ve. Con el humito uno puede jugar a que es grande y a que fuma. Es emocionante porque uno se siente poderoso y enorme. “No jugués a eso”, le dicen a veces, cuando lo ven haciendo como si el palito o la lapicera que tiene entre los dedos fuera un cigarrillo. Le dicen “Eso es cosa de grandes, Ezequiel”. Así, le dicen. Ojalá sea pronto, eso de crecer y ser grande. Aráoz no puede más de la ansiedad. Crecer, ser grande, fumar. Esas cosas vienen todas juntas.
—Belaúnde —se presenta el ferroviario alto y flaco, mientras el tren se pone en marcha.
—Encantado. Aráoz —responde estrechando la mano que el otro le tiende.
—¿Tiene idea de dónde parar?
Aráoz se detiene un momento a pensar, porque teme que las mentiras se le pisen unas con otras.
—Me dijeron que hay una estación de servicio en el pueblo que tiene habitaciones...
—¿La nueva o la vieja?
“Mierda”, se dice Aráoz, que odia los imprevistos y los sobresaltos.
—La vieja —especula.
—Sí, la de Perlassi. Nos queda de camino. Está sobre el acceso, antes de llegar propiamente al pueblo.
Escuchar ese apellido, después de tantas horas de viaje, y de tantas más de indecisión, es como haber llegado finalmente a destino. Le falta conocer, en todo caso, cuál es ese destino.
Mientras cambian esas palabras le dan la vuelta al edificio de la estación. En el claro que dejan algunos árboles, e iluminado por una luna menguante, Aráoz ve lo que le parece el armazón de un auto abandonado. Aunque no tiene ni los cuatro guardabarros ni el techo de lona, advierte que se trata de un Citroën destartalado. ¿Quién lo habrá abandonado en ese paraje? Tiene rápido la respuesta: nadie lo ha hecho. Belaúnde se acerca por el lado del conductor, abre la puerta, se mete dentro y cierra de un portazo. Aráoz se acerca del otro lado y tantea para dar con la manija. Demora en advertir que es de un modelo tan viejo que las puertas se accionan desde el extremo delantero, casi sobre el parabrisas. Cuando consigue abrir se deja caer dentro, en medio del bamboleo crujiente de la suspensión.
Y hacer anillos con el humo. Eso debe ser buenísimo. Su tío Quique sabe hacerlos. Una vez lo vio, en un cumpleaños, y Aráoz se quedó hipnotizado viéndolos. Cuando el tío se dio cuenta le dijo que se acercara a tocarlos. Y él los tocó, y se deshacían. El tío dejó de hablar con los otros grandes para hacerle anillos y que él los rompiera. El tío Quique es así. Sabe lo que piensan los chicos. Lástima que en seguida el padre le dijo “No molestes, Ezequiel. Andá para allá que estamos conversando”. Y Aráoz se fue.
El flaco coloca en el tablero una minúscula llave de contacto y la hace girar. Se enciende una diminuta luz roja. Después tira de una manivela con resorte que sobresale bastante más abajo. El motor tose varias veces, cada vez con menos ímpetu, como si en cada giro en falso del arranque se le escapasen las últimas briznas de la vida. Aráoz no sabe conducir y jamás ha tenido la menor intención de aprender. Demasiadas tensiones, demasiados azares, demasiados imponderables, y todo nada más que para ir de un lugar a otro. Mejor hacerse llevar. Pero en tanto copiloto perpetuo es bueno para encontrar los mejores gestos de acompañamiento en los percances del camino. En ese instante, por ejemplo, sabe que lo más indicado es mirar hacia fuera como si el paisaje fuese un espectáculo cautivante y el viaje estuviese ya en pleno desenvolvimiento.
Hace frío y tiene el sobretodo puesto y le pica mucho. Tanto le pica que Aráoz, de allí en adelante, cada vez que recuerde esa noche, no podrá evitar rascarse el cuello a medida que recuerde. “Fumar fuman los grandes, nene”. “Ya sé”, piensa Aráoz mientras se lo dicen, aunque no contesta. Mejor callarse, porque las cosas pasan más rápido si uno no dice nada, si uno no contesta. Igual sigue jugando con el humito del frío, porque nadie está dándole bolilla y él aprovecha.
Cuando el burro de arranque suelta lo que parece, definitivamente, su último suspiro, Belaúnde deja en paz la manivela y apoya ambas manos sobre el enorme volante. Después suspira. Aráoz evita, con perfecta continencia, cualquier alusión obvia e irritante a lo sucedido. Otro, más distraído, sucumbiría sin reticencias al “¿no arranca?”. Pero Aráoz no es así de idiota. Belaúnde tamborilea con los dedos de la mano derecha sobre el volante. “Qué cosa estos Citroën”, se dice Aráoz. Siempre le ha parecido un auto insólito, extravagante. Desde el ruido a cortina de enrollar que mete el motor hasta las luces delanteras que parecen faroles de antiguos coches de caballos, pasando por esos guardabarros voluptuosos y enormes. Un renacuajo, o un extraño bicho prehistórico. Nada en ese auto es como en el resto de los autos. Las ventanillas delanteras, sin ir más lejos, que se levantan por la mitad y que cuando uno menos se lo espera se desprenden de su sitio y caen como guillotinas sobre los codos de los incautos. O esa palanca de cambios que más parece un paraguas olvidado en el lugar menos propicio.
