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Dedicatoria
Cita
PRIMERA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
SEGUNDA PARTE
8
9
10
11
12
13
TERCERA PARTE
14
15
16
17
18
CUARTA PARTE
19
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Pablo Simonetti
Créditos
Sedes
Para José Pedro Godoy,
por regalarme la libertad
Yo era tan joven entonces que no podía, como los demás jóvenes, perder la fe profunda en mi propia estrella, en una fuerza que me amaba y velaba por mí con preferencia sobre todos los demás seres humanos. Ningún milagro me parecía increíble, con tal de que me sucediera a mí. Cuando esa fe empieza a menguar, y cuando piensas en la posibilidad de que estés en la misma situación que los otros, has perdido definitivamente la juventud.
«El viejo caballero», Siete cuentos góticos, ISAK DINESEN
I
1
Cada uno tiene sus tratos con la edad. Yo me sentí viejo por primera vez a los cincuenta y dos años. Y no porque de vez en cuando los pulmones o la piel me hicieran pasar un mal rato, sino por haberme encontrado con Felipe Selden esa noche, a principios de noviembre de 2008, en una galería de arte. Bastaron cinco minutos para convencerme de que si yo hubiera sido más joven me habría enamorado de él sin remedio, una idea subversiva para quien jamás creyó en amores a primera vista ni en las arbitrariedades del destino.
Al llegar a la apertura de una exposición, crucé la sala en busca de un sitio donde el vocerío no reverberara en las paredes ni la iluminación fuera tan inmisericorde. Una numerosa concurrencia invadía el edificio de concreto a la vista, ubicado en una de las bocacalles de Nueva Costanera. En la esquina opuesta a la entrada, junto a un ventanal de piso a cielo que abría la visión hacia un jardín recién plantado, encontré un espacio de tranquilidad. A mi derecha, bajo la luz refractada por el cristal, numerosas matas de cubresuelo parecían marañas de reptiles muertos. Ahí me sentí a salvo de las personas ansiosas que, olvidadas por completo de las pinturas, no mostraban otro interés sino enredarse ellas mismas en una sola y gran maraña social.
Mientras buscaba entre la gente el perfil barbado del pintor, vi llegar a Camilo Suárez en compañía de un hombre. Digo «hombre» porque pese a tener el aspecto de un veinteañero, proyectaba una poderosa seguridad en sí mismo. Irradiaba vigor y al mismo tiempo parecía sustraerse del entorno. Su andar calmo y su talante sereno convertían la encantadora animación de Camilo en una suma de gestos ligeramente exagerados. Verlos entrar tuvo en mí el efecto de un cambio a un clima más benevolente. Los seguí con la mirada en su deambular a través de la sala. Camilo vestía traje y corbata; Selden, una chaqueta azul de gabardina, camisa blanca y jeans. Una cuerda invisible los unió a medida que avanzaban entre la gente, cada uno prestando especial atención a los comentarios del otro. En dos oportunidades alcanzaron la primera línea frente a un cuadro y se detuvieron un instante para intercambiar impresiones. El resto de su recorrido se vio salpicado por los saludos que recibían a su paso. Gracias a su facilidad de palabra y al acogedor timbre de su risa, Camilo desplegaba su simpatía sin esfuerzo. Entre sus amigos había gente de todas las edades, incluidas algunas mujeres que combatían la inminencia de la ancianidad. No lejos de donde me encontraba, una de ellas, notoria figura de la vida social, tomó a Camilo del brazo, al tiempo que le ofreció un pómulo afilado para que la besara. Una chaquetilla de pedrería ceñía su torso y un peinado a lo Thatcher, teñido de un dorado homogéneo, le regalaba tres o cuatro centímetros a su pequeño cuerpo.
—¿Cómo te va, chiquillo? —dijo con voz inesperadamente ronca y chocantemente modulada.
Camilo le abrió paso a Selden. La mujer volvió a ofrecer su mejilla, mientras realizaba extrañas muecas con su boca, como si hiciera gimnasia facial. La última contorsión se transformó en un golpe de asombro.
—¡Felipe!
Su estudiado desdén había desaparecido y ahora encaraba a Selden con el mentón altivo, tal vez para compensar la gran diferencia de estatura.
—Hola, tía Alicia —respondió Selden con cordialidad pero sin aspavientos.
—Tu madre me contó que habías llegado de Estados Unidos. ¿Por qué debo ser yo la última en volver a verte?
