Sexo en Nueva York

Candace Bushnell

Fragmento

cap-1

1

Mi educación antisentimental: ¿Amor en Manhattan? No, gracias…

Ahí va un relato para el día de los Enamorados. Prepárate.

Una periodista inglesa ingeniosa y atractiva se mudó a Nueva York y muy pronto pescó a uno de los solteros más codiciados de la ciudad. Tim era un inversor financiero de 42 años que ganaba cinco millones de dólares anuales. Se besaron y pasearon de la mano durante dos semanas, hasta que un cálido día de otoño él la llevó en coche hasta la casa que se estaba construyendo en los Hamptons. Juntos estudiaron los planos con el arquitecto.

—Quería decirle al arquitecto que rellenara los huecos de las barandillas para la seguridad de los niños —explicó la periodista—. Pensaba que Tim iba a pedirme que me casara con él.

El domingo por la noche, el inversor la dejó en su apartamento y le recordó que tenían una cena el martes. El martes Tim telefoneó para aplazar la cita. Pasaron dos semanas y la periodista seguía sin tener noticias de él, de modo que le telefoneó para decirle que el aplazamiento se estaba alargando mucho. Tim le dijo que la llamaría a finales de semana.

Por supuesto, no llamó. Pero lo que realmente despertó mi interés fue que la periodista inglesa no entendiera lo sucedido. En Inglaterra, dijo, el hecho de conocer al arquitecto habría sido un paso importante. Entonces caí en la cuenta de que ella era de Londres. Nadie le había hablado del Fin del Amor en Manhattan. Ya aprenderá, me dije.

Bienvenidos a la Era de la Pérdida de la Inocencia. Las luces fulgurantes de Manhattan que sirvieron de telón de fondo a las citas inocentes de Edith Wharton todavía brillan, pero el escenario está vacío. Nadie desayuna con diamantes y nadie tiene aventuras que recordar. En lugar de eso, desayunamos a las siete de la mañana y tenemos aventuras que procuramos olvidar lo antes posible. ¿Cómo nos metimos en este lío?

Truman Capote comprendió muy bien el dilema de los noventa: amor contra negocio. En Desayuno con diamantes, Holly Golightly y Paul Varjak tenían algunas restricciones —él era un hombre mantenido y ella era una mujer mantenida—, pero al final las vencieron y eligieron el amor en lugar del dinero. Esas cosas ya no ocurren en Manhattan. Todos somos hombres y mujeres mantenidos —por nuestros trabajos, nuestros apartamentos y algunos por la jerarquía social de Mortimers y el Royalton, la playa de los Hamptons, las entradas para la primera fila del Madison Square Garden—, y nos gusta. La autoprotección y el negocio son primordiales. Cupido nos ha dejado solos.

¿Cuándo fue la última vez que oíste decir a alguien «¡Te quiero!» sin la inevitable coletilla del «como amigo»? ¿Cuándo fue la última vez que viste a dos personas mirarse a los ojos sin pensar «No se lo creen ni ellos»? ¿Cuándo fue la última vez que oíste a alguien decir «Estoy locamente enamorado» sin pensar «El lunes por la mañana me lo cuentas»? ¿Y qué resultó ser la película de Navidad de Tim Allen? Acoso, película a la que asistieron diez o quince millones de espectadores para ver sexo sin cariño entre erotomaníacos, no representa ni mucho menos nuestra idea del amor pero es de lo que están hechas las relaciones modernas en Manhattan.

En Manhattan todavía se practica mucho el sexo, pero esa clase de sexo que desemboca en una amistad o en un acuerdo comercial, no en una relación sentimental. Hoy día todo el mundo tiene amigos y colegas pero nadie tiene, en realidad, amantes, aunque hayan dormido juntos.

Como iba diciendo, la periodista inglesa, tras seis meses de «contactos» y una breve aventura con un hombre que la llamaba desde fuera de la ciudad para decirle que la telefonearía cuando regresara (y nunca lo hacía), aprendió.

—En Nueva York las relaciones se basan en el desapego —dijo—. Pero ¿cómo te apegas cuando decides que eso es lo que quieres?

