Nota del editor
Esta selección ha tomado cuentos de los siguientes libros de Horacio Quiroga: Cuentos de amor de locura y de muerte (1917), Anaconda (1921), El desierto (1924), Los desterrados (1926), Más allá (1935). Los volúmenes El desierto y Los desterrados figuran completos. Los relatos que se encuentran en la sección “Cuentos dispersos” fueron extraidos de las siguientes publicaciones periódicas: Atlántida, Caras y Caretas, El Diario, El Hogar, Fray Mocho, La Nación, La Prensa y Mundo Argentino.
Prólogo
Profesor de literatura, lector refinado, áspero amante de la selva y de muchachas adolescentes, fotógrafo, admirador precoz del cine, loco, humorista, malhumorado, dispéptico, químico aficionado, testigo y causante de muertes cercanas, ciclista, mecánico amateur, padre singular. Qué imagen privilegiar. Apenas uno trata de capturar el deslumbramiento múltiple que le provoca Horacio Quiroga su figura se le escapa por los cuatro costados. Y, sin embargo, a medida que uno va adentrándose en la vida y en la escritura de este hombre, empieza a entender que cada uno de estos roles, elegido o provisto por la fatalidad, fue indispensable para constituirlo, o mejor, que la voluntad feroz de Quiroga, una voluntad ibseniana (y no es casual que Ibsen haya sido uno de sus maestros de vida) consiguió mantener en caja tantos papeles divergentes, que con todos ellos se construyó y construyó su obra. Ahí, tal vez, está la clave, la función aglutinante que contiene a todas las otras, que justifica, ante los demás, tanto machetazo, tanto bicarbonato y tanta muerte: la escritura. Más precisamente, la narrativa. Ya que la múltiple experiencia y el múltiple deseo que lo constituían (hambre, lo llamaba él, y fue una palabra reiterada hacia el final de su vida, cuando el cáncer en el estómago casi le impedía comer, hambre, aunque más ampliamente aludía al deseo, a la salud y a la juventud), todo lo que vivió, en crudo o trastocado, irrumpe en sus cuentos.
Narrador nato, estaba condenado —si vale el término para una actividad tan bella y necesaria como la de contar— a no poder hacer otra cosa con lo vivido que conjurarlo en un relato. Por eso, entre los escritores a quienes eligió como maestros del género —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov, nada menos—, a quien más se parece es a Maupassant. Cierto que de los cuatro debió aprender y de los cuatro está hecho, pero no de la misma manera. Aunque con Chejov pueda haber descubierto la posibilidad de atrapar la luz de lo trascendente aun en seres oscuros, difícilmente se puede captar la respiración chejoviana en los cuentos de Quiroga. En cambio, sí es advertible la influencia de Poe, sobre todo en algunos de sus cuentos fantásticos y en la tendencia a privilegiar el miedo entre los sentimientos fecundos ( “Si se debiera juzgar el valor de los sentimientos por su intensidad, ninguno tan rico como el miedo”, dice el narrador en su cuento “El galpón”), pero de ninguna manera el ascendiente de Poe se advierte en buena parte de sus cuentos realistas. En cuanto a la influencia de Kipling, en apariencia transparente en los cuentos que ocurren en la selva misionera, cito lo que, a propósito, señala Abelardo Castillo: “¿Qué es lo que lo diferencia de Kipling, con quien tiene en común la selva? (…) Su manera de situarse en el mundo que nos cuenta. Rodríguez Monegal lo ha señalado: Kipling nunca dejó de ser un sahib. Kipling era el colonizador inglés nacido por azar en la India, a quien la naturaleza y sus criaturas deslumbraban un poco como a un viajero del Tiempo que visita un mundo perdido. Para Kipling, la jungla era un asunto poético (…); de ahí el tono épico —es decir asombrado, enfatizado— de sus cuentos de la selva. Quiroga no era un colonizador sino un habitante de Misiones: no es raro que su primera experiencia como ‘patrón’ fracasara lamentablemente. Le costó todo su dinero y más de un cargo de conciencia, porque no podía, ni aun proponiéndoselo, estafar a los indios. Horacio Quiroga eligió la selva, es cierto, vale decir que también a él le era ajena, pero la eligió como un animal cerril que, sin saberlo, vuelve a la selva. (…) por eso no hay énfasis, ni color local, ni elocuencia descriptiva en sus relatos; y, cuando los hay, se puede asegurar que no se está ante el mejor Quiroga. (…) Rudyard Kipling, aunque inglés sólo a medias, era un representante privilegiado del Imperio; Quiroga, blanco y patrón, fue un escritor de la colonia”.
