«Al final me sentí incapaz de seguir remando. Tenía las manos Illenas de ampollas, me ardía la espalda, me dolía todo el cuerpo. Con un suspiro, casi sin salpicar, me deslicé por la borda al agua. Con lentas brazadas, mis largos cabellos flotando en derredor, como una flor marina, una anémona, como una de esas medusas que se ven en los mares del Brasil, empecé a nadar hacia la extraña isla, al principio en contra de la corriente, como había llegado remando, y, luego, libre ya de su garra, dejé que las olas me arrastraran a la bahía y me depositaran en la playa.
»Allí quedé tendida en la ardiente arena, mientras la anaranjada luz del sol doraba mi cabeza, y mis enaguas —lo único con lo que había podido escapar— se secaban sobre mi piel, exhausta y agradecida, como todo superviviente.
»Una negra sombra se proyectó sobre mí, pero no la de una nube, sino la de un hombre cuya silueta se recortaba sobre un halo deslumbrador.
»—Náufraga —dije con mi lengua seca y pastosa—. Soy náufraga. Estoy completamente sola. —Y le enseñé mis manos llagadas.
»El hombre se sentó en cuclillas junto a mí. Era un hombre de raza negra: un negro con una cabeza de pelo ensortijado y lanoso y que, de no ser por unos toscos calzones, iba completamente desnudo. Me incorporé y me puse a estudiar aquel rostro achatado, aquellos pequeños ojos inexpresivos, la ancha nariz, los gruesos labios, aquella piel de un gris oscuro más que negra, seca como si estuviera rebozada en polvo.
»—Agua* —le pedí, probando en portugués, y le hice gestos como si bebiera. En vez de contestarme, me miró como si yo fuera una de esas focas o marsopas arrojadas a la playa por las olas, que no tardan en expirar y pueden ser troceadas y comidas. Al costado llevaba una lanza. He ido a parar a la isla menos indicada, pensé, y dejé caer la cabeza. He ido a parar a una isla de caníbales.
»Extendió la mano y con el dorso me tocó el brazo. Está reconociendo mi carne, me dije. Pero, poco a poco, mi respiración fue recobrando su ritmo normal y me sentí más tranquila. Olía a pescado y a lana de oveja en un día caluroso.
»Luego, como no podíamos seguir así eternamente, me puse derecha y volví a hacerle gestos de beber. Había remado toda la mañana. No había bebido ni una gota desde la noche anterior, con tal de que me diera agua, poco me importaba que después me matase.
»El negro se levantó y me hizo una seña para que le siguiera. Y, agarrotada y dolorida, me condujo a través de las dunas hasta un sendero que ascendía al escarpado interior de la isla. Pero apenas habíamos empezado a subir, cuando sentí un dolor agudísimo y tuve que sacarme del tobillo una espina larga de cabeza muy negra. A pesar de frotarlo, el tobillo se hinchó enseguida y pronto el dolor me obligó a ir cojeando. El negro me ofreció su espalda, dándome a entender que podía llevarme a cuestas. Dudé en aceptar, pues el individuo en cuestión era delgado y más bajo que yo. Pero no me quedó otro remedio. Y así, apoyando unas veces una sola pierna, montada otras a su espalda, con mis enaguas remangadas hasta los muslos y rozando con mi barbilla aquel pelo esponjoso, ascendí por la ladera de la colina, mientras el miedo que me inspiraba iba des
* En portugués en el original. (N. del T.)
vaneciéndose en este impensado abrazo de espaldas. Observé que no solo no ponía ningún cuidado en dónde pisaba, sino que con la planta de los pies iba aplastando matas de espinos idénticos al que a mí me había traspasado la piel.
