El fin del viaje
1
Perdido en el hall de la estación semivacía, Emilio Renzi mira los andenes mal iluminados, la luz amarillenta que se extravía en la oscuridad. Frágil, envejecido, viste un abrigo negro que lo empalidece, acentuando su aire torvo y abstraído. Faltan quince minutos para la salida del ómnibus; detrás de los cristales empañados los árboles de Plaza Constitución se disuelven en la neblina. Todo es lejano, vagamente irreal, como si siempre hubiera estado en ese hall esperando para viajar, como si hiciera años que hubiera recibido el llamado. Iba a llegar a la mañana siguiente; hasta entonces no quedaba nada por hacer salvo esperar. Los que viajaban con él eran pocos, nueve o diez personas que se amontonaban frente a una valla de madera que los separaba del andén. Tenían el rostro lívido y ansioso de los que van a Mar del Plata en invierno, fuera de temporada, los días de casino. Daban la sensación de conocerse o compartir un secreto y se saludaban desde lejos, con mirada cómplice. En un costado, cerca del mostrador donde se despachaba el equipaje, una mujer alta, de pelo colorado, envuelta en un tapado de piel, parecía discutir con un hombre suave y elegante, de sombrero y bigote fino. «Nunca va a ser igual», escuchó Emilio que decía la mujer con dolorosa voz quebradiza. «Nunca jamás va a ser igual», dijo ella, y pareció que el hombre la amenazaba o le pedía perdón, manso, contenido. Por los altoparlantes bajaba una música agria que se entreveraba con el rumor de la ciudad. La noche era fría, una noche blanca, ventosa. Emilio caminó por el andén hasta la playa donde guardaban los ómnibus vacíos; el lugar olía a nafta y a humedad; franjas negras y amarillas en las paredes mal pintadas como hundidas bajo los arcos de fierro que enmarcaban el techo. «Es inútil buscar explicaciones —pensó Emilio—. Tal vez ya es demasiado tarde.» En el diario había dicho que su padre estaba grave. «Tuvo un accidente —le dijo a Laurenz—. Me avisaron por teléfono, voy a viajar esta noche.» No quiso decir más: todo le parecía falso y sin razón.
Esperó que los demás subieran al ómnibus y entró; su asiento estaba en medio del coche; caminó por la alfombra de goma del pasillo cruzando de perfil entre los que terminaban de acomodarse y se ubicó junto a la ventanilla. Afuera la niebla era una bruma azulada que cubría la ciudad. La mujer de pelo colorado estaba sentada a su derecha, al otro lado del pasillo. El hombre que la acompañaba se había quedado solo, de pie en el andén desierto. La mujer fumaba sin mirarlo, ausente, una valija de mano apoyada en las rodillas. Cuando el ómnibus se puso en marcha el hombre siguió inmóvil, flotando en la claridad gris, quieto y sosegado, una mano alzada saludando el vacío.
De a poco la estación se fue perdiendo y viajaron lentamente por la ciudad hacia el sur. Emilio encendió un cigarrillo y ablandó su cuerpo en el asiento. La neblina se transformaba en una lluvia densa y apacible. «Va a llover toda la noche», pensó, y se sintió tranquilo por primera vez, abandonado al rumor suave de la marcha. Había recibido el llamado al final de la tarde, ahora el recuerdo era remoto y confuso. «Está muy grave —le dijo la mujer, atropellada, llorando—. Yo soy Elisa, una amiga de su padre. Está internado en la clínica Yeres. Dejó una carta para usted.» Emilio recordó la casa donde su padre vivía solo, la biblioteca amplia y llena de sol con los sillones de cuero negro, las cortinas infladas por el viento. Se había encerrado en ese cuarto. Él mismo había pedido ayuda y lo encontraron sentado de cara a la ventana, respirando con dificultad pero tranquilo, tratando de vendarse y parar la sangre. «Ninguno imaginó lo que iba a hacer. Nadie —dijo la mujer como si se disculpara—. Nadie. Ninguno pudo imaginar.»
