Todos los hermosos caballos

Cormac McCarthy

Fragmento

Todos los hermosos caballos

I

La llama de la vela y la imagen de la llama de la vela reflejada en el espejo de cuerpo entero se retorció y enderezó cuando el hombre entró en el vestíbulo y cerró la puerta. Se quitó el sombrero y avanzó lentamente. Las tablas del suelo crujían bajo sus botas. Se detuvo, vestido de luto, ante el espejo oscuro donde los lirios se inclinaban, pálidos, en el curvilíneo florero de cristal tallado. A lo largo del frío pasillo que tenía a sus espaldas colgaban los retratos de antepasados vagamente conocidos por él, todos enmarcados en cristal y débilmente iluminados sobre el estrecho revestimiento de madera. Bajó la mirada hacia el estriado resto de vela. Apretó la yema del pulgar contra la cera caliente encharcada sobre la chapa de roble. Por último miró aquel rostro hundido y contraído entre los pliegues de la mortaja funeraria, el bigote amarillento, los párpados finos como el papel. Aquello no era dormir. Aquello no era dormir.

Fuera había oscuridad, frío y nada de viento. En la distancia gritaba un ternero. Permaneció con el sombrero en la mano. Nunca en la vida te peinaste el pelo de esta manera, dijo.

Dentro de la casa no había otro sonido que el tictac del reloj en la repisa de la chimenea del salón. Salió y cerró la puerta.

Oscuro, frío, sin viento y un delgado arrecife gris insinuándose en el borde oriental del mundo. Salió a la pradera y se quedó con el sombrero en la mano como suplicando a la oscuridad que los envolvía a todos, y así permaneció durante mucho rato.

Cuando se volvió para irse oyó el tren. Se detuvo y lo esperó. Podía sentirlo bajo sus pies. Venía taladrando del este como un procaz satélite del sol naciente, dando alaridos y bramando en la distancia, y la larga luz del faro delantero atravesaba los enmarañados sotos de mezquite, creando a partir de la noche la línea interminable del recto y monótono derecho de paso y succionándola de nuevo con cables y postes kilómetro tras kilómetro hacia la oscuridad, hasta que el humo de la caldera se dispersó lentamente por el tenue horizonte nuevo y el sonido se fue rezagando mientras él seguía con el sombrero en la mano, sintiendo el debilitado estremecimiento de la tierra, mirando el tren hasta que desapareció. Entonces dio media vuelta y volvió a la casa.

Ella levantó la vista de los fogones cuando él entró y le miró de arriba abajo. Buenos días, guapo,* dijo.

Colgó el sombrero del perchero junto a la puerta, entre chubasqueros, zamarras y piezas sueltas de arneses, fue hacia los fogones, recibió su café y se lo llevó a la mesa. Ella abrió el horno y sacó una placa de panecillos dulces que acababa de hacer, puso uno en un plato y lo colocó frente a él junto con un cuchillo para la mantequilla. Le tocó la nuca con la mano antes de volver a la cocina.

Te agradezco que encendieras la vela, dijo él.

¿Cómo?

La candela. La vela.

No fui yo, dijo ella.

¿La señora?

Claro.

¿Ya se levantó?

Antes que yo.

Bebió el café. Fuera la luz empezaba a ser granulada y Arturo ya subía hacia la casa.

Vio a su padre en el funeral. Solo en el pequeño sendero de grava junto a la cerca. Salió una vez a la calle hacia su coche. Luego volvió. A media mañana había empezado a soplar viento del norte y en el aire había salivazos de nieve y polvo flotante; las mujeres, sentadas, se agarraban los sombreros. Habían puesto un toldo sobre la tumba pero el viento soplaba de lado y no servía de nada. La lona batía y aleteaba y las palabras del predicador se perdían en el viento. Cuando terminó y la comitiva se levantó para irse, las sillas de lona que habían ocupado salieron disparadas, dando tumbos entre las lápidas.

Al atardecer ensilló su caballo y se alejó de la casa cabalgando hacia el oeste. El viento había amainado bastante y hacía mucho frío y el sol estaba rojo sangre y elíptico bajo los arrecifes de nubes rojas que tenía frente a él. Cabalgaba hacia donde siempre elegiría cabalgar, allí donde la bifurcación occidental del viejo camino comanche bajaba de la tierra kiowa en el norte y cruzaba la parte más occidental del rancho y podía verse su débil rastro hacia el sur, sobre la baja pradera que se extendía entre las confluencias norte y mediana del río Concho. En la hora que siempre elegiría cuando las sombras eran largas y el antiguo camino se perfilaba ante él a la luz rosa y oblicua como un sueño del pasado en el que los ponies pintos y los jinetes de aquella nación perdida descendían del norte con las caras enyesadas y los largos cabellos trenzados y cada uno armado para la guerra que era su vida, y las mujeres y los niños y las mujeres con niños al pecho hacían todos promesas con sangre redimibles sólo con sangre. Cuando el viento estaba en el norte se podía oír a los caballos y el aliento de los caballos y los cascos de los caballos con herradura de cuero sin curtir y el ruido de lanzas y el arrastre constante de las narrias por la arena como el paso de una enorme serpiente y los muchachos desnudos a lomos de caballos salvajes, gallardos como jinetes de circo, y caballos salvajes arreando ante ellos y los perros corriendo con la lengua fuera y esclavos a pie siguiendo medio desnudos y dolorosamente cargados y sobre todo la queda salmodia de su canción viajera que los jinetes entonaban mientras cabalgaban, nación y fantasma de nación pasando en una coral suave a través de aquel desierto mineral hacia la oscuridad perdida para toda la historia y todo el recuerdo como un grial, la suma de sus vidas seculares, transitorias y violentas.