La mujer dio un giro hacia tres personas que seguían con atención las piruetas de su boca para añadir:
—Díganme si mi sobrino nieto no está convertido en una preciosura. Dos años sin verte y vuelves hecho un adonis. Y tú, Camilo —remarcó, alzando las palmas hacia él—, no lo haces nada de mal. En mi época habían chiquillos tan regios como ustedes, pero no eran ni tan altos ni tan liberados.
Acompañó esta última frase con una mirada significativa, como si sospechara, al igual que yo, que entre los jóvenes despuntaba un amorío. Las risas de sus acompañantes, incluida la de Camilo, celebraron la picardía de la mujer. No así los labios pulposos de Felipe, que apenas se curvaron en una sonrisa sin atisbos de adulación. Un gesto que calzaba con sus ojos azules, espabilados por la curiosidad pero que no se malgastaban en brillos de falsa simpatía. En medio de la agitación, Selden parecía aislado dentro de un fanal de silencio, una cúpula transparente que definía un espacio más apacible que cuanto lo rodeaba.
Con Camilo nos habíamos conocido hacía tiempo, en un taller de lectura que dirigí el verano de 1998. Él había egresado de derecho en la Universidad de Chile, estaba realizando su práctica y se preparaba para dar el examen de grado. Cuando le llegó el momento de asumir su homosexualidad, dos años más tarde, me hizo su confidente. En un mail me preguntaba si podía reunirse conmigo para hablar de un tema personal. Recibía esa clase de peticiones a menudo, así que sospeché de inmediato cuál era su fin. Me hizo gracia que el mensaje viniera suscrito con el elegante logo del estudio de abogados donde había entrado a trabajar: Amunátegui, Lira y Cía., como si la oficina completa quisiera salir de su encierro sexual. Por el propio Camilo me enteré de que sus padres habían desaprobado el cariz «empresarial» que había adquirido la carrera de su hijo, ajeno a la tradición académica familiar. El abuelo había llegado a ser rector del Liceo Manuel de Salas, su padre era considerado «el mejor profe de cálculo» de la Universidad de Chile y su madre era doctora en sociología y profesora titular de la Universidad Diego Portales. En cambio, cuando Camilo salió del clóset, desde los abuelos hasta los hermanos, pasando por los padres, reaccionaron con apertura y comprensión. Estoy seguro de que no fueron mis consejos los que contribuyeron a que la familia Suárez recibiera bien la noticia, pero desde entonces Camilo se ha mostrado agradecido conmigo.
Para la mayoría de mis amigos, Camilo constituyó el mejor partido de las nuevas generaciones durante sus primeros años de vida gay. En el mundillo que frecuentábamos no abundaban los hombres prósperos, de actitud viril, dueños de una personalidad llamativa y un temperamento dulce y abierto. Felizmente, su atractivo no fue un problema para mí. Ni sus cejas pobladas, ni sus ojos relucientes de complicidad, ni la prominencia de su mandíbula habían logrado tocar fibra alguna de mi gusto particular. Incluso su disposición al asombro me hacía pensar que estaba ante un adolescente tardío. El entusiasmo tornadizo que suelen exhibir los jóvenes no termina de conmoverme. Lo acogí como a un tipo bienintencionado que cada cierto tiempo buscaba mi consejo, y él me entronizó como su «padre gay». Le interesaba escuchar mis opiniones sobre sus amoríos y en cada una de esas historias había un matiz o un episodio que podía serme útil para una futura novela.
Oí la espesa voz de la reina social afirmar que cualquier cuadro se vería bien en esa galería «espléndida». Camilo alzó la vista y cruzamos miradas. Selden intercambió un par de frases más con la mujer y, al momento de despedirse, debió realizar una media reverencia para alcanzar su mejilla con un beso.
—Vayan, vayan, chiquillos ingratos —dijo ella—. No gasten ni un minuto de su vida en entretener a sus mayores. Vayan, pásenlo bien. Y tú, Felipe, llámame mañana. Tengo algo importante que pedirte.
Camilo y Selden sonrieron al aire y se abrieron paso hacia el ventanal. Oí a Camilo decir:
—No sabía que fuera tu tía.
—Tía abuela —corrigió Selden—. A la mamá le carga, dice que es una vieja frívola. A mí me cae bien, la encuentro divertida.