»Al lector aficionado a los relatos de viajes, el término “isla desierta” le sugerirá, sin duda, un lugar de blandas arenas y frondosos árboles, donde los arroyos corren a apagar la sed del náufrago y donde las manos se le llenan de fruta madura con solo extenderlas, donde todo lo que se le pide es que pase los días sesteando hasta que recale algún barco y le devuelva a su patria. Pero la isla a la que yo fui arrojada era un lugar bien distinto: una gran mole rocosa, plana por arriba, que se elevaba bruscamente sobre el mar por todos los lados excepto por uno, y salpicada de arbustos grisáceos que nunca florecían ni nunca daban hojas. A su alrededor se formaban bancos de algas parduscas que, arrojadas por las olas a la playa, despedían un olor nauseabundo y se cubrían de enjambres de enormes pulgas de un color pálido. Había hormigas correteando por todas partes, idénticas a las que teníamos en Bahía, y otra plaga aún peor que infestaba las dunas: un diminuto insecto que se deslizaba entre los dedos de los pies y se abría paso royendo la carne. Ni siquiera la encallecida piel de Viernes estaba a salvo de él: aunque no parecía importarle gran cosa, tenía los pies llenos de pequeñas grietas sangrantes. Serpientes no vi ninguna, pero sí había, en cambio, lagartos, que salían a tomar el sol en las horas de más calor del día, ágiles y pequeños unos, grandes y torpones los otros, con unos collarines azules que les salían de las agallas y que abrían en forma de campana cuando algo les alarmaba, que silbaban también y miraban con ojos feroces. Una vez cogí uno, lo metí en una bolsa e intenté domesticarlo, dándole de comer moscas; pero se negaba a probar carne muerta, y al final lo dejé otra vez en libertad. También había monos (de los que ya hablaré más adelante) y pájaros, había pájaros por todas partes: no solo bandadas de gorriones (o así los llamaba yo al menos) que se pasaban el día gorjeando y revoloteando de arbusto en arbusto, sino también grandes tribus de gaviotas de varias clases, alcatraces y cormoranes que acampaban en lo alto de los acantilados que se alzaban sobre el mar y teñían las rocas de blanco con sus excrementos. Y en el mar marsopas, focas y peces de todo tipo. Así pues, si la compañía de brutos me hubiera bastado, podría haber vivido en mi isla feliz y contenta. Pero ¿quién que esté acostumbrado a la plenitud del lenguaje humano puede conformarse con graznidos, gorjeos, chirridos, los aullidos de las focas y el gemir del viento?
»Llegamos finalmente a lo alto del sendero y mi porteador se detuvo un instante para tomar aliento. Vi que me hallaba en una meseta elevada no lejos de una especie de campamento. Un mar resplandeciente se extendía a nuestro alrededor por todas partes, mientras, al este, el barco que me había llevado hasta allí se alejaba a toda vela.
»Mi única obsesión era el agua. Con tal de poder beber poco me importaba el destino que me aguardase. A la entrada del campamento había un hombre de tez oscura y barba bien poblada.
»—Agua —le pedí haciendo gestos. Hizo una seña al negro y vi que el individuo al que me dirigía era europeo—. Fala inglez? —le pregunté, tal y como había aprendido a decir en el Brasil. Asintió con la cabeza. El negro me trajo un cuenco de agua. Bebí y me trajo más. Era la mejor agua que nunca había bebido.
»Aquel desconocido tenía los ojos verdes y sus cabellos, quemados por el sol, eran de un color pajizo. Calculé que tendría unos sesenta años. Llevaba —si me lo permite, le haré una descripción completa— un justillo, unos calzones que le llegaban por debajo de la rodilla, como los que llevan los barqueros del Támesis, un sombrero de copa muy alta en forma de cono —prendas todas hechas con pieles entrelazadas, con el pelo vuelto hacia fuera— y un par de recias sandalias. Al cinto llevaba un bastón corto y un cuchillo. Un amotinado, fue lo primero que pensé. Sí, otro amotinado abandonado en la playa por algún capitán misericordioso y que había hecho criado suyo a uno de los negros de la isla.
»—Me llamo Susan Barton —le dije—. Ayer la tripulación del barco me abandonó a la deriva. Al capitán lo mataron, y conmigo hicieron lo que le acabo de decir.