Cariño, pues te vas de la ciudad.

Amor en Bowery Bar, primera parte

Viernes noche en Bowery Bar. En la calle nieva y dentro el ruido es ensordecedor. Está la actriz de Los Ángeles que desentona deliciosamente con su chaqueta y su minifalda de vinilo gris y su acompañante de cadena de oro e intenso bronceado. Está el actor, cantante y juerguista Donovan Leitch con chaqueta verde y un gorro beige de pelo con orejeras. Está Francis Ford Coppola en una mesa con su esposa. En su mesa hay una silla vacía. No sólo está vacía. Está seductora, tentadora, provocativamente vacía. Está tan vacía que está más llena que cualquier otra silla del local. Justo cuando la vacuidad de la silla amenaza con provocar una escena, Donovan Leitch se sienta a charlar. Todos los de la sala están muertos de envidia. Cabreados. La energía del local tiembla con violencia. Es el romanticismo de Nueva York.

El hombre felizmente casado

—El amor significa tener que acoplarse a otra persona, pero ¿qué ocurre si esa persona es problemática? —dijo un amigo, una de las pocas personas que conozco que lleva doce años felizmente casada—. Y cuanto más miras atrás, más demuestras que tu percepción era correcta. Entonces te alejas más y más de la idea de tener una relación, a menos que en tu vida se produzca un suceso importante que te haga cambiar de idea, como la muerte de los padres.

»Los neoyorquinos se construyen una fachada infranqueable —prosiguió el hombre—. Me alegra mucho haber encontrado a mi pareja hace tiempo, porque actualmente aquí es demasiado fácil no tenerla.

La mujer casada y (relativamente) feliz

Una amiga casada me telefoneó.

—Me pregunto si en esta ciudad hay alguien capaz de hacer que su relación funcione. Son tantas las tentaciones. Bares, alcohol, drogas, otras personas. La gente quiere divertirse, pero si tiene pareja, ¿qué puede hacer? ¿Sentarse en su apartamento y mirarse las caras? Las personas que están solas lo tienen más fácil. Pueden hacer lo que les dé la gana y no tienen que regresar a casa por la noche.

El soltero de Coco Pazzo

Hace unos años mi amigo Capote Duncan era uno de los mejores partidos de Nueva York y salía con todas las mujeres de la ciudad. En aquella época todavía éramos lo bastante románticos para creer que alguna mujer le echaría el guante tarde o temprano. Seguro que algún día se enamorará, pensábamos. Todo el mundo acaba enamorándose. Y cuando se enamore será de una mujer hermosa, inteligente y triunfadora. Pero las mujeres hermosas, inteligentes y triunfadoras pasaban por su vida y él seguía sin enamorarse.

Estábamos equivocados. Hoy Capote está cenando en Coco Pazzo y asegura que es incazable. No quiere una relación. Ni siquiera desea intentarlo. No quiere oír hablar de la neurosis de otra persona. A las mujeres les dice que será su amigo y que pueden acostarse con él, pero que eso es todo lo que hay y habrá.

Y a Capote le parece bien. Ya no se pone triste como antes.

Amor en Bowery Bar, segunda parte

En mi mesa del Bowery están Parker, novelista de 32 años que escribe sobre relaciones que siempre fracasan, su novio Roger y Skipper Johnson, abogado de artistas.

Skipper tiene 25 años y no cree en el amor.

—Simplemente no creo que vaya a encontrar a la persona adecuada ni a casarme —dice—. Las relaciones son demasiado intensas. Si crees en el amor estás condenado a llevarte un desengaño. Es imposible confiar en alguien. Actualmente la gente está demasiado corrompida.

—Pero es el único rayo de esperanza que nos queda —objetó Parker—, lo único que puede salvarnos de nuestro pesimismo.

Skipper disiente.

—El mundo está más jodido ahora que hace veinticinco años. Me cabrea haber nacido en una generación en la que están ocurriendo tantas cosas. El dinero, el sida y las relaciones se dan la mano. Casi nadie de mi edad cree que pueda disfrutar de un trabajo seguro algún día. Si a una persona le preocupa su futuro económico, es lógico que no quiera comprometerse.