Con Maupassant tiene en común no sólo la capacidad feroz de trabajo y la compulsión de narrarlo todo (los dos parecen escribir bajo el principio básico del “nada de lo humano me es ajeno”), también, y sobre todo, la cualidad de capturar lo singular, lo narrable que hay en los tipos humanos más inesperados. Los dos abarcaron desde las modas citadinas y la vida galante hasta los hábitos y las luchas del ámbito rural; los dos tuvieron una mirada desprejuiciada sobre desclasados y marginales, y, con mucha más frecuencia, encontraron el terror en las amenazas del mundo real, en las alucinaciones y en la locura, que en lo inexistente. Los dos escribieron novelas (varias, en el caso de Maupassant, sólo dos en el caso de Quiroga) de las que su historia literaria podría haber prescindido porque su excepcionalidad se manifestó sólo en sus cuentos, que configuraron un universo completo. Escribieron a destajo, pelearon contra el río a golpe de remo, amaron los transportes de riesgo (el globo aerostático de Maupassant, la motocicleta precaria de Quiroga), fueron implacables con la imbecilidad y los prejucios de la sociedad de su tiempo y, a la vez, formaron parte de esa sociedad. Ahí se termina el paralelo, que, por otra parte, reconozco tendencioso, dictado por la necesidad de ver unidos a dos integrantes amados de mi familia literaria. Si a Quiroga le faltó la guerra franco-prusiana, Maupassant no tuvo la selva, esa elección de vida —y de muerte— que fue la selva misionera. Además, construirse cuentista en Latinoamérica y en el Río de la Plata no era lo mismo que ser un escritor francés. Acá había que inventarlo casi todo. Y Quiroga lo inventó. Desde un espacio más espinoso que la nada: desde la adversidad.
Un hecho que se considera fundante de esta adversidad es la muerte accidental de su padre cuando Quiroga tenía pocos meses. Ante los ojos de su madre, que lo llevaba en brazos, el padre, que volvía de una cacería, por accidente se pegó un tiro. El episodio es feroz, parece prefigurar la vida de Quiroga, el pertinaz asedio de la muerte que atravesó su vida, como si ese asedio se estuviera organizando a partir de este disparo inaugural. Aceptemos, sin embargo, que el horror de esta muerte fue vivido por la madre, no por el chico que estaba en sus brazos. Lo que al chico le iba a llegar más tarde sería el relato del tiro, y la posibilidad de dar un sentido a ese incidente, de vincularlo con otros similares (doce años después iba a presenciar el suicidio de su padrastro, también de un disparo), de construir con todos ellos su propia historia. Sólo que, para que hubiera esa construcción, tenía que estar el hombre que la construyera. Y la vida de ese hombre, para mí, tiene otro episodio inaugural que le concierne sólo a sí mismo, desde el cual dará un sentido a la muerte de su padre y a la de su padrastro, y a todo lo que, además de esas muertes, debió constituirlo. Tres cuentos, no necesariamente autobiográficos pero sí, en la percepción, claramente autorreferenciales, permiten armar, no sólo con muertes, al muchachito que Quiroga debió ser: “Nuestro primer cigarro”, en que resulta reveladora la pasión por la aventura y por la trasgresión de ese chico, todavía protegido por un mundo burgués y que no se diferencia demasiado de otros niños aventureros y trasgresores, salvo cuando es mirado a través de nuestro conocimiento de que, ese niño que fue Quiroga un día quebró el halo protector y cumplió con su destino de trasgresión y de aventura hasta las últimas consecuencias. “Fralgipane”, cuento de una sutileza excepcional, con reminiscencias proustianas, donde puede apreciarse el chico lector, reflexivo y sensible. Y “El agutí y el ciervo”, que plantea la contradicción no resuelta entre la sensibilidad exacerbada y el instinto cazador —el instinto criminal—, que, como todos los sentimientos en la infancia, se expresa aquí, a través del personaje niño, sin filtro o atenuante alguno.
¿En qué momento ese niño, ese joven —lector, aventurero, escritor incipiente, de alguna manera burgués— empieza a darse forma a sí mismo, a coincidir con cierta idea de sí mismo? El episodio inaugural de que hablaba ocurre en algún momento de su viaje a París, en el año 1900, cuando Quiroga tiene veintidós años. En qué consistió exactamente ese episodio, qué hecho lo hizo interrogarse hasta tocar fondo, eso está en una caja negra que cada uno desarmará a su modo. Lo que se sabe es que viajó con el dinero de la herencia paterna, que participó en un certamen de ciclismo, que tenía intenciones de asistir a la Exposición Universal, que naturalmente (también lo hacía en su Uruguay natal) se reunió con poetas. Algo más ocurrió. Porque el hombre que salió para París tenía aspecto mundano y mostraba inclinaciones literarias. El que volvió, cuatro meses después, andaba medio desarrapado, tenía deudas, estaba a punto de fundar con varios amigos escritores la agrupación literaria y cultural llamada el Consistorio del Gay Saber y usaba una barba que le daría una cara para siempre.