»Y de pronto, aunque mis ojos en medio de tantas vejaciones como me habían infligido a bordo y en las largas horas de desesperación que pasé sola a merced de las olas con el cadáver del capitán a mis pies, con aquella lezna que llevaba clavada en el ojo, no habían derramado una sola lágrima, de pronto, repito, me eché a llorar. Me senté en el suelo desnudo de vegetación, me cogí los magullados pies entre las manos y empecé a echar el cuerpo adelante y atrás sollozando como una niña, mientras aquel desconocido —que no era otro que el mismo Cruso del que ya le he hablado— me contemplaba más como si fuera un pez arrojado por las olas a la playa que una infortunada criatura de su misma especie.
»Ya le he contado cómo iba vestido Cruso; ahora permítame describirle dónde vivía.
»En el centro de aquella planicie que coronaba la montaña se alzaban unas cuantas rocas que tenían la altura de una casa. En el ángulo entre dos de aquellas rocas Cruso se había construido una choza con una urdimbre de estacas y cañas que, hábilmente trabada, formaba las paredes y el tejado, y recubierta de ramajes. Una cerca con una puerta que giraba sobre goznes de cuero completaba el campamento al que Cruso llamaba su castillo. Dentro de la cerca, a resguardo de los monos, había una parcela en la que crecían lechugas amargas silvestres. Esta variedad de lechuga, junto con el pescado y los huevos de pájaro, constituyó, como ya irá viendo, nuestra única dieta en la isla.
»En la choza Cruso tenía una estrecha cama por todo mobiliario. El suelo era la tierra misma limpia de vegetación. Viernes disponía bajo el alero de una estera que le hacía las veces de cama.
»Cuando me sequé finalmente las lágrimas, le pedí a Cruso una aguja o algún otro utensilio parecido para sacarme el trozo de púa que aún llevaba clavada en el pie. Me trajo una aguja hecha con una espina de pescado, con el ojo perforado —ignoro con qué medios— por el extremo más ancho, y me contempló en silencio mientras me quitaba la punta de espino del talón.
»—Déjeme que le cuente mi historia —le dije—, pues no me cabe duda de que estará usted preguntándose quién soy yo, y cómo es que he venido a parar aquí.
»”Me llamo Susan Barton, y soy una mujer sola. Mi padre era francés y huyó a Inglaterra para escapar a las persecuciones de Flandes. Su verdadero apellido era Berton, pero, como tantas veces ocurre, se corrompió en boca de extranjeros. Mi madre era inglesa.
»”Hace dos años mi única hija fue raptada y conducida al Nuevo Mundo por un inglés, un representante y agente del negocio de fletes. Yo partí en su busca. Al llegar a Bahía no encontré sino negativas y, cuando insistía, groserías y amenazas. Los oficiales de la Corona, alegando que aquel era un pleito entre ingleses, no me prestaron la más mínima ayuda. Tomé una habitación alquilada, me puse a trabajar de costurera, y busqué y esperé, pero no encontré el menor rastro de mi hija. Así pues, desesperando ya de hallarla y casi agotados mis recursos, me embarqué para Lisboa en un buque mercante.
»”Diez días después de dejar puerto, por si mis desventuras no fueran ya bastantes, la tripulación se amotinó. Irrumpieron en el camarote del capitán y por más que este suplicó por su vida le infligieron una muerte atroz. A los marineros que no hicieron causa común con ellos les encadenaron con grilletes. A mí me metieron en un bote con el cadáver del capitán y nos abandonaron a la deriva. Por qué tomaron esta decisión conmigo es algo que ignoro. Pero, por lo general, aquellos a los que hemos maltratado son precisamente quienes más concitan nuestro odio, y lo que deseamos es perderlos de vista para siempre. El corazón del hombre es una selva oscura, como reza uno de los dichos que tienen en el Brasil.