—Comprendo su pesimismo. No hace mucho me sorprendí oyéndome decir que no quería una relación porque al final, a menos que estuviera casada, acababa sin nada.

Skipper bebe de su copa.

—¡No tengo alternativa! —exclama—. Me niego a tener relaciones vacías, de modo que no hago nada. Paso del sexo. ¿Quién lo necesita? ¿Quién necesita problemas potenciales como las infecciones o los embarazos? Yo no tengo problemas. No vivo con el miedo de pillar infecciones o de liarme con una psicópata. ¿Qué tiene de malo limitarse a pasarlo bien con los amigos y disfrutar de una buena conversación?

—Estás loco —dice Parker—. No es una cuestión económica. Tal vez dos personas no puedan ayudarse económicamente, pero pueden ayudarse de otras formas. Las emociones no cuestan dinero. Tienes a alguien por quien volver a casa. Tienes a alguien en tu vida.

Yo abrigaba la teoría de que el único lugar de Nueva York donde la gente podía encontrar amor y romanticismo era en la comunidad gay. Los homosexuales eran amigos con exuberancia y pasión, mientras que el amor hetero se había vuelto clandestino. Tenía esa teoría en parte por todo lo que había leído y oído sobre un multimillonario que dejó a su esposa por un hombre más joven y paseaba a su cisne por los restaurantes modernos de Manhattan, ante las narices de los columnistas de la prensa del corazón. He ahí, pensé, un amante de verdad.

Parker era una prueba más de mi teoría. Cuando él y Roger empezaron a salir, Parker enfermó y Roger fue a su casa para cuidarle y hacerle sopitas. Eso jamás ocurriría con un hombre hetero. Si un heterosexual enfermara durante sus primeros días de relación con una mujer y ésta quisiera cuidar de él, enseguida pensaría que quiere entrometerse en su vida y, presa del pánico, le cerraría la puerta en las narices.

—El amor es peligroso —dice Skipper.

—Eso te ayudará a valorarlo y a esforzarte por conservarlo —replica Parker.

—No podemos controlar las relaciones —insiste Skipper.

—Tonterías —contesta Parker.

—¿Qué me dices de los viejos románticos? —pregunta Roger a Skipper.

En ese momento mi amiga Carrie interviene. Conoce bien a los de esa ralea.

—Cada vez que un hombre me dice que es un romántico, me dan ganas de escupirle. Únicamente significa que tiene una idea romántica de ti, pero en cuanto te muestras tal como eres y dejas de encajar en su fantasía, se desinfla. Los hombres románticos son un peligro. Cuanto más lejos, mejor.

En ese momento, un romántico peligroso se acerca a la mesa.

El guante de una dama

—El condón acabó con el romanticismo pero favoreció el sexo —dijo un amigo—. Hay algo en el condón que hace que las mujeres resten importancia al sexo. Como no hay contacto directo con la piel, les es más fácil irse a la cama con un hombre.

Amor en Bowery Bar, tercera parte

Barkley, 25 años, era pintor. Él y mi amiga Carrie llevaban ocho días «saliendo», o sea, ocho días paseando, besándose y mirándose a los ojos. En vista de todos los pesimistas de 35 años que conocíamos, Carrie había decidido salir con un hombre joven que no llevara en Nueva York el tiempo suficiente para haberse endurecido.

Barkley dijo a Carrie que era un romántico «porque lo sentía», y también le dijo que quería convertir la novela de Parker en un guión cinematográfico. Carrie se ofreció a presentarle a Parker, y por eso Barkley estaba esa noche en el Bowery.

No obstante, cuando Barkley llegó, él y Carrie se miraron y… no sintieron nada. Intuyendo tal vez lo inevitable, Barkley venía con una «cita», una extraña joven con purpurina en la cara.

—Creo ciegamente en el amor —dijo al sentarse—. De lo contrario, estaría muy deprimido. Las personas somos mitades. El amor hace que todo adquiera sentido.