Cabalgaba con el sol cubriendo de cobre su cara y el viento rojo soplando del oeste. Torció hacia el sur por la vieja senda de guerra y cabalgó hasta la cresta de una pequeña elevación donde desmontó y soltó las riendas y caminó y se detuvo como un hombre llegado al final de algo.

Había un viejo cráneo de caballo en los matorrales. Se agachó y lo cogió y le dio vueltas entre las manos. Frágil y quebradizo. Blanco como el papel. Se quedó en cuclillas bajo la luz alargada, con el cráneo de dientes de cómic sueltos en los alvéolos. Las junturas como una soldadura dentada de los huesos. Sintió el ahogado fluir de arena en el cráneo cuando le dio la vuelta.

Lo que amaba en los caballos era lo que amaba en los hombres, la sangre y el calor de la sangre que los recorría. Toda su reverencia y todo su afecto y todas las tendencias de su vida se inclinaban hacia los ardientes de corazón, siempre sería así y nunca de otro modo.

Regresó en la oscuridad. El caballo aceleró el paso. La última luz del día se retiraba lentamente sobre la llanura a sus espaldas y desaparecía de nuevo en los bordes del mundo en un refrescante azul de sombra y crepúsculo y frío y los últimos gorjeos de pájaros secuestrados en los matorrales oscuros y resistentes. Volvió a cruzar la vieja senda y tuvo que llevar el poni hacia la llanura en dirección a casa, pero los guerreros seguirían cabalgando en aquella oscuridad en que se habían convertido, pasando con estrépito con sus herramientas bélicas de la edad de piedra carentes de toda sustancia y cantando suavemente en sangre y nostalgia hacia el sur y a través de las praderas hacia México.

La casa se había construido en mil ochocientos setenta y dos. Setenta y siete años después su abuelo era el primer hombre que moría en ella. Si otros habían estado de cuerpo presente en aquel vestíbulo, los habían llevado allí sobre una barrera o envueltos en una sábana de vagón o embalado dentro de una caja de basta madera de pino con un carretero en la puerta provisto de una carta de porte. Eso los que habían venido. Porque la mayor parte había muerto según un rumor. Un amarillento recorte de periódico. Una carta. Un telegrama. El rancho original tenía dos mil trescientos acres del viejo apeo Meusebach de la concesión Fisher-Miller y la casa original era un cobertizo de una sola habitación hecho con palos y juncos. Fue en mil ochocientos sesenta y seis. Aquel mismo año se trajo el primer ganado a través de lo que todavía era condado Bexar y atravesando la parte norte del rancho hasta Fort Sumner y Denver. Cinco años después su bisabuelo envió seiscientas reses por la misma senda y con el dinero construyó la casa y para entonces el rancho ya tenía dieciocho mil acres. En mil ochocientos ochenta y tres levantaron la primera alambrada. En el ochenta y seis los búfalos desaparecieron. Aquel mismo invierno hubo una gran mortandad. En el ochenta y nueve Fort Concho fue abandonado.

Su abuelo era el mayor de ocho chicos y el único que vivió más de veinticinco años. Se ahogaron, les dispararon, les cocearon caballos. Perecieron en incendios. Sólo parecía darles miedo morir en la cama. Mataron a los dos últimos en Puerto Rico en mil ochocientos noventa y ocho y aquel año se casó y llevó a su novia al rancho y debió de salir a contemplar sus posesiones y reflexionar largo rato sobre los designios de Dios y las leyes de la primogenitura. Doce años más tarde, cuando su esposa murió en la epidemia de gripe, aún no tenían hijos. Un año después se casó con la hermana mayor de su difunta esposa y al año siguiente nació la madre del muchacho y ya no hubo más nacimientos. El nombre de Grady fue enterrado con aquel anciano el día en que el viento del norte arrastró las sillas del prado por la hierba muerta del cementerio. El nombre del muchacho era Cole. John Grady Cole.

Encontró a su padre en el vestíbulo del St. Angelus y caminaron por Chadbourne Street hasta el café Eagle donde se sentaron en unos bancos del fondo. Algunas personas de las mesas dejaron de hablar cuando ellos entraron. Varios hombres saludaron a su padre y uno le llamó por su nombre.