Dos hechos terminan de confirmar esa transformación: en 1901, mientras está limpiando un arma con la que que su amigo Federico Ferrando (uno de los co-fundadores del Consistorio del Gay Saber) debe batirse a duelo, se le escapa un tiro y mata a su amigo. Esta muerte pesa más que las anteriores: Quiroga ya no es un chico; además, esta vez es responsable de haber provocado la muerte. Poco tiempo después deja de vivir en el Uruguay y se instala en Buenos Aires. El segundo hecho ocurre en 1903. En junio, participa como fotógrafo de una expedición a las ruinas jesuíticas que ha organizado Lugones. Es entonces que conoce Misiones y se enamora de la tierra misionera para siempre.
Conocer hoy la casa que construyó y en la que vivió, muy cerca de la selva, ubicarse frente al barranco ante el que se sentaba para escribir, imaginar esa tierra —la desolación, la violenta exuberancia de esa tierra— tal como debió ser un siglo atrás, lleva a la convicción de que Quiroga es inabarcable. El lector refinado, el hombre que había ejercido como profesor de literatura y se movía en los cenáculos literarios, que había viajado a París, que había publicado ya el libro de cuentos Los arrecifes de coral, elige el desafío de convivir —de luchar cuerpo a cuerpo— con la selva, con el sol como fuego y con el río. Allí, cerca de las ruinas de San Ignacio, fue curioso juez de Paz, destilador y agricultor malogrado, allí remó contra la corriente y se abrió paso a machetazos, allí nacieron sus hijos Eglé y Darío, allí asistió a la muerte lenta de su mujer, Ana María Cirés, una muchacha muy joven que, al no poder soportar la vida en la selva, tomó cianuro para suicidarse. Allí, de una manera muy singular, crió solo a sus dos hijos (“El desierto” refleja de manera excepcional esa crianza y lleva los riesgos de la situación padre-hijos a un punto límite). Del respeto que le tuvo Quiroga a la selva, a los personajes curiosos que habitaban sus cercanías, a cada uno de sus bichos, al río, da cuenta lo mejor de su narrativa. Sabiéndose extraño él mismo, tenía la capacidad de entender, de respetar lo extraño que había en cada uno de los seres de frontera que lo rodeaban. Misiones lo acompañó aun en su vida en la ciudad. En rigor, nunca regresó de la selva. Ezequiel Martínez Estrada, a quien Quiroga consideraba su hermano menor, cuenta cómo era su casa de Vicente López, en la que vivió con su segunda mujer, una adolescente, compañera de su hija Eglé, y con la pequeña hija de los dos, Pitoca. “El chalet era una especie de búngalo destartalado, con moblaje rural, y el garage-galpónliving era una tienda de antigüedades, donde no hubieran desentonado un helicóptero y un esqueleto de dinosaurio. En el enorme patio estaba la casilla del coatí, animalito sociable y cariñoso a quien Quiroga presentaba con la misma ceremonia que a un miembro de la familia.”
Por otra parte, también fuera de la selva la vida de Quiroga fue un continuo desafío, un situarse siempre en el borde. Viajaba en moto, manejaba como un loco, todo lo que hacía parecía colocarlo al filo de la muerte; desde ese filo, sin embargo, era un amador empedernido de la vida. De todo esto da cuenta su narrativa.
Sus cuentos tienen, entonces, una doble fascinación: se instalan como sistemas cerrados, rigurosos, exponentes magistrales del género cuando Quiroga alcanza el máximo de su excelencia. Y muestran, a retazos y reformuladas, su experiencia de vida y su visión del mundo.
En general, una recopilación de cuentos es un recorrido de vida en más de un aspecto. El cuentista va experimentando cambios de escritura, de ámbito, va moviendo a lo largo de su vida el centro de su interés, de modo que, involuntariamente, va llevando en sus cuentos un registro de los cambios. La novela se constituye siempre como una totalidad, un hecho literario que debe tener una unidad aunque su autor haya venido trabajando en ella durante veinte años; los cambios, los crecimientos, afectarán en algún momento del proceso a la totalidad y el resultado será único. Los cuentos, en cambio, son hechos unitarios, corresponden a una época, a un modo de la escritura, a una manera singular de registrar la experiencia vivida y de elegir las experiencias narrables. En casos como el de Quiroga, además, lo vivido —sobre todo lo vivido en la selva— suele emerger luminosamente, constituyendo lo más excepcional de su narrativa.