Hacía un rato que el ómnibus marchaba con las luces apagadas; en la penumbra Emilio miraba los faros blancos de los autos, que corrían bajo la lluvia. «Fue por eso que vino la última vez, para decirme, para que yo supiera o lo ayudara —pensó—. Vino a eso, vino a decirme. No se animó o no pudo o yo no fui capaz de darme cuenta.» Siempre había sido igual: su padre mentía, trataba de mantener la dignidad, falseando todo, tranquilizaba a los demás cuando era él quien necesitaba consuelo. «Estoy contento», le dijo esa noche al despedirse en la estación de trenes, la potente luz de la locomotora abriendo la oscuridad del andén. Fumaba sin parar, los dedos de un color rosa pálido, manchados por el tabaco rubio, jugando con el anillo de piedra negra que llevaba desde siempre. «No te preocupes por mí», le había dicho con su voz transparente, que el cigarrillo iba agrietando, y enseguida lo abrazó como si no quisiera oírlo. Emilio lo miró alejarse, erguido, dando vuelta la cara para saludarlo con una sonrisa tímida, fugaz. Ésa fue la última vez que se vieron. Su padre había llegado de improviso, esa tarde, sin anunciarse. Emilio se sorprendió al reconocer su voz, que entraba, nítida, por la ventana de la pieza que daba al patio interior. Preguntaba por él en otro departamento, como si se hubiera perdido, hosco, resuelto, seguro de no estar equivocado. Se quedó oyendo ese tono empecinado y cuando por fin salió al pasillo lo vio en el descanso de la escalera, un hombre avejentado, vestido con una elegancia pasada de moda, que subía fatigosamente. «¿Dónde te has venido a vivir?», le había dicho, hablando rápido como siempre que estaba emocionado. Llevaba un traje cruzado, de corte antiguo, y un moño azul sobre la camisa blanca, ligeramente raída. Sus ojos claros evitaban mirar de frente pero parecía feliz y hacía planes fantásticos, igual que siempre, dejándose llevar por las palabras, como si su hijo fuera un desconocido y quisiera conquistarlo. De todos modos, recién al final de la noche, en un restaurante sobre Carlos Pellegrini, Emilio creyó entender el motivo de ese viaje. Estaban terminando de cenar y de pronto su padre empezó a hablarle con aire desenvuelto y borroso de una mujer. Entusiasmado, seguro de sí mismo y alegre, se encerró en una complicidad viril y un poco sucia para hablar de ella y por fin se empecinó en que Emilio fuera con él a conocerla. La mujer vivía en un departamento recién estrenado; sobre el piso cubierto con hojas de diario se desparramaban valijas, baúles abiertos y no había otro mueble que una cama de dos plazas con respaldo de metal. Los tres se sentaron en esa cama y su padre estaba satisfecho, como si en verdad hubiera viajado para hacerle conocer a esa mujer ojerosa y pálida que asentía sin hablar con aire humilde. Se llamaba Elvira y sirvió un licor dulce, anaranjado, que su padre no hizo más que elogiar. Cuando se iban la mujer retuvo a su padre y Emilio se acercó a la ventana para dejarlos solos; miraba las luces suaves de la ciudad ardiendo abajo y los escuchaba hablar, nerviosos, en voz baja. «¿Por qué Juan? No. Si se me parte el corazón. Yo jamás he dicho eso», decía ella, y su padre la calmaba. Al despedirse le pareció que la mujer había llorado, tenía los ojos húmedos y la piel enrojecida. En el ascensor su padre se acomodó la ropa de cara al espejo y se limpió la boca con un pañuelo blanco, como queriendo hacerle ver que la mujer lo había besado.