La camarera llamaba muñeco a todo el mundo. Apuntó su pedido y coqueteó con él. Su padre sacó sus cigarrillos, encendió uno, dejó el paquete sobre la mesa, puso encima su encendedor Zippo del Tercero de Infantería, se apoyó en el respaldo, fumó y le miró. Le dijo que su tío Ed Alison había ido al encuentro del sacerdote después del funeral y estrechado su mano mientras ambos mantenían agarrados sus sombreros y se inclinaban treinta grados a favor del viento como cómicos de vodevil y la lona batía y se agitaba a su alrededor y los asistentes al funeral corrían por el terreno en pos de las sillas del prado, e inclinado hacia la cara del predicador le gritó que era bueno haber celebrado el entierro aquella mañana porque si las cosas seguían igual aquello podía convertirse en un auténtico vendaval antes de que terminase el día.

Su padre rió en silencio. Entonces empezó a toser. Bebió un sorbo de agua y siguió fumando y meneando la cabeza.

Me dijo un compañero al volver del territorio vecino que una vez había dejado de soplar allí arriba y todos los polluelos se cayeron.

La camarera les llevó el café. Aquí tienes, muñeco, dijo. Tendré listo todo lo que habéis pedido en un minuto.

Ella se ha ido a San Antonio, dijo el muchacho.

No la llames ella.

Mamá.

Lo sé.

Bebieron el café.

¿Qué piensas hacer?

¿Acerca de qué?

Acerca de todo.

Puede ir a donde quiera.

El muchacho le observó. No te conviene fumar esas cosas, dijo.

Su padre frunció los labios, tamborileó los dedos sobre la mesa y levantó la vista. Cuando venga a preguntarte lo que debo hacer sabrás que eres lo bastante mayor para decírmelo, dijo.

Sí señor.

¿Necesitas dinero?

No.

Observó al muchacho. Te las compondrás, dijo.

La camarera les llevó la cena, gruesos platos de porcelana con bistec y salsa, patatas y judías.

Traeré pan para los dos.

Su padre se metió la punta de la servilleta dentro de la camisa.

No estaba preocupado por mí, dijo el muchacho. ¿Puedo decir esto?

Su padre cogió el cuchillo y cortó un trozo de bistec. Sí, puedes decirlo.

La camarera llevó el cesto de panecillos, lo puso sobre la mesa y se retiró. Comieron. Su padre no comió mucho. Al cabo de un rato apartó el plato con el pulgar, alargó la mano, cogió otro cigarrillo, le dio unos golpecitos contra el encendedor, se lo puso en la boca y lo encendió.

Puedes decir todo lo que piensas. Diablos. Puedes darme la lata sobre lo de fumar si quieres.

El muchacho no contestó.

Sabes que no es lo que quería, ¿verdad?

Sí, lo sé.

¿Aún estás buscando a Rosco?

Todavía no ha sido montado.

¿Por qué no vamos el domingo?

Muy bien.

No estás obligado a ir si tienes otra cosa que hacer.

No tengo nada más que hacer.

Su padre fumaba, observándole.

No tienes que ir si no quieres, dijo.

Quiero ir.

¿Podéis cargar tú y Arturo y recogerme en la ciudad?

Claro.

¿A qué hora?

¿A qué hora te levantarás?

Me levantaré.

Estaremos allí a las ocho.

Me habré levantado.

El muchacho asintió. Comió. Su padre miró a su alrededor. Me pregunto a quién has de ver en este lugar para que te den café, dijo.

Él y Rawlins habían desensillado y soltado los caballos en la oscuridad y ahora yacían sobre las mantas, usando las sillas como almohadas. La noche era fría y clara y las chispas que saltaban del fuego corrían calientes y rojas entre las estrellas. Podían oír los camiones de la carretera y podían ver las luces de la ciudad reflejadas por el desierto a veinticinco kilómetros al norte.

¿Qué te propones hacer?, preguntó Rawlins.

No sé. Nada.

No sé qué esperas. Es dos años mayor que tú. Tiene su propio coche y todo lo demás.

No es nadie. Nunca lo fue.

¿Qué dijo ella?

No dijo nada. ¿Qué iba a decir? No hay nada que decir.

Bueno, no sé qué esperas.

No espero nada.

¿Irás el sábado?

No.

Rawlins se sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa, se incorporó, cogió un carbón del fuego y encendió el cigarrillo. Fumó sentado. Yo no me dejaría engañar por ella, dijo.

Sacudió la ceniza del cigarrillo contra el tacón de su bota.

No lo merece. Ninguna lo merece.

No contestó durante un rato. Luego dijo: Sí que lo merecen.

Cuando volvió almohazó el caballo, lo encerró, fue a la casa y entró en la cocina. Luisa se había ido a la cama y la casa estaba silenciosa. Puso la mano sobre la cafetera para probarla y descolgó una taza, la llenó y salió al pasillo.