—Por eso cuando te lo quitan, te joden —dijo Skipper.

—Has de saber protegerte —repuso Barkley.

—Vivir en Montana con una antena parabólica, un fax y un todoterreno… así estaría a salvo.

—Quizá lo que quieres es un error —intervino Parker—. Quizá lo que quieres te incomoda.

—Yo quiero belleza —dijo Barkley—. Tengo que estar con una mujer hermosa. No puedo evitarlo. Por eso muchas chicas con las que salgo son tontas.

Skipper y Barkley sacaron sus respectivos móviles.

—Tu móvil es demasiado grande —dijo Barkley.

Poco después Carrie y Barkley fueron a Tunnel. Allí contemplaron a la gente joven y guapa, fumaron cigarrillos y bebieron como cosacos. Barkley se largó con la chica de la purpurina y Carrie se puso a bailar con Jack, el mejor amigo de Barkley. Luego resbalaron por la nieve mientras intentaban encontrar un taxi. Carrie no podía ver ni la hora.

Barkley la telefoneó al día siguiente.

—¿Qué ocurre, titi?

—No lo sé, eres tú quien ha llamado.

—Te dije que no quería una relación seria. Sabías dónde te metías y cómo era yo.

«Desde luego —quiso decir Carrie—, sabía que eras un mujeriego frívolo y sin carácter y por eso salía contigo.» Pero no lo dijo.

—No me acosté con ella. Ni siquiera nos besamos —dijo Barkley—. Esa chica me trae sin cuidado. No volveré a verla si es eso lo que quieres.

—La verdad es que me importa un carajo lo que hagas —respondió Carrie, y lo malo era que hablaba en serio.

Pasaron las siguientes cuatro horas hablando de los cuadros de Barkley.

—Podría pasarme los días pintando —dijo Barkley—. Es mucho mejor que el sexo.

El pretendiente que nada pretende

—Al final sólo me queda el trabajo —dijo Robert, 42 años, redactor—. Con todo lo que tengo que hacer, no dispongo de tiempo para ser romántico.

Robert explicó que había salido con una mujer que le gustaba mucho, pero al mes y medio de relación tuvo claro que la cosa no iba a funcionar.

—Siempre me estaba poniendo a prueba —dijo—. Por ejemplo, tenía que llamarla los miércoles para salir los viernes. Pero a lo mejor ese miércoles yo tenía ganas de pegarme un tiro, y sólo Dios sabía cómo me sentiría el viernes. Ella quería salir con un hombre que estuviese loco por sus huesitos, y lo entiendo. Pero yo no puedo fingir algo que no siento. Por supuesto, seguimos siendo buenos amigos —añadió—. Nos vemos mucho, pero no nos acostamos.

Narciso en Four Seasons

Un domingo por la noche acudí a una gala benéfica en el Four Seasons. El tema era Oda de Amor. Cada mesa fue bautizada con los nombres de una pareja famosa. Estaban Tammy Faye y Jim Bakker, Narciso y él mismo, Catalina la Grande y su caballo, Michael Jackson y amigos. Al D’Amato estaba sentado en la mesa de Bill y Hillary. Sobre cada mesa había un centro formado por artículos relacionados con la pareja. Por ejemplo, en la mesa de Faye y Bakker había pestañas postizas, sombra de ojos azul y velas con forma de barra de labios. La mesa de Michael Jackson tenía un gorila disecado y crema facial Porcelana.

Bob Pittman estaba allí.

—Es el tabaco y no el amor lo que está acabado —dijo con una sonrisa mientras Sandy, su esposa, permanecía a su lado y yo me ocultaba tras una planta para birlarle un cigarrillo a alguien.

Sandy dijo que se disponía a escalar una montaña de Nueva Guinea e iba a ausentarse varias semanas.

Regresé a casa sola, pero antes de irme alguien me puso en la mano la mandíbula del caballo de Catalina la Grande.

Amor en Bowery Bar, epílogo

Donovan Leitch se levantó de la mesa de Francis Ford Coppola y se acercó a nuestro grupo.