Hay cuentos antológicos: “La gallina degollada”, “El almohadón de plumas”, “El hombre muerto”, “A la deriva”, “Un peón”, “El hijo”; podrían —entre otras posibles— constituir una breve selección canónica. Y hay, sin duda alguna, un libro que, como totalidad, es antológico, Los desterrados, donde Horacio Quiroga consigue fundir todas sus cualidades literarias. Y cuando hablo de cualidades literarias no sólo me refiero al rigor formal, a la precisión de los adjetivos, a lo ajustado de la estructura: hablo, sobre todo, de su capacidad de saber al otro, de verse incluso a sí mismo como el otro (ocurre en “El techo de incienso”), de captar la grandeza y la locura que alientan en seres marginales: bandoleros, matones, mensúes, hombres que a veces, apenas con dos líneas, queden definidos de manera imborrable. Quiroga dice de todos ellos: “No son tímidos gatitos de civilización los tipos que del primer chapuzón o en el reflujo final de sus vidas han ido a encallar allá”. (“Tacuara-Mansión”). Hombres en la frontera que huyen de algo o que ya no tienen nada que perder o que entienden la vida como un permanente desafío, una lucha inútil contra la adversidad: ese es el mundo de Los desterrados. Cada una de sus historias da cuenta de uno o de varios de estos personajes, que a veces se definen con sólo hablar, porque esa es otra de la virtudes de Quiroga: la de encontrar el habla (y por lo tanto conocer la psicología profunda) de sus personajes. “A vos, Negro, por tus motas, te voy a pagar dos pesos y la rapadura. No te olvides de venir a cobrar a fin de mes”, le dice el estanciero a João Pedro, en el cuento que le da título al libro. Y más adelante, João Pedro al estanciero: “Eu vengo a quitar a vocé de en medio. Atire vocé primeiro, e nao erre”. El episodio termina de este modo, con una sintaxis que no tiene nada que envidiarle al mejor Borges, solo que compuesta algunas décadas antes: “El estanciero apuntó, pero erró el tiro. Y también esta vez, de los dos hombres regresó uno solo”. Estos son apenas unos ejemplos de la manera en que Quiroga crea para cada personaje una sintaxis y un lenguaje, y de la economía con que puede contar, elusivamente, un acontecimiento tan poco trivial como la muerte. Para comprender además su grandeza, su capacidad de saber que los hombres son capaces de dejar la vida por el sueño de una felicidad que no van a alcanzar nunca, basta leer el final de este mismo cuento, en que João Pedro y su compadre Tirafogo mueren atrapados en un espejismo que los hace momentáneamente dichosos.
La manera elusiva es constante en la mejor escritura de Quiroga. Van Houten, otro personaje inolvidable del libro Los desterrados, es descripto de esta manera: “Lo-que-queda-de-Van-Houten, en razon de que le faltaban un ojo, una oreja y tres dedos de la mano derecha (...) En el resto era un hombre bajo...” Repárese en lo sutilmente humorístico de ese “en el resto”. Hacia el final Van Houten será descripto con esta economía: “Hombre guapo para la piedra y duro para morir en la mina”. A su vez, Van Houten describe así a un milanés, compañero de trabajo: “Cuando no estaba borracho, era un hombre duro para el trabajo”. No hace falta más. En ese mismo cuento, Quiroga describe así la caída de Van Houten en un pozo: “Allá arriba, apareció la cabeza de mi hermano, gritándome. Y cuanto más gritaba, más disminuía su cabeza y el pozo se estiraba y se estiraba hasta ser un puntito en el cielo”. Manera suscinta de contar a través de su propia percepción cómo el personaje se va hundiendo. El mismo mecanismo se utiliza en este párrafo: “Desde el río en tinieblas vi brillar todavía por largo rato la ventana iluminada. Después la distancia la apagó”. Basta con detenerse un momento en la belleza de esta luz de una ventana que es apagada por la distancia para prepararse a los hallazgos que nos deparará la prosa de Quiroga. Y basta con atender a la descripción que el propio Quiroga hace de algunos de sus personajes para atisbar la fascinación que tendrá para nosotros esa gente por descubrir: “Así Juan Brown, que habiendo ido por sólo unas horas a mirar las ruinas, se quedó veinticinco años allá; el doctor Else, a quien la destilación de naranjas llevó a confundir a su hija con una rata; el químico Rivet, que se extinguió como una lámpara, demasiado repleto de alcohol carburado”. A los que habría que agregar los ya citados Van Houten, João Pedro y Tirafogo, o Corazón-Lindito (“La cámara oscura”), y Orgaz, extravagante jefe del Registro Civil, cuya función principal parece ser la de luchar obsesivamente contra las goteras de su techo de incienso. En estos dos últimos cuentos, además de que puede rastrearse el propio Quiroga tomado como personaje (como narrador, en “La cámara oculta”, como protagonista en “El techo de incienso”), se advierte nítidamente un rasgo que también atraviesa otros cuentos de Quiroga, pero en el que se repara poco: el humor. Como si costara aceptar que un autor que se adentró de esta manera en el horror y en la muerte tuviera, como los tiene, brillantes y a veces ácidos ramalazos de humor. Tal vez la frase de Isidoro Blaisten: “El humor es la penúltima etapa de la desesperación” eche alguna luz sobre esta aparente contradicción.
