I
En una pequeña ciudad catalana empinada en los acantilados sobre el azul Mediterráneo, vivía un monje con fama de santo. Había sido peregrino de muchas tierras, venía de lejos, pero desde que huyera de él la juventud se había afincado en el monasterio del lugar, y allí envejecía lentamente. Transcurrían los últimos siglos de la Edad Media, que parecía como si no fuera a terminar nunca. La cultura de la época, sus sueños, sus guerras, se desenrollaban sobre el suelo europeo como una colorida alfombra a la que el Tiempo volvería Historia. Por el momento era una confusión nada más. Nadie se ocupaba de aclararla, porque no les convenía y porque los trabajos de la Razón estaban devaluados. La fe subyugaba al pueblo. Era una época de milagros y resurrecciones, en la que todo era posible. Se mezclaba el saber con la ignorancia, y las rigideces del dogma corrían lado a lado con las libertades de lo cotidiano. Ciclos inmutables de las estaciones embebían las fachadas de las grandes iglesias, verdaderos palacios de lo sobrenatural, a los que acudía una grey siempre mayor en busca de la poesía y fantasía que no tenían en sus vidas. También en busca de consuelo y esperanza, bienes tan apreciados como necesarios. En ese estadio de la civilización la esfera humana se encontraba relativamente inerme frente a los embates naturales de sismos, plagas, epidemias, inundaciones, incendios forestales, sin contar con los males inevitables, como el envejecimiento y la muerte, contra los cuales ni los avances de la ciencia ni los de la magia podrían nada en el futuro. Aunque sin hacerse mucha ilusión, el hombre se volvía a Dios.
El monje de marras se había vuelto una celebridad. Obraba milagros, no todos los días pero con llamativa frecuencia. Y si a veces pasaban años sin que obrara ninguno, la confianza que se depositaba en sus poderes y el correspondiente prestigio no se desvanecían. Aunque esos lapsos de inacción cubrieran muchos, muchísimos años. Al contrario: los relatos de sus hechos milagrosos se magnificaban con el tiempo, que les daba un pulido legendario, desafiando a la incredulidad.
A resultas de esta capacidad prodigiosa de alterar los procesos comunes de la ley natural se lo tenía por santo, mediador privilegiado con las decisiones de la Omnipotencia celeste, sanador y reparador. Los fieles acudían de lugares cercanos y lejanos a requerir su bendición o la imposición de su presencia. Peregrinos individuales o grupos organizados (que bien podían ser aldeas enteras aquejadas por una catástrofe o por la mala suerte) cubrían grandes distancias atraídos por un renombre cuyo radio de acción no respetaba ríos ni montañas. No era contradictorio con el sedentarismo que estaba en el fondo del carácter de estos seres y les dictaba sus procederes. Se arraigaban en la confianza de que podían seguir ahí, en una forma regenerativa de eternidad. El temor a la muerte no se sustentaba en la nostalgia de la vida; ésta era demasiado dura y esforzada como para alentar lujos de melancolía. Lo que había era una obstinación de la que oscuramente se lo sentía aliado al pequeño monje, insignificante como era, elegido porque un agujero en el cosmos se había abierto justo sobre su cabeza, como podría haberlo hecho sobre la cabeza de cualquier otro.
Multitudes de tullidos, leprosos y apestados se hincaban frente a él. También los desesperados, los estériles, los abandonados. Ponían a sus pies males visibles e invisibles, unos y otros encarnados en flores del dolor. Él operaba desde la indiferencia y la lejanía. ¿Quién era? ¿Qué era? Él tampoco los conocía a ellos. La santidad la había construido desde adentro, desde lo ejemplar y la oración. Las visiones lo envolvían.