»”Por algún designio del azar, o, tal vez, porque los amotinados ya lo tenían así previsto, me abandonaron a la deriva a la vista de esta isla. ‘Remos!’,* me gritó un marinero desde cubierta, queriéndome decir con esto que cogiera los remos y que remara.Peroyoestabatan horrorizadaqueno hacía más que temblar. Así que, mientras ellos se reían y hacían bromas, yo fui de un lado a otro a merced de las olas hasta que finalmente el viento cesó.
»”Toda la mañana, mientras el navío se iba alejando —creo que el plan de los amotinados era hacerse piratas y operar en aguas de la Hispaniola—, remé con el cadáver del capitán a mis pies. Pronto las palmas de las manos se me llenaron de ampollas, —¡mire!—, pero ante el temor de que la corriente me arrastrara más allá de esta isla suya no me permití el menor descanso. Infinitamente peor que el dolor que sentía al remar era la idea de pasar la noche a la deriva en la vasta soledad del océano, cuando, según tengo entendido, los monstruos de las profundidades marinas ascienden a la superficie en busca de sus presas.
»”Finalmente me sentí incapaz de seguir remando. Tenía las manos en carne viva, me ardía la espalda, me dolía todo el cuerpo. Con un suspiro, casi sin salpicar, me deslicé por la borda al agua y empecé a nadar hacia esta isla suya. Las olas me arrastraron y me arrojaron a la playa. El resto ya lo conoce.
»Con estas palabras me presenté a Robinson Cruso en los días en que aún era dueño y señor de su isla y con ellas pasé a convertirme en el segundo de sus súbditos, pues el primero lo era ya su criado Viernes.
»Ahora me gustaría relatarle la historia de este singular Cruso tal y como la escuché de sus propios labios. Pero las versiones que me contó eran tan dispares y tan difíciles de con
* En portugués en el original. (N. del T.)
ciliar entre sí que, poco a poco, fui llegando a la conclusión de que tanto el paso de los años como el aislamiento habían cobrado su tributo a la memoria, y que ya no sabía a ciencia cierta dónde acababa la verdad y dónde empezaba la fantasía. Así, tan pronto un buen día decía que su padre había sido un rico mercader cuya casa de contratación él había abandonado para partir en busca de aventuras, como al siguiente me contaba que había tenido una infancia pobre y sin familia, que se había enrolado como grumete en un barco que fue apresado por los moros —tenía en el brazo una cicatriz que, según decía, era la marca del hierro candente—, y que finalmente había escapado y se había trasladado al Nuevo Mundo. Otras veces aseguraba que llevaba quince años viviendo en su isla y que cuando el barco se fue a pique Viernes y él habían sido los dos únicos supervivientes.
»—Cuando el barco naufragó Viernes sería solo un niño, ¿no? —le pregunté.
»—Sí, un niño, no era más que un niño, un pequeño esclavo —contestó Cruso.
»Pero en otras ocasiones, como cuando era presa de la fiebre, por ejemplo, (¿no habrá que creer que la verdad se expresa en la fiebre y en la embriaguez aun en contra de la voluntad?), contaba historias de caníbales, y que Viernes era un caníbal al que él salvó de ser asado y devorado por sus propios congéneres.
»—¿Y no podrían volver los caníbales y reclamar a Viernes? —le pregunté, y él asintió con la cabeza—. ¿Por eso es por lo que está usted siempre oteando el horizonte: para estar prevenido ante un eventual regreso de los caníbales? —Y él asentía de nuevo. Por lo que al final nunca pude saber lo que era verdad, mentira, o mera divagación.
»Pero, con su permiso, retomo el hilo de mi relato. »Completamente exhausta, le pedí que me dejara echarme y al instante me quedé profundamente dormida. Cuando desperté el sol se estaba poniendo y Viernes preparaba nuestra cena. Aunque no consistía más que en un poco de pescado a la brasa con guarnición de lechuga, comí con sumo apetito. Reconfortada por el estómago lleno y por el hecho de sentir de nuevo tierra firme bajo mis pies, di las gracias a mi singular salvador. Hubiera querido contarle más cosas de mí, de la búsqueda de mi hija robada, del motín. Pero en vez de hacerme ninguna pregunta continuó admirando la puesta de sol, asintiéndose a sí mismo, como si prestara oídos a alguna voz interior que le estuviera hablando en aquellos momentos.