Entró en el despacho de su abuelo, fue hacia el escritorio, encendió la lámpara y se sentó en la vieja silla giratoria de roble. En el escritorio había un pequeño calendario de latón montado sobre eslabones que cambiaban las fechas cuando se ponía del revés. Aún marcaba el trece de septiembre. Un cenicero. Un pisapapeles de cristal. Un secante que decía Forrajes y Provisiones Palmer. La fotografía de graduación de segunda enseñanza de su madre en un pequeño marco de plata.

La habitación olía a rancio humo de cigarro. Se inclinó, apagó la lamparita de latón y permaneció sentado en la oscuridad. Por la ventana principal veía extenderse hacia el norte la pradera iluminada por las estrellas. Las cruces negras de los viejos postes telegráficos se acoplaban a través de las constelaciones que pasaban de este a oeste. Su abuelo decía que los comanches cortarían los cables y los empalmarían con crines de caballo. Se recostó y cruzó las botas sobre el escritorio. Relampagueó seco hacia el norte, a sesenta y cuatro kilómetros de distancia. El reloj dio las once en el salón del otro lado del vestíbulo.

Ella bajó la escalera, se paró en el umbral del despacho e hizo girar el interruptor de luz de la pared. Iba en bata y tenía los brazos cruzados, con los codos en las manos. Él la miró y volvió a mirar por la ventana.

¿Qué haces?, preguntó ella.

Estoy sentado.

Ella permaneció mucho rato allí, en bata. Luego dio media vuelta, fue al vestíbulo y subió de nuevo la escalera. Cuando la oyó cerrar su puerta él se levantó y apagó la luz.

Aún duraban los últimos días cálidos y por la tarde él y su padre se sentaban a veces en la habitación del hotel en los blancos muebles de mimbre con la ventana abierta y las tenues cortinas de ganchillo ondeaban hacia dentro de la estancia mientras tomaban café y su padre vertía un poco de whisky en su taza y sorbía y fumaba, mirando hacia la calle. Aparcados en la calle había coches patrulla de los campos petrolíferos que daban la impresión de haber estado en una zona de guerra.

Si tuvieras dinero, ¿la comprarías?, preguntó el muchacho.

Lo tuve y no la compré.

¿Te refieres a la paga atrasada del ejército?

No. Desde entonces.

¿Qué es lo máximo que has ganado nunca?

No hace falta que lo sepas. Aprender malas costumbres.

¿Qué tal si traigo el tablero de ajedrez alguna tarde?

No tengo paciencia para jugar.

Tienes paciencia para jugar al póquer.

Eso es diferente.

¿Qué diferencia hay?

El dinero es la diferencia.

Siguieron sentados.

Aún hay un montón de dinero en esos terrenos, dijo su padre. El número uno I C Clark que brotó el año pasado era un gran pozo.

Bebió un sorbo de café. Alargó la mano, cogió los cigarrillos de la mesa, encendió uno, miró al muchacho y volvió a bajar la vista hacia la calle. Al cabo de un rato dijo: Gané veintiséis mil dólares en veinticuatro horas de juego. Había cuatro mil dólares en la última puesta y éramos tres jugadores. Dos chicos de Houston. Gané la mano con tres reinas de la primera baza.

Se volvió y miró al muchacho. Éste estaba sentado con la taza a medio camino de la boca. Se volvió y miró de nuevo por la ventana. No me queda ni un céntimo de aquello, dijo.

¿Qué crees que debo hacer?

No creo que puedas hacer gran cosa.

¿Hablarás con ella?

No puedo hablarle.

Podrías hablar con ella.

La última conversación que tuvimos fue en San Diego, California, en mil novecientos cuarenta y dos. No es culpa suya. No soy el mismo de antes. Me gustaría pensar que sí, pero no lo soy.

Estás dentro. Metido dentro.

Su padre tosió. Bebió de la taza. Dentro, dijo.

Guardaron silencio mucho rato.

Está en una obra de teatro o algo así.

Sí, ya lo sé.

El muchacho recogió su sombrero del suelo y se lo puso sobre la rodilla. Será mejor que vuelva, dijo.

Sabes que apreciaba mucho a ese viejo, ¿verdad?

El muchacho miró por la ventana. Sí, contestó.

Ahora no empieces a llorar sobre mi hombro.

No lo hago.

Pues no lo hagas.

Nunca se daba por vencido, dijo el muchacho. Fue él quien me dijo que no lo hiciera. Dijo: No hagamos un funeral hasta que tengamos algo que enterrar, aunque sólo sea su placa de identificación. Ya hablaban de repartir tu ropa.

Su padre sonrió. Podían haberlo hecho, dijo. Lo único que me cabía eran las botas.

Siempre pensó que volveríais a juntaros.

Sí, lo sé.

El muchacho se levantó y se puso el sombrero. Será mejor que regrese, dijo.

Solía pelearse por ella. Incluso de viejo. Si alguien decía algo de ella y él se enteraba. Ni siquiera era decoroso.