En cuanto al horror, en el que es especialista, su eficacia reside en la maestría con que omite el punto culminante de ese horror, dejando a cargo de la imaginación del lector la tarea de hacerlo crecer hasta lo intolerable. Bastan dos ejemplos, seguramente sus dos cuentos más célebres, y entre los mejores que se hayan escrito dentro de ese campo en la narrativa latinoamericana: “El almohadón de plumas”, donde la pequeña y fría aclaración en el final provoca en el lector un escalofrío que persiste, como persiste para siempre el estremecimiento que produce el vaciamiento del ojo en “El gato negro”, de Poe, y “La gallina degollada”, donde la ferocidad real ocurre detrás de una puerta que el autor no abrirá nunca, aunque nos haya proporcionado datos colaterales tan nítidos que querríamos detener a la imaginación para no enterarnos de lo que, lentamente, ha sucedido del otro lado.
Como el horror, también lo —en apariencia— fantástico suele hundir sus raíces en la realidad. Cierto que hay cuentos genuinamente fantásticos (“El espectro”, por ejemplo, donde la fascinación temprana de Quiroga por el cine hace que se anticipe en muchas décadas a Woody Allen, al intercambio entre los personajes de la pantalla y los de la realidad que consigue Allen en esa hermosa historia de amor que es La rosa púrpura del Cairo; sólo que en “El espectro”, además del amor están presentes la culpa y la muerte). Pero, en la mayor parte de los casos, el efecto fantástico suele tener su origen en las alucinaciones y en la locura: ocurre en “El síncope blanco”, ocurre en un cuento especialmente conmovedor: “El hijo”.
No tiene demasiado sentido discutir si los cuentos de Quiroga que adoptan el punto de vista de un animal podrían o no considerarse fantásticos. En última instancia, sólo se trataría de una cuestión de clasificaciones. Lo que sí vale la pena destacar es que, igual que “Midelienzo”, de Tolstoi, o “Cocó”, de Maupassant, cuentos como “La insolación”, el “El alambre de púa” o las dos partes de “Anaconda” muestran el amplísimo registro del punto de vista de su autor, su profunda capacidad de comprensión, que no solo se constituye en personajes humanos singulares (o captados en su singularidad); también en ciertos animales desde los cuales Quiroga expresa una percepción desusada de la naturaleza y el estado de perplejidad ante la conducta inexplicable de ciertos hombres. Hay otra clase de identificación con los animales, que sí se puede vincular con lo fantástico o, mejor, con lo fabuloso. El caso de animales que hablan y que, a veces, se comportan como humanos Sucede en “El hombre sitiado por los tigres”. Y también en “La señorita Leona” y en “Juan Darién”, exponentes certeros de una lucha interior sin solución entre lo civilizado y lo salvaje.
En cuanto al aspecto social en su literatura, aun cuando Quiroga tiene el talento de no hacer explícito su mensaje, por el mero hecho de encarar de la manera en que encara a ciertos personajes marginales y muestra a la naturaleza amenazada de destrucción por la ambición de los hombres, su ideología va emergiendo con claridad. Sin embargo, en algunos cuentos o fragmentos de cuentos, lo social pasa a primer plano. Es el caso de “La igualdad en tres actos”, cuento lúcido respecto de lo que entienden por igualdad las buenas conciencias. Las luchas sociales aparecen lateralmente en el cuento “Los desterrados”. “Para mayor extravío, iniciábase en aquellos días el movimiento obrero, en una región que no conserva del pasado jesuítico sino dos dogmas: la esclavitud del trabajo para el nativo, y la inviolabilidad del patrón. Viéronse huelgas de peones que esperaban a Boycott, como a un personaje de Posadas, y manifestaciones encabezadas por un bolichero a caballo que llevaba la bandera roja, mientras los peones analfabetos cantaban apretándose alrededor de uno de ellos para poder leer la Internacional.” Y constituyen la temática del cuento en “Los precursores”, donde se cuentan estos mismos hechos, pero ahora como cuestión central, con el agregado de la fascinación que adquiere aquí el relato mismo, a la luz —enrarecida— del habla coloquial y la mirada singular de un mensú.