La noche es fría y húmeda, por eso sale tanto humito de todas las bocas. El cielo debe estar estrellado, pero, desde donde está, Aráoz no puede darse cuenta, porque los reflectores iluminan todo y lo iluminan tanto que el cielo no se ve. Apenas se adivina como una mancha negra que queda encima del frío. A la izquierda está parado su padre. A la derecha, el tío Quique. Siempre se colocan así, a sus costados, cuando en la cancha hay mucha gente. Y esa noche hay una multitud, porque el equipo tiene un partido decisivo para mantener la categoría. Por eso está la tribuna llena, y están él, y su padre, y su tío, y sus primos Diego y Enrique. Y los dos adultos le hacen de edecanes para evitarle sofocones.
Belaúnde vuelve a suspirar. Acaso espera algún comentario de parte de Aráoz. Algo que le suene solidario, una señal de que el forastero comparte su preocupación por el porvenir. Pero Aráoz prefiere alzar los ojos a la noche y disfrutar de esa otra excentricidad del auto: la capota desmontable propia de un auto de lujo, pero reproducida en este carromato de cuatro chapas. Lamenta no entender ni jota de constelaciones, porque se ven estrellas a centenares.
Se escucha otra vez el carraspeo del burro de arranque, y Aráoz piensa que a ese hombre flaco le falta suerte pero le sobra voluntad. Y sin embargo, de repente el auto arranca. Se oyen un par de explosiones en el escape y llega hasta sus narices el olor penetrante de la nafta sin quemar. La entera estructura del adefesio se sacude impiadosamente; pero se mantiene encendido. Belaúnde lo acelera con expertos bombeos del pedal. Cuando está seguro de que no va a apagarse, embraga y mueve varias veces la palanca de cambios hacia atrás y hacia adelante, hasta que consigue meter la primera y hacer que el Citroën avance.
Aráoz gira para mirar a Belaúnde. Apenas lo divisa, porque justo están pasando bajo el follaje de unos álamos que les ocultan la luna, pero le parece verlo radiante.
—Se ahogó, el hijo de puta —es el diagnóstico certero. Su voz flota en la satisfacción que siente el comandante de un buque que acaba de derrotar todas las conspiraciones adversas de los elementos.
—Ajá —Aráoz supone que algo debe responder.
Hace un rato la gente se puso a saltar y los tablones de madera se movían para todos lados, pero Aráoz no se asusta porque sabe que no se caen. La primera vez sí se asustó, pero su padre le dijo que se quedara tranquilo y él se quedó. Bueno, en realidad, le dijo que se quedara quieto, que no es lo mismo pero es parecido. Lo mismo se quedó. Obedeció porque le encanta ir a la cancha. Caminar todas esas cuadras, como quince, desde su casa. Cuanto más se acercan, más gente se junta con ellos. Todos avanzan en la misma dirección. Las últimas cuadras las caminan por la calle, no por la vereda, y eso a Aráoz le suena a aventura. Para cruzar la avenida tiene que darle la mano al padre. Del otro lado lo suelta y Aráoz sigue caminando solo por la calle. A él no le molestaría seguir de la mano, porque le gusta que lo traten como grande pero también le gustaría que su padre le diera la mano. Que le diera más la mano. No solo para cruzar la avenida.
Siguen un buen trecho en silencio. El camino se ilumina sesgado, porque al Citroën solo le funciona el foco izquierdo. Además debe andar escaso de batería: cuando la velocidad baja, y las revoluciones del motor también, la luz empalidece hasta casi desaparecer. Luego del rebaje y la acelerada, la intensidad del haz luminoso vuelve, como si fuera una esperanza. Ha sido toda una suerte que Belaúnde lo haya levantado. ¿Cuánto trecho llevan recorrido en la más absoluta soledad? Tal vez el ferroviario está pensando lo mismo, porque le pregunta sin preámbulos.
—¿Perlassi lo dejó clavado? Porque mire que hacer todo este trecho a pie...
—No —Aráoz se rearma—. En la empresa dijeron que iban a mandar a alguien a buscarme. Se ve que no llegó el memo. ¿Le parece que habrá alojamiento?
—No, si es por eso, quédese tranquilo. Acá no pasa nada —y casi de inmediato, agrega—: ¿Así que tienen pensado mandarse una represa?
Hasta hace un rato la gente saltaba pero ahora están todos muy nerviosos y quietos. Van cero a cero, y con eso les alcanza. Si termina cero a cero se “salvan”. Aráoz no sabe qué es eso del descenso, o sí, en el sentido de que es algo terrible e imperdonable. “Desde que nació mi pibe que estamos en Primera”, lo ha escuchado decir a su padre. “Mi pibe” es él, Aráoz. Le gustó escuchar eso cuando su padre lo dijo, porque se sintió como una especie de medalla humana. Le sonó importante, como si su papá estuviera orgulloso. Aráoz no es tonto, y sabe que lo dijo por el Deportivo y no por él. Pero un poco orgulloso se sintió igual, para adentro.
Aráoz mira