Así pasaron los años, en una constante romería de devoción. Pasaron también para el monje, implacables. Se acercaba la hora de su muerte. Ya no era un monje: era un santo. Un santo en vida. Su canonización: como si ya estuviera firmada por tres papas. Le sobraban méritos para el cielo y para los altares. En el monasterio y en la ciudad suponían que esperaría la muerte con la debida deferencia a los designios divinos, sin moverse de donde estaba, pero los hechos les reservaban un sobresalto de proporciones. El santo le comunicó un día al abad, quien no tardó en transmitirlo a las autoridades de la ciudad, su decisión de ir a pasar sus últimos días (no serían mucho más que eso) a su pueblo natal en Italia. Quería, dijo, que ahí reposaran sus huesos una vez que el alma hubiera ido a reunirse con el Señor. Trataron de disuadirlo, pero no hubo caso. Al parecer se interponía una vieja tradición de remotos orígenes etruscos según la cual el que moría lejos de su tierra natal se quedaba entre los hombres, en forma de fantasma. De nada sirvió que le recriminaran ceder a lo que sonaba como una superstición crédula y hasta apóstata; ni los mismos que lo decían podían negar que había algo convincente en su simetría. El sedentarismo exhibía, en el momento más inoportuno, su naturaleza paradójica. Y aunque hubieran argumentado con más energía tampoco habría servido de nada. El viejecillo, que desde su primer milagro cuarenta años atrás vivía rodeado de una invariable veneración, se había acostumbrado a hacer su voluntad, la misma que amansaba a los lobos y curaba las escrófulas.
Pero los catalanes no estaban para simetrías. Era una calamidad que se abatía sobre ellos, del tipo de las que afligían a los fieles que acudían en busca de milagros redentores: salvo que en este caso el mal provenía de la fuente misma de los milagros. El eco de la alarma resonó con fuerza en los estamentos ejecutivos de la ciudad, que perdería el tesoro religioso que constituía su mayor orgullo y haber, el imán que atraía a los peregrinos y movilizaba la economía local. Sin él se arruinarían sin remedio, porque engolosinados con los beneficios que les reportaba el santo habían dejado marchitar las demás actividades lucrativas a las que los habilitaban sus recursos naturales y humanos.
¿Pero no lo perderían de todos modos, habida cuenta de que el viejo monje estaba en las últimas? No, no lo perderían. Esto no había que explicárselo a nadie que no fuera un niño o no perteneciera a la Edad Media y su complejo de creencias. Una vez muerto sería tanto o más productivo que en vida. El santuario conteniendo la sagrada reliquia de su cuerpo seguiría obrando de mediador, al menos para los creyentes, del poder curativo de la divinidad. Tanto o más: porque al hallarse el alma a la diestra del Señor la concesión del milagro se haría más rápido. Había ventajas asimismo en la operatoria: en vida del santo los peregrinos querían verlo y recibir en persona la bendición, lo que no siempre era tan fácil. O el viejo estaba orando, o durmiendo la siesta, o se encerraba con el pretexto de que tenía frío o tenía calor. Un santuario en cambio podía estar habilitado las veinticuatro horas, invierno y verano.
Los afectados directos eran posaderos, muleros y comerciantes varios, así como los artesanos que contaban con llenar de relicarios, medallas y estampas los estantes de la tienda de recuerdos del santuario. Indirectamente, perjudicaría a la ciudad toda, sin excepciones. Les hervía la sangre al pensar que todo el beneficio, por esta movida in limine, quedaría para unos italianos que no habían movido un dedo para merecerlo.
Los conciliábulos se sucedían a ritmo frenético, pues no había tiempo que perder. Las autoridades tomaron cartas en el asunto y convocaron en asamblea a las fuerzas vivas. Al interés económico que estaba en el clamoroso primer plano de su pensamiento lo disfrazaban con excusas de prestigio, de nombre, y hasta, extremando la hipocresía, de religión. Pero no se molestaban en disfrazar la decisión de ir a los últimos extremos con tal de no perder, muerta, a la joya viviente que les daba de comer.
En tumultuosas sesiones se barajaron distintas alternativas. Convencerlo con argumentos ya se había probado inefectivo: el viejo no cedía. Demorarlo parecía más factible, a la espera de que el deceso se produjera en el ínterin, con la ayuda de la Providencia y de una dieta rica en carbohidratos, pero los corteses intentos que se hicieron en ese sentido (por ejemplo sugerirle que esperara hasta alguna festividad próxima, una procesión o coronación de la imagen de alguna de las vírgenes mártires) chocaron con el apuro que manifestaba el presunto viajero. Y obligarlo a quedarse, emplear la fuerza, habría sido mal visto. ¿Qué hacer entonces? ¿Contentarse con lo que tenían? ¿Hacer un semi-santuario con la celda donde había vivido tantos años? Otros lo habían hecho, con relativo éxito, pero eso había funcionado con santos de los que se había perdido el paradero del cadáver; en este caso, si el auténtico santuario con el cuerpo estaba en otra parte, era patético quedarse con el «Aquí vivió». Exprimiéndose el cerebro en busca de la idea, alguien sugirió que lo dejaran ir, pero en secreto, y una vez que se hubiera marchado anunciar su muerte, y construir el santuario después de un sonado funeral con el cajón vacío. Era riesgoso, porque en Italia todavía podía hacer un par de milagros más, y los haría quedar como unos farsantes. Aun así, se insistió en esta solución, argumentando que Italia quedaba lejos, hasta que se convencieron de que no funcionaría: aun estando en la Edad Media, con malos caminos y viajes lentísimos, la información circulaba rápido, sobre todo en materia religiosa, porque los monjes y curas, que al parecer no tenían otra cosa que hacer, se estaban comunicando por carta de una punta a la otra de Europa sus ensoñaciones teológicas.