»—Señor, ¿puedo hacerle una pregunta? —inquirí al cabo de un rato—. ¿Por qué en todos estos años no ha construido un bote y escapado de la isla?
»—¿Y adónde habría de escapar? —me contestó sonriendo para sus adentros, como si mi pregunta no tuviese respuesta posible.
»—Pues podría haber alcanzado la costa del Brasil, o haberse cruzado con algún barco que le hubiese salvado.
»—El Brasil se encuentra a cientos de millas de distancia, y está lleno de caníbales —respondió—. Y en cuanto a barcos que naveguen por estas latitudes, quedándonos en casa podemos divisarlos tan bien o mejor.
»—Perdone que no esté de acuerdo —le contesté—. He pasado dos años largos en el Brasil y nunca vi allí un solo caníbal.
»—Usted ha estado en Bahía —replicó—. Bahía no es más que una isla en la linde de las selvas brasileñas.
»Pronto, pues, empecé a darme cuenta de que instar a Cruso a que se salvase era un gasto inútil de saliva. El hecho de ir envejeciendo en su reino insular sin nadie que le llevase la contraria había estrechado de tal modo sus horizontes —¡siendo el horizonte a nuestro alrededor tan vasto y majestuoso como era!— que había llegado a la convicción de que ya sabía del mundo todo cuanto había que saber. Además, el ansia de escapar, como descubrí más adelante, había ido menguando en su fuero interno. Su corazón se aferraba a la idea de seguir siendo hasta la muerte rey de su minúsculo reino. En realidad, no era el miedo a los piratas o a los caníbales lo que le impedía encender fogatas o ponerse a bailar en lo alto de la isla agitando su sombrero, sino la indiferencia que sentía por la salvación, la rutina, y esa testarudez propia de la edad senil.
»Llegó el momento de retirarse a dormir. Cruso se ofreció a cederme su cama, pero yo no quise aceptar y preferí que Viernes me extendiera un lecho de hierba en el suelo. Y allí me tendí, a un brazo de distancia de Cruso, pues la choza era más bien pequeña. La noche anterior navegaba rumbo a casa; al día siguiente me había convertido en náufrago. Incrédula todavía ante tan brusco viraje de mi fortuna, desazonada por el dolor de las ampollas de las manos, permanecí largas horas despierta. Al fin pude conciliar el sueño. Me desperté una vez durante la noche. El viento había amainado; podía oír el canturreo de los grillos y, a lo lejos, el rugir de las olas. Estoy en una isla, sana y salva, todo irá bien, me dije a mí misma en un susurro, y, estrechando en un fuerte abrazo mi propio cuerpo, volví a quedarme dormida.
»Me despertó el tamborileo de la lluvia en la techumbre. Ya era de día; Viernes, en cuclillas delante del horno —no le he hablado aún del horno de Cruso, un horno de piedra muy bien hecho—, echaba leña al fuego y soplaba para reavivar las brasas. En un primer momento me dio vergüenza que me viera acostada, pero enseguida recordé la falta de prejuicios con que las damas de Bahía se conducían delante de sus criados y me sentí mejor. Apareció Cruso e hicimos un buen desayuno a base de huevos de pájaro, mientras la lluvia abría gruesas goteras por todo el tejado y silbaba al caer sobre las piedras recalentadas. Luego dejó de llover y salió el sol, levantando nubes de vapor de la tierra, y el viento volvió a soplar y lo hizo sin interrupción hasta que otra vez amainó y empezó a llover de nuevo. Viento y lluvia, lluvia y viento: tal era el implacable discurrir de los días en aquel lugar y, por lo que sé, así había sido desde la noche de los tiempos. Si hubo una circunstancia más que cualquier otra que me decidiera a escapar de allí, costase lo que costase, no fue ni la soledad, ni la rudeza de la vida que llevábamos, ni la monotonía de la dieta, sino el viento, aquel viento que, día tras día, silbaba sin descanso en mis oídos, enmarañaba mis cabellos y cegaba mis ojos de arena, hasta el extremo de que, a veces, me dejaba caer de rodillas en un rincón de la choza, me tapaba la cabeza con las manos y me ponía a gimotear a solas, con el único propósito de oír algún otro sonido que no fuese el ulular del viento; o, más adelante, cuando me aficioné a bañarme en el mar, cogía aire y hundía la cabeza bajo el agua con el único fin de sentir lo que era estar en silencio. Se dirá usted seguramente: “En la Patagonia el viento sopla sin descanso todo el año, y no por eso los patagones se tapan la cabeza, ¿por qué lo hace ella?”. Pero los patagones, que no conocen más país que la Patagonia, no tienen ninguna razón para dudar de que el viento sople sin cesar las cuatro estaciones del año en todos los rincones del globo; yo, por el contrario, sé que no es así.