El ómnibus marchaba ahora con las luces encendidas, a poca velocidad. Eran casi las dos de la mañana, había dejado de llover. Al rato entraron en una parada en medio de la ruta. El lugar era triste, un largo salón con ventanas de mica, pintado de celeste y vacío. Emilio se sentó a una mesa cerca del mostrador y pidió una ginebra. Los que atendían el bar se deslizaban lentos, entredormidos, con expresión aburrida. En un costado la mujer de pelo colorado ponía monedas en una victrola automática y escuchaba música, sola, de pie, con un vaso en la mano, la valija apoyada en el piso como si hubiera bajado para quedarse. Emilio abrió una libreta de tapas negras, se inclinó sobre la mesa y empezó a escribir. «Viernes 17: En viaje a Mar del Plata. A media tarde me avisan por teléfono. Recuerdo dos cosas: esa extraña aparición, la última vez, su voz que llegaba de algún lado preguntando por mí, desconcertado como si me hubiera perdido. La tarde que nos sacamos una foto, los dos, en la playa: él se acomodaba el pelo que le caía sobre la frente, se quitó los anteojos y me puso una mano en el hombro. Me acuerdo sobre todo del gesto de arreglarse el pelo y la marca del anteojo en la piel de la cara, como una cicatriz.» Terminó la ginebra y prendió un cigarrillo. La mujer seguía escuchando música, de espaldas, una mano apoyada en el techo circular de la victrola. «Siempre he pensado —escribió Emilio— que él era menos vulnerable que yo: la ternura de hombre a hombre debe ser velada. Sin embargo, quizá ya es demasiado tarde. Yo lo admiraba (lo quería) porque sabía ocultar sus sentimientos. Ahora he comenzado a escribir sobre él.» Vio la silueta del ómnibus en la ventana empañada. El rumor de los autos se mezcló con la música suave que escuchaba la mujer. «Una mujer escucha música, sola, iluminada por la luz azulada de una victrola antigua de techo redondo. Tiene un aire suavemente perverso, el pelo rojo. En Buenos Aires la despedía un hombre de modales cínicos que quedó solo en el andén, una mano alzada saludando al vacío. Llueve a ratos, son las dos de la mañana. He comenzado a escribir sobre él en pasado, como si ya hubiera muerto.» Releyó lo que había escrito y guardó la libreta. Llamó al mozo y pagó. Después caminó hacia el baño. Cruzó cerca de la mujer y la escuchó tararear en voz baja, envuelta por la música. Las paredes del baño estaban corroídas por la humedad. Una sola lámpara, colocada en un boquete cerca del techo, alumbraba el lugar con una luz grisácea. Emilio abrió la canilla y se miró en el espejo: su cara parecía gastada, una máscara carcomida.
2
Cuando volvió al bar la mujer ya no estaba pero la victrola seguía sonando y la música llenaba el lugar vacío. Al subir al ómnibus no la vio. Apareció al final, en el momento en que salían, atropellada, haciendo equilibrio sobre los tacos altos, la valija en la mano derecha. Emilio la miró acomodarse en el asiento y fumar de cara a la ventanilla; su rostro se reflejaba en el cristal oscurecido, iluminado a ratos por la brasa del cigarrillo que ardía en la penumbra. Emilio tendió el respaldo de su asiento y trató de dormir. Si todo iba bien llegarían a las siete de la mañana. Julia debía haberlo buscado toda la noche, estaban citados para cenar juntos pero él no se decidió a avisarle que se iba. Quizás ella había hablado al diario, de todos modos podía llamarla desde Mar del Plata. El zumbido parejo del motor lo adormeció, volvió a recordar la foto con su padre en la playa, sin poder precisar el año. Antes de quedarse dormido recordó que en ese tiempo los dos aún vivían juntos. Soñó que caminaba por un mercado donde vendían ropa de lana. Era de noche y el lugar estaba alumbrado con lámparas de querosene. Emilio llevaba un sombrero de fieltro que le tapaba los ojos. De pronto, en un camino de tierra encontró la cupé color aceituna que su padre había vendido cuando murió su madre. Estaba abandonada en un cruce. Había dos mujeres en el asiento delantero, el viento golpeaba una de las puertas contra el guardabarro con un ruido pesado. Una de las mujeres asomaba la cara y le habló sonriendo: «Acercate. No me digas que me has olvidado. No hacíamos más que hablar de vos». Cuando trató de acercarse, sintió como un tirón, y se despertó. La mujer de pelo colorado estaba de pie, inclinada sobre él y lo sacudía suavemente de un brazo.