Será mejor que me vaya.

Bueno.

Levantó los pies del alféizar de la ventana. Bajaré contigo. Tengo que comprar el periódico.

Permanecieron en el vestíbulo embaldosado mientras su padre echaba una ojeada a los titulares.

¿Cómo puede divorciarse Shirley Temple?, dijo.

Alzó la vista. Incipiente crepúsculo invernal en las calles. Podría cortarme el pelo, añadió.

Miró al muchacho.

Sé cómo te sientes. Yo me siento igual.

El muchacho asintió. Su padre volvió a mirar el periódico y lo dobló.

La Biblia dice que los humildes heredarán la tierra y espero que sea verdad. No soy un librepensador, pero te diré una cosa. Estoy muy lejos de abrigar la convicción de que sea algo tan bueno.

Miró al muchacho. Se sacó la llave del bolsillo de la chaqueta y se la alargó.

Vuelve allí. En el armario hay algo que te pertenece.

El muchacho cogió la llave. ¿Qué es?, preguntó.

Sólo algo que compré para ti. Iba a dártelo por Navidad, pero me he cansado de tropezar con ello.

Sí, señor.

De todos modos parece que necesitas algo que te levante el ánimo. Deja la llave en la recepción cuando bajes.

Sí, señor.

Hasta la vista.

Muy bien.

Volvió a subir en el ascensor, enfiló el pasillo, metió la llave en la cerradura, entró, fue hacia el armario y lo abrió. En el suelo entre dos pares de botas y un montón de camisas sucias había una flamante silla Hamley Formfitter. La levantó por el arzón, cerró la puerta del armario, la llevó a la cama, la colocó encima y se quedó mirándola.

Por todos los diablos, dijo.

Dejó la llave en la recepción y salió balanceándose a la calle con la silla sobre el hombro.

Caminó por South Concho Street, se descolgó la silla y la puso delante de él en el suelo. Anochecía y habían encendido las farolas. El primer vehículo que pasó fue una camioneta Ford modelo A que patinó un cuarto de vuelta, se detuvo por acción de sus frenos mecánicos y el conductor se asomó y bajó a medias la ventanilla para gritarle con voz de whisky: Tira esa vaina a la caja, vaquero, y sube aquí.

Sí, señor, dijo el muchacho.

Llovió durante toda la semana siguiente y aclaró. Entonces volvió a llover. Descargaba sin misericordia sobre las duras y llanas praderas. El agua cubría el puente de la autopista en Christoval y la carretera estaba cerrada. Inundaciones en San Antonio. Con el chubasquero de su abuelo cabalgó por los pastos de Alicia donde el agua cubría la cerca del sur hasta el último alambre. El ganado estaba aislado y miraba tristemente al jinete. Redbo miraba tristemente el ganado. Apretaba los flancos del caballo entre los tacones de sus botas. Vamos, dijo, no me gusta más que a ti.

Él, Luisa y Arturo comían en la cocina mientras ella estaba fuera. A veces por la noche después de cenar caminaba hasta la carretera y se dejaba llevar a la ciudad donde recorría las calles o se paraba ante el hotel de Beauregard Street y miraba hacia la habitación del cuarto piso donde la forma de su padre o la sombra de su padre pasaba por detrás de los vaporosos visillos y después daba media vuelta y volvía a pasar como un oso de chapa en una caseta de tiro, sólo que más lento, más delgado, más atormentado.

Cuando ella regresó comieron de nuevo en el comedor, los dos en los extremos opuestos de la larga mesa de nogal, mientras Luisa les servía. Recogió los últimos platos y se volvió en la puerta.

¿Algo más, señora?

No, Luisa. Gracias.

Buenas noches, señora.

Buenas noches.

La puerta se cerró. Sonaba el tictac del reloj. Él alzó la vista.

¿Por qué no puedes arrendarme el rancho?

Arrendarte el rancho.

Sí.

Creo haberte dicho que no quiero discutirlo.

Es un tema nuevo.

No, no lo es.

Te daría todo el dinero. Podrías hacer lo que quisieras.

Todo el dinero. No sabes de qué hablas. No hay ningún dinero. Este lugar sólo ha cubierto gastos durante veinte años. Aquí no ha trabajado ninguna persona blanca desde antes de la guerra. Aparte de que tienes dieciséis años y no puedes dirigir un rancho.

Sí que puedo.

Eres ridículo. Tienes que ir a la escuela.

Dejó la servilleta sobre la mesa, empujó la silla hacia atrás, se levantó y salió. Él apartó su taza de café. Se recostó en la silla. En la pared de enfrente, sobre el aparador, había un óleo de caballos. Media docena de caballos lanzándose a través de un corral de estacas con las crines largas y ondeantes y los ojos salvajes. Habían sido copiados de un libro. Tenían el largo hocico andaluz y los huesos de sus rostros revelaban sangre berberisca. Se veían las nalgas de los que iban delante, buenas nalgas y lo bastante poderosas para servir de sementales. Como si tal vez tuvieran Polvo de Acero en la sangre. Pero nada más cuadraba y jamás había visto un caballo semejante y una vez había preguntado a su abuelo qué clase de caballos eran y su abuelo miró del plato a la pintura como si no la hubiera visto nunca y dijo que aquéllos eran caballos de cuentos ilustrados y siguió comiendo.