»Antes de partir a sus quehaceres isleños, Cruso me dio su cuchillo y me advirtió que no me aventurase fuera de su castillo; pues los monos, añadió, tal vez no fueran tan precavidos con una mujer como lo eran con él y con Viernes. Yo me hice la siguiente pregunta: ¿Es que para un mono la mujer pertenece a una especie distinta a la del hombre? Fuera como fuese, obedecí prudentemente, me quedé en casa y descansé.
»A excepción del cuchillo, todos los utensilios de la isla eran de madera o de piedra. La pala con la que Cruso nivelaba las terrazas —ya le hablaré largo y tendido de aquellas terrazas más adelante— era un madero delgado y combado por el mango, hecho de una sola pieza y endurecido al fuego. Su azadón consistía en una piedra afilada sujeta a un palo con una correa. Los cuencos en los que comíamos y bebíamos eran simples bloques de madera vaciados a base de raspar y poner al fuego. Pues en la isla no había arcilla susceptible de ser moldeada y cocida, y los árboles, encanijados por obra de los vientos, eran todos demasiado raquíticos y sus troncos rara vez más gruesos que mi mano. Era una verdadera lástima que todo lo que Cruso hubiera salvado del naufragio fuese un cuchillo. Pues si hubiera salvado además algunos útiles de carpintero, por modestos que fuesen, unas cuantas ganzúas, barrotes y cosas por el estilo, habría podido fabricar utensilios mejores, y con mejores utensilios llevar una vida menos laboriosa, o incluso construirse un bote y escapar a la civilización.
»En la choza lo único que había era la cama, hecha con estacas sujetas por correas de cuero, de factura muy tosca pero sólida, un montón de pieles de mono puestas a curar en un rincón, que hacían que la choza oliera como el almacén de un curtidor —con el tiempo fui haciéndome a aquel olor, e incluso, después de dejar la isla, he llegado a veces a echarlo en falta; aún hoy el olor a pieles sin curtir hace que me sienta somnolienta— y el horno, en donde cada vez que se hacía fuego se conservaban los rescoldos para la vez siguiente, pues la operación de encender un fuego totalmente nuevo era sumamente trabajosa.
»Lo que esperaba encontrar más que ninguna otra cosa no estaba allí. Si Cruso no llevaba un diario no era solo porque careciese de tinta y papel, sino sobre todo, pienso ahora, porque carecía de la inclinación necesaria para escribirlo, y si alguna vez la había tenido había acabado por perderla. Miré en las estacas que sostenían la techumbre, y en las patas de la cama, pero no hallé la menor inscripción, ni muescas tan siquiera que indicaran que llevaba el cómputo de sus años de exilio o de los ciclos de la luna.
»Más adelante, cuando tuve mayor confianza con él le hablé de mi sorpresa.
»—Suponga —le dije— que un día nos rescatan. ¿No lamentará no llevar con usted al regreso algún tipo de diario de estos años de naufragio para que tod