La irrupción de los dos hombres altos en mi refugio hizo que diera un paso atrás. Me mortificaron el metro setenta de estatura y la rebelde panza. El aire ceremonial del que se rodeó Camilo para presentarme, como si yo fuera alguien de prestigio, compensó en parte mi contrariada vanidad.
—Te presento a Felipe Selden —me dijo al terminar. La formalidad que le imprimió a su voz no se correspondía con la sonrisa triunfante de sus ojos.
Selden extendió la mano e inclinó el cuerpo hacia adelante para saludarme.
—La mamá leyó uno de tus libros.
—Pobrecita tu madre —nos estrechamos las manos con más energía de la necesaria—, deberías haberlo leído tú y no ella. No son libros para gente decente.
—Cuando yo tenía dieciocho años me dijo que todavía era muy joven para leerlo.
—¿Y tú le obedeciste?
—No me hice el tiempo y no sabía si en realidad me interesaba.
No había indicio alguno en su semblante ni en su voz de que tuviera la intención de ser irónico; hablaba con entusiasmo y mantenía su atención puesta en mí. Tampoco había un brillo codicioso ni menos lascivo en esa mirada de tranquila alegría. De haber sido posible, habría dejado que mis ojos se enlazaran con los suyos, olvidando a Camilo, cuya presencia me obligaba a desviarlos cada tanto.
—¿Sabes de qué se tratan mis libros?
—En realidad, no —dijo apenas dibujando una línea con sus labios en señal de disculpa—. La mamá me comentó que uno de ellos era la historia de tu familia.
—No es cierto, es ficción.
—Ay, Tomás, no mientas —intervino Camilo.
—Las cosas no ocurrieron como las cuento en el libro. Ya habría querido yo escaparme a los veinte años para irme a vivir a Estados Unidos. Pero me fui a los veinticinco, con beca paterna, y volví a los dos años como un cobarde.
—La mamá está convencida de que es la historia de tu familia. Ella te conoce de los tiempos de la universidad. Se llama Catalina Guzmán. Le dicen Tana.
La imagen de una mujer de caderas anchas, vestida con falda escocesa, blusa color crema y zapatos de taco bajo me vino a la memoria. Recordé su cabellera castaña, domada seguramente en agotadoras sesiones de alisamiento, y también recordé su amor por la disciplina, reflejado en el vestir severo y el hablar medido. Esa agresiva tensión no calzaba en nada con el apacible rostro de Selden; sin embargo, poco a poco, se me hicieron evidentes algunos calces en sus fisonomías. Quizás los más llamativos fueran la frente abombada y una mandíbula débil, que les conferían a ambos rostros una cierta redondez. Aun así, nadie hubiera dicho que esa mujer sin mayor gracia podía tener un hijo tan atractivo.
—Claro que la conozco. Simpática —mentí—. Era la mejor amiga de una polola que tuve. Estudiaban juntas en la Católica. Pedagogía en historia, ¿no? —se me vino a la mente el marido, su novio de entonces, un tipo de miembros gruesos, piel atezada y mejillas carnosas—. Y a tu padre también lo conocí. Alto, tenía el pelo crespo y oscuro, como tú. Fue compañero de un amigo mío en ingeniería comercial. Nunca lo vi bailar en una fiesta. Se apoyaba en una pared y no se movía de ahí en toda la noche.
—Ellos son mis papás —asintió orgulloso.
—No me imagino a tu madre leyendo uno de mis libros.
—Voy a leer el de tu historia familiar. Yo también vengo llegando de Estados Unidos.
Después de haberse recibido como arquitecto de la Católica, había estudiado un máster en diseño urbano de la Universidad de Illinois. ¿Me conmovía el dominio que desplegaba Selden sobre la situación o el recuerdo de quién era yo a su edad? Más bien se trataba de quién hubiera deseado ser en esa etapa de mi vida. Verlo tan a cargo de sí mismo hizo brotar ante mí la vulnerabilidad de esa época, cuando el deseo y el miedo polarizaban mis días.
—¿En serio? —exclamó, lanzando una mirada rápida a Camilo cuando le conté que había estudiado marketing en UCLA—. No sabía. Creí que habías estudiado literatura.
—Fui publicista durante un tiempo.
—Es uno de los fundadores de Zarabanda, la agencia de publicidad —acotó Camilo.
—La he oído nombrar. ¿Así que también decidiste volver?
—Bueno, hice lo que mis padres esperaban de mí. Era parte de un plan y debía cumplir con el papel que me habían asignado.