Malhumorado, desbordante, de complicadas relaciones matrimoniales (como reflejo de esto, vale la pena detenerse en la ferocidad de ciertas peleas entre marido y mujer narradas en algunos de sus cuentos), tierno con los chicos y con ciertos animales, obsesivo, maestro impar de cuentistas (porque no sólo desentrañó los mecanismos del cuento; también, como quien deja un legado, ordenó esos mecanismos para los otros: “Los trucos del perfecto cuentista”, el “Manual del perfecto cuentista” y el “Decálogo del perfecto cuentista”, son textos que un aprendiz de narrador no debería ignorar), todo esto conforma al hombre que vamos armando a través de su escritura y del testimonio de quienes lo conocieron. Dos fragmentos de Martínez Estrada dan cuenta de su arbitrariedad y sus humores contradictorios: “Gran importancia para nuestra amistad tuvo la tarde indeleble en casa de Norah Lange (…) Quiroga estaba retozón, comunicativo, desbordante, locuaz como nunca lo oí. El patio parecía un jardín de infantes. Allí lo conocí como era realmente”. Y en otro texto: “Abrí la puerta para recoger el diario y encontré a Quiroga sentado en un escalón del umbral. A pesar del calor, tenía puesto el enorme casacón de cuero, al que le había hecho un hilván en la espalda con un hilo de talabartero. Había saltado la verja y leía el diario (…) Estaba de pésimo humor. Había tenido un disgusto en la casa. Como le acaecía en trances análogos, tartamudeaba. Su resolución era sencilla y extrema: no volvería más a Vicente López. Me preguntó si tenía comodidades para albergarlo por unos días”.
Este es el escritor que no sólo contó la vida (la pasión múltiple que implica la vida); también, y de manera excepcional, contó la muerte como acto de vida. Se adentró como pocos en la incredulidad, en la rebeldía, en la esperanza engañosa del hombre que sabe —que no está dispuesto a aceptar— que se está muriendo. Sus personajes se resisten a la muerte, la pelean hasta el último aliento, por eso son tan dolorosos. Basta leer “El desierto”, donde el hombre que va a morir no puede siquiera concebir algo tan espantoso como el dejar solos y desguarnecidos a sus dos pequeños hijos. Basta leer “A la deriva” y “El hombre muerto”, dos cuentos memorables donde se cuenta ese pasaje, intolerable, inevitable, de la vida a la muerte.
Se ha tratado vastamente el vínculo de Quiroga con la muerte. Muertes violentas las que lo asediaron, además. La de su padre, la de su padrastro, la de su amigo Ferrando (las tres provocadas por armas de fuego), el suicidio con cianuro de su primera mujer y, muchos años después de la muerte de Quiroga, el suicidio de sus hijos Eglé y Darío. Sin duda, desde el observador, desde aquel que mira estas muertes como una totalidad que envuelve y atraviesa a Quiroga, su figura aparece marcada y unívocamente definida por ellas. Pienso, sin embargo, que Quiroga no puede ser bien comprendido a la luz de esas muertes, salvo de una, que lo representa entero: la suya propia. Cuando se entera de que tiene cáncer, se suicida con cianuro. Ese acto de voluntad, esa elección de cerrar su vida sin posibilidad de claudicación, es coherente con el hombre que admiraba el Brand de Ibsen y vivió de acuerdo con sus principios implacables, el que resistió la muerte de tanta gente querida y, sin embargo (o por eso), fue capaz de narrar la muerte sin caer en la autocomplacencia del dolor. Cuando salió de una de sus internaciones en el Hospital de Clínicas, poco antes de morir, fue a la casa de Martínez Estrada. Se acostó en la cama, y Martínez Estrada lo cuenta así:
“Quiroga, de espaldas, con las piernas abiertas sobre la colcha, echaba humo como si se le quemara la barba. Estrada (me dijo), ¿no tiene alguna música nueva?” Estrada cuenta que puso la Sexta Sinfonía de Tchaikovsky, y luego la Muerte de Isolda, y sigue: “Seguía glorioso, feliz, bajo sus númenes angélicos, olvidado de sus terribles dolencias, de su vejez, de su soledad, de su fracaso, de su pobreza, con su vientre perforado por la cánula de goma y su ignorado cáncer (…) Entrecerraba los ojos, y terminó el disco cuando él arrojó la colilla. Una muerte con mise en scene. Lo contemplábamos como a un ángel”.
Liliana Heker
Buenos Aires, noviembre de 2007
Cuentos de amor, de locura y de muerte
El solitario
Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.
Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.
No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido hábil —artista aun— carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeúnte de posición que podía haber sido su marido.
Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya —¡y con cuánta pasión deseaba ella!— trabajaba de noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillante. Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar la tarea del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida —debía partir, no era para ella— caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.
—Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti —decía él al fin tristemente…
Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco.
Esas cosas se repitieron tanto que Kassim no se levantaba yaa consolarla. ¡Consolarla! ¿De qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.
Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad.
—¡Y eres un hombre, tú! —murmuraba.
Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.
—No eres feliz conmigo, María —expresaba al rato.
—¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo?... ¡No la última de las mujeres!... ¡Pobre diablo! —concluía con risa nerviosa, yéndose.
Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados.
—Sí... ¡no es una diadema sorprendente!... ¿cuándo la hiciste?
—Desde el martes —mirábala él con descolorida ternura—; mientras dormías, de noche...
—¡Oh, podías haberte acostado! ¡Inmensos, los brillantes!
Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y, apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos:
—¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar a su mujer! Y tú… y tú… ¡ni un miserable vestido que ponerme tengo!
Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a decir a su marido cosas increíbles.
La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó la falta de un prendedor, cinco mil pesos en dos solitarios. Buscó en sus cajones de nuevo.
—¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.
—Sí, lo he visto.
—¿Dónde está? —se volvió extrañado.
—¡Aquí!
Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el prendedor puesto,
—Te queda muy bien —dijo Kassim al rato—. Guardémoslo. María se rió.
—¡Oh, no!, es mío.
—¿Broma?
—¡Sí, es broma! ¡Es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser mío!... Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.
Kassim se demudó.
—Haces mal..., podrían verte. Perderían toda confianza en mí.
—¡Oh! —cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la puerta.
Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba sentada en la cama.
—¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Que soy una ladrona!
—No mires así... Has sido imprudente nada más.
—¡Ah! ¡Y a ti te la confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide un poco de halago, y quiere... me llamas ladrona a mí! ¡Infame!
Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.
Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más admirable que hubiera pasado por sus manos.
—Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.
Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre el solitario,
—Un agua admirable... —prosiguió él—; costará nueve o diez mil pesos.
—¡Un anillo! —murmuró María al fin.
—No, es de hombres…, un alfiler.
A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.
—Si quieres hacerlo después… —se atrevió Kassim un día—. Es un trabajo urgente.
Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.
—¡María, te pueden ver!
—¡Toma! ¡Ahí está tu piedra!
El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso. Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo la mirada a su mujer.
—Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?
—No —repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos le temblaban hasta dar lástima.
Tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en plena crisis de nervios. La cabellera se había soltado y los ojos le salían de las órbitas.
—¡Dame el brillante! —clamó—. ¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí! ¡Dámelo!
—María... —tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.
—¡Ah! —rugió su mujer, enloquecida—. ¡Tú eres el ladrón, el miserable! ¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! ¡Y creías que no me iba a desquitar... cornudo! ¡Ajá! —se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando Kassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de un botín.
—¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim, miserable!
Kassim la ayudó a levantarse, lívido.
—Estás enferma, María. Después hablaremos..., acuéstate.
—¡Mi brillante!
—Bueno, veremos si es posible... acuéstate.
—Dámelo.
La crisis de nervios retornó.
Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una seguridad matemática, faltaban pocas horas ya para concluirlo.
María se levantó a comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.
—Es mentira, Kassim —dijo.
—¡Oh! —repuso Kassim, sonriendo—, no es nada.
—¡Te juro que es mentira! —insistió ella.
Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe caricia la mano y se levantó para proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las manos, lo siguió con la vista.
—Ya no me dices más que eso... —murmuró. Y con una honda náusea por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto.
No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en el taller; su marido continuaba trabajando. Una hora después Kassim oyó un alarido.
—¡Dámelo!
—Sí, es para ti; falta poco, María —repuso presuroso, levantándose. Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo.
A las dos de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante resplandecía firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio y encendió la veladora, María dormía de espaldas, en la blancura helada de su camisón y de la sábana.
Fue al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido.
Su mujer no lo sintió.
No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dureza de piedra y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió firme y perpendicular como un clavo el alfiler entero en el corazón de su mujer.
Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los dedos se arquearon y nada más.
La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, se retiró, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.
La gallina degollada
Todo el día, sentados en el patio, en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con toda la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al Oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerro al declinar, los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio; poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial como si fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces alrededor del patio, mordiéndose la lengua y mugiendo. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer y mujer y marido hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de un cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando la causa del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados de la criatura cobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo. Había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que... ?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágalo examinar detenidamente.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza o inteligencia, como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas de dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitiose el proceso de los dos mayores.
Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido.
No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer o cuando veían colores brillantes y oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años, Mazzini y Berta desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombres: tus hijos.
Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada.
—De nuestros hijos, me parece...
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente.
—Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, ¿no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida—; pero yo tampoco, supongo... ¡No faltaba más...! —murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con un brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló al fin, secándose las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque, y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones sus almas se unían con doble arrebato y ansia por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre.
Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en su hija toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aun en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidose casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota cancia.
De ese modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que sus padres eran incapaces de negociarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre y el temor a verla morir o quedar idiota tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
—¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira; ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías decir!
—¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he tenido padres sanos! ¿Oyes? ¡Sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡Eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos; mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido y, como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día, radiante, había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volviose, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación. Rojo... Rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí en la cocina.
Berta llegó. No quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en estas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapose en seguida a casa.
Entretanto, los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidiose por una silla desfondada, pero aún no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de keroseno, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron al cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, se sintió cogida de una pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Dejáme! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente.
Trató aún de sujetarse del borde, pero sintiose arrancada y cayó.
—¡Mamá! ¡Ay, ma...! —no pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama —le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio:
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado que la espalda se le heló del horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta, entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola.
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
Los buques suicidantes
Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche el buque no se ve ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.
Estos buques abandonados por a o por b navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.
No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos a cada minuto. Por ventura, las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de aguas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto siempre está frecuentado.
El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios, que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares, entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de agosto de 1903 y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden. Y faltaban todos. ¿Qué pasó?
La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Íbamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado.
La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del oleaje susurrante, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la ronca voz de los marineros en proa. Una señora muy joven y recién casada se atrevió:
—¿No serán águilas?...
El capitán sonrió bondadosamente:
—¿Qué, señora? ¿Águilas que se llevan a la tripulación?
Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.
Felizmente, un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y riesgo y hablando poco.
—¡Ah! ¡Si nos contara, señor! —suplicó la joven de las águilas.
—No tengo inconvenientes —asintió el discreto individuo—. En dos palabras: “En los mares del Norte, como el María Magdalena del capitán, encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo —viajábamos también con velas— nos llevó casi a su lado. El singular aspecto de abandono, que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuimos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; a bordo no se halló a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no sentimos mayor impresión. Aun nos reímos un poco de las famosas desapariciones súbitas.
”Ocho de nuestros hombres quedaron a bordo para el gobierno del nuevo buque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente. Desprendiose de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas.
”Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fui con ellos. Apenas a bordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda, y a la hora la mayoría cantaba ya.
”Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo arrollado y se sacó la camiseta para remendarla. Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. Él los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en ello, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al sentir el ruido los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la apatía común.
”Al rato otro se desperezó, restregose los ojos caminando, y se tiró al agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me tocaban el hombro.
”—¿Qué hora es?
”—Las cinco —respondí. El viejo marinero que me había hecho la pregunta me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos recostándose enfrente de mí. Miró largo rato mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.
”Los tres que quedaron se acercaron rápidamente y observaron el remolino. Se sentaron en la borda silbando despacio con la vista perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A las seis el último (se levantó, se compuso la ropa), apartose el pelo de la frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua.
”Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos, sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo morboso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua los otros se volvían, momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse enseguida. Así habían desaparecido todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de los demás buques. Eso es todo”.
Nos quedamos mirando al raro hombre con explicable curiosidad.
—¿Y usted no sintió nada? —le preguntó mi vecino de camarote.
—Sí; un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es este: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aun los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre que noche a noche se ahorcaban.
Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Poco después el narrador se retiraba a su camarote. El capitán lo siguió un rato de reojo.
—¡Farsante! —murmuró.
—Al contrario —dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra—. Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso y se hubiera tirado también al agua.
El almohadón de pluma
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces, con un ligero estremecimiento cuando, volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó muy lento la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra.
Fue ese el último día en que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole cama y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico. Y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatose una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin que se oyera el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, deteniéndose un instante en cada extremo a mirar a su mujer.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche quedó de repente mirando fijamente. Al raro abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —exclamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra,
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia lanzó un alarido de horror,
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola por media hora, temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella sus ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor, mientras ellos pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio, y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... Poco hay que hacer.
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquél. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un raro de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz— le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó pero en seguida lo dejó caer y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo; pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
A la deriva
El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante y, al volverse, con un juramento vio una yararacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo—. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer, espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo! —La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo... —murmuró entonces, mirando su pie, lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta, que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez— dirigió una mirada al sol, que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría llegar jamás él solo a Tacurú-Pucú y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba; pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano—. ¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —exclamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba. Y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aun su compadre Gaona, en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón míster Dougald y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecido, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entre tanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración...
Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un Viernes Santo… ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.
La insolación
El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil y se sentó tranquilo. Veía la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro del monte. Éste cerraba el horizonte a doscientos metros, por tres lados de la chacra. Hacia el Oeste el campo se ensanchaba y ext