—¿Le pasa algo? —dijo ella.
En la penumbra verdosa la mujer era una silueta transparente que brillaba, pálida.
—Hablaba en voz alta, se quejaba. Me pareció que estaba sufriendo —dijo ella con su voz extraña y como perforada.
—¿Hablaba? —dijo Emilio confuso, sin terminar de despegarse del sueño—. Soñé algo, no sé.
—Era eso. Me pareció que le pasaba algo. Perdone entonces.
—Al contrario, no, le agradezco —dijo él. La mujer seguía de pie, amplia y quieta en el pasillo—. ¿Por qué no se sienta, por favor? —dijo Emilio, y le sonrió—. No quisiera volver a dormirme.
—Yo jamás puedo dormir en los viajes —dijo la mujer sonriendo apenas, como si hubiera algo detrás de él, del otro lado de la ventanilla, que la pusiera alegre—. Odio viajar. No se puede hacer nada más que pensar.
Se había sentado suavemente, desplazando con gracia su cuerpo amplio y hermoso, que desprendía un dulce perfume a flores muertas.
—La vi en el bar —dijo él—. Usted escuchaba música.
—¿Música? —dijo ella, y dejó escapar la risa que venía anunciando—. Ruido, diga más bien. No aguanto esos lugares, son tan tristes.
Emilio le ofreció cigarrillos y pudo verla mejor en el resplandor azulado de la llama: tenía un rostro apacible, de muñeca, la piel fina y tirante, de un frágil color rosado.
—Es raro —dijo ella de pronto—. Estoy segura que nos hemos visto antes, usted y yo.
—Puede ser —dijo él.
—¿Viaja a menudo?
—Sí —dijo él—. Mi padre vive en Mar del Plata.
—Mala ciudad para vivir. Allí se va a jugar, a tomar sol, ¿cómo se puede hacer para vivir?
—Como en todos lados —dijo él—. Uno se acostumbra.
La mujer lo miró de frente, ahora, siempre sentada de costado, las piernas cruzadas, fumando con movimientos plácidos.
—Ya sé dónde nos vimos. Una noche, hará dos meses: usted estaba en el casino, seguía una racha, ganaba sin parar. Parecía mentira, nunca vi a nadie que ganara como usted, esa noche. ¿Siempre tiene esa suerte?
«Usa este truco —pensó él—, pudo haber elegido cualquier otro.»
—A veces —dijo.
—Y, entonces, ¿por qué se queja cuando duerme?
—Vaya a saber. Es como si yo le preguntara por qué discutía con ese hombre que la acompañaba en la estación.
—Me oyó —dijo ella, y sonrió como si eso la hiciera feliz—. No discutía, no. Jamás podría discutir con él. Me pidió que me quedara, eso fue todo. Él es bueno, demasiado bueno. No quiere que yo vaya al casino. Los que no juegan no pueden entender. ¿O no es así?
—Sí —dijo él.
—Todo es tan aburrido. Creo que si no pudiera ir al casino me volvería loca. Una va y juega, sabe que va a perder pero eso no importa nada. Cuando estoy jugando me olvido de todo. Me olvido de quién soy, del dinero, me olvido de todo y soy otra mujer. No sé, es difícil de explicar —dijo ella, un sosiego de paz en la cara tierna y aniñada—. ¿Usted en qué trabaja?
—Soy periodista.
—¿Periodista? Qué maravilla. No me diga que hace policiales.
—No —dijo él—. Lamentablemente sólo hago críticas de libros.
—Es una lástima —dijo ella, divertida—. Sería apasionante que por ejemplo fuera a Mar del Plata a hacer la nota de algún crimen. ¿Y cómo es hacer críticas de libros?
—Un poco monótono —dijo Emilio—. ¿Y usted en qué trabaja?