Subió las escaleras hasta el entresuelo y encontró el nombre de Franklin escrito en un arco sobre el cristal granulado de la puerta; se quitó el sombrero, hizo girar el pomo y entró. La chica levantó la vista de su mesa.

Vengo a ver al señor Franklin, dijo.

¿Ha concertado usted una cita?

No, señora. Me conoce.

¿Cómo se llama?

John Grady Cole.

Un momento.

Entró en la otra habitación. Luego salió y asintió con la cabeza.

Él se levantó y cruzó la habitación.

Entra, hijo, dijo Franklin.

Entró.

Siéntate.

Se sentó.

Cuando hubo dicho lo que tenía que decir, Franklin se apoyó en el respaldo y miró por la ventana. Meneó la cabeza. Se volvió y cruzó las manos sobre la mesa. En primer lugar, dijo, no soy libre de aconsejarte. Se llama conflicto de intereses. Pero creo poder decirte que es propiedad suya y puede hacer lo que quiera con ella.

Mi opinión no cuenta.

Eres menor de edad.

¿Qué hay de mi padre?

Franklin se recostó de nuevo. Es una cuestión espinosa, dijo.

No están divorciados.

Sí que lo están.

El muchacho alzó la vista.

Se trata de un asunto de inscripción pública, por lo que supongo que no es confidencial. Salió en la prensa.

¿Cuándo?

Se declaró definitivo hace tres semanas.

Bajó la mirada. Franklin le observaba.

Fue definitivo antes de que muriera el viejo.

El muchacho asintió. Comprendo lo que quiere decir, dijo.

Es un asunto lamentable, hijo, pero creo que las cosas van a quedar tal como están.

¿No podría hablar con ella?

Ya he hablado con ella.

¿Qué dijo?

Lo que dijo no importa. No piensa cambiar de opinión.

Asintió. Siguió sentado, mirando su sombrero.

Hijo, no todo el mundo cree que la vida en un rancho de ganado en el oeste de Texas es lo mejor después de morir e ir al cielo. No quiere vivir allí, eso es todo. Si fuese un asunto rentable, sería otra cosa. Pero no lo es.

Podría serlo.

Bueno, no pienso entrar en una discusión sobre este tema. En cualquier caso, es una mujer joven e imagino que le gustaría llevar un poco más de vida social de aquella a la que ha tenido que acostumbrarse.

Tiene treinta y seis años.

El abogado se reclinó. Hizo girar un poco la silla y se dio unos ligeros golpes en el labio inferior con el índice. Él tiene toda la maldita culpa. Firmó todos los documentos que le pusieron delante. No levantó un solo dedo para salvarse. Diablos, yo no podía decírselo. Le dije que se buscara un abogado. ¿Dije? Le supliqué.

Sí, lo sé.

Wayne me ha dicho que ha dejado de ir al médico.

Asintió. Sí. Bueno, gracias por su tiempo.

Lamento no tener mejores noticias para ti. Por supuesto eres libre de consultar a otras personas.

No importa.

¿Qué haces hoy fuera de la escuela?

La he dejado.

El abogado asintió. Bueno, dijo. Esto podría explicarlo.

El muchacho se levantó y se puso el sombrero. Gracias, dijo.

El abogado se levantó. En este mundo hay cosas que no pueden evitarse, dijo. Y creo que ésta es probablemente una de ellas.

Sí, dijo el muchacho.

Después de Navidad ella no volvió. Él, Luisa y Arturo se sentaban en la cocina. Luisa no podía hablar de ello sin llorar así que no lo mencionaban. Nadie lo había dicho ni siquiera a su madre, que estaba en el rancho desde antes de comenzar el siglo. Al final Arturo tuvo que decírselo. Ella escuchó, asintió, dio media vuelta y eso fue todo.

Por la mañana él estaba al borde de la carretera al amanecer con una camisa limpia y un par de calcetines en una bolsa de piel junto con el cepillo de dientes, la navaja y la brocha de afeitar. La bolsa había pertenecido a su abuelo y el impermeable forrado de lana que llevaba era de su padre. El primer coche que pasó se detuvo junto a él. Subió, puso la bolsa en el suelo y se frotó las manos entre las rodillas. El conductor se inclinó por delante de él, comprobó la puerta y entonces bajó la alta palanca del cambio de marchas, metió la primera y arrancaron.

Esa puerta no cierra bien. ¿Adónde vas?

A San Antonio.

Pues yo voy hasta Brady, Texas.

Se lo agradezco.

¿Eres comprador de ganado?

¿Señor?