—Oh, no —dijo—. Yo estoy convencido de que el amor lo puede todo. Pero a veces hay que hacerle sitio.

Justamente lo que falta en Manhattan.

¡Ah, por cierto! Bob y Sandy están en vías de divorcio.

cap-2

2

¿Cambio de parejas? No, gracias…

Todo comenzó como siempre comienzan estas cosas: inocentemente. Me hallaba en mi apartamento almorzando galletas saladas con sardinas, cuando me telefoneó un conocido para contarme que un amigo suyo había ido a Le Trapèze, un club para parejas, y todavía no había salido de su asombro. Había visto a gente desnuda copulando delante de sus narices. A diferencia de los clubes sadomasoquistas, donde no hay sexo real, allí la cosa era pero que muy real. La novia del amigo estaba espantada, pero cuando una mujer desnuda le tocó al pasar, «le hizo gracia». Según él.

En realidad, el tipo estaba tan encantado con el lugar que no quería que escribiera sobre él porque temía que, como ocurre con los lugares que valen la pena de Nueva York, la publicidad lo estropeara.

Empecé a tener toda clase de visiones: parejas jóvenes y guapas, cuerpos firmes, caricias tímidas, chicas rubias con guirnaldas de hojas de parra, servidora con un vestido de parra supercorto y un hombro al descubierto. Entrábamos vestidos y salíamos iluminados.

El contestador automático del club me devolvió bruscamente a la realidad.

«En Le Trapèze no hay desconocidos, sólo amigos que todavía no has conocido», dijo una voz de género indeterminado, y añadió que había «un bar de zumos y un bufé frío y caliente», cosas que yo jamás habría relacionado con el sexo o el destape. «El 19 de noviembre, día de Acción de Gracias, celebraremos la Noche Oriental.» Qué interesante, pensé, pero al final descubrí que se referían a comida oriental, no a gente oriental.

Hubiera debido abandonar la idea en ese mismo instante. No hubiera debido escuchar a Sallie Tisdale, la escritora que en su libro yuppie-porno Talk Dirty to Me defendía el sexo en grupo: «Es un tabú en todo el sentido de la palabra… Si los clubes sexuales hacen lo que están destinados a hacer, se producirá la caída, esto es, el desmoronamiento de los límites… El centro no aguantará.» Debí preguntarme: ¿Y qué tiene eso de divertido?

Pero tenía que verlo con mis propios ojos. Así pues, el miércoles por la noche mi agenda marcaba dos acontecimientos: 21 horas, cena con el modisto Karl Lagerfeld, Bowery Bar; 23.30 horas, club Le Trapèze, 27 Este.

Mujeres desordenadas; calcetines hasta la rodilla

Al parecer a todo el mundo le gusta hablar de sexo, y la cena de Karl Lagerfeld, repleta de hermosas modelos y redactores de moda con los gastos pagados, no fue una excepción. De hecho, nuestro extremo de la mesa estaba cada vez más animado. Una morena despampanante de pelo rizado y con esa actitud de estar de vuelta de todo que sólo los veinteañeros son capaces de adoptar dijo que le gustaba ir a los bares de topless, pero sólo a los locales sórdidos como Billy’s Topless, porque allí las chicas eran «auténticas».

Entonces todo el mundo estuvo de acuerdo en que unos pechos pequeños eran preferibles a unos pechos falsos y se llevó a cabo una encuesta. ¿Quién, de los hombres de la mesa, se había acostado alguna vez con una mujer que llevara implantes de silicona? Aunque nadie lo reconoció, hubo un hombre, un pintor de treinta y pocos años, que no lo negó con suficiente firmeza.

—Tú sí —le acusó otro hombre, un importante hotelero con cara de querubín— y lo peor es que… te gustó.

—No me gustó —protestó el pintor—, pero no me importó.

Por fortuna, llegó el primer plato y todo el mundo se sirvió vino.