—Pero lo dices como si tu familia hubiera sido una mala influencia. Para mí, la razón más importante de volver fue estar cerca de los papás y de mi hermana.
—¿Saben que eres gay?
—Sí —respondió con un ligero constreñimiento en la voz y el primer temblor en su mirada, tal vez molesto con que me diera por enterado sin mediar una revelación de su parte.
—¿Y cómo lo tomaron?
—Bueno, en verdad les ha costado un esfuerzo enorme hacerse a la idea. Hablé con ellos hace poco —dirigió su mirada hacia las matas mustias del jardín recién plantado—. Pero mi familia es lo mejor —aclaró con un alzamiento de la cabeza, quizás consciente de su momentánea fragilidad.
—¿Qué edad tienes?
—Veintisiete.
—Se ve mayor, ¿no? —intervino Camilo, seguro que motivado por los siete años de edad que lo separaban de Selden.
—Bueno, ya se acostumbrarán a la idea.
—Son muy religiosos —dijo Selden, como si lo pensara para sí mismo.
—Tu mamá iba a reuniones del Opus Dei cuando la conocí.
—Es supernumeraria.
No era preciso conocer a sus padres, ni reparar en el modo de llamarlos —«la» mamá y «el» papá—, para deducir el origen social de Selden. Dentro de la naturalidad de sus gestos y la corrección de su lenguaje era posible espigar decenas de pequeños indicios de su pertenencia a la clase alta conservadora. La más llamativa, acaso, era la manera de entonar las frases, con los énfasis ligeramente fuera de lugar y un vibrante regodeo en los labios para dejar salir la última sílaba.
—No va a ser fácil, entonces.
Caí en la cuenta de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien me había llamado la atención. La pérdida del asombro es un rasgo inapelable de vejez. Cada persona joven que conocía terminaba por ser una variante de algún estereotipo que había identificado en el pasado. Ya había visto entre los hombres que me cruzaba en el camino al que busca ser original por método, al rebelde, al macho de maqueta, al payaso, al buen amigo, al expedito, al fiestero, al aplicado, al seductor, al esteta, al mitómano, al adicto y al esnob. También había conocido a los neuróticos enfermizos, a los compulsivos del orden y la limpieza, a unos pocos intelectuales de verdad y a los que buscaban en el conocimiento y el arte armas de ascenso social o defensa propia. Creía conocer los disfraces con que nos arropamos en nuestros primeros años de vida adulta para hacernos de un lugar que creemos definitivo, sin saber que es solo una estación de paso, un esbozo de identidad, una pantomima.
Seguí adelante con el interrogatorio con apenas disimulada fiereza. Hasta el momento, Selden no había conseguido un trabajo que le satisficiera y le posibilitara vivir por su cuenta. Continuaba bajo el mando de su madre, el carácter fuerte de la familia, mientras su padre era una ausencia en el discurso, como si nada importara su opinión. Selden colaboraba en algunos proyectos de una consultora llamada Urbanitas, un buen lugar según él para estudiar alternativas de trabajo y hacer contactos. Esperaba crear su propia empresa de asesorías.
—Mi principal cliente va a ser el Estado, pero ojalá no sea con un gobierno de la Concertación. El Ministerio de Vivienda y Urbanismo está capturado por la Democracia Cristiana. Ahí solo se pagan favores.
—Es difícil ser de derecha y ser gay sin caer en una contradicción vital.
—No veo por qué.
—Para la gente de la UDI somos unos pervertidos.
—Pero ya nadie les hace caso. La gente de mi edad es completamente abierta respecto al tema.
—Tus padres les hacen caso.
—Es peor todavía. Mis padres obedecen a la memoria de san Josemaría y al Papa.
—¿Y tú, además de derechista, vas a decirme que eres católico?
Fue la primera vez que lo vi reírse. Se rió con ganas, y lo agradable fue que en buena medida se reía de sí mismo.
—Sí, también soy católico y no creo que sea contradictorio con ser gay.
Con un sutil desvío de su mirada le pidió a Camilo que partieran.
—Me quedaría feliz conversando contigo, pero tengo que irme.
—Perdona, sí, tenemos que irnos —lo secundó Camilo—. Hablemos para vernos pronto.
—Todavía tengo el mismo teléfono y abrí una cuenta en facebook.