Descartadas todas las soluciones legales, sólo quedaba otra, que no se mencionó por su nombre.
II
Esa noche una sombra armada se introducía en el monasterio. El abad, cómplice principal de la conjura, había dejado sin traba una de las puertas laterales, además de reunir en la capilla a todos los habitantes del complejo, no sólo a los monjes sino también al personal de servicio. Sólo el viejo santo permanecía en su celda, ignorante de la conjura y durmiendo el sueño de los justos. Para los demás, la consigna había sido orar hasta el alba, sin entrar en detalles. Orar por el descanso eterno, que se anticipaba laborioso y productivo para la comunidad, de su miembro más destacado. La congregación nocturna tenía algo de funeral anticipado. Cargados de imágenes de bulto, los nichos de la capilla se hacían profundos en la penumbra. Las llamas temblorosas de unos pocos cirios en el altar hacían bailar a las columnas. Las sombras, adoptando formas grotescas, callaban plegarias de difuntos que no osaban decir su nombre. Arriba se sucedían las bóvedas impenetrables. Monjes y acólitos permanecerían allí hasta la mañana, inmovilizados por una terrible presión, conscientes de que a esa hora el monasterio era zona liberada. Nadie se movía, casi ni respiraban, tratando de oír en el silencio los pasos silenciosos del lobo que buscaba al cordero. Se relajaban con el entrechocar de las cuentas de los rosarios. Seguían a los Cristos del friso hasta perderlos de vista, en una perspectiva submarina, y bajaban los ojos a las baldosas negras, se hundían en sí mismos.
En la Edad Media no existía el concepto del «autor intelectual» de un crimen. Sólo la mano que mataba era culpable. Quizás estaban en lo cierto, después de todo, pues nunca ha salido nada bueno de la complicación intelectual. Además, era coherente con la idea que se hacían de Dios y de su justicia. Para los monjes, el abad incluido, el Padre Eterno era una entidad a cuya adoración habían dedicado lo más claro de sus días y lo más oscuro de sus noches, a punto tal de tenerlo interiorizado. Pensaban en su nombre y se daban las mismas explicaciones y justificaciones que se daría Él si estuviera en lugar de ellos. En este caso en particular pensaban que los hechos simplemente se estaban anticipando a una decisión inescapable del Todopoderoso. A lo largo de la Historia, hasta donde alcanzaba la memoria del hombre, Dios no había hecho otra cosa que matar gente. Y no sólo gente: todo ser vivo, del más ingente al más insignificante, recibía esa misma recompensa. Tanto era así que la muerte ya no parecía una contingencia final sino el motivo original por el que se había montado toda la comedia de la vida. La intrincada mecánica de ésta había sido calculada tomando en cuenta la fragilidad de las víctimas. Después de todo, se decía el abad en las sombras, desplazar un deceso a la subjetividad del homicida era menos hipócrita que poner en marcha a la Naturaleza entera para darse una coartada objetiva. Lejos de él la intención de acusar de hipocresía al Señor, pero había que reconocer que la manipulación que hacía de lo inevitable merecía una leve reprobación.
Aun sabiendo que lo propio de los santos era morirse antes que los hombres, al santo de marras se habían acostumbrado a verlo también como hombre. Su desaparición dejaría un vacío, lo que no tenía nada de raro porque no era el primero de ellos que se moría; lo inquietante era que ese vacío estaría lleno, con una presencia post mórtem que sería el sostén económico de la ciudad, y al fin de cuentas, eso se parecía bastante a la generación de un fantasma. Confiaban en ahuyen