Segundo asalto: ¿Las mujeres desordenadas son mejores en la cama? El hotelero tenía una teoría:

—Si entras en el piso de una mujer y no hay nada fuera de su sitio, enseguida comprendes que no querrá pasarse el día en la cama ni encargar comida china para engullirla entre las sábanas. Sabes que te obligará a levantarte y a comer tostadas en la mesa de la cocina.

No supe qué responder, porque yo soy, literalmente, la persona más desordenada del mundo. Y es probable que en estos momentos haya más de una caja de cartón con restos de pollo agridulce debajo de mi cama. Lo malo es que ese pollo me lo comí sola.

Sirvieron la carne.

—Lo que de verdad me excita —dijo el pintor— es una mujer con falda escocesa y calcetines hasta la rodilla. Si la veo no puedo trabajar en todo el día.

—Lo peor —replicó el hotelero— es seguir a una mujer por la calle y descubrir, cuando se gira, que es tan hermosa como la habías imaginado. Representa todo aquello que nunca tendrás en la vida.

El pintor se inclinó hacia adelante.

—Una vez dejé de trabajar durante cinco años por causa de una mujer —dijo.

Llegó la crema de chocolate y también mi cita con Le Trapèze. Puesto que sólo aceptaban parejas mixtas, había pedido a Sam, mi último ex ligue, que me acompañara. Era la mejor elección, en primer lugar porque fue el único hombre que aceptó acompañarme y, en segundo lugar, porque él ya tenía experiencia en estas cosas. Hace un millón de años fue a Plato’s Retreat. Una desconocida se le acercó y le agarró lo innombrable. Su novia, que había tenido la idea de ir allí, salió gritando del local.

La conversación se desvió hacia lo inevitable: ¿Qué clase de gente frecuenta los clubes de sexo? Yo parecía ser la única que lo ignoraba. Aunque nadie había estado en ninguno, todos afirmaron que los clientes de los clubes de sexo eran «perdedores de Nueva Jersey». Alguien dijo que no podías ir a un club de sexo sin una buena excusa, por ejemplo, exigencias del trabajo. La charla no me estaba haciendo ningún bien. Pedí al camarero un chupito de tequila.

Sam y yo nos levantamos. Un escritor que escribe sobre cultura popular nos dio un último consejo:

—Será bastante desagradable —dijo, pese a no haber pisado en su vida un club de sexo—, a menos que os hagáis con el control. Tenéis que haceros con el control del lugar.

La noche de los muertos sexuales vivientes

Le Trapèze se hallaba en un edificio blanco cubierto de grafiti. La discreta entrada tenía una barandilla redonda de metal, versión chabacana de la entrada del hotel Royalton. Justo cuando nos disponíamos a entrar salía una pareja. La mujer, al vernos, se cubrió la cara con el cuello del abrigo.

—¿Es divertido? —pregunté.

Me miró horrorizada y corrió hacia un taxi.

Dentro del local, sentado en una pequeña cabina, había un joven con una camiseta de rugby. Aparentaba unos dieciocho años. No levantó la vista.

—¿Te pagamos a ti?

—Ochenta y cinco dólares por pareja.

—¿Aceptas tarjeta de crédito?

—No.

—¿Puedes darme un recibo?

—No.

Tuvimos que firmar sendos cartones donde jurábamos que cumpliríamos las normas sobre sexo seguro. Acto seguido, nos entregaron unas tarjetas de socio donde se nos recordaba que estaban prohibidas la prostitución, las cámaras y las grabadoras.

Yo esperaba encontrarme con una actividad sexual humeante, pero lo único que echaba humo era la mesa del mencionado bufé. No había nadie comiendo. Un letrero advertía que PARA COMER ES OBLIGATORIO IR VESTIDO DE CINTURA PARA ABAJO. Luego vimos a Bob, el director, un hombre corpulento con barba, camisa a cuadros y tejanos, que igual podría dirigir una tienda de animales en Vermont. Bob nos dijo que el club había sobrevivido durante quince años gracias a su discreción. Nos dijo que no nos preocupáramos si hacíamos de mirones porque así era como empezaba la mayoría de la gente.