—¿En serio? —preguntó Selden, expandiendo el rostro por la sorpresa. En esos años era poco común que alguien de mi generación participara en las redes sociales—. Te voy a pedir amistad.
Cada uno me dio un apretón de manos y emprendieron rumbo hacia la salida. Esquivaron a la tía abuela de Selden, pero Camilo no se privó de despedirse con la mirada, alzando la mano en el aire, o con un beso al pasar, de los conocidos con que se cruzó en el camino.
En mi estado de ánimo se había extinguido cualquier asomo de desamparo, dando paso a una extraña sensación de júbilo. Tenía ganas de hablar y de tomar un trago. La alta marea interior me llevó hasta la reina social, la mentada tía Alicia, quien se hallaba a la caza de un nuevo oyente. La había visto en algunos lanzamientos de libros. Al parecer, los había incluido en la lista de eventos sociales a los que debía asistir. Llegó a confesarle a mi editora que consideraba imprescindible adornar su perfil público con «un aire literario». Tan solo verme, y no sin antes realizar un par de contorsiones faciales, me dijo en voz baja:
—Ten cuidado con mi sobrino nieto, mira que es un chiquillo inocente.
Dado el conocimiento público de mi homosexualidad, su advertencia dejaba en claro que ella estaba al tanto de la de Selden.
—Lo único que no podría decirse de él es que sea un muchacho desvalido.
—Es cierto —dijo mirándome embelesada, como si quisiera aquilatar esa impresión. El vuelo de su mente sobre quizás qué escenarios futuros duró unos segundos. Al recuperar las líneas más pragmáticas de su rostro, añadió—: Pero todavía le queda mucha vida por delante. No es necesario apurarlo.
—Los escritores nos dedicamos a observar, no nos interesa apurar a nadie.
—¿Y cómo te ha ido con la literatura? —preguntó, recuperando el tono declamatorio, de modo que su pequeña corte pudiera oírla—. Estupendamente, según he leído en los diarios.
—Al menos puedo escribir tranquilo.
—Claro que te han dicho antes que escribes bien, pero yo —remarcó, dejándose llevar por su amor a los pronombres— no te lo había dicho. Ustedes los escritores tienen la mala costumbre de creerse el non plus ultra. Tú no eres el mejor escritor del mundo, para qué estamos con cosas, pero me ayudas a llenar mis horas vacías —y dejó pasar un instante antes de exclamar alzando un dedo de protesta—: ¡No las soporto!
—No sabía que una persona como usted —usé el tratamiento formal con deliberación— tuviera horas vacías. Es más, no creí que usted leyera.
—¿Ven, ustedes? —dijo volteando la vista a uno y otro lado para interpelar a su auditorio—. Uno los elogia y ellos te contestan una in-so-lencia.
La modulación de esta palabra fue tan excesiva que no supe si completar la broma con una carcajada o pedir disculpas. En esos momentos se acercó el pintor a salvar la situación.
—Ah, Juan Carlos, tu amigo escritor es de lo más antipático —dijo ella con cariñosa superioridad mientras tomaba al pintor por la cintura—, pero tú, pero tú... —repitió, brindándose una pausa de suspenso— eres un artista asombroso. Mira —dijo con un gesto amplio de su brazo que flotó hacia el espacio abierto sobre las cabezas de la gente—, este lugar no sería más que un galpón si no fuera por tus obras.
2
Recibí la petición de amistad de Selden en facebook, acompañada de un mensaje. Unos minutos más tarde llegó la de Camilo, seguro que alertado de la nueva amistad entre Felipe y yo mediante una notificación del sistema. El mensaje de Selden decía:
Notable conocerte ayer. Estoy esperando la comida de esta noche con los papás para contarles que estuve contigo. Van a estar felices.
Un abrazo, Felipe
Aunque la referencia a sus padres me situara en un mundo de viejos, en mi respuesta quería transmitirle la impresión que me había causado:
Para mí también fue un gusto conocerte. Me llamó la atención tu aplomo, no sé de qué otra manera llamarlo. Me pareciste centrado, sincero, con vinculación en la mirada. Ninguna de esas virtudes es fácil de alcanzar a tu edad, ni en toda una vida.
Un abrazo, Tomás
Creí dar con la dosis de adulación necesaria para motivarlo a que me revelara sus juicios más personales del encuentro. Sin embargo, pasó la tarde y la noche sin que tuviera aviso de un nuevo mensaje. Fue Camilo quien me escribió a la mañana siguiente para preguntarme si podía pasar por mi casa después del trabajo. De inmediato lo llamé por teléfono para invitarlo a comer.