El hombre indicó la bolsa con sus correas y cierres de latón. He dicho si eres comprador de ganado.

No, señor. Esto es sólo mi maleta.

Pensaba que podías ser un comprador de ganado. ¿Cuánto rato hacía que esperabas ahí?

Sólo unos minutos.

El hombre señaló un botón de plástico del tablero que despedía un débil fulgor anaranjado. Esto hace funcionar un calentador pero no lo pongo mucho. ¿Lo notas?

Sí, señor. Me parece muy agradable.

El hombre asintió con la cabeza al amanecer gris y maligno. Movió lentamente la mano hacia delante en sentido horizontal. ¿Ves eso?

Sí, señor.

Meneó la cabeza. Desprecio el invierno. Nunca he visto la utilidad de que exista siquiera.

Miró a John Grady.

No hablas mucho, ¿verdad?

No mucho.

Es una buena cualidad.

Tardaron dos horas en llegar a Brady.

Atravesaron la ciudad y el hombre le dejó en el otro extremo.

Quédate en la Ochenta y siete cuando llegues a Fredericksburg. No te apees en la Dos-noventa porque acabarías en Austin. ¿Me oyes?

Sí, señor. Se lo agradezco.

Cerró la puerta y el hombre saludó con la cabeza y levantó una mano y el coche dio media vuelta y se alejó. El coche siguiente se detuvo y subió a él.

¿Vas lejos?, preguntó el hombre.

Nevaba en el San Saba cuando lo cruzaron y nevaba en la meseta Edwards, y la piedra caliza de los Balcones estaba blanca de nieve y él contemplaba llamear los copos grises por encima del limpiaparabrisas. Un lodo traslúcido había empezado a formarse al borde del alquitranado y había hielo en el puente del Pedernales. El agua verde se deslizaba lentamente ante los oscuros árboles de la orilla. Los mezquites de la carretera estaban tan cubiertos de muérdago que parecían robles verdes. El conductor estaba encorvado sobre el volante, silbando en sordina. Entraron en San Antonio a las tres de la tarde en medio de una violenta tormenta de nieve y él se apeó, dio las gracias al hombre y enfiló la calle y se metió en el primer café que encontró. Se sentó ante el mostrador y dejó la bolsa en el taburete de su lado. Sacó del soporte el pequeño menú de papel, lo abrió, le echó una ojeada y miró el reloj de la pared de atrás. La camarera puso un vaso de agua delante de él.

¿Es la misma hora aquí que en San Angelo?, preguntó.

Sabía que me ibas a preguntar algo parecido, dijo ella. Tenías ese aspecto.

¿No lo sabes?

No he estado en San Angelo, Texas, en toda mi vida.

Querría una hamburguesa de queso y un batido de chocolate.

¿Estás aquí por el rodeo?

No.

Es la misma hora, dijo un hombre que estaba un poco más abajo de la barra.

Le dio las gracias.

La misma hora, repitió el hombre. La misma hora.

Ella acabó de escribir en su bloc y levantó la vista. Yo no me fiaría de nada de lo que dice, dijo.

Paseó por la ciudad bajo la nieve. Oscureció pronto. Se detuvo en el puente de Commerce Street y miró desaparecer la nieve en el río. Había nieve en los coches aparcados y el tráfico en la calle oscura era casi nulo, unos cuantos taxis y camiones con los faros penetrando lentamente a través de la nevada y pasando con un suave rumor de neumáticos. Se registró en la YMCA de Martin Street, pagó dos dólares por una habitación y subió. Se quitó las botas, las puso sobre el radiador y se quitó los calcetines y los colocó en el radiador junto a las botas. Después de colgar el abrigo se echó en la cama con el sombrero sobre los ojos.

A las ocho menos diez estaba delante de la taquilla con su camisa limpia y el dinero en la mano. Compró una entrada de galería, tercera fila, y pagó por ella un dólar veinticinco.

No he estado nunca aquí, dijo.

Es un buen asiento, contestó la muchacha.

Le dio las gracias, entró y tendió la entrada a un acomodador que le condujo a las escaleras alfombradas de rojo y le devolvió la entrada. Subió, encontró su asiento y esperó con el sombrero en el regazo. El teatro estaba medio vacío. Cuando las luces se amortiguaron algunas personas de la galería se levantaron y ocuparon los asientos delanteros. Entonces se alzó el telón y su madre salió por una puerta del escenario y empezó a hablar a una mujer sentada en una silla.

En el descanso se levantó, se puso el sombrero y bajó al vestíbulo donde en un nicho dorado se lió un cigarrillo y lo fumó con una bota apoyada contra la pared de atrás. No le pasaban por alto las miradas que le dirigían los asistentes. Se había doblado el borde de los tejanos y de vez en cuando se inclinaba para echar en este receptáculo la suave ceniza blanca de su cigarrillo. Vio a varios hombres con botas y sombreros y los saludó gravemente con la cabeza y ellos a él. Al cabo de un rato las luces del vestíbulo volvieron a amortiguarse.