¿Qué vimos? Pues una gran sala con una enorme colchoneta donde algunas parejas borrosas se lo estaban montando. Había una «silla del sexo» (desocupada) que parecía una araña y una mujer regordeta, vestida con un albornoz, sentada junto al jacuzzi, fumando. Había parejas con los ojos vidriosos (La noche de los muertos sexuales vivientes, pensé). Y muchos hombres con dificultades para estar a la altura. Pero sobre todo, estaba ese maldito bufé humeante (¿qué contenía?, ¿mini perritos calientes?). Desgraciadamente, poco más hay para contar.

Le Trapèze era, en definitiva, un timo.

A la una de la madrugada la gente ya empezaba a irse. Una mujer nos dijo que era del condado de Nassau y que deberíamos volver el sábado por la noche.

—El sábado —dijo— hay «smorgasbord».

No le pregunté si se refería a la clientela. Temía que se refiriera al bufé.

Conversación indecente en Mortimers

Dos días después me hallaba en una comida de mujeres en Mortimers. Una vez más la charla desembocó en el sexo y mi experiencia en Le Trapèze.

—¿No te gustó? —preguntó Charlotte, la periodista inglesa—. Me encantaría ir a uno de esos clubes. ¿No te puso caliente ver a toda a esa gente haciéndolo?

—No —respondí mientras me llevaba a la boca un buñuelo de maíz cubierto de huevas de salmón.

—¿Por qué no?

—Apenas se veía nada —expliqué.

—¿Y los hombres?

—Eso fue lo peor —dije—. La mitad de ellos parecían psiquiatras. Nunca más podré acudir a una terapia sin imaginarme a un gordinflón barbudo y con gafas, desnudo, tumbado en una colchoneta, incapaz de correrse pese a la mamada que llevan haciéndole desde hace una hora.

Sí, dije a Charlotte, nos desnudamos, pero llevábamos puesta una toalla. No, no lo hicimos. No, no me excité, ni siquiera cuando una morenaza de 35 años entró en el corro y armó un revuelo. Tras exhibir su culo como un chimpancé, desapareció en una maraña de brazos y piernas. Debería haber resultado excitante, pero yo sólo podía pensar en esos documentales de National Geographic sobre mandriles apareándose.

Lo cierto es que el exhibicionismo y el voyeurismo no están de moda. Y, la verdad, tampoco el sadomasoquismo, por mucho que se escriba sobre el tema últimamente. El problema en los clubes suele ser la gente. A ellos acuden actrices en paro, cantantes de ópera, pintores y escritores fracasados, gerentes que nunca subirán de categoría. Gente que, si consiguen acorralar a alguien en un bar, le mantendrán secuestrado con historias sobre su esposa y sus problemas digestivos. Es la gente que no participa del pastel. Gente que permanece en la periferia, tanto del sexo como de la vida. No son exactamente las personas con quien querrías compartir tus fantasías más íntimas.

Bueno, no todas las personas de Le Trapèze eran muertos vivientes blancuzcos y gordinflones. Antes de partir, Sam y yo tropezamos en el guardarropa con la mujer alta que había recibido tanta atención y su pareja. El hombre tenía un rostro distinguido, muy americano, y era muy hablador. Vivía en Manhattan, dijo, y acababa de abrir su propio negocio. Él y la mujer habían sido compañeros de trabajo. Mientras ella se ponía una chaqueta amarilla, el hombre sonrió y dijo:

—Esta noche ha hecho realidad su fantasía.

La mujer le lanzó una mirada asesina y se alejó con paso airado.

Unos días más tarde Sam me telefoneó y yo lo puse de vuelta y media. Luego me dijo que ir allí había sido idea mía.

Me preguntó si había aprendido algo.

Le dije que sí. Le dije que había aprendido que, cuando se trata de sexo, no hay nada como el dulce hogar.

Pero eso ya lo sabías, ¿no?, me dijo.

cap-3

3

Amábamos a un pretendiente en serie

Siete mujeres se reunieron una tarde en Manhattan para, acompañadas de vino, queso y cigarrillos, hablar de lo único que tenían en común: un hombre. Concretamente un buen partido de Manhattan al qu

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