Perdí el resto del día en nimiedades. No logré concentrarme en la novela que escribía; a cada rato ingresaba a facebook, a gmail, los sitios de noticias me distrajeron más seguido que de costumbre. Camilo llegó pasadas las ocho. Rechazó la copa de vino que le ofrecí y me pidió un whisky. Se notaba nervioso, ni siquiera detuvo la vista en mí al saludarme. Sus ojos se mantenían rígidamente abiertos aunque perdidos. Pasó al baño y volvió con el pelo mojado, como si hubiera intentado disciplinar el mechón que le cae sobre la frente. Esperó de pie a que le sirviera el whisky y luego bebió del vaso con una ansiedad ajena a su carácter. A diferencia de visitas anteriores, no alabó la vista abierta hacia la cordillera, que a esa hora había adquirido toda su profundidad, ni tampoco mencionó el gusto que le producía hallarse en mi madriguera colmada de libros. No traía puesta una chaqueta, llevaba la corbata descorrida y un ala de la camisa le asomaba por encima del pantalón. En otra persona no me habría extrañado la falta de prolijidad, pero Camilo era de los que se paraba un buen rato frente al espejo un par de veces al día. En el primer minuto pensé que tenía un problema grave en su oficina.
—No sé qué hacer con Felipe —dijo finalmente, mientras se paseaba delante de la mesa que ocupo como escritorio, entre las dos lámparas de pie alto y pantalla cónica que me sirven de custodios cuando escribo de noche.
La agradable vivacidad de Camilo se había teñido de desasosiego. Dejó su vaso sobre una mesita y se desmoronó en uno de los dos sofás de un cuerpo. Me senté en mi silla de escritura, simulando preocupación o, mejor dicho, disimulando el placer que me provocaba la perspectiva de una plática acerca de Selden. Desde mi lugar, Camilo se veía en un segundo plano de luz, más difuso que el que dominaba la mesa que tenía ante mí.
—Ayer me dio la impresión de que sabías perfectamente qué hacer con él —dije para alentarlo a hablar.
—Si supieras cómo son las cosas en realidad.
—Cuéntame.
—Lo conocí hace un mes en una fiesta.
—¿Qué fiesta?
Iniciábamos nuestro viejo rito.
—Una que organizan los jueves en la noche en el Cienfuegos. ¿Lo conoces? —negué con la cabeza e hice un gesto circular con la mano para pedir que me lo describiera—. Está en Bellavista. Es una casa antigua que da a la calle Constitución. En la parte delantera hay un restorán y atrás techaron un patio para montar un lounge, con sofás, pufs y una pista de baile al centro. Yo fui esa noche con Caco, a él sí lo conoces —volví a negar, con un dedo esta vez—, ese amigo mío, flaco, moreno, el que estudia diseño. Una vez te lo presenté, uno que habla mucho y usa jeans pitillos con camisas tropicales. Simpático, insidioso. Es tan típico de ti que no te fijes en las personas que no consideras interesantes. Él quería ir para encontrarse con un tipo que lo tenía caliente. A los de veintitantos les gusta ir a esas fiestas de los jueves. Son mezcladas, no sé, mitad gay, mitad straight. Me pasé la primera parte de la noche enterrado en un sofá sin que siquiera Amy Winehouse me espantara el aburrimiento. Caco iba de un lado a otro en busca de su presa, y cada vez que se acercaba yo le proponía que nos fuéramos. Pero no me prestaba atención, me pedía plata y traía dos tragos más. No me mires con esa cara. Aún es estudiante, no tiene un peso. Había demasiada gente, demasiado humo, yo no estaba de ánimo ni para bailar ni para hablar tonterías; en realidad no sé qué hacía ahí. Cuando uno está en estos lugares sin desearlo, te fijas en todo lo que en el caso contrario te pasa inadvertido. Se te hacen notorios los ladrillos irregulares de la pared, los cables inútiles, los tarros de luz, la suciedad, la alegría nerviosa de la gente.