Se sentó con los codos apoyados en el respaldo vacío de delante y la barbilla en los antebrazos y contempló el espectáculo con gran intensidad. Tenía la idea de que habría algo en el argumento que le revelaría cómo era el mundo o en qué se convertiría, pero no fue así. No había absolutamente nada en él. Cuando encendieron las luces hubo aplausos y su madre se adelantó varias veces y todos los actores se juntaron en el escenario cogidos de la mano, saludando, y entonces el telón bajó por última vez y el público se levantó y se dirigió a los pasillos. Él permaneció mucho rato en el teatro vacío y luego se levantó, se puso el sombrero y salió al frío de la calle.

Cuando salió por la mañana a desayunar todavía era oscuro y la temperatura se mantenía en cero grados. Había quince centímetros de nieve en el suelo de Travis Park. El único café abierto era mexicano y pidió huevos rancheros y café y hojeó el periódico. Pensó que podía haber algo sobre su madre pero no había nada. Era el único cliente del café. La camarera era joven y le observaba. Cuando le puso el plato, apartó el periódico y le acercó la taza.

¿Más café?, preguntó.

Sí, por favor.

Le llevó el café. Hace mucho frío, dijo.

Bastante.

Caminó por Broadway con las manos en los bolsillos del abrigo y el cuello levantado contra el viento. Entró en el vestíbulo del Hotel Menger, se sentó en uno de los sillones, cruzó una bota sobre la otra y abrió el periódico.

Ella atravesó el vestíbulo alrededor de las nueve. Iba del bracete de un hombre vestido con traje y abrigo; salieron por la puerta y subieron a un taxi.

Permaneció largo rato allí sentado. Después se levantó, dobló el periódico y fue al mostrador de recepción. El recepcionista le miró.

¿Tienen registrada a una señora Cole?, preguntó.

¿Cole?

Sí.

Un momento.

El empleado se volvió y buscó en el libro de registros. Meneó la cabeza. No, contestó. Ningún Cole.

Gracias, dijo él.

Cabalgaron juntos por última vez un día a principios de marzo cuando el tiempo ya se había caldeado y los amarillos sombreros mexicanos florecían al borde del camino. Descargaron los caballos en McCulloughs y cabalgaron a través del pasto mediano por Grape Creek hasta las colinas bajas. El riachuelo era claro y verde por el musgo flotante enmarañado en los bancos de arena. Cabalgaron despacio por el campo abierto entre matorrales de mezquite y nopal. Cruzaron del condado de Tom Green al condado de Coke. Cruzaron el viejo camino de Schoonover y pasaron entre abruptas colinas salpicadas de cedros donde el terreno estaba empedrado con rocas de basalto y vieron nieve en las finas montañas azules a ciento sesenta kilómetros al norte. Apenas hablaron en todo el día. Su padre montaba ligeramente inclinado hacia delante en la silla, sosteniendo las riendas en una mano a unos cinco centímetros del arzón. Muy delgado y frágil, perdido dentro de sus ropas. Mirando el campo con aquellos ojos hundidos como si el mundo de allí hubiera sido alterado o convertido en sospechoso por lo que había visto de él en otras partes. Como si no pudiera verlo bien nunca más. O peor, como si pudiera verlo bien al final. Verlo como siempre había sido, como sería para siempre. El muchacho que montaba un poco adelantado a él no sólo montaba como si hubiera nacido cabalgando, que así era, sino como si de haber sido engendrado por malicia o mala suerte en un país extraño donde no hubiese caballos él los habría encontrado. Habría sabido que faltaba algo para que el mundo estuviese bien o él bien en el mundo y se habría puesto en marcha para vagar a donde fuese durante el tiempo necesario hasta encontrar uno y habría sabido que aquello era lo que buscaba y así habría sido.

Por la tarde atravesaron las ruinas de un viejo rancho en aquella meseta pedregosa donde había estacas rotas apoyadas entre las rocas que mostraban vestigios de una alambrada desconocida en aquel país desde hacía años. Un antiguo fuerte. Los restos de un viejo molino de madera derrumbado entre las rocas. Siguieron cabalgando. Caminaron eludiendo los hoyos y al atardecer descendieron por colinas bajas y onduladas y cruzaron la llanura aluvial de arcilla roja que rodea la ciudad de Robert Lee.

Esperaron a que el camino estuviese libre para pasar a pie con los caballos el puente de tablones. El río estaba rojo de fango. Cabalgaron por Commerce Street, torcieron hacia la Séptima y siguieron por Austin Street hasta pasado el banco. Entonces desmontaron, ataron los caballos frente al café y entraron.

El propietario se acercó a preguntar qué deseaban. Los llamó por su nombre. Su padre levantó la vista del menú.

Vamos, pide, instó. No se quedará aquí una hora.

¿Qué tomas tú?

Creo que sólo tomaré un poco de pastel y café.

¿Qué clase de pastel tienen?, pregun

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