—¿Yo? En nada. Desde hace cinco años no hago nada. —Levantó la cabeza buscando la claridad de la ventanilla, como queriendo que él viera los ojos siempre alegres—. He sido cantante de ópera, pero hace cinco años perdí la voz. Parece absurdo, ¿no? Me levanté una mañana y ya no pude volver a cantar. Todos piensan que me voy a recuperar, pero yo sé que es imposible. A veces sueño que me he curado, que estoy otra vez en un escenario. Quizá por eso tuve que despertarlo cuando vi que se quejaba. No me puedo resignar. La música era mi vida.
—¿Y cómo fue que perdió la voz?
—¿Quién puede saberlo? Estaba en Italia: yo tenía que debutar en la Scala, esa noche había ensayado Donizetti y me dormí feliz como nunca. Era en verano. De pronto sentí una especie de ahogo y cuando me desperté ya no pude volver a cantar. Es muy común. Uno reza todas las noches para que no le pase, pero ya ve.
En el aire sin vida del ómnibus la voz de la mujer sonaba baja y áspera.
—Usted no me va a creer pero yo lo presentía —dijo ella después de un silencio—. Ha pasado tanto tiempo y sin embargo me acuerdo de esa mañana como si fuera hoy: salí a la ventana, llorando, me costaba respirar, todos estaban conmigo, me daban aire. Era un día tan hermoso, lleno de sol, y yo pensé: ya está, ahora ya me pasó, ahora no tengo miedo. Fue como si siempre hubiera esperado ese momento. —Se quedó quieta y alzó su cara, que parecía de cristal, y después trató de sonreír—. No sé por qué tengo que hablarle de estas cosas, son tan lejanas, es como si las hubiera vivido otra. Deme un cigarrillo, por favor.
Emilio le tendió el paquete y la mujer se inclinó hacia la llama, las manos juntas para proteger el fósforo.
—No me dejan fumar —dijo—. Antes no podía y ahora no me dejan, es mortal para la voz. Pero ya no me importa, sé que nunca más podré volver a cantar.
En ese momento se encendieron las luces del ómnibus: la figura de la mujer se disolvía en el humo, como envuelta en un tul.
—Ha dejado de llover —dijo, y le sonrió, tímida, entristecida, tendiéndole una mano enguantada—. Yo me llamo Aída Monti.
3
El ómnibus se había detenido en otra parada en medio del camino. Emilio y la mujer tomaban café en una mesa cerca de la ventana. Ella fumaba en silencio, la valija de imitación cuero apoyada sobre el piso grasiento. Los dos parecían flotar detrás de un vidrio sucio, cubiertos por la luz amarillenta de las lámparas que alumbraban el bar.
—Usted no me cree —dijo la mujer.
—Sí, le creo. ¿Por qué no le voy a creer?
—Seguro no me cree y es una lástima.
Se inclinó suavemente para abrir la valija y Emilio la vio mover las manos entre los vestidos y la ropa blanca. Cuando alzó la cara parecía otra.
—Ésta soy yo —dijo alcanzándole una foto.
La mujer aparecía con trenzas, una vincha en la frente, disfrazada de walkiria, de perfil sobre un escenario vacío. La foto era borrosa, mal iluminada y había algo artificial en el decorado, parecía haber sido tomada en un estudio, contra una tela pintada donde se veían nubes, ángeles y los rayos del sol vacilando en el aire azul.
—Hermosa —dijo él—. Usted está hermosa. Pero la foto no hacía falta. No entiendo qué le hace pensar que no voy a creerle.
—Tiene razón si desconfía, una mujer que viaja sola, que habla con un hombre que apenas conoce, en el fondo usted debe pensar que yo estoy media loca.
—No —dijo él—. No.
—Oh, yo sé —dijo ella tomando la foto con las dos manos—. ¿Le gusta? Hace tanto tiempo. Estoy en Bélgica, haciendo Wagner. —Movió la foto lejos de su cara, como si fuera un espejo—. ¿Tiene algo para escribir?
Emilio le alcanzó una lapicera y la miró inclinarse, aplicada. Y escribir sobre la foto puesta de revés sobre la mesa.
—Tenga —dijo por fin—. G