»Vi a Felipe por primera vez en la pista de baile. Con la mano derecha sostenía un vaso apegado al cuerpo, a la altura del diafragma, supongo que para protegerlo de un eventual codazo de quienes bailaban junto a él. Miraba en dirección al Dj. Al principio me pareció tan... quieto, no sé, abstraído. Busqué algún movimiento que indicara que oía la música y se percataba de la agitación alrededor. Seguía el ritmo con la cabeza, como si apenas asintiera, y de vez en cuando se llevaba el vaso a la boca. Caco me sacó de mi contemplación para contarme que había visto a su «mino» —Camilo arqueó las cejas para dejar en claro que la palabra no era de su propiedad— y que iba a bailar con él. Cuando volví a mirar hacia la pista, Felipe había desaparecido. No habían pasado más de diez o veinte segundos. Había tenido la impresión de que él llevaba un buen rato ahí y que se iba a quedar mucho tiempo más. Lo busqué hasta donde pude ver en la oscuridad. No estaba por ninguna parte. Por un momento pensé que me lo había inventado. Era tan ajeno al contexto que bien podía tratarse de una aparición».
—Ayer tuve una impresión semejante, como si estuviera rodeado de silencio.
—Produce una especie de vacío que se traga la atención de uno y del resto, como un hoyo negro de calma. De tan solo verlo me puse inquieto, como si él volviera activa la ansiedad que tenía dormida en el cuerpo. Es de otro tiempo, tiene otro tiempo. Cuando estoy con él, la forma acelerada y neurótica que tengo de vivir me parece ridícula.
—¿Y cómo fue que se conocieron?
—En la pista no estaba, en el lounge tampoco. Fui al bar y después de regreso al fondo. Hasta que me acordé de que a partir de cierta hora dejan que la gente vaya a comprar sus tragos adelante, al bar del restorán. Ahí estaba, sentado en un taburete, con los codos sobre la barra y la vista puesta al frente.
—¿Miraba al barman?
—No, a una pared espejada, con repisas llenas de botellas de licor. Por lo sereno que se veía, seguro que miraba un punto fijo, pensando en cualquier cosa, tal como antes en la pista de baile. La disposición de la barra no me permitió ubicarme en un lugar donde él pudiera verme. Estaba encajada entre dos muros. No sabía si hablarle. Podía ser hetero, aunque tenía el presentimiento de que era gay. No por la facha, andaba vestido con jeans y polera como la mayoría, pero uno se da cuenta, ¿no es verdad? Se me ocurrió ir a buscar a Caco y preguntarle por él. Conoce a medio mundo. Lo encontré en otro sofá negro y grasoso, agarrando con su mino. Le tenía la mano a medio meter en el pantalón y la camisa casi entera abierta. No me importó interrumpirlo, me debía más de un favor. Me miró irritado cuando le hablé, pero se desprendió del abrazo y vinieron los dos conmigo. Les mostré a Felipe a cierta distancia. Nos quedamos observándolo hasta que Caco me pidió plata de nuevo y fue al bar. Se hizo espacio sin ninguna cortesía entre Felipe y un gordito que estaba sentado a su izquierda. Al pedir los tragos, lo miró sin el menor disimulo y le habló. Creí que me iba a morir de vergüenza. Por suerte no hizo la estupidez de darse vuelta, indicarme con el dedo y decirle: oye, mi amigo quiere conocerte. Volvió y me dijo que se llamaba Felipe no sé cuánto, así, textualmente, no sé cuánto, y que él era tan raro como su apellido. Quise saber por qué lo encontraba raro. Se burló de mí por no captar el doble sentido de la palabra: hello, ¿gay, raro? Aunque a él no le cabía duda de que Felipe era raro de verdad, bastaba mirarlo. Lo había visto antes, en una de las fiestas del fin de semana anterior. No había bailado con nadie y, al igual que esa noche, andaba «en otra». Caco y su amigo se perdieron pasillo adentro. Seguí espiando a Felipe. Tú sabes que a mí no me cuesta hablarle a alguien si me gusta, pero me sentía intimidado. Tan indiferente se mostraba a lo que sucedía alrededor, que no daba la impresión de buscar compañía. Pero no vas solo a una fiesta si no es para conocer a alguien. Esperé a que se desocupara un taburete a su lado y, sin armarme de ningún pretexto, me senté junto a él, lo saludé, hola, así nada más, y me miró con esos ojos dulces que tiene. Son dulces, ¿no? —asentí para responder a su plegaria—. Son preciosos, bueno, no siempre, en las mañanas los tiene... no sé, indignados, no... severos. El punto es que me examinó con la mirada por un instante y después me dijo hola, a medio soplar, ese soplo ronco, raspad
